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Full text of "Recuerdos de un diplomático"

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401 
NUEVA BIBLIOTECA UNIVERSAL 

SECCIÓN HISTÓRICA 



AUGUSTO CONTÉ 



Recuerdos 

de un Diplomático 

TOMO II 



(CTKOA 

CASA EDITORIAL FUNDADA EN 1875 
MADRID 



Recuerdos de un Diplomático. 



AUGUSTO CONTÉ 




US DE 1 DIPLOMÁTICO 



TOMO SEGUNDO 



M A IHUD 

IMIMtl VI A DE .1. (iÓNGOKA Y .4LVAUE/. 

San Bernardo, núra. 85. 

1901 




ESTA OBRA ES PROPIEDAD DEL AUTOR 
«ÍUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY" 



3>P 
±°X 



ÍNDICE 



Páginas. 

CAPÍTULO XXXIV 
Florencin, de 1S52 á 1854. 

Contraste entre Florencia y Roma. — Carácter pura- 
mente italiano y medioeval de Florencia.— Su his- 
toria está en sus monumentos. — El Palacio viejo, 
el Duorno, el Bargello, el Palacio Pitti.— Fué una 
democracia pura, que al fin se transformó en mo- 
narquía. — Gobierno ilustrado de los Mediéis y Lo- 
renas.— Los florentinos fueron menos guerreros 
que comerciantes.— El clima de Florencia hace in- 
geniosos á sus habitantes. — Hicieron renacer las 
letras y las artes y obtuvieron la supremacía en 
ellas.— Frondosidad de los contornos de aquella 
ciudad.— Las mujeres florentinas más esbeltas que 
las romanas. Florencia es la fior de las ciudades 
y la ciudad de las flores 1 

CAPITULO XXXV 
Florencin, de 1852 n 1854. 

Fiestas de San Juan Bautista. Soy presentado á los 
Grandes Duques. Caracteres de ambos. Altes 
cargos de Palacio. Familias de ( íinori, ( rherardes 
»a, Martelli y Rucellai. Suerte adversa de los 
Strozzi. Damas de la Gran Duquesa. Baldassc 



VI 

Páginas. 

roni, Casigliano y demás Ministros del Gran Du- 
que.— El verano en Liorna.— Reuniones del Prín- 
cipe Poniatowski. — Vida social en Florencia. — Tea- 
tros de la Pérgola y el Cocómero.— Recibimientos 
en el Palacio Pitti. — Bellas señoras de aquel tiem- 
po.— Fiestas del Príncipe Demidoff. — La Condesa 
Orsini da muy buenos conciertos.— Conozco en 
aquella casa al célebre Rossini. — Carácter de este 
maestro l£> 

CAPITULO XXXVI 
Florencia, de 1852 á 1854. 

Reuniones de Madama Mac'Donell y otras Señoras 
extranjeras.— Salones antagonistas del Príncipe 
Lichtenstein y del Marqués de Lajatico. — Causa 
de este desacuerdo. — La Toscana tuvo en 1848 las 
mismas vicisitudes que Roma y Ñapóles. — El Gran 
Duque huye á Gaeta y regresa con auxilio de los 
austríacos. — Ocupan éstos la Toscana. — Disgusto 
del partido liberal.— La sociedad florentina rehusa 
recibir en sus salones á los oficiales austríacos. — 
Difícil posición del Cuerpo diplomático. — Fermen- 
tación de los ánimos. — Atentado contra el Minis- 
tro Baldasseroni.— Asesinato del Duque de Parma. 29 

CAPITULO XXXVII 

Florencia, de 1852 á 1854. 

Temores que inspiraba la Francia— Recelos que cau- 
saba también la España.— Explicación de ambas 
cosas.— Antiguas relaciones de España con Tosca- 
na. — Los Monarcas aragoneses desearon apoderar- 
se de ella.— En el siglo xviii la pretendió España 
para el Infante D. Carlos. — A principios del si* 
glo xix se la cedió Napoleón, convertida en Reino 
de Etruria, para el Infante D. Luis. — El mismo Na- 



Vil 

Páginas. 

poleón suprimió pronto aquel Reino.— Restaura- 
ción de los Lorenas en 1815.— Genialidades del Mi- 
nistro Ugarte.— Restablecido el Imperio napoleó- 
nico en 1852 se teme algún nuevo atropello.— Vie- 
ne á Florencia D. Gerardo Souza con objeto de 
probar la lealtad de España +1 

CAPITULO XXXVIII 
Florencia, de 1852 á 1854. 

Cambio notable en mi estado personal.— Doy parte 
de mi casamiento al lector. — Nuevos hábitos que 
adquiero.— Lecturas de la noche.— Novelas italia- 
nas antiguas y modernas.— Los Novios de Manzoni 
y Héctor Fieramosca de Azeglio. — Religiosidad de 
los florentinos.— Libros religiosos y morales. — El 
predicador de los príncipes y príncipe de los pre- 
dicadores. — Empiezo una descripción de los Mu- 
seos de Florencia. — Maravillas del Palacio Pitti. — 
La Madona de la Silla. —La Disputa de la Trinidad. 
La Bella de Ticiano.— Las Vírgenes de Murillo. — 
Los retratos de Rubens, Van Dyck y Rembrandt. 
La Venus de Canova 66 

CAPITULO XXXIX 

Florencia, de 1852 á 1854. 

( 'oinunicaciún entre Pitti y los Uffizi-Iconoteca.— Re- 
tratos de pintores célebres.— Estatuas y bustos ro- 
manos. —La Tribuna y sus maravillas. Madona 
del jilguero. La Venus y la Flora de Ticiano. — Vír- 
genes del Perugiuo y de Andrea del Sarto. Coro- 
nación éU l'i Virgen del Beato Angélico. Salón de 
las Niobes. — Academia de lidias Aries. — El Juicio 
f¡»al del Angélico. Adoración de los pastores, de 
Ghirlandaio y Lorenzo de Gredi. Museo del Bar- 
gello.— Esculturas de Lucca della Robbia. BU M> r 
cuno de Juan Boloña reí Baco de Sansovino 71 



VIII 

Págteu. 

CAPITULO XL 
Florencia, de 1852 á 1854. 

Estatuas que se encuentran en las calles y plazas de 
Florencia.— El David de Miguel Ángel.— El Perseo 
de Cellini.— El San Jorge de Donatello.— Las puer- 
tas del Bautisterio.— Los Palacios. — Las Iglesias. 
Or San Michele. — Santa María Novella. — Santa 
Croce convertido en Panteón toscano. — San Loren- 
zo y la Capilla de los Mediéis.— Pinturas del An- 
gélico en San Marcos. — Recuerdo de Savonarola. 
Frescos de Masaccio en el Carmen. — San Felipe 
Neri y la música sagrada. — Museo de arqueología. 
Museo de Historia natural.— Tribuna de Galileo.. 85 

CAPITULO XLI 
Florencia, de 1852 á 1851. 

Nuevos disturbios acaecidos en España. — Impopu- 
laridad del Conde de San Luis. — Temeridad de la 
Corte.- El General O'Donnell se subleva. —Muchos 
ambiciosos le secundan.— Detenido en Vicálvaro, 
hace alianza con su antiguo antagonista Esparte- 
ro. — Triunfan juntos y forman un gobierno liberal. 
De nuevo Cortes Constituyentes y Milicia nacio- 
nal.— La historia de España vuelve á ser la de Mé- 
jico y Perú.— Lecciones que contienen estos suce- 
sos. — Pena con que los veo.— Ventaja inesperada 
que de ellos me resulta.— Soy nombrado primer 
Secretario en Tarín. — Mi despedida de los Gran- 
des Duques. —Viaje á Turín. — Mouumeutos de 
Pisa 99 

CAPITULO XLII 

Tarín, de 1854 á 1855. 

Llegada á Turín.— Su aspecto poco italiano.— Pala- 
cio Real v balcón de Pilato.— Armería Real.— Pa- 



IX 

Páginas. 

lacio Madama.— Pinacoteca.— Batallas del Prínci- 
pe Eugenio.— Retrato de Carlos Alberto.— Paz á su 
memoria.— Museo egipcio. — Capilla del Santo Su- 
dario.— Panteón Real de la Superga,— La Gran 
Madre de Dios.— Estatua de Manuel Filiberto.— 
Paseo del Valentino.— Clima de Turín y carácter 
de los piamonteses.— El Piamonte es el último Es- 
tado de Italia en letras y artes y el primero en po- 
lítica. — Carencia de literatura propia. — Escasez de 
poetas y artistas.— Ha sabido, sin embargo, reali- 
zar la independencia y la unidad de Italia 113 

CAPITULO XLIII 

Turín, de 1854 á 1855. 

Carácter de mi nuevo jefe Pastor Díaz. — Formaba 
parte de la oposición contra el Conde de San Luis. 
Asistía á las reuniones de Mariquita Buschental. 
La Reina se ríe porque aquella oposición no sabía 
bailar.— Cuando llegó á Turín no hablaba bien el 
francés. — Muéstrase vacilante entre el liberalismo 
y la reacción.— Juzga con imparcialidad de las co- 
sas de España y lee con placer El Padre, Cobos. 
No quiere, sin embargo, comprometerse y trata los 
negocios en cartas particulares.- Caracteres de 
los otros jefes de misión. Activa diplomacia de 
Gramont y Hudson. — Singularidades de Brassier. 
Habilidad de l'aar, < 'anofari y Yonglie 127 

CAPITULO XLIV 
Turín, de 1854 á 1855. 

El Rey Víctor Manuel. Sus cualidades \ dele, i 

Ha sido uno de los Soberanos más notables de este 
si^lo. Circunstancias quele favorecieron. Obs 
tinación del Austria. Ceguedad de los demás Mo 

narcas de Italia. Deseo general de independen 



Página*. 

cia.— Espíritu liberal del siglo.— Talento del Conde 
de Cavonr.— Auxiliares y precursores de éste.— 
Los publicistas y las sectas.— El fallecimiento de 
las dos Reinas y del Duque de Genova llena de 
luto á Turín.— Elogio de ambas Soberanas.— Una 
carta de la Marquesa de Avillars, dama de honor 
de la Reina Adelaida.— Pasión de Carlos Alberto 
por la Condesa de Robilant.— Visitas en día fijo. . 141 

CAPITULO XLV 

Turín, de 1854 á 1855. 

Carácter legitimista de la aristocracia de Turín. — 
Familias de San Marsano, Caraglio y Cisterna. — 
Salones de la Marquesa Alfieri y de las Condesas 
de Carpeneto, Mestiatis y Buil. — Tertulia de la 
Marquesa Doria. — La bella Condesa Castiglione. 
Elegancia del teatro Regio.— Gran boga del Rigo- 
letto de Verdi.— El teatro Carinan y la Compañía 
de Gustavo Módena.— Compañía francesa de Mey- 
nadier.— Su variado repertorio.— Gran concurren- 
cia en los espectáculos públicos. — Afluencia de fo- 
rasteros en Turín. — Tranquilidad y buena admi- 
nistración del país.— Ministros que ayudaban á 
Cavour. — El General Lamármora.— Dabórmida.— 
Cibrario y Ratazzi 1 53 

CAPITULO XLVI 

Turín, de 1854 á 1855. 

Difícil situación de la Cerdeña.— Necesidad que tenía 
del auxilio do una Nación poderosa. — Estalla la 
guerra de Crimea.— Temeraria conducta del Em- 
perador Nicolás.— Cómo se vio aislado y acometido 
por la Inglaterra y la Francia. — La Cerdeña se une 
luego á estas dos Potencias, á fin de ganar su gra- 
titud.— Expedición mandada por Lamármora.— De 



XI 



qué manera halla recursos Cavour para satisfacer 
tantos gastos.— Supresión de los conventos.— Don 
Margotto y la Unidad Católica.— Discurso singu- 
lar del diputado Brofferio.— Una modificación mi- 
nisterial ocurrida en España, causa mi traslación 
á Ñapóles 165 

CAPITULO XLVI1 

Ñapóles, de 1855 á 1858. 

Viaje de Turín á Ñapóles.— Estragos que hacía el 
cólera en Italia. — Visito á Florencia, — Leo allí La 
Cabana del Tío Tont. — Descanso en Siena.— Su ca- 
tedral admirable. — La Santa Catalina de Razzi.— 
Detención forzosa en Roma.— Conozco allí al des- 
pués célebre Don Antonio Cánovas del Castillo. — 
Cualidades é imperfecciones de este hombre de 
Estado.— Llegada á Ñapóles.— Placer que me cau- 
sa su vista.— Me presento á mi nuevo jefe Don Sal- 
vador Bermúdez de Castro. — Pesar que tuvimos 
los dos por la muerte de mi predecesor Arana. — 
Empiezo á describir á Ñapóles 179 

CAPITULO XLVI1I 

Ñapóles, de 1855 á 1858. 

Palacios Reales de Ñapóles. — Arco triunfal de Alfon- 
so V en Castel Nuevo.— Capo di Monte.— Caserta. 
Palacios de la Nobleza. < ¡atedral y Capilla de San 
Jenaro.— Santa ( !lara y los A ojous. Santo Domin- 
go y los aragoneses. La tumba de Don Pedro de 
Toledo en Santiago. Recuerdos que despiértala 
plaza del ( 'armen. Piedad de Ribera en la Cartu- 
ja.— Museo Borbónico. El Toro farnesio. El Mer 
curio en repoto. Vasos campanioa y etrnscos. — 
Frescos sacados de Pompeya. < taadros modernos 
La Virgen del Amor divino de Rafael.- Lsl Gitanüla 



XII 

Página*. 

de Correggio.— La Sublevación de Masanielo, pinta- 
da por Micco Spadaro 191 

CAPITULO XLIX 
Ñápeles, «le 1855 á 1858. 

Escuela de pintura napolitana.— Carece de origina- 
lidad.— Genio apasionado de algunos pintores na- 
politanos.— Amores del Zíngaro.— Violencias de 
Corenzio.— Aventuras del Calabrés —Desórdenes 
de Salvador Rosa.— Fin desgraciado de Ribera.— 
Fecundidad de Jordán y Berinni. — Colección de ob- 
jetos hallados en Poru peya.— Visita á aquella ciu- 
dad.— Ilusión que causan sus ruinas.— Casas de 
Diomedes y Salustio.— Excursión á Sorrento.— Be- 
lleza de aquel sitio.— Islas de Capri é Ischia.— Pa- 
seo al Norte de Ñapóles.— La Villa Reale.— La tum- 
ba de Virgilio.— El camino de Posílipo.— Noches 
iluminadas por las estrellas 203 

CAPITULO L 

Ñapóles, de 1855 á 1858. 

Carácter de los napolitanos.— Son los primeros en in- 
teligencia después de los toscanos.— Genio de San- 
to Tomás.— Talento de Vico.— Poema delTasso. — 
Poesías de Leopardi.— Historia de Giannone.— Es- 
critos de Filangieri. — Defectos de que adolece 
aquel pueblo.— Su increíble pereza.— Su propensión 
al desaliento y al pánico.— Supersticiones que le 
dominan.— Buenos efectos del milagro de San Je- 
naro.— La jettatura y su injusticia.— Volubilidad 
que se les achaca.— Causas verdaderas de la posi- 
ción secundaria de Ñapóles y de sus cambios de 
gobierno.— La España se apoderó un día de aquel 
país y estableció en él un Virreinato 215 



XIII 

Páginas. 

CAPITULO LI 
Ñapóles, de 1855 á 1858. 

El Virreinato español no ha dejado buenos recuerdos 
en Ñapóles.— Conducta escandalosa de Osuna.— 
La guerra de sucesión priva á España de aquel 
Reino.— Errores en que incurrió España por su 
anhelo de recobrarle.— Logra colocar allí un Prín- 
cipe español. — Gobierno ilustrado de Carlos III. — 
Después de la Revolución francesa, sigue Ñapóles 
vicisitudes muy semejantes á las de España. — La 
Corte se retira á Sicilia.— Influencia de Nelson. — 
Su pasión por Lady Hamilton.— Restauración en 
el año 15.— Revolución en el año 20.— La suprimen 
los austríacos.— Carácter benigno de Francisco I. — 
Cualidades de Fernando II. — Era irreprensible 
como hombre.— Pecó de orgullo é imprudencia 
como Rey 287 

CAPITULO L1I 
Ñapóles, de 1855 á 1858. 

Conducta política del Rey Fernando II.— Precaria 
situación en que deja á su hijo.— Piedad exagera- 
da de la Reina María Teresa.— Las bailarinas con 
pantalones verdes.— Un retrato escondido.— Erra- 
da educación de los Príncipes.— Los hermanos del 
Rey.- Mérito de Trápani.— Fiestas ele Siracusa.— 
El Pretendiente Montemolín y el Infante Don Se- 
bastián establecidos en Ñapóles.— Deseo que tenía 
Don Sebastián de reconciliarse con la Reina Isabel. 
Altos cargos de Palacio. De qnién descendía el 
Príncipe de Bisignano.i Ministros del Rey.— El 
Conde de Ludolf era el verdadero Ministro de Ne- 
gocios extranjeros 841 

CAPITULO LIU 

Ñapóles, de 1855 á 1858. 

Kl ( ¡oerpo diplomático. Monseñor Ferrieri y su arre- 



XIV 

Páginas. 

glo eclesiástico.— El Barón Brenier y Sir Guillermo 
Temple, hermano de Lord Palmerston.— Consejos 
que le dan al Rej' Fernando.— Actitud recogida de 
Mr. Kakoschkine y la sociedad rusa.— El General 
austríaco De Martini. — Carácter exaltado del Ba- 
rón de Canitz.— Posición difícil de Bermúdez de 
Castro.— Buenos consejos que le dio más tarde al 
Rey Francisco.— Carácter ligero del Vizconde de 
Alte.— El Ministro americano tenido por mormón. 
Intrigas del Conde de Gropelo, Encargado de ne- 
gocios de Cerdeña.--En su casa se reúnen los Ba- 
silios de la Revolución 253 

CAPITULO LIV 

Ñapóles, de 1855 á 1858. 

La sociedad de Ñapóles.— Fiestas del Conde de Sira- 
cusa.— Recepciones de Madama Craven.— Destino 
singular de ella y de sus mayores amigas. — La Mi- 
nutólo.— La Ravaschieri. — La Princesa de Campo 
Reale.— Salón de la Duquesa de Bivona.— El de la 
San Arpiño.— Los de Torella y Caracciolo.— Doña 
Olimpia Colonna tenida por jeútatrice. — Un espejo 
hecho pedazos.— Un epigrama del Duque de Proto. 
Talento del Marqués de Gargallo.— Otra vez las se- 
ñoras rusas.— Charadas, rehuses y calembures. — Se- 
ñoras que fuman.— Otras que cantan.— El Stabat 
Mater de Rossini, ejecutado en el Conservatorio.— 
Ñapóles, patria de la melodía 285 

CAPITULO LV 
Ñapóles, de 1855 á 1858. 

Ñapóles fué por mucho tiempo la metrópoli de la 
música.— En el siglo XVI II produjo grandes com- 
positores.— Pergolese.— Paisiello,Cimarosa.— Tuvo 
también célebres cantores, como Stradella, Caffa- 



XV 

Páginas 

relliy Farinelli. — Gran boga de Mercadante.— Tea- 
tro de San Carlos.— Afición de los napolitanos al 
baile. — La Tarantela. — Teatro de los florentinos. — 
La Ristori en la Medea. — Pulchinela en San Carli- 
no. — Fiestas religiosas.— La Virgen de Pie di Gro- 
tta. — Santos más venerados en Ñapóles. — Repi- 
ques de campanas y castillos de fuego.— Mi casa, 
mis amigos y mis lecturas.— Bemi, Torteguerri. — 
Sátiras contra España.— Tassoni y Giusti 277 

CAPITULO LVI 

Ñapóles, de 1855 á 1858. 

Sucesos políticos de Ñapóles.— Atentado de Milano 
contra el Rey.— Reacción que produjo. — Iras de 
Mazzini. — Sus sectarios hacen volar un fuerte y 
una fragata.— Expedición de Pisacane. — Una pro- 
fecía como la de Cazotte.— Napoleón se declara en 
favor de los italianos. -Derrota del Austria.— Le- 
vantamiento de la Italia Central.— Fallecimiento 
del Rey Fernando.— Campaña prodigiosa de Gari- 
baldi. — Víctor Manuel marcha á su socorro. — El 
Rey Francisco se retira á Gaeta, donde capitula 
con honra.— Situación también azarosa de los Bor- 
bones de España. — O'Donnell se sobrepone á Es- 
partero.— Vuelta de Narváez } r tentativas de ma- 
yor reacción. — O'Dounell triunfa al fin y forma un 
nuevo Ministerio.— Organiza asimismo la Unión 
liberal. — Soy nombrado primer Secretario de Lon- 
dres 289 

CAPITULO LVII 

Londres, de 1858 á 1SG5. 

Vuelvo á ver á Don Luis González Bravo.- Hago el 
conocimiento < 1 « - J Vizconde del Pontón.- Magnifi- 
cencia de Londres. Lfl Abadía de West ininster. — 

Coronación de los Reyes.— Punteen de grandes 



303 



XVI 

PágtaM 

hombres.— Palacio del Parlamento.— Palacios de 
Buckingham y de Saint James.— Levees y Drawiny 
Rooms— Plaza de Trafalgar.— Galería nacional y 
sns bellos cuadros.— El Museo Británico y las obras 
de Fidias.— Antigüedades egipcias y asirías.— El 
Strand.— Palacio de Somerset— El Temple.— Un 
brindis de los legistas ingleses.— Catedral de San 
Pablo.— Bello canto que allí se ejecuta - 

CAPITULO LVIII 

Londres, <Ie 1858 á 18G5. 

La Cit} r y sus monumentos.— El Banco y la Bolsa. — 
Gran salón del Palacio municipal.— La Torre de 
Londres.— Horribles recuerdos que despierta. — Lo6 
Docks y sus riquezas. — El Hospital de Greenwich. 
Los peces llamados white bu its.— Alrededores de 
Londres.— Castillo de Windsor y su salón de re- 
tratos. — Recuerdo de Falstaff. — El Palacio de 
Hampton Court.— Las obras de Holbein y los Car- 
tones de Rafael.— La colina de Richmond y vista 
que desde ella se disfruta.— Dicho jactancioso de 
un Embajador de Ñapóles.— Palacio de Cristal. — 
Instructivas reproducciones que encierra 317 

CAPITULO LIX 
Londres, «lo 1858 á 1865. 

Galerías particulares de Londres.— Aptitud de los 
ingleses para las artes.— Bellas catedrales góticas. 
Edificios notables de estilos más modernos. — Iñi- 
go Jones y Wren.— Renacimiento de la pintura en 
el siglo xviii.— Cuadros de Hogarth y Wilkie. — 
Retratos de Reynolds y Lawrence. — Países de 
Constable y Turner. — Pintores de éste siglo. — Es- 
tatuas de Flaxman y Gibson. — Acuarela y graba- 
do.— Caricaturas de Cruikshank.— Mayor excelen- 
cia de los ingleses en las letras y las ciencias. — 



XVII 

Página? 

Enumeración de sus grandes ingenios.— Milton, 
Shakespeare, Byron, Bacon, Newton, Locke, Reid, 
Smith.— Influjo que han ejercido en las otras na- 
ciones 331 

CAPITULO LX 

Londres, de 1858 á 1865. 

Superioridad de los ingleses en la política. — Han rea- 
lizado el gobierno mixto, que parecía una utopia á 
los antiguos.— Influencia que ha tenido en ello el 
carácter de su raza.— Condición feroz de los ingle- 
ses. — Ejemplos de esto en su historia. — Dureza de 
sus costumbres.— Vanidad que se les advierte. — 
Razones en que se funda. — A qué llaman snobismo. 
Originalidad y extravagancia de los ingleses.— Ca- 
rácter corregible que á pesar de eso les distingue. 
Reformas políticas que han llevado á cabo. — Odio- 
sas costumbres que han abolido 343 

CAPITULO LXI 

Londres, de 1858 á 1865. 

Soy presentado á la Reina Victoria.— Descripción de 
los Besamanos, bailes y conciertos.— Trajes que en 
ellos se usan.— Cómo son armados los caballeros. 
Impresión que me causa la Reina.— Grandes cua- 
lidades que la adornaban.— Exageraban, sin em- 
bargo, su mérito.— Motivos que hay para esto.— 
Contraste que formaba con sus predecesores.— Su 
ejemplar conducta privada.— Su completa pasivi- 
dad política.— Resistía, esto no obstante, á alga* 
ñas pretensiones de sus Ministros.— Obtuvo una 
absoluta Libertad para ausentarse de Londres y 
aun de sus misinos Kslados. — Acierto con cpie eli- 
gió marido 856 



XVIII 

PáfiUM. 

CAPITULO LXII 

Londres, de 1858 á 1865. 

Influencia provechosa del Príncipe consorte.— Supri- 
me el desafío.— Idea la primera Exposición uni- 
versal.— Da buenos consejos á la Reina.— Pesar 
que causa su muerte.— Retiro de la Reina y exage- 
raciones en que incurre.— Curiosas revelaciones 
de sus Memorias.— Deja que el Príncipe de Gales 
la reemplace en las ceremonias de la Corte.— De- 
fectos y cualidades de este Príncipe.— Mérito de la 
Princesa de Gales.— Casamiento de la Princesa 
Victoria con el Príncipe Federico de Prusia.— Bello 
carácter de éste y de su padre el futuro Empera- 
dor Guillermo.— El Duque de Cambridge y su her- 
mana.— Altos cargos de la Corte.— Recuerdo del 
Duque de Wellington 369 

CAPITULO LXIII 
Londres, de 1858 á 1865. 

Los Ministros son unos verdaderos Reyes.— Influen- 
cia de las revoluciones de Francia.— Puja entre los 
partidos para extender el sufragio.— Notable de- 
mocratización del país. — La Inglaterra procura 
mantener el equilibrio de Europa. — Ministerio de 
Lord Palmerston.— Carácter y política de este Mi- 
nistro.— Éxito que tuvo en la cuestión de Bélgica 
y en la de Mehemet-Alí.— Se equivoca en la de los 
matrimonios españoles.— Tiene la manía de fomen- 
tar las ideas liberales. — Únese, sin embargo, con 
Napoleón III.— Su excesivo temor de disgustar á 
éste, es causa de su caída.— Se retira á Brocket 
House.— Vida que allí se lleva 383 

CAPITULO LXIV 
Londres, de 1858 á 1865. 

Carácter aristocrático de Lord Derby.— Cualidades 



nx 

Páginas . 

de Lord Malmesbury.— Antecedentes de Disraeli. 
Brillante porvenir que le aguardaba.— Llegó á ser 
Conde de Beaconsfield y jefe de los torys. — Le re- 
ciben en triunfo al volver del Congreso de Berlín 
y realizó así el ideal de sus novelas. — Caída del 
Ministerio Derby en 1859.— Vuelta de Palmerston 
con Russell y Gladstone.— Probado liberalismo de 
Russell. — Figura notable de Gladstone.— Circuns- 
tancias que le hicieron liberal. — Exageraciones en 
que incurre.— Le llaman el Gran Anciano, pero se 
9 muestra más filósofo que hombre de Estado 397 

CAPITULO LXV 
Londres, de 1858 á 1865. 

Numeroso Cuerpo diplomático. — Por qué no penetra 
fácilmente en la alta sociedad. — Talento de Per- 
signy.— Excentricidades de su consorte. — Formas 
soldadescas de Malakoff.— Anécdotas del Barón 
Gros.— Cortesía del Conde Apponi. — Genio alegre 
déla Condesa Bernsdorf.— Poca sinceridad de Brü- 
nnow.— Carácter original de Istúriz. — Su reconoia- 
ción con el Cardenal Wiseman. — Ingenuidades de 
Don Antonio González.— Bellas prendas deComyn 
y su señora.— El Conde de Lauradio y los demás 
plenipotenciarios.— Futuro destino de muchos Se- 
cretarios t< »9 

CAPITULO LXVI 

Londres, de 1858 á 1865. 

La alta sociedad do Londres.— Numerosa aristocra 
cía. Puede ser comparada con la antigua de Roma. 
Paseo <■!> los parques. -El tó de las cinco.— Recep 
ciónos oíioialos y privadas. -Bailes do la Duquesa 
de Invernosa.- Reuniones de oahallcros.— Fiestas 
del Barón Rotschild, Bailes nacionales.— -Comi 
das de la Duquesa <!<• Somerset. Lady. Ciernen ti 



XX 

Páginas. 

na Villiers y otras lindas damas.— La Belleza de 
la Estación.— Buen influjo del ejemplo de la Reina 
en las costumbres de aquella época.— La sociedad 
católica. — Lord y Lady Petre. — Familias españo- 
las.— Carácter del Cardenal Wiseman. — Tuvo la 
gloria de dejar firmemente restablecida la Iglesia 
católica de Inglaterra 420 

CAPITULO LXVII 

Londres, de 185S á 1865. 

Fiestas de jardín.— Carreras de caballos.— Juego in- 
moral que ocasionan. — Vida de los ingleses en el 
campo.— Yo también hacía algunas veces como 
ellos. — Buen influjo que tiene esta costumbre en 
la cultura del país.— Gran consumo de novelas y 
su mérito. — El invierno en Londres. — Los teatros 
de prosa.— Drury Lañe y la Princesa. — Entusiasmo 
duradero por el gran Shakespeare. — Aptitud de 
los ingleses para la tragedia. — La comedia en Hay 
Market.— Inferioridad de los ingleses en este gé- 
nero.— Pantomimas en Navidad.— La ópera en el 
teatro de S. M. y en Covent Garden.— Poco mérito 
de la música inglesa.— Causas á que puede atri- 
buirse 437 

CAPITULO LXVIII 
Londres, de 1S58 á 1865. 

Tres grandes plagas de la Inglaterra.— La embria- 
guez, la pobreza y la prostitución.— Cómo las com 
baten.— Medios materiales.— Medios morales. — Es- 
píritu religioso de los ingleses.— Exacta observa- 
ción del domingo.— Devoción de los fieles. — Afi- 
ción á los sermones y á la lectura de la Biblia.— 
Por qué la Inglaterra se hizo protestante.— Pasio 
nes de Enrique VIII.— Avaricia de los nobles.— 
Orgullo délos ingleses.— Por qué persiguieron tan- 



III 

Página». 

to á los católicos.— Parte que en ello tuvo la hosti- 
lidad de otros países.— Causa de la tolerancia mo- 
derna.— Espíritu filosófico.— Talento de O'Connell. 
Prudencia de Peel y de Wellington.- Cordura de 
Wiseman. — Numerosas conversiones al catolicis- 
mo. — Límites que han tenido 449 

CAPITULO LXIX 

Londres, de 1858 á 1865. 

Sucesos de España.— El carácter batallador de los 
españoles sobrevive á sus desgracias.— O'Donnell 
en menos de cinco años emprende cinco guerras 
inútiles.— Cuestión de Marruecos.— Entusiasmo de 
la nación. — Éxito feliz de la campaña. — La Ingla- 
terra, temiendo por la seguridad de Gibraltar, se 
opuso á la ocupación de Tánger.— O'Donnell tuvo 
la cordura de detenerse y de concluir la paz. —Por 
qué no debemos sentir aquella oposición.— Dificul- 
tades de la conquista de Marruecos.— Dudas que 
esto sugiere sobre la utilidad de nuestros presi- 
dios. — Cuan conveniente sería cambiarlos por Gi- 
braltar.— Anexión de Santo Domingo.— Guerra que 
de ella resulta,— Abandono final de aquella isla. . 4<¡3 

CAPITULO LXX 
Londres, de 1858 á 1865. 

( íuerra con el Perú.— Empréndese sin prudencia y 
se termina con poca gloria.— Guerra en Cochin- 
cfaiina para complacer á la Francia.— Concluye 
pronto sin mucha ventaja.— Expedición de Etapa 

ña, Francia é Inglaterra á Méjico á íin de reclamar 
por deudas y agravios. Proyecto lYaiuvs de esta 
blecer allí un imperio para el Archiduque Maxi 
miliano, :'i posar de la doctrina de Monroe. Kela 
ojón de sus motivos. Proyecto semejante de Es- 

p;iña. Disidencia entre loa Plenipotenciarios de 



XXII 

Páginas. 

las tres naciones aliadas.— Los ingleses se retiran. 
El General Prim hace lo mismo. — La Reina y la 
opinión le aplauden.— Pasa por Londres á su re- 
greso.— Su fisonomía y carácter 477 

CAPITULO LXXI 

Londres, de 1858 á 1865. 

Venida á Londres de los Duques de Montpensier.— 
Voy á recibirlos en Plyrnouth. — Contraste de la 
Duquesa con la Reina su hermana.— Carácter del 
Duque.— Suplicio de Tántalo que sufrió toda su 
vida. — Viene también á Londres la Reina Cristina 
de Borbón.— Encanto de su trato.— Mis visitas á 
Claremont.— Juicio sobre la familia de Orleans. — 
Viaje que emprendo por Inglaterra é Irlanda, 
acompañando á Istúriz. — El Castillo de "Warwick. 
Palacio de Blenheim y sus cuadros de Rubens.— 
Oxford y sus Colegios.— Sensatez de los ingleses. 
Espíritu conservador de aquella Universidad 491 

CAPITULO LXXI1 

Londres, de 1858 á 1865. 

Llegada á Dublín.— Sus bellos edificios. — La Cate- 
dral de San Patricio.— El Virrey y el Capitán Ge- 
neral nos convidan á su mesa.— Lago de Kilarny. 
Limerick y Gallway.— Verdor de la Irlanda.— Mi- 
seria de sus habitantes.- -Son, sin embargo, robus- 
tos, inteligentes y alegres— Su firme adhesión al 
catolicismo.— Defectos que se les observan.— Ma- 
nera cruel con que los han tratado los ingleses.— 
Tardía justicia que al fin les hacen. — Nuestro re- 
greso á Inglaterra y marcha de Istúriz.— Le reem- 
plaza Don Antonio González. — Exposición univer- 
sal de 18<>2. — Carácter democrático de la industria 
moderna.— Canción de la Camisa 503 



XXIT1 

Pifia** 

CAPITULO LXXIII 

Londres, de 1858 á 18G5. 

Voy á España en 1863.— Visito en París al Embaja- 
dor Mon. — Veo en la Opera á los Emperadores, 
que estaban en el apogeo de su grandeza.— Me 
paro en Burgos.— Hermosura de su catedral.— No- 
vedades de Madrid. — Situación embarazosa de 
O'Donnell.— Mis amigos se dedican mucho á la po- 
lítica. — Yo no siento vocación á ella.— Calderón 
Collantes y sus errores en francés.— Cambio que 
observo en Istúriz. — Encuentro ciega á la Condesa 
del Montijo.— Olózaga con sombrero redondo.— 
Santana y La Correspondencia. — El tanto por viento 
de Ayala.— Novelas de Fernández y González.— La 
Guardia civil. — Corta visita á Sevilla.— Larga per- 
manencia en Cádiz. — Señoras y Canónigos que 
juegan á la Bolsa. — Buenos sermones de Herreros. ¿1» 

CAPITULO LXXIV 

Londres, de 1858 á 1865. 

Regreso á Londres.— Cuatro cuestiones que preocu- 
paban entonces los ánimos.— Guerra de secesión 
en los Estados Unidos á causa de la esclavitud.— 
Varios Gobiernos de Europa simpatizan con el 
Sud.— Vencedor al fin el Norte, da la libertad á los 
esclavos y se venga de Francia é Inglaterra.— 
Guerra y anexiones en Italia.— La Francia se opo 
ne á la ocupación de Roma.— Venida de Garibaldi 
á Londres para obtener el apoyo de Inglaterra.— 
Le despiden como á Don Basilio.— Insurrección de 
Polonia.— La Francia no se atreve á socorrerla.— 
La Rusia somete á los rebeldes. — Cuestión de los 
Ducados alemanes de Dinamarca.- -La Piuaiay el 
Austria se apoderan de ellos.— Primera revelación 
del y;euio político de Bismarck £>'J¥ 



XXIV 

Págtana. 

CAPITULO LXXV 
Loudres, de 1858 á 1865. 

Vuelta de Narváez al poder.— Me nombran Ministro 
Residente en Copenhague. — Hago antes una ex- 
cursión á Escocia. — Los poetas laguistas. — Re- 
cuerdos de Ossian y de Macbeto.— Situación pin- 
toresca de Edimburgo.— Palacio de Holy Rood.— 
Recuerdo de María Estuardo. — Causas de sus des- 
venturas.— Su carácter ligero.— Ferocidad de los 
escoceses. — Su fanatismo calvinista. — Han mos- 
trado con todo en ocasiones un espíritu caballe- 
resco.— Han tenido también grandes escritores.— 
Regreso á Londres.— Emprendo mi viaje á Dina- 
marca.— Simpatía que me inspiran los belgas y 
holandeses.— Colonia y su Catedral. — Cuestión del 
Rhin.— Fisonomía de los alemanes. — Llegada á 
Copenhague 545 



•^=#E¿- 



RECUERDOS DE UN DIPLOMÁTICO 



CAPITULO XXXIV 
Florencia, de 1852 á 1854. 

Contraste entre Florencia y Roma. — Carácter puramente italiano y medioeval 
de Florencia. — Su historia está en sus monumentos. — El Palacio viejo , el 
Duomo, el Bargello, el Palacio Pitti.— Fué una democracia pura, que al tin se 
transformó en monarquía. — Gobierno ilustrado de los Médicis y Lorenas. — Los 
florentinos fueron menos guerreros que comerciantes. — El clima de Florencia 
hace ingeniosos á sus habitantes. — Hicieron renacer las letras y las artes y ob- 
tuvieron la supremacía en ellas — Frondosidad de los contornos de aquella ciu- 
dad.— Las mujeres florentinas más esbeltas que las romanas. — Florencia es la 
flor de las ciudades y la ciudad de las flores. 

Florencia ofrece un completo contraste con Roma. En 
ésta llaman principalmente la atención los restos antiguos, 
y después de ellos las iglesias y edificios modernos. De la 
Edad Media queda poco y se necesita mucha imaginación 
para figurársela en aquella época. En Florencia sucede todo 
lo contrario: del tiempo romano no se conserva más que el 
anfiteatro de Fiesole, sitio de la ciudad antigua; y aunque 
lo moderno es muy bello, llama, sobre todo, la atención lo 
que subsiste aún de los siglos medios. Mucho se lia perdi- 
do, ciertamente, en estos últimos años de la Florencia re 
publicana, á causa de la apertura <le nuevas calles y «1. «I 

Tomo II 1 



derribo de casas antiguas; mas queda todavía lo bastante 
para comprender que cada sujeto principal poseía un solar 
hecho de piedras sillares, á semejanza de un castillo, y una 
torre muy elevada, desde donde podía hostilizar á sus ve- 
cinos. En la calle llamada Por Santa María hay aún dos de 
ellas que pueden dar una idea suficiente de lo que era en 
un tiempo aquella ciudad y de la lucha continua que rei- 
naba en sus calles entre blancos y negros, güelfos y gibe- 
linos. 

Quedan, sobre todo, varios grandes edificios, en los cua- 
les están como esculpidas las principales vicisitudes de la 
antigua república. El Palacio viejo, por ejemplo, es en su 
género un libro abierto, donde se puede leer toda su histo- 
ria. Su arquitectura es original y bella. Tiene portada y 
balcón como un palacio, y almenas como una fortaleza. Su 
torreón central, que se alza por encima de todas las otras 
torres de la ciudad, es tan sólido como esbelto. El Presi- 
dente Debrosges, en un siglo en que existía un criterio muy 
estrecho para juzgar de lo bello, le llamó un affreux donjon, 
un horrible castillejo; pero hoy día se le considera como 
una de las joyas del arte en el género pintoresco. La mole 
de todo el palacio, contemplada en una noche de luna, 
ofrece un aspecto tan hermoso como poético. Parece que de 
su portal van á salir armados los arqueros de la señoría. 
Allí se formaron y deshicieron Gobiernos con una vertigi- 
nosa rapidez y después de disputas sangrientas. Allí se 
abolía hoy lo que se había decretado ayer, según lo refiere 
Dante con patriótica amargura. Sólo dos veces hubo en 
aquel edificio escenas que puedan llamarse nobles y aun 
heroicas. La una fué cuando los florentinos se libertaron 
tumultuariamente de la tiranía de Gualterio de Brienne, 
Duque de Atenas, y la otra cuando Gino Capponi puso 



■coto con su energía á las pretensiones exorbitantes de Car- 
los VIH. 

El Duomo es asimismo notable por su belleza y por los 
recuerdos que despierta. El exterior todo revestido de már- 
moles" blancos y negros, es como un gran mosaico, que re- 
vela el origen bizantino de la arquitectura gótica toscana. 
El interior, sin mármoles ni adornos, se conforma ya más 
al gusto del Renacimiento, y es á la par sólido y correcto. 
Su único defecto consiste en ser desnudo y frío. La nave 
no tiene altares, y para prosternarse y hacer oración hay 
•que llegar hasta el presbiterio. Ofrece, con todo, bastante 
interés el cuerpo mismo de la iglesia. 

En ella está enterrado el célebre Giotto, que hizo resu- 
citar de sus cenizas la pintura antigua; per qvem pietura eos- 
tincta revixit, como dice la inscripción que se lee sobre su 
tumba. Después se halla un fresco que representa al poeta 
Dante, paseándose á las puertas de Florencia, con un libro 
en la mano, que es la Divina Comedia. Cuando los mucha- 
chos de su tiempo le veían venir con aquel aire tan som- 
brío, se decían con terror unos á otros: aquél es el hombre 
que ha estado ya en el Infierno. 

El altar mayor trae involuntariamente á la memoria una 
escena de extraña violencia, que pinta bien las costumbres 
del siglo xv. Allí fué donde Lorenzo y Juliano de Mediéis, 
estando oyendo misa, se vieron acometidos por los Pazzis, 
sucumbiendo Julián y salvándose Lorenzo á duras penas, 
gracias á su buena espada y al salto que dio desde el pies 
biterio al suelo de la iglesia, refugiándose luego en la sa 
cristía inmediata, cuya puerta cerró por dentro. Dn cléri 
go, tal era la confusión de aquellos tiempos, fué quien lia 
bía tomado á su cargo el herir mortalmente i EiOveaso,ye] 
Obispo Salviati era como el alma de aquella empresa. T<> 



dos los conjurados fueron presos y colgados del balcón der 
Palacio de la Señoría, sin temor á las iras del Papa, ene- 
migo entonces de los Mediéis. 

A un lado del Duomo elévase el campanario, dibujado 
y construido por el famoso Giotto, quien era al mismo 
tiempo pintor y arquitecto. Está cubierto de mármoles de 
colores, como la iglesia, y tiene una ligereza y una elegan- 
cia incomparables. No le conozco más rival que nuestra Gi- 
ralda de Sevilla, En el centro del Duomo se levanta la cé- 
lebre cúpula, que viene á ser el panteón de Roma, alzado y 
sostenido en el aire por medio de arcos muy atrevidos. Su 
autor, Brunelleschi, mostró en aquella prodigiosa construc- 
ción que tenía, no sólo talento, sino genio, y tuvo la gloria 
de que Miguel Ángel le imitase en San Pedro de Roma. 

Después del Duomo débese citar el Bargello ó Palacio 
del Podestá. Su exterior es sombrío, pero posee un patio de 
estilo gótico primitivo, que es un dechado de ligereza y 
primor. En aquel edificio estaban las prisiones de Estado,' 
allí ha corrido á veces como agua la sangre de los más 
ilustres florentinos, y se han representado tragedias tan 
crueles como las de cualquier otra odiosa tiranía. Ahora 
está dedicado á Museo, y la vista de las bellas estatuas del 
Renacimiento hace olvidar las lúgubres escenas que re- 
cuerda aquel antiguo edificio. 

El otro monumento, que cuenta, por decirlo así, la his- 
toria de Florencia, es el Palacio Pitti. Un particular vani- 
doso costeó su construcción; pero después le compró una 
dama española, Doña Leonor de Toledo, la cual se casó con 
el Duque Cosme de Médicis. De modo que en aquellos 
tiempos, la hija de un Virrey español de Ñapóles era una 
alianza adecuada para un Príncipe soberano, y le llevaba 
en dote un palacio estupendo. A primera vista sólo llama 



la atención la magnitud y solidez de aquel edificio; nótase 
-después la majestad de su conjunto y la armonía de sus lí- 
neas. 

En aquella noble mansión vivieron primero los Médicis 
y después los Lorenas, y alojó á la monarquía desde que 
ésta sustituyó á la república. 

Porque la república fué por muchos siglos la forma de 
gobierno que dominó en Florencia; y aunque lo mismo 
aconteció en otras ciudades de Italia, en pocas duró tanto 
ni tuvo un carácter tan democrático. Nacieron aquellos go- 
biernos populares de la debilidad del Imperio, y lucharon 
con varia fortuna contra toda clase de enemigos exteriores 
é interiores. Sismondi ha escrito la historia de todos ellos 
en un libro muy ameno, que se lee como una novela, y es 
curioso observar de qué modo fueron cayendo casi todos 
en poder de pequeños tiranos, y cómo los que quedaron li- 
bres tomaron formas diferentes, dominando en unos la de 
mocracia, en otros la aristocracia y en otros un sistema 
mixto. En uno de los extremos estaba Veneeia, la cual fué 
completamente aristocrática desde que el Dux Gradenigo 
dio el famoso golpe de Estado, por medio del cual fué limi- 
tado para siempre el número de los miembros del Gran 
■Consejo. Florencia se halló en el extremo opuesto, conseí 
vando perpetuamente su carácter democrático. Genova os- 
ciló (Mitre una y otra forma. 

Florencia, defendida por los montes Apeninos, y enrí 
querida por la agricultura y el comercio, fué poco guerrera, 

y cuidando de excluir siempre de su seno ;í los nobles, vi 

vio popularmente. Pero su historia es una prueba notable 
• le que sin nobleza no hay ni estabilidad ni libertad. Do 
minábanla las facciones y gobernábanla despóticamente. 
A la existencia de ellas háse querido dar un origen poético, 



atribuyéndolas al asesinato de un Buondelmonte, por ha- 
ber desairado á una joven de la familia gibelina de los 
Amideis; pero la verdad es que fueron un producto natural 
del gobierno democrático, como lo demuestra el hecho de 
que esas mismas facciones dominaron con diversos nom- 
bres en todas las Repúblicas de Italia. Divididos los flo- 
rentinos en blancos y negros, se odiaron, se persiguieron, 
se desterraron, confiscáronse rnútuaniente los bienes, y en 
más de una ocasión derramaron los unos la sangre de los 
otros en las plazas y calles. 

El jefe del Gobierno, llamado Gonfaloniero, se mudaba 
cada dos meses, y reinaba tal desconfianza entre los ciuda- 
danos, que los jueces eran siempre forasteros. El Podestá 
de Florencia solía ser un paduano, como el de Padua era 
un florentino. Al leer la historia de aquellos excesos causa 
mucha admiración que durara tanto tiempo un Gobierno 
tan malo. A principios del siglo xv, los Albizzis, antigua y 
rica familia, quisieron poner término á tanta anarquía es- 
tableciendo el gobierno de los nobles, mas no pudieron 
efectuarlo; fué un ensayo prematuro. Al cabo otra familia, 
de más humilde origen, pero que había adquirido grande 
prestigio á causa de sus riquezas y de la ilustración de sus 
miembros, los Médicis, consiguieron hacer con maña lo que 
los Albizzis no habían logrado realizar con la fuerza. Empe- 
zaron por adular al pueblo y acabaron por subyugarle. 
Tuvo su poder diversas vicisitudes, mas aunque fueron 
más de una vez expulsados, tuvieron siempre la fortuna 
de volver, ayudados por las circunstancias, porque Floren- 
cia, cansada de la anarquía popular, ansiaba vivir con re- 
poso. Por último, el Emperador Carlos V puso fin á la Re- 
pública y erigió la Toscana en ducado, restableciendo en 
el poder á los Médicis; conducta claramente egoísta, xmes 



al mismo tiempo que quitaba así la libertad á Florencia 
para agraciar á Clemente VII, la restablecía en Genova, á 
fin de ganar á Andrés Doria. 

Pero juzgúese como se quiera el proceder de aquel am- 
bicioso Soberano, es innegable que la bella Florencia ganó 
extremadamente con esta mudanza. Convertida en monar- 
quía, vivió cerca de cuatro siglos en una paz octaviana, 
bajo dos ilustres dinastías: primero, la de los Médicis, que 
protegía las Letras y las Artes, y después, la de Lorena, 
cuyos Príncipes se dedicaron á mejorar sus instituciones. 
Uno de ellos, Pedro Leopoldo, fué un verdadero revolucio- 
nario, y realizó en la Iglesia y el Estado una multitud de 
atrevidas reformas que le granjearon la admiración de los 
contemporáneos. Su conducta es una muestra de lo que 
hubieran podido hacer poco á poco los mismos Príncipes 
sin necesidad de las inauditas violencias de que dio ejem- 
plo en 1789 la enloquecida burguesía de Francia. 

Florencia no había sido nunca conquistadora. Tardó 
siglos en apoderarse de Pisa, y al fin tuvo también Car- 
los V que cederle Siena, para que dominase al menos en 
toda la pequeña Toscana. Dedicados al comercio, los flo- 
rentinos se distinguieron siempre por un espíritu de sabia 
economía que les permitió acumular grandes capitales, los 
cuales prestaban con buen interés á los particulares y 
también á los Reyes. Una casa florentina, la del banquero 
Peruzzi, fué quien prestó á Eduardo III de Inglaterra el 
dinero que necesitaba para hacer la guerra á la Francia. 
Eran entonces los florentinos activos y vigilantes. En la 
sala principal de uno de los palacios de Florencia hay una 
inscripción, que dice: Per non dormiré, y aseguran que 
• I mercader florentino que allí la puso había hecho una 
gran venl.i de sed.-is, liase de su futura riqueza, inien 



8 

tras los demás dormían la siesta en una tarde de verano. 

Los florentinos han sido también muy hábiles é inge- 
niosos en las Ciencias y las Artes, lo cual han heredado 
de los antiguos etruscos, y es posible que á ello haya con- 
tribuido siempre el aire vivo de aquella ciudad. Vasari 
dice, que ese aire ha sido despertador de grandes ingenios, 
y esto me recuerda que nuestro Luis de Granada atribuye 
modestamente la excelencia de su admirable Guía de Pe- 
cadores, al clima de Badajoz, que fué donde la compuso. 
Lástima es que á la par que ingeniosos sean también muy 
curiosos, de manera que es difícil libertarse de sus conti- 
nuas preguntas. Refería el Conde Giraud, el autor de El 
Ayo en embarazo, que se trasladó una vez á Florencia para 
activar cierto asunto que tenía pendiente en sus oficinas, 
y llegó á aburrirse tanto de las preguntas con que le mo- 
lían los florentinos, que estando una noche cenando en el 
Café Vital, entonces muy de moda, se subió encima de una 
mesa y dijo en voz alta de esta manera: 'Señores, yo soy 
el Conde Giraud, que he venido á Florencia para un nego- 
cio particular, el cual no tiene relación alguna con la polí- 
tica ni con las letras, y pienso marcharme lo más pronto 
posible, porque estoy ya cansado de las continuas pregun- 
tas que todo el mundo me dirige». 

Han criticado algunos la parsimonia de los florentinos, 
tachándolos de avaricia; pero en este punto hay mucha 
exageración. Si viven con orden, no por eso dejan de aga- 
sajar con generosidad á sus amigos. Lo que sí tieuen, para 
honra y provecho suyo, es el espíritu práctico de la vida. 
Son siempre algo demócratas, y no se abochornan de con- 
servar por medio del tráfico las riquezas que con él adqui- 
rieron sus mayores. Nada más común que ver hasta en los 
mismos palacios de los nobles una ventanilla para el des- 



pacho al pormenor de sus vinos con la inscripción que in- 
dica su procedencia, como cantina Ricasoli, cantina Al- 
bizzi ó Capponi. 

Añadiré á las buenas prendas de los florentinos, la de 
tener un carácter afable y aun dulce, viéndose en esto la 
influencia benéfica de un Gobierno monárquico y pater- 
nal, que en cuatro siglos de dominación ha convertido á 
los indóciles é inquietos republicanos de la Edad Media 
en uno de los pueblos más tranquilos y urbanos de Italia. 
¿Y no tienen defectos los florentinos? Ya he dicho que 
son curiosos. A esto añadiré que, si bien son vivos de ge- 
nio, no poseen la energía y fuerza física de los piamonte- 
ses y lombardos: son algo perezosos. Pero el gran defecto 
de ellos, pena causa decirlo, es ser terriblemente blasfe- 
mos. Lo eran de antiguo y hoy día sigue este vicio en au- 
mento, por más que tanto el clero como las personas pia- 
dosas hacen todo cuanto pueden para ponerle algún coto. 

Pero dejando este tema por otro más interesante, debo 
ya recordar la supremacía conquistada por Florencia en el 
cultivo de las Letras y las Artes. En las primeras ha teni- 
do á Dante, carácter eminentemente poético, producido 
como una planta natural por el conflicto de las terribles 
facciones que desolaban la República. Tácito fué en Roma 
una protesta viva contra la tiranía de los Césares. Dante, 
en Florencia, otra no menos enérgica, contra la tiranía de 
los güelfos. Más tarde produjo á Maquiavelo, ingenio agu- 
dísimo, cuyo libro, más criticado que leído, contiene sa 
bios preceptos para la conducta de un Príncipe prudente. 
Florencia, pequeña y débil, se defendió con la astucia é 
inventó la ciencia política. 

Su supremacía en las Artes tuvo igualmente causas co- 
nocidas. En aquel feliz terreno, donde á la par que en la 



10 

misma Grecia habían florecido todas ellas; en aquella 
Etruria, que dio á Roma estatuas y joyas, leyes y ritos, 
volvieron á renacer fácilmente todas las invenciones de 
Apolo y Minerva. Contribuj^ó principalmente á ello la ri- 
queza de los mercaderes florentinos, que servía para atraer 
y animar á los grandes talentos. La primera manifestación 
importante del arte moderno tuvo lugar en Asís, porque 
la piedad de los fieles dio á aquellos monjes los medios 
necesarios para recompensar con generosidad á arquitec- 
tos y pintores. La segunda se verificó en Florencia, donde 
los acaudalados negociantes edificaban iglesias y palacios 
y los adornaban con estatuas y cuadros. Contribuyó des- 
pués á acelerar el progreso de las Artes la conducta ilus- 
trada de los Médicis, quienes reunieron en sus jardines 
muchas estatuas antiguas, presentándolas como dechados 
á la juventud estudiosa de su época. Esos ejemplares de 
la estatuaria antigua dieron un carácter más noble á to- 
das las artes. En fin, Vasari menciona también otra cir- 
cunstancia que contribuyó mucho á su progreso en Flo- 
rencia, y fué el carácter libre y aun envidioso de los flo- 
rentinos, los cuales acostumbraban criticarse unos á otros 
sin ningún miramiento, obligando así á todos á estudiar 
mucho sus obras y no mostrarlas al público hasta que ha- 
bían hecho todo lo posible para que fuesen excelentes. Del 
mismo Miguel Ángel se refiere, que tuvo la flaqueza de 
motejar públicamente los cuadros del Penigino. 

La arquitectura, que es la primera "de las nobles herma- 
nas, cuyo estudio ocupa á los pueblos, renació asimismo 
en Florencia, ó por lo menos recibió en ella su desarrollo 
moderno. Allí puede leerse en edificios de un raro mérito 
la historia de su progreso, desde el Palacio Strozzi, toda- 
vía algo gótico y sombrío, hasta el Palacio Ruccellai, más 



11 

risueño y elegante. Benedetto da Maiano y Juan Bautista 
Alberti fueron para la arquitectura lo que Giotto y Ghir- 
landaio para la pintura, y Nicolás de Pisa y Donatello para 
la escultura. Otros elevaron estas tres artes á su mayor 
perfección; ellos les dieron el primer ser y la primera her- 
mosura. 

De buena gana me extendería bastante más en este 
gustoso argumento; mas lo dejo para cuando hable de los 
Museos. Ahora debo terminar mi descripción general de 
Florencia, diciendo que si su interior contrasta con el de 
Roma, hay aun maj^or diferencia entre los campos que la 
rodean. Los de Roma parecen un árido desierto, interrum- 
pido solamente por las ruinas de algunos acueductos, los 
cuales dan todavía testimonio de la grandeza de aquel 
pueblo. Los de Florencia son un jardín que el Arno riega 
y que se extiende hasta las faldas del Apenino. Pintores- 
cas colinas, entre las cuales descuella la de Fiesole, ofre- 
cen á la vista un conjunto maravilloso de quintas, jardi- 
nes y árboles frondosos, que forman una segunda ciudad, 
asilo de la paz y de la tranquilidad campestre. 

Hay además dentro de la población muy hermosos pa- 
seos, que pueden competir con las villas más célebres de 
Roma. Las llamadas Cascine, situadas á orillas del río, 
son por extremo agradables, especialmente en los meses 
de invierno. Allí vi por primera vez las bellas florentinas, 
cuyo tipo es diferente también del de las romanas. Estas 
propenden á engrosar y tienen las facciones abultadas; 
aquéllas son delicadas y esbeltas. Y delgadas son sus imá- 
genes de la Virgen y delgadas también las de sus santas. 
por cuya razón tienen fácilmente el aspecto devoto, aun 
que los pintores que las hacían no lo eran más que los de 

Roma ó Venecia. Las ftgurai de Lippí y Botticelli pareoen 



12 

siempre enfermas convalecientes. Ghirlandaio dio mucha 
mejor salud á sus personajes; pero siempre fueron más es- 
beltos que los que pintaron Rafael y Miguel Ángel, cuan- 
do tuvieron ante los ojos los corpulentos romanos y las 
trastiberinas robustas. 

El idioma corriente en Florencia es asimismo algo di- 
verso del que usan en Roma. Dícese proverbialmente: Un- 
gua toscana in bocea romana, porque es un hecho innega- 
ble que los romanos pronuncian con gran perfección. Los 
florentinos les llevan quizá ventaja en la elección de las 
palabras, usando siempre las más castizas; pero tienen el 
vicio singular de aspirar la c al principio de muchas vo- 
ces; así dicen, por ejemplo, jasa y jámera, en lugar de casa 
y camera. Y esto les es tan natural, que no se aperciben 
de ello, y cuando se les pregunta por qué tienen esa cos- 
tumbre, aseguran que no es así, y extrañan casi la adver- 
tencia. 

El temple de Florencia no es tan benigno como el de 
Roma, y la vecindad de los Apeninos, que á menudo se 
cubren de nieve, enfría bastante el aire durante los meses 
de invierno. Llueve también con exceso, y lo primero que 
noté al llegar fué la gran cantidad de tiendas de paraguas. 
Paraguas llevan los obreros, los frailes y hasta las gentes 
más pobres de la ciudad y del campo. De esta continua 
lluvia nace sin duda la gran frondosidad de sus campos y 
la abundancia de flores que en aquella ciudad se advierte. 
Ahora se cultivan y venden por las calles de Ñapóles, Ge- 
nova y Roma; pero en la época de que voy hablando era 
esto peculiar de Florencia. Notables eran entonces sus 
jiorare ó vendedoras de flores, las cuales andaban vestidas 
de aldeanas con el pintoresco sombrero de paja de gran- 
des alas, como el de la inocente Pamela. Y la reputación 



13 

que dan á aquella ciudad sus hermosos jardines es una 
cosa muy antigua, pues sabemos que Federico Barbarroja 
no vino nunca á ella, porque su astrólogo le había pronos- 
ticado que moriría donde las flores cubriesen el suelo. 
Aquella linda población puede, pues, definirse: la flor de 
las ciudades y la ciudad de las flores. 



-•"•!•*!« 



CAPITULO XXXV 
Florencia, de 1852 á 1854. 



Fiestas de San Juan Bautista. — Soy presentado á los Grandes Duques. — Caracte- 
res de ambo».— Altos cargos de Palacio. — Familias de Ginori, Gherardesca, 
Martelli y Rucellai.— Suerte adversa de los Strozzi. — Damas de la Gran Du- 
quesa. — Baldasseroni, Casigliano y demás Ministros del Gran Duque. — El ve- 
rano en Liorna. — Reuniones del Principe Poniatowski. — Vida social en Flo- 
rencia. — Teatros de la Pérgola y el Cocómero. — Recibimientos en el Palacio 
Pitti. — Bellas señoras de aquel tiempo. —Fiestas del Príncipe Deiuidoff. — La 
Condesa Orsini da muy buenos conciertos. — Conozco en aquella casa al célebre 
Rossini. — Carácter de este maestro. 



A poco de haber llegado á Florencia tuvieron lugar las 
fiestas de San Juan Bautista, patrono de aquella ciudad, 
las cuales eran entonces muy solemnes y duraban tres 
días. Comprendían un recibimiento de Corte, una carrera 
de caballos sin jinete, llamados barberi, en la calle más 
larga de la ciudad, que conduce á la Puerta Prato, una co- 
rrida de carros á la antigua romana, en la plaza de Santa 
María Novella, y un castillo de fuego en el puente de la 
Carraia. El Cuerpo Diplomático veía las dos corridas en 
una tribuna especial, en compañía de la Corte. Los Gran- 
des Duques asistían también á ellas y eran 111113' bien reci- 
bidos por el público. El castillo de fuego lo veíamos en el 
Palacio Corsini, que se halla situado precisamente en el 
muelle del ArilO, no lejos del puente. 

La familia Corsini, que tenía en Roma su palacio prin- 
cipal, donde habitaba al viejo Príncipe, poseía ademas 



otros dos en Florencia: uno, que es este del Arno, en el 
cual vivía entonces el Duque de Casigliano, primogénito 
de la casa, y otro cerca de la Puerta Prato, ocupado por el 
Marqués de Lajatico, que era el segundogénito. Las azo- 
teas y balcones del palacio del Arno, se llenaban en la no- 
che de los fuegos de la sociedad más escogida de Floren- 
cia, 3' allí se podían ver sus más bellas damas con esos 
vestidos ligeros y elegantes que trae consigo el estío. 

En el recibimiento de la Corte tuve la alta honra de ser 
presentado á los Grandes Duques y las Princesas de su fa- 
milia por el Ministro de Negocios extranjeros, que era jus- 
tamente el Duque de Casigliano. El Gran Duque Leopoldo 
era un hombre ya maduro, de frente espaciosa, cejas po- 
bladas y labios abultados, rasgos distintivos de la fisio- 
nomía de los Hapsburgos. Hablaba poco, como todos los 
de su familia, y era tan tímido que en vez de empezar la- 
conversación, se miraba y remiraba las botas. Hacíase pre- 
ciso faltar á la etiqueta y sugerirle algún tema, después 
de lo cual, roto ya el hielo, hablaba muy bien y mostraba 
entendimiento y buen gusto. Además era un Príncipe muy 
honrado y de muy sano juicio, que eligió con acierto sus 
Ministros, y en una época muy bonancible hubiera hecho 
la felicidad de sus pueblos. 

La Gran Duquesa Antonieta, su esposa, era una Prince- 
sa de Ñapóles, hermana de la Reina Cristina de España, á 
la cual se parecía mucho. No era tan hermosa como ella; 
pero tenía sus bellos ojos, su buen color, y aquellos hoyue- 
los en las mejillas que volvían loco á Don Javier de Istú- 
riz y le hacían hacer tantos disparates, según lo confesaba 
él mismo. A la soberana florentina no la faltaba conversa- 
ción, como á su augusto esposo, y acogía á los diplomáti- 
cos con tanta amabilidad como benevolencia. 



17 

La Archiduquesa María Luisa, hermana del Gran Du- 
que, era fea é insignificante. No así la Gran Duquesa Ma- 
ría Amalia, viuda del difunto Gran Duque Fernando. Era 
esta señora una Princesa de Sajonia, fea también y ya en- 
trada en años, pero llena de viveza y de talento, cual lo 
son, en general, las damas de aquella Real Casa. Sabía mu- 
chas cosas, se expresaba con facilidad, y ganaba las volun- 
tades con una afabilidad que no era aprendida, sino naci- 
da de su bondadoso corazón. 

Hecho ya el retrato de los Príncipes, será ahora necesa- 
rio que haga el de los personajes que formaban su alta 
servidumbre. El Gran Chambelán era un Marqués Ginori. 
Tiene esta antigua familia dos ramas: la una, más conoci- 
da, es la que fundó hace dos siglos y posee siempre la cé- 
lebre fábrica de cerámica de la Doccia, rival un día de Capo 
di Monte: la otra es menos rica y menos notable, y á ésta 
pertenecía precisamente el Gran Chambelán de entonces, 
á quien por no tener muchos bienes y ser pequeño de cuer- 
po, llamaban vulgarmente el Ginorino. Era enfermizo y de 
huesos tan frágiles, que á cada paso se le rompían las pier- 
nas. Recomendábale únicamente su porte de antiguo corto 
sano y la adhesión que profesaba á los Grandes Duques. 

Era Mayordomo mayor de la Gran Duquesa el Conde 
Guido de la Gherardesca, modelo de urbanidad y cortesa 
nía. Ksta familia viene de Pisa y es célebre por el episodio 
del Conde Ugolino, que es quizás el más bello del poema 
<lc Dante Residen de antiguo en Florencia. Fué un día 
gibelina y guerrera, lo cual la distingue en aquella ciu 
dad, donde ensi toda la nobleza procede del comercio. Ca 
marera mayor era la Princesa Conti, la cual nacía Corsini 

y tenia el talento de esa familia, con el cual suplía ;i la be 

lleza. Eira sustituida algunas veces |><>r la anciana Duque 
Tomo II 2 



18 

sa Strozzi, que era una Beaufort, prima de nuestro Duque 
de Osuna. Los Strozzi vienen á ser la familia más ilustre 
de Florencia. Muchos de ellos sirvieron en naciones ex- 
tranjeras, como Generales ó Almirantes, á ejemplo de los 
Dorias de Genova, sólo que en vez de inclinarse, como és- 
tos, á la España, prefirieron la causa de Francia y compar- 
tieron su adversa fortuna. Uno de ellos fué vencido por el 
Marqués de Santa Cruz en las Azores; otro fué muerto en 
Thionville; el más ilustre, Felipe, peleó por la libertad de 
Florencia, y vencido en Montemurlo, y encerrado en un 
castillo, se quitó allí la vida, y dejó una carta para Don 
Juan de Luna, alcaide de su prisión, en la cual le rogaba 
que mandase á su enemigo el Cardenal Cibo una morcilla 
hecha con su sangre, á fin de que pudiera saciar la sed 
que de ella tenía. Los florentinos le consideran el Catón 
de su patria. 

El bailío Martelli desempeñaba el cargo de Caballerizo 
mayor. Su familia es muy antigua, pero no tiene título, co- 
mo otras muchas de Florencia. Un Martelli fué el protec- 
tor de Donatello, quien vivió y murió en su palacio, y ha 
dejado en él algunas obras excelentes. El bailío era tan 
cortés como feo. 

El Conde de Rucellai, persona bastante ilustrada, era 
Mayordomo mayor de la Archiduquesa Luisa. Debieron 
los Rucellais sus riquezas al tráfico de la seda y fueron 
después notables por su amor á las artes y á las letras, y 
por sus alianzas de familia con los Médicis. Un Rucellai 
compuso el lindo poema de las Abejas, que es una joya del 
género bucólico y un dechado de buen lenguaje. Otro 
mandó fabricar la fachada de Santa María Novella. El pa- 
lacio de esta familia, ejecutado por Alberti, forma época 
en la historia de la arquitectura. El Marqués y la Marque- 



19 

J3a Martellini, dos personas tan afables corno bien nacidas, 
eran el Mayordomo y la Camarera mayor de la Gran Du- 
quesa Amalia. 

Después de los altos cargos de la Corte convendrá men- 
cionar á los Ministros. Eran todos de un mismo tipo, gor- 
dos, calvos y panzudos. A excepción de Casigliano y Bo- 
cella, pertenecían todos á la burguesía, la cual era más 
bien buscada que excluida para el gobierno de la Toscana. 
Todos eran también de edad madura, leales y de una in- 
tegridad probadísima. PCI caballero Giovanni Baldassero- 
ni, Presidente del Gabinete, comenzó por ser un emplea- 
do subalterno en el ramo de Aduanas y se babía elevado 
poco á poco y por su solo mérito al más alto puesto de su 
país. Administró muy bien la Hacienda en tiempos bastan- 
te azarosos, y en lugar de déficit dejó un cuantioso so. 
brante en las arcas del Tesoro. Gobernó con manos tan lim- 
pias, que cuando casó más adelante á su hija única, tuvo 
que pedir dinero prestado para costearle un ajuar. Ha de- 
jado unas Memorias muy bien escritas, en las cuales real- 
za cuanto puede el buen gobierno de Leopoldo y disculpa 
con cierta habilidad la reacción llevada á cabo durante su 
largo Ministerio. 

El Duque de Casigliano, Ministro de Negocios extran- 
jeros, era, como ya lo he dicho, el primogénito de Corsini, 
y puede decirse que más bien que hombre político, venía á 
ser un mero aficionado. Amigo de gastar y cargado de 
deudas, que ya su padre se relmsaba á pagar, había toma- 
do el puesto de Ministro para percibir un buen sueldo; mas 
apenas murió el Príncipe, su padre, y heredó el título y los 
bienes, abandonó el Ministerio y se retiró á su quinta de 
Castello, donde vivía como un gran señor, recibiendo lo 
más selecto «ir La sociedad de Florencia. Poseía macho ta 



20 

lento natural y su conversación era muy divertida. Adole- 
cía, con todo, del defecto bastante común entre las perso- 
nas graciosas, de reirse él mismo con mucho estrépito de 
sus buenas ocurrencias, rociando de saliva á los que se en- 
contraban más inmediatos. 

El Marqués Bocella era el prototipo del aristócrata reac- 
cionario, elogiador del tiempo pasado y persuadido, como 
el Conde de Azumar, que hasta los melocotones eran ma- 
yores en la época de nuestros abuelos. Exageró tanto su 
clericalismo en el desempeño de su Ministerio, que era el 
de Negocios eclesiásticos, que pronto tuvo que dejarle por 
hallarse en completo desacuerdo con los demás miembros 
del Gabinete. Decíame Monseñor Massoni, Nuncio del Pa- 
pa, que sus visitas eran tan frecuentes que casi le compro- 
metían también á él á los ojos del público, pues no pare- 
cía sino que tenía necesidad de tomar su consejo diaria- 
mente y para toda clase de asuntos. Le reemplazó el caba- 
llero Buouarrotti, persona más discreta, aunque adicta 
igualmente á la Santa Sede. Era el último descendiente 
del gran Miguel Ángel, y á su muerte se extinguió aquella 
familia, y la casa que habitaba en la vía Gibelina, que era 
la misma en que había vivido aquel famoso artista, fué 
convertida en un Museo, donde se conservan muchas reli- 
quias de él. Es notable, entre otras, el cuarto ó más bien 
camarín, en el cual dicen que se retiraba para meditar y 
dibujar sus sublimes composiciones de todo género. A lo- 
que parece, en lugar de necesitar una sala espaciosa ó un 
jardín lleno de flores como otros grandes iugeuios, busca- 
ba un espacio reducido, donde nada distrajese la atención 
ni interrumpiese el silencio. 

Landucci, Ministro del Interior, y Laini, de la Justicia, 
eran dos burócratas estimables, y el General Laugier, Mi- 



21 

.nistro de la Guerra, había reorganizado bastante bien el 
•corto ejército toscano. Conocí á todas estas personas en 
las fiestas de San Juan, que eran las líltimas de la estación 
de primavera. Después se marchaban muchos á los puer- 
tos de mar, principalmente á Liorna, invitando bastante á 
■ello el camino de hierro, que acababa de ser construido 
entre Florencia y aquella ciudad y fué uno de los prime- 
ros de toda Italia. Debióse á la inteligente actividad del 
banquero Fenzi, quien disfrutaba en Florencia de una 
posición parecida á la de Torlonia en Roma. Recibía 
mucho durante el invierno y daba también niuy bonitas 
fiestas durante el mes de Mayo en su quinta de San An- 
drea, fuera de la Puerta Romana. 

En Liorna, á donde me trasladé yo también por algu- 
nos días, encontré, pues, á la mayor parte de mis conoci- 
dos de Florencia. Había allí continuas reuniones, siendo 
las más brillantes las que daba el Príncipe Carlos Ponia- 
towski, en su posesión de Monterotondo. Era hijo este 
magnate de un sobrino de aquel Rey Estanislao, que sir- 
vió por algún tiempo en el ejército de la Emperatriz Ca- 
talina, de quien fué favorito, y á la muerte de esta Sobe- 
rana se retiró á Italia y murió en Florencia. Tenía el 
Príncipe Carlos el aire noble y señoril de su ilustre estir- 
pe y la gracia de su madre, que era italiana, y le distin- 
guía su pasión por la música. Tanto él como la Princesa 
Elisa, su mujer, nacida en Luca, merecían el nombre de 
verdaderos artistas, y daban cu sus palacios de Florencia 
y Liorna representaciones de aficionados, que podían 
competir con las de cualquier teatro público de Italia. 
Recuerdo haberlos <>í<l<> cantar «'1 Barbero y el Elixir ,l¡ 
amore con ana corrección y an ^usto exquisitos. Desgra- 
ciadamente, aquella pareja tan inteligente y amable ni. 



22 

tenía mucho juicio, y gastando siempre sin límites, llegó- 
á arruinarse por completo. 

Cuando me restituí á Florencia hallé todavía medio^ 
de divertir el tiempo, porque en aquella época no se había 
introducido aun la moda de pasar el verano en el extran- 
jero, debida á la facilidad de las comunicaciones y al 
aumento de la riqueza. Entonces aquellas familias que no 
gustaban de los baños de mar, se quedaban en la ciudad, 
donde, á la verdad, no sufrían mucho del calor, á causa 
de la altura de los techos y del espesor de los muros de 
sus antiguos palacios. El gran éxodo de la aristocracia 
y aun de la clase media tenía lugar en otoño. Marchában- 
se entonces á sus posesiones de campo, á fin de disfrutar 
en ellas de la agradable temperatura que reina siempre 
en esa época del año en los países meridionales. General- 
mente, hacían también allí la novena de Navidad, que ha 
tenido siempre mucha importancia entre la población de 
Toscana. A principios de Enero regresaban todos á Flo- 
rencia, y entonces se abrían los grandes teatros y comen- 
zaban las fiestas de lo que llaman en Italia Carnaval, ó 
sea los meses de invierno, desde Navidad á Cuaresma. 

El teatro más notable de Florencia era la Pérgola, que 
ahora está casi siempre cerrado, porque el Gobierno, ago- 
biado con otros gastos, no puede ya subvencionarle. En- 
tonces ofrecía un espectáculo tan brillante como la Opera 
de París ó el Convent Garden de Londres. La aristocracia 
y las familias principales tenían la propiedad de los pal- 
cos ó los tomaban por toda la temporada. Veíanse allí á 
las más bellas damas, ataviadas con grande elegancia, y 
los caballeros tenían que presentarse de frac y corbata 
blanca. Durante los entreactos hacíanse visitas á los pal- 
cos y reinaba en toda la sala una animación extraordina- 



23 

ria. Las óperas y los bailes representados, eran los que á 
la sazón gozaban en Europa de más boga. Verdi disputa- 
ba ya la gloria á Bellini y Donizetti, y el Rigoletto y Tro- 
vatore, cuyos libretos están tomados de Víctor Hugo y 
García Gutiérrez, hacían olvidar por algún tiempo la 
Lucía y la Norma. Compartía el favor del público el ya 
celebérrimo Meyerbeer, cuyos Hugonotes son, según el pa- 
recer de los mejores jueces, la obra maestra de la música 
moderna. 

Daban también el Profeta; mas acerca de éste hubo, 
desde luego, opiniones diferentes, y disputas muy acalo 
radas, semejantes á las que ahora suscitan las óperas de 
Wagner. Dividióse la sociedad en dos campos, y el Duque 
de Casigliano, grande aficionado á la música, capitaneaba 
á los partidarios, á todo trance, de Meyerbeer. Aplaudían 
éstos lo mediano como lo excelente, y querían que todos 
se entusiasmasen como ellos con los famosos anabaptis- 
tas y todas las otras larguras y pesadeces del famoso 
Profeta. El tiempo ha probado, como siempre, que los in- 
dependientes de entonces llevaban la razón, y que no es 
todo oro en aquella partitura, por lo demás admirable. 
Los artistas eran de primer orden, y me acuerdo princi- 
palmente del tenor Tamberlick, el bajo Niccolini, la her- 
mosa Frezzolini, cuya voz era muy simpática, y Amalia 
Ferraris, graciosa bailarina. 

El público de Florencia es muy inteligente de música, 
y en esto tienen también los florentinos cierta superiori- 
dad, pues si bien la metrópoli de ese arte hechicero lia 
sido siempre la poética y voluptuosa Ñapóles, patria de 
Cimarosa y de l'aisiello, no es monos cierto que en Flo- 
rencia fué donde so inventó y representó, por primera 

vez, un drama lírico con la forma que llamamos ópera. Kl 



24 

florentino Bardi, Conde de Vernio, y la llamada Canierata 
ó sociedad de amigos, á quienes reunía en su palacio, fue- 
ron los autores de esta invención encantadora. 

El principal teatro de prosa tenía el ridículo nombre 
de Cocómero, que significa sandía, y han hecho bien en 
cambiárselo, dándole el del gran poeta Niccolini, elegante 
imitador de Víctor Hugo. En él oíamos á la compañía Do- 
meniconi, la cual recitaba muy bien las tragedias de aquel 
poeta, las de Alfieri, que son más clásicas que románticas, 
y los dramas y comedias del florentino Gherardi del Tes- 
ta, quien pretendía ser enteramente original, aunque de- 
jaba notar bastante la influencia de Scribe. La Ristori dio 
también allí algunas representaciones y fué sumamente 
aplaudida, á pesar de que todavía no disfrutaba de la ex- 
traordinaria reputación que adquirió durante su perma- 
nencia en París, donde los jueces más competentes de 
Europa pusieron el último sello á su gran fama. 

Pasando del teatro á las reuniones del gran mundo, 
debo mencionar en primer término las fiestas del Palacio 
Pitti. Los Grandes Duques daban durante el invierno dos 
grandes bailes y varios saraos y conciertos, y eran todos 
tan concurridos y elegantes que formaban uno délos ma- 
yores atractivos de aquella ciudad, no sólo para los floren- 
tinos, sino también para los extranjeros. No existía aun 
en aquella época entre la gente rica de Europa la costum- 
bre de residir durante el invierno en Niza y las otras ciu- 
dades de la llamada Cornisa, y Florencia era, con Roma, 
el lugar preferido por los viajeros, especialmente los ingle- 
ses. Venían en gran número y gustaban mucho de los pla- 
ceres de Florencia; pero nada les agradaba tanto como las 
recepciones de la Corte. El pobre Ministro de Inglaterra se 
veía precisado á molestar de continuo á sus Altezas para 



25 

obtener los deseados convites, y el abuso llegó á tal punto 
que en una ocasión eran treinta los que debían ser presen- 
tados, y el Ministro, cuyo nombre era Mister Scarlet, se 
contentó con nombrar á los primeros, é incluyó después á 
todos los restantes en una fórmula general, señalándolos 
en montón con un gesto comprensivo. Cuyo incidente pro- 
dujo bastante escándalo y fué causa de que al fin se to- 
mara la sabia resolución de no admitir en la Corte de Tos- 
cana sino á aquellos individuos que hubiesen sido ya re- 
cibidos en la de su propio país. 

Admirábanse en aquellas reuniones las más bellas se- 
ñoras de Florencia, entre las cuales se disiinguían algunas 
damas de la Gran Duquesa. La Condesa Julia de la Ghe- 
rardesca, alta y majestuosa, era una de las más notables, 
y también otra Julia, la Marquesa Gherardi, que tenía un 
tipo parecido. La joven Duquesa Antonieta Strozzi. La 
Marquesa Carolina Covoni y la Condesa Adelasia Rucellai, 
llamaban la atención por su juventud y belleza; mientras 
que la Condesa Julia Guicciardini agradaba mucho por la 
distinción de sus maneras. Entre las otras señoras la Con- 
desa Cárdenas tenía muy hermosos ojos; las Marquesas 
Manelli y Baldelli, que eran inglesas, poseían gracia é in- 
genio, y la generalidad de las florentinas ostentaba esa 
amable viveza, unida á la naturalidad, que es como el dis 
tintivo característico de la gran dama italiana. , 

Los recibimientos de la aristocracia no eran frecuentes 
en aquella época, porque desabridos los ánimos por las pa 
sadas alteraciones, no gustaban los nobles florentinos de 
admitir á todos ni querían tampoco hacer exclusiones odio- 
sas. Por fortuna había muchas casas extranjeras que, neu- 
trales en política, no tenían esos escrúpulos. La primera 
sin disputa en lujo y ostentación era la del Príncipe Demi 



26 

doff. Era este un caballero ruso, cuyo padre había hecho 
una fortuna colosal, explotando minas de hierro y elabo- 
rando este metal en grandes fábricas. Heredero, pues, de 
inmensas riquezas y educado con esmero, bizo una brillan- 
te figura en la Corte de Francia y casó allí con la Princesa 
Matilde, hija de Jerónimo Bonaparte. Pero varias circuns- 
tancias, j'principalmente el carácter impetuoso, por no de- 
cir brutal, de Demidoff, no permitieron que aquella unión 
fuese feliz, y al cabo se separaron, viniéndose el marido á 
habitar en la quinta de San Donato á dos millas de Flo- 
rencia, y quedándose la mujer en París, donde se consola- 
ba con la intimidad del Conde de Nieuwerkerke, á quien 
Napoleón III confió la dirección de los Museos de París, á 
causa de sus grandes conocimientos en Bellas Artes. 

El Príncipe no tardó tampoco en buscar distracción á 
su desgracia contrayendo una tierna amistad con la Mar- 
quesa Virginia Boccella, cuñada del Ministro del mismo 
nombre, la cual era una hija natural del Príncipe Este- 
rhazy y señora á la verdad de escasa hermosura. Pero su 
talento era notable, así como la distinción de sus modales, 
que sin duda había adquirido en la buena sociedad de 
Hungría. Daba el Príncipe comidas y bailes muy elegantes, 
y tengo muy presente uno de trajes, que fué magnífico en 
su género. El lujo de aquella casa recordaba el de Torlo- 
nia, t aunque no brillaban en ella los mármoles de Roma, 
ostentaba, en cambio, en muebles y adornos, la rara y cos- 
tosa malaquita, venida de las minas de Rusia. 

Los Condes de Orsini recibían con frecuencia. Ocupa- 
ban la casa en que después se ha establecido el Hotel de 
la Ville. Él era un noble piamontés, amable y hombre de 
mundo; ella una dama rusa, hija del Príncipe Orloff. No 
era nada bella. Tenía el color de los kalmucos y las faccio- 



27 

Bes abultadas; algunos celebraban sus buenos ojos. Pero 
lo que la hacía notable entre las demás señoras, era su 
gran talento para la música. Cantaba como un ruiseñor, y 
con este motivo daba frecuentes conciertos. Tenía tam- 
bién comidas, á las cuales convidaba á la sociedad más se- 
lecta, y allí tuve el gusto de conocer y tratar al célebre 
maestro Rossini, que era muy amigo de la Condesa, y 
cuya fama no tenía casi rival en aquella época. 

Conocidas son las obras deliciosas de este grande in- 
genio. Si Mozart ha sido llamado el Rafael de la música, á 
Rossini se le debería llamar el Tiziano de ella, por su faci- 
lidad, fecundidad y colorido. Costábale tan poco el com- 
poner, que estando un día trabajando en la cama, según 
su costumbre, se le cayó el papel en que escribía no sé 
cuál dúo, y prefirió escribir otro en vez de levantarse para 
recoger el primero. Su fisonomía podía considerarse más 
bien vulgar; parecía un Notario de pueblo. Pero cuando 
hablaba y se animaba un poco, advertíase luego la viveza 
de su espíritu. Pecaba de interesado y solía quejarse del 
poco precio que había recibido por sus obras, añadiendo 
que si había hecho al fin un buen caudal, se lo debía á los 
banqueros de París Aguado y Laffitte, quienes le dieron 
parte en buenos negocios. Mas olvidaba, al decir esto, que 
si aquellos habían sido tan buenos amigos suyos, se lo de- 
bía precisamente á su talento como compositor. Era muy 
medroso, y la última vez que fué á París tuvo la cachaza 
de hacer todo el viaje en silla de posta, por evitar los acci- 
dentes del ferrocarril. Tachábanle asimismo de egoísta, y 
de «-lio dio con efecto una buena prueba, poniendo casi 
todo su dinero en vitalicios, y no dejando á su mujer sino 
una cortísima suma. Mas á pesar de tantos lunares, era 
Rossini ana persona simpática, cuya conversación no oa< 



28 

recia de amenidad. Criticaba con gracia á los otros com- 
positores; pero reconocía su mérito y decía que les envi- 
diaba mucho los libretos de sus óperas, especialmente á 
Bellini. Añadía que, con pocas excepciones, los suyos eran 
muy medianos, mientras que aquél había tenido la suerte 
de que le hiciera los suyos el célebre Felice Romani, cuyos 
versos son ya por sí mismos una especie de música. 



•*>=a=s*- 



CAPITULO XXXVI 
Florencia, de 1 852 á 1854. 



.Reuniones 'de Madama Mac'Donell y otras Señoras extranjeras.— Salones antago- 
nistas del Príncipe Liehtenstein y del Marqués de Lajatico.— Causa de este 
desacuerdo. — La Toscana tuvo en 1S4S las mismas vicisitudes que Roma y Ña- 
póles. — El Gran Duque huye á Gaeta y regresa con auxilio de los austríacos. — 
Ocupan éstos la Toscana.— Disgusto del partido liberal. — La sociedad floren- 
tina rehusa recibir en sus salones á los oficiales austríacos. — Difícil posición 
del Cuerpo diplomático. — Fermentación de los ánimos. — Atentado contra el 
Ministro lialilasseroni. — Asesinato del Duque de Parma. 



El historiador Alison, cuando describe el bombardeo 
de Argel por Lord Exmouth, en el año 1816, cuenta, entre 
otros pormenores, que la esposa del Cónsul inglés, Mister 
Mac'Donell, la cual era todavía muy joven, dejó la ciudad 
disfrazada de guardia marina, porque el Bey no permitía 
que salieran de ella más que los oficiales extranjeros. 
Pues aquella señora, entonces tan esbelta, se convirtió 
luego en una imponente matrona, que, rodeada de una 
numerosa familia, vivía tranquilamente en Florencia. Ha- 
bitaba en el palacio llamado Ánnalena, situado enfrente 
de los jardines de Bóboli. Era persona muy distinguida y 
conservaba aun algunos restos de su antigua belleza. 
Quedé viuda temprano, pero tenia varias lujas, todas muy 

lindas, que le ayudaban ;í hacer los honores de su easa. 

Una de ellas, Emilia, la «nal se casó con el hijo mayor de 
Aguado y Eué Marquesa de las Marismas, j dama de la 



30 

Emperatriz Eugenia, será conocida de cuantos hayan vis- 
to el cuadro que pintó el célebre Winterhalter con el re- 
trato de aquella Soberana y de todas las señoras de su 
séquito. Es la más bella de todas, con ojos azules y ca- 
bello rubio, peinado en tirabuzones largos, según la moda 
de aquel tiempo. Recibía Madama Mac'Donell todas las 
noehes y tenía una vez por semana reuniones más nume- 
rosas. No pasaba por Florencia ningún extranjero de dis- 
tinción, que no fuese presentado en ellas. 

Ni era ésta la sola señora que daba todas las noches 
una taza de té á sus amigos. Entonces eran varias las que 
lo hacían, y en esto ha perdido bastante Florencia, por- 
que hoy día no hay casi ninguna que siga esa buena cos- 
tumbre. Mencionaré, entre las de aquel tiempo, á la Con- 
desa Strischoska, polaca de nacimiento. Sus facciones no 
tenían nada de agradable, y su tocado, compuesto de un 
turbante á lo Madama Staél, era bastaute ridículo; mas, á 
pesar de esto, no era posible negarle una gran nobleza de 
modales y mucho conocimiento del mundo. Ni le faltaba 
talento natural y una instrucción correspondiente á su 
rango. Gustaba mucho de la buena conversación, y su 
casa era, como la de la Condesa de Menou en Roma, un 
gran recurso para los que desean oir hablar con ingenio. 
Concurrían allí, sin embargo, más caballeros que señoras. 

Lady Walpole, después Lady Orford, tenía también un 
salón, casi exclusivamente de hombres, donde la conver- 
sación era á veces algo libre. Era Mylady muy hermosa 3' 
estaba separada de su marido, á causa de que ni ella ni él 
podían considerarse como modelos de fidelidad. Decían 
algunas envidiosas rivales que para conservar la frescura 
de su cutis dormía con dos costillas de ternera cruda, 
puestas en las mejillas; mas, en todo caso, esto no impe- 



31 

día que fuese admirada de muchos. Hablaba bastante, y 
su entretenimiento principal consistía en la chismografía. 
Con objeto de hallarse informada de todo, mantenía una 
correspondencia más extensa que la de un Ministro. Si se 
verificaba un casamiento de gente principal en cualquiera 
ciudad del mundo, luego sabía ella el cómo y el por qué, 
Y cuál era el caudal del novio y cuánto el dote de la espo- 
sa. Si acontecía algún escándalo, aunque fuese en la Luna, 
no tardaba tampoco en conocer sus causas y pormenores, 
lo mismo que si se hubiese hallado presente. Pero había 
una circunstancia que hacía olvidar mucho sus flaquezas, 
y era la perseverancia con que se ocupaba de proteger á 
los animales. Sabido es que esta noble propensión ha sido 
nna de las novedades del siglo, y que tanto en Inglaterra 
como en otros países, se han fundado sociedades con ese 
humanísimo objeto, tan propio de las naciones cultas, 
siendo, en verdad, vergonzoso que los cristianos tengan 
muchas veces que recibir lecciones, sobre ese particular, de 
pueblos de otras creencias, con especialidad de los musul- 
manes, para quienes el caballo es verdaderamente el com- 
pañero del hombre y el perro un amigo de la familia. 
Lady Walpole, ayudada de la Marquesa Baldelli, inglesa 
también, estableció en Florencia nna sociedad para la 
protección de los animales, la cual no ha dejado de pro- 
ducir buenos resnltados, dígase lo que se quiera en con- 
trario. 

Llego ahora á hablar de un punto delicado, pues debo 
hacer mención dedos salones completamente antagonis- 
tas. Era el uno el del Príncipe Lichtenstein, comandante 
del ejército austríaco que ocupaba la Toscana, y el otro el 
del Marqués de Lajal ico, representante declarado del par 
tído monárquico constitucional. El asunto serosa con la 



32 

política y necesita algunas explicaciones. El Gran Ducado 
de Toscana había seguido desde el año 48 las mismas 
vicisitudes que los demás Estados de Italia. Su situación 
interior era, al parecer, inmejorable antes de aquella épo- 
ca. «He visto con admiración el Gobierno patriarcal de la 
feliz Toscana», decía Martínez de la Rosa en las Cortes, al 
regresar de su Embajada en Roma. Y con efecto, patriar- 
cal era su régimen interior y venturoso su pueblo. Buena 
administración, buenas leyes, gastos muy reducidos, im- 
puestos moderadísimos, daban á aquel país una existencia 
envidiable. El Soberano era querido del pueblo y solía 
mezclarse con él, sin guardias ni precauciones de ningún 
género. La nobleza y los propietarios rurales gozaban tam- 
bién de mucha popularidad, gracias al sistema de aparce- 
ría, introducido en el cultivo de los campos en tiempo de 
la República y conservado por los Grandes Duques. En 
una palabra, era aquello un ideal de buen gobierno, y pa- 
recía imposible que los toscanos pensasen siquiera en 
cambiarlo. 

Pero los hechos probaron bien pronto que nada era ca- 
paz de resistir al deseo de libertad é independencia que 
se había extendido por Italia. La epidemia política gene- 
ral penetró también en la tranquila Toscana, y por una 
especie de fatalidad inevitable vino ésta á sufrir las mis- 
mas alteraciones que Roma, Cerdeña y Xápoles. Introdu- 
cida la Constitución en Roma por el débil Pío Nono, tuvo 
el Gran Duque Leopoldo que hacer otro tanto, impulsado 
por aquellos girondinos, que profesan ideas liberales mo- 
deradas y son en todas partes los que abren la puerta 
para esa clase de reformas. Capponi, Peruzzi, Ricasoli, La- 
j ático y otros varios personajes, pertenecientes todos á 
distinguidas familias florentinas, formaron luego un Go- 



33 

bieruo liberal que se creía sin duda destinado á aumentar, 
si era posible, la felicidad del Gran Ducado. Vino luego el 
período de la guerra con el Austria, y Leopoldo, á pesar 
de ser un Príncipe de la familia imperial de Hapsburgo, 
no sólo dejó que sus tropas fuesen á Lombardía, sino que, 
más atrevido que el Papa, él mismo dio la orden de que 
partiesen. 

Todo parecía caminar perfectamente en este primer pe- 
ríodo. Mas llegó después la hora de los desastres. El Aus- 
tria, reforzada en el Mincio, batió á los piamonteses y tos- 
canos, y entró triunfante en Milán. Entonces el infortuna 
do Gran Duque se vio expuesto en Florencia á los asaltos 
del partido revolucionario, sin tener casi tropas para de- 
fenderse. Mazzini, empeñado en sustituirse á Carlos Al- 
berto después de la derrota de Novara y realizar la inde- 
pendencia y unidad de Italia, estableciendo la República 
en todas partes, sublevó el pueblo de Liorna, de suyo re- 
voltoso, y marchó después sobre Florencia, donde ya se 
agitaban sus partidarios. El Gran Duque, temiendo por su 
dignidad y por su persona, se retiró, primero á Porto San 
Stefano y luego á Ñapóles, siguiendo el ejemplo de Pío 
Nono. 

Entretanto proclamábase la República en Florencia, y 
Mazzini se hacía dictador, apoyado por Montanelli y Gue- 
rrazzi, dos demagogos furibundos. Guerrazzi es el más co- 
nocido de ellos por haber compuesto una novela fastidio 
say poco leída ya hoy día, pero que tuvo mucha boga y 
macho indujo en su tiempo, intitulada El sitio <l< Florencia, 
«mi la cual describe la Lucha di- la República florentina con 
('arlos V, <|ni<>n acabó por vencerla, restableciendo des- 
pués la dominación de los Alédicis. Pero poco duró en Pío 

renCÍa como en todas partes la tiranía de los mazzini- 
Tomo II 3 



34 

y mientras los franceses los expulsaban de Roma y los 
piamonteses restablecían el orden en Genova y Turín, los 
ejércitos austríacos se extendían como una inundación 
por el centro de Italia, barriendo las turbas revoluciona- 
rias y restaurando á los Príncipes desposeídos. Penetrarou 
también en Toscana, y el Gran Duque aceptó su auxilio 
para domar la sublevación de Liorna y regresar con segu- 
ridad á Florencia. Y una vez repuesto en su trono, retiró 
la Constitución que había dado en el 48 y volvió á gober- 
nar como soberano ilustrado, pero absoluto. 

Los partidarios de la República, no necesito .decirlo, 
vieron todo esto con el más vivo disgusto, y también fué 
llevado muy á mal por los monárquicos constitucionales, 
los cuales, cuando supieron que era inminente la llegada 
de los austríacos, hicieron á toda prisa un movimiento de 
reacción con el objeto de evitar aquella desgracia, llaman- 
do espontáneamente al Gran Duque. Era ya, sin embargo, 
demasiado tarde para que este remedio produjese un buen 
resultado, y la ocupación austríaca fué llevada á cabo sin 
tener cuenta de la estratagema de los liberales. Acusaron 
luego al Gran Duque de espíritu retrógrado y de no haber 
cumplido la palabra que había dado de mantener la Cons- 
titución y no llamar á los austríacos. Pero esto último lo 
niega terminantemente en sus Memorias el Ministro Bal 
dasseroni, y en cuanto á lo primero, es preciso no olvidar 
que todos los Soberanos de entonces habían abolido tam- 
bién la Constitución en sus Estados, no sólo en Italia, sino 
en Austria y Alemania, } 7 que esas instituciones, que auu 
boy día dejan tanto que desear en todas partes, no podían 
parecer en aquella época, ni útiles para los pueblos, ni se- 
guras para los Príncipes. Y por lo que hace á la llamada 
de los austríacos, conviene asimismo recordar que la reac- 



35 

•ción de los moderados se había hecho sólo á última hora, 
que Liorna estaba todavía sublevada, y que las escasas 
fuerzas de que podía disponer el Gran Duque no eran bas 
tantes para arredrar á los que hostilizaban su Principado. 
Mas como quiera que esto fuese, el mal humor de los 
liberales florentinos de todos matices era muy grande. La 
presencia de los austríacos eu Florencia era como el humo 
para sus ojos. Mandaba el ejército de ocupación el Prínci- 
pe de Lichtenstein. Estaba casado con una antigua can 
tante alemana, nombrada Lówe, y esta circunstancia no 
le era muy favorable, no obstante la discreción y afabili- 
dad de aquella señora. Pero él era, no sólo buen mozo, sino 
amable, franco, conciliador y la persona más á propósito 
del mundo para ganarse las voluntades. Los oficiales de 
su ejército eran también muy brillantes: un Príncipe de 
Windischgratz, primo del primer Ministro del Imperio; el 
de Metternich, hermano del antiguo Canciller; el do Ho- 
henlohe, que después ha sido Mayordomo Mayor de la 
Corte; los Condes de Zichy, Festetics, Hoyos, Zapary y 
otros que sería largo enumerar. Mas ni aun con eso podían 
vencer la animosidad de los florentinos. El Príncipe Lich- 
tenstein daba continuamente comidas y saraos; no iba á 
ellos más que el mundo oficial y aquellas damas que se 
veían obligadas á hacerlo en fuerza de su posición en la 
Corte. En los salones neutrales eran los austríacos muy 
bien recibidos; en los de la nobleza del país no tenían casi 
entrada. Y llegaba á tal extremo la mala voluntad de los 
jóvenes florentinos, que basta en las fiestas de la Corte 
evitaban rozarse con aquellos oficiales extranjeros, y cuan- 
do llegaba la hora del cotillón, en el cual el contarlo era 

casi inevitable, se abstenían ile bailar ó se retiraban del 

baile. 



Lo contrario de todo esto sucedía en el salón de los Mar- 
queses de Lajatico. El Marqués era uno de los miembros 
más distinguidos del partido constitucional moderado- 
Ella, sin ser hermosa, tenía mucho talento y mucho agra- 
do y hacía alarde, como su marido, de los sentimientos 
más italianos. No se veía allí nunca un oficial austríaco y 
abundaban en vez de esto los hombres de ideas liberales. 
Había también otras dos ó tres casas donde sucedía esto 
mismo; pero ninguna tenía tanta importancia como la del 
Marqués, hijo segundo, y al fin sucesor del Príncipe Corsini- 

Como cualquiera comprenderá, la posición del Cuerpo 
diplomático era bastante difícil en medio de tales disiden- 
cias, pues ni quería desairar á los austríacos, que era lo 
mismo que desairar al Gran Duque, ni podía abandonar 
los salones puramente italianos, cuyas pasiones eran, des- 
pués de todo, naturales y simpáticas. Ni era tampoco muy 
fácil cultivar con toda libertad las relaciones sociales con 
nuestros mismos colegas, pues también ellos estaban poco 
de acuerdo, y el inglés odiaba al francés, y éste desconfia- 
ba del austríaco, y todos tenían celos unos de otros. 

El Ministro de Austria, quien á causa de las victorias 
de su país y de la presencia de sus tropas, tenía entonces 
la posición principal en Florencia, era el Barón Hügel, an- 
tiguo amigo de Metternich y hombre ya entrado en años, 
pero que por su talento y cortesanos modales, gozaba to- 
davía del aprecio de las damas. Estaba casado con una in- 
glesa, joven, bella y rica, la cual, por uno de esos caprichos 
que no son raros en las mujeres, se había enamorado de 
aquel maduro diplomático, casándose al fin con él, á pesar 
de la oposición de su padre. Formaban una pareja muy fe- 
liz, y su casa era un gran recurso para pasar la noche. Lo 
mismo sucedía con el Conde de Montessuy, Ministro de 



Francia, cuya esposa era una señora guapa y amable. 

El Ministro inglés era aquél Bulwer, que había sido des- 
pedido de España á causa de sus intrigas políticas. Des- 
pués de haber estado algún tiempo en disponibilidad, le 
habían dado la Legación de Florencia, puesto muy inferior 
al que antes tenía, y allí mismo halló manera de hacerse 
desagradable al Gran Duque, armándole una absurda que- 
rella con motÍA'0 de la conversión al catolicismo de ciertos 
jóvenes protestantes, llamados Madiai. 

El Nuncio de Su Santidad se llamaba Massoni, y era un 
Monseñor discreto y simpático, á quien debí muchas obli- 
gaciones. El desgraciado fué después al Brasil y murió allí 
de la fiebre amarilla, muy llorado de todos sus amigos. Re- 
presentaba á Ñapóles el Duque de Santo Paolo, personaje 
original, aunque amable. 

La Prusia tenía por Encargado de Negocios al caballero 
Reumont, 0113*0 nombre es conocido de cuantos cultivan 
las letras, por haber publicado varios libros muy interesan- 
tes sobre la historia de Italia. Era sumamente feo, y uno 
de esos tipos parecidos al mono, que hacen las delicias de 
los darwinistas. No había, sin embargo, que compadecerle, 
porque no se creía mal mozo, y era notable que conversaba 
y bailaba siempre con las señoras que tenían más fama de 
belleza. Estuvo mucho tiempo como Secretario en Roma y 
profesaba una admiración platónica por la Princesa Ros- 
pigliosi, á la cual dedicó una de sus obras. Pasaba en Ale- 
mania por escritor concienzudo y juicioso, y son siempre 
muy leídos su libro sobre los Caraífas de Maddaloni, del 
cual hablaré más adelante, y también su biografía de Lo 
renzo de Mediéis. Dispensábame Reumont mucha amistad; 

nos veíamos á menudo, y yo hacía COI! él lo que OS aecho 
siempre con los eruditos: le dirigía mucluis preguntas, pues 



creo que lo que penetra por los oídos se graba más en la 
memoria que lo que se lee en los libros. 

En los salones de todos estos diplomáticos se hablaba 
mucho de política, porque el estado de Italia distaba bas- 
tante de ser tranquilo, no obstante las victorias del Aus- 
tria. En Florencia mismo, con ser el Gran Duque Leopoldo 
tan respetado y aun amado de muchos, á pesar de sus su- 
puestas faltas, reinaba, sin embargo, una cierta fermenta- 
ción de los ánimos. Porque no solamente existían ya allí 
las intrigas del Piamonte, sino que el partido mazzinista,. 
que era entonces muy parecido á lo que han sido después 
los fenianos de Irlanda y los nihilistas de Rusia, y alo que 
son ahora los anarquistas de toda Europa, trabajaba sin 
descanso para turbar la paz de Toscana. Sabía que no po- 
día triunfar, pero su objeto inmediato era sembrar la in- 
quietud y mantener vivas las esperanzas de sus parti- 
darios. 

De esto tuvimos pronto una triste prueba en la tenta- 
tiva de asesinato realizada contra el caballero Baldasse- 
roni, Presidente del Ministerio toscano. Tratar como á un 
tirano á aquel hombre conciliador y probo, que salido casi 
del pueblo, había subido por sus solos merecimientos á 
los más altos puestos, y se conducía en ellos con tanta 
moderación como acierto, era realmente un acto aborreci- 
ble. Por fortuna, Baldasseroni salió ileso y Florencia se li- 
bró de verse manchada con su sangre. Ni hubo que notar 
después ningún nuevo rigor de parte del Gobierno, á ex- 
cepción del restablecimiento de la pena de muerte, la cual 
estaba abolida desde el tiempo de Pedro Leopoldo. La 
opinión de la gente honrada, manifestada con la mayor 
claridad, se lo exigió así al Ministro, á fin de que no se 
hallase sin defensa contra las asechanzas de los sectarios. 



ílít 

Más trágico desenlace tuvo otro crimen del mismo ge- 
nero, llevado también á cabo por los partidarios de Maz 
zini en la persona del Duque Carlos III de Parma. Halla 
base este Príncipe en lo más florido de su juventud, y su 
gallarda apostura y maneras señoriles, propias de todo 
Borbón, le hacían sumamente simpático. Le vi algunas 
veces en Florencia y me pareció instruido y amable. Pero 
como la verdad es el alma de la Historia, debo confesar 
que tenía muchos defectos. En materia de mujeres, sus 
costumbres eran algo musulmanas. Era disoluto y ligero. 
Sin consideración á la opinión pública había hecho su Mi- 
nistro de un inglés, llamado Ward, que había empezado 
por ser palafrenero en sus caballerizas. Llevaba hasta el 
extremo su odio á las ideas modernas, y en algunas oca- 
siones se mostró más severo que prudente. Pero fué una 
grande exageración y una evidente injusticia el compa- 
rarle con los tiranos antiguos, y probablemente esto se 
hizo con el solo objeto de poder equiparar á su asesino con 
los Harmodios y los Brutos. La Historia no confirmará 
tales juicios, y no pudiendo admitir más que un peso y 
una medida, vituperará severamente á los que, por debili- 
dad, sin duda, han levantado ó dejado levantar estatuas 
al verdadero autor de aquellos crímenes, que era el faná 
tico Mazzini. 

Pero prosigo mi relato. El desdichado Príncipe, acorné 
tido por tres asesinos en una calle de Parma, recibió en la 
ingle una herida mortal, de cuyas resultas falleció al día 
siguiente. Una carta de mi jefe D. Gerardo Sonsa me in 
formó de todas la» circunstancias «le su muerte, la cual 

toé mejor que su vida, de tal modo que de él se puede de 
eir con el poeta portugués: 

(¡aun un momento lo qu& perdieron años. 



40 

Soportó con cristiana fortaleza su triste destino, dando 
hasta el último momento las muestras más evidentes de 
un corazón, extraviado quizás, pero no corrompido. Col- 
maba de caricias á su mujer y á sus hijos, que lloraban á 
la cabecera de su cama; respondía con entereza y humil- 
dad á las exhortaciones del sacerdote, pedía perdón á sus 
criados, y cortés hasta el fin; rogaba á D. Gerardo Souza y 
;il Ministro de Austria, allí presentes, que se retirasen á 
descansar, haciéndoles casi excusas de detenerlos por tan- 
to tiempo. 

Grande fué en Florencia y en toda Italia la impresión 
producida por estos sucesos, que eran como relámpagos 
< uyo resplandor iluminaba el cielo oscuro de la política. 



•••»••• 



CAPITULO XXXVII 
Florencia, de 1852 á 1854. 



Temores que inspirábala Francia. —Recelos que causaba también la España. — 
Explicación de ambas cosas. — Antiguas relaciones de España con Toscana. — 
Log Monarcas aragoneses desearon apoderarse de ella. — En el siglo xvín la 
pretendió España para el Infante D. Carlos.— A principios del siglo xrx se 1» 
cedió Napoleón, convertida en Reino de Etruria, para el Infante D. Luis.— El 
mismo Napoleón suprimió pronto aquel Reino. — Restauración de los Lorenat 
en 1815. — Genialidades del Ministro Ugarte.— Restablecido el Imperio napo- 
leónico en 1852 se teme algún nuevo atropello. — Viene á Florencia D. Gerar- 
do Souza eon objeto de probar la lealtad de España. 



La fermentación de los ánimos á que aludía en el capí- 
tulo anterior, fué mitigándose poco á poco, merced al buen 
gobierno de Baldasseroni y al temor que inspiraba á los 
revoltosos la energía del General austríaco, que ocupaba 
con sus tropas á Florencia. Mas aunque la Toscana pare- 
cía asegurada por el momento contra toda clase de enemi- 
gos, no por eso dejaba el Gran Duque de abrigar serios 
temores para un porvenir más ó menos inmediato. 

El estado de Francia era siempre muy incierto. Aquella 
nación incontentable, que, como en castigo de su primera 
revolución, pasa continuamente de un extremo á otro con 
ana facilidad inconcebible; después de haber destronado 
al respetable Luis Felipe, bajo pretexto de que su gobier- 
no era despótico, habla establecido ana especie derepti 
blica, presidida por un poeta. Pero viendo después que 



42 

ésta degeneraba en anarquía, corría pronto á echarse en 
brazos de un sobrino de Napoleón I, quien, por sólo el 
hecho de serlo, le parecía una prenda de tranquilidad y 
también de nuevas glorias y conquistas. Al primer Napo- 
león le calificó Madama Staél de tirano extranjero; mas 
era al menos un gran Capitán; el Napoleón, que llamaron 
tercero, tenía más bien las apariencias de un aventurero 
con audacia. No le faltaban, sin embargo, ni talento ni 
valor. Hízose elegir primero diputado, después presiden- 
te, y al fin supo deshacerse de los Generales y represen- 
tantes liberales por medio de un golpe de Estado, y se 
ciñó la corona, tomando, como su tío, el título de Empe- 
rador. 

La Europa vio con placer la desaparición de la Repú- 
blica francesa; pero no piído menos de temer que el nuevo 
Soberano quisiera repetir las violencias de Napoleón I, 
manteniendo su popularidad por medio de nuevas gue- 
rras, las cuales saciasen la sed de gloria militar que ha 
aquejado siempre á la nación francesa. El flamante Em- 
perador trató de calmar estos recelos, diciendo en Burdeos 
que el nuevo Imperio era la paz; mas tan laudables propó- 
sitos no tardaron en desvanecerse. Desde luego la Europa 
no podía darles mucho crédito. Las tres Potencias llama- 
das del Norte, en las cuales vivía aun muy fresca la me- 
moria de las guerras napoleónicas, le dispensaron una 
acogida bastante fría. El Emperador de Rusia no quiso 
darle en su correspondencia el título de hermano, y cuan- 
do intentó contraer matrimonio con una Princesa de 
Wasa, hicieron las tres aliadas todo lo posible para que 
fracasara su designio. 

Napoleón III disimuló su resentimiento, y á fin de ha- 
cer ver que no necesitaba una esposa de familia regia, se 



43 

unió con una señorita do ilustre linaje y dotada en sumo 
grado de talento, gracia y hermosura; pero de condición 
privada, cual era nuestra amable compatriota Eugenia 
del Montijo, Condesa de Teba. Pero, ¿cuáles eran los ver- 
daderos sentimientos de aquel ambicioso Monarca? ¿Qué 
medios adoptaría para dar otra vez á la Francia alguna 
parte siquiera de sus perdidas glorias? ¿Se volvería con- 
tra los vencedores de Leipzig ó contra los de Waterlóo? 
En Italia, los unos esperaban que vendría á libertarlos de 
los austríacos, siguiendo el ejemplo de su tío; los otros lo 
temían. Por entonces pocos, ni aun los piamonteses mis- 
mos, pensaban en la unidad de Italia; pero muchos veían 
la posibilidad de que Napoleón les ayudase á recobrar la 
independencia. No podían, sin embargo, prever con cuá- 
les condiciones podría suceder esto, y juzgando de lo ve- 
nidero por lo pasado, creían posible que quisiese para sí 
alguna parte de Italia. La Toscana principalmente, la cual 
se sentía más débil que otros Estados, temía, no sin ra- 
zón, que en caso de renovarse las guerras europeas, vol- 
viese ella á ser víctima de la ambición de la Francia. Y re- 
cordando también que la España había aceptado á princi 
pios del siglo la cesión de la Toscana en cambio de Parma. 
recelaba que esto mismo llegase á repetirse entonces, á 
pesar de que no era ya la Corte de Madrid lo mismo que 
había sido en tiempo de Carlos IV. 

Para comprender mejor estos recelos de la Toscana, 
convendrá recordar rápidamente cuáles han sido de anti- 
guo las relaciones de España con aquel país. Durante la 
Edad Media, pues es quizás oportuno lomar esta histeria 
desde lejos, los ciudadanos <le amitos Estados usaban vi 
sitarse con amistosa frecuencia, á fin de ejercitar el tráfi 
co. En Barcelona, Sevilla y Lisboa había siempre ancana 



44 

les de los banqueros y mercaderes florentinos, los cuales 
sacaban de allí los paños y la lana. Los Corsinis, entre 
otros, tuvieron casa en Sevilla. Por su parte, los españoles 
venían á Florencia á comprar sedas, que eran muy esti- 
madas en nuestro país. En Don Quijote se lee que el Cura 
apreciaba en mucho para sus sotanas la raja de Florencia. 
Y eran tantos y tan ricos los tales mercaderes, que hicie- 
ron construir á sus expensas una grande y elegante capi- 
lla en el claustro de Santa María Novella, que todavía se 
conserva y lleva el nombre de Capilla de los Españoles. Y 
referiré de paso que en las paredes hay unos frescos muy 
curiosos, pintados por Gaddi y Memmi, continuadores de 
Gioto, representando el triunfo de la Iglesia. Los teólogos 
dominicos están simbolizados por medio de perros blan- 
cos y negros y los herejes por raposas color de canela, á 
semejanza de las figuras simbólicas de la India. Hay allí 
también otras pinturas alegóricas, entre las cuales quieren 
ver algunos los retratos de Laura y Petrarca, de quienes 
era muy amigo el pintor Memmi; pero los eruditos moder- 
nos nos han quitado esa ilusión tan inocente. 

Al llegar el siglo xv las relaciones no fueron ya tan 
amistosas. Los Príncipes aragoneses, apoderados de Ñapó- 
les, mostraron también la ambición de enseñorearse de 
Toscana, y el Duque de Calabria llegó por dos veces hasta 
Siena y amenazó á la misma Florencia. Mas no lograron 
nunca su objeto, y al cabo el Rey Don Ferrante tuvo que 
abandonar sus proyectos, porque mientras él se preparaba 
á invadir la Toscana, una escuadra turca se apoderaba de 
Otranto; según irnos, por su propio impulso; según otros, 
porque á ello la había excitado el astuto Lorenzo de Me- 
diéis. 

En los siglos xvi y xvii, mientras dominábamos en Ná- 



45 

poles y Milán, vivíamos en paz con la Toscana, contentán- 
donos con ocupar en su costa los puertos llamados presi- 
dios. Pero al empezar el siglo xvín, España, poseída más 
que nunca de lo que podemos llamar la manía de Italia, 
trató de adquirir la Toscana para dársela al Infante Don 
Carlos, el mismo que fué después nuestro Rey Carlos III. 
He sido siempre muy aficionado á leer los archivos de las 
Legaciones de que he formado parte, y pocas veces he ha- 
llado uno que fuese, á mi parecer, más curioso que el de 
Florencia, porque todavía estaban en él los papeles pertene- 
cientes al siglo anterior, los cuales por incuria ú olvido, no 
habían sido aun enviados á Simancas. En ellos vi que el re- 
presentante de España á principios del siglo xvín era un 
fraile dominico, nombrado el padre Ascanio, quien seguía, 
sin embargo, viviendo en tina hermosa celda del convento 
de Santa María Novella, y en ella recibía toda clase de visi- 
tas, entre otras, la del Príncipe Jacobo Estuardo, preten- 
diente á la corona de Inglaterra. Y no hay que decir que en 
su correspondencia le llamaba rey y como tal le trataba, á 
consecuencia de aquella temeraria resolución de Luis XIV 
de reconocerlo como Soberano, que fué, si no la principal, 
una al menos de las más poderosas causas de que Guiller- 
mo III declarara la guerra á la Francia, y por consiguiente 
también á la España. 

Es el padre Ascanio un personaje que interesa; su ca- 
rácter recuerda en pequeño el del famoso Cardenal d'Ossat, 
príncipe de los negociadores de su tiempo. De todo se ocu- 
pa con el mayor celo, y demuestra una pasión sumamente 
sincera por su país y por los asuntos que le estaban enco- 
mendados. De cuándo <'n cuándo visitaba al Gran Duque 
Don (¡listón y ;'i la hermana de éste, viuda <1<-1 Elector Pa 
latino, ¡i la cual intitulaban por este motivo la señora Elec 



16 

triz. Veía igualmente á menucio al Infante Don Carlos, á 
quien llama siempre familiarmente Garlitos, el cual se edu- 
caba en el Palacio Pitti, desde que las potencias de la cuá- 
druple alianza convinieron en que sería el sucesor de Don 
Gastón, que no tenía hijos. No dice nada el padre Ascanio 
de la manera cómo trataba á Don Carlos aquel Gran Du- 
que, cuyo talento era escaso y el carácter bastante singu- 
lar. Hay en Florencia la tradición de que no le veía con 
mucho agrado. De este Soberauo es de quien se cuenta que 
estando ya para morir, no se mostraba muy resignado con 
su suerte, por lo cual el sacerdote que le asistía le hizo una 
pintura poética y halagüeña de las delicias del Paraíso; 
pero Don Gastón le respondió con voz desfallecida: «Me 
hasta el Palacio Pitti». 

Entre tanto los florentinos no se manifestaban muy 
contentos con la nueva dinastía que se quería imponerles, 
especialmente después que, á consecuencia de una nueva 
guerra por la sucesión de Polonia, el Príncipe Don Carlos 
pasaba á ser Rey de Ñapóles. Precisamente el temor de 
verse incorporado á aquel reino había sido durante siglos 
la pesadilla de los toscanos, así es que nada les podía ser 
más desagradable que aquella nueva combinación dinás- 
tica. Para evitarla, pues, no perdonaron medio alguno, sien- 
do sobre todo notables, según lo refiere con amargura el 
mismo padre Ascanio, los esfuerzos que hizo con ese obje- 
to el florentino Rinuccini, Ministro en Viena durante la 
época de Don Gastón, y el resultado les fué favorable, gra- 
cias principalmente al deseo que por su lado tenía la Fran- 
cia de adquirir para sí la Lorena. Obtúvola en efecto, y 
como era menester proveer de otro Estado á los Príncipes 
de aquella casa, á ellos fué á quien se adjudicó la Toscana, 
dándose por contento Don Carlos con la bella corona de 



47 

N'ápoles, y su hermano Don Felipe con la más modesta de 
1 'arma. 

Terminó de esta manera el siglo xvni; mas al empezar 
el xix, volvió otra vez á renovarse la manía de Italia, se- 
cular ya en España, aunque en este último caso no fué 
propiamente culpa suya, sino de aquél Napoleón Bonapar- 
te, que parecía destinado á molestar y humillar á todos los 
Soberanos de Europa. Dueño ya del Milanesado y también 
de Ferrara y Bolonia, que había quitado al Papa, le pare- 
ció necesario apoderarse también de Parma, á fin de tener 
una comunicación segura entre estos diferentes Estados. 
Pero el Duque de Parma era un Borbón de España, que 
estaba casado con una hija de Carlos IV, y como por el 
momento no le convenía á Bonaparte descomponerse con 
nosotros, antes bien andaba buscando nuestra alianza, le 
ocurrió la desdichada idea de despojar de sus Estados al 
Duque de Parma, y darle en cambio el Gran Ducado de 
Toscana, convertido en reino, con el clásico nombre de 
Etruria. 

Urquijo, el prudente Urquijo, que era entonces Ministro 
de Carlos IV, hizo cuanto pudo para impedirlo; mas todo 
fué inútil, y al fin tuvo que ceder su puesto á Godoy, des- 
pués que Napoleón hubo mandado á Madrid al buen mozo 
General Berthier con regalos de todo género, especialmen- 
te trajes y adornos elegantes parala Reina Marín Luisa. 
En las Memorias de la Duquesa de Atoantes y otras tic 
aquella época pueden verse noticias curiosas sobre todas 
estas intrigas, cuyo resultado fué que Carlos IV acepto las 
proposiciones de Bonaparte y mandó á sus hijos á reinar 

en ToSCana, V asoma el rubor á las mejillas de todo hueo 

español cuando lee tales cosas, pues si el potentado Eran 
cés pecaba de violento, los Soberanos de Europa no secón- 



(lucían, á la verdad, con mucha entereza; y hablo en plu- 
ral, porque no era sólo el nuestro quien se mostraba pusi- 
lánime. Poco antes había aceptado el Austria la cesión de 
Venecia, cual si se tratase de un terreno conquistado ó 
abandonado, de una cosa nullius. El temor les quitaba la 
vergüenza. Casi todos prevaricaban; casi todos merecen la 
severidad con que los juzga la Historia. 

Entretanto la vida de los desventurados Rej'es de Etru- 
ria era bastante azarosa. Carlos IV le dio un millón de du- 
ros á su hija para que se estableciera con decencia en Tos- 
tana; pero las deudas que Don Luis tenía en Parma y que 
le fué forzoso pagar, consumieron pronto aquella suma. 
Los apuros de los improvisados Monarcas eran tan gran- 
des, que cuando llegaron á Florencia tuvieron que pedir 
prestado cubiertos de plata y vajilla á varios señores del 
país. Don Pedro Labrador, diplomático distinguido, que 
fué más adelante Plenipotenciario de España en el Con- 
greso de Viena, y la Marquesa de Perijáa, señora llena de 
tacto y prudencia, formaban su Corte y no dejarían de 
darles buenos consejos. Todo era en vano sin embargo, en 
razón á que Napoleón quería convertir al nuevo Rey de 
Etruria en una especie de prefecto sometido á su voluntad 
inflexible. El General Clarke guarnecía con tropas france- 
sas á Liorna y pretendía dictar desde allí sus órdenes á los 
Infantes. Exigía de ellos, siguiendo las instrucciones del 
primer Cónsul, que declarasen la guerra á Inglaterra y que 
además prendiesen, contra toda razón y derecho, á todos 
los ingleses residentes en Toscana y confiscasen sus bie 
nes. Falleció en el ínterin Don Luis, el cual sufría de epi- 
lepsia, y la Reina, que asumió la Regencia, hallaba cada 
día más difícil la tarea de gobernar aquel país con las con- 
diciones que se quería imponerle. 



49 

Ha sido acusada aquella Augusta Señora de gazmoña y 
de partidaria del Austria; rúas la verdad es que, á rueños 
de resignarse á un completo anulamiento, era imposible 
que cediese sin luchar á las exorbitantes pretensiones del 
primer Cónsul. Un nuevo capricho de éste vino á sacarla 
de aquella situación insostenible, si bien fué para sumirla 
en otra, menos humillante quizá, pero más miserable toda- 
vía. Napoleón, convertido ya eu Emperador, había conce- 
bido el proyecto de erigir un Reino de Italia, formado de 
Lombardía, Parma y Módena, para dárselo á su hijastro 
Beauharuais, y como para él no tenía la menor importan- 
cia el trasplantar los Soberanos y tratarlos como muñecos 
de trapo, decidió también dar la Toscana á su hermana 
Elisa, no ya como Reina, sino como simple Duquesa, y des- 
pojar de ella á la Infanta y á su hijo, prometiéndoles una 
compensación in partibus injidelium, con las conquistas que 
soñaba hacer en Portugal, en compañía de la España. A 
todo lo cual accedía y consentía nuestra Corte, habiendo 
perdido ya enteramente el respeto de sí misma. 

Hubiera sido natural que la Reina de Etruria no sintie- 
se demasiado aquel cambio de fortuna; pero son tan gran- 
des, á lo que parece, las dulzuras del reinar, qne partió 
apresuradamente á París con objeto de hablar á Ponapar- 
te y tratar de que cambiase de proyecto. Mas no solamen- 
te la recibió aquél con mucha altanería, sino que, bajo pre- 
texto de que la Infanta intrigaba, la mandó desterrada á 
Roma y la hizo encerrar allí en un convento. Considere 
cst;is ¡liciones quien á las de aquel tirano luiscase críticas 

disculpas. 

Pero llegó a] cabo el día en que todos recobraron su li 
bertad. El terror que Napoleón había hecho dominar en 
Europa durante cerca de veinte años, terminó al ti u en 

Tomo II 4 



50 

Waterlóo, y aquel enemigo común fué encerrado como un 
monstruo dañino en una isla del Océano. Los Soberanos, 
gozosos y escarmentados, volvían á sus antiguos tronos 
y reanudaban las relaciones más sinceras de aprecio y 
amistad. 

Apenas restablecido el Gran Duque en sus Estados, 
apresuróse Fernando VII á mandarle un Ministro Pleni- 
potenciario, á fin de probarle su buen afecto. Llamábase 
Ugarte, y era uno de aquellos favoritos que formaban su 
camarilla. Todos le conocían mucho en España, porque 
había sido mandado á Rusia poco después de la vuelta 
del Rey, para comprar allí cuatro navios de guerra, con el 
objeto de restablecer á toda prisa nuestra destruida ma- 
rina; y aunque los que adquirió y le cedió la Rusia tenían 
bastante buena apariencia, resultó poco después que eran 
viejos, apolillados y casi inservibles. Uno solo de ellos, 
llamado el Soberano, duró algún tiempo más, y fué, duran- 
te el reinado de Doña Isabel II, el único buque de su clase 
que tenía nuestro país. 

Mi querido amigo y compañero D. José Curtoys de An- 
duaga, diplomático tan ilustrado como veraz, el cual fué, 
al principiar su carrera, agregado de Ugarte en Florencia, 
me ha contado ciertos rasgos de aquel Ministro, que no 
puedo menos de referir al lector con la esperanza de que 
le diviertan. Era Ugarte sumamente vanidoso y original 
en todas sus cosas. Habíale indicado en. una ocasión el 
Gran Duque que tenía muchos deseos de probar los afa- 
mados melones de Valencia; y nuestro hombre, en vez de 
encargar algunos para regalárselos á Su Alteza, hizo ve- 
nir un míxtico cargado de ellos; de lo cual resultó que no 
sólo hubo para el Gran Duque, sino también para otras 
muchas personas y aun para inundar la ciudad de meló- 



51 

nes, convirtiendo así en cosa común lo que debería haber 
sido especial y raro. 

Tenía dos sobrinos todavía muy mozos, y los obligaba 
á que le sirviesen á la mesa, con objeto, según él decía, de 
•que no se criasen con orgullo: en lo cual hacía, á la ver- 
dad, lo mismo que el Presidente de los Estados Unidos 
Jefferson, de quien refiere Misis Trollope, que se hacía 
servir también por dos mulatitos, hijos suyos, habidos de 
una esclava negra. El realista imitaba, sin saberlo, al re- 
publicano. Por lo demás, cuidaba mucho Ugarte de la 
educación de aquellos sobrinos, y les puso varios maes- 
tros, entre ellos uno de italiano. Mas pronto les suprimió 
este último, y preguntándole Curtoys la causa, le respon- 
dió con aire despreciativo: «Me ha parecido inútil ese es- 
tudio, porque el italiano no es lengua; es un guirigay». 

Pero el golpe más notable de aquel Ministro fué el que 
sigue: Falleció por entonces el Papa Pío VII, y hallándose 
ausente y enfermo nuestro Embajador cerca de la Santa 
íSede, le mandó el Rey á Ugarte que, sin pérdida de tiem- 
po, se trasladase á Roma, á fin de asistir como Embaja- 
dor extraordinario al Cónclave. Obedeció sin tardanza y 
partió de Florencia en un gran coche, acompañado de su 
esposa, la cual era una señora entrada ya en la edad de 
la discreción y de aspecto un tantico amondongado. En 
todo esto no hay nada de extraño; mas lo bueno del caso 
fué que al llegar á la frontera, juzgó Ugarte indispensable 
dojar su traje ordinario y vestirse de gala, él de uniforme 
con veneras y banda, y su mujer de traje de Corto, con 
descote y ricas joyas. IV esta manera atravesaron los Es- 
tados Pontificios y Llegaron al Palacio de España «mi Roma, 

ron mucha dignidad, BOgÚO pensaban olios, pero cubier- 
tos de ridículo y de polvo. 



52 

Estos accidentes risibles no quitaban, sin embargo,, 
que Ugarte fuese «na persona grata en Florencia y que 
estrechara mucho las relaciones que unían á la Toscana 
con España. Lo mismo aconteció con los otros Ministros 
sucesores suyos, y así se hallaban las cosas, cuando el 
Marqués de Miraflores tuvo la poco feliz ocurrencia de su- 
primir nuestro Ministro en Toscana y enviarlo á Parrna,. 
no dejando en Florencia más que un Secretario, á fin de 
no alterar el plan de economías realizado por Bravo Mu- 
rulo. En tiempos ordinarios no habría esto llamado mncho 
la atención; mas en aquella época era bastante ocasiona- 
do á interpretaciones desagradables. La revolución euro- 
pea seguía conmoviendo los tronos. Mazzini por un lado 
y el Piamonte por otro combatían seriamente al Gobierno 
del Gran Duque. La Francia, en fin, restablecía el impe- 
rialismo bajo un sobrino del primer Napoleón, el cual era 
por añadidura un antiguo carbonario, que había tomado 
parte en la revolución italiana del año 31. ¿Cómo no te- 
mer que se renovasen los atropellos de principios del si- 
glo? ¿Cómo no recordar también la política secular de 
España y el último episodio del Reino de Etruria, recelan- 
do, en vista de tales antecedentes, que se prestase otra 
vez á servir las miras de la Francia con objeto de obtener 
el engrandecimiento de los Príncipes de Parma? 

La verdad es que ni la situación de España en aquella 
época se parecía á la que tuvo en tiempo del infeliz Car- 
los IV, como ya lo he indicado antes, ni el Marqués de Mi- 
raflores había tenido otro designio que el de dar algún 
apoyo moral al Duque de Parma, primo de nuestra Reina,, 
y amenazado tanto ó más que los Soberanos de Toscana 
por las asechanzas revolucionarias. Mas, como quiera que 
sto fuese, el hecho era que el Gran Duque y su Gobierno 



se recelaban mucho de nosotros. Ni pudo quedarme de 
ello la menor duda, pues el mismo Duque de Casigliano, 
Ministro de Negocios extranjeros, me lo llegó á decir en 
confianza. Yo, á mi vez, me apresuré á manifestárselo al 
Marqués y á D. Gerardo de Souza, y éstos consideraron 
oportuno que D. Gerardo viniese á pasar algunos meses 
en Florencia, á fin de hacer un poco la Corte al Gran Du- 
que y disipar, si era posible, sus sospechas. 

Con este motivo tuve ocasión de conocer mejor á mi 
jefe inmediato y á su amable y todavía hermosa señora. 
Era D. Gerardo de Souza un diplomático de carrera, que 
había empezado por joven de lenguas en Constantinopla 
y había tenido allí casi todos sus ascensos. No necesito 
decir que poseía los idiomas más usuales del Oriente, es- 
pecialmente el turco, y también los principales de Europa. 
Su inteligencia era grande, su carácter amable, su figura 
muy española. Alto, enjuto y grave, mostraba todo el so- 
siego castellano, mezclado con cierta frivolidad mundana, 
adquirida en el continuo trato de los extranjeros. Aunque 
el Oriente es, como la América, una peligrosa escuela de 
diplomacia, á causa de la exageración que allí suele darse 
á la protección de los propios subditos, conservó siempre 
Souza la mesura requerida en este punto. En fin, ora, ;í ni i 
parecer, un excelente diplomático. 



• >;ra=¿< 



CAPITULO XXXVIII 
Florencia, de 1852 a 1854. 



Cambio notable en mi estado personal. — Doy parte de mi casamiento al lector. — 
Nuevos hábitos que adquiero. — Lecturas de la noche. - Novelas italianas anti- 
guas y modernas. — Los Novios de Manzoni y Hedor Fieramosca de Azeglio. — 
Religiosidad de los florentinos — Libros religiosos y morales. — El predicador de 
los principes y principe de los predicadores. — Empiezo una descripción de lo? 
Museos de Florencia. — Maravillas del Palacio Pitti. — La Madona de la Silla. — 
La Disputa de la Trinidad. — La Bella de Ticiano — Las Vírgenes de Murillo. — 
Los retratos de Rubens, Van Dyck y Rembrandt. — La Venus de Canova. 



La permanencia de Souza en Florencia y su lenguaje 
franco y leal, desimpresionaron pronto al Gran Duque del 
concepto que tan equivocadamente había formado acerca 
de los designios de España. Mas á pesar de esto, luego que 
aquél se volvió á Parma, me pareció necesario suprimir 
también por mi parte todo aquello que, aun involuntaria- 
mente, pudiera renovar las pasadas sospechas, persuadido 
de que los diplomáticos, cuando de lealtad se trata, deben 
tomar ejemplo de las mujeres honradas, evitando, no sólo 
la realidad de las cosas, sino también las apariencias. Asi. 
pues, fiiíme apartando poco á poco de la Legación de Fran- 
cia, que antes Frecuentaba mucho, y traté de intimar mas 
bien con los austríacos. Veía también á menudo á los Mar 
quesea de Martellini, que formaban parte de la < ¡arte, y cu 

yas hijas eran graciosas y amahles. 

Pasaha asimismo las noches en varios salones extran 



56 

jeros y neutrales, principalmente en el de Madama Mac 
Donell. Allí me esperaba, sin embargo, una notable sorpre- 
sa, pues como aquella señora tenía varias bijas, todas gua- 
pas y agradables, mis visitas tuvieron para mí un resulta- 
do que no preveía y que vino á cambiar completamente 
mi estado personal. Enamóreme perdidamente de una de 
ellas, llamada Ida, y después de hacerla algunos meses la 
corte, al fin me decidí á pedir su mano. Muchas cosas me 
la hacían particularmente grata. Su talento, afabilidad y 
ameno trato, la gracia de toda su persona, la dulzura de 
sus ojos azules y sus cabellos tan rubios, que parecían de 
oro y formaban contraste con el color oscuro de los míos. 
Tenía además para mí el encanto de ser escocesa, pues 
desde que leía cuando muchacho las novelas de Walter 
Scott, me parecía que las mujeres de aquel país eran las 
más bellas y seductoras del mundo. Encendida mi fanta- 
sía con estos poéticos recuerdos, veía en mi futura esposa 
otra Diana Vernon ú otra Flora Mac Ivor. 

Hice, pues, mi demanda en toda forma, y aceptada que 
fué por ella y por su madre, humillé gustosísimo la orgu- 
llosa cerviz al blando yugo del matrimonio. Ni ella ni yo 
teníamos muchos bienes de fortuna, de manera que fué un 
enlace de pura inclinación. Mi respetable amigo Monseñor 
Massoni, Nuncio del Papa, quiso darnos la bendición nup- 
cial, y la ceremonia se verificó en la capilla de una quinta 
que aquél tenía en Quarto, á poca distancia de Florencia- 
Allí, pues, se encendieron las teas de mi dichoso himeneo: 
aquel día comenzó para mí una felicidad sólida y verdade- 
ra, que no ha tenido la menor alteración durante el curso 
de mi larga vida. 

Este cambio de estado produjo naturalmente otros en 
mis hábitos. Empecé á salir menos por las noches, .y las 



57 

pasaba «n compeñía de mi mujer. Tocaba ella el piano con 
sentimiento y gusto, y esto me entretenía un buen rato. 
Dedicábase después á cualquier labor, y yo entonces la 
leía algún libro, que generalmente no era muy serio, sino 
de pasatiempo. Por lo común preferíamos las novelas, y 
empezamos desde luego por las italianas. Si se atiende úni- 
camente al número, pocas naciones están en el caso de ri- 
valizar en este género con la Italia; mas por desgracia no 
son tales que puedan ser leídas por las señoras de nuestro 
siglo. Boccaccio, padre de la prosa italiana, las ha escrito 
muy graciosas, pero con una licencia que horripila. Los 
padres jesuítas han entresacado unas pocas menos escan- 
dalosas: las demás no son leíbles. Sacchetti es como una 
miniatura de Boccaccio, y sus cuentos, aunque son cortos, 
no son menos verdes. Bandello tiene mucha inventiva y 
su novela de Romeo y Julieta sirvió á Shakespeare de mo- 
delo para la tragedia que compuso sobre el mismo asunto; 
mas tampoco puede ser leída por las damas de nuestros 
días. 

Después de estos autores hubo un período an que no se 
escribían en Italia muchos libros de entretenimiento, por- 
que ni se admitía ya la antigua licencia, ni se sabía aun 
tratar asuntos interesantes con una forma decente y pura. 
Italia no ha tenido ni un Cervantes, ni un Quevedo, ni un 
Guevara, ni un Lesage. Los solos libros antiguos algo di- 
vertidos que pude leer á mi mujer fueron El Cortesano de 
Ca8tiglione y la Vida de Céllini . Kl primero, que Boscan 
trasladó bellamente á nuestra lengua, es una obra elefan- 
te, la cual no tiene muebo interés, pero agrada per la ame 
nidad de los asuntos que trata, \ por la justa reputación 

de los personajes (pie toman parte en los diálogos de (pie 
se OOmpOne V dan su parecer solire las cualidades (pie delie 



58 

poseer todo caballero cortesnno. Son nada menos que Bem- 
bo, Bibbiena, Gonzaga y el famoso Lorenzo de Mediéis. 
Contiene á veces cosas bastante jocosas al lado de las se- 
rias, y no es todo en él tan irreprensible como lo quisiera 
el buen gusto. La vida de Benvenuto Cellini es una espe- 
cie de Memorias en que el escultor florentino pinta bien 
los sucesos de su tiempo, y añade á lo verdadero algunas 
graciosas mentiras. Alábase de haber sido él quien mató 
de un arcabuzazo al Condestable de Borbón, desde las mu- 
rallas del castillo de Santángelo, y asegura también con 
mucha seriedad que vio una noche al diablo en la arena 
del Coloseo. 

Emprendimos después la lectura de las novelas moder- 
nas, empezando por Los novios de Manzoni, que es la que 
disfruta de más fama. Hallárnosla interesante, pero algo 
larga. Los caracteres de Don Abbondio, el Innominado y 
San Carlos Borromeo son excelentes; mas la historia de la 
peste de Milán, imitada de Tucídides y Boccaccio, no aca- 
ba nunca. El asunto del libro es poco más ó menos el de 
Teágenes y Cariclea; dos amantes, Renzo y Lucía, que mil 
incidentes separan, hasta que por fin logran volverse á ver 
y se unen en legítimo matrimonio. Manzoni ha sido siem- 
pre muy popular, no sólo por esta novela, sino también por 
su oda al nombre de María, y por otra todavía más bella 
que compuso á la muerte de Napoleón I y se intitula el 
Cinco de Mayo. Cuando yo era estudiante en Madrid la 
oía alabar mucho y á mí también me agradaba. Después 
no la he admirado tanto, porque echo de menos en ella al- 
guna censura, por ligera que fuese, de las violencias de 
aquel afortunado Capitán. 

La Margarita Puntería de Cantú no nos gustó tanto 
como Los novios. Es, á semejanza do Doña Isabel de Solís, 



59 

un libro bien escrito, pero sin interés. Cantú fué grande 
como historiador, mas no acertó á ser buen novelista. Mu- 
cho más mérito tiene el Héctor Fieramosca de Azeglio. En 
mi juicio es la mejor de las novelas italianas modernas, y 
la prueba de ello la tengo, no sólo en lo que me agrada á mí, 
sino también en lo que agrada á todos. El carácter de Cé- 
sar Borja, á quien hizo Luis XII Duque del Valentino, está 
muy bien ideado, y mejor aún lo está el de Fieramosca. 
Con esta novela ha conseguido Azeglio que el desafío de 
Barletta tenga tanta popularidad en Italia como el com- 
bate de los Treinta en Francia, y que el paladín italiano 
sea ya tan famoso como aquel Beaumanoir, que acosado 
por la sed, bebió su propia sangre. ¿Qué más? El gobierno 
italiano mismo, contagiado del entusiasmo popular, ha 
dado á uno de sus buques de guerra el nombre de Fiera- 
mosca. 

Más adelante se han ido publicando otras novelas, y de 
ellas hablaré en su lugar. Ahora quiero referir que después 
de mi casamiento cambié también algo de costumbres en 
punto á la práctica de mis deberes religiosos, y empecé á 
ir con más regularidad á las iglesias, á fin de acompañar á 
mi mujer, y también para dar buen ejemplo. Con C1130 mo- 
tivo tuve más ocasión que antes de observar la religiosi- 
dad del pueblo florentino, con especialidad las mujeres. 
las cuales, allí como en todas partes, merecen el título de 
sexo devoto, que les da la misma liturgia. Parecióme ade 
más notable la memoria que demuestran, recitando sin au 
xilio de ningÚO libro cuantas preces y salmos latinos usa 

la Iglesia. Estropéanlos prodigiosamente, mas no tanto 
que dejen de ser muy comprensibles. 

En cuanto á los sermones que se predicaban (Mi aquella 
época, no eran todos muy buenos. En esto lia habido des 



60 

pues mucha mejora. Por mi parte prefería entonces leer 
en casa los que me fueron recomendados como mejores 
por un cierto abate Vagliani, eclesiástico docto y discreto, 
á quien conocí en casa de mi suegra y que sin ser precisa- 
mente otro Maury, apreciaba bastante bien el mérito de 
cada escritor. Dediqué á estas lecturas los domingos, y he 
conservado luego toda ini vida esa costumbre. He estu- 
diado tanto los apologistas como los moralistas. La Iglesia 
abunda de ellos, antiguos y modernos, de todas naciones 
y lenguas. La España tiene escritores místicos, no sólo de 
mérito, sino de genio, tales como Santa Teresa y los dos 
Luises; pero no ha tenido lo que se llama un perfecto pre- 
dicador. Italia se ufana con Segneri, el cual es ciertamente 
un autor que no carece de fuerza ni de elocuencia. Abusa 
con todo de citas latinas, alusiones mitológicas y otros re- 
sabios de mal gusto. 

En mi opinión son los franceses los que se llevan la pal- 
ma en este género, y á sus sermones he dado siempre la 
preferencia. En la edad de oro de sus letras, vio resplan- 
decer á un Bossuet, y después á un Massillon y un Bour- 
daloue, llamado con justicia el predicador de los príncipes 
y el príncipe de los predicadores. Este último, lo confieso, 
hace siempre mis delicias. Ha tomado mucho del Crisósto- 
mo, y une la sencillez griega al método francés. Es un mo- 
ralista práctico, y este mismo carácter tienen los demás 
de su tiempo, cuya voz, como la suya, se dirigía á un audi- 
torio que era vicioso, pero creyente. Mas cuando fué nece- 
sario defender la religión contra los ataques de los filóso- 
sos, brilló en el pulpito francés otra pléyade de elocuentes 
sacerdotes, la cual se ha ido luego renovando á medida 
que lo han exigido las circunstancias. 

El lógico y suave Frayssinous predicó con mucho éxito 



61 

á los jóvenes de la Restauración, hijos de los volterianos, 
pero preparados ya para oirle por un libro admirable de 
Chateaubriand, El Genio del Cristianismo, en que realza 
los bellezas de nuestra religión y de nuestro culto. A los 
románticos del tiempo de Luis Felipe, algo apegados aun á 
las ideas de los enciclopedistas, les dirigió la palabra el 
gran Lacordaire, dotado de más imaginación que Frayssi- 
nous y considerado por sus coetáneos como el Lamartine 
de la prosa. 

Pero no nos detengamos por más tiempo en un tema 
que no interesará quizás á todos mis lectores. Se acerca el 
día de mi partida de Florencia, y es hora ya de que diga 
algo sobre la multitud de cosas bellas que aquella ciudad 
encierra en sus Museos é iglesias y hasta en sus calles y 
plazas. Harélo brevemente, aunque la materia sea extensa, 
y no me detendré más que en aquellos objetos que tienen 
realmente, en mi sentir, una importancia de primer orden. 

Empezaré, como es razón, por la famosa galería del Pa- 
lacio Pitti. Los cuadros que encierra no son excesivamente 
numerosos, pero tienen todos mucho mérito. Ni hay otros 
en el mundo que estén mejor alojados que ellos. Cubren 
las paredes de varios salones suntuosos, cuyos techos, 
adornados con cariátides y cornisas doradas, están pinta- 
dos al fresco por el célebre Pietro de Cortona, que es uno 
de los primeros entre los artistas de segundo orden. Todas 
aquellas pintaras son notables, con especialidad las que 
representan los triunfos de Venus y las glorias de Marte. 
otra particularidad de aquella galería, es que 1<>s marcos 
corresponden casi siempre por su diseño y riqueza á la 

«'■poca en que vivía el artista que lia pintado IOS CUadrOS. 

Los muebles son dorados, y las mesas tienen tableros de 
mármol embellecidos con ricos mosaicos de Florencia. 



63 

Y ahora veamos algunas de tantas maravillas, empe- 
zando por las obras de Rafael, de aquel divino maestro, 
que ocupa entre los modernos el lugar preeminente que 
ocupó Apeles entre los griegos. Hay de él doce cuadros, no 
todos igualmente bellos. Los que más llaman la atención 
son: la Visión de Ezequiel, obra de pequeñas dimensiones; 
la Madona de la Silla, y la que llaman del Gran Duque, 
porque los Grandes Duques de Toscana la llevaban siem- 
pre consigo á todas partes; no vivían sin ella. En la Visión 
de Ezequiel se vé al Padre Eterno sostenido en el cielo por 
cuatro figuras simbólicas, las cuales representan los Evan- 
gelistas, y son un ángel, un toro, un león y un águila, todos 
con alas, como los vio aquel profeta y como pintaban á los 
seres sobrehumanos los asirios y babilonios. Todo ello tie- 
ne un aire de grandeza incomparable. Las dos Madonas 
son á cuál más bellas, pero con esta diferencia: que la una' 
la del Gran Duque, fué pintada cuando todavía conservaba 
Rafael en su imaginación los rostros modestos de las jóve- 
nes de Urbino, y la otra cuando había conocido ya á las 
buenas mozas de Trastevere. Por esto acontece que los de- 
votos alaben más á la primera, y los demás á la segunda. 
Viardot, que ha escrito un libro muy bueno sobre los Museos 
de Europa, dice que al ver por primera vez la Madona de 
la Silla, tanto él como su mujer que le acompañaba, no pu- 
dieron contener las lágrimas. Tal impresión les causó la 
contemplación de tanta hermosura. Es en efecto muy bella, 
y aunque muchos sostienen que no parece una Virgen y 
que es imposible rezarla, esta es una cuestión que depen- 
de enteramente de la manera de sentir de los diversos es- 
pectadores. 

De Julio Romano, principal discípulo de Rafael, hay un 
cuadrito de poco tamaño; pero que es justamente célebre 



63 

y conocido por copias y grabados. Representa á Apolo con 
las nueve Musas, que bailan formando un círculo. Tiene 
fondo dorado y recuerda mucho las figuritas antiguas pin- 
tadas en las termas de Tito, cuyo descubrimiento tuvo lu- 
gar en aquella época. 

Después de estos pintores le toca su turno á Andrea del 
Sarto, primero porque es florentino y después porque fué 
uno de los pocos contemporáneos de Rafael, que no reci- 
bieron su influjo y emularon con él, siguiendo sólo á la Na- 
turaleza. Admírase ante todo su Asunción. La cara de 
la Virgen es el retrato de su propia mujer, Lucrecia del 
Fede, porque también en esto se diferencia de Rafael y de 
tantos otros artistas. En vez de amar á una querida, ama- 
ba locamente á su legítima consorte, la cual, por desgra- 
cia, no lo merecía. A fin de contentar sus continuos capri- 
chos, disipó y no pudo devolver al Rey de Francia las su- 
mas que le había confiado para comprar estatuas y cua- 
dros, y empañó así su gloria de pintor con una falta de 
probidad muy reparable. La Disjiuta de la Trinidad, en la 
cual figuran San Francisco, San Agustín y otros Santos, lo 
demuestra pintor de primer orden, y tan correcto en el di- 
bujo, que mereció el sobrenombre de Amina senza errori. 
Nótase, sin embargo, en la anatomía descarnada de las ma- 
nos» cómo retrataba fielmente, n© sólo la naturaleza en ge 
neral, sino también las peculiaridades de la raza tosca na. 
Su color es hermoso, sus composiciones claras, la expresión 
de sus personajes adecuada. 

Cristofaro Allori es otro pintor toscano, ótenos conoci- 
do que Andrea fuera de su país, aunque tiene asimismo 
mucho mérito. Escogeré entre sus cuadros la Judit, obra 
asombrosa por la belleza de la heroína y por el \ igor del 
Colorido. ¿De dónde sacaría el artista aquel rostro tan c\ 



64 

presivo, aquellos cabellos del color del azabache, aquellos 
ojos negros también y de una expresión tan altiva? Quizá 
encontraría su modelo entre las mujeres de la judería flo- 
rentina. Es la mejor representación que conozco de la ani- 
mosa viuda de Betulia. 

Leonardo de Vinci, toscano también, no tiene en Pitti 
más que un cuadro, que llaman La Monja, aunque en mi 
sentir, representa más bien una dama bella y viuda, vestida 
de negro, con tocas blancas; pero con ojos muy lindos, boca 
preciosamente modelada y un seno blanquísimo que no 
mostraría ciertamente si fuese habitadora de un claustro. 
Fué Leonardo un gran pintor. Faltóle únicamente lo que 
se llama espíritu de conducta. De todo probó un poco; mas 
aunque fué excelente en varios ramos, otros le usurpa- 
ron siempre el primer puesto. Hubiérase dedicado y con 
perseverancia á la pintura, y quizás hubiese sido igual por 
lo menos á Rafael. Poseía en sumo grado el don de la gra- 
cia, que transmitió á Luini y á la escuela de Lombardía. 

Ticiano, el gran Ticiano, tiene en Pitti varias obras. A 
todas las eclipsa un retrato de mujer, que llaman su bella 
ó su amada. Es una veneciana, hermosa y distinguida, que 
viste un traje de seda azul y morado con mangas acuchi- 
lladas y sembrado de flores de lis, doradas. Una cadena de 
oro le adorna la bellísima garganta, y de oro parecen tam 
bien sus rizados cabellos. No se ponga á su lado mujer nin- 
guna de las de carne y hueso, pues por hermosa que sea, 
lo parecerá mucho menos. ¡Dichoso pintor que tenía una 
amada tan bella! Rafael se enamoró de una panadera ordi- 
naria; Miguel Ángel de una ilustre dama que no podía co- 
rresponderle; Ticiano fué más afortunado que el uno y más 
humano que el otro. 

Giorgione, alegre y sensual, viene después de Ticiano, y 



65 

hemos de admirar un lienzo suyo, en que figuran tres per- 
sonajes: un fraile agustino, que toca el cémbalo, un canó- 
nigo que tiene un violín en la mano, y un paje con un airo- 
so sombrero adornado de plumas. Todos parecen tomar 
parte en un concierto: todos viven y son de seguro retratos 
de amigos del pintor, quien era sumamente aficionado á la 
música, como lo fueron muchos de los de aquel tiempo, 
pues parecía que á los hombres del Renacimiento les re- 
bosaba el arte en todas direcciones. Varios de ellos culti- 
varon á la par las tres del diseño, y no pocos fueron tam- 
bién cantores y sobre todo laudistas. 

A Giorgione sigue el Veronés, y aun debería precederle. 
pues le supera en muchas cosas, principalmente en la bri- 
llantez del colorido. Lástima que en Pitti no esté represen- 
tado como merece. Sólo es de primer orden su retrato del 
veneciano Daniel Barbero, de aquel en cuya quinta pintó 
unos frescos, que son muy celebrados en la historia del 
arte. 

Tintoretto es también de esta bella escuela, nacida del 
esplendor de la famosa laguna, cual Venus de la espuma 
del mar. El francés Taine dice, entre otras paradojas, que 
es el primer pintor de Venecia. No puedo suscribir ;i esta 
opinión; pero sí le pondré en tercer lugar, y no me parece 
poco, después de Ticiano y el Veronés. En Pitti hay de él 
varios retratos, todos buenos. A este artista le perjudico 
mucho la prisa con que trabajaba. Fué otro genio malogra 
do, como Leonardo.y confirma con su ejemplo que en la 
formación de los grandes hombres entra por mucho el 
carácter. 

Del Buave Guido hay ;illí una < lleópatra, cuyo rostro es 

helio y expresivo; pero euyas nimios son de cocinera. T;un 

bien este pintor adolecía dr prem u r.-i . Quería vivir como 
Tomo II fi 



6(5 

un gran señor, y para producir cuadros á toda prisa, no 
los concluía con esmero. 

Plaza ahora al insigne Salvador Rosa, pendenciero, es- 
padachín y grande enemigo nuestro, pero gloria de Ñapó- 
les, como pintor de primer orden y poeta satírico muy no- 
table. La galería Pitti posee varias obras suyas, entre ellas 
dos marinas de grandes dimensiones. Representan la sali- 
da y la puesta del Sol, y es difícil decir á cuál se da la pre- 
ferencia. En una de ellas hay un grupo de galeras con al- 
cázares dorados y palamenta tendida, que producen un 
efecto muy pintoresco. Hay asimismo una batalla suya, 
donde todo es movimiento y vida. Brillan allí las armadu- 
ras, ruedan los bonetillos por el suelo, y se dan y se reciben 
famosas cuchilladas. Parece ver los fogonazos de los arca- 
buces y oir los gritos del combate. 

Apenas me atrevo á nombrar después de este violento 
matasiete al cuitado Don Cario Dolce, tipo del más deplo- 
rable apocamiento, que empleaba meses y meses en cada 
cuadro, acabándolos como miniaturas. Son tan dulces como 
su nombre, y tienen un aspecto tan devoto que forman con 
razón las delicias de cuantos prefieren á todo la expresión 
religiosa. Una Virgen suya en una alcoba del Palacio Pitti, 
y un San Juan en la Galería pública, son obras exce- 
lentes. 

Veamos ahora algo de los artistas extranjeros. Nuestro 
Murillo tiene allí dos Vírgenes con el Niño Jesús, una del 
estilo que llaman cálido, y otra del frío, ambas bellísimas. 
En la primera es más notable el Niño, en la segunda la 
Virgen. Todos las alaban, porque Murillo tiene el privile- 
gio de agradar más que otro pintor alguno, á causa de la 
armonía de su color y de la belleza oriental de sus Vírge- 
nes, y digo oriental, porque las Marías y Teresas de que 



07 

son retratos, descienden en línea bastante directa de las 
Zoraidas y Fátirnas. 

Atribuyen á Velázquez un Carlos V á caballo, de peque- 
ño tamaño. No creo, sin embargo, que sea suyo. La cabeza 
del caballo es desproporcionada y fea. Será de algún otro 
pintor de su escuela. 

De Rubens es lo mejor, á mi parecer, un cuadro con 
cuatro retratos: el suyo, el de su hermano y los de Grocio 
y Justo Lipsio. El retrato de Lord Buckingbam es asimis- 
mo bello é interesante. Prueba que aquél Medoro inglés, 
merecíala afición que le demostraron tres Reinas. Lástima 
grande que, cual Belerma, no tuviera corazón, y que por 
eso sin duda no se condujera bien con ninguna de ellas. 

De Van Dyck posee Pitti un retrato del Cardenal Ben- 
tivoglio, que pasa por el mejor eutre los muchos que pintó 
aquel elegante y simpático artista. ¡Qué nobleza de acti- 
tud, qué fuego en la altiva mirada, qué colorido tan bri- 
llante, qué perfección técnica de pintura! Es una maravi- 
lla. No faltan tampoco allí los retratos hechos por el mismo 
autor, de Carlos 1 de Inglaterra y de su esposa la bella y 
desventurada Enriqueta de Francia, á quien darán siempre 
fama los elocuentes elogios de Bossuet, por más que algu- 
nos pretendan que no estuvo exenta de faltas. 

Van der Werf, el Cario Dolce de Flandes, cuyos cuadros 
parecen pintados sobre porcelana, y señalan también, 
como los de aquél, la decadencia del arte en su país, ha 
dejado en Pitti un retrato excelente, ¿de quién creerá el 
lector?, del famoso Lord Marlborough, de aquel mambru 
de las coplas, que fué el Wellington del Biglo xvín, y puso 
límites con sus victorias á la ambición déla Francia. Era, 
á lo que parece, un hombre gallardo y bien plantado, y ad 
mira que á petai de esto y de su genio militar, viviera 



68 

siempre dominado por su mujer, como Belisario y Marco- 
Aurelio. 

Pero el capítulo se hace demasiado largo y es necesario- 
que abrevie, dejando mucho en el tintero. Un retrato eje- 
cutado por el pintor Lely, alemán que pasó su vida en In- 
glaterra, nos muestra, con fuerte colorido, á aquel famoso 
Cronwell, de quien dice Bossuet que no le dejó nada á la 
fortuna de cuanto pudo quitarle con previsión y consejo. 
Su fisonomía es vulgar, aunque enérgica, y sus narices 
gruesas y amoratadas, corresponden al buen bebedor de 
cerveza. Un retrato de Van de Helst es magnífico, como 
todos los suyos. Rembrandt, el gran colorista Rembrandt, 
tiene allí, como en todas partes, el suyo propio, con un bi- 
rrete de terciopelo morado y una capilla de lo mismo, que 
medio encubre un peto de bruñido acero. El buen holan- 
dés no regala siempre su propia imagen, y se ha retratado 
un ciento de veces, y todas muy bien. Sus ojos alegres, su 
nariz respingada y su desaliñada cabellera, forman un con- 
junto muy pintoresco. Aquel lienzo de poco más de cuatro 
palmos vale tanto ó más que los mayores de otros muchos 
artistas. 

De Ruisdael, que es el Rembrandt de los paisajes, hay 
uno muy bueno; pero cuya composición es la misma de 
casi todos los suyos. Un cielo nebuloso, un bosque azota- 
do por el viento, y un torrente que corre entre las peñas. 
Causa admiración, sin embargo, porque las nubes andan, 
los árboles se mueven, y el torrente suena y forma espu- 
mas, cual si fuese verdadero. 

Para acabar añadiré que hay también en Pitti algunas 
buenas esculturas, sobresaliendo en su número la Venus 
de Canova y el Caín, y Abel de Dupré. La primera, de una 
ejecución acabadísima, es más bella y más casta que la de 



69 

Torwaldsen. No tiene, sin embargo, tanta gracia. Dupré es 
un escultor moderno, natural de Siena, cujas obras están 
casi todas en Toscana. Tenía mucho talento para tratar 
asuntos religiosos, y el grupo de Pitti le elevó á muy gran- 
de altura. Es verdaderamente bello, especialmente el Abel, 
por cuya razón dicen todos que en aquella ocasión es él 
quien mata á su hermano. 



•!•*•!• 



CAPITULO XXXIX 
Florencia , de 1852 á, 1854. 

Comunicación entre Pitti y los Uffizi-Iconoteca. — Retratos de pintores célebres. — 
Estatuas y bustos romanos. —La Tribuna y sus maravillas. — Madona del jilgue- 
ro. — La Venus y la Flora de Tieiano. — Vírgenes del Perugino y de Andrea del 
Sarto. — Coronación de la Virgen del Beato Angélico. — Salón de las Niobes. — 
Academia de Bellas Artes. — El Juicio final del Angélico. — Adoración de lo» 
pastores, de Ghirlandaio y Lorenzo de Credi. — Museo del Bargello. — Esculturas 
de Lucca della Robbia. — El Mercurio de Juan Boloña y el Baco de Sansovino. 

Después de haber visto la Galería Pitti se puede ir al 
Museo de los Uffizi sin salir á la calle, pues se comunican 
entre sí por medio de un corredor elevado que pasa sobre 
las casas vecinas y sobre el Puente Viejo. En este mismo 
corredor han colocado últimamente la famosa Iconoteca ó 
colección de retratos de personajes célebres, que estaban 
antes en los frisos del Museo. Data del siglo xvi y la empe- 
zó el Duque Cosme I, con copias sacadas de la que reunió 
en su quinta de Como el famoso Paulo Jovio. Son, pues, en 
general copias de copias, las cuales tienen poco mérito 
como obras de arte. Con todo, son bastante buenas para 
dar una idea de las personas que representan. Pertenecen 
éstas á todas clases y naciones: Papas, Emperadores, Re- 
yes, Príncipes, Cardenales, guerreros, políticos, eruditos y 
poetas. No es, sin embargo, una colección completa; baste 
decir que n<> están allí ni Cervantes, ni Shakespeare, ni Ca- 

iik'm'iis, ni Raeine. Cesa :'i fines del siglo pasado, y 110 0011 
tiene ningún person.i je moderno. 



72 

Generalmente se recorre con rapidez. Hay, con todo, mu- 
chos retratos que interesan. Allí está Don Juan de Austria, 
el único hombre verdaderamente hermoso de aquella casa 
después del marido de Doña Juana. Debió sus bellas fac- 
ciones á su linda madre la alemana Bárbara Blomberg, cé- 
lebre cantora de aquel tiempo. Fué un héroe simpático, 
cuya muerte prematura, privó sin duda á España de mu- 
chas glorias. Hállase allí también Cristóbal Colón, con as- 
pecto de fraile y ningún indicio de genio, fuera de su pro- 
funda mirada. Dio un nuevo mundo á Castilla y su memo- 
ria será eterna. Viene luego Don Fernando de Córdoba, á 
quien los mismos italianos apellidaron el Gran Capitán. 
Sigue á éste Cortés, el Alejandro español, émulo del mace- 
donio y modelo de cuantos le siguieron en ambas Améri- 
cas por el camino de las conquistas. Glorias brillantes, pero 
no todas útiles, porque nos faltó juicio para limitar nues- 
tra ambición! 

Poco después de éstos, se divisan ya dos hombres que 
señalan nuestro sensible decaimiento: Olivares y Haro. 
¡Qué feos son el tío y el sobrino! Pálidos, amarillentos, con 
bigotes disparatados, que les llegan á las sienes, forman- 
do media luna. El prudente Don Luis quiso remediar los 
desaciertos de dos generaciones; mas era ya tarde. La ma- 
nía de Flandes nos hizo perder á Portugal, como más tarde 
la de Italia nos hizo perder á Gibraltar. Prefirióse siempre 
lo dudoso á lo cierto, lo fantástico á lo natural, la vanidad 
á la verdadera honra. 

La colección de Papas y Cardenales reúne personajes 
notabilísimos por talento, saber y virtudes. Hay algunas 
excepciones, pero la masa general es imponente. Forman 
como la aristocracia del linaje humano, porque debieron 
principalmente su encumbramiento á la superioridad inte- 



73 

Jectual de sus almas. Algunos, como los Gregorios, Sixtos, 
Julios y Paulos, se distinguieron también por grandes ca- 
racteres y no temieron desenvainar la espada para liber- 
tar á Italia de los bárbaros. 

Después de la Iconoteca viene la colección de grabados 
•de todas naciones, menos la nuestra. Hay sólo algunos de 
.Ribera, y quisiera yo que estuviera allí por lo menos la es- 
tampa del Moisés de Murillo, hecha por Estévez, pues nos 
daría mucho honor. Soy muy aficionado á grabados, de 
cualquier género que sean, y admiro tanto la Lucrecia de 
Marco Antonio Raimondi como la Melancolía de Alberto 
Durero. Algunos, como los Cama ras de Rafael, por Volpato, 
me recuerdan los días tranquilos de mi adolescencia, cuan- 
do los admiraba por mero instinto en casa de mis tíos en 
Sevilla. Han sido igualmente favoritos de toda mi vida los 
grabados de Edelink, singularmente aquel, tomado de Le- 
brun, que representa la familia de Darío, visitada por Ale- 
jandro. 

Al entrar ya en el Museo de los Uffizi, así dicho porque 
en el mismo edificio hay varias oficinas públicas, lo prime- 
ro que se halla es una nueva colección de retratos, no pre- 
cisamente de grandes hombres, sino de grandes pintores. 
Algunos merecían ciertamente aquel nombre, como Miguel 
Ángel y Rafael; pero en fin, no es costumbre dárselo y me 
contentaré con llamarlos sólo célebres ó notables, aunque 
á muchos do ellos los prefiera en mí corazón á cuantos lian 
brillado en tronos y batallas. Hay allí un millar de retía 
tos, ejecutados todos por los artistas mismos que repre- 
sentan, y son de (¡odas naciones y escuelas, menos por des 
gracia, la nuestra. El Museo no los pide, porque [as prefe 

rencias serían odiosas; mas do hay pintor de fama que no 

le envíe el su\ o. ¿Pul <|U' ; lio hacen esto los llllest ros/ /.sera 



74 

modestia ú orgullo?; de todo puede haber. El único que hay 
es el de Velázquez, porque cuando vino á Florencia para 
ordenar y vigilar la ejecución de la estatua ecuestre de Fe- 
lipe IV hecha en bronce por el Tacca, dejó allí dos retratos- 
suyos, uno de los cuales es notable. Represéntale más jo- 
ven que el que vemos en el cuadro de las Meninas. No tie- 
ne, como en aquél, el aspecto de un Sancho Panza, sino de 
un caballero muy esbelto, que apoj^a airosamente la mano 
en el puño de su espada. 

Sería largo enumerar todos los retratos notables de 
aquella interesante colección, única en su género. ¡Qué . 
fisonomía tan distinguida tienen Rafael y Ticiano, Leo- 
nardo y Parmigianino; qué gallardos son Rubens y Gui- 
do; qué elegantemente visten Largilliére y Mignard! In- 
teresante es el retrato del Perugino, porque tiene en la 
mano un pergamino con esta inscripción: Tímete De\im y 
como si quisiese desmentir con ella álos que le tenían por 
incrédulo. Sus facciones son comunes, pero simpáticas. 
Fué un hombre honrado y sencillo, que adoró siempre á 
su hermosa mujer, complaciéndose en adornarla con sus 
propias manos. Pero la joya de la colección es el retrato 
de Madama Vigée Lebrun. Las Memorias que ha dejado 
hacen conocer su carácter honrado y su condición dulce y 
amable. Su rostro demuestra además su belleza y su gra- 
cia. Viste de negro, con gorguera blanca y un cendal blan- 
co en la cabeza, anudado á guisa de turbante. Asoman por 
debajo sus cabellos, que empiezan ya á encanecer; pero la 
viveza de sus ojos y la blancura de sus dientes revelan que 
no contaba aún muchos años. Es uu tipo delicioso de la 
francesa linda y elegante. Hay allí también todos los mo- 
dernos franceses, alemanes é ingleses, pues esta colección, 
comenzada por el Cardenal Julio de Médicis, llega hasta 



75 

nuestros días. Prerrafaelistas, impresionistas, simbolistas 
y toda la caterva de recientes innovadores está allí repre- 
sentada. Todos los pintores de alguna fama, antiguos ó 
modernos, se hallan en aquellas salas. Faltan sólo, como 
he dicho, los españoles. No están allí ni Murillo, ni Cano, 
ni Goya, ni Madrazo, ni Pradilla, ni Fortuny. 

Penetrando ya en el verdadero Museo, se nos ofrecen 
tres enormes corredores, los cuales forman un paralelógra- 
mo abierto hacia la plaza de la Señoría. En ellos han colo- 
cado multitud de sarcófagos, estatuas y bustos romanos, 
procedentes de la colección de ellos que formó Lorenzo el 
Magnífico en sus famosos jardines, á fin de que sirvieran 
de modelos á los artistas de su época. Todo es bello, todo 
notable. Necesitaría muchos capítulos para referir tantas 
maravillas. Las estatuas enamoran; los bustos atraen la 
curiosidad é inspiran multitud de reflexiones. ¡Qué con- 
traste se nota generalmente entre la fisonomía y el carác- 
ter de cada persona! ¡Qué chasco se llevarían allí los discí- 
pulos de Lavater! Trajano, tan victorioso y feliz, tiene el 
rostro más vulgar del mundo. Nadie diría que Othon, cuya 
cara es de fraile bernardo, fué capaz de quitarse la vida 
por no comprometer inútilmente la de sus partidarios. Me- 
salina no tiene nada de sensual ni en los ojos ni en los la- 
bios. Faustina parece incapaz de engañar, no sólo al pru- 
dente Marco Aurelio, sino al marido más confiado del 
inundo. 

Hay asimismo en aquel corredor una colección de dibu- 
jos al lápiz, puestos en carpetas con cubierta de cristal. 
Están por orden de escuelas y llegan hasta el siglo pasa 
do. Cansa placer observar con qué primor dibujaban sus 

CUadrOS 108 antiguos artistas antes de pintarlos al óleo. 
¿Hacen los «le ahora lo mismo? Me permito dudarlo. Y 



mientras más genio tenían más estudiaban y preparaban 
sus obras. Los dibujos de Rafael, Leonardo y Andrea pare- 
cen grabados finísimos. De españoles hay algunos de Ribe- 
ra y dos jinetes de Velázquez, ejecutados con mucho brío. 

Por último, en las paredes de los mismos corredores 
empieza ya la colección de cuadros, que continúa después 
en las salas á que dan aquéllos acceso. Nótase allí, desde 
luego, una cosa, que falta por desgracia en Madrid y en 
otros muchos Museos: la historia del Arte. Vese primero 
un cuadro griego de Rico de Candía, luego otros bizanti- 
nos con fondo gótico dorado y figuras lamentables; siguen 
algunos de Cimabue con más color y vida; viene luego 
Giotto, el cual da expresión á las figuras y las mueve muy 
bellamente. Con éste desaparece ya el fondo gótico, y de 
esta manera, de adelanto en adelanto, llegamos á la últi- 
ma perfección en Ghirlandaio y los demás prerrafaelistas. 

Pero dirijamos por fin nuestros pasos hacia la famosa 
Tribuna, que es como el santuario de la pintura y escultu- 
ra, donde se halla reunido lo mejor de cada artista. En me- 
dio están las estatuas 3- notaremos principalmente la Ve- 
nus, dicha de Médicis, y el Apolino. Ambas obras son grie- 
gas. La primera tiene en el pedestal el nombre de su autor, 
que fué Cleomenes. La segunda posee la elegancia de Pra- 
xiteles y se asemeja, en la gracia, al fauno de aquel famo- 
so escultor, que existe en Roma, La Venus es tan modesta 
cuanto su desnudez lo permite, y se distingue de la Capi- 
tolina en que no tiene, como aquélla, las formas abultadas 
de la matrona romana, sino las más delicadas de las grie- 
gas. Está bien en Florencia, donde las mujeres son tam- 
bién graciosas y esbeltas. 

El primer cuadro que se admira en la Tribuna es la 
Madona del jilguero. La Virgen abraza al Niño Jesús, que 



77 

juega con San Juan Bautista y tiene en la mano el pája- 
ro que da nombre á cuadro tan bello. El grupo es deli- 
cado, y la figura de la Virgen viene á ser un término me- 
dio entre la de la Silla y la del Gran Duque. Muchos la 
prefieren á cuantas nos ha dejado Rafael. Yo me contento 
con darle uno de los primeros lugares, sin olvidar que exis- 
ten también la de San Sixto, la Perla y la del Pez. El retra- 
to de la Fovnarina es asimismo muy notable. Es una her- 
mosa mujer, aunque algo colosal y hombruna, cuyos bra- 
zos son tan gruesos que pudieran muy bien servir de pier- 
nas para cualquiera otra mujer. Rafael, como es sabido, 
idolatraba en ella. Aquel joven tan bello y de un ingenio 
tan noble, el autor del Pasmo de Sicilia y de la Escuda d< 
Atenas, el favorito de los Papas y amigo de Bembo y Cas- 
tiglioni, no podía vivir sin su panadera, y exigió cuando 
fué á pintar en la Farnesina que se la permitiera pasar 
allí con él los días enteros. ¡Misterios del corazón humano! 
¡contrastes que humillan al hombre! En cambio el gran 
Miguel Ángel, de carácter adusto y fisonomía poco grata, 
profesaba un amor tan puro á la sentimental Victoria Co- 
lon na, que ni aun después que estaba muerta, se atrevió á 
besarla la frente. 

Otro magnífico retrato de Rafael, que existe también 
en la Tribuna, es el de Julio 11. En él se nota bien la fiso- 
nomía inteligente de aquel viejo enérgico, cuya vocación 
era más de condotiero que de Pontífice. Brillan sus ojos 
bajo unas cejas muy pobladas, y es sorprendente la finura 
característica de sus labios. Su barba, casi blanca, le cae so- 
bre <■! pecho. Está sentado en un sillón encarnado y viste 
asimismo de encarnado; pero nada desentona, todo es ad- 
mirable. En l'itti liay tina repetición de este cuadro, que 
es también excelente. 



78 

Una Venus de Ticiano compite en la Tribuna con todas 
sus rivales pintadas ó esculpidas: es portentosa de color y 
de forma. A su lado ostenta el Veronés una Santa Catalina, 
cuj'os tonos plateados contrastan con el carmín de Ticia- 
no. Ambos cuadros son conocidos y célebres. Una Virgen 
pequeña de Correggio es sumamente linda. 

Vienen después los boloñeses, y Guercino, el mago de 
la pintura, tiene allí una Sibila, que es de grande efecto, á 
pesar de que no posee el aire noble é inspirado de la de 
Dominichino de Roma. Es simplemente una bella romanó- 
la, adornada con un turbante. Nuestro Ribera le sigue, y 
no necesito añadir que su cuadro es un San Jerónimo, de 
muy buen colorido. ¡Cuántos ha pintado! ¡Qué atractivo 
singular ejercía sobre el gran pintor valenciano la figura 
descarnada de aquel viejo y fogoso dálmata, quien se da 
con una piedra golpes terribles en el pecho, á fin de no 
pensar en las bellas damas de Roma! 

Aplaudamos y admiremos asimismo allí al famoso Pe- 
rugiuo, cuya Virgen, rodeada de varios santos, demuestra 
el extremo de perfección á que llegó el arte antes de reci- 
bir en Miguel Ángel y Rafael la influencia de las estatuas 
antiguas. Es la última y más bella palabra de la escuela 
umbría. 

Dejando ya la Tribuna se pasa á las salas de las dife- 
rentes escuelas, y empezando por la toscana, nos detendre- 
mos á contemplar la Virgen de Andrea del Sarto, dicha de 
las Arpías, porque el pedestal en que se alza está adorna- 
do con dos de esas aves fabulosas. Como siempre, la Vir- 
gen es un retrato de sn hermosa y egoísta mujer, y los san- 
tos que la rodean lo son de modelos florentinos. Es el últi- 
mo grado de excelencia de la escuela naturalista, sin deseo 
de idealizar ni inspiración alguna de la escultura. El pintor 



79 

ha sabido, sin embargo, escoger, no lo feo, como Durero, 
sino lo bello, lo bellísimo. Además, el color de aquel cua- 
dro es magnífico, y los inteligentes admiran mucho el em- 
paste y armonía de sus tintas. Su conservación es prodi- 
giosa: parece pintado ayer. 

Bronzino, toscano también, nos ha dejado allí, con otros 
buenos lienzos, un retrato muy interesante de Lorenzo el 
Magnífico, en el cual nótase con sorpresa que era muy feo. 
Los ojos son pequeños, la nariz respingada, la expresión 
inteligente, pero maligna. Y sin embargo, fué un grande 
hombre y tuvo cualidades que le hicieron amado y pode- 
roso. «Lo que hacía el encanto de Lorenzo, dice Reumont, 
es que reunía en sí el príncipe y el burgués, el hombre de 
Estado y el de letras, y que había en él una mezcla incom- 
parable de seriedad y buen humor, de elevación intelec- 
tual é interés en la vida cuotidiana, de grandeza principes- 
ca y de completa naturalidad en el seno de su familia». 

Veamos ya á Botticelli, famoso en su tiempo, olvidado 
después, y que ahora ha vuelto á estar de moda, singular- 
mente entre los prerrafaelistas de Inglaterra. Admírase con 
razón su Virgen llamada de la granuda, porque el Niño 
Jesús tiene en la mano una de esas frutas. Rodéanla y co- 
rónanla varios ángeles, tan bellos y tan puros como ella. Yo 
no puedo alabar á este artista en todas sus producciones: 
paréceme amanerado; hallo que sus figuras recuerdan mu- 
cho las góticas; la Venus y la Primar, n, son tan estrechas \ 
largas que parecen miradas en el revés de una cuchara. 
Pero en la Virgen de los Uffizi le considero un pintor de 
primer orden, tan de primer orden que se Le puede poner 
al lado de Rafael. 

En las salas venecianas hay un nuevo prodigio de Ti 

ruino, la Flora, sin más adorno que su lermos;i ealtellera \ 



80 

una túnica blanca, que apenas le cubre el pecho. Es la fa- 
vorita del público; hay que tomar turno para acercarse. 
Y merece ese favor, porque es realmente de una belleza 
más que humana, siendo notable la sobriedad de medios 
con que el pintor ha sabido darle relieve. Aquel rostro 
amable y divino no tiene más sombras que dos muy peque- 
ñas, una bajo la nariz y otra bajo la barba, y sin embargo 
parece que se sale del cuadro. 

En otra sala hay una Doloroso,, pintada por Sassoferra- 
to, artista mediano, pero que en aquel cuadro rayó á gran- 
de altura. Está la Virgen divina envuelta en un manto 
azul obscuro y sólo descubre el rostro y las manos. Pero 
¡qué lindas manos! ¡qué bello rostro! ¡qué ojos tan santos! 
El vigor del colorido, la expresión tierna y dolorosa del no- 
bilísimo semblante, causan vina impresión grandísima. Es 
un joyel en su género. Por eso no hay florentina, por hu- 
milde que sea, que no tenga una estampa de ella en su 
casa. 

Recorriendo los infinitos retratos de todas escuelas, nos 
detendremos en el de Blanca Capello, atribuido á Bronzi- 
no. La hija de la serenísima República, que llegó á ser es- 
posa del Gran Duque Francisco I, murió, según las cróni- 
cas, envenenada con una exquisita torta por disposición 
de su ambicioso cuñado, que la acusaba de mil intrigas. 
Pequeña, gordita y linda, no revela en su semblante nada 
de lo que sobre ella se ha dicho. El retrato del Marqués de 
Belle Isle, debido al pincel de Champagne, es noble y poé- 
tico, como su nombre, y más animado, si cabe, que los re- 
tratos de Moroni. El de la bella Nell Gwin por Lely, inte- 
resa por varias causa?. Aquella seductora mujer, pasó de 
vender naranjas en el teatro de Covent Garden á ser que- 
rida de Carlos II y dominó por mucho tiempo á este volu- 



81 

ble monarca. El historiador Hallam dice, con razón, que los 
liberales ingleses le deben estar muy agradecidos, porque 
su escandaloso encumbramiento aumentó el desprestigio 
del trono y favoreció la revolución. 

Los pequeños flamencos están asimismo allí casi com- 
pletos, empezando por los Jeniers, que representan gente 
baja y avinada, siguiendo por Gerardo Dow, que trata ya 
con criados y burgueses, y acabando por Netcher, amigo 
de retratar más bien damas ricamente vestidas y caballe- 
ros de alto rango. Todo es verdad en sus cuadros; óyese 
allí crujir la seda y rechinar los chapines; vense reflejados 
en los espejos los menores detalles de paredes y muebles. 

Estaba á punto de olvidar una de las cosas más nota- 
bles de los Ufflzi: la Coronación </<■ l<> Virgen del Beato 
Angélico de Fiosole. En el siglo pasado yacía este pintor 
tan olvidado como Botticelli. El romanticismo y el renaci- 
miento cristiano de este siglo le han vuelto á dar boga y 
prestigio. Es, en realidad, como dice Lübke, la última flor 
de la pintura medioeval y gótica. Su dibujo es débil, sus 
cabezas casi siempre las mismas, su colorido algo chillón; 
pero aquellos ángeles suyos con trompetas, panderos y 
flautas tienen tanta gracia, expresión y pureza, que la crí- 
tica pierde con él todos sus derechos y se limita á aplau- 
dirle. ¡Diríase que aquel santo varón los había visto ya en 
el cielo! 

En la última sala del Museo, se hallan las catorce esta- 
tuas de la familia de Niobe, debidas, sc<;úii se cree, al cin- 
cel de Scopas, obra grande, maravillosa, y en algunos casos 

sublime, como por ejemplo, 6D uno de los mancebos que 

yacen ya muertos por Las flechas de la vengativa I Mana, el 
cual es mi modelo Incomparable de morbidez y abandono. 

101 dolor (pie demuestran los principales personajes no es 
Tovto II 6 



82 

tan agudo como el que expresa el Laocooute y es compara- 
do por Wiseman al de los buenos Cristos de la escultura 
moderna. Es más moderado y más análogo al del gladia- 
dor combatiente y al que expresa en general toda la escul- 
tura antigua. Basta, sin embargo, para causar mucha con- 
moción en quien lo mira. 

En la Academia de Bellas Artes de Florencia hay igual- 
mente una reunión de buenos cuadros; pero son de un ca- 
rácter más exclusivo. Está limitada á la época antigua, que 
algunos dicen gótica, y á los prerrafaelistas. El pintor An- 
gélico tiene allí un Juicio final de gran belleza. Las figuras 
ya las conocemos: los ángeles son de todos los colores del 
arco iris; pero el encanto que produce es grandísimo. En- 
tre otras singularidades que ofrece, he notado esta: que los 
ángeles, que forman una especie de contradanza principal, 
están coronados de amaranto y oro, colores que son preci- 
samente los mismos que finge Milton á las flores con que 
supone coronados á los de su poema. El Homero inglés es- 
tuvo mucho tiempo en Florencia, y es posible que haya to- 
mado ese pormenor del inspirado pintor de Fiesole. 

El portal de Belén con Reyes ó pastores es un asunto 
tan preferido por los pintores antiguos que hay allí hasta 
cuatro, hechos como en competencia por los principales 
prerrafaelistas, Gentile da Fabbriano, el Beato Angélico, 
Ghirlandaio y Lorenzo de Credi. Los dos primeros son cu- 
riosos é ingenuos, los otros dos admirables. ¡Qué color, qué 
expresión, qué vírgenes tan santas, qué reyes tan pinto- 
rescos, qué pastores tan bellos! ¿Cuál será nuestro preferi- 
do? Ghirlandaio sin duda alguna. Su color es muy hermo- 
so y sus figuras excelentes. En todos estos cuadros es vi- 
sible la influencia de la pintura flamenca en la limpieza y 
brillantez del colorido. Es sólo lástima que con ella se in- 



83 

trodujese cierta dureza en los paños, que no teuía Giotto, 
y que duró hasta la época de Rafael. 

Otro Museo notable es el que ha sido formado en el an- 
tiguo Bargello ó Palacio del Podestá. Hay en él de todo: 
•cerámica de los mejores tiempos, cristales, marfiles, bron- 
ces, armas, esmaltes y cuanto constituye en fin el arte pe- 
queño y secundario. Pero lo principal son las estatuas del 
Renacimiento, las cuales sólo en Florencia existen en tan- 
ta copia. Vecchietta, Civitali, Donatello, Ghiberti, della 
Robbia, Sansovino, Juan de Boloñay Miguel Ángel tienen 
allí obras estupendas. Llaman mucho la atención por su 
novedad los bajos relieves de Lucca de la Robbia, ejecuta- 
dos en barro vidriado, que parece porcelana. No tiene aquel 
escultor muchas cuerdas. La Virgen con el Niño Jesús, de 
color blanco sobre fondo azul, es lo que más ha repetido, 
y por eso tal vez obtuvo en ese asunto místico y simpático 
Tina excelencia muy grande. Tiénesele casi por un pequeño 
Rafael de la escultura. Fuera de Toscana es poco conocido; 
üllí es siempre uno de los artistas más populares y aplau- 
didos. Imitáronle sus sobrinos 3 T produjeron entre todos 
ellos tantas obras, que no hay casi iglesia toscana en que 
no se encuentre alguna. 

Las estatuas de mármol y bronce son todas muy nota- 
bles, aunque no siempre perfectas, pues cuando de la es- 
cultura renacida se trata no todo es oro puro, y es permi- 
tida á veces la crítica. El David de Donatello, por ejemplo, 
no me satisface. Bueno está copiar la Naturaleza; pero 
¿por qué buscar en ella modelos tan feos? Más me agrada 
la Fe de Civitali, las Virgene* de Mino y de MLayano, y so 
bre todo el Mercurio de .luán Bolofia y el Baco de Bansovi 
no. Aquél parece que se separa del suelo, que Be eleva, que 

vuela. El Baco está inspirado en la plást.iea griega y tan 



S4 

felizmente compuesto, que por cualquier lado que se mire 
es siempre bello. Muchos le prefieren al de Miguel Ángel. 
Cuéntase que cuando Praxiteles permitió á Friné que es- 
cogiese para sí una de sus estatuas, sin quererle decir cuá- 
les consideraba las mejores, la astuta cortesana empleó 
para averiguarlo esta sencilla estratagema. Hizo'que un 
esclavo suyo entrase de repente cuando el escultor la hacía 
una visita y le diese la falsa noticia de que su casa estaba 
ardiendo. Dióle crédito Praxiteles y gritó despavorido: que 
salven al menos el Safar > y el ( 'upído. De la misma manera 
creo yo que si dijeran que se había pegado fuego al Barge- 
11o, exclamarían todos los florentinos: que salven al rueños 
el Mercurio de Juan Boloña y el ¡uno de Sansovino. 



•JzSjtg&r- 



CAPITULO XL 
Florencia, de 1852 á 1854. 



^Estatuas que se encuentran en las calles y plazas <le Florencia. — El David de M¡- 
guel^ngel. — El Perneo de Cellini. — El San Jorge de Donatello. — Las puertas 
del Bautisterio. — Los Palacios. — Las Iglesias.— Or San Michele. — Santa María 
Novella — Santa Croce convertido en Panteón toscano. — San Lorenzo y la Ca- 
pilla de los Mediéis. — I intuías del Angélico en San Marcos. — Recuerdo de Savo- 
narola. — Frescos de Masaccio en el Carmen. — San Felipe Neri y la música sa- 
grada.— Museo de arqueología. — Museo de Historia natural. — Tribuna de Ga- 
lileo. 



Después de haber permanecido tanto tiempo encerra- 
dos en galerías y museos, será bueno sin duda dar un pa- 
:seo al aire libre, viendo de camino las bellas estatuas que 
se encuentran á cada paso en las calles y plazas de Floren- 
cia. No es posible hablar aquí de todas ellas. Bastará notar 
las que gozan de más lama, como hemos hecho con los 
cuadros. Bajo los mismos Ut'fizi hay una colección de ellas, 
que representan los hombres célebres de Toscana, empe- 
zando por el pintor Cimabué en el siglo xni y llegando 
hasta <■] botánico Micheli en el siglo xviii. Nótase entre 
ollas la del valiente Ferruccio, el Héctor boscano, que hizo 
cuanto pmlo para libertar á Florencia del sitio que le pu- 
sieron laa tropas de < 'arlos V y murió al lio COmo un héroe 

en los campos de Gavinana. Son todas muy bellas y mere- 
cerían estar menos llenas de polvo. En la antigua Koma y 

también en Constantinopla había un inspector de las es 



8(5 

tatúas, que cuidaba de mantenerlas limpias y en buen es- 
tado. Mucha falta hace esto mismo en Florencia. 

Entrando luego en la Plaza de la Señoría, veíase en 
aquel tiempo el David de Miguel Ángel, que ahora se ha- 
lla en la Academia de Bellas Artes. Después de haberle 
dejado tres siglos á la intemperie, los florentinos han com- 
prendido al fin que esto no era muy bueno para el mármol, 
y todos debemos decir: más vale tarde que nunca. Es una 
estatua excelente de la primera época del gran escultor, y 
reúne los sufragios de cuantos la miran. Con todo, voy á 
atreverme á notar en ella algunas cosas que no me agra- 
dan. Es una copia de la naturaleza poco noble. La cabeza 
tiene mucha expresión; parece, sin embargo, demasiado 
grande para el cuerpo. Las manos también son disformes. 
Desprecíese cuanto se quiera el canon de Policleto, mas el 
hecho es que, apenas un pintor ó escultor se aparta de sus 
proporciones, luego al punto nos desagrada. El David está 
enteramente desnudo, y también esto choca, tratándose 
de un pastor hebreo y no de un héroe griego. 

Bajo una galería inmediata al Palacio viejo y edificada 
con elegante diseño por el célebre Orgagna, á la cual lla- 
man la Loggia dei Lanzi ó de los alabarderos, porque en 
ella se colocaba la guardia de la Señoría, encuéntrase, con 
otras estatuas, el Perseo de Benvenuto Cellini, obra asi- 
mismo muy bella y más ideal que el David. No se asemeja 
con todo á lo griego, sino más bien á lo romano, en la re- 
dondez algo afeminada de las formas. 

En una de las cuatro fachadas de la iglesia de Or San 
Michele, llenas igualmente de buenas esculturas, llama 
luego la atención el San Jorge de Donatello, cuya fama es 
grandísima. Es un mero retrato sin la menor idealización, 
y no tiene nada de santo; de modo que pudiera represen- 



87 

tar á cualquier condotiero del siglo xv. Pero está tan bien 
plantado, tan animado y tan vivo, que excita la admiración 
de las gentes. 

En una de las fachadas del Bautisterio se hallan las fa- 
mosas puertas de bronce, debidas á Ghiberti y que, según 
Miguel Ángel, podían servir para el mismo Paraíso. Tienen 
mucho mérito. Aquel escultor no copiaba simplemente la 
naturaleza, como los demás de su época, sino que se ins- 
piraba además en los modelos antiguos. Sus bajos relieves 
tienen casi la importancia de cuadros y expresan bella- 
mente varias escenas del Antiguo Testamento, empezando 
por la creación del hombre y llegando hasta la visita de la 
Reina de Saba al poderoso Salomón. Uno de los mejores es 
el que contiene la bendición de Jacob. Hay en él un grupo 
de mujeres hebreas que recuerdan las estatuitas de Ja- 
nagra. 

Cuando Pausanías describe la Grecia no se mete casi 
nunca en notar el mérito ó los defectos de cada obra de 
arte. Confieso que no puedo imitarle en esta especie de in- 
diferencia, y pido se me permita'decir siempre mi parecer 
sobre cada cosa. 

Hay también en Florencia algunas estatuas ecuestres, 
vaciadas en bronce y tienen bastante mérito, particular- 
mente la de Cosme I, de Juan Boloña. Y es curioso que, 
según me ha referido el erudito Príncipe Corsini, el bronce 
empleado en todas ellas procedía de las campanas de los 
conventos suprimidos en Inglaterra por Enrique VX11, que 
la casa de banca de los Corsinis, existente entonces en 
aquel país, compró y envió á Florencia. Y es igualmente 
singular que con ose mismo bronce fueron Cundidas tas os 
tatúas ecuestres de Felipe III} - Felipe [V,que Velasques 

Llevó 'le Florencia ;i Madrid. Do modo que os.' noble- metal. 



88 

después de haber llamado á los vivos 3- llorado álos muer- 
tos por muchos siglos en la Gran Bretaña, despierta ahora 
mil recuerdos históricos en Florencia y Madrid bajo la for- 
ma de varios príncipes. 

Pero veamos ahora algunos de los principales edificios. 
Roina, Venecia y Florencia son las tres ciudades en que 
más se realiza la belleza arquitectónica, compensando cada 
una de ellas aquello que falta en la otra. En Florencia, ver- 
bigracia, no ha}- un templo bizantino como San Marcos ni 
tampoco un palacio gótico como laCád'Oro de Venecia, 
pero existe en cambio un Palacio Pitti, del renacimiento 
toscano, que no tiene igual en la unión prodigiosa de la 
sencillez con la grandeza, y un Palacio Eucellai, que vence 
á todos los de su época en elegancia 3- pureza de diseño. 
Es mu3' bello también el de Strozzi, 3* no menos el de Ric- 
cardi, que construyó Micheloszi para Lorenzo de Médicis. 
En este último ha3 7 una gran galería pintada al fresco por 
Lucas Jordán, que es la cosa más perfecta que he visto de 
aquel imperfecto 3^ apresurado pintor, 3' una célebre capi- 
lla, donde ejecutó Benozzi Gozzoli una procesión de los 
Re3 7 es Magos, cuyo interés es mu3' grande, porque son re- 
tratos del Duque Lorenzo, del Emperador Juan Paleólogo, 
que entonces se hallaba en Toscana, 3' del Patriarca de 
Constantinopla. Fué Benozzi discípulo del Angélico, y le 
superó en dibujo y colorido. 

Las iglesias son también muy bellas. Nicolás V, que fué 
quien empezó á renovar 3' hermosear las de Roma papal, 
recomendaba mucho que se constriñesen en todas partes 
con toda la magnificencia posible, en consideración á las 
masas populares, turbae populorum, cuya fe se afirma por 
medio de las grandezas que contempla. En Florencia las 
hay, como digo, sumamente hermosas y de todos tiempos 



89 

y estilos. La de los Santos Apóstoles tiene forma de basí- 
lica y data del tiempo de Carlomaguo. 

El estilo bizantino no pasó de Rávena; pero en Floren- 
cia existe como adorno. San Miniato en la colina de este 
nombre, y el Bautisterio del Duomo son románicos, pero 
tan bellos que pueden considerarse como un primer rena- 
cimiento. En ambas iglesias hay mosaicos bastante bellos 
empezados por Tafi, discípulo de los griegos, y acabados 
por Ghirlandaio. En San Miniato merece visitarse el mo- 
numento de un Cardenal de la casa real de Avis, obra de 
Rosellini. Era aquel prelado portugués un dechado de to- 
das las virtudes, y la hermosura-de su rostro correspondía 
á la de su alma, Todo es bello y elegante en su sepulcro, 
cuya labor es tan exquisita que parece de marfil más que 
de mármol. 

Santa María Novella es un edificio gótico, noble y sen- 
cillo, construido por dos frailes dominicos, Fray Sixto y 
Fray Ristore, los cuales fueron también los arquitectos de 
la Minerva de Roma, En la iglesia florentina se hallan va- 
rios famosos frescos de Orgagna y de Ghirlandaio. Repre- 
sentan los primeros la gloria del Paraíso, y en ella hay una 
multitud de santas, las cuales se parecen bastante unas á 
otras, pero son todas de una belleza divina. Orgagna es 
un inspirado precursor del Beato Angélico. Los frescos de 
Ghirlandaio, que ocupan todo el coro, representan las vi- 
das de San Juan Bautista y de la Virgen, y son interesan 
tes por la cantidad de retratos que contienen de damas 
florentinas y personajes célebres de aquella époea. Es 
creencia general que estas bellas pinturas inspiraron á su 
discípulo Miguel Ángel las de la Capilla Sixtina. 

O* San M ieliele, gótico florido \ radiante, es muy pe. pie 

Bo, pero encierra una joya preciosa, un tabernáculo, tam 



90 

bien gótico, de Orgagna, que cultivó las tres artes del dibu- 
j o y fué el Miguel Ángel de su época. 

El Duorno ó Catedral de que he hablado en otro capítu- 
lo, es una obra de transición, un amalgama de varios es- 
tilos, empezado por Arnolfo de Cambio y acabado por Bru- 
nelleschi. Sus arcos ojivales proceden del gótico; la cúpu- 
la y los mármoles de diversos colores son bizantinos; los 
pilares de las naves románicos. A esto se le ha llamado 
gótico toscano ó italiano, y es peculiar de aquel país, don- 
de el carácter nacional y las tradiciones clásicas han sido 
siempre un obstáculo á la introducción de formas extran- 
jeras, ora sea en la literatura, ora en las artes. 

Santa Croce es igualmente de un gótico modificado gra- 
ve y sencillo, con techumbre de madera como las antiguas 
basílicas. Trazólo el mismo arquitecto del Duomo, Arnolfo 
de Cambio. Las ventanas, de cristales pintados, son mu}' 
bellas. El coro y las capillas del crucero contienen frescos 
de Giotto y sus discípulos, que parecen muy notables si se 
considera la época en que fueron pintados. El piílpito, que 
es de Benedetto de Maiano, escultor del Renacimiento, es- 
tá adornado de bajos relieves bellísimos, representando la 
vida de San Francisco. Esta iglesia ha sido poco á poco 
convertida en un panteón de hombres célebres, principal- 
mente toscanos. Allí está el cenotafio de Dante, cuyas ce- 
nizas siguen en Rávena, donde murió, á pesar de que los 
florentinos las reclamaron en el año 48. La inscripción que 
se lee en el monumento dice solo: onorate l' altísimo poeta, 
que es un verso conocido del mismo Dante, alusivo al su- 
blime Homero. 

En un sepulcro inmediato se nota esta otra inscripción: 
Tanto nomini nullum par elogium. Trátase de Maquiavelo. 
Y allí están también Miguel Ángel, á quien lloran las Ar- 



91 

tes; Galileo, que fija su vista en el cielo; Alfieri, cuyo mo- 
numento, ejecutado por Canova, fué costeado por la Con- 
desa de Albany, viuda del último Estuardo; Cherubini, co- 
ronado por la música, y otros que sería largo nombrar. 

Llama también la atención el sepulcro de la Condesa 
Zamoyska, del toscano Bartolini, artista moderno, émulo 
de Dupré, con quien compartió los estilos y la fama. El uno 
fué naturalista, el otro idealizó bastante aquello que veía. 
La Condesa Zamoyska parece más bien dormida que muer- 
ta, y tiene tanta realidad, que da ganas de decirla como 
Romeo á Julieta: ¡ahí se tu dormí svegliati. 

En pleno Renacimiento fueron construidas las dos igle- 
sias de San Lorenzo y Santo Spírito, ambas de estilo corin- 
tio y dibujadas por Brunellescbi. La más notable es la pri- 
mera, cuya na\>e principal ofrece un modelo perfecto de 
sencillez y armonía. En Roma mismo no hay iglesia nin- 
guna de un diseño tan puro. A su lado están dos famosas 
capillas que sirvieron de panteón á las dos dinastías tos- 
canas. En la menor, trazada por Miguel Ángel, se hallan 
los célebres sepulcros de Julián y Lorenzo de Médicis. La 
figura pensativa del último, le ha hecho llamar*/ Pensiero- 
no. Es un dechado de naturalidad y belleza, y verdadera- 
mente puede decirse que en aquella prodigiosa estatua el 
artista ha dado vida al mármol. Son igualmente muy ad- 
miradas las figuras casi colosales del Día y de la Nb< be, el 
Crepúsculo y la Aurora, que adornan Las dos urnas. Mas 
aunque son muy hermosas, pertenecen ya á aquel tipo exa 
gerado y fuera <!<• lo humano cu que se transformó poco á 

poco la concepción escultórica del gran florentino. Kn el 

David copió la naturaleza, agrandándola; en el Moisés llegó 

á la perfección, dando vida ;i un ideal muy gran di OSO, pero 
■iempre humano; en las estatuas de estos sepulcros á quo 



92 

me refiero, pasa j'a de los límites admitidos y crea unos 
seres q\ie son bellos sin duda, pero que parecen habitantes 
de otro planeta. Los que después de él quisieron seguirle 
por ese camino, cayeron en un abismo. 

La otra capilla, bastante maj'or y nombrada de los Prín- 
cipes, es rica de mármoles y jaspes y tiene un conjunto 
imponente, pero es de una arquitectura menos pura. Con 
todo, tal como es, no tiene su igual en Europa y podría ser- 
vir de enterramiento, no ya para los Grandes Duques de 
Toscana, sino para las dinastías más poderosas de la tie- 
rra. Las urnas de las tumbas son de granito; las estatuas 
de los Príncipes, de bronce. 

No lejos de la perfección y belleza corintia de San Lo- 
renzo está el barroco rico, pero de mal gusto, de la Santísi- 
ma Annunciata, donde la antigua arquitectura ha desapa- 
recido bajo toda clase de remodernamientos y adornos. 
Tiene, sin embargo, algunos cuadros y esculturas notables 
y es la iglesia más frecuentada por los florentinos, á causa 
de una imagen antigua y milagrosa de la Virgen, que en 
ella se venera. Un crucifijo de Juan Boloña situado detrás 
del altar maj-or, es excelente. Visto en la penumbra de la 
tarde causa una impresión conmovedora. Me parece casi 
tan bello como el de Brunelleschi que está eu Santa María 
Novella. 

Cerca déla Annunciata se hallan la iglesia y el conven- 
to de San Marcos, donde vivieron un día dos frailes domi- 
nicos muy notables: el Beato Angélico, que cubrió de be- 
llos frescos sus corredores 3* celdas, y el famoso Savonaro- 
la, cuya fama, oscurecida durante algún tiempo, ha vuelto 
á brillar en este siglo hasta el punto de que le consideren 
algunos como una especie de mártir. Su retrato le repre- 
senta bastante feo, con ojos saltones y perfil de judío. 



93 

€!ómpáranle muchos á Lutero; mas lo cierto es que no te- 
nía todas las dotes necesarias para desempeñar un papel 
tan importante. En primer lugar no supo captarse, como 
el heresiarca alemán, el apoyo de los Príncipes; antes al 
contrario, adoptó, respecto de Lorenzo de Médicis, la acti- 
tud de un demagogo. Por otra parte no le fué dado agra- 
dar por mucho tiempo al pueblo, porque predicaba en la 
patria de Boccaccio una doctrina muy austera. Algunos le 
siguieron al principio y no faltaron mujeres que, excitadas 
por sus sermones, arrojasen al fuego libros, joyas y ador- 
nos. Pero este entusiasmo duró poco, y la reacción que so- 
brevino le dejó abandonado y solo en poder de sus con- 
trarios. 

Asemejábase, pues, no tanto á Lutero como á Calvino, 
y hubiera tenido quizá un éxito mucho mayor entre gentes 
republicanas y severas como los suizos de Ginebra. Es, sin 
embargo, una figura histórica simpática, y la razón de esto 
se halla, á mi parecer, en que el castigo que sufrió fué de- 
masiado cruel y en que las manos que se lo impusieron no 
eran bastante dignas. 

La iglesia del Carmen no merecía apenas mencionarse, 
si en ella no existiese una capilla, en la cual pintaron va 
rios bellos frescos el insigne Masaccio y Eilippino Lippi. 
Constituyeron en su tiempo un progreso extraordinario 
del arte y fueron copiados y estudiados por todos los pri- 
meros artistas del Renacimiento. Representan varias esce- 
nas de la vida de JeaÚS y de los Apóstoles. Un Adán y Kva 
que se ven en la entrada sirvieron de modelos al misino 
Rafael. I. a Eva es bellísima. 

Detrás del aliar mayor esta el sepulcro de Xodorini, úl 

timo gonfaloniera ó presidente de la República florentina, 

quien, no sé por (JUÓ, me recuerda involuntariamente a 



1)4 

nuestro famoso Castelar. A su muerte le compusieron los 
florentinos el siguiente gracioso epigrama: 

Oggi é morto il Soderini 
Fiorentini, non piangete, 
E nel Limbo dci bambini. 

En el Carmen se halla asimismo una suntuosa capilla 
dedicada al santo florentino Andrés Corsini, de la familia 
de los Príncipes de este nombre, la cual, no sólo ha tenido 
un Papa y varios Cardenales, sino también un patricio ce- 
leste. 

Pero el santo florentino más popular y característico 
es San Felipe Neri, fundador de los Padres del Oratorio, 
cuya orden ilustre, émula de los jesuítas, ha producido 
hombres tan eminentes como Massillon y Mascaron, riva- 
les de Bossuet y Bourdaloue, y el filósofo Malebranche, á 
quien fué dado un día el nombre de Platón cristiano. Feli- 
pe era bastante diferente de Ignacio de Loyola. Su espíritu, 
genuinamente florentino, se asemejaba más bien al de 
Francisco de Sales: era tolerante y suave. Amaba mucho 
la música y á él se debe la creación del drama lírico sagra- 
do, con que esperaba apartar á los jóvenes del drama pro- 
fano, y al cual fué dado por razón de su origen, el título 
de Oratorio. Uno de los discípulos del santo, el Padre Ani- 
muccia, compuso la primera obra de este género. La igle- 
sia de San Felipe es bastante correcta, á pesar de haber 
sido hecha en el siglo xvii. 

En frente casi de ella está la llamada Abadía, que es 
uno de los temples más antiguos de la ciudad. Dante dice 
que de ella se tomaban las horas, antes que existiese el 
Duomo. Modernas restauraciones le han quitado su carác- 
ter. Contiene, esto no obstante, dos primores del arte. El 



95 

uno es el sepulcro de su fundador el conde Hugo, deudo 
del Emperador Otón, renovado en el siglo XV por el céle- 
bre Mino de Fiesole, el cual fué en escultura lo que el Bea- 
to Angélico en pintura, un artista inspirado, que parecía 
haber estado en el Cielo. El otro es un cuadro representan- 
do á San Bernardo, á quien dicta la Virgen lo que escribe, 
obra deliciosa del ingenuo pintor Filippino Lippi. Los án- 
geles que rodean á la Virgen son bellísimos. Ella misma es 
bonita, pero á la verdad tan excesivamente delgada, que 
deja atrás en esto al ascético San Bernardo. 

Para terminar en este capítulo la descripción de la her- 
mosa Florencia, diré dos palabras sobre su Museo arqueo- 
lógico y sobre el de Historia natural. Encierra el primero 
una rica colección de tapices de todas clases y proceden- 
cias, flamencos, alemanes, italianos y franceses, entre estos 
algunos magníficos Gobelinos, ejecutados por Audran, los 
cuales representan la vida de la Reina Ester. Son tan her- 
mosos como hermosas pinturas. Ha} r también allí una co- 
lección de vasos etruscos, con muchos ejemplares de pri- 
mer orden, y algunas antigüedades egipcias. Pero lo más 
notable son las estatuas de bronce etruscas encontradas 
en Chiusi, Cortona y otras localidades de la Toscana. Un 
atleta y un orador en la actitud de declamar, son excelen- 
tes. Creíase hasta hace poco que el arte etrusco procedía 
del griego, como el romano; mas hoy día es general opi- 
nión entre los sabios que no fué hijo, sino hermano de aquél. 
Ambos, el etrusco y el griego, nacieron del arte egipcio y 
asirio, á la manera qne la pintura italiana y la flamenca 
salieron, en los siglos medios, del tronco común bizantino. 

Quédame SÓlo hablar del Musco de Historia Natural, el 
cual es uno de los más completos i\f Europa y t ienS la par 

ticularidad de que los animales (pie encierra están conser 



9<; 

vados de un modo extraordinario, y parecen vivos é intac- 
tos. Según unos, depende esto del clima; según otros, del 
procedimiento con que los disecan: probablemente de am- 
bas cosas. No sé si todos mis lectores serán de mi pare- 
cer. A mí me encanta recorrer de cuándo en cuándo esta 
clase de Museos, por ver en ellos reunida en un solo punto 
esa iumensa y variada obra del Creador que yace esparci- 
da por tantas regiones y climas. Su hermosura narra la 
gloria de Dios con la misma elocuencia que los astros y las 
plantas. ¡Y cuántas reflexiones sugiere esa maravillosa pro- 
ducción! ¡Cuántas asociaciones de ideas despierta en el 
ánimo que la contempla! Allí está el águila, símbolo del 
imperio; el ruiseñor, caro á los poetas; el cuervo, temido 
por los augures, y el armiño, que sirve de manto á los 
Reyes. 

En aquel mismo edificio hay también una especie de 
templo, que llaman la Tribuna de Galileo, porque está de- 
dicado á la memoria de este grande hombre. Los frescos 
que cubren las paredes representan algunos episodios de 
su vida. Varios escaparates coutienen los instrumentos de 
que se servía para sus observaciones. Galileo es otra de las 
glorias de Florencia y no falta quieu le tenga también, al 
igual de Savonarola, por una víctima de la superstición de 
su siglo. Algo ha} T de verdad en esto. No fué precisamente 
un mártir, pero sufrió encierro y sinsabores. Los teólogos 
de aquella época desoyeron al juzgarle la voz del sentido 
común, y olvidaron que Moisés no escribió un libro cientí- 
fico ni pudo menos de conformarse con el lenguaje común, 
diciendo, como nosotros decimos todavía, á pesar de los 
descubrimientos modernos, que los astros suben y bajan 
y que el Sol sale y se pone. El retrato de Galileo está repeti- 
do en ambos Museos y es siempre de Susterman. Represen- 



97 



tale ya anciano con barba blanca; pero antes de qne se que- 
dase ciego, como Homero y Milton. Parécese mucho á Só- 
crates en lo pequeño de la nariz y la vulgaridad del sem- 
blante; mas, como aquél también, tiene una frente muy es- 
paciosa que revela su genio. Diríase que sus labios van á 
abrirse para murmurar todavía: e pur si innove. 



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Tomo II 



CAPITULO XL1 
Florencia, de 1852 á 1854. 

Huevos disturbios acaecidos .en España.— Impopularidad del Conde de San Luis. 
Temeridad de la Corte. — El General ü'Donnell se subleva. — Muchos ambi- 
ciosos le secundan.— Detenido en Vicálvaro, hace alianza con su antiguo anta- 
gonista Espartero. — Triunfan juntos y forman un gobierno liberal.— De nuevo 
Cortes Constituyentes y Milicia nacional. — La historia de España vuelve áaer 
la de Méjico y Perú. — Lecciones que contienen estos sucesos. — Pena con que 
los veo. — Ventaja iuesperada que de ellos me resulta. — Soy nombrado primer 
Secretario en Turín. — Mi despedida de los Grandes Duques. — Viaje á Turín. — 
Monumentos de Pisa. 

Temo mucho que el benigno lector, cansado ya de oir 
hablar de Bellas Artes, encuentre que me he detenido de- 
masiado en la descripción de Florencia. Y tal vez no le 
falte razón; pero tratándose de una ciudad que es conside 
rada como la Atenas moderna, por encerrar en su seno las 
obras maestras de las tres nobles hermanas, no me era f¡í 
cil resistir al deseo natural de enumerar y exaltar tantos 
tesoros. Ahora dejaré ya este tema exclusivo, y deseen 
diendo, por decirlo así, del cielo á la tierra, volveré á ocu- 
parme en las cosas de la política, especialmente de la de 
Kspaña, donde tuvieron lugar el año 18">4 nuevos y graves 
disturbios, Cambiando completamente el estado del país y 
alterando la paz de que había disfrutado durante diez 

años. El General Don Leopoldo O'Donnell, el mismo que 

había contribuido tanto en 1841 á vengar á la Reina Cris 

t'ina y arrojar de España al Regente Espartero, se sublevó 



10(1 



entonces á su vez contra la Reina Isabel y se unió con su 
antiguo antagonista. Era éste el tercer caso después d<^ 
principios del siglo, de un General que se levantaba contra 
«'1 Rey ó Reina á quien había jurado fidelidad y á quien 
debía su rango y honores. Después de Riego, Espartero; 
después de Espartero, O'Donnell. 

¿Cuáles fueron las causas que le llevaron á tamaño 
desafuero? El estado de España, ya lo he dicho en Otro ca- 
pítulo, no era tal como lo exigían los intereses creados por 
tantos años de alteraciones y guerras. La influencia de la 
Francia se sentía, como siempre, en nuestro país. Napo- 
león III había dado un golpe de Estado con mucho éxito; 
Doña Isabel II sentía, según parece, grandes deseos de 
hacer una cosa parecida. Es cierto que la Corona había 
otorgado una Constitución ó Estatuto en 1834; pero la jus- 
ticia exige recordar que no hubiera sido ella en ese caso 
la primera en faltar al compromiso recíproco contraído por 
aquel acto. El primer perjurio, si es lícito emplear aquí 
esta palabra, había venido ya por parte de la revolución,. 
Ja cual en 1837 le impuso la Constitución de 1812. Desde 
entonces pudo decirse que la Realeza sufría violencia. Es- 
verdad que aquella Constitución fué después reemplazada 
por el Código de 1845, cuyo espíritu era más monárquico; 
pero no era éste otorgado, como el Estatuto de 1834, sino 
hecho por Cortes é impuesto á la Reina. Por lo tanto, nada 
más natural sino que ésta pensase en modificarla en sen- 
tido restrictivo, de la misma manera que los revoluciona- 
rios quisieron modificarla después en sentido lato. 

Extrañar estos hechos y hacer admiraciones por ellos, 
no me parece justo ni propio de hombres prácticos. En los 
siglos xiv y XV á nadie se le hubiera ocurrido extrañar 
que la Corona tratase por todos los medios imaginables d» 



101 

reprimir las pretensiones de los nobles. Ahora la lucha era 
-con la burguesía, y nadie debería admirarse tampoco de 
•que la Corona procurase hacer nuevamente otro tanto. La 
-cuestión está,' en mi sentir, en si ha dado ó no en esa lucha 
pruebas de talento y prudencia. El resultado le ha sido 
adverso. Vencida en 54 y en 68 ha venido al fin á sucumbir, 
quedando prisionera de la burguesía. Por consiguiente, 
•está claramente demostrado que no ha tenido ninguna de 
aquellas dos dotes. ¿Será, por ventura, que la empresa era 
•en sí misma imposible ? En ese caso hubiera debido ceder 
á tiempo, limitándose á disminuir por todos los medios 
imaginables la influencia de sus contrarios. 

Y la verdad es que en el año 53 parecía haber renuncia- 
do por completo á todo proyecto de retroceso, en vista de 
la terrible oposición que encontraba en las clases más in- 
fluyentes. Bravo Murillo dejó de ser Ministro y con él des- 
apareció el temor de golpes de Estado y de reformas en 
sentido reaccionario. Habíase confiado el poder al Conde 
de San Luis, el cual no era neocatólico ni abrigaba de se- 
guro proyecto alguno liberticida. Pero el mal estaba en 
que estos cambios de personas no satisfacían á todos los 
•que deseaban ser Ministros El mal estaba en que, á pesar 
•de esos cambios, quedaba siempre viva la sospecha de que 
la Reina quisiese renovar sus anteriores tentativas ape- 
nas volviese á ver una ocasión favorable para hacerlo. El 
«olo medio de desvanecer toda equivocación en este punto 
hubiera sido llamar al poder á un hombre modelado, pero 
déla Oposición, y DO lo era á la verdad el nuevo Ministro. 

Don Luis Sartorios, primer Conde «le San Luis, según 

él misino se intituló <Mi una lápida de mármol colmada 

sobre la puerta del Teatro Español, que ha loa reconstruido, 
era un abogado sevillano, quien primen» como periodista 



102 

y después como Diputado y Ministro había dado pruebas 
de un gran conocimiento de la ciencia de Macarel y Cor- 
menin, y de un talento poco común. Su figura era simpáti- 
ca, su condición amable, su carácter firme. Era de la cante 
ra de donde se sacan los hombres de Estado, y á su activi- 
dad é inteligencia fueron debidas la mejora de la admi- 
nistración y muchas reformas importantes. Fué en este 
departamento lo que Mon y Bravo Murillo habían sido en 
el de Hacienda. En su tiempo se mejoró el servicio de Co- 
rreos y se establecieron sillas de posta muy cómodas para 
el servicio de pasajeros. Imitando la institución admira- 
ble del Teatro Francés de París nos dio también un Teatro 
Español, el cual contribuyó mucho al esplendor y adelan- 
to del arte dramático. Su ilustración y su espíritu de orden 
se hacían notar en todos los ramos del gobierno, de ma- 
nera que en otra época más bonancible hubiera sido un 
buen Ministro. 

Pero desgraciadamente, tenía varios defectos que des- 
lucían su mérito y le hacían poco á propósito para calmar 
los ánimos alterados. Necesitábase entonces un personaje, 
no sólo liberal, sino también de una gran talla política y 
de un carácter conciliador. En vez de esto, San Luis era un 
hombre nuevo cuyo encumbramiento excitaba los celos dé 
sus émulos, y unía una vanidad exagerada á una dureza 
excesiva. Olvidaba completamente que nuestro país es una 
mezcla de democracia y militarismo, y que, por consiguien- 
te, cuando las circunstancias son difíciles, no puede un 
Ministro civil exagerar mucho los resortes del mando. 

Otro defecto de aquel hombre público, preciso es decir- 
lo, era su conocida afición á las riquezas y al lujo. Vivía 
como un gran señor y ofuscaba á todos con su fausto. Te- 
nía, además, en torno suyo una turba de amigos y adula- 



103 

dores, á los cuales fué dado el nombre de polacos, que había 
sido el de una de las parcialidades que existían antigua- 
mente en los teatros de la Corte; y entre esos polacos del 
nuevo Ministro había muchos que no tenían fama de ser 
muy escrupulosos en el manejo de los caudales públicos. 
Cierta suposición de un servicio de carros de piedras para 
los caminos reales cuyo valor fué empleado en otros gas- 
tos, dio lugar más adelante á una discusión escandalosa 
en las Cámaras, cuyo eco resonó lamentablemente por to- 
das partes. No era, pues, prudente couservar un Ministro 
que de esta manera concitaba contra sí la animadversión 
de las personas más notables y que poco á poco había ido 
poniéndose en lucha abierta con Generales de mucho cré- 
dito y con el Senado mismo. 

Pero si la Corte pecó en esto de temeridad, veamos aho- 
ra si por parte de la oposición se daban muestras de ma- 
yor cordura. En primer lugar, los males de aquella época 
no eran de ningún modo irreparables. Es muy posible que 
la Reina misma hubiera cambiado su gabinete antes de 
mucho tiempo, siguiendo suya inveterada costumbre, tan- 
to más cnanto que la reacción francesa, origen y modelo de 
la nuestra, caminaba ya á su ocaso por la fuerza de las co- 
s;is, y no estaba lejano el día en que el mismo Napoleón III 
volviese á adoptar muchas prácticas del reformado cons- 
titucionalismo. Además, es bien sabido de todos, y así lo 
han dicho cuantos han escrito de política desde Aristóte- 
les hasta Rousseau, que cualquiera tiranía, por mala que 
sea, es preferible é ana revolución. Por consiguiente, los 
políticos que llevaron á cabo la nucst ra del año •"» i pecaron, 
en mi sentir; de impaciencia y falta de patriotismo. In- 
apreciable y casi divino es el 'den de la Libertad, j por ob 
tenerlo y conservarlo deben hacer los ciudadanos toda oíase 



1(»4 

de sacrificios. Pero á esa divinidad puede aplicarse lo 
que Lucrecio ha dicho de la Religión y lo que dijo ya de 
ella Madama Roland cuando caminaba al patítmlo: «¡Oh 
libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!» Y un 
crimen y no pequeño era el sumir á España en nuevos dis- 
turbios sólo por conseguir sin demora la caída de un Mi- 
nistro. 

No faltarían, sin duda, entre los jefes de aquel movi- 
miento algunos que comprendiesen toda su gravedad y 
transcendencia; pero cegaba á los más eso que es siempre el 
compañero inseparable de las humanas empresas, á saber: 
el interés personal. La libertad tiene sus hipócritas como 
la religión, y muchos de los que parecían más ansiosos de 
ella, buscaban ante todo sus propios medros. Los militares 
ambicionaban nuevos grados; los diputados y periodistas 
los puestos principales del Estado. Una nueva generación 
quería reemplazar á la antigua; los jóvenes anhelaban ocu- 
par el puesto de los viejos. Parecíales que el mundo no ca- 
minaba si ellos no llegaban á ser pronto Directores, Sub- 
secretarios y Ministros. Impulsados por este móvil pode- 
roso que abultaba á sus ojos los males de la nación, lanzá- 
ronse al fin á la lucha, conducidos por el General O'Donnell. 

El Conde de San Luis trató de resistir á tan audaces 
enemigos, cuyas fuerzas no parecían al principio muy te- 
mibles; mas de repente otro General llamado Dulce facili- 
tó la empresa de los revoltosos, pasándose al campo de 
éstos con una numerosa caballería. Era Inspector de este 
arma, y se sirvió de su alta posición para llevarla al ene- 
migo. Fué nuestro Ganelon del siglo xix, y el cronista de 
la Revista de Ambos Mundos, Mr. Mazade, pudo decir enton- 
ces con razón, que la disciplina había servido para realizar 
la indisciplina, porque los escuadrones formados á la voz 



105 

<le su jefe, obedecieron las órdenes de éste, marchando á 
xinirse con O'Donnell. 

No cedió, sin embargo, el Conde de San Luis. Por sus 
órdenes el General Blaser, hombre valiente y leal, que era 
el Ministro de la Guerra, organizó inmediatamente la re- 
sistencia, y ayudado de los ilustres y fieles Generales Que- 
sada, Lara y Vistahermosa, contuvo á los sublevados en 
Vicálvaro. Y allí terminó la primera parte de la revolución, 
la cual fué, como se ve, no sólo desleal, innecesaria y atur- 
dida, sino también impotente. Tuvo, sin embargo, una se- 
gunda parte, porque el General O'Donnell, en lugar de reco- 
nocer que se había equivocado y buscar un refugio en Por 
tugal, como hizo más adelante en una ocasión parecida el 
no menos ambicioso General Prim, no oyó otra voz que la 
de su propio egoísmo ó más bien de su odio á San Luis, y 
prefirió llamar en su auxilio al General Espartero, á su an- 
tiguo y no menos aborrecido antagonista, uniéndose con 
él para derribar á aquel Ministro. Realizábase otra vez lo 
que decía el Embajador Quirini en su Relación al Senado 
de Venecia, citada en otro capítulo: Los enemigos de ayer 
so convertían en los amigos de hoy. 

¡Siguió á Espartero todo el partido progresista como :i 
O'Donnell todos los moderados descontentos, y aquellas 
dos almas americanas, aquellos émulos de los Santanas y 
Prados, entraron triunfantes en Madrid y formaron un 
nuevo Ministerio, en el cual el primero ocupó, como perso- 
naje más importante, la Presidencia del Consejo, y el se- 
gundo la cartera de Guerra. La historia de España volvió 
á ser, como trece años antes, la de Méjico \ Perú, aunque 
con esta diferencia: que en las Repúblicas «le America lian 
triunfado siempre completamente los militares por no te 
ner el contrapeso déla Realeza, mientras «pie en Capaila 



106 

no ha sucedido nunca lo mismo. Y aquellas revueltas del 
año 54 contienen acerca de esto varias lecciones, confinna- 
das después por las del año 68, que quizás den algún día 
buenos frutos, si todos meditan bien acerca de su sentido. 

La Corona ha aprendido que á pesar de la fuerza que 
todavía conserva, no la es dado acrecentar su poder con 
el solo apoyo de nuestra decaída nobleza y de la burguesía 
conservadora, y que en España no es posible en nuestros 
días el establecimiento de una Monarquía tan vigorosa 
como las de Austria y Prusia; en su ensayo de 1854 salió 
á la verdad incólume, pero sufrió muchas humillaciones y 
se expuso á grandes peligros. Los Generales de más pres- 
tigio aprendieron por su parte que no pueden sobreponer- 
se á la Corona, á menos de llamar en su auxilio á la masa 
ignorante del pueblo, y que aun de esa manera no les será 
dado fácilmente establecer en España una dictadura mili- 
tar como la que han ejercido en Francia los dos Napoleo- 
nes. Por último, el pueblo ha aprendido á su vez que aun- 
que se una con los Generales no podrá fundar en nues- 
tro país un gobierno puramente democrático: la República, 
no será probablemente nunca una institución durable en 
España. De manera que el trono, el ejército y el pueblo 
pueden ponerse recíprocamente en jaque, pero ninguno de 
los tres tiene fuerzas bastantes para ejercer entre nosotros 
una dominación exclusiva. 

Entre tanto las consecuencias del movimiento del año 
1854 eran verdaderamente desastrosas. Espartero exigió la 
convocación de Cortes constituyentes y el armamento de 
la Milicia nacional, con la esperanza de emplear ambas co- 
sas para sobreponerse á O'Donnell. Este á su vez reorga- 
nizaba poco á poco el ejército y trabajaba también para 
deshacerse de su rival. Ambos obraban con disimulada 



107 

perfidia; todo era sospechas, intranquilidad y zozobra. Y 
sin embargo, este estado de cosas se mantuvo dos años, 
durante los cuales la situación de aquellos dos ambiciosos 
podía compararse con el suplicio de ciertos delincuentes, 
;i quienes algunos tiranos se han complacido en aherrojar 
juntos, sabiendo que se odiaban de muerte. La España re- 
trogradó de muchos años en la carrera de sus adelantos 
y no había persona imparcial que no deplorase nuestro 
estado. 

Los moderados, sobre todo, mostrábanse inconsolables. 
Istúriz, uno de ellos, se dejó poseer de tal encono contra 
los progresistas, partidarios de Espartero, y más aún con- 
tra la famosa Milicia nacional, que volvía á dominar y ha- 
cer de las suyas, que por no verla siquiera permaneció en- 
cerrado en su casa todo el tiempo que duró aquel odioso 
instituto. Salvóle sin duda de caer enfermo su buena cons- 
titución y también el recreo que le proporcionaba una 
tertulia perpetua que tenía en sus habitaciones, á la cual 
acudían todos los descontentos para criticar los actos del 
Ministerio. Llamábanla por esta razón el Murui tiradero, y 
allí se inventaban mil graciosos epigramas y dichos agu- 
dos, que corrían después por la ciudad y le hacían tanto ó 
más daño al Gobierno que los artículos de los periódicos 
oposicionistas. 

Siendo mis sentimientos muy monárquicos, yo también, 
en mi pequeña esfera, deploraba mucho lo sucedido en Eb 
paña. Sentía ;'i par del alma ver á un General tan ilustre 

como O'Donnell, á quien había conocido en la Habana ro 

deadO de la estimación y respeto de todos, convertido en 
un revolucionario vulgar. Dolíame todavía más ver á mi 

amigo Pacheco, al pontífice de los puritanos, al predicador 

constante de la legalidad, dando su aprobación á la nía* 



108 

escandalosa de las ilegalidades. Perdí entonces muchas 
ilusiones, y aunque no pensé abandonar por ello mi carre- 
ra, á la cual había consagrado ya los mejores años de mi 
juventud, me sentía triste y corrido. Parecíame leer en los 
ojos de los extranjeros la lástima ó la burla. 

Mas como casi nunca vienen los males sin estar acom- 
pañados de alguuos bienes, aquellas alteraciones que yo 
juzgaba tan perjudiciales para España, tuvieron para mí 
un buen resultado, que no aguardaba. Don Joaquín Pache- 
co, encargado de la cartera de Estado, volvió á pensar en 
mí, como en el año 47, y me dio un agradable ascenso, 
nombrándome primer Secretario en Turín. Tenía en esto, 
según me lo escribió con franqueza él mismo, un segundo 
fin, de la misma manera que lo había tenido Miraflores al 
enviarme á Florencia, y fué que, habiendo nombrado Mi- 
nistro en la Corte piamontesa á Don Nicomedes Pastor 
Díaz, el cual ignoraba completamente la rutina de los ne- 
gocios y hablaba poco el francés, quería darle un Secreta- 
rio de toda su confianza, á fin de que le iniciara en los mis- 
terios de la diplomacia. Con cuyo motivo debo referir aquí 
que éste y otros nombramientos de aquel tiempo llamaron 
bastante la atención y fueron muy criticados por el públi- 
co, el cual veía con asombro cómo iban creciendo las am- 
biciones. Recordaban que cuando Espronceda, príncipe de 
nuestros poetas líricos, fué hecho en 1838 segundo Secre- 
tario en La Haya, había parecido aquello un escándalo, 
mientras que en 1854 sentaban muchos ambiciosos plaza 
de Ministros, como si esto fuera la cosa más natural del 
mundo. 

No necesito decir que agradecí infinitamente á Pacheco 
la confianza que en mí depositaba y que no tardé mucho 
en trasladarme á mi nuevo puesto. Antes, sin embargo, 



109 

tuve la honra de despedirme de los Grandes Duques, los 
cuales nos concedieron para ello á mi mujer y á mí la au- 
diencia de costumbre. Brillaba el sol en el zenit y hacía un 
día de los más hermosos de Florencia. El patio del Palacio 
Pitti, creación pintoresca de Ammanati, rivalizaba en be- 
lleza con el jardín que desde él se registra. Los salones, lle- 
nos de luz, parecían tan alegres como suntuosos. En uno 
de ellos encontramos á sus Altezas, que nos acogieron con 
la más amable benevolencia. Ninguna preocupación se no- 
taba en sus semblantes; mas á pesar de esto, si yo hubiese 
tenido la ciencia proféticade Merlín, hubiera podido decir- 
les que antes de que pasaran cinco años penetraría en 
aquellas salas el Marqués de Lajatico, jefe del partido li- 
beral florentino, para exponerle al Gran Duque la necesi- 
dad de que concediera nuevamente la Constitución y se 
uniese con el Rey de Cerdeña á fin de hacer la guerra al 
Austria. Hubiera podido también añadir que su Alteza, de- 
masiadamente unido á la Casa imperial y escarmentado 
por los sucesos del año 48, no creería conveniente acceder 
á la proposición de Lajatico, y no siéndole posible por otra 
parte la resistencia, porque un pronunciamiento militar 
fomentado y pagado por el Piamonte, le habría dejado sin 
tropas, tomaría la resolución de abdicar, retirándose lue- 
go á Salsburgo. Hubiérame dicho asimismo la ciencia de 
Merlín que algunos años después de la caída do los Gran- 
des Duques, caería también de su trono la Reina Doña Isa- 
bel II, y una comisión de diputados españoles entraría á 
su vez en aquel Palacio, á fin de ofrecerle á Víctor Manuel, 
que lo ocuparía ya como Rey de Italia, la Corona de Car- 
los V para uno de sus hijos. Lo cual, sea dicho de paso, fué 
la última y más dolorosa consecuencia del pronunciamien- 
to de O'Donnell. 



111) 

El viaje de Florencia á Tarín, que emprendí poco des- 
\més, se hacía en aquella época en tres días, pasando por 
Liorna y Genova. Yo tardé algo más, porque me detuve un 
día en Pisa, para ver sus admirables monumentos, único 
resto que le queda de su pasada grandeza. 

Son cuatro los principales y tienen la ventaja de estar 
todos reunidos en una gran plaza, donde ofrecen un aspec- 
to tan encantador que parecen cosa de ensueño. A un lado 
la Catedral ó Duoino, edificada en el siglo xi por un cierto 
Buschetto, que algunos han creído griego, aunque no lo 
sea su nombre. Es de estilo románico, más pequeña que la" 
de Florencia, pero más graciosa y más rica por dentro. Está 
toda revestida de mármol y contiene estatuas muy bellas 
de Juan de Boloña y Mosca, mosaicos de Ghirlandaio y 
cuadros de Andrea y Sódoma. Unos ángeles de Ghirlandaio 
son divinos, y la Santa Inés de Andrea es una de sus pro- 
ducciones más notables. No se parece á su mujer: debe ser 
el retrato de alguna muchacha pisana. 

En otro lado está el gracioso campanario inclinado, 
obra de Guillermo de Inspruch y Bonano de Pisa, románi- 
co también y sumamente elegante; y frente al Duomo se 
alza el no menos célebre Bautisterio, del arquitecto Dioti- 
salvi, construcción lindísima, en la cual hay ya algunos 
adornos y remates góticos. Allí está el famoso y admirado 
pulpito de Nicolás de Pisa, obra prodigiosa para su época 
y la primera en la cual se ve la influencia de la escultura 
antigua. Estudió Nicolás los sarcófagos romauos que exis- 
tían en aquella ciudad, y de ellos sacó su nuevo estilo. Con 
él principia el renacimiento de la escultura, antes que prin- 
cipiase el de la arquitectura y pintura, y fué en su arte 
casi lo mismo que Giotto en la suya. 

En el fondo de la plaza hállase el Camposanto, célebre 



111 

también, que trazado en el siglo XIII, es ya todo gótico y 
de muy elegante estilo. Compónese de un claustro cuadra- 
do, cuyas paredes están pintadas al fresco por los más cé- 
lebres artistas de los dos siglos posteriores. Admírase so- 
bre todo el Triimfo de la muerte por Orgagna, y varias es- 
cenas del Antiguo Testamento, ejecutadas por Benozzi 
Gozzoli, que fué el Rafael de su tiempo. 



•••»■•• 



CAPITULO XLI1 
TuríD, de 1854 á 1855. 



Llegada á Tarín. — Su aspecto poco italiano. — Palacio Real y balcón de Pilato.— 
Armería Real. — Palacio Madama. — Pinacoteca. — Batallas del Principe Eugenio. 
Retrato de Carlos Alberto. — Paz á su memoria. — .Museo egipcio. — Capilla del 
Santo Sudario. — Panteón Real de la Superga. — La Gran Madre de Dios. — E.sta 
tua de Manuel Eiliberto. — Paseo del Valentino. — Clima de Tarín y carácter de 
los piamonteses. — El Piainonte es el último Estado de Italia en letras y artes y 
el primero en política. — Carencia de literatura propia.— Escasez de poetas y 
artistas. — Ha sabido, sin embargo, realizar la independencia y la unidad de 
Italia. 



En Genova la soberbia nos detuvimos únicamente algu- 
nas horas, á fin de volver á visitar sus palacios y galerías 
que ya conocíamos, y luego nos trasladamos á Turín en el 
camino de hierro, que acababa de estrenarse y era uno de 
los primeros construidos en Italia. Y no necesito decir que 
nos agradó infinito viajar de aquella manera tan cómoda. 
Las nuevas generaciones toman ya esto como la cosa más 
natural del mundo; pero á los que conocimos y estábamos 
acostumbrados á las antiguas diligencias, nos parecía un 
encanto. Prodigiosas han sido las demás invenciones debi- 
das á ese genio sublime que Dios ha dado á los hombres; 
pocas, sin embargo, nos producen más ventajas que la de 
los ferrocarriles. Nuestro insigne poeta Grilo, en mi can 
«ion Al siglo XIX, dice con elocuencia: 

, Su escucháis esa máquina tonara 
(¿ni es de fuerza impenetrabli escudo? 

Tomo II 8 



114 

¡Es la soberbia y audaz locomotora'. 
¡Es del siglo la voz!.... ¡yo la saludo! 

Saludémosla nosotros también, y entonemos un himno de 
alabanzas á su inventor Stephenson, cuyo nombre ha sido 
hecho tan popular por la bella biografía de Smiles. 

¿Qué diría de estas invenciones Madama Sevigné? ¿qué 
diría del compañero del ferrocarril, del telégrafo eléctrico, 
ella que se extasiaba con las ventajas del correo? ¿qué di- 
ría del teléfono, merced al cual podría hablar continua- 
mente con su idolatrada hija, á pesar de que las separara 
una gran distancia? Mr. Gladstone, en un momento de des- 
deñosa indiferencia hacia los descubrimientos modernos, 
dijo que se había necesitado más talento para idear el 
violín que para inventar la locomotora; pero aun conce- 
diendo que esto sea así, todos deben convenir en que el úl- 
timo descubrimiento ha sido más útil. 

■ La ciudad de Turín me pareció hermosa, pero triste. No 
se asemeja á ninguna de las demás de Italia, excepto á 
Milán, que es moderna como ella. Parécese más bien á una 
ciudad de Francia. Sus calles tiradas á cordel son algo mo- 
nótonas, y muchas de ellas tienen pórticos, cómodos para 
la nieve 3^ la lluvia, pero bastante obscuros. Hasta los nom- 
bres de las calles, que entonces estaban todavía escritos en 
francés y decían: rae du Po, rae d' Angennes, la daban una 
fisonomía francesa. Y en la Corte de Turín se hablaba to- 
davía francés, porque la dinastía era saboyana y no había 
adoptado aun la lengua del nuevo país, al cual había ve- 
nido á establecerse. 

Tiene Turín algunos buenos edificios, mas no ofrecen 
en su construcción cosa alguna notable. El Palacio Real, 
por ejemplo, es de una arquitectura mezquina, y no pare- 
ce digno de su destino si se le compara con los de los otros 



lió 

Príncipes de Italia; sin embargo, si se ha visto el que ocupa- 
ban los Duques de Saboya en el pobre y triste Chambery 
antes de trasladarse al lado acá de los Alpes, parece casi 
magnífico y desde luego es espacioso y cómodo. En su fa- 
chada lateral hay un gran balcón, al cual llaman con chiste 
los turineses el balcón de Pilato, porque á él se suelen aso- 
mar los Reyes cuando el pueblo hace alguna demostración 
política en la plaza. 

Es interesante observar en una pequeña sala, cercana 
-al gran salón del trono, la colección de los Príncipes y Prin- 
cesas de la Casa Real de Saboya, que han merecido el títu- 
lo de Santos ó Beatos. Allí están Humberto, Margarita, Bo- 
nifacio, Amadeo y Ludovica, con otros más que cubren en- 
teramente las paredes de la estancia. No creo que haya 
otra dinastía capaz de competir en este punto con la de los 
monarcas saboyanos, y es posible que esta misma piedad 
viva aun en el fondo de las almas de los Reyes actuales, á 
pesar de que la ambición política los haya puesto en lucha 
abierta con el jefe de la Iglesia Católica. 

Otro retrato, que aunque no es de santa ofrece igual- 
mente mucho interés, es el de la noble y virtuosa Princesa 
María Teresa de Saboya Carinan, la cual, unida en matri- 
monio con el Príncipe de Lamballe, pasó su juventud en 
Francia y fué íntima amiga de la desventurada Reina Ma- 
ría Antonieta, pereciendo al fin, como tantas otras damas 
ilustres, en las matanzas de Septiembre. ¡Hermosa y des- 
graciada mujer! ¿porqué regresastes de Londres, á donde 
bai>í:is ido con un encargo de tu Soberana? ¿por qué vol- 

vistes á (iar t.u preciosa \ ida á las hienas de París'- 1 

En una de las dependencias del Palacio se halla la Al- 
mería Real, que ea contada entre las más i>ellas de Europa 
No contiene pie/as de tanto valor histórico 3 artístico oonu 



116 

la de Madrid, pero es rnás numerosa y está arreglada con 
más gusto. Esta clase de Museos es siempre interesante y 
aun poética, á causa de la multitud de recuerdos y asocia- 
ciones que despierta. En algunos casos completa é ilustra 
las biografías de grandes personajes. Así, por ejemplo, en la 
Armería de Vieua hay una armadura del Marqués de Pes- 
cara, de la cual se infiere que aquel heroico capitán era 
pequeño y regordete como cualquier prosaico burgués. En 
la de Turín se ve en cambio la del Marqués de Leganés, 
que fué virrey de Milán y quizá el líltimo de los españoles 
de la grande época, y es de tales dimensiones, que de ella 
colegimos ser su dueño, si no un grande hombre, al menos 
un hombre muy grande. 

En medio de la extensa plaza donde está el Palacio 
Real hay también otro que intitulan Palacio Madama, á 
causa de haber sido habitado en el siglo xvin por la Du- 
quesa de Nemours, mujer de Carlos Manuel II. Presenta 
un aspecto bastante extraño, en atención á que una mitad 
de él se compone del antiguo Alcázar de los Condes de 
Piamonte, con torreones macizos de estilo gótico, mien- 
tras qiie la otra mitad, reedificada en tiempo de la Du- 
quesa por el arquitecto Jnvara, es de estilo moderno con 
columnas y pilastras corintias. Allí estaba antes la Pina- 
coteca y ahora hay varias oficinas del Estado. 

La Pinacoteca ó colección de cuadros ha sido traslada- 
da al Palacio de los Príncipes de Carinan, espacioso tam- 
bién, pero de una arquitectura muy incorrecta. Los cua- 
dros que aquélla contiene son en general de poco mérito. 
Es la menos notable de toda Italia, aunque sería exagera- 
do decir que sea del todo despreciable. En primer lugar 
hay en ella algunos lienzos muy bellos de la escuela fla- 
menca, tales como el retrato del Príncipe Tomás de Sabo- 



117 

ya y el de los hijos de Carlos I por Van Dyck, eu los cuales 
no se sabe qué admirar más, si el color ó la verdad, ó la 
nobleza del estilo. Hay además un Ferrari, un Razzi y tres 
Veroneses, todos de primer orden. Es notable asimismo la 
colección de batallas. Dos de Wouvermans son excelentes; 
pero hay también otras que aunque sean de menor mérito 
artístico, tienen mayor interés para los piamonteses, en 
razón á que les recuerdan épocas gloriosas para su país ó 
hazañas famosas de sus héroes. Allí está San Quintín, vic- 
toria debida muy principalmente al valor del Duque de 
Saboya Manuel Filiberto, á quien, gracias á ella, fueron 
restituidos sus Estados. Allí está la batalla de Turín, por 
medio de la cual libertó el Príncipe Eugenio á aquella ca- 
pital de !a ocupación francesa. En fin, allí se ve á Zenta, 
Chiari, Hochstell, Belgrado y otros famosos combates, 
donde aquel gran General, á quien desdeñó y no quiso 
emplear Luis XIV, venció completamente, ora á los turcos, 
ora á los mismos franceses. 

Antes de salir de la Pinacoteca parémonos un poco á 
contemplar un magnífico retrato de Carlos Alberto á ca- 
ballo y en el acto de pasar una revista. Es de Horacio Ver- 
net, cuya habilidad para esta clase de composiciones es 
bien notoria. El Rey aparece largo y flaco, á la manera de 
Don Quijote, y tiene la frente cuadrada, los ojos saltones 
y la boca grande. Su fisonomía, sin embargo, es melancóli- 
ca y expresiva, y su aire tan Doble, que se le reconocería 
por Príncipe, aunque no se supiese que lo era. Ni es posi- 
ble mirar su imagen sin pensar al instante en su destino. 
Costa de Beauregard, (pie ha escrito SU vida, dice que él 
mismo la considerahii cuino ana uovela, \ así lo fué afee 
divamente. 

[Qué pensamiento! tan contrarios bullían en aquella 



118 

cabeza! ¡Qué sentimientos tan opuestos se hacían guerra- 
en aquel pecho! Su alma era naturalmente mística, como 
la de casi todos los de su raza; pero nacido, al parecer, le- 
jos del trono, fué educado en Suiza y allí bebió sin duda 
las ideas de Juan Jacobo. Comprometido en los sucesos 
del año 20, fué desterrado á Florencia, donde su suegro el 
Gran Duque, le dio por alojamiento su Palacio del Peggio- 
lmperiale. En aquella amena residencia no conservó la 
debida dignidad, porque á pesar de que estaba ya casado 
con una princesa toscana, alternaba la devoción con los 
galanteos, y llevaba á la iglesia los billetes amorosos den- 
tro de su libro de misa. 

No teniendo hijos el Rey Carlos Félix, quiso Metter- 
nich excluir á Carlos Alberto del trono, á fin de dárselo al 
Duque de Módena, casado con una Princesa de Saboya; 
pero la Francia y la Rusia impidieron esta injusticia. Sin, 
embargo, para dar prendas de su fe absolutista, vióse pre- 
cisado á ir á España el año 23 con el Duque de Angulema 
y tomar una parte conspicua en la jornada del Trocadero- 
Tuvo también que pasar por la extraña humillación de- 
obligarse á no desvirtuar jamás las instituciones monár- 
quicas que existían antes en Piamonte; cuyos cambios y 
contradicciones le adquirieron, aunque injustamente, la 
opinión de falso. 

Reinó luego con moderación y no sin brillo durante al- 
gvmos años, y cuando estalló la revolución del 48 salió al 
fin de sus vacilaciones y se declaró decididamente por la 
causa de la libertad 3' de la independencia de Italia, sien- 
do característico que una monja saboyana, llamada Sor 
Teresa, tuviese m\icha parte con sus consejos en aquella 
resolución tan notable. Vencedor en el Mincio, fué luego 
vencido en Custoza, y queriendo concluir un armisticio 



119 

con los austríacos, el pueblo de Milán se levantó contra 
él y amenazó su vida. Encerróse á tiempo en el Palacio 
Greppi; mas quizás hubiera caído al fin en manos de sus 
enemigos, si el General Lamármora no hubiese acudido 
con sus cazadores á sacarle de aquel peligro. Salido de Mi- 
lán, rodeado de sus leales piamonteses, volvió á probar la 
fortuna de las armas, hasta que, vencido definitivamente 
por el Mariscal Radetzky en los campos de Novara, dejó 
el trono á su hijo Víctor Manuel y corrió á esconderse en 
el extremo occidental de Europa, en una quinta inmediata 
á Oporto, deseando vivir como Adamastor, 

onde nao visse 
Quem de sen pranto e de sen mal se risse. 

Allí murió cuatro meses después, de tristeza y dolor. 
Paz á su memoria. ¡Fué víctima generosa de una causa 
santa! 

Otro Museo de Tarín digno de visitarse es el de anti- 
güedades egipcias. Los inteligentes le consideran uno de 
los más ricos é importantes de Europa. En su recinto pue- 
den admirarse muchas estatuas notables por su materia y 
perfección. Representan antiguos Faraones, entre ellos el 
famoso Ramsés VI, que es el Sesostris de los griegos, y en 
todos es patente el tipo egipcio, de cara lampiña, menos 
esbelto que el griego, pero más elegante que el de los cor- 
pulentos y barbudos asirios. Singulares asimismo que, á 
causa probablemente del clima caluroso, casi todas aque- 
llas figuras están medio desnudas, sin más que mi ligero 
delantal que las cubre desde la cintura basta los muslos. 
En compensación tienen todas en la cabeza los adornos 

más extravagantes y voluminosos del mundo, tales como 

morriones cónicos, llamados ptehent, cuernos de cabra, ¿lis 



120 

eos enormes, ó un tocado de anchas vendas laterales, que 
denominaban chft. Recuerdan cierta Venus de Cranack de 
la Galería Borghese, la cual está pintada completamente 
desnuda, pero tiene en la cabeza un gran sombrero con 
plumas. 

Las iglesias de Turín son á la verdad poco notables. 
La catedral contiene una capilla dedicada al Santo Suda- 
rio, que es sin duda muy bella, á pesar de que su arquitec- 
tura no sea enteramente correcta. La preciosa reliquia que 
en ella se venera fué traída á Chambery en tiempo de las 
Cruzadas por el caballero francés Godofredo de Charny, y 
estuvo en aquella ciudad hasta que la corte de Saboya vino 
á establecerse definitivamente en Turín. La iglesia y el 
hospicio de catecúmenos del Espíritu Santo son interesan- 
tes por el recuerdo de Rousseau, quien fué enviado allí á 
la edad de dieciseis años por su protectora Madama de 
Warens, con el objeto de que fuese instruido en la religión 
católica. Juan Jacobo abjuró efectivamente el protestan- 
tismo, mas su conversión no fué niuy firme y de ella le 
quedó solamente cierto calor de imaginación, que, como 
observa, niuy bien Valerj-, es poco común entre los demás 
escritores protestantes. 

En una colina inmediata á la ciudad se encuentra la 
iglesia llamada Superga, cuyo nombre es una abreviación 
de super erga montium, y ha sido trazada, no sin mérito, por 
un cierto Juvara. Viene á ser el pequeño Escorial de la 
Casa de Saboya, pues sirve para panteón de sus Príncipes, 
y fué mandada edificar á principios del siglo xvín por el 
afortunado Víctor Amadeo I, en cumplimiento de un voto 
que hizo antes de atacar, en unión del famoso Príncipe 
Eugenio, las líneas levantadas por el Duque de Orleans y 
el General francés Marsins delante de Turín. El ataque fué 



121 

casi temerario, según lo juzga, entre otros escritores mili- 
tares, el competente Jomini; pero la suerte favoreció, como 
siempre, al intrépido Eugenio, quien, á pesar de la inferio- 
ridad de sus fuerzas y del valor de Marsins, que murió en 
la refriega, logró penetrar en las trincheras y las desbarató 
completamente. Turín quedó libre, merced á esta victoria, 
y Víctor Amadeo recobró gracias á ella sus posesiones de 
Italia, á la manera que Manuel Filiberto había recobra- 
do sus Estados de Saboya á consecuencia de la de San 
Quintín. 

Más cerca de la ciudad, aunque también del lado allá 
del Pó, hay otra iglesia notable,dedicada á la Gran Madre 
de Dios, cuya arquitectura, obra de \in tal Bonsignore, es 
un pequeño remedo del Panteón de Roma. Y debe igual- 
mente su construcción, como la Superga, al deseo de recor- 
dar un hecho memorable, que interesa á la Casa Real de 
(Jerdeña, cual fué el regreso del Rey Víctor Manuel I, des- 
pués de la caída de Napoleón en 1814. 

Posee Turín bonitos paseos, siendo el más pintoresco 
de ellos el parque que rodea al palacio, nombrado el Va- 
lentino, antigua construcción de estilo francés, que fué 
concluido y embellecido por Cristina de Borbón, hija de 
Enrique IV y mujer del Duque Víctor Amadeo. Es una mi- 
niatura de Versalles y no se parece en nada á los sitios 
reales del resto de Italia. H03 7 día está ocupado por un co- 
legio de Ingenieros. 

Tiene también Turín muy bellas plazas, y entre ellas la 
ile San Carlos, que es sumamente espaciosa. Bu su centro 
se lialla la estatua ecuestre de aquel Manuel Kilihorto, ;i 
quien debió España, como hemos dicho, la vietoria «le San 
Quintín. Tanto él como el desdichado Conde de Bgmonl 

hicieron allí poco más ó menos lo misino que bi*0 m;is tar 



122 

de Conde en Rocroy, es decir, atacar de flanco con una ca- 
ballería numerosa y valiente. ¡Y ojalá hubiéramos tenido 
otros dos héroes como ellos en esta segunda y funesta jor- 
nada! La estatua es de bronce y debida al cincel de un mo- 
derno escultor de mucho talento, nombrado Marochetti. 
Su conjunto es pintoresco, su ejecución esmerada. 

El clima de Turín es el más frío de Italia; es una conti- 
nuación del de Suiza; mas con la diferencia de que des- 
pués de ser aquella ciudad una nevera en invierno, es tam- 
bién un horno en verano, como Nueva York y Madrid. Una 
sola ventaja tiene, y es que por estar encerrada en un em- 
budo, formado por los montes, no se sienten en ella esos 
vientos que hacen tan desagradables otras poblaciones de 
países fríos. Y el clima riguroso hace fuertes á los habitan- 
tes, los cuales se distinguen entre todos los de la penínsu- 
la por su estatura y aspecto robusto. Forman un contraste 
singular con los napolitanos, porque son callados y serios, 
formales y bruscos, y reúnen en su carácter los rasgos que 
distinguen principalmente á sus tres vecinos, habiendo he- 
redado el valor de los franceses, la lealtad de los suizos y 
la moderación de los italianos. 

La nación piamontesa vivió muchos siglos sin adquirir 
grande importancia. En la época moderna ha sido la últi- 
ma de Italia en literatura y artes; pero ha acabado por ser 
la primera en sabiduría política. Abundan en Italia los dia- 
lectos, pudiendo decirse que no hay más que la Toscana y 
el antiguo Patrimonio de San Pedro, donde las nodrizas 
hablen italiano; pero entre todos ellos ninguno es más feo 
que el de Piamonte. Es una mezcla durísima de lo peor del 
francés con lo peor del toscano. El milanos y el veneciano 
son armoniosos, el romanólo enérgico, el napolitano tiene 
gracia, el piamontés suena de la manera menos grata. Di- 



123 

cho se está que no ha producido obra alguna notable y que 
ha sido allí al mismo tiempo una remora grandísima para 
el cultivo de las letras. 

El Piamonte no ha empezado á tener literatura hasta 
que se introdujo en él poco á poco el uso de la lengua 
italiana, y esto es la principal razón por la cual no ofre- 
ce todavía escritor alguno que pueda ponerse al lado de 
los clásicos de la península. Añádase que en realidad, si 
los piamonteses tienen más cordura que el resto de los 
italianos, poseen en cambio menos imaginación que ellos. 
•Son, como los portugueses, más á propósito para las armas 
que para las artes. Sus pintores son tan medianos que no 
forman propiamente una escuela separada, como en las 
demás regiones de Italia. Razzi, el mejor de ellos, pertene- 
ce de derecho á la lombarda. No conozco tampoco ningún 
buen compositor de música que sea piamontés. De sus poe- 
tas sólo se cita á Alfieri, quien estudió el italiano en edad 
madura y compuso con ímprobo trabajo y con más talento 
que genio poético, tragedias imitadas del francés, en las 
cuales se admiran algunos pasajes llenos de valiente ener- 
gía, en medio de otros bastante duros. Botta, Balbo, Gio- 
berti y Mamiani brillaron como escritores políticos y filo- 
sóficos, pero usaron un lenguaje poco castizo. Mejor que 
ellos ha escrito el universal Azeglio, el cual pasó mucha 
parte de su vida en Roma y Toscana. y otro tanto puede 
decirse de Silvio Pellico, cuyo libro respira la más noble 
resignación cristiana y es sin dada una obra maestra; pero 
pertenece propiamente ;í la escuela de Manzoni y de Mon- 
tó, á quienes aquél conoció en Milán y <le quienes aprendió 
la bella lengua de Italia. 

Ven. clara es igualmente la verdad de la segunda parte 

de mi aserto; es decir, que si el Pia monte ha sido el ultimo 



124 

en las letras y la9 artes, en cambio ha venido á ser en este 
siglo el primero en la política. Con efecto, ha hecho lo que 
algunos años antes parecía una utopia imposible: ha logra- 
do realizar la independencia y la unidad de Italia. Otros 
Estados quisieron hacerlo antes que él. Los Lombardos, Ve- 
necia, Milán, Ñapóles y hasta el Papa mismo aspiraron 
también á fundar una nación poderosa y á expulsar á los 
extranjeros de la bella península; pero ninguno pudo con- 
seguirlo. Al fin, le tocó su turno á la Monarquía sarda, la 
cual no había cesado de aumentar sus pequeños dominios 
desde el día en que, traspasando los Alpes, se vio dueña 
del Piamonte. En el siglo xvi se redondeó por la parte de 
Monferrato; en el xvn luchó con Enrique IV, y es sabido 
que este rey acabó por ofrecerle la Lombardía, á fin de que 
se uniese á la liga que andaba formando contra el Austria. 
En el xviii tomó su Soberano el título de |Rey, y el beli- 
coso Carlos Manuel, cambiando de alianzas al compás 
de sus intereses, estuvo ya á punto de conquistar esa 
misma Lombardía, que el monarca francés ofrecía á su 
abuelo. 

En el siglo xix el Rey de Cerdeña adquirió á Genova 
por la paz de Viena, y provisto así de una buena marina, 
concibió mayores proyectos. La Italia, agitada por las ideas 
modernas, deseaba libertad, unidad é independencia. El 
Rey Carlos Alberto se puso sin vacilar á la cabeza de sus 
pueblos con el deseo de realizar tan nobles aspiraciones. 
Su empresa no tuvo éxito, pero su hijo Víctor Manuel imi- 
tó su ejemplo y fué más afortunado que él, pues gracias al 
auxilio que supo obtener, primero de Francia y después de 
Alemania, y merced también á las faltas cometidas por los 
demás gobiernos de Italia, consiguió su propósito de una 
manera sorprendente. Por medio de la libertad halló la in- 



125 

dependencia, y buscando la independencia encontró la 
unidad. 

No todos los medios empleados para esta empresa me- 
recen la aprobación del moralista, aun cuando las artes 
políticas del Piamonte no fueron en verdad más negras que 
las que adoptó Luis XIV para apoderarse del Franco Con- 
dado, ó Federico para despojar á María Teresa, ó Catalina 
á fin de repartir la Polonia. En realidad otras muchas na- 
ciones habían usado antes recursos análogos y fueron juz- 
gadas con bastante indulgencia por la Historia. 



•!•%•!« 



CAPITULO XLIII 
Turin, de 1854 á 1855. 

Carácter de mi nuevo jefe Pastor Díaz. — Formaba parte do la oposición contra el 
Conde de San Luis. — Asistía á las reuniones de Mariquita Buschental. — La 
Reina se ríe porque aquella oposición no sabia bailar. — Cuando llegó á Turin 
no hablaba bien el francés. — Muéstrase vacilante entre el liberalismo y la reac- 
ción. — Juzga con imparcialidad de las cosas de España y lee con placer El 
Padre Cubos — No quiere, sin embargo, comprometerse y trata los negocios en 
cartas particulares. — Caracteres de los otros jefes de misión — Activa diploma- 
cia de Gramont y Hudson. — Singularidades de Brassier. — Habilidad th; l'aar, 
Canofari y Yonglie. 

Quiero hablar ahora ante todas cosas de mi nuevo jefe 
Don Nicomedes Pastor Díaz, el cual llegó á Turin casi al 
mismo tiempo que yo. Conocíale ya del Ateneo de Madrid 
y algo he dicho de él en uno de mis primeros capítulos. 
Hállele poco cambiado: seguía siendo enfermizo, desmaña- 
do y modesto, aunque su modestia era de aquel género que 
algunos han considerado como" un arte de primer orden, 
especialmente cuando, como en su caso, va acompañada 
de un gran talento. Con efecto, Pastor Díaz, ocultando su 
ambición y procurando no molestar ni ofuscar á nadie, ha- 
bía llegado á ser en edad todavía joven, diputado, gober- 
nador de provincia y uno de los íntimos de Pacheco y 
O'Donnell. 

Por aquella época existían en Madrid diversos corros y 
corrillos políticos, y Pastor Díaz pertenecía á uno de ellos, 
el cual se reunía en casa di' la bella Mariquita Buschental, 



128 

mujer de bastante disposición para la intriga, cuyo marido, 
banquero brasileño establecido en España, había servido 
de agente secreto al famoso Bulwer y fué una vez sorpren- 
dido dentro de Palacio, tratando de sediicir á una de las 
azafatas para que entregase á la Reina un libelo escanda- 
loso contra cierto Príncipe que aspiraba entonces á su 
mano. Continuaba estas tradiciones la hermosa y amable 
Mariquita, y habíase propuesto ser una nueva Madama Ro- 
land para aquellos flamantes girondinos. Convidábalos á 
comer muy á menudo y les inspiraba una grande animo- 
sidad contra el combatido Ministerio de San Luis. 

No eran todos aquellos descontentos lo que se llama 
hombres de mundo, y se contaba que convidados en una 
ocasión á una fiesta de Corte, é invitados á bailar de parte 
de la Reina, contestaron que no sabían hacerlo; lo cual 
causó mucha risa á la Augusta Señora y le hizo decir con 
donaire: «Buena está la oposición, que ni para bailar sirve». 
Era la razón de ello que nuestra burguesía de aquel tiempo 
estaba todavía muy mal educada, y además porque la ma- 
yor parte de los tertulianos de la Buschental habían sido 
románticos en su primera juventud, y es sabido que los 
románticos aborrecían el baile, como ligereza impropia de 
sus tristes amores. Y es curioso, á propósito de amores, que 
la mejor poesía de Pastor Díaz es una oda á la Luna y en 
ella declara en hermosos versos que está enamorado, — no 
se ría el lector,— de aquel astro melancólico y frío. 

Tampoco sabían muy bien aquellos caballeros la lengua 
francesa. Leían, copiaban y traducían los libros de aquella 
nación, mas no hablaban corrientemente su idioma. Y sin 
embargo, Pastor Díaz y otros varios de ellos aceptaron des- 
tinos en la diplomacia con aquella osadía propia de los 
hombres políticos, los cuales, como ya lo he dicho, lo mismo 



129 

desempeñaban una Embajada que un gobierno civil ó la 
dirección de un Banco. Consecuencia de esto fué que cuan- 
do llegó Pastor Díaz á Turín hube de desempeñar á su lado, 
no sólo el papel de Secretario, sirio también el de dragomán 
pues me llevaba consigo á sus entrevistas con el Ministro 
de Negocios extranjeros. Abrevió, por fortuna, esta situa- 
ción un tanto anormal y ridicula la aplicación de Pastor 
Díaz y la suerte que tuvo de encontrar una escuela prácti- 
ca de francés en el salón de una señora saboyana, llamada 
Madama Beauman, quien, aunque vieja, lograba tener una 
tertulia de gentes formales é instruidas, donde se departía 
agradablemente de política y de letras. Allí concurría Me- 
nabrea, que empezaba entonces su carrera política, escri- 
biendo en un periódico clerical. Allí iba Mr. de Viry, dipu- 
tado saboyano de ideas muy conservadoras, y otros que 
no recuerdo. Perdiendo el miedo en una reunión donde no 
había señoras, Don Nicomedes llegó pronto á soltarse en 
la lengua de Thiers y Lamartine, y aunque conservó siem- 
pre un terrible acento gallego, supo al fin hacerse entender. 
Pero lo más original del caso consistió en que la fuerza 
de las circunstancias le condujo precisamente á un centro 
social donde todas las personas que le formaban eran, á 
fuer de saboyanas, sumamente realistas, y opuestas, por 
consiguiente, á las ideas que él parecía representar. Afortu- 
nadamente semejante contradicción era más aparente (pie 
verdadera. Kn Pastor Díaz había dos hombres. Nacido de 
una familia modesta y privado de bienes de fortuna, tenía, 
esto no obstante, conciencia «lo su mucho valer, y aunque 
procuraba ocultarlo, abrigaba la uoble ambición de llegar 

:V los primeros puestos del Kstado. Y <<>mo sus amibos eran 
liberales y el liberalismo le ofrecía á la sazón uno de los 

caminos más fáciles y seguros para lograr sus Bnes, había 

Tomo II 9 



130 

abrazado con entusiasmo las ideas de ese partido. Pero su 
educación cristiana, sus sentimientos honrados, la lectura 
de los doctrinarios de Francia y hasta su timidez misma, 
le inclinaban por otra parte á las ideas más conservadoras, 
por no decir reaccionarias. Era, pues, liberal por reflexión 
y realista por carácter. 

Pertenecía Don Nicomedes á una especie de segunda ge- 
neración liberal, la cual era más libre que la primera, por- 
que ni rendía culto á Voltaire ni se hallaba afiliada á nin- 
guna secta. Vacilaba, pues, entre unas y otras ideas, de 
manera que ni se mostraba decididamente liberal, como 
Pacheco, ni decididamente reaccionario, como Donoso, 
siendo el resultado de esto que si bien defendía como ne- 
cesario el movimiento de O'Donnell, sabía al mismo tiem- 
po conocer todos sus inconvenientes y no era el último en 
deplorarlos. Leía con gusto los diarios ministeriales; pero 
también se complacía con las críticas de los oposicionis- 
tas, especialmente si estaban escritas con chiste. Deleitá- 
bale sobre todo un periódico satírico de aquella época, ti- 
tulado El Padre Cobos, el cual tenía por redactores literatos 
de tanto ingenio como Ventura de la Vega y Selgas. De 
memoria aprendimos tanto él como yo y como toda Espa- 
ña una graciosa égloga publicada por aquel diario en latín 
macarrónico, en la cual se hacía con tanto donaire la pin- 
tura del estado político de nuestro país, que no puedo me- 
nos de copiar aquí algunos de sus versos para regalo de mis 
lectores. 

Eran sus personajes dos pastores: el uno, llamado Mo- 
renus, representaba á Espartero, cuyo color era muy tri- 
gueño, y el otro, por nombre Berniejus, al rubio O'Donnell. 
Empezaba Morenus diciendo que todos los males de Espa- 
ña provenían de la presencia de Bermejus, ,ó sea O'Don- 



131 

nell, en el Gobierno: O'üonnell, á su vez, atribuye aquellos 
males á la afición del pueblo á Espartero. 

Te populus amat, amore sed quam deshonesto 
Amando Morenum, Hispania flacacha se ponit. 

Recuérdale Espartero á O'Donnell que á él le debe su 
encumbramiento y el entorchado de Capitán general, que 
se hizo dar después de la revolución, y le dice: 

Sed tu bene engordas, qnl nomini meo pegatas, 
Cuasi lapa, vivís, et terciiim in manija casacae 
Portas cntorchadum, cum multo salero cogidum. 

A lo cual responde O'Donnell, echándole en cara que 
quiso en vano oponerse á su ascenso: 

Sedmihi in ascensus volebas patam echare 

Valiente escarmientum llevasti, chascumque pesad uní . 

Finalmente, O'Donnell asegura que el verdadero dueño 
de la situación es él: 

Sum ego, Morene, qui gatum llevat ad aquam. 

Y Espartero le amenaza airado, diciéndole que sin ne 
cesidad siquiera de ponerse el uniforme, le bastará presen 
tarse en las plazas con su }-a histórico gabán, para llevar 
se tras sí á todo el pueblo. 

Volviendo á nuestro Don Nicomedes, añadiré <|ue con 
motivo de rus vacilaciones, no estábamos siempre do 
acuerdo, porque mis opiniones eran mas decididas que las 
suyas y no me era posible aplaudir ¡i Hi vez á liberales y 
reaccionarios. Sabíame educado mi buen padre en una es 
cuela de liberalismo moderado, y me ejercitaba en el Eran 

CÓS, haciendo (pie le leyese en alta voz el Diario d, A/.s ¡>, 
bate». Pero mi permanencia en el desordenado Méjico \ 
luego en Roma, en tiempo de Mazzini, me había desencan 



132 

tado bastante del parlamentarismo y de todo lo que se 
acerca á la democracia. Ni era tampoco partidario del mis- 
ticismo. Las instituciones aristocráticas de Inglaterra me 
parecieron la mejor forma de gobierno posible, y aun en 
esas mismas quería yo que el Monarca tuviese un gran po- 
der real y efectivo, como sucede en Alemania y en Austria. 

Pastor Díaz pretendía, aunque en vano, convertirme, y 
cuando yo Je recomendaba á Montesquieu, me recomenda- 
ba él las Memorias del Duque de Saint Simón, á fin de que 
viese en ellas cuáles eran los desórdenes y abusos de la 
antigua Monarquía. Leílas para darle gusto, y debo confe- 
sar que me hicieron bastante impresión, aunque lo que 
más me agradó en ellas fué su admirable estilo. Con razón 
lia sido llamado aquel Duque un Tácito inculto, pues se le 
asemeja mucho en su odio á la tiranía y en el lenguaje 
enérgico con que moteja los vicios. Una sola cosa le falta, 
y es la serena imparcialidad del escritor romano, quien 
supo escribir su historia sin afición ni ira. Saint Simón 
abulta, por ejemplo, los defectos de Luis XIV, y disimula 
c.ianto puede los del Regente: cuando habla de la Corte de 
Madrid colma de elogios á los partidarios de Felipe V, y 
trata con notoria injusticia á los que seguían al Archi- 
duque. 

Era asimismo singular Pastor Díaz en su manera de 
juzgar los sucesos de Italia y también en la de referirlos 
al Gobierno. Reconocía interiormente que las aspiraciones 
de los italianos eran naturales; mas no se atrevía á criticar 
á los austríacos. Desaprobaba muchas veces los medios 
empleados por el Piamonte para producir nuevas altera- 
ciones en los demás Estados de la Península; pero no osa- 
ba denunciarlos. En vano era que el Gobierno de Parma 
le refiriera á cada momento las intrigas ejercitadas por los- 



133 

agentes de Cavour, pues le repugnaba dar cuenta de ellas 
á nuestro Ministro de Estado. Y en todo caso, no lo hacía 
en despachos, sino en cartas particulares y reservadas. 

Esta costumbre de tratar los astintos más importantes 
por medio de cartas no ha sido nunca tan general como 
en el siglo xix, y debe atribuirse á la publicidad y más aún 
á la instabilidad inherente al régimen representativo, por- 
que tanto los Ministros de Estado como los representantes 
•en el extranjero temen por una parte que su correspon- 
dencia llegue á ser publicada en algún libro de esos llama- 
dos verdes ó amarillos, según el color de su forro, y por 
otra se estremecen de pensar que podrán caer algún día 
en poder de sus adversarios políticos. Para evitar ambos 
inconvenientes tratan unos y otros los asuntos con un es- 
tilo, por decirlo así, de ceremonia, en despachos que pue- 
dan publicarse, y se llevan sin escrúpulo á su casa las car- 
tas que hayan enviado ó recibido. La consecuencia de todo 
lo cual es que en ningún otro siglo habrá habido una con- 
tradicción más notable que en el pasado entre los docu- 
mentos oficiales y la verdad de las cosas, 3' ninguno hará 
por esto más difícil la tarea de los venideros historiadores. 
El futuro investigador de archivos oficiales encontrará que 
todos los gobiernos han obrado con la mejor buena fe, que 
á todos ha guiado el amor más puro de la justicia, y si 
quiere, como Gregorovius, rehabilitar á los más altos per- 
sonajes, nada le será más fácil que hallar documentos de 
los cuales se deduzca que todos los Reyes fueron ejempla- 
res y todas las Reinas virtuosísimas. 

El excelente Pastor Díaz BegUÍa y aun exageraba, como 
digo, esa costumbre, y como pecaba de noel [caloso, m> eran 
sus cartas tales que pudiesen rivalizar en abandono, ezac 
titud é interés con las de un d'Avaux 6 nn Temple. La ver 



dad es que no tenía las condiciones requeridas para un di- 
plomático: ninguna malicia, ninguna actividad, ningún co- 
nocimiento del mundo. No era más que un poeta elegante 
y un publicista elocuente, á quien la ambición había juga- 
do una mala pieza, sacándole del paseo del Prado y de la 
tertulia del Ateneo. Había nacido para la vida del profesor, 
y él mismo decía que no era otra cosa que un buen estu- 
diante. Fué más adelante Ministro de Estado y Plenipo- 
tenciario en Lisboa, sin que cambiara por eso su carácter,, 
y falleció al fin en edad relativamente temprana. Su dispo- 
sición melancólica le hizo decir en una de sus poesías, con 
la exageración propia de los románticos: 

De mi existencia oscura, solitaria, 
No quedará ni voz ni sombra leve, 
No habrá en mi losa funeral plegaria, 
Nadie que un ¡ai/! sobre mis restos lleve. 

Pero sus amigos no le olvidan, y por mi parte recuerdo 
siempre con placer las horas agradables que pasamos jun- 
tos en Turín. 

El Cuerpo diplomático no era entonces muy numeroso- 
en aquella capital, en razón á que el Piamonte estaba casi 
reñido con Rusia y la Santa Sede, y mantenía relaciones 
sumamente tibias con algunas otras naciones. Había, con 
todo, Ministros y Encargados de negocios de varias de 
ellas. La Francia tenía allí al Duque de Gramont, á quien 
más tarde tocó la mala suerte de dirigir la política extran- 
jera en las postrimerías del segundo Imperio, y de atraer 
sobre su país calamidades de toda especie. Era buen mozo, 
amable y de talento nada común, mas su carácter valía 
menos; pecaba de presuntuoso y ligero. Casado con una 
señora inglesa fea, pero rica, vivía con esplendidez y su 



135 

casa era una de las ruás hospitalarias de Turín. Habiendo 
resuelto Napoleón III hacer la guerra á la Rusia, en unión 
de Inglaterra, esforzábase Gramont en ganar el ánimo de 
Cavour á su partido, y no le fué difícil conseguirlo, pues 
nada le convenía tanto al Ministro sardo como adquirir la 
amistad y el reconocimiento de las Potencias occidentales. 

Sir James Hudson, Ministro de Inglaterra, tenía tam- 
bién una gallarda presencia y algunos le suponían hijo na- 
tural de Jorge III, de lo cual se reía mucho él mismo. Pare- 
cíase, sin embargo, bastante á aquél Monarca, cuj r a apos- 
tura y elegancia le hicieron en su tiempo rival del famoso 
Brummel. Tenía Hudson bastante talento y un carácter 
afable, aunque acompañado de esa propensión á la extra- 
vagancia que procede, en mi sentir, del exceso de indivi- 
dualidad, propio de la raza normanda. Recuerdo, entre 
otras excentricidades suyas, que cuando se celebraron los 
funerales de la Reina Adelaida, fallecida en aquel tiempo, 
se salió á fumar mientras el Arzobispo de Genova pronun- 
ciaba el panegírico de aquella excelsa señora. Pero todo se 
le perdonaba en gracia de su entusiasmo por la causa de 
Italia. 

Seguía Hudson, al mostrar ese entusiasmo, la política 
iniciada por Palmerston, quien poco después de la elección 
de Pío Nono, mandó á Lord Minto para que luciese un viaje 
de propaganda por toda la península, comenzando por 
Turín y acabando por Ñapóles. Aquel diplomático ambu- 
lante contribuyó mucho con sus consejos á terminar las 
vacilaciones de Carlos Alberto, decidiéndole a dar una 
Constitución, á ejemplo de lo que ya babían hecho .'i Rey 

de Ñapóles y el Papa, y se mostró tan partidario de la ¡11 
dependencia de Italia, (pie hizo nacer en el ánimo del LV\ 
sardo las más lisonjeras esperanzas de un apoyo moral de 



136 

la Gran Bretaña. Continuaba Hudson la misma táctica de 
Minto, y como el gobierno de su país estaba entonces uni- 
do al de Francia, empleábase activamente, cual Gramont, 
para obtener la cooperación de Cerdeña en la guerra que 
aquellas dos naciones iban á emprender contra la Rusia. 
Y cuando terminada aquélla, empezó la lucha decisiva en- 
tre la Cerdeña y el Austria, Hudson siguió alentando á los 
piamonteses y los excitó constantemente á no detenerse 
en su marcha victoriosa hasta no ver realizada al fin la 
independencia y la unidad de Italia. 

Tenía Hudson por Secretario á un tal Mr. Erskine, des- 
cendiente del gran jurisconsulto de este nombre, y perso- 
na tan amable como entendida. Su mujer, dotada de gra- 
cia y talento, disfrutaba de una posición excepcional. Siem- 
pre hay en todo Cuerpo diplomático alguna dama que sea 
su principal adorno y ejerza sobre él una influencia reco- 
nocida. Missis Erskine tenía ese privilegio en Turín. A ella 
le hacían la corte los agregados; á ella le regalaban todos 
sus colegas por año nuevo cajetas de bombones y flores; 
todos la aplaudían cuando cantaba, aunque su voz era me- 
-diana, y todos admiraban su belleza, á pesar de que ya em- 
pezaba á ser algo madura. Ella á su vez, recibía á menudo 
y nos daba un excelente té, acompañado de toda clase de 
golosinas. Allí se departía sin ceremonia y con aquella de- 
cente libertad, propia de personas cultas. 

Ministro de Prusia era el Conde Brassier de Saint Si- 
món, singular también, aunque de un género eminente 
mente germánico. No había heredado título alguno nobi- 
liario, pero deseando tenerle, empezó á firmar todas las 
cartas que dirigió al Rey su Señor de esta curiosa manera: 
Brassier de Saint Simón, que debería ser Conde. Menudeaban 
bastante las tales cartas, porque el Rey de Prusia de en- 



137 

tonces, que era Federico Guillermo IV, gustaba mucho de 
•corresponder directamente con sus Ministros y aun se per- 
mitía bastante familiaridad con ellos. Así, verbi gracia, 
Brassier me enseñó una vez una carta de aquel Soberano 
en la cual le decía que esperaba su respuesta con impa- 
ciencia antes de ir á los baños, y á fin de demostrárselo 
mejor le pintaba, á la pluma, una cigüeña con una pata 
encogida, en el acto de querer tomar su vuelo. Frecuentes, 
pues, eran las ocasiones que tenía Brassier de poner aque- 
lla significativa firma; y tanto hubo de repetirla, que al fin 
el Rey tomó la resolución de conferirle el ambicionado 
título. 

Otra extravagancia todavía mayor del Conde de Bra- 
ssier era que se había dado al espiritismo, locura renovada 
de Svedenborg y bastante común en el siglo xix, á pesar 
de la ilustración de que blasonó. Creía poder conversar con 
las almas del otro mundo, y estaba tan alucinado, que á 
un amigo suyo, el cual se hallaba á la sazón muj* afligido 
por la pérdida de su hija, le dijo con la mayor formalidad 
que si tenía deseos de saber de ella, podría ponerle en co- 
municación con su espíritu. Manía singular, que ha tenido 
y tiene aun bastantes secuaces, no obstante que está sólo 
fundada en patrañas y disparates imposibles. Por lo de- 
más, el Conde de Brassier desempeñaba bien su pape] di 
plomático, el cual consistí;! <>n apoyar al Austria, pero de 
tal manera, que esto no disminuyese demasiado la amis- 
tad que le convenía conservar con el Piamonte. 

IÍ1 Austria misma no tenia Ministro en Tiuín, sino mi 

simple Encargado «le negocios, <|n< i <>ra el amable y oaba 

lloroso Conde de l'aar, el Cual fué después Ministro en va 

rias Cortes y por último Embajador en Roma .^n habilidad 
y prudencia !<■ hicieron mantener sti propia dignidad y la 



138 

de su gobierno en medio de las circunstancias más difíciles. 
Su particularidad, porque no hay casi ningún diplomático 
que no la tenga, era la manía del anticuario. Llenas esta- 
ban sus salas de toda clase de cachivaches y había que 
andar por ellas con cuidado, para no darse un coscorrón 
con alguna armadura ó alguna estatua. 

Más difícil todavía era en aquel tiempo la posición del 
Encargado de negocios de Ñapóles, por ser casi públicas 
las intrigas fomentadas por el Conde de CaTour á fin de 
agitar aquel reino. Mas por suerte el caballero Canofari po- 
seía todas las condiciones necesarias para disimular bien 
tales hechos é imponer respeto á sus adversarios. Hombre 
de salón, astuto y ocurrente, ganaba con facilidad las sim- 
patías de todo el mundo, y no pocas veces suplía con su 
agudo ingenio á la falta de argumentos y á la debilidad de 
su posición. Conseguía casi que los piamonteses olvidaran 
que representaba al Rey más enemigo de la libertad y de 
las reformas. 

El Vizconde de Yonghe representaba la Bélgica en ca- 
lidad también de Encargado de negocios. Más tarde fué 
Ministro plenipotenciario en San Petersburgo y Viena, y 
en todas partes hizo un papel muy distinguido, porque te- 
nía las cualidades de su nación: era formal, inteligente y 
activo. Lord Chesterfield recomendaba mucho á su hijo 
que buscase y tratase en todas partes con preferencia á 
los diplomáticos sardos, los cuales á causa de las miras 
ambiciosas que ya desde entonces abrigaba aquel peque- 
ño país, eran personas cuidadosamente escogidas y solían 
tener más empeño y más habilidad que otros para procu- 
rarse toda clase de noticias. Pues en el siglo presente pue- 
de decirse esto mismo de los diplomáticos belgas, aunque 
por una razón diferente, la cual es que como aquel Estado, 



139 

no sólo es también pequeño, sino que excita mucho la co- 
dicia de sus vecinos, teme sobremanera cualquiera guerra 
europea que pusiese en peligro su independencia, y procu 
ra tener siempre agentes de conocida capacidad para que 
le pongan al corriente de las intenciones de cada gobier- 
no. Y con efecto, Yonghe era incansable en averiguar no- 
vedades y estaba siempre muy bien informado de cuanto 
sucedía en Turín. 



•••*••• 



CAPITULO XL1V 
Turin, de 1854 á 1855. 



El Key Víctor Manuel.— Sus cualidades y defectos.— lia sido uno de los Soberanos 
más notables de este siglo. — Circunstancias que le favorecieron. — Obstinación 
del Austria.— Ceguedad de los demás Monarcas de Italia. — Deseo general de 
independencia. — Espíritu liberal del siglo.- — Talento del Conde de Cavour. — 
Auxiliares y precursores de óste. — Los publicistas y las sectas. — El fallecimien- 
to de las dos Reinas y del Duque de Genova llena de luto á Turin. — Elogio de 
ambas Soberanas. — Una carta de la Marquesa de Arvillars, dama de honor de 
la Reina Adelaida. — Pasión de Carlos Alberto por la Condesa de Robilant. — 
Visitas en día ñjo. 



Suenen ahora clarines y tambores, porque voy á hablar 
del famoso Víctor Manuel, Rey primero de Cerdeña y des- 
pués de toda Italia. A los pocos días de nuestra llegada á 
Turin, tuvo Pastor Díaz la honra de presentarle sus cartas 
credenciales y yo la de acompañar á mi jefe en aquella so- 
lemne ceremonia y ser presentado por él al Monarca sar- 
do. Estaba éste'á la sazón en la flor de sus años, y su as- 
pecto era ágil y marcial. Con el tiempo fué tomando una 
obesidad que degeneró en excesiva y casi ridicula. La 
estatua de bronce que le alzaron los florentinos poco antes 
de su muerte le representa tan barrigudo que recuerda in- 
voluntariamente á (¡uillermo el Conquistador, «le quien 
decía por burla Felipe de Francia qne estaba, embarazado 
y no tardaría en parir algo sorprendente. 

Las facciones de Víctor Manuel eran comunes: ojos sal 
tonos, nariz respingada y una boca enorme, la cual oculta- 



142 

ba con unos bigotes de desaforadas y nunca vistas dimen- 
siones. Afectaba aires de Rey ciudadano, pero tenía algunos 
asomos de la tiesura austríaca. Con todo, era amable y aun 
campechano, á poco que couociese bien á su interlocutor. 
A nosotros nos recibió con mucho agasajo. 

El carácter y los gustos de aquel Monarca eran confor- 
mes á su fisonomía: una mezcla singular de grandeza y 
vulgaridad, de altivez regia y familiaridad de soldado. 
Mostrábase afable, mas sabía ser Rey cuando era necesa- 
rio. Y en cuanto á sus gustos, lo mismo le daba comer ajos 
y.pan duro que comer pavos trufados. Era gran cazador, y 
pasó mucha parte de su vida matando gamos y pájaros. 
No fué nunca místico como su padre; pero cumplía públi- 
camente sus deberes religiosos. Aunque estuvo casado dos 
veces, y siempre con mujeres hermosas, no fué nunca un 
marido fiel ni dejó jamás sus galanteos, mostrando en ellos 
también aficiones bastante bajas. Decía él mismo que no 
quería ser como su padre, el cual anduvo siempre enamo- 
rado de señoras; y sus amores eran con mujeres de la so- 
ciedad equívoca, modistas, bailarinas y mozuelas del pue- 
blo. Puédese, pues, decir que era un hombre disoluto, un 
ánima perduta. 

En aquel tiempo tenía ya tratos amorosos con una cier- 
ta Rosina, con la cual se casó al fin morganáticamente 
cuando se vio más adelante atacado de una grave enferme- 
dad, que le puso á las puertas de la muerte, y díjose enton- 
ces que á ello le había inducido mucho el General Menabrea, 
á la sazón Presidente del Ministerio, á fin de que tranqui- 
lizase su conciencia. Era la Rosina viuda de un tambor 
mayor y mujer muy vulgar, de estas que ponen ambos co- 
dos sobre la mesa y hacen candelero de una botella. Por 
lo demás, siendo joven y hermosa, dio al Rey un hijo y una 



143 

hija; ambos de gallarda presencia. El hijo, á quien hizo 
Conde de Miraflori, casó con una Condesa Larderel, de 
Florencia; la hija se unió en matrimonio con un Marqués 
Spínola, de Genova. Amábalos mucho el Rey y solía decir 
<¡ue eran bastante más bellos que los otros hijos que tenía 
de su mujer austríaca. En fin, diré para completar este 
retrato, que Víctor Manuel era sumamente gastador, y 
como gastador, dadivoso, y que en más de una ocasión pa- 
gó las deudas de algunas personas á quienes tenía cariño; 
pero á su vez se hizo también pagar las suyas por ciertos 
Ministros complacientes. 

Todo esto no hace á la verdad el elogio de la moralidad 
de aquel Rey, y es bien seguro que, si en lugar de ser cons- 
titucional, hubiese imitado en lo reaccionario á Fernando 
de Ñapóles, la prensa liberal le hubiera presentado al mun- 
do como una especie de Sardanápalo. En vez de eso le de- 
nominaron Rey galantuomo, olvidándose de sus vicios y no 
recordando más que la lealtad con que había cumplido sus 
deberes de Soberano constitucional y libertador de Italia. 
Tenía además algunas cualidades muy brillantes. Era osa 
do y valiente. Ha habido siempre diversas clases de Reyes. 
Algunos se han limitado á dirigir los negocios públicos 
desde el fondo de un gabinete: no pocos se han acercado 
bastante á los campos de batalla, aunque sin exponer mu- 
cho su persona; otros, en fin, han peleado como soldados, 
sin temor á las espadas ni á las balas. A esta última clase 
pertenecía Víctor Manuel. Si no era un gran General, cual 
(íustavo ó Federico, era un buen militar, como los < 'arlos 
y Guillermos. Tuvo también el gran mérito de comprender 
el estado de Europa y de Italia y «le recocer con mano ani 
DlOia la bandera (pie cayó vencida en Novara. Ademas, 
oouociondo (pie su causa estalla unida a la de la libertad. 



144 

jamás mostró la menor veleidad de abandonar ó modificar 
el Estatuto otorgado por su padre; jamás dio un paso atrás 
en la lucha emprendida por aquél á fin de emancipar á 
Italia. El partido reaccionario no le perdonó ninguna de 
estas cosas; mas por ventura ¿no confiesa el mismo De 
Maistre que el diámetro del Piamonte no correspondía al 
valor y grandeza de la Casa de Saboya? ¿No había tratado 
ya el Rey Carlos Manuel de conquistar la Lombardía, sien- 
do así precursor de Carlos Alberto y de su hijo? Si esto 
pareció natural en un Monarca absoluto, ¿por qué tantos 
aspavientos y hazañerías cuando quiere hacer lo mismo 
otro que es constitucional? Es claro que esta última cir- 
cunstancia es la sola causa de la crítica. 

Como quiera, el éxito del Monarca sardo ha sido tal 
que, si no me equivoco, dentro de algún tiempo, cuando se 
quiera clasificar con justicia á los Soberanos del siglo xix, 
la Historia imparcial deberá decir que los dos más nota- 
bles han sido Guillermo de Prusia y Víctor Manuel de Cer- 
deña, puesto que el uno ha creado la unidad de Alemania 
y el otro la de Italia; dos grandes hechos que son á su vez 
los más notables de esta centuria, 

Más de un lector dirá ahora que la tarea de Víctor Ma- 
nuel fué muy facilitada por las circunstancias. Así ha sido 
en efecto: yo mismo acabo de indicarlo en un capítulo an- 
terior, y como prueba de imparcialidad quiero ahora re- 
memorarlo más detalladamente. En primer lugar, fué cir- 
cunstancia niuy favorable la alianza con Francia y con 
Alemania, debida en parte á la fuerza de las cosas y en 
parte á la habilidad de Cavoury sus sucesores. En segun- 
do lugar, y aunque parezca una paradoja, la conducta obs- 
tinada del Austria, porque si esta nación se hubiese con- 
tentado el año 15 con establecer uno de sus Archiduques 



145 

en el trono de Lornbardía, como ya había establecido otros 
entre Toscana y Módena, de manera que la Italia toda 
quedase libre de dominación extranjera, es casi seguro 
que no habría habido nunca una guerra de la independen- 
cia, y por consiguiente no habría hallado el Piamonte la 
oportunidad de engrandecerse, proclamando ese sagrado 
principio. Hubiera habido á lo más revoluciones interiores 
y alguna lucha entre los Estados italianos; pero no esa 
gran guerra que hizo necesarios tan extraordinarios es- 
fuerzos y trajo consigo la unidad de Italia. La obstinación 
del Austria puede, pues, considerarse como una de las cau- 
sas principales del triunfo del Monarca sardo. 

Vinieron luego á auxiliarle la ceguedad de los demás 
Soberanos de la península, y sabido es cómo lo hicieron. 
El Romano Pontífice, cuyos predecesores habían luchado 
con constancia por tantos siglos para expulsar á los ex- 
tranjeros, proclama de repente el nuevo principio de que 
un Papa no puede hacerla guerra á una nación cristiana, 
y esta teoría no sólo le incapacita para presidir, como al- 
gunos querían, una Confederación italiana, sino que vino 
á constituir una renuncia implícita del poder temporal 
qne había poseído por tantos siglos. El Gran Duque de 
Toscana y el Rey de Ñapóles, enfeudados, el uno al Aus- 
tria y el otro á la Rusia, y temerosos ambos de una revo- 
lución interior, negáronse también á formar parte en la 
guerra, y enajenándose con ello el ¡'mimo de sus pueblos, 

hicieron que éstOS n<> opusieran casi resistencia á la inva 
sión del Piamonte. 

Hay que añadir también a estas causas el «leseo de m 
dependencia, natural siempre en el hombre y aumentado 
en este siglo por el espíritu liberal reinante. En diversas 
épocas había querido la Italia realizar su emancipación; 

Tomo II 10 



146 

pero la codicia de naciones más poderosas, tales como 
Austria, España y Francia, unida á la división del país en 
pequeños Estados, le habían opuesto para ello un obstácu- 
lo insuperable. En el siglo presente, ese mismo deseo de 
independencia había llegado á ser general é irresistible, y 
la desgracia de Austria fué no reconocerlo á tiempo, como 
lo fué la de España el no reconocer á tiempo un espíritu 
igual de parte de los holandeses y flamencos. Porque si lo 
hubiesen reconocido á tiempo, ni la España hubiera per- 
dido á Portugal, ni el Austria se hubiera visto humillada 
en una guerra desastrosa, obligada á mendigar el auxilio 
de la Rusia para someter á los húngaros y desposeída al 
fin de la hegemonía secular de que disfrutaba en Alema- 
nia. ¡Lecciones memorables, que harían bien en meditar 
los hombres de Estado! 

Queda, en fin, por mencionar otra circunstancia suma- 
mente favorable para Víctor Manuel, cual fué la de poder 
confiar la dirección de su política á un estadista tan nota- 
ble como el Conde Camilo Cavour. Porque también hay 
Ministros y Ministros, como hay Reyes y Reyes. Unos son 
elocuentes doctrinarios, cu} T o tipo más acabado fué Gui- 
zot; otros son reformistas sensatos á la manera de Russell, 
y otros bienhechores de la humanidad, cuyo modelo fué 
Peel. Distínguense Canning y Palmerston por su tenden- 
cia á proteger toda clase de revueltas, mientras que N ar- 
ráez y Schwargenberg fueron enérgicos defensores del 
orden. Mas á todos vencen en gloria aquellos que, como 
Bismarck y Cavour, han sido conquistadores y fundadores 
déla grandeza de su patria. Al día siguiente de nuestra 
llegada á Turín fui á visitar al célebre Ministro sardo, 
acompañando á Pastor Díaz, y como éste hablaba enton- 
ces poco el francés, tuve yo el honor de mantener la con- 



147 

versación, y recuerdo que no me cansaba de mirarle. Era 
grueso y pequeño de cuerpo y llevaba siempre espejuelos 
de oro. Sus maneras eran urbanas; tenía, sin embargo, más 
aire de abogado que de noble. No había nada exagerado 
en sus facciones, y su cara redonda me recordaba las de 
Pacheco y Bravo Murillo. Pero lo que le daba una fisono- 
mía particular eran sus ojos, que tenía siempre algo entor- 
nados, con una expresión maliciosa, y su boca, donde se 
percibía también de continuo una sonrisa irónica. El ta- 
lento, la sagacidad, la astucia estaban pintadas en aquel 
semblante. Vile muchas veces durante mi permanencia en 
Turín, y siempre me hizo una impresión muy notable. 

A la rara capacidad de este Ministro, preciso es confe- 
sarlo, debió sin duda alguna Víctor Manuel mucha parte 
de su éxito, porque si bien existían, como acabamos de ver- 
lo, muchas circunstancias que le.aj'udaban, es permitido 
dudar de que hubieran sido suficientes, sin la habilidad que 
tuvo Cavour para hacerlas nacer ó para aprovecharse de 
ollas. Digamos, con todo, sin quitarle con ello mérito alguno, 
que aquel hombre de Estado tuvo á su vez mucho que agra- 
decer á otros hombres políticos de aquella época. Es esta 
una ley de la Historia. Todo grande estadista necesita pre- 
cursores y cooperadores que se hallen poseídos de su mismo 
espíritu, y Cavour los tuvo en todas partes. Bulbo, Giobei 
ti y Azeglio le prepararon el terreno con sus escritos. Rica- 
soli en Toscana, Pasolini en Romana y Minghetti en la 
Emilia, fueron eminentes auxiliares de su política, mien- 
tras que Persano y Villamarina en Ñapóles y Boncompag 
ni en Toscana disponían los ánimos con sus Intrigas para 

la anexión de aquellos países al nuevo Reino de Italia. Kn 
Piamonte mismo podía contar con los talentos de un I libra 

rio, un Ratazzi y un Lamármora, 



148 

Servía también á sus designios la secta masónica, la 
cual ha caído últimamente en bastante descrédito y ofrece 
un lado muy ridículo en sus ceremonias y mojigangas, 
expuestas ya con tanto chiste por Leo Taxil y otros escri- 
tores. Mas á pesar de que todos se burlan del cafetero al- 
quilado para víctima, cuya cabeza parecía cortada en cier- 
to rito de venganza, no es menos cierto que la masonería 
ha sido y sigue siendo una fuerza no despreciable. Sus tí- 
tulos de Hermano tres puntos } T Caballero Kadosch sedu- 
cen la vanidad de los jóvenes, y la ayuda que mutuamen- 
te se prestan, agrada á la ambición de los viejos. El solo 
hecho de ser una asociación organizada y dirigida, la hace 
muy á propósito para influir en las luchas políticas. Ella 
secundó indudablemente los designios de Cavour, propa- 
gando el liberalismo en todas las comarcas de Italia. 

Pero la secta política que más influjo ha ejercido en la 
transformación final de la península ha sido la llamada 
Joven Italia, cuyo fundador y director fué Mazzini y la es- 
pada Garibaldi. En uno de mis capítulos relativos á Roma 
traté ya de exponer su carácter. La masonería como secta 
política, deriva del filosofismo descreído de los enciclope- 
distas; la Joven Italia ha nacido del Contrato social. Rous- 
seau produjo á Robespierre y Robespierre produjo á Maz- 
zini. Ambos se inspiraron en aquel pequeño libro. Mazziui 
con su lema de Dios y Pueblo era su representante más- 
genuino en Italia, y aunque los desmanes cometidos por su 
secta la hacían sumamente odiosa, Cavour tuvo la habili- 
dad de servirse de ella sin dejarse intimidar por las arte» 
ocultas de aquel fanático tribuno, ni por la popularidad de 
Garibaldi. 

Pero volvamos á hablar nuevamente del Rey Víctor Ma- 
nuel y de la Real familia. ¿Qué tristes gemidos resuenan 



149 

■en el Palacio Real de Tarín? ¿Por qué la Corte se ha vesti- 
do de luto? Es que tres sucesivas desgracias han visitado 
•crneluiente á la familia Real de Cerdeña. En el espacio de 
•dos meses, la Reina Madre, María Teresa, la Reina Adelai- 
da, esposa del Rey y el hermano de éste, Fernando, Duque 
■de Genova, habían bajado repentinamente al sepulcro. La 
madre de Víctor Manuel era una Archiduquesa toscana, 
con quien casó Carlos Alberto poco antes de ser desterra- 
do á Florencia por sus tendencias liberales del año 20, y ya 
he referido que vivían allí en el Poggio Imperiale y que en 
aquella amena residencia nació Víctor Manuel. 

No consta que la Reina María Teresa fuese bella; pero 
todos convienen en que era virtuosa, amable y discreta. 
Imitando, como otras tantas Soberanas, á la admirable y 
santa Doña Isabel de Portugal, sufrió con ejemplar pacien- 
cia las continuas infidelidades de su esposo Carlos Alber- 
to, cuya falta de delicadeza llegó al extremo de tomar por 
amiga á la misma dama de honor de aquella Augusta Se- 
ñora. En cuanto á María Adelaida, esposa de Víctor Ma- 
nuel, todos decían que no sólo era bondadosa, sino tam- 
bién linda y digna de ser amada. Su padre fué aquel Ar- 
chiduque Raniero, que gobernó por algún tiempo la Lom- 
bardía con ánimo ilustrado y supo conquistar el cariño do 
los italianos y la opinión de Príncipe liberal, que ha tran* 
mitido á sus descendientes. Pero la desgraciada Adelaida 
no pudo fijar tampoco el corazón de Víctor Manuel, y tuvo 
que sufrir, como su suegra, las infidelidades de un esposo, 
inclinado á toda clase de amoríos. 

Con motivo do la muerte de estas doa Boberanas hubo 
<mi la Catedral unas honras muy solemnes, en las cuales 

ostentó la iglesia un gran lujo do cortinas y arañas, según 

es costumbre en «'asi todos los templos católicos, aunque á 



150 

mi parecer sea todo ello de un gusto muy criticable. Porque 
en primer lugar las cortinas y pabellones ocultan la her- 
mosa arquitectura de las iglesias, y las afean considera- 
blemente. Quítanles, además, mucha parte de su carácter 
religioso, y unidas á las arañas, las convierten en salas de 
baile. Mejor sería tal vez que fuesen adornados solamente 
los altares, y que las iglesias, libres de colgajos de toda es- 
pecie, conservasen su solemne carácter y su buen diseño. 

En todas estas solemnidades fueron escuchadas muy be- 
llas oraciones fúnebres, entre las cuales se distinguió mu- 
cho la de la Reina Adelaida, pronunciada por el Arzobispo 
de Genova. Las virtudes de aquella excelsa Señora, unidas 
á su belleza y á su temprana muerte, prestaban mucha ma- 
teria para el empleo de la elocuencia. Y sin embargo, otro 
panegírico todavía más hermoso hizo de ella la Marquesa 
de Arvillars, y fué con este motivo. Deseaba mucho Pastor 
Díaz enviar á nuestra Corte una noticia detallada y verda- 
dera del carácter y cualidades de aquella Reina, y pare- 
ciéndole lo más sencillo pedírsela á una persona que la co- 
nociera íntimamente, se dirigió á su dama de honor, que 
era la Marquesa. La respuesta de esta amable dama fué 
escrita como sólo saben hacerlo las mujeres, y era tal la 
naturalidad de su estilo y la belleza de sus conceptos, que 
entusiasmado con razón Pastor Díaz se limitó á enviar á 
Madrid una copia de ella, considerándola el documento 
más apropósito para dar á la Reina y al Gobierno una idea 
exacta del carácter de la ilustre difunta y de la veneración 
que había inspirado á los que tuvieron la dicha de verla 
con más frecuencia. 

Además de la Marquesa de Arvillars, dama de honor 
de la Reina Adelaida, debo mencionar aquí á la Condesa 
de Robilant, la cual lo era de la Reina Madre. La primera 



151 

no podía decirse bella, siuo inteligente y graciosa. Una hija 
suya, llamada Inés, que tenía las mismas amables dotes 
que su madre, fué más adelante conocida en Madrid, á don- 
de pasó acompañando á su marido el Conde Dragonetti, 
Secretario particular del Príncipe Amadeo. La Condesa de 
Robilant, nacida de noble estirpe en Baviera, era una her- 
mosura alemana, alta, rubia, fresca y un tanto desdeñosa, 
sin dejar de ser afable. Había visto á sus pies al voluble 
Carlos Alberto, y según la crónica mundana, no había éste 
suspirado en vano. Acreditaba este rumor una circunstan- 
cia bastante común en los casos de esta especie, y era que 
por obra del diablo, el joven Conde de Robilant, hijo de la 
Condesa, el mismo que fué luego Embajador y Ministro de 
Estado, se parecía extraordinariamente á aquel Soberano. 
Es notable asimismo que Carlos Alberto le manifestó siem- 
pre mucho cariño y que otro tanto hicieron sus dos suce- 
sores. 

Tanto la Condesa como la Marquesa recibían á sus ami- 
gos los domingos por la tarde, y en general casi todas las 
señoras de Turín tenían también para esto un día fijo. Se- 
gún algunos autores, semejante costumbre es muy antigua. 
Otros sostienen, al contrario, que fué establecida en tiempo 
de la Restauración, y la atribuyen nada menos que á los Re- 
verendos Padres Jesuítas. Cuentan que en aquella época de 
reacción política y religiosa, hubo más de ana señora, entre 
las más devotas del barrio de San Germán, las cuales se 
quejaron á sus confesores de que cuando algún caballero 
libertino las hallaba solas, solían verse muy apuradas para 
poner coto á sus atrevidas Impertinencias. Propusiéronles 
los tíllenos Padres que «'errasen la puerta de sus casas á 
las personas de esa especie; pero el hacerlo no era fácil, ni 

menos podían tampoco dejar enteramente de recibir risi 



152 

tas. Entonces discurrieron los prudentes confesores y 
adoptaron las recatadas damas el ingenioso recurso de 
recibir solamente un día fijo en cada semana, por cuyo 
medio, siendo muchas las personas que acuden, ni dejan 
de ver á sus amigos, ni corren el riesgo de hallarse solas 
con ninguno. 



■~*52H£&r- 



CAPITULO XLV 



Turin, de 1854 á, 1855. 



Carácter legitimista de la aristocracia de Turin — Familias de San Marsano, Cara- 
glio y Cisterna. — Salones de la Marquesa Alfieri y de las Condesas de Carpe- 
neto, Mestiatis y Buil. — Tertulia de la Marquesa Doria.- — La bella Condesa 
Castiglione. — Elegancia del teatro Regio. — Gran boga del Tttgoletto de Verdi. — 
El teatro Carinan y la Compañía de Gustavo Módena. — Compañía francesa 
de Meynadier. — Su variado repertorio. — Gran concurrencia en los espectáculos 
públicos — Afluencia de forasteros en Turin. — Tranquilidad y buena adminis- 
tración del país. — Ministros que ayudaban á Cavour. — El General Lamármora. 
Dabónnida. — Cibrario y Ratazzi. 



La aristocracia de Turin es una de las más ilustres de 
Italia y trae su origen de las armas. En todos tiempos los 
nobles piamonteses y saboyanos han militado en el ejérci- 
to, ocupando la mayor parte de sus cargos. Además, cual- 
quiera que haya sido la ambición de la Casa allí reinante, 
ellos no han cambiado de Rey ni de dinastía; por consi- 
guiente, pueden considerarse como legitimistas. Segura- 
mente hay allí diferencias de opiniones, como en todas 
partes; mas no la hay de sentimientos monárquicos. Las 
familias más notables son en general de opiniones libera 
les y han visto con aprobación la actitud resuelta y patrió' 
tica (lela Corona; pero de todos modos, tanto las personas 
de eso color político como los mismos clericales, todos res- 
petaban á Víctor Manuel II y respetan ahora ;'; Víctor M.i 
miel III como :i su único y legítimo Soberano, todos est;m 



154 

en esto de acuerdo y prestan con ello á la sociedad de Tu- 
rín un carácter más homogéneo que el que tienen otras 
ciudades de Italia. 

Este privilegio ha sido confirmado después por su mis- 
ma posición de capital destronada, porque en virtud de 
ella háse quitado de encima la turba más ó menos plebeya 
que acompañó á Diputados y Senadores, primero á Floren- 
cia y después á la misma Roma, refugio hoy de toda clase 
de descontentos y pretendientes. En Turín, pues, está 
siempre el corazón del país. Allí está el fuerte núcleo, li- 
beral pero monárquico, que ha servido para formar la Ita- 
lia y sirve aún para mantenerla, puesto que sostiene á la 
dinastía. Y como todavía residen en aquella ciudad tanto 
los Duques de Genova como la Princesa Leticia y los hijos 
del difunto Amadeo, esta circunstancia le conserva tam- 
bién mucho aspecto de Corte. 

Por de contado no existen en aquella pequeña ciudad 
nobles tan opulentos como los Piombinos, Dorias y Torlo- 
nias de Roma; pero no deja de haber allí casas bastante 
ricas, tales como los Marqueses de San Marsano y Cara- 
glio y los Príncipes dé la Cisterna. Esta última familia es 
de las más antiguas de Italia, y vemos que una dama per- 
teneciente á ella acompañó á la Princesa de Saboya cuan- 
do fué á contraer matrimonio con el hermano de Luis XIV. 
Otra Princesa de la Cisterna casó en nuestro tiempo con 
el Príncipe Amadeo y fué con él á reinar en España. Su 
madre era una señora ruuy extravagante, pero supo darle 
á su hija una educación esmeradísima. 

A causa del luto de la Corte no se celebraron aquel año 
muchas fiestas en los salones de Turín. Había, esto no obs- 
tante, pequeñas reuniones y aun bailes llamados de con- 
fianza, porque mientras haya jóvenes encontrarán siempre 



155 

ocasiones de moverse al compás de una música cualquie- 
ra. Recibían, principalmente, una distinguida Marquesa, 
la de Alfieri, y tres amables Condesas, la de Carpeneto, la 
Mestiatis y la Buil. La primera era hija de un hermano de 
Cavour, saboyano de pura sangre, que usaba aún de la len- 
gua francesa para pronunciar sus discursos en la Cámara, 
cosa que en aquel tiempo estaba todavía permitida. La 
cara de la Marquesa no era bella. El cuerpo recordaba, por 
su pequenez y gracia, las figuritas de Sajonia. Poseía mu- 
cho ingenio y se explicaba con originalidad y nobleza, mer- 
ced á cierto baño de literatura que había recibido de bue- 
nos maestros. Sus saraos tenían un tono exclusivo y parti- 
cularmente elegante. Elegantes asimismo eran sus moda- 
les, hasta el punto de pecar por algún exceso. Sus corte- 
sías, sobre todo, eran tan desmedidamente profundas, que 
cierto joven inexperto, viéndolas por la primera vez, creyó 
que se caía al suelo y corrió á sostenerla. El Marqués, su 
marido, era sobrino del célebre poeta de su mismo nom- 
bre, del autor del Órente, y nieto de otro Marqués que había 
sido Embajador de Cerdeña en la Corte de París, donde 
dejó mucha fama por su trato agradable y por el lujo que 
ostentó en libreas y banquetes. El joven Alfieri de en- 
tonces parecía entrar en la carrera política bajo los niejo- 
. res auspicios posibles, puesto que reunía talento, instruc- 
ción, bienes de fortuna, un ilustre nombre y la alianza con 
Cavour. Mas eso, no obstante, no logró subir en la escala 
de los honores tan alto como podía presumirse. Nace esto, 
probablemente, de que no quiso nunca afiliarse del todo 6 
una bandería política, conservando un criterio muy inde 
pendiente, mientras qne la experiencia enseña qne para 
medraren los países regidos por el sistema parlamentario 
es absolutamente preciso pertenecer con el cuerpo y el al 



156 

ma á cualquiera de los partidos que se disputan el mando. 

La Condesa de Carpeneto era una de esas buenas mo- 
zas, las cuales saben realzar la hermosura de la naturale- 
za con los adornos del arte. Su tuallet era siempre muy ad- 
mirada. La Mestiatis era pequeña y de talle no muy gallar- 
do. En recompensa su cara era linda y poseía toda clase de 
habilidades, como la Marquesa Capránica de Roma. Can- 
taba con primor y recitaba con naturalidad y gracia. La 
Buil empezaba ya á decaer y se sostenía á fuerza de ama- 
bilidad y agrado. Poseedora de bastantes bienes de fortu- 
na, los empleaba generosamente en divertir á sus amigos 
y andaba siempre inventando nuevos pasatiempos. En su 
casa tenían lugar comedias de sociedad, en las cuales ha- 
cía muy lucido papel la graciosa Mestiatis, especialmente 
en los proverbios de Octavio Feuillet, que entonces tenían 
mucha aceptación por el análisis tan fino que hace en ellos 
de las pasiones. 

Además de estas reuniones importantes, debo también 
recordar las tertulias algo más íntimas de la Marquesa 
Doria, las cuales eran particularmente divertidas, porque 
reinaba en ellas una notable franqueza. Algunos la critica- 
ban como excesiva; excusábala, sin embargo, el carácter 
alegre, pero prudente, de aquella fría coqueta. Aunque viu- 
da, era todavía joveu y se conservaba de muy buen pare- 
cer; era por extremo amable y agasajadora, sin más defec- 
to que cierta vanidad de su posición y persona, que le ha- 
bía merecido el apodo inocente de la bella pomposa. Pero 
aunque muchos la censuraban, todos querían concurrir á 
sus reuniones, y la verdad es que ella veía su casa tan fre- 
cuentada, que había podido tomar por lema, como la bella 
Julia de Angennes: «Me quieren todos». 

Ahora diré también alguna cosa de la célebre Condesa 



157 

Castiglione, que he dejado para la última porque las eclip- 
saba á todas. Era hija del Conde Alduini, Diplomático 
sardo, que fué mucho tiempo Ministro de su país en Lis- 
boa, y de una dama florentina, de (la familia Lanipo- 
recchio. 

Alta, flexible y elegante, podían los poetas compararla 
con la más esbelta palmera. Su lindo rostro parecía una de 
esas miniaturas en las cuales se notan casi las caricias de 
un enamorado pincel. Estaba en la flor de la juventud y 
podía aspirar en aquella época al premio de la belleza. Por 
fortuna para la paz de muchos corazones, aquella cabeza 
tan hermosa tenía poco seso. No diré que fuese tonta, pero 
sí sosa hasta un extremo increíble. Pasó algunos años 
después á París, y Madame Carette hace de ella en sus 
Memorias un retrato bastante parecido, representándola 
como una bella estatua, de aspecto duro y de corazón al- 
tivo y frío. Hubiera podido añadir lo que nadie ignora ya 
en el mundo entero, y es que el Emperador Napoleón III 
estuvo durante algún tiempo muy prendado de ella. No 
contento aquel Soberano con tener por esposa á nuest ra 
amable compatriota, reina de la elegancia y la belleza, 
quiso imitar los devaneos de Luis XIV y también de su 
célebre tío Napoleón I, sobre cuyas costumbres nos ha edi- 
ficado en sus Memorias la Condesa de Remusat, y se puso 
á hacer también alarde de amores y galanteos. Duró poco, 
sin embarco, su admiración por la linda Castiglione, y la 
reemplazó con una pasión más duradera por la Condesa 
Mariana Valeska, mujer de uno de sus Ministros. Era esta 
señora una florentina, bija del Príncipe Poniatouski, cuya 

aarigre, mezclada de polaca é italiana, le daba á la par gTfl 

cia y talento. Peqneña y gordita, como María Padilla \ 
Blanca Capelo, y menos hermosa que la Castiglione, la lie 



158 

vaba, sin embargo, mucha ventaja en la bondad de carác- 
ter y en las gracias del ingenio. 

La sociedad de Turín no se diferenciaba mucho de las 
de Roma y Florencia. Los hombres tenían dignidad y las 
señoras recato. Allí también habían desaparecido el chi- 
chisbeo y el cavalicr servente de antaño, y no quedaba ni 
aun rastro de las costumbres un tanto ligeras que pintaba 
un siglo antes el elegante escritor Hamilton en sus Memo- 
rias del Conde de Gramont. Habían bastado cien años 
para cambiar completamente toda la manera de ser de 
maridos y mujeres. Por lo demás, existían en Turín, lo 
mismo que en todas partes, excepciones á la regla, y era 
característico de aquella sociedad la multitud de oficiales 
vestidos siempre de uniforme que poblaban los salones, de 
tal modo que cada dama elegante tenía siempre en derre- 
dor suyo un Estado Mayor muy lucido. Los modestos fracs 
necesitaban mucha habilidad para acercarse á aquellas 
ninfas, defendidas celosamente por la flor del ejército 
sardo. 

Viniendo ahora al teatro, diré que eran tres los que ha- 
bía entonces en Turín. El Regio, el de Carinan y el de la 
calle de Angennes. Ejecutábanse en el primero óperas y 
bailes, y estando subvencionado, todo era excelente. A sus 
funciones concurría la principal nobleza y el Cuerpo di- 
plomático, al cual desde antiguo estaban reservados muy 
buenos palcos. Cada misión tenía el suyo, y Pastor Díaz 
se dio prisa á tomar el que le correspondía, á fin de no ha- 
cernos perder este agradable privilegio. El repertorio era 
el mismo que había en aquella época en toda Italia: Lucia, 
Lucrecia, Trovatore y Rigóletto. Este último era conside- 
rado ya como la obra maestra de su autor en aquella pri- 
mera parte de su prodigiosa carrera, así como en la según- 



15Í» 

da lo ha sido Aída. La abundancia y belleza de sus pro- 
ducciones le daban ya á Verdi un lugar preeminente entre 
los maestros contemporáneos. El cuarteto de Rigoletto con 
aquel contraste original entre las quejas de Gilda y la risa 
de Magdalena parecía una cosa admirable, y la canción que 
dice: 

La donna é mobile 
Qual piuma al vento, 

adquirió una boga tal, que á fuerza de ser repetida por or- 
ganillos y aficionados, llegó á convertirse en una especie 
de suplicio. 

La Lucrecia tenía también mucho mérito, y no hay duda 
que el genio de Donizetti supo encontrar en aquel libreto 
.situaciones sumamente bellas. Está tomado de un drama 
de Víctor Hugo, el cual fué admirado durante algún tiempo 
para caer después casi en el olvido, principalmente en Italia, 
donde desde luego le encontraron exageradísimo. Y con 
efecto, la pintura que en él hace el autor del carácter de 
Lucrecia Borgia está singularmente recargada. Aquella 
Princesa no fué ciertamente un dechado de virtudes; pero 
como lo ha probado en nuestros días en un buen libro el 
alemán Gregorovius, no merece tampoco la triste fama que 
lia querido darle Víctor Hugo. Fué su terrible hermano 
César y no ella quien mandó asesinar á sus primeros mari- 
dos, y después que se casó con Alfonso de Este observó una 
conducta bastante honesta para aquella edad descreída y 
voluptuosa. 

El teatro Carinan estaba destinado á la prosa italiana. 
Gustavo Módena, el actor más afamado do aquel tiempo, 
recitaba en él durante el invierno y la primavera. Era un 

artista de íniicbo ingenio, dotado de una magnífica vo/ y 

de una sensibilidad exquisita. Rodeábanle también varios 



160 

otros de graneles esperanzas, á quienes iba formando con 
sus ejemplos y consejos. En primer lugar, la Ristori, actriz 
eminente, de la cual he hecho ya mención en los capítulos 
sobre Roma y Florencia. Después de ella Tomás Salvini y 
Ernesto Rossi, ambos excelentes, aunque el primero ha teni- 
do más ciencia y el segundo más sentimiento. Bellotti, jo- 
ven también, se encargaba de hacer reír al público con sus 
gracias. Formaban reunidos un conjunto muy agradable y 
daban realce á cualquiera producción, por mediana que fue- 
se. El Kean, traducido de Alejandro Dornas, drama poco me- 
nos exagerado que los de Ducange y Bouchardy, era enton- 
ces la pieza de resistencia, el caballo de batalla de todos los 
comediantes, porque les daba buena ocasión para ostentar 
su talento y sus pulmones. 

El teatro de Alfieri, Saúl, Oréate y Felipe, ofrecían asi- 
mismo mucho campo al arte de Módena. El Felipe es la 
tragedia que ha tenido siempre más popularidad en Italia, 
aunque no me parece libre de defectos. Desde luego, para 
suprimir los confidentes del teatro clásico francés, ha hecho 
el autor que Doña Isabel empiece por confesarle ella mis- 
ma al público, en un soliloquio, su pasión criminal, desde 
la primera escena, lo cual no deja de parecer extraño. 
Además, hace al Rey demasiado malo y á Gómez atroz y 
casi imposible. Sin negar, pues, el gran mérito de Alfieri, 
encuentro que su tragedia es bastante inferior á la de Schí- 
11er sobre el mismo asunto. 

En el teatro de la calle de Angennes daba toda clase 
de piezas francesas una compañía de cómicos de aque- 
lla nación, dirigida por un cierto Mej-uadier, el cual era 
al mismo tiempo un actor de primer orden. Tenía, ade- 
más, acierto en la elección de las obras, formando con ellas 
un repertorio variadísimo. Allí oímos la MuJemoiselle de 






ltíl 

Bellc Isle de Diimas y la Mademoiselle de La Segliere, de 
Sandeau, ambas interesantes, sobre todo la segunda, que 
ha sido siempre representada y aplaudida durante medio 
siglo. 

Del teatro clásico daban la Fcdra, eternamente bella, 
aun cuando no la recite una Rachel. Era y a una creación 
sublime en el teatro de Eurípides, con el título de Hipólito, 
de donde la tomó Racine; era una joya, una excepción de- 
liciosa entre la multitud de torpezas y horrores que deslu- 
cen la escena griega. Y es por cierto mucha lástima, en 
mi sentir, que el poeta, francés, con ser cristiano, haya des- 
truido el carácter tan puro del joven griego, mostrándole 
enamorado de una princesa cualquiera. 

Del teatro romántico, que ya iba en decadencia, nos re- 
galaban algunas veces el Hernant, célebre drama que, á mi 
parecer, es rnuy inferior á su reputación. Sos versos son 
magníficos, pero el asunto no tiene sentido común; es peor 
que un desafío á la americana. Silva interesa poco; es un 
viejo enamorado de su sobrina, una especie de Don Barto- 
lo trágico, un egoísta que habla mucho del punto de hon- 
ra, pero que trata cruelmente á Doña Sol y á su amante. 
(arlos V está pintado como un aturdido vulgar. Hernani 
muestra nobles sentimientos: prefiere, sin embargo, la ven- 
ganza al amor, y tiene también algo de odioso y egoíst;<. 
Por líltimo, no hay más que el carácter de Doña Sol que se 
sostenga bello hasta el fin. 

Para distraernos un poco de tales tristezas daba Aley- 
aadier col frecuencia las piezas siempre amenas de Scribe 
\ también las de Labiche, autor muy gracioso, cuyas pro 
ducciones rayan con La farsa, pero excitan mucho la risa. 
El Sombrero <f, paja de Italia es la más festiva de tedas y 
una de las que recitaba <"n más donaire el famoso Ravel 

Timo II 11 



162 

del Palais Rojal, á quien imitaba bastante bien cierto ac- 
tor de Turín. 

El concurso de gente á estos espectáculos era siempre 
grandísimo, en primer lugar porque en realidad tres tea- 
tros eran pocos para la población creciente de Turín. Añá- 
dase á esto que la ciudad estaba entonces llena de foraste- 
ros, á causa de que Cavour, sordo á las quejas del Austria 
y de algunas otras potencias, había hecho de ella el asilo 
de todos los revolucionarios de Italia, de manera que, no 
sólo los teatros, sino los cafés y los pórticos de la Plaza 
Mayor y de la calle del Pó, hervían siempre de gente ve- 
nida de todas las regiones de la península. Y no sólo bur- 
gueses masones y sectarios, sino que también doctrinarios 
y constitucionales, algunos de ellos muy aristocráticos. 
Oíanse al pasar todos los diferentes dialectos italianos, 
desde el que se habla en Sicilia hasta los que se usan en 
Venecia y Milán, y no podían menos de notarse entre ta- 
les turbas, las alegres pantomimas de los refugiados na- 
politanos. 

Reinaba, sin embargo, un orden perfecto en aquellas 
aglomeraciones de gente ardiente y desocupada, merced 
á la buena policía y al espíritu de orden que es natural en- 
tre los piamonteses. El carácter italiano, con pocas excep- 
ciones, es de suyo moderado. Por mucho que disputen, ra- 
ras veces se acaloran como los españoles y franceses, y es 
muy común que uno de los contrincantes diga de repente, 
basta, y luego al punto cesa la disputa, quedándose cada 
cual con la opinión que ha sostenido. Además, facilitaban 
mucho la tarea del Gobierno los hábitos contraídos en Pia- 
monte por cerca de medio siglo de un gobierno absoluto, 
pero ilustrado. Aquel dichoso país, en lugar de luchar con 
la revolución, como le sucedió á España en la misma épo- 



163 

ca, había disfrutado desde el año 22 de una paz octaviana, 
sin pronunciamientos militares, ni guerras civiles, ni go- 
biernos de damas. Su administración era excelente, su ha- 
cienda desahogada, su ejército tan bien organizado que 
venían oficiales de otras naciones para verle y estudiarle. 
El Conde de Cavour no tenía, pues, que hacer casi más 
sino continuar estas buenas tradiciones, ayudado en esto 
también por varios Ministros muy notables, entre los cua- 
les recordaré á Laniáimiora, Dabórniida, Cibrario y Ra- 
tazzi. 

Alfonso Lamármora era un tipo de militar, alto y enju- 
to, que había merecido por ello el apodo de Lanzarote, aun- 
que tenía más de político que de caballero andante. Orga- 
nizó los pintorescos cazadores, llamados bersaglieri, en imi- 
tación de los tiroleses del Austria y de los de Vincennes, 
creados poco antes en Francia, y con ellos sacó el año 4!) á 
su Rey del Palacio Greppi, cuando le tenían allí sitiado los 
demagogos milaneses. A la muerte de Cavour fué su suce- 
sor en el Ministerio y completó su obra, realizando la ane- 
xión de Venecia. 

Dabórmida, también militar, desempeñaba la cartera 
de Negocios extranjeros y agradaba mucho por su carác 
ter conciliador y apacibles modales. Cibrario era un sabio 
de profesión, al cual se debe una historia de su país bien 
escrita y erudita. En cuanto á Ratazzi, su cara era de sa- 
cristán y podría haber servido para cualquier político de 
rical: pero engañaban las apariencias, pues era el más li 
beral de todos sus colegas, y Ministro ya con Gioberti, re- 
presentaba en el gabinete una tinta muy parecida á la de 
la izquierda. Y también él reemplazó por algún tiempo ¡i 
Cavour y fué «asi su rival en la gobernación del Estado. 



CAPITULO XLV1 
Turín, de 1854 á. 1855. 



Difícil situación de la Cerdefia.— Necesidad «jue tenia del auxilio de una Nación 
poderosa.- Estalla la guerra de Crimea.— Temeraria conducta del Emperador 
Nicolás. — Cómo se vio aislado y acometido por la Inglaterra y la Francia. — 
La Cerdefia se une luego á estas dos Potencias, á fin de ganar su gratitud. — 
Expedición mandada por Lamármora. — De qné manera halla recursos Cavour 
para satisfacer tantos gastos. — Supresión de los conventos.— Don Margo tto y la 
Unidad Católica. — Discurso singular del diputado Brofferio. — Una modificación 
ministerial ocurrida en España, causa mi traslación ;i Ñapóles. 



Aunque el Reino de Oerdeña presentaba por el momen- 
to un aspecto tranquilo, no era en el fondo muy risueña ni 
muy fácil la situación á que lo habían reducido los sucesos 
del año 48. Batido en Novara y cortadas allí en flor sus más 
halagüeñas esperanzas, habíase visto obligado á alzar por 
entonces la mano de toda guerra ofensiva y casi debía con- 
siderarse feliz por haber conservado su integridad y tam- 
bién su independencia. Y sin embargo, ni el Rey ni Cavour 
ni la nación entera habían renunciado al propósito de una 
nueva guerra, ;i fin do arrojar de Italia :i los austríacos. 

Mostrábalo así de la manera más clara la actitud del 
Gobierno sardo. Lejos de suprimir d Estatuto de Carlos 
Alberto, que , ' r:1 " n arma de guerra, 1" mantenía con leal 
tad y constancia. En vez de disminuir el ejército, trataba 

de aumentarlo pOCO á poco. Sordo :i las reclamaciones de 
varias Potencias, dalia asilo, como ya lie diclio, cu su terri 



16G 

torio á todos los conspiradores y descontentos del resto de 
la Península. Por último, mandaba en todas direcciones 
agentes, ora públicos, ora secretos, los cuales fomentaban 
el odio de lo presente y el deseo de la libertad y de la in- 
dependencia. Era evidente que estaba espiando una oca- 
sión oportuna para volver á lanzarse á la pelea. 

Mas salta asimismo á la vista que no podía prometerse 
un éxito seguro, si no obtenía para ello el auxilio de una 
Nación poderosa. Procuraba, entre tanto, por todos los me- 
dios posibles conseguir al menos el de Ñapóles y Toscana; 
pero ni estos Estados querían salir de su actitud pasiva, ni 
hubieran bastado tampoco todos unidos para equilibrar 
las fuerzas imponentes que poseía el Austria en Lom- 
bardía. 

Tenían las cosas esta difícil postura, cuando de repente 
estalla una guerra europea con motivo de las pretensiones 
manifestadas por la Rusia de proteger á sus correligiona- 
rios de Turquía. Habíase renovado la cuestión de Oriente. 
Todo el mundo sabe lo que esta cuestión significa. La am- 
bición de sus Monarcas, y la misma fuerza de las cosas, im- 
pelen á la Rusia á apoderarse de Constantinopla. Hablase 
de un testamento de Pedro el Grande; dícese que Catalina 
llamaba aquella capital la llave de su casa, y que todos en 
aquel país tienen los ojos fijos en la ciudad de Constanti- 
no. Niéganlo con vehemencia los rusos; mas lo cierto es 
que siglo tras siglo y paso tras paso las tropas moscovitas 
vienen acercándose hacia el Mediodía, y después de haber 
despojado á los turcos de casi todo el litoral del mar Negro» 
parecen tocar al fin á los jardines del Bosforo, que serían 
la última meta de su triunfante camino. 

Para conseguir este objeto ha echado mano la Rusia do 
toda clase de medios; las armas, la amenaza y la astucia. 



167 

Ha pretextado la defensa de los rumanos, búlgaros y ser- 
vios, la emancipación de los griegos, y por último, la pro- 
tección de sus correligionarios, los cristianos del culto or- 
todoxo. Al principio no encontró más obstácitlos que los 
que le oponían solos los turcos, ayudados por la extensión 
de su territorio y por las defensas naturales que les ofre- 
cen los Balkanes y el Danubio; pero desde los albores del 
siglo pasado, cuando ya fué evidente el objeto á que as- 
piraba y se la vio cercana á conseguirlo, despertóse al fin 
de su letargo el interés de otros países, y se volvió en con- 
tra suya. 

Ocurrió al pronto la idea de que sería posible hacer un 
reparto de aquel Imperio como se había hecho de la Polo- 
nia. No tardóse, sin embargo, en descubrir que semejante 
proyecto era de todo punto imposible, á causa de la des- 
igualdad que tendrían necesariamente las porciones desti- 
nadas á cada uno, porque la importancia de Constautino- 
pla es tan grande, que aquel que la posea tendrá siempre 
una posición superior en el mundo. Aseméjase la Turquía 
á la torta que hacen en muchas casas la noche de Reyes. 
Córtanla en pedazos iguales; mas uno solo es el que con- 
tiene la única haba encerrada en ella, y que hace á su due- 
ño rey de la fiesta. 

Para convencerse del gran valor de aquel sitio, basta re- 
cordar que mientras el Imperio latino caía después do lia 
ber durado solo cuatro siglos, el griego duró nueve, y el de 
los turcos lleva va más de cuatro de existencia y resiste to- 
davía á los asaltos de sus enemigos, si la Rusia s<» apodera 
s<> ;il fin de aquella admirable ciudad, pronto vendrían su» 

numerosas escuadras a dominar mi el Mediterráneo, como 

hacían no hace masque dos siglos las galeras del turco; 

pronto no habría en Kuro|>a más que una Dación i\*' primer 



168 

orden que sería ella, mientras que sus antiguas rivales pa- 
sarían á serlo de segundo. 

Todas se oponen, pues, más ó menos y en la medida de 
sus fuerzas, á que la Rusia realice sus prefectos. La Ingla- 
terra, porque teme ver comprometida la seguridad del Me- 
diterráneo y de la India; la Francia, porque desea conser- 
var su influencia en Levante; el Austria, por el recelo de 
que la Rusia fuese un vecino demasiado incómodo el día 
en que se apoderara del Danubio; la España y la Italia, en 
fin, por temor de que surja en el Mediterráneo otra nueva 
marina poderosa, á más de las que ya le dominan, la cual, 
si las ayudase por un momento, sería probablemente paía 
humillarlas después, como hizo el hombre de la fábula 
con el caballo que le pidió su socorro á fin de vengarse del 
ciervo. 

Opinan grandes políticos que semejante resistencia es 
inútil, en atención á que la marcha de la Rusia hacia el 
Bosforo es una cosa indicada, un destino manifiesto, un 
hecho providencial. Pero en materias tan contingentes no 
es fácil ser buen profeta. Dejando á los romanos, que no 
pasaron del Rhin y del Eufrates, y á los mismos turcos, de- 
tenidos en Hungría, y viniendo á sucesos más modernos, 
nada parece más indicado que la unión de España y Por- 
tugal, y sin embargo, no ha llegado á realizarse; nada pa- 
rece también más natural que la extensión de la Francia 
hasta el Rhin, y tampoco vemos que lo logre. Es verdad 
que la Rusia tiene una gran pujanza; pero el equilibrio y 
la libertad de Europa tienen también estrenuos defenso- 
res. Y de todos modos la cuestión de Oriente, aislada de 
otras secundarias que la ocultan y complican, es la que 
acabo de decir. La Rusia desea apoderarse de Constanti- 
nopla, y otras naciones pugnan por impedírselo. 



KÍ9 

Y ahora veamos cómo fué que esta cuestión volvió á 
nacer el año 54 después de una pausa de veinte años. Go- 
bernaba la Rusia el Czar Nicolás I, el cual era el tipo más 
perfecto del déspota moscovita. Todo contribuía á darle 
prestigio: magnífica presencia, carácter firme y valiente, 
talento nada común. En él estaba encarnado el principio 
monárquico de tal manera, que era para los partidarios 
del absolutismo lo que Canning ó Palmerston para los 
partidarios del liberalismo. Debía de tener mía grande 
idea de su alta misión y de su propia persona, porque to- 
dos los que temían la revolución volvían los ojos á él, to- 
dos le pedían socorro, y á todos prestaba grandes servi- 
cios. Era el ídolo de las Cortes y Cancillerías de Alemania; 
el Austria misma, en vez de hacer la paz con Italia, aban- 
donando á Milán, á fin de poder dedicar sus ejércitos á la 
pacificación de Hungría, había preferido recurrir á su au- 
xilio y no en vano por cierto, porque el Czar envió á Pas- 
kievitch con un ejército tan numeroso que, habiendo de- 
rrotado á los húngaros en Vilagos, pudo escribirle á su So- 
berano aquella frase arrogante que tanto mortificó al Em- 
perador de Austria: «Señor, la Hungría está á los pies de 
vuestra Majestad». 

Además, según todas las apariencias, no había en aque- 
lla época Estado alguno importante que por un motivo ó 
por otro no desease la paz. 

El Austria, ligada por la gratitud á la Rusia y conmo- 
vida lo mismo que La Prnsia, por la reciente revolución; la 
Francia, insegura todavía bajo el ( lobiernode Napoleón III: 
Inglaterra, aislada por el momento y poco inclinada á em 
prender sola ana lucha do grandes proporciones. Añádase 
que en aquel tiempo desempeñaba en este último país la 
Presidencia del Consejo el anciano Lord A.berdeen, el cual 



170 

era antiguo amigo del Emperador Nicolás y opuesto- por 
carácter á toda guerra europea, especialmente desde ,que 
fué testigo de la mortandad de Waterlóo, cuyos horrores 
tenía siempre clavados en su mente. Todo, pues, parecía 
brindar al ambicioso Czar una ocasión sumamente opor- 
tuna para realizar el supuesto destino de la Rusia. 

Ciertas cuestiones referentes á la protección délos cris- 
tianos griegos de Turquía le ofrecían un buen pretexto 
para empezar la lucha. Antes, sin embargo, quiso probar 
si le sería posible llevar á cabo su designio sin necesidad 
casi de sacar la espada. Ocurriósele para ello la más inge- 
nua y peregrina idea que podía caber en mente alguna. 
Dirigióse un día á Sir Hamilton Seymour, Ministro en su 
Corte de Inglaterra, es decir, de la nación que más interés 
ha tenido siempre en la conservación de Turquía, y de 
buenas á primeras le declaró, como quien dice, su atrevi- 
do pensamiento, manifestándole que en su concepto la 
Turquía era ya como un hombre gravemente enfermo, 
cuya vida no podía durar mucho; por consiguiente, á fin 
de evitar complicaciones y guerras, sería quizá lo más 
sencillo que la Rusia y la Inglaterra, por ser las que más 
intereses tenían en aquel Imperio, se pusiesen de acuerdo 
y resolviesen ellas solas la cuestión de Oriente, adquirien- 
do la Rusia el protectorado de los principados danubianos 
y también de Bosnia, Bulgaria y Servia, y apoderándose 
la Inglaterra del Egipto y Candía. Quisiera yo haber visto 
en aquel momento la cara de Sir Hamilton Seymour, por- 
que creo que no ha habido jamás diplomático alguno que 
se haya encontrado en un caso más embarazoso. 

Por de contado, dióse prisa á poner en conocimiento 
de su gobierno la propuesta del Czar, la cual fué muy mal 
recibida, en atención á que el protectorado de los Estados 



171 

eslavos venía á ser una disimulada conquista, y la adqui- 
sición del Egipto habría expuesto á Inglaterra á una gue- 
rra con Francia. Y el mismo deplorable efecto produjo 
también en París y en todas partes á donde poco á poco 
fué conocida. Mas no por eso cedió Nicolás en su propósi- 
to, y como si un genio maléfico le hubiese hablado á los 
oídos, añadió á la primera falta otra mayor, enviando á 
Constantinopla al violento Príncipe Menzikoff, quien se 
presentó en la Sublime Puerta con un gabán, que pronto 
llegó á ser célebre, y con unas botas de montar llenas de 
polvo, á la manera de un tártaro que se apea de su caba- 
llo para entrar en las tiendas de sus vencidos enemigos. 
Todo fué en vano, sin embargo. La Turquía, lejos de ami- 
lañarse, le rehusó decididamente el derecho de proteger á 
los cristianos griegos, que era lo que el Príncipe le pedía. 

Encendióse al punto la guerra, con poco éxito por la 
parte del Danubio, puesto que los rusos fueron rechazados 
en Oltenitza, pero con más fortuna en el mar Negro, don- 
de el Almirante Nachimoff quemó en Sínope la flota turca, 
como Orloff la había quemado un siglo antes en Tches- 
mé. Pero esta terrible catástrofe fué más bien perjudicial 
que favorable á la Rusia, porque, embravecida la opinión 
en Inglaterra, tuvo Lord Aberdeen que retirarse del minis- 
terio, y su sucesor, que fué Lord Palmerston, se decidió 
inmediatamente á desenvainar la espada, formando una 
estrecha alianza con Napoleón, de quien era amigo y quien 
por su parte deseaba mucho romper los tratados del año 
16 y ho alegró de encontrar aquella ocasión de hacerlo, 
entrando en una guerra europea con tan segura y podero- 
sa compañía. 

Buscaron todos otras alianzas; hubo conferencias 3 (¡ra- 
bos. No lograron mucho, sin embargo. La Rusia no bailó 



172 

apoyo en ninguna parte. Las Potencias occidentales tam- 
poco. El Austria ocupó al fin los Principados danubianos; 
pero titubeante entre su gratitud y sus intereses, y ligada 
siempre por su política italiana, al fin decidió ser neutral. 
Lo mismo hizo la Prusia. La lucha iba, pues, á ser entre las 
dos Potencias occidentales, unidas á la Turquía, y la Rusia. 
Si la España hubiese tenido entonces un gobierno fuerte, 
hubiera podido quizá tomar parte en aquella contienda, al 
lado de las Potencias occidentales, no porque tuviera el 
mismo interés que ellas en impedir el excesivo engrande- 
cimiento de la Rusia, sino para hacer un servicio señalado 
á la Inglaterra que facilitara después la restitución de Gi- 
braltar. Pero la situación de O'Donnell era todavía tan dé- 
bil que no pudo soñar siquiera en una empresa de esa es- 
pecie. El General Prim fué el único representante de Es- 
paña en el campo aliado, y tuvo la buena suerte de asistir 
al cañoneo de Oltenitza y poner allí la primera piedra al 
edificio de su fortuna. 

En cuanto á la Cerdeña, aunque más pequeña que Es- 
paña y temerosa del Austria, no titubeó un instante en 
aceptar la invitación de las Potencias occidentales. Tanto 
el Rey Víctor Manuel como Cavour vieron el cielo abierto 
luego que estalló la guerra, comprendiendo que era aquella 
una excelente ocasión para ganar la simpatía y el apoyo 
de las dos grandes naciones aliadas. N© les importaba mu- 
cho que la Rusia obtuviera ó no una situación preponde- 
rante en el Oriente; pero apuntando á la Rusia, esperaban 
herir al Austria y poder luego tomar asiento en el areópa- 
go europeo y pelear contra ella con el auxilio de Francia é 
Inglaterra. 

A fin de conseguirlo mejor, pensó Cavour que no debía 
admitir en aquella contienda el papel de simple auxiliar, 



173 

como al principio le ofrecían, sino el de verdadero aliado, 
que va á pelear á sus propias expensas y á correr todos los 
riesgos de la lucha. Algunos le criticaron entonces; pero 
los hechos han probado después que tenía completamente 
razón. Sin pérdida de tiempo fué firmado, pues, un trata 
do de alianza entre las tres naciones, y una expedición mi- 
litar de 15.000 hombres escogidos se embarcó luego en Ge- 
nova y llegó á tiempo á Crimea para tomar parte en el fa- 
moso sitio de Sebastopol, que fué la operación principal y 
decisiva de aquella campaña. Mandaba las fuerzas sardas 
el General Alfonso Lamármora, Ministro que era de la Gue- 
rra, cuyo valor y pericia fueron muy apreciados por Can- 
robert y Lord Raglán, jefes á su vez de las fuerzas de Fran- 
cia é Inglaterra. 

Y no le faltaban tampoco á la Cerdeña los recursos ne- 
cesarios para hacer frente á una expedición tan costosa. 
En primer lugar el Conde de Cavour tenía la ventaja, poco 
común en los Presidentes del Consejo, de ser él mismo un 
hábil hacendista. Desde joven visitó la Inglaterra y estu- 
dió allí la ciencia de Jacob y Ganilh, y cuando llegó á ser 
Ministro, recordaba siempre la máxima, en aquel país 
aprendida, de que no puede haber buena política sin buena 
hacienda. Fué, por lo tanto, su primer cuidado el estableci- 
miento de un orden riguroso, tanto en los gastos como en 
la percepción de las contribuciones, y existiendo deanti 
guo en el Piamonte un personal administrativo inteligente 
y probo, consiguió muy en breve la nivelación de los pre 
supuestos. Crecían, sin embargo, rápidamente los gastos 

militares y no bastaban para ellos las entradas ordinarias, 
pero Cavour recurrió entonces á medios extraordinarios y 
eficaces, aunque no tenían nada de científicos, tales como 
la BUpresión de los conventos y la incautación (K> sus l>ie 



174 

Bes; acto inicuo y revolucionario, que sentó un precedente 
peligroso en favor de las ideas comunistas, pero que ejecu- 
tado y encomiado por los convencionales franceses, había 
sido ya imitado con tranquilidad de conciencia en España 
y en casi todas las naciones constitucionales. 

Ni tales rapiñas son, por desgracia, cosa nueva en la 
historia financiera de las naciones. Cuando los antiguos 
monarcas se veían apurados de dinero, solían alterar su 
valor, mereciendo por ello el dictado de monederos falsos; 
otros se echaban sobre los judíos para despojarlos de sus 
tesoros; otros vendían al mayor postor los cargos públicos. 
Un Rey hubo en Francia que suprimió airadamente el or- 
den de los Templarios á fin de apoderarse de sus bienes. 

Por lo que hace á Cavour, no procedió á la verdad en 
este punto con tanta A-iolencia como otros Ministros libe- 
rales. Hízolo calzándose guantes. Limitóse por entonces á 
suprimir sólo aquellas Comunidades religiosas que no se 
ocupaban de la educación de la juventud ni de otro objeto 
de utilidad pública. Ni dejó de encontrar oposición, tanto 
por parte del partido católico, compuesto de saboyanos y 
genoveses, como por parte de los radicales. Y no sólo en 
las Cámaras sino también en la prensa. Atacaban los pri- 
meros al Gobierno en un periódico titulado la Unidad Ca- 
tólica^ redactado con mucha liabilidad por un cierto abate 
Don Margotto, émulo de Venillot y notable como él por 
una memoria prodigiosa que le permitía recordar á cada 
hombre político sus heclios y discursos de otros tiempos. 
Los periodistas y diputados liberales no mostraban menos 
animosidad que aquellos. Censuraban los unos al Gobier- 
no por querer suprimir algunos conventos, y los otros por- 
que no los suprimía todos. Asistí yo en la tribuna diplomá- 
tica á la interesante discusión de aquella le}-, y no puedo 



175 

olvidar un discurso del radical Brofferio, hombre destem- 
plado y extravagante, aunque no escaso de elocuencia, el 
cual empezó por criticar el proyecto del Gobierno, califi- 
cándolo de insuficiente; pero acabó votando en su favor, 
en consideración á que suprimía al menos algunas Comu- 
nidades, y luego añadió para terminar: «Porque si el Go- 
bierno me propone la supresión de un convento, votaré la 
supresión de un convento; si me propone la supresión de 
un fraile, votaré la supresión de un fraile». Por lo demás, 
la mayoría fué suficiente y los conventos quedaron supri- 
midos, pudiendo con verdad decirse que sus bienes sirvie- 
ron muy principalmente para la expedición de Crimea. 

Seguía yo con interés todos estos diferentes negocios, 
de los cuales daba Pastor Díaz debida cuenta á la Corte, 
cuando de improviso, una crisis ministerial ocurrida en 
España, vino á sacarme de Tarín. Teníamos nuevo Minis- 
tro de Estado, el cual era el General Zavala, á quien había 
yo conocido en Velletri y luego en Madrid. Vino á Italia 
con el General Córdoba, mandando la caballería del peque- 
ño ejército que enviamos en socorro del Papa, y recuerdo 
que la primera vez que le vi me llamó la atención por su 
aire taciturno y grave. Era de los que se mostraban enton- 
ces más disgustados por la forzosa inacción en que se ha- 
llaban nuestras tropas. Vile después en España y me trató 
Con afecto. Al ocupar el Ministerio en la época de que es- 
toy ahora hablando, tenía, según parece, el deseo de dar 
un puesto de primer Secretario de Legación á un antiguo 
amigo su\ o, llamado Don Frenando de Souza, hermano del 
Marqués de (iuadaleázar y diplomático antiguo, de quien 

lio bcclio ya mención al hablar de mi primera visita é Pa 
n's, el cual era sumamente instruido é inteligente, mas de 

manos tan rotas que había dejado deudas ni todas las ct 



176 

pítales donde le mandaban. Turín era casi la única en la 
cual era persona nueva, y por eso tenía empeño en ser nom- 
brado para ella. Hízolo así Zavala; pero como me conocía 
personalmente y no quería cometer una injusticia conmi- 
go, dejándome cesante, decidió trasladarme á Ñapóles, 
donde la plaza de Secretario acababa precisamente de que- 
dar vacante, en virtud de la separación de Don Domingo 
Ruiz de Arana, sobrino del Duque de Rivas, que era la per- 
sona que la desempeñaba. 

No me desagradaba, en 1 verdad, este cambio de residen- 
cia, á causa sobre todo del clima benigno de Ñapóles, que 
me parecía preferible para la salud de mi familia. Mortifi- 
cábame mucho, sin embargo, ir á tomar allí el puesto de 
\\n compañero conocido y estimable, y me apresuré á ha- 
cerlo saber así en Madrid; pero Zavala me hizo contestar 
confidencialmente que podía aceptar sin el menor escrú- 
pulo, porque de todos modos se veía obligado á separar á 
Arana, en razón á que la opinión pública le envolvía en el 
odio de que era objeto su hermano Don José ó Pepito Ara- 
na, oficial de caballería y uno de los pollos ó jóvenes más 
elegantes de la Corte, á quien habían tenido un día por fa- 
vorito de la Reina y llamaron por esta razón el Pollo regio. 
Y había sido tal la ojeriza de los liberales contra aquel 
aristocrático oficial, que su valimiento y la influencia reac- 
cionaria que le suponían fueron enumerados el año 54 
entre los motivos ó pretextos del pronunciamiento de 
O'Donnell. 

Salí, pues, de Turín un año después de mi llegada, y no 
obstante que iba muy contento á Ñapóles, sentí dejar 
aquella residencia, donde tenía un amable jefe y varios 
buenos amigos. Además, en Turín se vive bien: la sociedad 
es agradable, los teatros divertidos, la cocina excelente. 



177 

Hallan los gastrónomos en aquella ciudad ciertas trufas 
blancas, que sólo son inferiores á las famosas de Perigord. 
Hacen también allí bombones exquisitos, especialmente 
los de chocolate. Si los hubiesen conocido Berchoux y Bri- 
llat Savarin, no hubieran dejado de alabarlos, el uno en su 
elegante poema y el otro en su ameno libro. 



••«•••— 



Tomo II 12 



CAPITULO XLVII 
Ñapóles, de 1855 á. 1858. 

"Viaje de Turín á Ñapóles. — Estragos que bacía el cólera en Italia. — Visito á Flo- 
rencia. — Leo allí La Cabana del Tío Tont, — Descanso en Siena. — Su catedral 
admirable. — La Santa Catalina de Razzi. — Detención forzosa en Roma.— Co- 
nozco allí al después célebre Don Antonio Cánovas del Castillo. — Cualidades 
é imperfecciones de este hombre de Estado. — Llegada á Ñapóles. — l'lacer que 
me causa su vista. — Me presento á mi nuevo jefe Don Salvador Bermúdez de 
Castro. — Pesar que tuvimos los dos por la muerte de mi predecesor Arana. — 
Empiezo á describir á Ñapóles. 

El viaje que emprendí desde Tarín á Ñapóles no fué fá 
cil ni tranquilo. En primer lugar no viajaba ya solo. Lleva 
ba conmigo á mi mujer y dos niñas pequeñas que llamaré, 
usando el lenguaje poético de San Clemente Alejandrino, 
las primeras flores de mi matrimonio; y por no exponerlas 
á la incomodidad de un pasaje marítimo en una estación 
ya avanzada, escogí la vía de tierra. Además, como el fe- 
rrocarril terminaba entonces en Genova, tuve que atrave 
sar toda la Italia en una diligencia que ocupaba casi ente 
ra con mi familia. En fin, añadióse á esto que el cólera es 
taba haciendo á la sazón grandes estragos en aquella pe 
nínsula, de modo que iba lleno de temor por la salud de 
tantos seres queridos. 

La Europa, visitada por la peste durante la Edad Me 
dia, había vivido cerca de dos siglos sin otras enférmeos 
des que las ya bastante numerosas y temibles que afligen 

al linaje humano desde el principio del mundo, Cuando en 



el primer tercio de la pasada centuria se vio acometida por 
esta nueva, llamada cólera morbus, la cual, procedente de 
las regiones malsanas del Asia, ha causado ya por tres 
veces grandes y temerosas mortandades. Consiste en un 
cólico muy violento, acompañado de fuertes calambres y 
vómitos, que quitan la vida en muy pocos días. En el año 
55 hizo multitud de víctimas en el Mediodía de Europa, y 
en Italia empezó por Ñapóles y se extendió después por 
todas sus diversas regiones. En Florencia, donde me de- 
tuve para visitar á mi amable suegra madama Mac Donell, 
había frecuentes casos de él, y yo mismo tuve que recurrir 
á ciertas gotas, que creo eran de láudano, porque sentí sus 
primeros asaltos. Dijéronme también que la distracción 
era un preservativo excelente, y en su virtud me dediqué 
á leer novelas, empezando por una que estaba entonces 
muy de moda y se intitula La Cabana del Tío Tom. Está 
bellamente escrita por una señora americana, nombrada 
Misis Beecher Stowe, y tenía por objeto defender la causa 
de los esclavos de su país, pintando con los más vivos colo- 
res los males que padecían en los Estados del Sur, la bár- 
bara indiferencia con que eran vendidos, separando á los 
maridos de las mujeres y á los hijos de las madres, y la 
crueldad de los castigos á que los condenaba muchas ve- 
ces el carácter brutal de algunos amos. Probaba la autora 
que todos estos sufrimientos son como inherentes á la ins- 
titución misma de la esclavitud, porque el hombre que se 
encuentra dueño absoluto de otro, rara vez deja de conver- 
tirse en su tirano: verdad tan antigua como el mundo, en 
cuya confirmación recordaré que, según nos lo refiere Plu- 
tarco, el mismo Catón, el hombre más virtuoso de Roma, 
tenía la crueldad de vender sus esclavos cuando llegaban 
á la vejez. 



181 

La novela de Misis Stowe tuvo un éxito tan extraordi- 
nario que no se hablaba por el momento de ninguna otra, 
y en los Estados Unidos fueron vendidos 200.000 ejempla- 
res de ella, en el espacio de seis meses, y medio millón en 
Inglaterra. Leíanlo no sólo las señoras, sino también los 
hombres más serios y ocupados, y á mí me la recomendó 
nada menos que el Duque de Casigliano, Ministro de Ne- 
gocios extranjeros del Gran Duque de Toscana. Todos se 
interesaban en la suerte del virtuoso Tío Tom, víctima de 
la brutalidad de su amo; todos simpatizaban con la ino- 
cente y generosa Evangelina. Y el influjo de aquel libro 
fué tan universal y tan grande como los discursos de Wil- 
berforce á principios del siglo; no habiendo exageración 
en asegurar que contribuyó poderosamente á preparar la 
opinión de los americanos para realizar al fin las doctri- 
nas del Evangelio, aboliendo la esclavitud. La autora pudo 
jactarse de haber hecho más para ello con su elegante plu- 
ma que muchos hombres eminentes con sus artículos y 
arengas. Honor, pues, á Misis Stowe y viva eternamente su 
nombre en la memoria de los esclavos redimidos y en la 
de todos los corazones cristianos y generosos. 

De Florencia pasamos á Siena, donde nos detuvimos 
dos días para ver lo más notable que contiene aquella ciu- 
dad, situada pintorescamente en lo alto de los Apeninos, 
rival de Florencia y agitada, como ella, durante la Edad 
Media, por facciones de nobles y plebeyos; lomada tam- 
bién por Carlos Y, qne la posej ó algunos años, y cedida al 

fin por Felipe II á Cosme de Mediéis «n c;iml>io do las su- 
mas bastante créenlas que había prestado este 1 taque á su 
padre para las guerras de Italia. 

La catedral, toda de mármol, es el edificio más notable 

de aquella ciudad, Hecha en el siglo xixi, es de estilo góti 



182 

co; pero conserva todavía la cúpula bizantina y se halla 
adornada de mármoles blancos y negros, que forman al- 
ternativamente listas y dan mucha ligereza á sus muros.. 
El piso de mosaicos, ejecutado más adelante por Beccafu- 
mi, es asimismo hermoso. La fachada también del siglo 
xiii, como la iglesia, es muy linda, y sus miembros arqui- 
tectónicos tienen tanto relieve, que hacen reinar en ella 
una vida y movimiento rara vez advertida en las demás 
de su misma especie. No tiene en este punto más rival que 
la fachada de la catedral de Orvieto, gótica también y de 
una peregrina belleza. 

En la sacristía, que llaman biblioteca, porque contiene 
una magnífica colección de libros de coro, adornados de 
preciosas miniaturas, hay unos frescos, cuya armoniosa 
composición y hermoso color causan mucho placer. Repre- 
sentan la historia del célebre Papa Eneas Silvio Piccolo- 
mini ó sea Pío II, su asistencia á un Concilio, sus Embaja- 
das y el viaje que hizo á Ancona para promover una nue- 
va cruzada. Son debidos al pincel de Pinturicchio, condis- 
cípulo de Rafael, quien le suministró sin duda para ello al- 
gunos cartones, pues hay diversas figuras que recuerdan 
mucho el estilo de aquel divino maestro. 

Hay también otras cosas niuy notables en Siena, tales 
como el Palacio público, la plaza llamada del Campo, don- 
de se celebran por la Asunción unas famosas corridas de 
caballos, y el Palacio Buonsignori, de estilo gótico muy 
puro. Aunque menos famosa, tuvo asimismo aquella ciu- 
dad una escuela de pintura y escultura cual Elorencia. 
Guido, dicho el antiguo, imitó bien á los bizantinos, y 
Duccio logró emanciparse de ellos, como Cimabué. Simone 
Memmi fué el Giotto de Siena, y á él debemos el retrato 
más auténtico de Petrarca, de quien era grande amigo, y 



183 

también el de la hermosa Laura. Los hermanos Lorenzetti 
pintaron igualmente con mucho talento en aquella edad 
primitiva. Por fin, Jacobo de la Quercia fué allí otro Dona- 
tello. 

Pero la obra de arte que más sorprende en Siena, fuera 
del Duomo, es un fresco de Razzi, que se halla en la iglesia 
de Santo Domingo y representa un arrobamiento ó desma- 
yo de la célebre Santa Catalina, la cual nació y vivió en 
aquella ciudad y fué la Santa Teresa de Italia, con la aña- 
didura de haber tomado mucha parte en la política de su 
tiempo, sosteniendo al Papa Urbano contra las pretensio- 
nes de su competidor Clemente y escribiéndole á su mismo 
Pontífice preferido ciertas cartas que no dejan de tener sal 
y pimienta. 

Era Razzi un piamontés, discípulo de Leonardo de Vin- 
ci y pintor de suma habilidad, especialmente para retratar 
la belleza humana, como lo prueban, entre otras produc- 
ciones suyas, las bodas de Alejandro y Roxana, que están 
en la Farnesina. En el fresco de Siena ha representado á 
la Santa en el momento de desmaj'arse, cual la esposa de 
los cantares, cuando exclamaba: «sostenerme con flores, 
porque me muero de amor». A ella la sostienen los brazos 
de otras dos religiosas, que forman un grupo admirable. Es 
una de esas pinturas que clavan al espectador delante de 
ellas, porque siente al contemplarlas un placer que nunca 
se acaba. Lástima grande que el carácter extravagante de 
Bazzi desdorase sus buenas cualidades. Baste decir que él 
misino se dio el apodo de Sodoma, como para hacer gala 
de sus infames costumbres. Cuentan de él multitud de 
anécdotas de todas clases; pero sólo mencionaré, como 
muestra, ana que no deja de tener algún interés para nos- 
otros. Dicen, pues, (|ue en una ocasión fué insultado J 



184 

maltratado por un soldado español de los que guarnecían 
á Siena en tiempo de Carlos V, y que ansioso de vengarse, 
le hizo descubrir y castigar, pintando de memoria su re- 
trato. 

Llegados á Roma, vime obligado á detenerme allí más 
tiempo del que pensaba, porque de repente cogió el cólera 
la niñera de mis hijas, y después de varios días de enfer- 
medad, tuvimos el sentimento de perderla. Pasamos asi- 
mismo niuy malos ratos por el temor del contagio, y aun- 
que procuré distraer á mi mujer, haciéndole ver las mara- 
villas de aquella ciudad, estuve siempre con el recelo de 
que ella ó mis hijas pudiesen caer enfermas. Ni pude visi- 
tar tampoco á mis antiguos amigos. 

Antes de dejar aquella capital tuve el gusto de conocer 
en ella al insigne orador y publicista Don Antonio Cáno- 
vas del Castillo, entonces todavía joven, el cual me recibió 
con mucho agasajo. Empezaba en aquel tiempo su carre- 
ra; pero si hubiese consultado, como Cicerón, á la Pitoni- 
sa, también á él le hubiera dicho, que andando el tiempo 
desempeñaría los más altos puestos de su patria. Por el 
momento ejercía el de Encargado de negocios, ocupando 
en su virtud el Palacio de España. Había sido enviado á 
Roma para solicitar que la Santa Sede permitiese la venta 
de todos los bienes que todavía le quedaban á la Iglesia 
española, porque nuestro gobierno, escaso de recursos y 
esperando procurárselos por este medio, proclamaba el 
principio revolucionario de una completa desamortización, 
á la manera de los jacobinos de Francia, en vez de limitar- 
se á disminuirla, como han hecho los reformadores de In- 
glaterra y Austria. La negociación era difícil y Don Anto- 
nio Cánovas no adelantó mucho en ella, dejando la gloria 
de terminarla felizmente á su sucesor Don Antonio Ríos 



185 

Rosas, no por ser más hábil, sino porque la Santa Sede, 
amenazada por los revolucionarios, creyó al fin convenien- 
te ganar el apoyo y amistad de España. 

Entre tanto hacía Don Antonio Cánovas su aprendizaje 
de diplomático y adquiría conocimientos poco comunes 
entre nuestros hombres públicos, á los cuales hacen pasar 
de golpe desde la redacción de un periódico ó los escaños 
del Congreso al desempeño de una Legación ó de un Mi- 
nisterio. Cánovas tuvo la gran ventaja de educarse, por 
decirlo así, progresiva y prácticamente. Primero fué perio- 
dista bajo la dirección de Pacheco, después diplomático, 
Gobernador civil y Subsecretario con sucesivos gobiernos; 
por último, Diputado á Cortes y Ministro de la Corona. En 
todas partes se distinguió; por doquiera sobresalió y brilló. 
Su físico no prevenía en su favor: bajo de cuerpo y grueso, 
con nariz abultada y ojos pequeños, provistos de quevedos, 
era no sólo feo, sino también de aspecto poco atractivo. 
Sin embargo, cuando hablaba y se animaba, adquiría su 
rostro una grande expresión, y si quería hacer uso de su 
gracia malagueña, se convertía en un hombre muy agrada- 
ble. El bello sexo, supremo juez en esta materia, le encon- 
traba muy de su gnsto, y se casó dos veces, y siempre, 
como Pacheco, con mujeres bonitas, y no sólo bonitas, sino 
ricas. En la mocedad y durante la viudez mostróse galan- 
teador y mujeriego; como casado fué un marido ejemplar. 

En talento y buen sentido se parecía á Pacheco y aun 
Le superaba. Su extensa memoria, grande erudición y elo- 
cuencia persuasiva, le hacían el primer orador de España 

Sn el presente período. Era, sobre todo, excelente para des 
cubrir los principios fundamentales de cualquier asunto 

y exponerlos de una manera clara y precisa. En carácter 

er;i asimismo un 1'acheco perfeccionado, porque tenía unís 



18tí 

firmeza que él y un poco más de odio á los desórdenes aje- 
nos. Con todo, muchos hubieran deseado que fuese toda- 
vía más severo en la elección de sus asociados y agentes. 

Como escritor ocupaba también Cánovas un rango muy 
elevado. Poseía admirablemente la lengua, y su estilo era 
elegante y claro. Faltábale solo, en mi sentir, un poco de 
amenidad, pues si se exceptúa su biografía del Solitario, 
en todas sus demás producciones peca un tanto de seco. 
Tenía más razón que imaginación, y además creo yo que 
hacía un estudio particular, lo mismo cuando escribía que 
cuando hablaba en las Cámaras, de ocultar su gracia an- 
daluza, hasta tal punto que no se comprende cómo un 
hombre, el cual podía ser tan ocurrente en la conversación 
particular, era tan árido cuando se dirigía al público. Nun- 
ca sacrificó á las gracias. Rara vez usaba de esos símiles é 
imagines que hacen tan agradables los libros de Macaulay 
ó Sainte Beuve, y los discursos de Disraeli y Gladstone. 

Como Ministro fué Cánovas activo y laborioso, y su 
vasta mente abrazaba todos los ramos del gobierno, no 
solamente en su conjunto, sino también en sus menores 
detalles. Por fin, en la energía recordaba á Narváez, aun- 
que por desgracia tenía también algo de su mal genio y de 
su espíritu obstinado y soberbio. Pero de todos modos y á 
pesar de las imperfecciones que en él se advertían, ha sido, 
en opinión general, uno de los hombres de Estado más no- 
tables de Europa y el primero entre cuantos han goberna- 
do á España en el último tercio de este siglo. Más adelante 
tendré ocasión de mencionar los grandes servicios que 
prestó á nuestro país como Presidente del Ministerio y 
jefe del partido conservador. 

Tardábase entonces un día para ir de Roma á Ñapóles, 
y llegamos á esta última ciudad en hora tan tarda que no 



187 

pudimos formar idea de su belleza. Pero á la mañana si- 
guiente, cuando abrimos los balcones que daban al golfo 
y se ofreció á nuestra vista aquel mar tan azul, aquel cielo 
: tan puro y aquel variado caserío, situado pintorescamente 
.sobre verdes y risueñas colinas, experimentamos una sen- 
sación indescriptible. Ver á Ñapóles y morir, dice un anti- 
guo adagio: yo digo más bien, ver á Ñapóles y volver á 
verle, y así lo he hecho por tres veces, y la última hace po- 
cos años. 

Según lo exigía mi deber, fui luego á presentarme á mi 
; nuevo jefe, el cual era Don Salvador Bermúdez de Castro, 
el mismo que, según lo he referido en otro capítulo, contri- 
buyó tanto á mi entrada en la carrera, y á cuyas órdenes 
fui el año 45 como agregado á la Legación de Méjico. Tuve, 
pues, mucho placer en verle y él también lo mostró en vol- 
verme á tener á su lado. Pero nuestra satisfacción no pudo 
ser completa á causa de un desgraciado suceso acaecido 
: pocos días antes de mi llegada, y que nos ocasionó á los 
dos una grande pesadumbre. Arana, el Secretario á quien 
yo iba á reemplazar y que no se había movido aún de Ná- 
.poles, acababa de morir allí víctima del cólera. Según me 
.refirió Bermúdez, el ataque fué tan terrible que ni su ju- 
ventud, ni sn robustez, ni los remedios que le prodigaron 
fueron capaces de salvarle. 

Para aumento de nuestra pena bailóse aquella muerte 
acompañada de circunstancias bastante románticas é in- 
teresantes. Contaban los amigos de Arana que éste había 
retardado su marcha porque andaba muy enamorado de 

una actriz del teatro de los Florentinos, la cual era linda 
■ y coqueta, 3 que la casualidad, hábil autora de novelas, 
había hecho que divieso por rival á un caballero napolita 
110, joven también y principal, y que é.-de ocupase en el 



188 

teatro una luneta inmediata á la suya. Y no contenta con 
esto aquella deidad caprichosa, había dispuesto que á poco 
de morir Arana del cólera, muriese también de la misma 
enfermedad su desgraciado rival, y, en fin, que ambos 
fuesen enterrados uno cerca del otro en el cementerio 
principal de Ñapóles, cuya situación á orillas del mar lo 
hace uno de los más alegres, ó mejor dicho, de los me- 
nos tristes de Europa. Allí descansan en paz las cenizas 
de aquellos dos jóvenes, tan cercanos en sus tumbas, que, 
quien le lleva flores á Arana se las pone también á su ri- 
val, y quien reza por el uno, reza después por el otro. La 
misma tierra los cubre; el mismo sol ilumina sus sepulcros. 
Quiera Dios que estén ya también gozando juntos de una 
luz todavía más pura. 

Serenados poco á poco miestros ánimos, pude al fin 
dedicarme á visitar á Ñapóles, tarea bastante larga, en 
atención á que aquella ciudad es la más extensa y pobla- 
da de Italia, contando ya entonces más de seiscientos mil 
habitantes, y abundando también en ella los monumentos 
de todas clases. Y mientras más la veía, más hermosa la 
encontraba. Es como un compendio délo más bello y máa 
imponente de la creación, puesto que allí se ven campos 
esmaltados de flores, un cielo sereno y un mar de záfiro, 
una luua que alumbra como un sol y un sol que mitiga los 
rigores del invierno, y al lado de todo esto un volcán que 
después de haber destruido dos antiguas ciudades, pudie- 
ra también sepultar un día á Ñapóles bajo sus ardientes 
cenizas. Aseméjase aquella ciudad á la hermosa Andróme- 
da amenazada por el monstruo, aunque con la diferencia 
de que ella misma no parece advertirlo ni se preocupa de 
ello. 

Si Lisboa es la señora del Océano y Stambul la do- 



189 

minadora del Bosforo, Ñapóles puede llamársela Reina 
del Mediterráneo. Desde mi niñez tenía yo la imaginación 
llena de sus maravillas, porque en mi casa había un her- 
moso país con una vista de aquella ciudad y del Vesubio; 
y más tarde me interesaba mucho el acto de la Fuerza del 
Sino que pasa en ella, y la novela de Estebanillo Gonzá- 
lez que también la tiene por teatro, y los capítulos de Co- 
rina en que se alaba y describe. La Muta de Portíee, aquella 
linda ópera del fecundo Auber, que causó una revolución 
en Bruselas } T fué prohibida durante muchos años por to- 
dos los gobiernos mal seguros, me inspiró asimismo mu- 
cha simpatía por la patria de Masanielo. ¿Y qué español 
hay que no tenga presentes desde muchacho las hazañas 
que allí realizaron nuestros héroes de otros tiempos? 
Apréndenlas los jóvenes y no las olvidan los viejos. Siem- 
pre recuerdo que estando yo estudiando en Sevilla, fui un 
día á visitar á la Marquesa de Castilleja, y habiendo nota- 
do que el anciano portero, armado de antiparras, estaba 
muy absorto en la lectura de un tomo en folio, tuve la cu- 
riosidad de averiguar de qué trataba aquel libróte y vi 
que era la Vida dd (¡mu Capitán. Porque todavía en aque- 
lla época se leían más esta clase de libros que los periódi- 
cos y las obras de pasatiempo que ahora son preferidas, y 
el nombre del Gran Capitán estaba en boca de todos, así 
como sus famosas cuenta* Mi buena madre solía aludir á 
ellas cuando al volverá Cádiz, de vacaciones, le presenta 
ba Ifti mías sobre los gastos de Sevilla. 

Pero digamos ya algo de las muchas cosas bellas que 
en Ñapóles Be admiran, Difícil es escoger, porque Bucede 
allí lo mismo que en Lisboa y Constantinopla, que todo 

parece ¡iicomparaMo á causa «leí sitio en que está coloca 
do V del escenario que lo circunda. El aspecto do N'ápole* 



190 

tiene poco de antiguo. La época romana está representada 
fuera de la ciudad, en las ruinas de Pompeya y en las de 
Baia y Cuma. Allí iban á solazarse las familias ricas de 
Roma, como van ahora los franceses á Niza y los rusos é 
ingleses á las ciudades de la cornisa. Entre Baia y Cuma 
estaba la quinta suntuosa de Lúculo y la más modesta de 
Cicerón, y las de Pisón y Sila. Cerca de allí habitó más 
tarde el desdichado Rómulo Augústulo, último Empera- 
dor de Occidente, cuando fué despojado de la corona por 
el bárbaro Odoacro y se contentó con vivir cerca de Roma, 
á la manera que el Duque de Aumale, hjjo del destronado 
Luis Felipe, se contentó con vivir en Chantilly, no lejos 
de París. 

De la Edad Media no hay nada comparable con lo que 
se conserva en Florencia ó Venecia. Algunas iglesias, al- 
gunos castillos, y el arco de triunfo de Alfonso de Aragón, 
son los únicos edificios que datan de aquel tiempo. Lo que 
más abunda es lo moderno, y la ciudad toda tiene una 
fisonomía que la distingue de las demás de Italia, y que 
en vez de ser francesa como la de Turín y Milán, es más 
bien española. Las calles principales con sus grandes ca- 
serones y balconaje de hierro recuerdan mucho las de Va- 
lencia y Sevilla. Y no hay en esto nada de extraño, pues ' 
que entre todas las dominaciones que ha sufrido Ñapóles, : 
ninguna ha durado tanto como la nuestra, que empezó én 
Sicilia el siglo xm,en Ñapóles el XV, y ha durado, con po- 
cas interrupciones, hasta el reinado independiente de Car-' 
los III, ó sea cuatro siglos. Y este último Soberano dejó 
también allí una huella que perpetúa su ilustre memoria ; 
y la de la dinastía á que prestó tanto brillo con su ilustra- 
ción y noble carácter. 



CAPITULO XLVII1 
Ñapóles, de 1855 á 1858. 



Palacios Reales de Ñapóles. — Arco triunfal de Alfonso V en Castel Nuevo.— Capo 
dlMoute. — Caserta. — Palacios de la Nobleza. — Catedral y Capilla de San Jenaro. 
Santa Clara y los Anjous. — Santo Domingo y los aragoneses. — La tumba de 
Don Pedro de Toledo en Santiago. — Recuerdos que despierta la plaza dol Car- 
men. — Piedad de Ribera en la Cartuja. — Museo Borbónico. — El Toro fainesio. 
El Mercurio en reposo. — Vasos campamos y etruscos. — Frescos sacados de 
Pompeya. — Cuadros modernos. — La Virgen del Amor divino de Rafael. — La 
GitaniUa de Correggio. — La Sublevación de Musanielo, pintada por Micco Spa- 
daro. 



Numerosos son los Palacios que poseía el Soberano de 
Ñapóles. A la orilla del Mediterráneo el llamado Castel 
Nuevo, que reemplazó á otro muy viejo y lo es ahora á su 
vez. Ejecutólo Nicolás de Pisa para Carlos de Anjou, y flan 
queado de gruesas torres, tiene el aspecto gótico y som- 
brío. En su patio principal se eleva el arco de triunfo de 
Alfonso V de Aragón, trazado por el milanés Pietro do 
Martino, obra notable del Renacimiento, cuyos bajos relie 
ves representan la guerra que sostuvo el hijo de aquel Rey 
con los barones rebeldes. En aquel recinto fortificado se 
refugió y vivió el desgraciado Duque de Arcos los ocho me- 
ses que duró la rebelión comenzada por el pescadero Ma 
sanielo y continuada por el Duque de Guisa. 

Igualmente cerca del mar está el Palacio moderno, cons 
truído por Domenico Fontana, cuyas dimensiones do son 

muy grandes; pero la circunstancia de hallarse rodeado de 



192 

terrazas adornadas de naranjos, que bajan hasta la orilla 
del agua, le dan un aspecto muy alegre. Hay en sus salas 
algunas pinturas, entre otras un hermoso retrato de Ale- 
jandro Farnesio, debido al pincel de Ticiano. 

En una colina, que domina la ciudad, se halla el sitio 
Real de Capo di Monte, pequeño y de poco mérito arqui- 
tectónico, pero contornado de un bosque muy ameno y dis- 
frutando de vistas sorprendentes. 

Al Sur de la ciudad, en Portici, hizo levantar Carlos III 
otro Palacio, que por estar situado en lo más pintoresco del 
golfo y arrimado á risueñas colinas, posee grandísimo en- 
canto. Allí residió Pío Nono todo el tiempo que permane- 
ció en Ñapóles. 

Finalmente, á poca distancia de la ciudad se alza otro 
en Casería, que es uno de los maj'ores } r más bellos que 
existen en Europa. Construyólo, por orden también de Car- 
los III, el célebre Vanvitelli, hijo del pintor holandés Van 
Witell; pero nacido en Ñapóles y tenido en aquella época 
por uno de los mejores arquitectos. No es todo excelente 
<>n aquel Versalles napolitano; mas la amplitud de sus es- 
caleras, la hermosura de sus numerosas salas, y el pinto- 
resco parque colocado á su espalda, hacen aquel edificio 
digno de su gran fama. Ha sido la residencia favorita 
de los Monarcas napolitanos desde su fundador hasta el 
desventurado Francisco II. 

No abundan en Ñapóles los buenos Palacios de particu- 
lares. Compruébase allí lo que he dicho ya hablando de 
Madrid, que la Monarquía absoluta no es tan favorable 
para la arquitectura privada como la oligarquía, observán- 
dose que donde no ha habido Reyes, como en Roma, Ge- 
nova, Venecia y Florencia, han edificado los nobles muy 
bellos palacios, mientras que donde los ha habido, escasean 



193 

ó son de poco mérito. Así sucede en Ñapóles. Existen allí 
machos caserones, á los cuales dan el pomposo nombre de 
tales; pero no hay más que uno que pueda compararse con 
los de las otras capitales de Italia, y es el de Gravina, edi- 
ficado por Gabriel de Agnolo para Fernando Orsini, Duque 
de aquel nombre, el cual, según la inscripción que se lee 
sobre la portada, lo elevó «para sí, para los suyos y para 
todos sus amigos». 

Tampoco existen en Ñapóles iglesias muy bellas. Son sí 
numei'osas, casi más que las casas de los nobles; pero tie- 
nen poco valor artístico. En general han sido reconstruidas 
en épocas de decadencia, y por sus altares dorados, ador- 
nos de mal gusto y santos vestidos como muñecos, recuer- 
dan las más comunes de España. Hay, con todo, algunas 
excepciones. La Catedral, construida con restos de dos an- 
tiguos templos paganos, encierra cosas notables, principal- 
mente el sepulcro de Carlos de Anjou y la Capilla de San 
Jenaro. El hermano de San Luis, que tan poco se le parecía 
y que manchó su conquista de Ñapóles con el asesinato de 
Coradino, está bien caracterizado en aquel monument®, 
que le representa feroz y altivo. La capilla del santo patro- 
no de Ñapóles es rica de mármoles y contiene cuadros muy 
hermosos de Dominiquino, Ribera y aquel Stanzioni, que 
tan bellamente imitaba á Ticiano. 

Santa Clara es elegante. Fué reedificada en la Edad Me- 
d¡;i por cierto Masuccio, arquitecto napolitano, y cubierta 
de bellos frescos por el florentino Giotto, que vino á Ñapó- 
les, llamado por el Rey Roberto, el cual protegía las cien- 
cias y las artes y se jactaba de preferir el cultivo de laa te 
tras á la posesión de su corona. Ku aquel templo está su 
enterramiento, labrado por Masuecio, y también el de loa 
demás BoberanOS de La dinastía de Anjou, incluso .luana I, 
Tomo II 18 



194 

la María Stuardo del siglo xiv, que se casó con Luis de Ta- 
rento, asesino de su primer marido. Santa Clara ha sido 
asimismo panteón de los Monarcas Borbones, bastante me- 
nos sanguinarios que los Anjous, y allí está entre ellos la 
Reina Cristina de Saboya Carinan, primera mujer de Fer- 
nando II, la cual murió con reputación de santidad y es ya 
invocada por los menesterosos, que van á deponer sobre 
su tumba ramos y coronas de flores. 

Santo Domingo el Mayor, pintado y restaurado con co- 
lores muy chillones, es, esto no obstante, un templo gótico 
bastante lindo. En su sacristía se hallan depositados los 
ataúdes de los Reyes aragoneses, colocados en el suelo, 
como lo están los de la familia de Hapsburgo en la cripta 
de los Capuchinos de Viena; manera de conservar los muer- 
tos que no me parece muy respetuosa. Encuéntrase tam- 
bién allí el sepulcro del Marqués de Pescara, vencedor de 
Pavía y notable, tanto por sus talentos militares como por 
la fidelidad que guardó á Carlos V, á pesar de haberse vis- 
to expuesto á las mayores tentaciones cuando todos los 
Príncipes de Italia, incluso el Papa, le ofrecían la corona 
de Ñapóles. En el claustro de aquel convento se halla el 
aula donde el célebre Santo Tomás de Aquino daba leccio- 
nes de teología, y no obstante que han transcurrido desde 
entonces tantos siglos, es imposible penetrar en ella y con- 
templar su cátedra de madera, vieja ya y carcomida, sin 
sentirse poseído de un respeto involuntario, como si el mis- 
mo venerable doctor estuviese allí presente. 

Hay en Ñapóles, como en Roma, una iglesia española 
con la advocación de Santiago, y en ella está enterrado el 
famoso virrey Don Pedro de Toledo, á quien debió tantos 
embellecimientos aquella ciudad italiana. El sepulcro que 
le cubre, obra del napolitano Juan de Ñola, es sumamente 



195 

hermoso y pudiera atribuirse á Donatello ó Gkiberti. 

El Carmen es un templo de mal gusto, pero que recuer- 
da sucesos muy interesantes. En la plaza á que da frente 
fué decapitado el joven Coradino, último de los Hohens- 
taufen, cuyo suplicio, después de un simulacro de enjuicia- 
miento, tuvo todo el carácter de un asesinato jurídico, y 
•comienza la serie de los más odiosos que han visto suce- 
derse las edades modernas, á pesar de los progresos de la 
cultura. En el siglo xiii tuvo lugar éste tan horrible de Co 
radino, en el xiv el de los Templarios, en el xv el de Jua 
na de Arco, en el xvi el de María Stuardo. Sigue en el xvn 
el de Carlos I de Inglaterra, y en el XVIII el de Luis XVI. 
En fin, en nuestro siglo mismo han sido asesinados de la 
misma lamentable manera el Duque de Enghien y el Em- 
perador Maximiliano de Méjico. 

En aquella plaza tuvieron también lugar las más san- 
grientas escenas de la sublevación de Masanielo, y en el 
claustro de la iglesia murió este notable tribuno á manos 
de sus mismos compañeros, cansados ya de su orgullosa 
tiranía. El arcabucero Jenaro Annese, uno de sus suceso- 
res, hizo la última resistencia en un torreón allí cercano. 

En un barrio apartado por donde rara vez pasa hoy día 
la gente de buen tono, pero que en la Edad Media era uno 
de los puntos mejor habitados de la ciudad, existe otra 
antigua iglesia, denominada San Juan Carbonara, la cu.-d 
íuv construida por el mismo arquitecto Báasuccio, que re 
edificó ;i Santa Clara, j merece la pena de visitarse pdi ver 
en «-Ha el mausoleo del Rej Ladislao de Durazzo, héroe del 
siglo xv, quien, aprovechándose del cisma de Occidente, 
llevó sus armas victoriosas hasta los confines de Lombar 
día. Su pariente Luis de Anjou, excitado por los florenti- 
nos, l«' detuvo en -a carr< ra >\<- conquistas con ai mía de] 



196 

célebre condotiero Braccio di Montone; pero su memoria 
vivió mucho tiempo entre los napolitanos. El escultor Cic- 
cione, el más notable de aquella época en Ñapóles, dio 
muestras de grande originalidad en aquella obra, pues no 
sólo le representó á caballo, sino que le puso en la actitud 
resuelta y orgullosa que convenía á su carácter y á sus- 
hazañas. Vese que le retrataba poseído de admiración y 
entusiasmo. 

Hay también allí otro sepulcro del mismo Ciccione, que 
contiene los restos del Conde Caracciolo, favorito de Jua- 
na II, la cual no fué menos licenciosa que la primera, y si 
aquella se parecía á María Stuardo, porque se casó con el 
asesino de su marido, ella tiene semejanza con Isabel de 
Inglaterra, puesto que hizo matar á su amante. Porque es- 
tos favoritos de reinas suelen tener un fin trágico, los unos 
por orden de sus mismas Soberanas, como Essex, Caraccio- 
lo y Monaldeschi, los otros á manos de sus enemigos, como 
Struensee y David Riccio. 

Quédame aún por mencionar otra iglesia, la cual es la 
más hermosa de todas. Aludo á la Cartuja de San Martín, 
situada en un alto cerro desde donde se disfrutan magní- 
ficas perspectivas. Todo es allí notable; el templo de estilo 
corintio, las pinturas 3 r el claustro. Si algo se puede criti- 
car en ella es la excesiva riqueza de mármoles, aunque no 
es mayor que la que se nota en la Cartuja de Pavía, joya 
también, como ella, de la religión y del arte. Los frescos 
de Lanfranco en la cúpula y las capillas colocan á este 
pintor de segundo orden al lado de los más grandes. Los 
cuadros de Stanzioni se pueden tomar por obras de Ticia- 
no. Pero la perla de sus perlas es la Piedad de Ribera. En 
aquel admirable lienzo no es este artista el pintor algo mo- 
nótono de penitentes y descarnados San Jerónimos, sino 



197 

un nuevo Rafael en la representación patética y sublime 
del dolor de la Virgen María, No puede decir que conoce 
todo el mérito de Ribera quien no le haya visto. Muchas 
veces subía á pie la agria cuesta que allí conduce, sólo por 
•contemplar un buen rato aquella maravilla. 

Mucho más notables que los palacios y las iglesias es 
en Ñapóles el Museo, llamado Borbónico, empezado á reu- 
nir por Carlos III y continuado por sus sucesores. No debe- 
ría llamarse el Museo, sino los Museos, porque contiene 
tres ó cuatro de ellos en un solo edificio. Hay allí estatuas 
antiguas, vasos etruscos y griegos, pinturas antiguas y 
modernas, y la colección de todos los objetos que han sido 
hallados en Pompeya. No basta un día ni aun dos para to- 
mar siquiera una idea de tantas cosas admirables. Empe- 
cemos por las estatuas, de las cuales hay un pueblo, como 
en Roma, porque si bien Ñapóles mismo no las proporcio- 
na, tiene á su lado tres como minas de donde puede sacar- 
las, que son Herculano, Pompeya y Stabia. Además Car- 
los III heredó de su madre la magnífica colección farnesia 
que se hallaba antes en Roma y que hizo transportar á sus 
Estados. El mérito de aquella reunión de obras maestras 
es casi igual á las del Vaticano y Capitolio, y si Roma se 
ufana con el Lacoonte y el Apolo, Ñapóles se enorgullece 
con el Toro Earnesio y la Venus Calipíga. una cosa ea pe 
cüliar de Ñapóles, y es su colección de estatuas ecuestres 
de primor orden. Son todas de la familia Balbo y muestran 
aquel tipo del caballo que se considera más perfecto de to- 
dos, el que describió Virgilio; el que idealizó Fidias en el 
friso del Partenón, de pequeña cabeza, pecho muy ancho y 

piernas sumamente finas, l.os del Museo Borbónico, no 
sólo son bellos, sino que parteen vivos, 

El Toro famesio es asimismo una novedad que no posee 



198 

Roma, porque no es uua sola estatua, sino un grupo colo- 
sal de cinco de ellas, una escena animada, en que se repre- 
senta la fábula de Dirce, atada á un toro por los hijos de la 
vengativa Antiope. Hay además, en Ñapóles, una Venus de 
Capua, que es casi tan hermosa como la de Milo, con la 
ventaja de que no le faltan, como á ésta, los dos brazos, y 
una Flora, que no por ser colosal, es menos graciosa. Tie- 
ne también un Hércules de Glicon, que á mí no me agra- 
da demasiado, porque la representación de la fuerza ma- 
terial, por perfecta que sea, me parece siempre antipáti- 
ca; pero que indudablemente es una obra magnífica. En fin,, 
las dos ciudades pueden rivalizar en punto á esculturas y 
las solas estatuas que en todo caso inclinarían la balanza 
en favor de Roma serían el grupo de Lacoonte, honor de la 
escuela de Rodas, que expresa con patética verdad un do- 
lor inmenso, y el Apolo de Belvedere, á quien califica 
Winckelman del más sublime ideal del arte. 

Numerosa, más numerosa también allí que en ninguna 
otra parte, es la colección de estatuas de bronce, entre las 
cuales descuellan el Mercurio en reposo, imitado por Thor- 
walsen, y el Sátiro borracho. Últimamente se ha descubier- 
to en Pompeya un Narciso, también de bronce, con la ca- 
beza inclinada y la mano en la cintura, que puede compe- 
tir con ellos y cuya posición tiene una elegancia incompa- 
rable. Suelen sostener los escultores modernos y yo se lo» 
he oído decir muchas veces, que xana de las dificultades 
con que combaten es que ya los antiguos agotaron todas 
las actitudes posibles. Pero descúbrese de cuándo en cuán- 
do alguna otra estatua, y se ve en ella, como en esta de 
Narciso, una cosa enteramente nueva y más graciosa, si 
es posible, que las hasta aquí conocidas. Y es que las acti- 
tudes son inagotables y que lo que les falta á los modernos- 



199 

para poder hallarlas es el sentimiento de la belleza plásti- 
ca y el calor de la fantasía que tenían los antiguos. 

Vence igualmente el Museo de Ñapóles á los demás de 
Europa en el número y calidad de sus ricos vasos etruscos, 
campamos y griegos. Posee varias salas llenas de ellos y 
de todas épocas y formas, y adornados con figuras de una 
hermosura exquisita. No se ve en ellos más que dos colo- 
res, que son generalmente el rojo y el negro; no existe allí 
claro obscuro; triunfa sola la línea; pero esta línea es de 
una perfección y de una elegancia que pasman. 

Los frescos antiguos son también una especialidad de 
Ñapóles. En Roma existen algunos hallados en las Termas 
de Tito, pero en Ñapóles hay más de ciento, arrancados de 
las paredes de Pompeya, y poseen un interés grandísimo. 
Su vista completa casi el conocimiento que nos faltaba de 
la pintura griega y romana. No son más que copias, ejecu- 
tadas por artistas de segundo orden para las habitaciones 
de una pequeña ciudad de provincia; pero bastan para dar- 
nos una idea de la manera cómo los antiguos pintaban y 
componían. Vese muy bien que su pintura estaba inspira- 
da por su escultura, y que triunfa en ella la sabia disposi- 
ción de las figuras y la belleza del dibujo; mas no tienen la 
misma perfección en perspectiva, expresión y colorido. Los 
asuntos que trata son de todos géneros: mitológicos, histó- 
ricos, domésticos y aun satíricos. La despedida de Aquilos 
y Briseide es una de las composiciones que más se ad- 
miran. 

Es también notable la que representa una liúda joven, 

la cual enseña ;i sus amigas un nido de amorcillos. La her 

mosura y la gracia de todas las figuras y el ingenuo inte 
ros con que contemplan aquellos seres tan amables como 

peligrosos, suspende á (|uien lo mira. Algunos modernos 



200 

han tenido la feliz idea de imitarla, entre ellos el famoso 
Thorwalsen en uno de sus bajos relieves. 

De las pinturas antiguas pasemos á las modernas y ha- 
gámoslo sin temor, porque si bien no están tan sabiamen- 
te dibujadas, tienen, sin embargo, la ventaja de la expre- 
sión y del colorido. Anima también á la mayor parte de 
ellas un sentimiento religioso, desconocido de los anti- 
guos, los cuales temían y veneraban á los seres superiores, 
mas no pensaban en amarlos. Séneca dice que á nadie se 
le puede ocurrir la idea de amar á los dioses. Cuj-a diferen- 
te manera de sentir inflige poderosamente en la manera 
de concebir y expresar la belleza. Además tienen, á mi pa- 
recer, los modernos grande superioridad en el claro oscu- 
ro y en la perspectiva, tanto lineal como aérea; al menos 
en lo que cabe juzgar por las pinturas murales á que me 
refiero. 

La colección de cuadros de Ñapóles es excelente. No 
diré que valga relativamente tanto como la de estatuas, 
de modo que rivalice también en esto con Roma y Flo- 
rencia, ni que se la pueda comparar con las de Madrid, 
París ó Dresde; pero viene inmediatamente después de 
estas, y contiene obras de extraordinario mérito. La Sacra 
Familia de Rafael, titulada del Amor divino, es quizá la pri- 
mera entre las innumerables que nos ha dejado aquel su- 
blime artista. No está en ella el santo Niño jugando con 
jilgueros ó flores; hace ya oficios de Dios y da su bendi- 
ción á un bellísimo Juan Bautista, que la recibe con devo- 
ta reverencia. La Virgen no asiste impasible á aquella tier- 
na escena, sino que junta las manos en ademán de unir 
sus oraciones á la bendición del Redentor. Santa Ana, la 
vieja más hermosa que recuerdo en pintura, sostiene con 
amoroso respeto el brazo levantado de Jesús. 



201 

Julio Romano tiene allí también una Sacra Familia; 
pero desgraciadamente para él hállase colocada junto á la 
•de su incomparable maestro. Más original, más avasalla- 
dora en su concepción y más hechicera es una Virgen con 
el Niño Jesús, debida al famoso Correggio. Llámanla La Gi- 
ternilla, y es la verdad que no tiene nada de divino; es sim- 
plemente una muchacha de diez y ocho años, adornada 
con un turbante, la cual tiene un niño en su falda, ¡Pero 
qué lindamente está compuesta! ¡Cómo la hace salir del 
cuadro un vigoroso claro oscuro! ¡Cuánta gracia se advier- 
te en toda su persona! En fin, Correggio es allí, como casi 
siempre, otra cosa que Rafael, pero otra cosa sumamente 
bella. 

Hay también una hermosa Magdalena de Guercino, una 
¿Santa Familia de Sebastián del Piombo, que pasa por una 
de sus mejores producciones, y un San Francisco de Muri- 
11o, de color muy suave y sumamente expresivo. Ni puedo 
olvidar un magnífico retrato de Felipe II, de Ticiano, y un 
fraile de Rubens sumamente célebre en la historia del arte, 
porque todo en él es blanco y sin embargo no le falta re- 
lieve. Los pintores sinfonistas del día pueden ver allí que 
no ha} r nada nuevo en sus supuestas invenciones, y (pie los 
cuadros de un solo color fueron cosa posible y conocida 
de los maestros de antaño, sólo que no abusaron de ella 
ni la tuvieron por buena en (oda clase de asuntos. 

Pudiera aumentar mucho esta enumeración de buenos 
cuadros; pero basta con notar los principales, uno solo 
añadiré, sin embargo, á causa del interés de su asunto. Es 
de Domenico Garginoli, comúnmente dicho Micco Bpada 

ro, y representa la plaza del mercado de Xápolos en tiem- 
po de la sublevación de Masanielo. Está en figuritas pe 
quenas, como las lamosas Ferias de Callot; pero muy ani 



202 

madas todas ellas y formando diversos grupos que son 
otros tantos episodios de aquella revolución memorable. 
Cada energúmeno de los que allí se notan, está estu- 
diado con esmero y se necesita mucho tiempo para exa- 
minarlos en detalle. Notable es también una especie de 
pirámide de ladrillo, que se ve en medio de la plaza, alre- 
dedor de la cual bállanse colocadas varias cabezas huma- 
nas, como trofeos de las victorias populares, porque aquel 
enloquecido pescadero, elevado repentinamente por un 
capricho de la fortuna á una dictadura incontrastable, de- 
rramó la sangre á torrentes, y aunque su reino fué de po- 
cos días, puede compararse en crueldad con el de los más 
odiosos tiranos. 



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CAPITULO XLIX 



Ñapóles, de 1855 á 1858. 



Escuela de pintura napolitana. — Carece de originalidad. — Genio apasionado de al- 
gunoR pintores napolitanos. — Amores del Zíngaro. — Violencias de Corenzio. — 
Aventuras del Calabrés. — Desórdenes de Salvador Rosa. — Fin desgraciado de 
Ribera.— Fecundidad de Jordán y Bernini — Coleceión de objetos hallados en 
Pompeya. — Visita á aquella ciudad. — Ilusión que causan sus ruinas — Casas do 
Diomedes y Salustio. — Excursión á Sorrento. — Belleza de aquel sitio. — Islas de 
Capri é Ischia. — Paseo al Norte de Ñapóles. — La Villa Rcale.— La tnmba de 
Virgilio. — El camino de Posílipo. — Noches iluminadas por las estrellas. 



No necesito decir que en el Museo Borbónico están re- 
presentados con buenos ejemplares todos los pintores de 
la escuela napolitana, entre quienes hay varios de un mé- 
rito indisputable. Tienen en general buen color, y osten- 
tan composiciones que revelan una gran fantasía. Fáltales, 
sin embargo, originalidad, ora sea porque ya Roma, Flo- 
rencia, Venecia y Bolonia habían perfeccionado, una el di- 
bujo, otra la expresión, la tercera el colorido, y la cuarta 
el claro oscuro, de modo que nada le quedaba que añadir 
á Ñapóles, ó bien dependa esto de que el carácter perezoso 
de los napolitanos lia encontrado más fácil la imitación 
que la invención. El hecb.0 es (pie, á excepción de Ril>cr:i 
y Salvador Rosa, no poseen un solo artista que pueda lla- 
marse original. Tomás de Stcfani y los Doncelis siguieron 
á Giotto y á los florentinos; Andrea de Salerno no pasó <1.> 
ser un buen discípulo «le Rafael; Stanzioni imitaba ;i Ti 



204 

ciano, Vaccaro á Guido, Spadaro á Callot, el Calabrés á 
Guercino y Jordán á todos. 

Otra cosa que caracteriza también á la mayoría de ellos 
es un genio aventurero y violento. Dominici es el Vasari 
de Ñapóles, y aunque está á cien leguas de su modelo, tan 
to en el lenguaje como en la doctrina y la gracia con que 
pinta á sus personajes y examina sus obras, y aunque es 
demasiado encomiador, como nuestro buen Palomino, su 
libro da, sin embargo, pormenores interesantes sobre gran 
número de ellos. Allí vemos que el Zíngaro, por amor á la 
hija de Colantonio del Fiore, que no quería dársela á otras 
condiciones, de gitano y calderero se hizo pintor, como el 
flamenco Quintín Metzis, por la misma razón, de herrero 
se convirtió en un Apeles, según dice una inscripción que 
está al pie de su retrato en la galería de los Uffizi de Flo- 
rencia, 

Belisario Corenzio, nacido en Grecia, fué más envidioso 
que enamorado, y con terribles amenazas hizo huir de Ña- 
póles al Dominiquino y al Guido, y es fama que arrojó al 
mar al Cesi desde una galera. Mateo Preti, dicho el Cata- 
bres, viajó por Flandes, donde conoció y estudió á Rubens, 
y vuelto á Italia, se prendó del estilo del Guercino, á la 
vista de su Santa Pctruníla. Díscolo y pendenciero, como 
Cellini, tuvo que huir de Roma por haber insultado á un 
alemán, y al fin se refugió en Malta, donde pintó en varias 
iglesias y fué hecho comendador de la Orden. 

Salvador Rosa fué hábil con el pincel, con la espada y 
con la pluma. Pintó bien algunos cuadros, imitando á Ri- 
bera y á Caravagio, y se mostró original en el paisaje, ri- 
valizando con Claudio de Lorena, aunque con diverso es- 
tilo, porque éste escogía de preferencia perspectivas ame- 
nas y tranquilas, mientras que él se complacía en el horror 



205 

de bosques y riscos. Su genio arrebatado le llevó á empu- 
ñar las armas contra los españoles durante la sublevación 
de Masanielo, alistándose en la Compañía llamada de la 
Muerte, capitaneada por su maestro Anielo Falcone. Am- 
bos fueron dignos de que el poeta latino Nicolás los men. 
cionase en su Pa rthenope Furens. La pluma de Salvador fué 
también acerada y violenta, sobresaliendo en la composi 
ción de sátiras políticas, que le obligaron á refugiarse al 
fin en Florencia. 

Ribera, á quien cuentan los napolitanos por suj'o á pe- 
sar de haber nacido en Valencia, es mucho más simpático. 
Imita á veces á Caravagio, pero el empaste y brillantez de 
su colorido y la energía de su claro oscuro le hacen distin- 
guir entre mil. Ganaba cuanto quería, y se burlaba de los 
alquimistas, diciéndoles que él hacía oro con sus pinceles 
sin necesidad de alambiques. Vivió con desahogo y aun 
con lujo, y hubiera conservado aquella felicidad si su ca- 
rácter vanidoso no le hubiese inspirado la funesta idea de 
dar una fiesta en su propia casa al segundo Don Juan de 
Austria, venido á la sazón á Nápolcs para reprimir la re- 
belión de Masanielo. Era aquel Príncipe de gentil disposi- 
ción y gallarda presencia; mas había heredado las costum- 
bres licenciosas de su padre Felipe IV, y también las de 
su madre, la célebre cómica María Calderón, sobre la cual 
compusieron en aquel tiempo una copla (pie decía: 

/ // fraile y una corona, 
I n duque y mi papelista, 
Anduvieron '■// la lista 
l>. lo bella ( 'alderona. 

Conoció el Principe en aquella Resta á la hija del pin- 
tor, la bella María Rosa, y enamorándose al punto de ella. 

Cometió la mala acción de seducirla y rollarla de la casa 



206 

de sus padres. No pudo resistir el sin ventura Ribera el 
dolor que le causaba la pérdida de su bija y de su honor, 
y sin duda debió arrojarse al mar, en un momento de des- 
esperación, porque nadie le volvió á ver en Ñapóles ni se 
supo después su paradero. Probablemente la corriente del 
golfo le llevaría al alto mar, donde se sepultarían para 
siempre su cuerpo y su deshonra. 

Muy diferente era la índole de Lucas Jordán, exento de 
celos y propenso á la alegría y á la risa. Acostumbróle su 
padre á trabajar con rapidez, diciéndole de continuo: Luca 
fá presto, frase que le quedó de sobrenombre, y aunque es- 
tudió después con Ribera y Cortona, no perdió la pronti- 
tud que había adquirido de niño. Burlábase, cuando fué á 
Florencia, del cuitado Cario Dolce, prediciéndole que se 
moriría de hambre si tardaba tanto en acabar sus obras. 
Su facilidad era tal que pintó en dos días un gran cuadro 
de San Francisco Javier predicando á los indios, que está 
en el Museo Borbónico. El Marqués del Carpió, á la sazón 
Virrey de Ñapóles, exclamó al ver aquel prodigio: «esto lo 
ha hecho un ángel ó un demonio», y le hizo ir á España, 
donde pintó cosas muy bellas en el Escorial y en Madrid, 
perjudicando involuntariamente con si* facilidad á nues- 
tro Coello, á pesar de que éste tenía también mucho talen- 
to, como lo prueban su cuadro de la Sacra Forma y otros 
igualmente notables. Un proverbio italiano que le recor- 
daba siempre su propio discípulo Solimena, dice: presto e 
bene airado conviene; mas esto no rezaba con Jordán, cuya 
fecundidad en la pintura fué comparada por Jovellanos 
con la de Lope en escribir comedias. Sin embargo, una 
gran diferencia existe entre los dos, y es que Lope alcanzó 
muchas veces el extremo de la perfección, mientras que 
Jordán no pasó nunca de una agradable medianía. 



207 

Aunque su padre era florentino, Lorenzo Bernini es tam- 
bién contado entre los artistas de Ñapóles por haber naci- 
do en aquella ciudad de madre napolitana. Por su imagi- 
nación y fecundidad viene á ser en escultura y arquitec- 
tura lo que Jordán en pintura, aunque con más talento 
que él y merecedor por esa razón de que sus contemporá- 
neos le apellidasen un segundo Miguel Ángel. Fueron sus 
obras infinitas, y si bien pecó á veces de incorrección y 
mal gusto, no se le puede negar un extraordinario mérito. 
Hizo los bustos de Luis XIV, Urbano VIII, Carlos I de In- 
glaterra y otros Príncipes; esculpió santos, erigió iglesias 
y palacios, y en fin la columnata de San Pedro, que es en 
mi opinión su mayor título de gloria, porque con ella au- 
mentó mucho la grandiosidad y hermosura de aquella ba- 
sílica. Critíquesela cuanto se quiera por inútil y redundan- 
te, mas el hecho es que San Pedro sin la columnata, sería 
menos bello. Aquel pórtico circular es como la guirnalda 
de flores ó el collar de perlas que adornan y realzan el mé- 
rito de una mujer hermosa, y si Miguel Ángel hubiese vi- 
vido aún, es seguro que le habría envidiado tan feliz pen- 
samiento. El biógrafo de Bernidi nos dice que fué culto, 
rico y feliz. 

Pero volvamos otra vez al inmenso Museo Borbónico y 
examinemos en él la colección de objetos hallados en 
Ponipeya. Ocupan varias salas y son tan numerosos y di 
versos, que bastan para hacernos ver que los antiguos ro- 
manos estaban casi tan adelantados como nosotros y ha 
bían ya inventado bástalas cosas que nos parecen m;is 
nuevas. Hay allí alhajas nniy ricas de oro y piala con un 
diseño tan original y elegante, «pie han dado ocasión á (pie 
un platero do Roma, nombrado Castellani, inventase con 
la imitación de (días nn bello estilo de joyería, al cnal lia 



208 

man pompeyano. Hay muebles de bronce, armas, herra- 
mientas y utensilios de todas las artes y oficios, instru- 
mentos de cirujano y de dentista, espejos de metal bruñi- 
do, cucharas, vasos y ampollas de cristal y marfil, pintu- 
ras, colorete y cuanto en fin puede conservarse cubierto de 
cenizas, incluso frutas secas, pan, queso, pasteles y acei- 
tunas. 

Después de haber visto aquellos objetos tan interesan- 
tes, nace el deseo de ir á visitar el lugar mismo donde han 
sido encontrados, que es la ciudad de Pompeya. El viaje 
era muy fácil, porque había ya un pequeño ferrocarril, el 
primero construido en Ñapóles, que ponía en comunica- 
ción la capital con Portici y Castellamare, quedando en su 
mitad Pompeya. Conocida es la calamitosa historia de 
aquella ciudad, así como la de las excavaciones, que por 
fortuna no empezaron allí hasta la época de Carlos III. Y 
digo por fortuna, porque si hubiesen sido ejecutadas antes, 
Dios sabe qué suerte hubieran tenido los objetos, únicos 
algunos, bellos los más, é interesantes todos, que se han 
hallado en aqiiel sitio. Reflexiónese solamente que toda- 
vía en el siglo xm destruyeron los caballeros latinos las 
estatuas griegas que existían en Constantinopla, y que en 
el xvn destrozaron los venecianos el Partenón y se saca- 
ron piedras del Coloseo para edificar los palacios de Roma. 

El placer que allí se experimenta es uno de los mayores 
posibles, porque á excepción de los techos, la ciudad está 
conservada á tal punto que la ilusión es completa, y cuan- 
do se pasea por sus calles y se ve en sus losas hasta la se- 
ñal de las ruedas de los carros, parece que de cualquiera 
de aquellas mansiones va á salir algún noble romano en- 
vuelto en su toga, ó algún esclavo con túnica y gorro. Todo 
está allí: templos, basílicas, teatros, casas humildes y casas 



209 

ricas, entre las cuales se distinguen la ele Diomedes, que 
tiene un jardín muy extenso, y las llamadas de Pansa, Sa 
lustio y el Fauno, que contenían un gran número de pintu- 
ras murales y estatuas. En la del Fauno, no sólo se encon- 
tró el rústico dios que le ha dado su nombre, sino también 
un magnífico mosaico, colocado hoy en el Museo de Ñapó- 
les, el cual representa una de las batallas de Alejandro, y 
tiene tan bellos contornos, tan agradable color y una com- 
posición tan animada, que se le puede comparar con un 
buen cuadro. Para el viajero andaluz poseen, además, aque- 
llas casas un especial atractivo por lo mucho que so pare- 
cen á las de nuestra querida provincia en su distribución 
y carácter. Si á cualquiera habitación de Sevilla se le pusie- 
ra en medio del patio un impluvio en vez de la fuente que 
generalmente tienen, quedaría al punto convertida en una 
casa pompeyana. Y á fin de que la ilusión sea más comple- 
ta, es aquel cielo igual al nuestro en color, diafanidad y ale- 
gría. La mágica pluma de Bulwer, en su novela titulada 
tíos últimos días de Pompeya, ha añadido nuevos encantos á 
aquellas ruinas, poblándolas con las sombras poéticas de 
Jone, Glauco y la cieguecita Nidia; y el melodioso Petrella 
ha hecho luego popular la fábula del escritor inglés, sacan 
do de ella una ópera muy linda. 

A Pompeya sigue Castellamare, en cujeas verdes coli- 
nas, cercanas al golfo, hay multitud de quintas, donde pa 

Han el verano muchas familias de Nápolcs; y después viene 
el lamoso Sorrento, patria del Tasso y trono, como Cintra, 
de una primavera perpetua. El camino que allí conduce 
desde Castellamare va siempre rodeando las colinas \ tie 
ue el mar ;i sus pies. Muchas veces iba con mi mujer á pa 
Sai el día en aquel ameno recinto, y después de pasear por 
sus naranjales, entrábamos en un hotel llamado de la Sire 
Tomo II M 



210 

ua y almorzábamos en su terraza, que avanzando sobre el 
mar, hace la ilusión de un buque anclado en medio de las 
aguas. Como García del Castañar, éramos para dos perdi- 
ces dos; pero añadíamos á ellas los macarrones con toma- 
tes; plato peculiar de aquel país y cuyo mérito no es posi- 
ble conocer, á menos de haberlo comido en él, hecho por un 
cocinero napolitano. 

Allí pasábamos luego mucho rato, contemplando la her- 
mosura del sitio, cuya descripción es del todo imposible. 
El verdor de las colinas, el azul del cielo y de las tranqui- 
las y transparentes aguas, la vista de Ñapóles, el Vesubio, 
Capri é Ischia, y todo esto contemplado en un completo si- 
lencio, que da la ilusión de hallarse á cien leguas del mun- 
do, hacen de aquel delicioso lugar la antesala del Paraíso. 
Se puede decir que el Bosforo ó el Tajo ó alguna qtra loca- 
lidad se parecen más ó menos á Sorrento, pero este será 
siempre el punto de comparación, el non plus ultra. 

Desde Sorrento se ven bien las dos bellas islas de Capri 
é Ischia, esmeraldas por la mañana y amatistas á la tarde. 
Capri tiene el recuerdo funesto de Tiberio, quien pasó allí 
los últimos años de su vida, encenagado en sus vicios y 
consultando á su astrólogo, como Walestein. Nerón al me- 
nos era artista y gustaba de dejarse ver en publico; pero 
Tiberio se deleitaba en el retiro, y temiendo de todos, vivía 
odiado y temido. La Naturaleza ha rodeado aquella isla de 
una muralla de riscos, poblados un día de multitud de ca- 
bras, á las cuales debe su nombre; pero su centro es fértil 
y risueño, y entre sus peñas mismas ha sido hallada re- 
cientemente una hermosa gruta, cuyas aguas siempre azu- 
ladas reflejan esta misma tinta en su. bóveda y paredes, 
por lo cual ha recibido, con razón, el nombre de gruta azul. 
Nadie sospechaba su existencia hasta que la descubrió 



211 

on 1832, un pintor y poeta alemán, llamado Kopisch. 

Ischia, así nombrada de antiguo con vocábulo griego, á 
causa de sus sabrosos higos, tiene todavía más amenidad 
y es además famosa por sus bonitas mujeres. Las que se 
ven en Ñapóles no son hermosas como las de Roma y Flo- 
rencia; mas es singular que apenas se sale de la ciudad se 
encuentran muchas bastante agraciadas, especialmente en 
Sorrento é Ischia. 

Y ahora volvamos á Ñapóles, á fin de trasladarnos á la 
bella región, que la rodea también por el Norte. Y como 
cualquiera otro camino sería mucho más largo, tomemos 
por la calle de Toledo, que lo atraviesa completamente y 
<ís, en su género, tnuy notable, no sólo por el hermoso case- 
río que la forma, sino también por el lujo de sus tiendas y 
la animación que en ella reina. Además de los coches y ca- 
ballos, circulan por allí vacas de leche con sus terneros, 
cabras y burros en gran copia, y tanta gente de todas cla- 
ses, cual si hubiese siempre alguna fiesta. 

Pásase luego la Plaza del Palacio y el muelle llamado 
de Santa Lucía, lleno siempre de pescadores, que venden 
en multitud de mesillas las pintadas conchas y apetitosos 
mariscos sacados del mar cercano. Llégase, por fin, á la 
Villa Reale, que es el paseo público, y allí cambia la esce- 
na, pues en lugar de pescadores y gente del pueblo, se en- 
cuentra la nata de la sociedad napolitana, sobro todo al 
caer de la tarde. Tiene aquel sitio la ventaja de estar situa- 
do en la ribera que llaman de Cliiaia, la cual corre cutre la 

colina del V tunero y las aguas del golfo. En verano lo re 
fresca la brisa, y en invierno lo calienta el sol tic tul mane 

ra, que en mitad dé Enero li" tenido á vec.s que buscar la 
sombra de sus enramadas de mirtos. Al final de la Vdla 
Reale está la celebre gruta de Posílipo, que pasa por deba 



212 

jo de la colina y conduce á Pozzuoli, y sobre ella, en lo alto 
del cerro, se halla la tumba de Virgilio, objeto de peregri- 
nación para los poetas, á pesar de que no hay completa se- 
guridad de que sea auténtica. Pero Virgilio ha sido muy 
feliz en esto. Nadie sabe dónde reposan las cenizas de Ho- 
mero ni de Horacio, pero todos se empeñan en que aquél 
está enterrado en Ñapóles, y multitud de hombres insig- 
nes han visitado y siguen visitando su supuesto sepulcro 
y poniendo flores sobre él, desde el enamorado Petrarca 
hasta Casimiro Delavigne y Martínez de la Rosa. 

Después de la gruta comienza una calzada, que siu ale- 
jarse nunca del mar, conduce también á Posílipo. Este 
nombre, que es griego y significa Quitapesares, le conviene 
bien á aquella risueña ribera. En ella tienen sus casas de 
recreo, como en Castellamare, muchas familias de Ñapó- 
les, y allí es el paseo de los coches tanto en verano como 
en invierno. Su término es el pequeño golfo de Nisida, ce- 
rrado por una isla del mismo nombre, célebre en los tiem- 
pos modernos por haber servido de retiro á la hermosa y 
discreta Victoria Colonna, después de la muerte de Pesca- 
ra. Porque en aquel país encantador, que pudiéramos lia 
mar o esplendor do mundo ion más razón que los brasileños 
á su bahía de Río Janeiro, los recuerdos de todas especies 
aumentan el placer de quien le visita, sobre todo si es afi- 
cionado á la lectura de los clásicos, siendo aquellos los lu- 
gares donde más gozaron ó sufrieron muchos personaje* 
de la antigua Roma. En aquel sitio se comprende cuánto 
le costaba á Cicerón abandonar su casa de Cuma, para 
huir de los sicarios de Antonio. Allí se encuentra también 
muy natural que Lóculo renunciase á sus sueños de gloria 
por vivir junto al lago Lucrino. 

Hermosos son allí los días, hermosas también las tardes. 



2Í3 

y no menos hermosas las noches, serenas y apacibles. Vega 
y Arturo brillan como graneles planetas, y las estrellas to- 
das centellean y rutilan, mandando su resplandor ala tie- 
rra. Compréndese allí lo que quiso significar el gran pintor 
Tácito al decir en una de las más bellas descripciones de 
sus anales, que cuando Nerón mandó ahogar á su propia 
madre Agripina en aquel golfo, concedieron los dioses una 
noche alumbrada por estrellas (noctem si.leribus illustrem) á 
fin de hacer más patente su delito. Porque suelen ser tan 
claras en aquel sitio, que nada se esconde á la vista. 

En lo alto del Vómero y rodeado de árboles muy fron 
dosos hay un Convento de frailes camaldulos, desde el cual 
se descubren los dos golfos de Ñapóles y Pozznoli y una 
extensión de mar que da la idea de lo infinito. 



•*••• 



CAPITULO L 
Ñapóles, de 1855 a 1858. 



Carácter de los napolitanos. — Son los primeros en inteligencia después de los to»- 
canos. — Genio de Santo Tomás. — Talento de Vico. — Poema del Tasso. - Poesías 
de Leopardi. — Historia de Giannone. — Escritos de Filangieri. — Defectos de 
que adolece aquel pueblo. — Su increíble pereza — Su propensión al desaliento 
y al pánico.— Supersticiones que le dominan. — Buenos efectos del milagro de 
San Jenaro. — hajetlalura y su injusticia — Volubilidad que se les achaca. — 
Causas verdaderas de la posición secundaria de Ñapóles y de sus cambios de 
gobierno. — I.a España se apoderó un día de aquel país y estableció en él un 
Virreinato. 



Descrita ya la bella tierra de Ñapóles, razón es que di- 
gamos ahora cuáles son sus habitantes. Al llegar allí del 
Piamonte, el contraste que ofrecen con los de aquel país 
en fisonomía, modales y carácter es sumamente grande. 
Atrévome á decir que hay más diferencia física y moral 
entre un napolitauo y un piamontés que entre un español 
y un belga. Generalmente tienen los napolitanos más in- 
genio, más gracia, y los piamonteses más seriedad, más 
constancia. Así como la Castilla, que es la más seria y per- 
severante de nuestras provincias, ha dominado á todas las 
de España, del mismo modo el Piamonte, con cualidades 
parecidas, ha hecho otro tanto en Italia. 

Kn política, [mes, vienen loa napolitanos después de 
aquellos y aun después de casi todos los pueblos <le la pe- 
nínsula. Ocupan, sin embargo, un primer puesto en la in 
(¡eligencia, siendo sólo inferiores á los toseanos. No hable 



216 

mos de los grandes ingenios nacidos antiguamente en 
aquel suelo privilegiado. Callemos de Pitágoras y de Cice- 
rón, Horacio, Ovidio y Stacio, todos napolitanos; callemos 
de la Escuela de Salerno, célebre desde el siglo VIII; de 
Flavio Gioja, inventor de la brújula, y de tantos otros que 
cualquiera puede traer á la memoria. Parémonos en la 
Edad Media y recordemos que en toda la cultura humana 
de aquellos tiempos, y entre la turba de doctores irrefra- 
grables, dulcísimos, seráficos y sutiles no hubo ninguno 
superior á Santo Tomás de Aquino, el doctor angélico, el 
poeta de la Eucaristía, á quieu debemos el Pange lingiia y 
el Lauda Sion, y cuya Suma teológica es una de las obras 
maestras del ingenio humano. Brilla Tomás en teología 
cual un Santo Padre; brilla en filosofía casi al lado de Aris- 
tóteles, y alcanza en ambas facultades tanta excelencia, 
que I103- día mismo, á pesar de nuestro adelanto intelec- 
tual, sigue siendo el oráculo de las escuelas y el autor pre- 
ferido por jesuítas y dominicos y hasta por el mismo San- 
to Padre. En fin, brilla Tomás por su espíritu libre é inde- 
pendiente, llegando á sentar en sus escritos la atrevida y 
peligrosa doctrina de que cuando no existe recurso alguno 
contra la tiranía, es digno de alabanza aquel que mata al 
tirano; lauda tur qui tyrannum occidit. 

En época más moderna produjo Ñapóles otro prodigio, 
otra de esas mentes privilegiadas que vuelan como águi- 
las, y dejan tras de sí un rastro luminoso. Hablo de Vico, 
poco conocido de sus contemporáneos, enfermizo y apoca- 
do, sumido en la estrechez hasta que Carlos III le dio una 
cátedra, y obligado á vender la única alhaja que poseía su 
mujer para costear la impresión de su libro; pero célebre 
después como el autor de la Ciencia' nueva, de la ciencia que 
hoy es llamada Filosofía de la Historia. Su estilo es oscuro, 



217 

suscitas no siempre exactas; mas fué el primero que des- 
cubrió la relación que existe entre el desarrollo de cada 
hombre y el desarrollo de la historia, y por consiguiente la 
similitud que debe igualmente existir en el desarrollo de 
las diversas naciones. Y al mismo tiempo que prueba la 
naturaleza común de todas ellas, hace resaltar también la 
intervención de la Providencia. 

Ha producido también aquel país un sinnúmero de 
poetas, y le cabe la gloria de haber sido el primero en que 
se hicieron versos en la lengua moderna, derivada del an- 
tiguo latín, á la cual se ha dado el nombre de italiano. Ti- 
raboschi, Ginguené y cuantos sobre esta materia han es- 
crito, todos convienen en que fué el Emperador Federi- 
co II, Rej r de Ñapóles y Sicilia en el siglo xiii y educado 
en aquel risueño suelo, el primero que compuso poesías en 
el nuevo idioma y el que le usó en su Corte é hizo que fue- 
se usado por los poetas sicilianos, de los cuales pasó luego 
á los boloñcses y toscanos precursores del divino Dante. 

No menos orgullo puede sentir Ñapóles por haber dado 
nacimiento al afamado Tasso, cuyos versos son todo melo- 
día, como la música de su patria, y si no llegan en inven- 
ción á los de Bayardoy Ariosto, tienen, en cambio, la ven- 
taja de tratar, como los de Camóens, á quien también se 
parece el Tasso en sus amores y desgracias, un asunto his- 
tórico, cuales son las Cruzadas, que interesa á todos los 
pueblos de Europa y especialmente á los napolitanos, por 
haber asistido dos Príncipes de su país á la conquista <\o 
la Ciudad Santa. Y es este, por cierto, uno de aquellos ca- 
sos en que el poema hace eternamente famosos .i los he* 
roes (pie canta, pues mientras el nombre del misino (iodo 

fredo, jefe de la ( 'razada, yace hoy día casi olvidado hasta 
en su misma patria, «'1 pueblo napolitano gusta todavía de 



oir los versos dulcísimos en que su poeta preferido canta 
las hazañas gloriosas de Tancredo y de Boemondo. 

Leopardi, en nuestros días, constituye asimismo una 
gloria de Ñapóles, por ser un poeta superior á casi todos 
sus contemporáneos de Italia y digno de ser puesto al lado 
de los clásicos. No es todo original en él; algo ha tomado 
de Filicayay de Petrarca, singularmente en sus cantos pa- 
trióticos. Acércase también, no al escéptico Heine, como 
algunos han dicho, sino á Foseólo y á Goethe, aunque per- 
maneciendo siempre personal y subjetivo, y respirando en 
todos sus versos una sinceridad muy intensa. Leopardi vi 
vio y murió enamorado y es él mismo aquel Consalvo que 
se despide tan tiernamente de la hermosa Elvira en una 
de sus canciones. 

Pasando luego á las producciones más severas, veremos 
también á Ñapóles tomar la delantera en la composición 
de las crónicas, siendo la de Matteo Spinelli, nacido en 
aquel país, la primera que se compuso en lengua italiana. 
Más tarde adquirieron merecida fama los Maquiavelos, 
Guicciardinis y Bentivoglios; no ha habido ninguno, sin 
embargo, que haya escrito con más libertad que el napoli- 
tano Giannone, si se exceptúa al veneciano Paulo Sarpi. 
Pudiera citar asimismo á Coletta, rival del piamontés Bot 
ta en la historia moderna; á Filangieri, émulo en sus escri 
tos del milanos Beccaria, y á otros muchos. Pero me de- 
tengo aquí: bástame haber demostrado que la nación na- 
politana no es inferior á ninguna en inteligencia, imagina- 
ción y buen gusto. 

Y ahora veamos qué razones ha podido haber para que 
el reino de Ñapóles no haya salido nunca de una situación 
secundaria Mucho ha contribuido á ello su carácter nacio- 
nal, producto de la raza y del clima. Descienden aquello* 



219 

pueblos de una mezcla singular de griegos y árabes, epi- 
rotas y albaneses, en la cual brillan, sin duda, algunas cua- 
lidades, pero se notan también muchos defectos, por no 
decir vicios, propios de cada una de esas razas y au- 
mentados considerablemente por el clima ardiente en que 
habitan. En primer lugar son perezosos, y las pruebas de 
ello saltan á la vista. Los lazarones de Ñapóles están hoj- 
día algo más vestidos que antes; pero á semejanza de los 
léperos de Méjico detestan el trabajo, y cuando han gana- 
do algunos céntimos para comprar pan y macarrones re- 
husan toda ocupación y pasan el resto del día tendidos al 
sol, como los lagartos, en los malecones del muelle ó en las 
gradas de alguna iglesia. Y no sólo los lazarones sino las 
personas de la más alta clase dan á menudo pruebas de 
desidia. Hasta el hablar les parece un gran trabajo y tra- 
tan de evitarlo, usando los más curiosos gestos. Recuerdo 
á este propósito y me río siempre que lo pienso, que una 
señora extranjera se enojó una vez terriblemente contra 
cierto caballero napolitano, porque habiéndole ella pregun 
tado en un baile á qué hora tendría lugar la cena, no abrió 
siquiera la boca, y se contentó con levantar dos dedos, ii 
fin de indicarle que sería á las dos de la mañana. Así son 
en todo, y el ingenio natural con que han nacido vive y 
muere inútilmente en la mayoría de sus cerebros. 

Son también tachados de pusilánimes ó por lo menos 
de muy propensos al pánico, aunque en esto se notan más 
qne en nada las influencias de sus diversos orígenes. El 
uhntct's, descendiente de los valientes Samnitas, y el cola 
bréi, nucido en l;is montañas, conservan el valor de sus an 
tepasados; el tarentíno y < v l capuana son, en general, nun 
blandos, de manera que el juicio que sobre los napolitanos 
se forme no puede ser absoluto. Hesde luego 68 cos;i ohser 



220 

vada que personalmente todos demuestran valor. Habido 
es, por ejemplo, que son temibles duelistas, y que de Ña- 
póles han salido en todas épocas soldados y capitanes ex- 
celentes. Napolitanos fueron con Tancredo á las Cruzadas, 
con Ladislao á Toscana, con el Duque de Calabria á Siena 
y la Romana. Los Reyes de España sacaron también de 
allí buenas tropas, y entre otros casos notables recuerdo 
que en aquella batalla de Nordlingen, ganada por el Car- 
denal Infante, el éxito de la jornada fué debido en mucha 
parte á la caballería, la cual era toda napolitana. Por fin, 
Napoleón sacó también de aquel país muchos soldados que 
le fueron bastante útiles en sus campañas de Rusia y de 
España. Y en cuanto á los buenos Generales, no necesito 
recordar la multitud de ellos que ha producido aquella na 
ción desde el tiempo de los condotieros hasta el de Car- 
los V. Por consiguiente, no es posible decir que los natura- 
les de aquel país, tomados en masa, sean menos valientes 
que los de otro cualquiera. Lo que hay, en mi sentir, es que 
á causa precisamente de su grande imaginación y del ca- 
rácter algo muelle de muchos de ellos, son más propensos 
que otros al desaliento. 

Dícese, además, que son muy supersticiosos, pero en 
esto también hay que hacer distinciones. La superstición, 
según Santo Tomás, es un exceso de religión, lo cual no 
siempre produce los malos efectos á que aludía Lucrecio, 
sino que puede causarlos excelentes. Observa precisamen- 
te el profundo Vico, que con el ateísmo no se ha formado 
sociedad alguna ni se han reformado nunca las costum- 
bres, y con la superstición sí. La mayor que se atribuj'e á 
los napolitanos, si superstición puede llamarse, es la creen- 
cia en lo que se llama el milagro de la licuación de la san- 
gre de San Jenaro, de lo cual se mofan mucho, no sólo los 



221 

protestantes, sino también los católicos extranjeros. Pero 
en primer lugar es imposible atribuirlo á engaño, porque 
en ese caso el secreto que se había guardado por tantos si- 
glos sobre la manera de verificarlo, sería un prodigio toda- 
vía mayor, como lo nota con mucha oportunidad el mismo 
Alejandro Damas en su gracioso Corneólo; y en segundo 
lugar, no tiene en sí nada de absurdo; es simplemente un 
hecho extraordinario é inexplicable, que el pueblo atribuye 
á milagro. Y en cuanto á su utilidad, es imposible desco- 
nocer que sirve poderosamente para conservar y avivar la 
fe cristiana en un pueblo todavía atrasado}' naturalmente 
propenso á la relajación de costumbres y aun á la idolatría, 
de quien ha dicho con agudeza Sainte Beuve: 

Paganisme immortel, es tu mort ¿ón le dit 
Mais Pan tout has s' en moque et la Sirene en rit? 

¿Y qué país no ha tenido de esas supersticiones popu- 
lares y benéficas? Las tuvieron los griegos, que con sus 
oráculos de Delfos y Dodona evitaron á veces grandes des- 
venturas. No las ignoraba la antigua Roma. 

¿Y qué otra cosa que una superstición sumamente útil 
fué aquella creencia de franceses é ingleses en el poder so 
brenatural de Juana de Arco, la cual llenaba de entusias- 
mo á los primeros y de terror á los segundos? Y en Espa- 
ña, ¿no hemos tenido la superstición del Apóstol Santiago, 
y no solamente en la Edad Media, sino hasta en el si^lo xvi 
y en la batalla de Otumba, donde, á excepción del despre- 
ocupado Bernal Díaz, pocos fueron los soldados españoles 
que no creyeron haberle visto? 

Y dígase también cu favor de los napolitanos que on 
ciertas ocasiones han sabido mostrar un espirita de inde 

pendencia contrario á otros excesos de religión, especial 



mente cuando Carlos V quiso establecer la Inquisicióu en 
aquel país, siendo notable que el movimiento que estalló 
en Ñapóles no fué meramente popular, como el de Masa- 
nielo, sino que la nobleza tomó también parte en él y ase- 
guró su éxito más completo. 

Pero lo que más desacredita á los napolitanos, son las 
extravagancias con que acompañan la realización del men- 
cionado milagro de San Jenaro. Yo tuve la curiosidad de 
asistir á él y puedo asegurar que todo hubiera pasado 
como en cualquiera otra ceremonia religiosa, si las mujeres 
del pueblo no hubiesen hecho gala de su familiaridad con 
el Santo, dirigiéndole improperios porque tardaba dema- 
siado en verificar la licuación de su sangre. A la verdad, al- 
gunos antecedentes tiene también esto, y del ilustrado 
Octavio se refiere que mandó suprimir en las procesiones 
la estatua de Neptuno, á fin de castigarle porque el mar 
había maltratado su escuadra. Pero en el siglo XX no ca- 
ben disculpas para tales escándalos y es de desear que 
nuevas generaciones mejor educadas, se abstengan de una 
conducta tan completamente contraria al espíritu cris- 
tiano. 

Esto mismo debe decirse de otras supersticiones, reli- 
quias todavía de los antiguos presagios de augures y arús- 
pices, que no son excesos del temor de Dios, sino del te- 
mor del diablo y de otros poderes desconocidos y ocul- 
tos, tales como el creer que si se encuentra á un fraile, un 
cojo, un jorobado ó un tuerto esto es señal de desgracia, y 
que hay días más ó menos fuuestos, y otra infinidad de 
disparates por este mismo estilo. Los antiguos los creye- 
ron, y en la Edad Media se cita al Emperador Mauricio, 
que aplazó su campaña contra los Aváres, porque al salir 
con su ejército de Constantinopla tuvo el encuentro de un 



223 

fraile. Hoy día no está aun enteramente libre de tales 
errores ningún pueblo del mundo. Así vemos que en Es 
paña nadie quiere casarse ni embarcarse en martes, ni en 
Francia en viernes, y en Inglaterra creen las muchachas 
que el día de San Valentín les debe salir un buen novio, y 
las rusas se imaginan que le ven en un espejo, y en Ale- 
mania no hay viejo castillo sin su dama blanca ni se le 
puede decir á nadie que tiene buena cara sin añadir unl>e- 
ru/ev, á fin sin duda de impedir alguna jugarreta del espí- 
ritu maligno; y en fin, en todas partes, desde Cádiz á Pe- 
kín, nadie quiere comer donde se sientan trece á la mesa; y 
esto no sólo entre el vulgo, sino entre los personajes más 
cultos y encopetados y hasta entre Reyes y Príncipes. 

Lo que sí es peculiar de Ñapóles es la famosa jettatura, 
ó sea la creencia de que determinadas personas tienen la 
propiedad de hacer daño á sus semejantes como las anti- 
guas magas y brujas, y esto no sólo cuando lo quieren, 
sino también involuntariamente. Cuya inaudita locura no 
es ya simplemente absurda 3* ridicula, como las demás de 
que hemos hablado hasta ahora, sino que lleva además 
consigo una grande injusticia, porque la persona calificada 
de jettaturc se ve excluida poco á poco de la sociedad, na- 
die la convida, todos la evitan. Recuerdo entre oirás al 
Conde de Capecelatro, el cual me decía que no se acordaba 
de haber hecho daño á nadie más que á sí mismo, porque, 
colocando mal su dinero, había perdido mucha parte «lo 
sus bienes. Y sin embargo, La gente le huía como á un 
apestado y persistían en llamarle jettatore, sin más razón 
que un capricho nacido de las propensiones más malignas 
del espirita humano, aumentadas por la imaginación de 
aquel pneblo. Conoció la ignorante antigüedad algo pare 
cido á la jettatura y lo llamaba fascinum, y según Labock, 



224 

do hay pueblo salvaje que no atribuya las enfermedades 
á algún maleficio; pero es por lo mismo vergonzoso que 
semejantes delirios existan todavía en un país civilizado 
y cristiano. 

Pero basta ya sobre este asunto. Veamos ahora si ade 
más de los defectos que se han mencionado tienen los na- 
politanos algún otro más importante á que poder achacar 
sus vicisitudes y desgracias. Los que disculpan á sus opre- 
sores los acusan de volubles, y ha llegado alguno á escri- 
bir un libro con el título de Las veintiséis revoluciones del 
reino de Ñapóles. Nótase, sin embargo, que no es sólo de 
los napolitanos la culpa de sus frecuentes cambios. Pol- 
lina causa ó por otra llegan á siete las dominaciones que 
ha habido en aquel país desde el siglo XI, por no hablar 
de otras más antiguas, á saber: la normanda, la alemana, 
la anjovina, la aragonesa, la española, la austríaca y por 
segunda vez la española con dos intermedios franceses, 
y ninguna de ellas ha sido establecida por la voluntad de 
los mismos habitantes, sino por la conquista extranjera. 
Grande injusticia es, pues, llamar voluble á quien desea al 
menos cambiar de cuándo en cuándo de tiranos. 

Pero siendo esto así, y no bastando los defectos de los 
napolitanos para explicar la situación siempre incierta y 
secundaria de aquel país, ¿á qué otras causas puede ésta 
atribuirse'-' En mi sentir existen dos muy importantes, á 
saber: la configuración misma de Italia, y su admirable 
hermosura, ese don infeliz del cielo, como lo llama Fili- 
caya, que lia excitado la ambición de las demás naciones. 
Aseméjase la figura de Italia á un reloj de arena ó más 
bien á un edificio compuesto de dos grandes pabellones, 
unidos entre sí por una galería bastante estrecha. Á\ 
Norte están Pi amonte, Lombardía y el Véneto; al Sur Ná- 



225 

poles y Sicilia; y en el callejón que une aquellas regiones 
con éstas se encuentran Roma y Toscana. De la Toscana 
podríase prescindir, pero Roma ha sido siempre un obs- 
táculo insuperable para la unión de toda Italia, tanto por 
el respeto que merece el Sumo Pontífice, como por la nece- 
sidad que había en tiempos relativamente bárbaros de que 
poseyese un Estado independiente. Si Roma, en vez de 
estar en ese callejón central se hubiese hallado situada 
en un extremo de Italia, como Venecia, Palermo ó Ge- 
nova, la unión de toda la península hubiera seguido las 
mismas vicisitudes que la de Francia, Inglaterra 3' Es- 
paña. 

Mas no habiéndose formado en Italia ningún reino su- 
ficientemente fuerte, ni siendo posible que los pequeños 
Estados en que se hallaba dividida vivieran sin celos y dis- 
cordias, natural cosa fué que la hermosura y riqueza de su 
suelo despertase la codicia de sus vecinos más poderosos. 
Esta circunstancia, que existía desde el tiempo de Cario 
Magno, recibió después un terrible incremento cuando, ro- 
bustecido en todas partes el poder real, disminuyó nota- 
blemente el temor de trastornos interiores, y cada Sobera- 
no y cada pueblo fueron acometidos de una como locura 
de engrandecimiento. Animábalos el espíritu violento que 
habían heredado de romanos y bárbaros y el desprecio 
más absoluto de la dignidad y derechos ajenos. La Ingla- 
terra quiso entonces nada menos que conquistar toda la 

Francia, la Alemania codició la l.omliardía, y Aragón pri- 
mero y después España las dos Xieilias y también Milán 

y Flandes, porque la España heredo las ambiciones reuni- 
das de Fernando el< iatólico y Garlos* V, y sabido es que el 
primero tenía tal pasión por Ñapóles que por ao perder bü 

dominio puso otra vez «mi peligro la reciente unidad de 
Tomo 11 15 



22G 

Castilla y Aragón, casándose con Germana de Foix, y el 
segundo dejó crecer el luteranisino en Alemania por no 
desguarnecer á Milán y Flandes. 

Juana de Arco curó de su demencia á la Inglaterra, para 
bien de aquella nación, que dedicó en adelante toda su ac- 
tividad á la adquisición déla Escocia. Pero entonces se 
empeñó á su vez la Francia en conquistar también,, como 
la España, á Ñapóles, Milán y Flandes, y esta rivalidad 
entre Francia y España dio lugar á guerras costosas, pro- 
longadas y sangrientas. Cesaron al fin después de una lar- 
ga alternativa de triunfos y reveses, mas con gran des- 
ventaja de España, porque la Francia perdió sus conquis- 
tas lejanas, pero redondeó bellamente su territorio con la 
Borgoña, el Franco Condado, el Artois y parte de Flandes, 
mientras que España conservó á Milán y Ñapóles, como 
virreinatos, lo cual fué una ventaja más aparente que real; 
pero perdió lo que más hubiera debido importarle, que fué 
la posesión de Portugal. 



•^5=«=5<-.- 



CAPITULO Ll 
Ñapóles, de 1855 á 1858. 



El Virreinato español no ha dejarlo buenos recuerdos en Ñapóles. — -Conducta es- 
candalosa de Osuna. — La guerra de sucesión priva á España de aquel Reino. — 
Errores en que incurrió España por su anhelo de recobrarle. — Logra colocar 
allí un Príncipe español. — Gobierno ilustrado de Carlos III. — Después de la 
Revolución francesa, sigue Ñapóles vicisitudes muy semejantes á las de Espa- 
ña. — La Corte se retira á Sicilia. — Influencia de Nelson. — Su pasión por Lady 
Hamilton. — Restauración en el año 15. — Revolución en el año 20. — La suprimen 
los austríacos. — Carácter benigno de Francisco I. — Cualidades de Fernando II. 
Era irreprensible como hombre. — Pecó de orgullo é imprudencia como Rey. 



Entre las diversas dominaciones que ha habido en Ña- 
póles, la aragonesa ha sido la que ha dejado mejores re- 
■cuerdos. Las Vísperas Sicilianas, más famosas qne loables, 
como dice con razón Mariana, marcaron un período de 
exasperación contra los anjovinos, del cual se aprovecha- 
ron bien los aragoneses para hacerse amar de aquellos ha- 
bitantes. Su gobierno f uó severo, pero justo, y llegó al apo- 
geo de su gloria, cuando el Duque de Calabria ocupó á Sie- 
na y Lorenzo el Magnífico iba en persona á Ñapóles, á fin 
de obtener la protección del Rey Fernando. En cambio, no 
ha quedado muy buena memoria de la dominación españo 
la, la cual tomó por necesidad la forma de un Virreinato é 
hirió por consiguiente el amor propio <!<• los napolitanos. 
Además, esta clase de gobierno es siempre <><l¡<>sa y lleva 
inevitablemente consigo abusos é inconvenientes 'le todo 
género. 



228 

Las descripciones que hacen de aquel régimen, no soló- 
los extranjeros, sino los mismos españoles imparciales, no 
son muy halagüeñas. El Duque de Rivas, en su exacto y 
ameno libro sobre la sublevación de Masanielo, no titubea 
en decir que el gobierno de los Virreyes fué tan funesto 
para aquel hermoso país, que aun hoy se recuerda en él 
con estremecimiento su arbitrariedad y sed insaciable de- 
oro. Como que el Gobierno de Madrid no pensaba más que 
en sacar de allí dinero y soldados, y los Virreyes enrique- 
cerse. 

Hubo algunos bastante buenos, tales como el primer 
Toledo, que embelleció mucho la capital; el Marqués del 
Carpió, protector de pintores y poetas; Medinaceli, que edi- 
ficó la ribera de Chiaia y el paseo llamado Villa Reale, y el 
Conde de Oñate, á quien se debió la pacificación del país, 
después de la sublevación de Masanielo y Guisa. Pero la 
generalidad era mala y se acercaba más ó menos al tipo de 
Medina de las Torres y Osuna, que son los que ban dejado 
peor fama. El último era por sus concusiones un Verres y 
por su ambición un pequeño Valenstein. Lo que cuentan 
los historiadores sobre sus extravagancias, injusticias y 
crueldades, raya en lo increíble. Trató de hacerse Rey in- 
dependiente, como Braganza, y tanteó con este objeto al 
Rey Luis XIII de Francia, al Condestable de Lesdiguieres 
y al Duque de Luynes. Adulaba á la plebe tirándole dine- 
ro y suprimiendo impuestos; protegía á las rameras, bra- 
vos y bandidos, y andaba siempre imaginando fiestas y di- 
versiones de toda especie. Hacía también públicamente 
gala de sus amores con la Marquesa de Campolattaro y 
otras damas de la nobleza y se comportaba en todo como 
el más licencioso monarca. 

Apurada la paciencia de nuestra Corte, fué Osuna des- 



22í> 

tituído al fin, 3^ le reemplazó el Cardenal Borja, Pero puso 
aquél el sello á sus demencias con su entrada en Madrid, 
pues, según nos lo refiere en el Bachiller de Salamanca el 
traductor de Lesage, el Duque la hizo con tanto boato, que 
llevaba delante cuatro clarineros y doce guardias napoli- 
tanos y otros tantos sicilianos, seguidos de tres suntuosas 
carrozas de la Duquesa su esposa, y una numerosa servi- 
dumbre, compuesta de mayordomos, alabarderos y pajes, 
todos á caballo, y por último, venía el Duque en otra carro- 
za de gran lujo, con una escolta de caballeros españoles y 
treinta coches con sus amigos y parientes. Y no contento 
<;on esto, expuso en su casa por espacio de quince días á la 
curiosidad pública las riquezas que había traído de Italia, 
fundando un vano placer en enseñárselas á los españoles. 
Un ruidoso proceso puso término á tan tamaños escánda- 
los, y el Duque fué al cabo preso en su quinta de la Ala- 
meda, donde murió en opinión de loco, como probablemen- 
te lo estab;i. 

Y si bien se piensa, el cargo de Virrey en un país tan 
ameno, tan rico y de costumbres tan fáciles, por no decir 
«orrom pidas, era mu}' á propósito para trastornar la ra- 
zón do cualquiera. El Conde de Olivares, padre del célebre 
Ministro, solía decir que lo mejor era no ser nunca Virrey 
de Ñapóles, porque se sentía Luego demasiado el dejar de 
serlo. Y la Condesa d' Aulnoy cuenta en su viaje á Espa 
ña, (pie una señora española roción llegada de If:ili:i obtu- 
vo una audiencia de Culos II, y después de haberle habla 
do de las bellezas de aquella península, le dijo eo n sobra 
de Ingenuidad 6 de malicia: Señor, yo le pido ;i Dios que 
os haga la gracia de ser mi día Virrey de NTápolea . 

Conviene, sin embargo, decir que no todas las críticas 
que se han hecho del gobierno de ouestroa Virreyes, son 



230 

igualmente merecidas. Mi buen amigo Reumont, por ejem- 
plo, en su erudito libro sobre las Cara/as, traza con concien- 
cia alemana los hechos más notables de aquel período his- 
tórico; mas, en mi sentir, peca de alguna exageración cuan- 
do atribuye á los Virreyes todos los males de Ñapóles. 
Desde luego es notorio que la corrupción de costumbres no 
era vicio particular de aquel país, sino de toda Italia y 
también de Francia. Reumont mismo confiesa, que Fra 
Tommaso Campanella, en sus discursos políticos, explica la 
duración del dominio español en Italia por el carácter de 
nuestra nación naturalmente serio y justo. Y la verdad es 
que aquel régimen dio á Ñapóles durante doscientos años 
lo que no había tenido nunca desde el tiempo de los nor- 
mandos, á saber: paz y tranquilidad interior, gracias á las 
cuales su riqueza y población fueron nada menos que cua- 
druplicadas. Ciertamente, el gobierno de un Virrey, por 
bueno que sea, no valdrá nunca lo mismo que la indepen- 
dencia; pero Ñapóles necesitaba por mucho tiempo una 
mano de hierro para contener á sus inquietos barones; y la 
facilidad con que aquel país aceptó después á Carlos III,. 
que era español, y la debilidad mostrada por el régimen 
austríaco indican también, á mi parecer, que por lo menos 
no habíamos dejado allí grandes odios. 

Una guerra europea, la que estalló con motivo de la su- 
cesión de España, libertó al fin á Ñapóles de aquel gobier- 
no, porque si bien se vio sometida por algún tiempo á un 
Virrey austriaco, esto duró poco, gracias al empeño que 
conservaba España por recobrar sus posesiones de Italia. 
La antigua locura sobrevivía á todos nuestros desastres, y 
con el tesoro exhausto, con las heridas todavía abiertas, y 
con Gibraltar, ó sea nuestra honra en poder de los ingle- 
ses, todavía alargábamos la mano á las quimeras de Par- 






231 

ma y Ñapóles. Ofreciónos la Inglaterra Gibraltar con tal 
que nos uniéramos á ella, abandonando aquellas pretensio- 
nes; mas ¡oh vanidad! ¡oh delirio! preferimos Italia á Gibral- 
tar, mientras que la Francia, más avisada, aseguraba para 
sí la Lorena, á fin de redondear más y más su territorio. 
Atribuyese esto principalmente á la ambición de la Reina 
Isabel Farnesio; pero más tarde se hizo otro tanto, prefi- 
riendo la Florida á Gibraltar; y en este mismo siglo hemos 
preferido á esa hermosa é importante plaza que está en 
nuestra casa y forma parte de nuestra costa, la posesión 
de los inútiles presidios de Marruecos, es decir, la vanidad 
á la honra, lo precario á lo permanente, lo ajeno á lo pro- 
pio. Conducta singular y que no puede ciertamente pare- 
cer muy sensata. 

Che poco saggio si jmó dir coluí 
Che perde ü sito per acquistar V áltrui. 

Por el momento no conseguimos más que Parma; pero 
más adelante, aprovechándonos de la nueva guerra encen- 
dida por la sucesión de Austria, logramos al fin volver á 
poner el pie en el codiciado Ñapóles. Sin embargo, no ga- 
namos en ello otra cosa que la satisfacción de amor propio 
de colocar allí un Príncipe español, y quien realmente ganó 
Cné Ñapóles mismo, puesto que volvió á recobrar su inde- 
pendencia como nación y á tener vida inopia. Carlos III, 
animoso, justo é ilustrado, le devolvió parte de bu antiguo 
esplendor, renovando las tradiciones aragonesas. 

Ea un pensamiento de Platón, que los pueblos serían fe- 
lices sí l"s reyes fuesen filósofos ó los filósofos reyes. \l<_ r " 
<]*■ eslo sucedía al mediar el siglo pasado, pues José I de 

Portugal, Carlos III primeramente en Ñapóles j Luego en 
España, laiis x v en Francia, José II en Austria y Leopol 



23¿ 

do en Toscana, fueron por lo menos ilustrados, y lo mismo 
y aun más puede decirse de sus Ministros. La necesidad de 
reformas era evidente, y en España las Cortes del siglo xvn 
las habían reclamado ya en vano por dos veces. Tanto Es- 
paña como Ñapóles, estaban llenas de mayorazgos y ecle- 
siásticos. En la Catedral de Sevilla había hasta cien canó- 
nigos, y llegaban á diez mil los clérigos y frailes de aquella 
sola diócesis. No hay institución humana, por buena y san- 
ta que sea, que no degenere y se corrompa, y así como aho- 
ra todos blasonan de liberales y desean ser empleados ó 
militares, entonces todos blasonaban de fanáticos y aspi- 
raban á ser capellanes ó frailes. Ni es preciso recordar que 
existía aun en nuestro país el odioso tribunal de la Inqui- 
sición, y que entre las propiedades eclesiásticas y los ma- 
yorazgos estaba vinculada la mitad del territorio. 

Lo mismo, con poca diferencia, sucedía en las demás na- 
ciones católicas, y como era en vano recurrir á la Sant;i 
Sede para corregir tantos abusos, los gobiernos de aquel 
tiempo pretendieron hacerlo por sí propios. Los hechos, sin 
embargo, no correspondieron á tan buenos propósitos, pues 
la sola cosa notable que realizaron fué la supresión tempo- 
ral de los jesuítas, y esta misma medida, no habiendo sido 
seguida de ninguna otra importante, resultó casi inútil, 
quedando todo poco más ó menos cual lo estaba antes del 
advenimiento de Carlos III. Con todo, tanto en Ñapóles 
como en España hallaron agradecimiento sus buenos de- 
seos, y todavía se le recuerda como un monarca ilustrado, 
que, si bien amó demasiado la guerra, siguiendo el ejem- 
plo de su bisabuelo Luis XIV, tuvo el mérito de proteger 
las letras y las artes, y supo resistir con energía á las exa- 
geradas pretensiones de Roma. Cuando llegó á la vejez se 
puso muy feo; mas en su mocedad era guapo y elegante, se- 



233 

gún puede verse en un retrato suyo, pintado por Ranc, que 
está en el Museo del Prado y le representa con peluca em 
polvada y coraza. La dulzura de sus ojos azules publica la 
bondad de su carácter. 

Entre tanto á los Príncipes ilustrados y algo atrevidos 
sucedieron otros pusilánimes é ignorantes, y tanto por este 
motivo como por la oposición de las clases interesadas en 
la perpetuidad de los abusos, nadie volvió á hablar de re- 
formas hasta que la Revolución francesa, causada precisa- 
mente por la resistencia que ofrecía la nobleza á las que 
proponía Necker, las llevó á cabo de la manera más cruel y 
violenta, exagerándolas y haciéndolas servir al engrande- 
cimiento exclusivo del tercer estado, ó sea la burguesía y 
clase media. 

Aquella revolución, encarnada luego en Bonaparte, dio 
la vuelta al continente y conmovió todos los tronos. El 
Reino de Ñapóles presentó desde entonces las mismas pe- 
ripecias que España. Tuvo su Rey alelado, su Reina ligera 
y hu temerario favorito; fué invadido por los franceses, y 
sus Monarcas tuvieron que abandonar su capital y la mi 
tad de sus dominios. Con todo, hubo entre ambos dramas 
alguna diferencia. El Rey Fernando de Ñapóles no come 
tió, como Carlos IV, el error que pagamos después tan caro, 
de unirse con Napoleón para humillar á un Reino vecino, 
sino que desde luego se retiró á Sicilia, donde podía ser 
defendido fácilmente por la escuadra de Lord Nelson. I.;i 
alianza inglesa estaba indicada en Ñapóles, lo mismo que 
eú Portugal y Cerdefia, y el favorito Acton, que era de orí 
gen irlandés, se inclinaba naturalmente á ella. En cnanto 
:'i la Reina Carolina, era mucho más enérgica qne Marín 
Luisa, y no bóIo prefería á los ingleses, Bino que abomina 
ha de muerte á Bonaparte. Kste odio era recíproco y 61 la 



llamaba siempre Freclegunda, mientras que ella, desde el 
fusilamiento del Duque de Enghien, le llamaba siempre 
asesino. 

Por la fuerza misma de las cosas fué entonces muy 
grande en Ñapóles la influencia de Lord Nelson, y por des- 
gracia el papel que allí representó no fué siempre lauda- 
ble. Estaba perdidamente enamorado de la célebre Emma 
Lyons, mujer de Lord Hamilton y amiga íntima de la Rei- 
na Carolina, y es notorio que por complacer á entrambas 
cometió muchas acciones injustas. Con efecto, no sólo ayu- 
dó á los Reyes de Ñapóles á restablecer por algún tiempo 
su gobierno en el Continente, sino que castigó sin piedad 
á los republicanos y rebeldes, entre los cuales había algu- 
nos bastante ilustres. Uno de ellos, el Almirante Caraccio- 
lo, era muy digno de simpatía por su noble carácter, y su 
muerte fué acompañada de circunstancias que parecen to- 
madas de una antigua leyenda y contribuyen á perpetuar 
su inhumano castigo. Hizo Nelson que le ahorcaran de una 
entena y le arrojaran al mar, pero las olas le volvieron á 
la superficie y su trágico aspecto parecía acusar á sus ver- 
dugos. 

Pero si Nelson servía con tanto celo á la Corte de Ña- 
póles, no omitía ésta, por su parte, cosa alguna para ser 
agradable á los ingleses. Desde luego es indudable que á 
su buena voluntad, debieron éstos nada menos que la vic- 
toria de Abukir, porque se hallaban detenidos en Sicilia 
por no tener víveres para abastecer la escuadra, y el Rey 
de Ñapóles fué quien se los suministró al fin, no obstante 
que, tanto el ganado como el grano, escaseaban mucho en 
aquella isla. Cuyo suceso fué atribuido también á la in- 
fluencia de Lad} 7 Hamilton, y así lo creía el mismo Nelson, 
hasta el punto de pedir á su gobierno que le otorgase á la 



235 

mencionada dama una recompensa especial en reconoci- 
miento de aquel servicio. Porque Nelson aprovechaba to- 
das las ocasiones de elogiar á su adorada Emma, en la 
cual creía ver una de esas criaturas privilegiadas que na- 
cen para la felicidad de los hombres, y su ceguedad era 
tal que por ella se separó de su mujer, por ella riñó con su 
padre, y por ella desafió la opinión pública de su país, que 
entonces era muy severa en esta clase de deslices. Duróle 
esta pasión toda su vida, y cuando aceptó por segunda 
vez el mando de la escuadra del Mediterráneo á fin de em- 
prender aquella memorable campaña que terminó en Tra- 
falgar con su victoria y su muerte, le escribió á Lady Ha- 
milton una carta, en la cual le decía entre otras cosas apa- 
sionadas: « ¡Emma, Emma! tus palabras me animan á nue 
vas empresas; si hubiera muchas Emmas, habría muchos 
Nelson». 

Mas sin negar la pasión de éste ni la influencia que so- 
bre él ejercía aquella hermosa mujer, á mí me parece que 
el espíritu que animaba al héroe inglés y que explica me- 
jor que nada sus acciones, es el mismo que inspiraba en- 
tonces á casi todos los hombres más importantes de Ingla- 
terra; el que respira en aquellas cartas de Burke sobre la 
Paz regicida, que califican á los jacobinos franceses de 
ateos y asesinos; el que hizo de aquel país el defensor de 
España y de todas las naciones ultrajadas por Bonaparte; 
el que, en fin, 00 halló reposo hasta que venció al tirano dr 
Europa y le encerró en Santa Elena. 

El Rey Fernando 1 fué restaurado en el año l.*> como 
los demás monarcas desposeídos, desapareciendo como un 
sueño la dominación efímera de Murat del lado acá del 

Faro. 

Quiso el ambicioso francés recobrar su perdida coro 



236 

na, y conducido por la fatalidad de su destino á las playas 
de Calabria, pagó allí con su vida las crueldades que ha- 
bía cometido en Madrid en el funesto Dos de Mayo. 

En el año 20 tuvo Ñapóles también su movimiento re- 
volucionario parecido al nuestro, en el cual desempeñó el 
General Pepe el papel de Mina y los tenientes Morelli y 
Silvati el de Riego y Quiroga, El Austria fué la encargada 
de hacer allí el oficio que la Francia había hecho en Es- 
paña, y Frimont encontró en su corta campaña las mismas 
facilidades que Angulema en la suya. Hubo también en 
aquel país, como en el nuestro, varias sociedades políti- 
cas secretas, siendo la principal la de los carbonarios ó 
carboneros, que equivalían á nuestros masones, y fueron 
así llamados porque se tiznaban y disfrazaban de tales, 
en imitación de los antiguos conspiradores güelfos. Mas 
todas sus tentativas fueron fácilmente reprimidas, y en 
vez de destrozarse, cual nosotros, en guerras civiles, tuvo 
aquel reino, para dicha suya, lo mismo que el Piamonte, un 
largo período de paz interior que le permitió realizar mu- 
chos progresos. Sus lej^es y su administración, tomadas de 
Francia, eran excelentes, y su Hacienda tan próspera, que 
sus fondos públicos se cotizaban sobre la par. 

A Fernando siguió su hijo Francisco I, quien, alcanzan- 
do tiempos más tranquilos, se mostró justo y benigno. Su 
alma era bella, su fisonomía no tanto. Estaba dotado de 
una nariz tan desmesurada, como la que llevaba postiza 
Tomé Cecial, escudero de Sansón Carrasco, por cuyo mo- 
tivo el pueblo le llamaba Xasone, como en España llama- 
ban á Fernando VII Narizotas. El célebre Canova hizo su 
estatua colosal de mármol, que entonces estaba en un des- 
canso de la escalera del Museo, y dicen que, cuando la 
hubo concluido, le pareció el Rey tan feo, que se quitó la 



237 

montera de papel que usan los escultores en el taller para 
libertarse del polvo, y se la tiró á la cabeza. 

Sucesor de Francisco I fué Fernando II y éste era quien 
reinaba en Ñapóles cuando yo llegué á aquel reino. Tardé 
mucho en conocerle de cerca, porque vivía muy retirado, 
ora en Caserta, ora en Gaeta, y ni se mostraba en la capi- 
tal, ni recibía casi nunca al Cuerpo diplomático. Más ade- 
lante, habiéndome quedado Encargado de negocios por au- 
sencia temporal de mi jefe, tuve la honra de serle presen- 
tado, y pude notar que era grueso, corpulento y de no mal 
parecer. 

Carecía, por fortuna, del rasgo de fisonomía más ca- 
racterístico de los Borboues, pues su nariz era más bien 
roma que aguileña. Sin duda las frecuentes alianzas con 
Princesas de otros países, especialmente austríacas, han 
modificado al fin aquella abultada facción, la cual procede 
nada menos que de Enrique IV. Don Fernando, pues, era 
algo menos feo que su padre y tenía en su semblante una 
expresión bondadosa. Como hombre se mostraba irrepren- 
sible, formando en esto completo contraste con su rival 
Víctor Manuel. Lejos de entregarse á sus pasiones, fué 
siempre un marido ejemplar y \in dechado de padres de 
. Familia, que vivía rodeado de su mujer y de sus hijos como 
cualquier honrado burgués. Su mesa era abundante, pero 
sin lujo. 

Fumaba de continuo unas tagarninas del estanco tan 
malas, que levantaban cualquier estómago no acostum 
brado á ellas. Cierto oficial que aceptó una de su regia 
mano y la Eumó por no desairarle, tuvo que retirarse 
con precipitación á La antecámara porque se sintió muy 
malo. 

Vestía siempre de militar, como los Soberanos de Ale 



238 

inania y del Norte, á quienes imitaba en cuanto podía; 
pero en realidad era un napolitano neto, que hablaba siem- 
pre el dialecto del pueblo y ponía motes á todos, hasta á 
sus hijos. 

Llamaba á los ingleses mercaderes de bacalao y á 
los franceses peluqueros. Creía en la jettatura y tenía por 
gentes de mal agüero á los frailes y á los calvos, joroba- 
dos y tuertos. Decíanle afable y caritativo, y muy indul- 
gente con las faltas de sus servidores. No le faltaba talen- 
to y conocía perfectamente las necesidades de su país, de- 
plorando la imposibilidad en que se creía de remediarlas. 
Ni carecía tampoco de valor personal, como lo probó cuan- 
do Agesilao Milano quiso quitarle la vida. Amaba la caza, 
pero con más moderación que su abuelo y su padre. Por 
fin, era laborioso y estudiaba mucho los asuntos antes de 
tratarlos con sus Ministros. 

Tal era el hombre. En cuanto al Rey, no merecía, en mi 
opinión, los mismos elogios. Fernando II era más napolita- 
no que italiano y no tenía nada de conciliador. En el año 
48 su Ministro Troya le indujo á enviar 15.000 hombres 
á Lombardía á las órdenes del General Pepe; mas los maz- 
zinistas y revolucionarios de Ñapóles quisieron procla- 
mar allí una Constituyente, como lo realizaron en Roma y 
Florencia, y entonces hizo que regresaran sus tropas, y 
después de haber vencido á los amotinados en las calles 
de Ñapóles, retiró la Constitución que había otorgado. 
Hizo enseguida bombardear las plazas rebeldes de Sicilia, 
y por esta razón fué llamado por los revolucionarios Fey 
Bomba, en lo cual había mucha injusticia, puesto que no 
hubo casi ningún Soberano de aquella época que no tuvie- 
se que hacer otro tanto, incluso Víctor Manuel, que bom- 
bardeó á Genova. Continuó luego resistiendo á las aspira- 



239 

ciones de sus pueblos y á los consejos de las Potencias 
occidentales, y aunque sostuvo con éxito esta lucha hasta 
su muerte, no por eso dejó de merecer la nota de orgulloso 
é imprudente, según trataré de demostrarlo en el próximo 
capítulo. 



-?53¡í=3<- 



CAPITULO LII 
Ñapóles, de 1855 á 1858. 



Conducta política del Rey Fernando II. — Precaria situación en que deja á su hijn 
Piedad exagerada de la Reina María Teresa — Las bailarinas con pantalones 
verdes. — l'n retrato escondido. — Errada educación de los Príncipes.— Los her- 
manos del Rey. — Mérito de Trápani. — Fiestas de Siracusa. — El Pretendiente 
Montemolin y el Infante Don Sebastián establecidos en Ñapóles. — Deseo que 
tenia Don Sebastián de reconciliarse con la Reina Isabel. — Altos cargos de Pa- 
lacio. — De <iuién descendía el Príncipe de Bisignano. — Ministros del Rev. El 

Conde de Ludolt' era el verdadero Ministro de Negocios extranjeros. 



El Rey Fernando II de Ñapóles pudo jactarse, e-orno 
nuestro Fernando VII, de que mientras él vivió, no pudie- 
ron sus enemigos arrancarle concesión alguna. Eran éstos, 
sin embargo, numerosos y terribles. En primer lugar, la 
secta revolucionaria de Mazzini, que armó el brazo de Age- 
silao Milano é hizo volar una fragata de guerra y un fuer- 
te; en segundo, los emigrados napolitanos, que desembar- 
caron en Sarpi, capitaneados por Pisacaney Nicotera; en 
tercero, sus subditos monárquicos, pero liberales, los rúa 

les trun lautos, que el mismo Rey lo confesaba a üermú 
dez que no tenía (le quién echar mano |>ara los puestos de 
confianza, porque tanto la noble/a cuino la burguesía e-t;i 

han más ó rueños inficionadas Ac lo que él llamaba enfer 
medad constitucional. Uníase á éstos el Gobierno sardo, 
cuyo representante en Ñapóles conspiraba secretamente 
para hacerle perder su prestigio ó inclinar los ánimos 
Tomo i i ifl 



242 

cia la unión con Piamonte. Uníanse también clara, oficial 
y decididamente los dos gabinetes de Londres y París, 
exigiéndole que concediese algunas reformas, y retirando 
sus Ministros porque no quiso hacerlo. Uníase, en fin, el 
furioso y elocuente Mr. Gladstone, quien en su célebre car- 
ta á Lord Aberdeen llegó á decir, con su exageración acos- 
tumbrada, que el Gobierno del Rey Fernando era una ne- 
gación de Dios. Pero á todos resistió con notable entereza, 
y temido, si no amado, como de sí mismo decía Sila, bajó al 
fin al sepulcro en la plenitud de su poder real y absoluto. 
¿Fué esto digno de gloria? A mí no me lo parece. Segu- 
ramente no era muy extraño que aquel Rey fuese poco 
partidario de las instituciones liberales. El ensayo que ha- 
bían hecho de ellas su padre y su abuelo, y el que tuvo que 
hacer él mismo en 1848, no había sido muy á propósito 
para animarle á otro nuevo. Además, ya he dicho en otras 
ocasiones cómo considero que deba ser mirado este punto. 
La posición de un Monarca constitucional es tan desaira- 
da, que causan maravilla y aun risa los aspavientos que 
hacen algunos cuando los Príncipes se resisten á aceptar- 
la. Verse reducido á un mero rey de baraja, sin más pre- 
rrogativas que las de abrir y cerrar las Cámaras, firmar 
como en un barbecho cuantos papeles les presentan los 
Ministros, y nombrarlos á éstos cada vez que se pelean los 
antiguos y hay necesidad de otros nuevos, es una humi- 
llación que difícilmente puede ser voluntaria. Y la prueba 
de ello es que, si se exceptúa á los Emperadores de Austria 
y Alemania, los cuales se han hecho constitucionales con 
poca violencia y conservan todavía todo su prestigio y mu- 
chas de sus antiguas facultades, todos los demás han sido 
constitucionales, no por inclinación propia, sino porque á 
ese precio han obtenido la corona. 



243 

Pondré algunos ejemplos: Guillermo de Holanda se hizo 
liberal para usurpar el trono de Inglaterra á su suegro Ja 
-cobo; Luis Felipe siguió la misma conducta para destronar 
al reaccionario Carlos X; Cristina de España y María de 
Portugal se hicieron liberales para obtener el apoyo de este 
•partido contra las pretensiones de Don Carlos y Don Mi 
guel; los Soberanos de Bélgica y Grecia fueron elevados al 
trono por los liberales de ambos países con la condición de 
serlo, y en fin, Víctor Manuel fué constitucional porque 
•ese sistema era un arma excelente para realizar la inde- 
pendencia de Italia; y aunque no se desconozca que le mu- 
vía un espíritu. patriótico, es imposible negar que la ambi- 
ción de extender su pequeño territorio entró por mucho en 
sus protestas de liberalismo. 

Mas á pesar de que el Rey de Ñapóles no tenía ningu- 
no de esos motivos para convertirse en constitucional, hay 
en su conducta un cierto exceso de orgullo y una gran fal- 
ta de previsión y prudencia. Muchos lo niegan todavía; 
mas yo creo que así lo dirá unánimemente una posteri 
dad más remota. Sin hacerse enteramente liberal, pudo lio 
var á cabo reformas que le conciliasen la amistad y elapo 
yo de las Potencias occidentales, las cuales le eran hostile-, 
en parte por resentimiento de que durante la guerra de 
Crimea be había mostrado partidario secreto de la Rusia, 
llegando hasta negar la exportación de granos y víveres de 
que tenían tanta necesidad los dos aliados de Occidente, y 
'•ii parte, porque sinceramente deseaban, sobre todo la Fran 
cia, que el Rey Fernando no le diese pretexto á Víctor Ma- 
nuel ron la exageración de su conducta, para mezclarse cu 
los asuntos de aquel Reino, y extender cu él su Influencia 

Alegar que mientras vivió, nadie pudo hacer mella vn mi 

poder, no hasta para eximirle de culpa, porque todo gobier 



no, especialmente en tiempos de grandes turbulencias,, 
debe asegurarse aliados importantes, y puesto que D. Fer 
nando veía á la Rusia vencida y al Austria amenazada, de- 
bió buscar el apoyo de las potencias occidentales, conce- 
diendo á éstas algo de lo que para ello le exigían. Dejar á 
su hijo un trono amenazado por tantos enemigos y que se 
sostenía por una especie de milagro, era por lo menos im- 
prudente. Y la demostración más clara de que esto es así 
está en lo que le sucedió á su hijo y sucesor Francisco II,. 
el cual tuvo que hacer á última hora, y cuando ya era in- 
útil, lo que no quiso ejecutar á tiempo su obstinado padre. 
Pero dejemos por ahora este tema y digamos ya cuál 
era la Reina María Teresa, Archiduquesa de Austria y es- 
posa de aquel monarca. Personalmente tenía pequeña es- 
tatura y no podía llamarse bonita ni fea. Su condición pa- 
recía afectuosa y dulce, sin sombra siquiera de la altivez 
austríaca, y si hubiese recibido una educación más confor- 
me al puesto que ocupaba, quizás habría sido una sobera- 
na muy simpática. Pero su piedad exagerada tenía oscure- 
cidas sus bellas prendas. Ataviábase tan poco á la moda y 
tan arrebujada y envuelta, que su marido mismo solía de- 
cirle en chanza que era la mujer peor vestida de su Reino. 
La primera esposa de Don Fernando había vivido y muer- 
to con la reputación de santidad, y yo creo que esto perju- 
dicó mucho á Doña María Teresa, porque es probable que 
por el empeño de imitarla exagerase poco á poco su piedad 
natural. Y si se hubiese limitado á ser rezadora y devota,, 
no hubiera habido en ello ningún inconveniente; pero tuvo 
además la infeliz idea de querer reformar las costumbres 
y aun los teatros en un país donde el amable Liguori ha- 
bía creído necesario predicar una moral muy indulgente, 
llegando la excelsa señora hasta exigir que las bailarinas- 



'245 

-ele la O perú se pusiesen pantalones de tul verde debajo de 
Jos toneletes. Reíase el público, reíanse las mismas bailari- 
nas, con ocurrencias y chistes que no aumentaban cierta- 
mente el prestigio de la buena Reina. 

En la educación que daba á sus hijos notábanse tam- 
bién los mismos defectos. Los más pequeños, que eran los 
de mejor presencia, se emanciparon luego bastante; mas 
•el mayor, Don Francisco, que era hijo de la primera Reina, 
tenía en su figura y sentimientos más de monje que de 
Príncipe. Bastará un solo rasgo para pintar las costum- 
bres de aquella familia. Concertóse pocos años después el 
matrimonio de Don Francisco con la gentil María Sofía de 
Baviera, y según es costumbre, fué mandado á Ñapóles un 
retrato de esta Princesa, que la representaba en toda la 
flor de su hermosura. Enseñáronselo á Don Francisco, 
quien, como es natural, quedó luego prendado de un obje- 
to tan amable y se preparaba á conservarlo en su poder. 
Mas he aquí que la Reina se opuso á ello } r se lo llevó á sus 
habitaciones diciéndole al timorato Príncipe que así lo exi- 
gía el decoro, y al Rey que lo creía necesario para no ex- 
poner la virtud de su hijo á la tentación de malos pensa 
mientos. 

Llegado en tanto el joven Príncipe á la edad de vein 
tiún años, empezó á asistir al Consejo por disposición de 
su padre, y pronto se vieron en él los efectos de una edu- 
cación poco ilustrada. Negociaba cu aquella ('poca el Nun- 
cio Ferrieri un importante arreglo eclesiástico, por el «nal 
se suprimía el tribunal llamado la Monarquía, que juzgaba 
de las causas mayores sin intervención de Roma, y el mis 
mo Nuncio me refirió que, Begún sus noticias, cuando en la 

<1Í8CU8ÍÓI] de Cualquier artículo andaban tímidos los con 

sejeros por temor de que el \lry desaprobase la supresión 



246 

de todas sus regalías, el joven Príncipe los animaba con 
señas muy enérgicas, lo cual le valió pronto el afecto de 
los clericales y retrógados. No desconocía, sin embargo, en- 
teramente las necesidades de la época, y sobre todo era 
afable y bondadoso; y por esto y por el recuerdo de su san- 
ta madre, el pueblo le amaba y le daba con familiaridad el 
diminutivo de Franceschello. Sus hermanos eran todavía 
muy niños para juzgar bien de su carácter: más adelante 
han mostrado dignidad y decoro. Sus hermanas han sido 
todas bonitas y tenían la gracia de su tía la Reina Cristi- 
na de España, con especialidad María Inmaculada, que ca- 
só con el Archiduque Carlos Salvador de Toscana y resi- 
día en Viena. 

Tenía el Rey Fernando varios hermanos, uno de los cua- 
les era aquél Conde de Trápani, que Narváez quiso dar por 
esposo á la Reina Doña Isabel; pero cuya candidatura fué 
combatida con violencia y mala fe por el partido progre- 
sista y por Mr. Bulwer, á quien Lord Palmerston dio ins- 
trucciones precisas con este objeto, sin más razón que el 
ciego deseo de servir las pasiones de aquel partido. No fué 
omitido medio alguno para hacer impopular y ridículo el 
nombre de aquel Príncipe, hasta el punto de pedir en alta 
voz en los cafés de Madrid un trápani como sinónimo de 
un helado al uso de Ñapóles. Y sin embargo, mucho má& 
valía que los otros candidatos preferidos, y el mismo Pal- 
merston decía más tarde que se arrepentía de haberle com- 
batido sólo por dar gusto á Espartero y sus amigos. 

El Conde de Siracusa era el Alcibiades de la familia. 
Buen mozo, aunque demasiado obeso, y dueño de un pin- 
güe patrimonio, no supo resistir alas tentaciones que el 
dinero y la ociosidad traen consigo. Estaba casado con 
una Princesa de Carinan, señora á la verdad maniática y 



247 

de carácter muy raro, por lo cual no vivieron mucho tiem- 
po de acuerdo, y á pesar de que ella residía en Ñapóles, 
habitaba en un Palacio distinto. Entre tanto el Conde se 
distraía con perpetuos galanteos y no limitándose, como 
Víctor Manuel, á una sola clase de ellos; tan pronto pasa- 
ba su tiempo con una bella Condesa, como con una linda 
aldeana de Sorrento. Daba muchas fiestas en su palacio 
de Chiaia, en el cual tenía un teatrito donde recitaban los 
aficionados comedias de sociedad, cuya ejecución era per- 
fecta, porque los napolitanos son comediantes por natura- 
leza y de ellos se puede decir como se dijo de los griegos: 
natío comoeda est. Siempre han tenido pasión por este arte 
encantador, y es sabido que en el siglo xvn, en tiempo de 
nuestros Virreyes, había funciones teatrales hasta en los 
conventos de monjas. 

Quieren algunos decir que desde su juventud tenía Si- 
racusa opiniones liberales; mas el hecho es que por enton- 
ces no las manifestaba. Más tarde, á la muerte de su her- 
mano el Rey Fernando, hizo gala de ellas y formó, por de- 
cirlo así, la oposición á las ideas de la Reina madre María 
Teresa, la cual abogaba por el mantenimiento del absolu- 
tismo. 

Y no contento con esto llegó á ponerse de acuerdo 
con el Almirante piamontés Persano y tuvo el valor de 
aconsejarle á su sobrino el Rey Francisco que renunciara 
;i toda resistencia y se sacrificase á la grandeza de Italia. 
como si la unión de esta pasara entonces de ser un mero 

proyecto, que pocos creían realizable. Pero al fin tuvo el 
mismo que abandonar á Ñapóles y murió pronto en Pisa, 

poco estimado de los misinos que antes le adulaban. 

El Conde de Aquila, otro hermano del Rey, hacía ba- 
ldar poCO de sí y merecería los elogios «le la posteridad, si 



248 

al fin de su vida no hubiese también desmentido la fe de 
su familia y de su causa. 

Había entonces también en Ñapóles dos Príncipes es- 
pañoles, algo más notables, el Conde Montemolín y el In- 
fante Don Sebastián. El primero era nada menos que el 
pretendiente á la corona de España, como nieto de Don 
Carlos y representante de los supuestos derechos de éste 
por abdicación de su padre Don Juan. Habíase casado con 
la Princesa Carolina, hermana del Re}' de Ñapóles y prima 
suya, y había fijado su residencia en aquella capital. En 
realidad no pudo haber en esto inconveniente ni peligro 
de ninguna especie, antes bien parecía un enlace muy á 
propósito para tener á aquel Príncipe en una residencia 
lejana y trauquila, donde podía ser vigilado fácilmente. 
Pero el Gobierno de entonces le dio á este suceso una im- 
portancia extraordinaria, hasta el punto de interrumpir 
por ello durante algún tiempo las relaciones diplomáticas. 

La figura del Conde de Montemolín no era ni bella ni 
airosa, y su cara tenía un color tan subido, que esto le daba 
un aspecto algo extraño. Cuando Palmerston le vio en 
Londres halló que se parecía mucho á Alí Bajá, el cual en 
aquel tiempo empezaba allí su carrera como Encargado de 
negocios y era un turco bastante feo. Decían que Monte- 
molín era inteligente; mas no dio pruebas de ello cuando 
creyó poder obrar con independencia á la muerte del Rey 
Fernando. Entonces, triste es tener que decirlo, quiso sin 
duda emular las hazañas de Garibaldi, y casi al mismo 
tiempo que éste desembarcaba en Marsala, desembarcó él 
en San Carlos de la Rápita, aprovechando con poco patrio- 
tismo la ocasión de que la mayor parte de nuestro ejército 
se hallaba ausente de España 3' ocupado en la guerra de 
África. Acompañábale su hermano y un cierto General Or- 



24ÍI 

tega, que ambicioso y desleal, abusó del mando que le 
había sido confiado en las Baleares para ponerse al servi- 
cio de aquel Príncipe en su empresa de renovar la guerra 
civil. Ortega pagó con su vida tan criminal tentativa, y 
Montemolín y su hermano debieron la suya á la generosi- 
dad de la Reina Isabel, después de haber sufrido el desen- 
gaño de que nadie se uniera á ellos y merecido las más se- 
veras censuras de todas las personas sensatas, que los acu- 
saban de falta de patriotismo y los comparaban con Riego» 
que se alzó en las Cabezas de San Juan cuando España se 
hallaba ocupada en la guerra de América, y con Luis Fe- 
lipe, que usurpó el trono de Carlos X cuando el ejército 
francés estaba ocupado en la conquista de Argel. 

En cuanto á la mujer de Montemolín, la Princesa Caro 
lina, era simplemente una señora muy gorda, muy buena, 
pero completamente insignificante. Ambos murieron jóve- 
nes y las pretensiones de Montemolín pasaron á su sobri- 
no Don Carlos por renuncia del padre de éste Don Juan, 
personaje poco respetable, el cual había abandonado á su 
mujer Doña Beatriz, Archiduquesa de Módena, y vivía os- 
curamente en Londres con una joven inglesa, que había 
sido aya de sus hijos. 

Don Sebastián, nieto del Infante Don Gabriel, era un 
Príncipe más sensato que Montemolín y se había distin- 
guido entre los carlistas por su acierto y valentía. Era biz- 
co y feo; pero la amabilidad de su trato hacía olvidar estos 
defectos. No ocultaba sus deseos de reconciliarse con la 
Reina, y ya entonces se seguían con él algunos tratos con 
este objeto, por cuja razón mi jefe Horniúdez de Castro no 
tuvo inconveniente en ¡pie yo me luciese presentar á él \ 
fuera algunas veces ;i su palacio para ofrecerle mis respe 
tos. Era muy aficionado ¡i las Helias Artes y pintaba cns 



250 

dros que él creía excelentes, pero que eran bastante me. 
dianos. Enviudó poco después, y habiendo reconocido á la 
Reina, regresó á España y se casó allí en segundas nupcias 
con una cierta Infanta Doña Cristina, hermana del Rey 
Francisco. Tanto Montemolín como D. Sebastián frecuen- 
taban la buena sociedad de Ñapóles y acompañaba al pri- 
mero el General Elío, que pasaba por uno de los militares 
más distinguidos del bando carlista, y al segundo un Gen- 
til hombre llamado Varona, persona muy apreciable. 

Los altos cargos de la Corte de Ñapóles estaban confia- 
dos en aquel tiempo á los representantes de casas suma- 
mente antiguas é ilustres. Era Mayordomo Mayor un San- 
severino, Duque de Bisignano, cuj r a esposa era la primera 
dama de la Reina. Antonello Sanseverino, antepasado de 
este Príncipe, fué el jefe de la conjuración de los barones, 
que en tiempo del Rey aragonés Don Fernando se suble- 
varon con motivo de las continuas guerras y crecidos im- 
puestos que trajo consigo la ambición del Duque de Cala- 
bria, heredero del trono; y cuando aquellos fueron venci- 
dos, no quiso nunca volver á Ñapóles, á pesar de las segu- 
ridades que le daba el monarca, repitiendo siempre Anto- 
nello que el pájaro viejo no vuelve á la jaula. El Caballerizo 
Mayor, Duque de San Cesáreo y el Sumiller, Duque de As- 
coli, eran ambos de la familia Marulli, que es asimismo 
muy antigua, y el Gran Maestro de Ceremonias era el Mar 
qués del Vasto y de Pescara, descendiente de aquel Pes- 
cara, digno émulo del Gran Capitán, porque si éste con- 
quistó el reino de Ñapóles, aquél supo defenderle contra 
toda clase de enemigos. 

Debo mencionar también al Marqués Imperiale, prime- 
ro Gentil hombre de la Reina y después Caballerizo, no- 
ble y leal servidor, el cual fué el único jefe de Palacio que 



251 

no abandonó al Rey Francisco en su desventura y le acom 
paño á Gaeta, permaneciendo allí todo el tiempo del sitio. 

Los Ministros del Rey Fernaudo II eran todos estima 
bles, pero medianos, aunque Bianchini, el del Iuterior, hizo 
cuanto pudo para mejorar la administración. En Guerra 
hacía también buena figura el Príncipe de Ischitella, el 
Narváez napolitano, quien, según la crónica de aquel tiem- 
po, hizo del Rey un héroe por fuerza, cuando al verle ate- 
morizado y vacilante ante el movimiento popular del año 
48, le tiró á los pies su sombrero de tres picos, diciéndole 
que se retiraba inmediatamente á su casa si no le daba la 
orden de atacar á los revoltosos. 

En Estado no había propiamente un Ministro, sino un 
Director general, que era el caballero Carafa de Traetto, 
covachuelista de bastante mérito, pero sin significación al- 
guna política. Con él conferenciaban los diplomáticos ex- 
tranjeros. Mas el verdadero Ministro con quien consultaba 
el Rey los asuntos más arduos era el Conde de Ludolf, Mi- 
nistro de Ñapóles cerca de la Santa Sede, el cual no había 
regresado á su puesto y residía siempre en Ñapóles desde 
que entraron en Roma los franceses. Porque el Rey estaba 
vivamente ofendido por la conducta del General Oudinot, 
el cual había permitido que durante el armisticio por él 
concertado con Mazzini, fuesen los garibaldinos á atacar 
á Velletri, donde el Rey estaba con su ejército, y conside 
raba que su dignidad exigía aquella demostración de re 
sentimiento. El Conde de Ludolf, pues, colocado, por de 
cirio así, detrás de la cortina, era quien dirigía la polític 

extranjera, «le acuerdo con el Rey, y él fué quien redactó 
las famosas respuestas que «lió Don Fernando á las notas 
idénticas que l<' dirigieron los Ministros de Inglaterra y 
Francia. 



252 

Era Ludolf nieto de un diplomático austríaco, que en- 
tró al servicio de Fernando I, y existe todavía en Viena 
una segunda rama de la misma familia, á la cual pertene- 
cía aquel otro Conde del mismo nombre, diplomático tam- 
bién y muy distinguido en su carrera, que llegó á ser Em- 
bajador de Austria en Madrid. El Ludolf napolitano, Mi- 
nistro de Fernando II y su consultor más importante, te- 
nía mucho talento y era un tipo acabado del Embajador 
del siglo pasado, serio y correcto, hombre de salón y corte, 
instruido, ocurrente y ameno. Faltábale sólo aquella mo- 
derada obesidad que tan bien sienta á los hombres de Es- 
tado, pues era alto y enjuto, y si hubiese llevado bigote se 
le habría podido tomar por un anciano militar. Pero su cara 
completamente afeitada estaba diciendo que era un repre- 
sentante de la sociedad civil de otros tiempos. Hablaba 
mucho y con gracia, y tomaba continuamente rapé en una 
caja de oro, adornada con el retrato de su monarca. 



•?•«••• 



CAPITULO Lili 
Ñapóles, de 1855 á 1858. 



El Cuerpo diplomático. — Monseñor Ferrieri y su arreglo eclesiástico. — El Barón 
Brenier y Sir Guillermo Temple, hermano de Lord Palmerston. — Consejos que 
le dan al Rey Fernando. — Actitud recogida de Mr. Kakosclikinc: y la sociedad 
msa — El General austríaco De Martini. — Carácter exaltado del Barón de Ca- 
nitz. — Posición difícil de Bermúdez de Castro. — Buenos consejos que le dio más 
tarde al Rey Francisco. — Carácter ligero del Vizconde de Alte.— El Ministro 
americano tenido por mormón. — Intrigas del Conde de Oropelo, Encargado de 
negocios de Cerdeiía. — En su casa se reúnen los Basilios de la Revolución. 



El Cuerpo diplomático residente en Ñapóles era más 
numeroso que el de Turín, pues aunque no le servían de 
mucho al Rey Fernando, tenía, sin embargo, en su Corte á 
los'representantes de todas las grandes Potencias. Había 
allí, en primer lugar, un Nuncio de Su Santidad, que era 
Monseñor Ferrieri, Prelado de buena edad y de excelente 
escuela, quien sin meter mucho ruido ni darse mucha im- 
portancia, había ido labrando silenciosamente su colmena, 
ó sea un nuevo arreglo eclesiástico, en virtud del cual se 
suprimía el tribunal llamado de la Monarquía, y se devol- 
vían Las cansas mayores á la Corte de Roma. Pul yo en 
aquella época Encargado interino de negocios, y Ferrieri 
tuvo la bondad d<> darme explicaciones muy interesantes 
sobre aquella negociación y sobre sus principales resul- 
tados. 

La cuestión de tas causas mayores y sobre todo la que 



254 

se refiere á la anulación del matrimonio, ha sido siempre y 
con razón, un caballo de batalla muy importante en las re- 
laciones de ambas Potestades. Contra todos ha habido cen- 
suras. Unas veces ha pecado Roma misma de rigidez, se- 
gún lo prueba el Cisma de Inglaterra; otras ha pecado de 
facilidad, como en el caso de Josefina Beauharnais. En Es- 
paña, nuestro insigne Mariana, hablando de la anulación 
del matrimonio de Don Pedro, dice con su usual libertad, 
que los Prelados que la declararon no eran Obispos sino 
esclavos. En Sicilia eran los Obispos tan indulgentes que 
anulaban por falta de consentimiento matrimonios que te- 
nían ya seis hijos. El buen sentido dice, pues, que lo más 
conveniente después de todo, es dejar la decisión de estas 
cuestiones á la Santa Sede, porque hallándose lejos de las 
pasiones é intereses de cada país, puede tener más impar- 
cialidad para juzgar; y si aun así se notan abusos, eso de- 
muestra que la perfección en esto, como en todo lo huma- 
no, no es una cosa posible. Entre tanto, nadie puede negar 
que el arreglo de Monseñor Ferrieri fué un progreso en la 
situación social de la Sicilia, poniendo coto á la facilidad 
casi ridicula con que anulaba allí los matrimonios el famo- 
so tribunal de la Monarquía por cuestiones de compadraz- 
go y también por temor á las venganzas de las damas ena- 
moradas y de sus desesperados amadores. 

El Barón Brenier, Ministro de Francia, era un antiguo 
Cónsul y diplomático de edad madura y aspecto poco ele- 
gante. Sobrábanle, sin embargo, talento y travesura, y per- 
tenecía al tipo bastante general en nuestra carrera, de un 
procurador malogrado. Lo que sabía de salidas y entradas 
y lo que se le ocurrían de expedientes, era increíble. No 
quedó por él si el Rey de Ñapóles no atendió á sus conse- 
jos, y creo que obraba de muy buena fe, porque, según me 



255 

lo dijo varias veces, no le parecía que hubiese otro medio 
de salvar á Ñapóles de la invasión de los rnazzinistas y 
piamonteses, más que la adopción franca y decidida de las 
reformas políticas que le proponían las Potencias occiden- 
tales. Y aunque sea verdad que el Emperador no amaba á 
Fernando II, no lo es menos que no tenía ningún deseo de 
que el Piamonte llevase hasta allí sus conquistas. 

El Enviado británico era bien diferente de su colega de 
Francia. Sir Guillermo Temple debía principal mente su 
carrera á la protección de su hermano Lord Palmerston, 
quien en consideración á su delicada salud, le había man 
dado muy temprano al clima benigno de Ñapóles, donde 
fué Ministro más de veinticinco años. Pequeño de cuerpo, 
pero de agradable presencia, ilustrado, conciliador y cortés, 
era una persona grata á todos, y creo que á pesar de haber 
residido allí tanto tiempo, no tenía un solo enemigo. No es- 
taba casado, pero recibía mucho y daba muy buenas comi- 
das. A él se podían aplicar en parte aquellos versos de 
Scribe que dicen: 

Plus tf un tal ni <¡u' on reveré 
Doit son esprit tout entíer, 
Lemtitin á son Secrétaire 
Et lesoir á son cuisinier. 

Digo en parte, porque si su cocinero era bueno, en cam- 
bio su Secretario no tenía nada de extraordinario, ni él 
oreo que lo necesitase, pues poseía suficiente talento para 
el puesto relativamente secundario que desempeñaba. Lord 
Palmerston le quería con extremo y no le reputaba necio, 

COmO I<> prueba el hecho de (pie por ocupado (pie estuviese, 
minea dejaba de escribirle, aun cuando no fuese Ministro, 
v le tenía al corriente de toda la política de su país, de tal 

manera, que sus cartas pueden servir ho> como memorias 



■2bH 

de dos tercios de este siglo. El tono de esta corresponden- 
cia es siempre una mezcla de serio y festivo, en que se ve 
bien el carácter irlandés de Palmerston y su inagotable 
buen humor. Alababa siempre mucho los despachos que 
recibía del hermano; mas no dejaba por eso de notar acá 
y allá algunas cosas dignas de crítica, aunque hacía sus 
observaciones con las formas más amables, lo cual, debo 
decirlo de paso, era un rasgo característico en aquel hom- 
bre de Estado. 

Citaré algunas de sus censuras, como prueba de lo que 
digo, y también porque contienen buenos consejos para 
más de un diplomático. «Se han recibido tus últimos des- 
pachos, le decía una vez á su hermano, y me han compla- 
cido mucho las noticias que me das de ese Rey y toda esa 
Real Familia; pero no me desagradaría que en adelánteme 
dijeses también de cuándo en cuándo alguna cosa sobre la 
política y las miras de ese gobierno». Y en otra ocasionen 
que, según él, no se las había tenido bastante tiesas con 
el Ministro de Negocios extranjeros, le decía donosamente: 
¿Encárgale á tu lavandera que le ponga más almidón álos 
cuellos de tus camisas». 

No hay que decir que Sir Guillermo, espoleado por su 
hermano, puso en movimiento todos los resortes posibles, 
á fin de que el Rey Fernando accediese á los deseos de In- 
glaterra; mas, como es sabido, todo fué inútil, y al cabo 
tuvo que retirarse de Ñapóles en compañía de Brenier. 
Volvieron también juntos dos años después, á la muerte 
de aquel monarca, y sus consejos fueron por fin aceptados 
y aun exagerados, pero de nada sirvieron entonces; prime- 
ro, porque la revolución había tomado ya demasiado incre- 
mento, y segundo, porque no fueron puestos en práctica 
por una mano firme, sino por una muy débil y vacilante. 



257 

Formaba gran contraste con Brenier y Temple el ca- 
ballero Kakoschkine, alto, sesudo y compasado diplomáti- 
co, digno seguramente por su talento é instrucción de re- 
presentar al Emperador de todas las Rusias. Había empe- 
zado su carrera siendo el Comisario ruso que acompañó y 
vigiló á Napoleón durante su residencia en la isla de Elba, 
y él mismo se reía de la tal vigilancia, pues, según asegu- 
raba, desde el primer momento estuvieron casi todos per- 
suadidos de que el pájaro no se quedaría inucbo tiempo 
en aquella jaula. 

Era Kakoschkine feo y picoso de viruelas, pero gracias 
á su talento no desagradaba á las señoras. Sin embargo, 
por mucho tiempo estuvo sin querer casarse, hasta que al 
fin lo hizo cuando la clama á quien hacía la corte, acometi- 
da del cólera, se vio á las puertas de la muerte, y algunos 
chuscos aseguraban que cuando, por fortuna, pasó la en- 
fermedad y se encontró casado, dijo con su gracejo natu- 
ral: «Buena pieza me ha jugado el tal cólera morbo». 

Era su mujer una linda francesa, hija del barón de Va- 
labregue y de la célebre cantante Catalani, y poseía, como 
su madre, una voz muy hermosa. Con este motivo había 
siempre música en la Legación de Rusia, pues el nunquam 
desietamt de Horacio se aplica más (pie á ningún otro can- 
tor á los aficionados que tienen la ventaja de pertenecer al 
Cuerpo diplomático. Basta que luna uno ó nna con ese 
privilegio, para que el concierto europeo y aun americano 
se realice continuamente en sus salones. 

Añádase á esto que en aquella época había en Ñapóles 

más (pie nunca una colonia <le familias rusas (pie venían 

allí huyendo «leí clima de su país y también de las tropas 
francesas establecidas en Roma, porque no le perdonaban 

todavía á aquella Dación las derrotas (pie les lialna hecho 
Tomo II 17 



258 

sufrir en Crimea. Había dicho Gortchakofí, usando de una 
expresión mística, «la Rusia se recoge»; y todos los rusos 
se creían obligados á hacer por el momento otro tanto, en 
lo cual, sin embargo, no perdía nada la sociedad, porque 
si se abstenían de hablar de política, no por eso mostra- 
ban menos ganas de divertirse, y todos ellos concurrían, 
como es natural, á la Legación de su país, dando mayor lu- 
cimiento á los saraos de madama Kakoschkine. 

Con este motivo tuve entonces una buena oportunidad 
de observar de cerca á los individuos de aquella nación y 
también á los polacos, y diré aquí lo que pensé de ellos. 
Pareciéronme desde luego muy inteligentes, sin mostrar 
por otra parte mucha profundidad de ideas ni de conoci- 
mientos. Sin embargo, aunque carecían de una gran ins- 
trucción, estaban, tanto ellos como ellas, muy al corriente 
de la literatura contemporánea, en especial de la francesa. 
Es fácil que un ruso no conozca la Mérope de Voltaire; pero 
cualquiera de ellos se tendría por poco menos que perdido 
de reputación, si no pudiese dar cuenta de la última nove- 
la publicada en París. Según ellos mismos refieren, el Czar 
Nicolás I, no obstante su carácter tan grave, hacía sus de- 
licias de las de Paul de Kock, que entonces se tenían por 
excesivamente verdes. 

Parecióme también notable la propensión que tienen los 
rusos á aprobar en los otros países las ideas más liberales 
y progresistas. Sin duda lo hacen para desquitarse de la 
opresión que éstas sufren en el suyo. Todos aquellos caba- 
lleros y bellas damas eran partidarios decididos de la re- 
volución de Italia, á lo cual contribuía también por mucho, 
en mi sentir, el deseo que tenían de ver bien humillada al 
Austria, de quien estaban muy quejosos, porque después 
que la Rusia la había salvado en Vilagos, no le había pres- 



259 

tado á ella auxilio alguno durante la guerra de Crimea. 

Físicamente considerados, pertenecen, tanto los rusos 
como los polacos, á una hermosa raza, cual es la eslava. 
Los hombres son gallardos y las mujeres bellas y graciosas 
por añadidura, lo cual confirma la idea de que en esto últi- 
mo entra por más la raza que el clima, puesto que en el 
centro de Europa escasea esa cualidad, mientras que la ve- 
mos abundar en España como en Rusia y Polonia, á pesar 
de ser la una tan ardiente y las otras tan frías. Hablan los 
rusos y polacos la lengua francesa con mucha propiedad y 
le dan una cantinela peculiar, llena asimismo de donaire. 

El defecto principal, lo mismo de los rusos que de todos 
los eslavos, es la exageración de ciertas cualidades. Custi 
ne ha llamado á los rusos gitanos blancos, y á mi parecer 
no le falta razón, porque son en general excesivamente 
zalameros y amables, resultando de esto que no siempre 
es posible fiarse de lo que dicen. Cuando quieren ganar 
amigos ó pasar por corteses, todo lo encuentran excelente 
y tienen de continuo en la boca las expresiones más hiper- 
bólicas. Para ellos todo es sublime, encantador, adorable. 
¡Y qué lástima que tanto las rusas cismáticas como las 
mismas polacas católicas, sean tan volubles! ¡qué lástima 
-que el Papa se lamente siempre inútilmente de la facilidad 
con que las segundas so divorcian y pasan á nuevas 
nupcias! 

El General Martini, alto, delgado y viejo, desempeñaba 
el puesto de Ministro de Austria, y su personalidad era 
poco notable. El verdadero representante de la elegancia 
vienesa era su primer Secretario el Conde de Wimpfen, 

con su uniforme muy eeñido J SUS bigotes en punta. Era 

también muy inteligente y con el tiempo llegó á ser Bmba 

¡ador en París. La situación del Austria era entonees has 



26U 

tante triste, pues comprendía que la amenazaba una gran 
tempestad y no le era posible ganar amigos. El mismo Rey- 
Fernando, antes de morir, le encargó mucho á su hijo que 
permaneciese neutral y no se aliase con aquella Potencia, 
lo cual prueba que después de todo empezaba aquel Sobe- 
rano á comprender la imposibilidad que existía ya para 
todos los gobiernos de Italia de mostrarse hostiles á la in- 
dependencia de ésta. Sobre las instituciones podía haber 
diversos pareceres; sobre la independencia, no. 

Era Ministro de Prusia el Barón de Canitz, á quien ha->- 
bía yo conocido ya en Roma, donde desempeñaba el pues- 
to de primer Secretario. Su carácter era exaltado y caba- 
lleresco. Por aquella época tuvo un desafío con el coronel 
francés Bertrand, hijo de aquel General del mismo nom- 
bre, que acompañó á Napoleón á Santa Elena; y la causa 
de ello fué que el coronel se permitió hablar con poco res- 
peto de la animosa Condesa Spaur, la cual tuvo la gloria^ 
de sacar de Roma á Pío Nono, en su propio coche. Era Ca- 
nitz amigo y admirador de aquella dama, y saliendo al 
punto á su defensa, desafió al francés y le hirió de sable 
en el brazo. 

Don Salvador Bermúdez de Castro representaba á la 
España en aquel país, conforme lo he dicho ya en otro ca- 
pítulo, y aun cuando hablé entonces de él, debo repetir 
ahora que, como diplomático, formaba un contraste nota- 
ble con el bueno de Pastor Díaz, mi último jefe en Turín, 
pues no sólo tenía mucho talento, sino que poseía el exte- 
rior noble y elegante y los conocimientos especiales que le 
faltaban á aquél, y era además hombre de mundo, acostum- 
brado desde joven á la mejor sociedad. Ocupaba el primer 
piso del Palacio Graven, en el sitio llamado Chiatanione,. 
cerca de Chiaia, y daba saraos y comidas, en las cuales lu- 



2Gt 

-cía ese buen gusto en el orden y escenaniiento de ellas, 
-que, según nada menos que Jenofonte y Plutarco, tienen 
en la vida social una grandísima importancia. Una sola 
dote le faltaba y era la afabilidad. Rara vez mostraba la 
sonrisa benévola que hacía tan populares á Temple y Bre- 
nier, y conservaba siempre una excesiva seriedad que le 
impidió ganar muchos amigos. 

Tenía más bien Bermúdez el porte severo que conviene 
á los hombres políticos, y la verdad es que todos se admi- 
raban de que no lo fuese, no obstante que se hallaba dota- 
do de tanto talento, tanta iniciativa y tanta energía. Pero 
le sucedía á él lo mismo que he dicho antes del Marqués 
Alfíeri, sobrino del gran poeta; su carácter era demasiado 
independiente. Los gobiernos constitucionales son gobier- 
nos de partidos, y aquel que no pertenece en cuerpo y alma 
á uno de ellos y se somete á su disciplina, no puede nunca 
hacer carrera. El mismo Lord Brougham, con todo su ta- 
lento, dejó de figurar en su país como hombre político des- 
de que quiso emanciparse de esa 'indispensable disciplina. 

Pero volviendo á Don Salvador y á sus cualidades de 
diplomático, conviene recordar aquí la situación tan difí- 
cil en la cual se hallaba en Ñapóles, pues ni su ilustración 
personal podía aprobar la conducta política del Rey Fer- 
nando, ni las relaciones de parentesco y amistad que me- 
diaban entre las dos Cortes le permitían hacer enteramen 
te causa común con los diplomáticos que le querían impo- 
ner reformas. Quizás hubiera sido conveniente que el Go- 
bierno de Madrid le hubiese mandado hacei algo, siquiera 
fuese de una manera indirecta, en ese sentido; pero en 
aquel tiempo no se comprendía todavía en Bspafia Laones 
tión de Italia, y se tenían sobre ella ideas inu\ anticuadas 

y extrañas. Más adelante, cuando por muerte del Rey Fer- 



262 

liando entró á reinar su pobre hijo Francisco y se vio éste 
atacado por Garibaldi y los piamonteses, pudo ya Bermú- 
dez darle á su vez algunos consejos, no tanto sobre la ma- 
nera de gobernar, como sobre su actitud ante los reveses- 
de la fortuna, que si no salvaron á aquel joven soberano^ 
le permitieron al menos terminar su breve reinado de un 
modo muy digno. 

Lo mejor hubiera sido que con los treinta mil hombre- 
que aun le restaban, defendiese su reino contra Garibaldi 
en los pasos de Calabria, según se lo proponía el entendi- 
do Pianell, ó delante de Salerno, como se lo suplicaba des- 
pués el fiel Carrascosa, y ¡feliz él tres y cuatro veces si su- 
cumbía allí con la espada en la mano, como Haroldo y 
Manfredo! Mas ya que no quiso hacer nada de esto, fué 
digno sin duda de alabanza que en lugar de huir vergon- 
zosamente, ensayase al menos una postrera resistencia 
dentro de los muros de una fortaleza, y esto fué justamen- 
te lo que le aconsejó Bermúdez de Castro. Retirado á Gae- 
ta, allí sucumbió al fin; pero sucumbió rodeado de no po- 
cos soldados y Generales fieles y de los representantes de 
España y Austria, y dio también tiempo con su larga de- 
fensa para que fuese más patente la ambición desapodera- 
da del Piamonte y la impotencia y connivencia de Napo- 
león III, que escogía aquel momento para hacer una visita 
á la Argelia y le enviaba al Conde Cavour un telegrama 
en términos tan ambiguos, que de él se prevalió aquel Mi- 
nistro para continuar su carrera de conquistas. Las gene- 
raciones actuales no pueden apreciar bien aquellos sucesos; 
pero los que vivíamos entonces sabemos que la resistencia 
de Gaeta dio una simpática aureola al joven Rey Francisco, 
la cual fué particularmente grata á los partidarios de la mo- 
narquía legítima y del derecho de los tronos. El prestigio de 



263 

la Casa de Borbón ganó también mucho con aquella defen- 
sa, y por este motivo sin duda, tanto el Rey Francisco de 
Ñapóles como la Reina Isabel de España se mostraron 
particularmente liberales en los honores que dispensaron á 
Bermúdez como recompensa de aquel servicio. El Rey le 
creó Duque de Santa Lucía y la Reina le hizo Marqués de 
Lema. 

El Vizconde de Alte, Ministro de Portugal, era un di- 
plomático tan amable como original, el cual desmentía con 
su conducta el carácter sesudo de su nación. Estaba casa- 
do con una señora inglesa rica, pero vieja; y aunque él mis- 
mo no era tampoco bello ni joven, le hacía continuas infi- 
delidades, especialmente con bailarinas y actrices. Súpolo 
su mujer, y la primera vez que fueron con licencia á Lis- 
boa, le contó sus cuitas al Rey y le rogó que no emplease 
más á su marido fuera de Portugal, donde no han abunda- 
do nunca las mujeres bonitas. Asegúrase que el Rey le hizo 
separar por complacer á la vizcondesa y que en adelante no 
pudo nunca conseguir que le volviesen á nombrar Ministro 
en el extranjero. 

Mr. Roberto Owen, Ministro de los Estados Unidos, era, 
en el concepto del pueblo de Ñapóles, un marido más afor- 
tunado que Alte. Llegó á aquella residencia acompañado 
de una señora algo madura, pero simpática, que él decía 
ser su mujer; mas he aquí que poco después vino de Amé- 
rica otra dama algo más joven, la cual, á título de amiga y 
de huéspeda, vivía con ellos y hacía parte, por decirlo así, 
de la familia. FC1 público napolitano, de suyo mal pensado, 
no necesitó más para creer y sostener que Mr. Owen era 
niormón y la señora recién llegada otra de sus mujeres. 

Había asimismo en Ñapóles varios Encargados de ne 
gOCÍOS, todos muy agradables, especialmente el de Tosca 



264 

na, llamado Frescobaldi, cuya mujer era muy distinguida 
y agraciada. Pero el más importante sin duda era el de 
Cerdeña. Habíase retirado el Ministro á causa del estado 
casi de enemistad en que se hallaban las relaciones entre 
los dos Gobiernos, y manejaba interinamente los asuntos 
el primer Secretario Conde de Gropello, el cual no le cedía 
á ningún piamontés en travesura y celo revolucionario. 
Sus intrigas eran continuas. En su casa se reunían los Ba- 
silios de la revolución; de allí salían sin cesar los vientos 
de la calumnia. 



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--, 



CAPITULO LIV 
Ñapóles, de 1855 á 1858. 



La sociedad de Ñapóles. — Fiestas del Conde de Siracusa. — Recepciones de Mada- 
ma Craven. — Destino singular de ella y de sus mayores amigas. — La Minutólo. 
La Ravasehieri. — La Princesa de Campo Reale. — Salón de la Duquesa de Bi- 
vona. — El de la San Arpiño. — Los de Torella y Caraeciolo. — Dofia Olimpia Co- 
lonna tenida por jettatrice — Un espejo hecho pedazos. — Un epigrama del Du- 
que de Proto — Talento del Marqués de Gargallo. — Otra vez las señoras rusas. 
Charadas, rehuses y calembures. — Señoras que fuman. — Otras que cantan. — El 
Stabat Mater de Roasini, ejecutado en el Conservatorio. — Ñapóles, patria de la 
melodía. 



A pesar de que las circunstancias políticas no eran muy 
halagüeñas, la sociedad de Ñapóles se mantenía siempre 
divertida y animada. Allí, más que en otra parte alguna, se 
siente la alegría de vivir y la necesidad de asociarse á sus 
semejantes. Eso de pasar la existencia solo y entre cuatro 
paredes, es bueno para los pueblos del Norte. Los napolita- 
nos se morirían de fastidio si no pudiesen hablar y oir ha 
blar durante algunas horas del día y mucho más de la 
noche. 

Suspendidas á causa de la malhadada política las fies- 
tas de Palacio, que eran muy brillantes antes del ano 18, 
tenían entonces el primer lagai las del ( ¡onde de Siracusa, 
el cual, no sólo daba bailes y saraos y hada recitar come 
dia», como ya lo he dicho, sino que inventaba de continuo 
diversiones de toda especie. Así, por ejemplo, durante el 

verano, solía convidar á mi QÚmerO selecto de damas y 



266 

caballeros, y los llevaba en su lujosa falúa á pasear por el 
golfo. Una buena música le seguía en otra barca, y multi- 
tud de lanchas llenas de toda clase de personas le forma- 
ban cortejo y aumentaban la animación de aquella fiesta- 
Servíase una opípara cena en la falúa del Conde y no era 
raro que alguno de los convidados cantase bellamente las 
canciones napolitanas que gozaban por el momento de 
más favor, tales como La Bella Nápoli y A Santa Lucia. 

Después de Siracusa tenía el cetro de la sociedad una 
señora francesa, la cual estaba casada con un rico inglés , 
llamado mister Craven. Paulina Laferronays, que éste era 
su nombre, era una de esas señoras que, sin ser bonitas, 
agradan generalmente por su gracia é ingenio. Era irre- 
prensible y aun devota; mas esto no obstante, gustaba 
mucho de divertirse y sobre todo de recitar comedias, 
para lo cual tenía mucho talento. Y daba la casualidad de 
que tanto su marido como su hermano tenían la misma 
pasión y el mismo genio cómico, y unidos con algunos 
aficionados napolitanos, tales como la Duquesa de Ravas- 
chieri y el Marqués Marcelo Gallo, formaban una especie 
de compañía aristocrática, que podía ser comparada con 
las profesionales de más fama. Recitaban en francés las 
piezas alegres de Scribe y de Laviche y también los deli- 
cados proverbios de Feuillet y Musset. El Capricho de 
este último era un triunfo de Marcelo Gallo y de la bella 
Ravaschieri. 

Además de dar bailes y saraos recibía Madama Craven 
casi todas las noches; mas estas pequeñas reuniones ínti- 
mas eran ya menos divertidas, al menos para mí, que ha- 
bía dejado ya los galanteos. Los concurrentes á ellas es- 
taban casi todos apareados, de modo que para el que no lo 
estaba, quedaban pocas señoras con quienes hablar. Cra- 



267 

ven, marido ligero, hacía la corte á la Ravaschieri, que era 
una hija del General Filangieri, morena graciosa, con 
los mejores ojos del mundo; Gaetano Filangieri, su her- 
mano, estaba á los pies de la Marquesa Caracciolo Be- 
lla, una rusa agraciada y amable; mi jefe Berrmídez de 
Castro se dedicaba á la Princesa de Campo Reale, nacida 
Acton, napolitana muy linda y muy picante, que poseía 
una magnífica voz y cantaba primorosamente, y así había 
otras varias parejas, las cuales, por casualidad sin duda, 
venían siempre á sentarse juntas y tenían asuntos intere- 
santísimos que discutir, evitando que fuesen oídos de los 
demás. El ama de la casa hablaba con los caballeros y 
con algunas señoras menos brillantes, entre las cuales se 
distinguían dos hermanas llamadas Adelaida y Clotilde 
Minutólo, pertenecientes á la antigua familia de este nom- 
bre, cuya capilla en la catedral sirve de escena á uno de 
los cuentos menos licenciosos de Boccacio. 

Singular es el destino que han tenido tanto la misma 
Madama Craven como las varias amigas suyas que acabo 
de enumerar, y no puedo menos de referirlo, aunque alar- 
gue algo mi relato. Andando los años, el caballero Craven 
tuvo la desgracia de perder toda su fortuna en especula- 
ciones aventuradas, y su virtuosa mujer, viéndose sin re- 
cursos, hizo el ensayo de escribir para el público. Empezó 
por un libro titulado Relación de una hermana, el cual, pu- 
blicado en la Revista de Ambos Mundos, tuvo un éxito muy 
grande. A éste siguió otro sobre Adelaida Minutólo, la 
misma á que antes he aludido, y en él nos reveló que 
aquella dama tan agraciada y amable, que ayudada de su 
hermana Clotilde, recibía con tanta cordialidad á sus ami 
í;oh en su quinta de Posílipo, había vivido en el mundo 
sin contagiarse conaua máximas, como la madreperla en 



268 

el fondo del mar, según la expresión del poético Sales, y 
estaba adornada de las maj'ores virtudes. Después publi- 
có otras obras que tuvieron igualmente mucha boga, y 
consolidada así su fama de buena escritora, consiguió vi- 
vir de su pluma. Sus sentimientos son siempre elevados, 
sus pinturas interesantes, su estilo natural y distinguido. 

La Duquesa de Ravaschieri conservó su rico patrimonio 
y su gran posición social; mas llegada á una edad en que 
empezaba á declinar su hermosura, supo retirarse á tiem- 
po del torbellino del mundo, y se convirtió en una de las 
damas más sinceramente devotas y caritativas de la ciu- 
dad de Ñapóles. Dotada de actividad y de talento, es in- 
creíble el bien que ha hecho en aquella ciudad, donde al 
lado de tantas personas felices existe una multitud que 
vive en la miseria y sufre á cada momento las tentaciones 
del vicio. 

La Princesa de Campo Reale enviudó siendo todavía 
joven y se unió en segundas nupcias con el célebre Min- 
ghetti, que ha sido uno de los hombres políticos más nota- 
bles de la moderna Italia. La bella Laura, que éste es su 
nombre, ha sido muy feliz en este segundo matrimonio, 
porque á pesar de que Minghetti tenía mucha más edad 
que ella, sentía por él una estimación que equivalía á un 
gran afecto. Con el tiempo abrigó también sus ambiciones 
de mujer política, y sin abandonar la música, á la cual era 
muy aficionada, tuvo un salón de personas serias, en que 
se discutían agradablemente las cuestiones del día. 

La Marquesa de Caracciolo entró asimismo en la cate- 
goría de mujeres sesudas, cuando, establecida la unidad de 
Italia, su marido fué Diputado y Plenipotenciario en varias 
Cortes europeas. 

Otro salón de Ñapóles concurrido en aquel tiempo era 



269 

el de la Duquesa ele Bivona, nacida Bedmar, y española, 
como su marido, por todos los cuatro costados; pero esta- 
blecidos ambos en Ñapóles desde la muerte de Fernan- 
do VIL Era la Duquesa una señora de edad mediana, ama- 
ble, discreta y simpática. El Duque, algo menos inteligen- 
te, pero amable también y aun campechano. Vivía asimis- 
mo en Ñapóles su hermano el Conde Sclafaui y eran ge- 
melos tan parecidos, que cuando se veían separados, cos- 
taba casi trabajo distinguirlos. Toledos ambos, tenían 
cuantiosos bienes en aquel país, donde vivieron y manda- 
ron sus abuelos, y se hallaban en él como en una segunda 
patria. El salón de la Duquesa era una mezcla singular de 
cordialidad española y elegancia napolitana. Recibía dia- 
riamente, á menos que no fuese al teatro, y desde las nue- 
ve de la noche hasta la una de la mañana había gente en 
sus salas. Reuníanse principalmente las señoras en el sa- 
lón de la Duquesa, los hombres en el fumadero y el billar; 
pero había continuos paseos de unos lugares á otros y se 
parecía mucho aquello á un club elegante, compuesto de 
una sociedad aristocrática de ambos sexos. Los Condes de 
Aquila y Siracusa lo frecuentaban mucho, y el Príncipe de 
Joinville pasaba allí las noches cuando estaba en Ñapóles 
con sus escuadras, según lo refiere él mismo en sus recuer- 
dos de viaje. 

Las familias de Bivona y Sclafaui fueron al principio 
carlistas; mas con el tiempo reconocieron á la Reina Isabel, 
y regresaron á España. El hijo mayor de Bivona, (pie llevó 
después el título, se casó en Madrid con una hija del Ge- 
neral Don José de la Concha y ha figurado con bastante 
brillo en el partido liberal ó t'usionista. 

La Duquesa de San Arpiño tenía igualmente un salón 

muy concurrido. Su esposo no había inventado la pólvora; 



270 

pero contagiado de ideas liberales, preparábase ya para las 
futuras luchas políticas, leyendo á Bastiat y otros econo- 
mistas de la misma escuela, que entonces gozaban de gran 
fama, en lo cual hacía muy bien, sólo que tenía la mala 
costumbre de cansar de noche á sus amigos, disputando 
con ellos sobre lo que estudiaba de día. En cuanto á la Du- 
quesa, era una hija de Albion, muy distinguida, pero muy 
flaca. La cara era bonita; lo demás un palo muy delgado, 
de esos que suelen servir maravillosamente á las modistas 
para armar alrededor de ellos los trajes más elegantes del 
mundo. Vino entonces de París la moda de los guardain- 
fantes ó crinolinas, introducida por la Emperatriz Euge- 
nia, y ella fué. de las primeras en adoptarla, con tanta exa- 
geración, que, según decían los chuscos, cuando iban de 
noche á sociedad, el pobre Duque tenía que sentarse en el 
pescante al lado del cochero, porque la elegante Duquesa 
ocupaba con sus miriñaques todo el ámbito del coche. 

Las Duquesas de Torella, Angria y Bovino recibían 
también mucho. La última, hija de Filangieri, como la Ra- 
vaschieri, era muy guapa, y por ella suspiró uno de mis 
amigos y predecesores, el elegante Don José Curtoys y An- 
duaga. 

Multitud de damas bellas ó graciosas concurrían á to- 
das estas casas, y no pudiendo hablar de todas, me conten- 
taré con citar á las dos Policastros, de las cuales la una, 
Tetina, era Princesa de Gerace, y la otra, Maniua, Duque- 
sa de San Giuliano. La primera, más que medianamente 
hermosa, tenía la majestad de una Juno; la segunda era 
una Venus pequeñita, cuyo carácter pecaba de romántico. 
Cuando la conocí la primera vez, que fué en Roma, lleva- 
ba siempre un brazalete de oro con una inscripción que 
decía: alma non ti lagnar, ma soffri e tace, que es un verso de 



271 

Petrarca, con el cual expresaba el estado de su corazón ena- 
morado y descontento, porque sus padres no le permitían 
casarse con el hombre á quien amaba. Después se casó con 
San Giuliano, y aunque al principio no le quería, acabó por 
cobrarle afecto, y con objeto de probármelo, me dijo una 
vez en confianza que almorzaban juntos en la cama, cosa 
que á ella le parecía probablemente el extremo de la cor- 
dialidad y de la ternura, aunque yo no lo encuentro muy 
limpio. 

A pesar de que era ya una belleza bastante madura, 
debo mencionar también á Doña Olimpia Colonna, la cual 
tenía una posición especial en la sociedad de Ñapóles, á 
causa de que las gentes habían dado en creerla jcttatrice; y 
aunque algunos la buscaban por su agrado, los más la te- 
nían por su supuesto mal influjo. Probablemente le sucede- 
rían al principio algunos lances desgraciados y á ellos se 
habían ido añadiendo otros puramente imaginarios. Citaré 
uno como ejemplo. Compró el Duque de Torella un espejo 
de grandes dimensiones, y no habiendo el tapicero calcu- 
lado bien su peso, le colgó de clavos tan pequeños que, por 
efecto sin duda de la vibración de la sala, se vino al suelo 
una noche, cuando había más gente en ella, y se hizo pe- 
dazos. 

Estaba presente, entre otras señoras, la desgraciada 
Doña Olimpia, é inmediatamente se esparció por la ciu- 
dád, no se supo cómo ni por quién, la voz de que el hecho 
había pasado de esta otra manera. El espejo, decían, acá 
haba de ser colocado, cuando entró en el Balón l&jettatrice 
Doña Olimpia y se quedó parada delante de él, mirándole 

y admirándole. Mae no había terminado de decir: ¡qué her- 
moso esl, cuando se vino abajo con estrépito, haciéndose 

mil añicos. Y por más que los (pie estallan presentes lo des 



mentían, fué esta la versión que prevaleció y que hasta 
hoy dura en la memoria de los napolitanos. 

Gracias á los atractivos que aún conservaba y también 
á los bienes que poseía, pasó poco después esta señora á 
segundas nupcias con un oficial de marina de muy buen 
parecer y bastante más joven que ella, y con este motivo 
compuso el Duque de Proto un epigrama muy gracioso. 
Llamábase el oficial Agresti, y jugando con este vocablo 
decía: 

l'n nuovo mi rucólo da veder ci resta 
Che V uva passa rediventó agresta. 

Era este Duque uno de los ingenios de aquella corte T 
que unía á su talento poético un carácter muy original. En 
«■I año 48 tomó parte en la revolución; fué diputado é hizo 
gala de ideas tan avanzadas, que oyéndose llamar Duque 
por un colega, le dijo en plena Cámara: «Hágame usted el 
favor de no llamarme Duque; yo soy simplemente el ciuda- 
dano Proto». Después calmó mucho sus ardores, como tan- 
tos otros, y aunque conservó ideas liberales, no le desagra- 
daba ya que le llamasen por su título, que es uno de los 
más ilustres de aquel Reino. 

Otro ingenio notable, elegante y memorioso, era el Mar- 
qués de Gargallo, cuyo padre adquirió mucha fama con sus 
bellas traducciones de Horacio y Juvenal, clásicas ya en 
Italia. El hijo cultivaba también con éxito las letras, y en 
mi tiempo publicó en francés un opúsculo muy bien escri- 
to en defensa del Rey de Ñapóles con el epígrafe de Justó- 
fia regnorum fundamentum, que le valió muchos elogios del 
partido realista, al cual pertenecía, formando en esto con- 
traste con el Duque de Proto. Había heredado de su padre 
la afición á los clásicos latinos, y como en esto estábamos 



27:; 

muy conformes, trabamos muy buena amistad y á él le 
debí, no sólo el conocimiento de Juvenal, sino también el 
de Ovidio, Propercio y los demás líricos latinos. 

La mujer de Gargallo era inglesa, de cuya nacionalidad 
había también en Ñapóles durante el invierno una colonia 
casi tan extensa como la de rusas y polacas. Amigas todas 
de divertirse, llenaban los salones é imponían en ellas sus 
gustos, sobre todo las rusas. No satisfechas estas últimas 
con las representaciones dramáticas, que exigen estudio y 
talento, introdujeron las charadas, en las cuales podían lu- 
cir más fácilmente sus gracias. 

Eran también muy aficionadas las señoras rusas de 
aquel tiempo á dos juegos semiliterarios que á la sazón 
estaban de moda, pero que hoy ya por fortuna no se esti- 
man, y son los refoises y los calembures. Son los primeros una 
especie de jeroglíficos, y toman su nombre de una publica- 
ción satírica que hacían antiguamente los estudiantes de 
París en tiempo de Carnaval, en la cual discurrían en un 
lenguaje figurado de las cosas que pasaban; de rebus qvae 
geruntur. En el blasón se han usado desde antiguo, y las 
armas de Sevilla, por ejemplo, son ni más ni menos que un 
robus, pues consisten en una madeja, precedida de un no 
y seguida de un do, de suerte que se lee no madejado; y le 
fueron dadas á aquella ciudad por el desventurado Rey 
Don Alfonso el Sabio, en memoria de que había sido la 
única que no le abandonó cuando todas las demás de Es- 
paña abrazaron el partido de su hijo Don Sancho. 

En cuanto á los calembures ó expresiones equívocas 
son asimismo muy antiguos, sobre todo en las lenguas que 
abundan en palabras ó combinaciones do palabras que tie- 
nen varias significaciones con un mismo sonido. En Eran 
ees son muy fáciles de hacer, y dicen que por la fecundi- 
Tomo II 18 



■274 

dad con que los inventaba cierto farmacista de París lla- 
mado Calernbourg, le pusieron allí ese nombre. En España 
son menos comunes. Con todo, no dejan de hacerse en el 
lenguaje familiar, conio citando decimos de un hidalgo 
arruinado que es un Don Juan Pérez Yendo de Lara; y en 
las comedias del siglo pasado se observa, que á medida que 
cunde el mal gusto y también la imitación francesa, cre- 
cían asimismo los calembures, á los cuales llamaban equí- 
vocos, remoquetes ó chistes.. En el Dómine Lucas y en el 
Amor al uso los hay bastante bonitos. No conviene, sin em- 
bargo, abusar de ellos, y esto era precisamente lo que ha- 
cían entonces los rusos. 

Introdujeron también por aquel tiempo las señoras ru- 
sas en Italia, la costumbre de fumar cigarretas de papel, 
siendo singular que ese uso se propagase entre las damas 
jóvenes de Europa, citando ya en América, donde nació, no 
lo conservaban más que las viejas, pertenecientes casi á 
otro siglo. El hecho en sí no tiene nada de censurable, y 
siendo una cosa inocente y grata, no hay ninguna razón 
para prohibírselo á las señoras; mas por otra parte es inne- 
gable que, á consecuencia sobre todo de lo que altera la 
pureza del aliento, no las presta ningún nuevo atractivo y 
tiene algo de hombruno. 

Pero el pasatiempo más favorito de los salones de Ña- 
póles, después de las charadas y comedias, era la música, 
y había varias señoras, tanto napolitanas como extranje- 
ras, que se distinguían en ese arte divino, del cual dijo Fei- 
jóo que es el único hechizo permitido que haj' en el mun- 
do. Ya he alabado antes la voz admirable de Madama Ka- 
koschkine, hija de la Catalani. La Marquesa Caracciolo 
Bella, que era rusa, tocaba el piano casi como un Talberg, 
y la Princesa de Campo Reale cantaba como un ruiseñor, 



275 

no sólo las bellas arias italianas y las románticas cancio- 
nes de Schubert, sino también obras tan clásicas y difíci- 
les como el Stahat Mater de Rossini, que se ejecutaba todos 
los años en el Conservatorio. 

Antiguamente eran tres los Conservatorios de música 
que existían en Ñapóles: tal era la afición que había allí á 
ella; ahora no hay más que uno. Cuenta éste, sin embargo, 
con muy buenos profesores y forma excelentes discípulos, 
para lo cual influye mucho la actitud natural de los ñapo 
litanos, tanto para la composición como para tocar toda 
•oíase de instrumentos y para el canto. En esto último han 
sido siempre notables. El aire suave que allí se respira, la 
conformación misma de la garganta, son en extremo favo 
rabies á la extensión y modulación de la voz. Aquella es la 
patria de la dulce melodía, base principal de toda música, 
«i no es la música interna, pues ésta existió ya en la anti 
güedad sin lo que hoy se llama armonía y contrapunto, 
contentándose con el canto á la octava y al unísono. 

Y es la melodía tan natural en aquel país, que las obras 
de sus maestros rebosan de ella, y hay tantas en sus anti 
guas y ya olvidadas óperas, que bastarían las de una sola 
para componer diez de las que hoy se usan. En Alemania, 
patria de la armonía, el pueblo, amante también de lama 
sica, no canta con gusto sino cuando se reúnen muchas 
voces, y es raro (pie cante uno solo. El napolitano pretiere, 
al contrario, cantar solo, y cada cual se complace en oir su 
propia voz, como el ruiseñor y el canario. Abundan allí por 
eso los cantores callejeros, y cerca de mi casa había uno, 
barbero de profesión y émulo de Diego de la Puente, que 

en las noches de verano hacía -ala de su bella vo/ y albo 
rotaba con ella ;i todas las Marcelinas del barrio. 



CAPITULO LV 
Ñapóles, de 1855 á 1858. 



Jíápoles fué por mucho tiempo la metrópoli de la música. — En el siglo XVIII pro- 
dujo grandes compositores. — Pergolese, Paisiello, Cimarosa. — Tuvo también 
célebres cantores, como Stradella, Caffarelli y Faiiuelli. — Gran boga de Merca- 
dante.— Teatro de San Carlos.— Afición de los napolitanos al baile. — La Taran- 
tela. — Teatro de los florentinos. — La Ristori en la Medea. — Pulchinela en San 
Carlino. — Fiestas religiosas. — La Virgen de Pie di Clrotta. — Santos más vene- 
rados en Ñapóles. — Repiques de campanas y castillos de fuego. — Mi casa, mis 
amigos y mis lecturas. — Berni, Torteguerri. — Sátiras contra España. — Tassoni 
v Giusti. 



La ciudad, de Ñapóles fué por mucho tiempo la metró- 
poli de la música, uniendo á la melodía, tan natural bajo 
aquel cielo, la armonía introducida en todas partes des- 
pués del Renacimiento. A semejanza de la pintura y de las 
otras artes, la música no pereció nunca por completo. Has- 
ta el vándalo Gelimer, en el siglo vi, vencido por el gran 
Belisario, disipaba sus tristezas, pulsando la lira. Dante 
alaba en su Purgatorio el canto y la voz de aquel Casella, 
-que había puesto en música algunas de sus canciones; y en 
Francia se conservan todavía las de Ranl de Coucy, aman 
te desventurado de la Dama de Fayel, compuestas en el si 
glo XIII. Eran, ¡sin embargo, obras muy imperfectas que 
hoy merecerían pocos aplausos. 

Al fin vino la música á nueva vida, al pie de los altares, 

en aquella Mandes que, rica, tranquila y devota, fue la ri 

val de Florencia en el cultivo de todas las artes l'alestn 



278 

na, discípulo de un maestro flamenco, introdujo después 
esa música moderna en Roma con su misa del Papa Mar- 
celo, y de Roma pasó á Ñapóles, donde ya Juan Tinctor,. 
maestro de capilla del Rey Alfonso y flamenco también 
probablemente, había establecido un sistema de armonía. 
El Príncipe de Venosa compuso más tarde Madrigales, lle- 
nos de buen gusto, que eran cantados por todas las damas 
de Ñapóles y parecieron muy bellos á Juan Jacobo Rou- 
sseau. 

Durante el siglo xvur fué aquella ciudad por todos con- 
ceptos la primera de Europa para el cultivo de la música,, 
especialmente de la dramática, nacida en Florencia, pero 
perfeccionada en aquel risueño suelo. Infinitos fueron los 
compositores que en aquel tiempo produjo. Basta citar 
á Scarlatti, enemigo de las fugas y contrafugas 3' tan fe- 
cundo en sus obras, que se le considera el Jordán de la 
música; Durante, jefe reconocido de toda aquella escuela; 
Pergolese, tan hábil en el género sagrado como en el pro- 
fano, y cuya Serva padrona fué cantada en todos los tea- 
tros de Europa. Paisiello, que perfeccionó más y más la 
ópera, inventando los finales y las grandes piezas concer- 
tantes, de las cuales dio ejemplo en su célebre septimino 
del Rey Teodoro, y por último, Cimarosa, felicísimo en el 
género bufo, cuyo Matrimonio secreto forma parte todavía 
del repertorio clásico. 

Tenía asimismo Ñapóles en aquel tiempo muy buenos 
cantores, tales como el tenor Stradella, de quien se refiere 
que los asesinos enviados contra él por un patricio roma- 
no, al cual había robado su querida, la bella Hortensia, no 
tuvieron corazón para matarlo, después de haberle oído 
cantar en San Juan Laterano. Y había allí también, como 
en Roma, muchos de los llamados sopranos, cuyas voces- 



279 

expresivas, pero artificiales, erau resultado de una bárba- 
ra costumbre, á que he aludido en otro capítulo. Distin- 
guíanse entre ellos un Caffarelli, tan vano y pretensioso 
que compró en la vejez un título de Duque, y aquel Fari- 
nelli, hijo, como Rembrandt, de un molinero, y muy cono- 
cido en España, porque disipaba las melancolías del quin- 
to Felipe con su hermoso canto. 

A fines del siglo xviii pasó el cetro de la música dra- 
mática á Viena, merced al genio de Gluck y de Mozart; 
mas á pesar de eso, todavía conservó Ñapóles por mucho 
tiempo el privilegio de tener buenos compositores y bue- 
nos cantores. El célebre maestro Mercadante brilló allí 
casi sin rival durante muchos años y sus obras eran repre- 
sentadas aun á mitad del pasado siglo, especialmente el 
Jai-amento, que pasa por la más perfecta. Cuando yo era 
muchacho daban en Cádiz su ópera de Elisa y Claudio, y 
¡oh, cuántas lágrimas me hacía derramar en aquella edad 
temprana su sentimental argumento! Fué igualmente muy 
popularla Caritea, cuya aria Vedróqud vago ciglio era el 
triunfo de Rubini, y cuyos coros son muy bellos, sobre todo 
uno que el buen maestro Bonetti nos hacía cantar en el 
Colegio de Villaverde, en el cual hay una estrofa patriótica, 
que dice: 

( Ttiper la patria muore 
Vismto < assiii; 
La frontín ilM' onore 
Non langue mai. 

VA Teatro lí<al de San ( 'mi-Ios es el principal de Ñapóles, 
y aunque algo menos grande que la Scala de Milán, tiene 
tal voz más elegancia, En los días llamados de gala, poi- 
que en ellos se celebraban las (¡estas de los Reyes ó de les 
Príncipes, el aspecto <le aquella sala iluminada a gtorno j 



281 > 

llena de bellas damas, vistosamente adornadas, y de caba- 
lleros casi todos de uniforme, era realmente deslumbrador. 
En general dábanse allí muy buenas óperas de todos los 
maestros conocidos: Guillermo Tell de Rossini, cuyo terceto 
entusiasmaba tanto á los napolitanos, que lo hacían repe- 
tir hasta tres veces, aun á condición de que los cantantes 
suprimiesen otros números de aquella partitura; Don Pas- 
eadle, de Donizetti, agradable igualmente á causa de su mé- 
rito como ópera bufa y de sus bellas cantinelas, entre las 
cuales se distingue mucho la serenata que comienza: 

Com e gentil 
La notte in mezzo april. 

En fin, gustaba también entonces Crispinoy la Comadre, 
ópera bufa de los hermanos Ricci, fecundos compositores, 
que alcanzaron en ella una originalidad y una gracia no- 
tables. 

Recuerdo entre los cantantes á la Frassini, exce- 
lente en el Roberto, la Tedesco y Coletti. La Penco, dotada 
de muy dulce voz, recibía muchos aplausos en el Trovatore 
de Verdi. 

El cuerpo de baile de San Carlos era asimismo excelen- 
te, si bien las bailarinas no han sido allí nunca tan bellas 
como en Milán, donde las mujeres, de raza lombarda, son 
más altas y mejor hechas. En aquel tiempo brillaba en 
Ñapóles la Tedeschi, artista elegante y graciosa, quien, á 
pesar de los odiosos pantalones verdes, exigidos por la 
Reina, hacía bastante muestra de sus lindas formas. 

El pueblo de Ñapóles es tan amante del baile como de 
la música, siendo notable que el único baile nacional ver- 
daderamente característico y bello que posee la Italia, es 
el que existe en aquel país. Llámanle tarantela, porque fué 



281 

inventado en Taranto, donde las mujeres del pueblo, cuan- 
do son picadas por una araña venenosa, muy común en 
aquel país y nombrada por eso tarántula, bailan locamen- 
te á fin de traspirar y expeler así su ponzoña. La tarante- 
la, embellecida y perfeccionada después, es una danza 
comparable por su rapidez y alegría con la charda húnga- 
ra ó la jota aragonesa. 

El teatro de los florentinos estaba dedicado á la prosa, 
y en él había el mismo repertorio que hemos visto en las 
otras capitales de Italia. La Ristori, que entonces pertene- 
cía aún á una compañía de las que viajan por las grandes 
ciudades de aquel país, venía también algunas veces á Ña- 
póles, y por aquel tiempo gustaba mucho su interpreta- 
ción de la Medea de Legouvé, traducida al italiano. Es Me- 
dea un personaje extraño y terrible, mezcla de Maga y de 
Furia, cuyos crímenes inauditos retratan un país y una 
época llenos de inhumana barbarie; pero que inspira al 
mismo tiempo grande interés, porque aquella desgraciada 
mujer fué á su vez cruelmente maltratada por su amante. 
Sucédele á Medea lo que á Beatriz Cenci: el exceso de sus 
desventuras hace casi olvidar sus delitos. En la tragedia 
moderna es todavía más interesante que en la de Eurípi 
des, porque aparece en ella menos bárbara, y la Ristori ra- 
yaba en lo sublime cuando expresaba la luelia terrible que 
reñían las pasiones más opuestas en aquel corazón ardien 
te y ofendido. 

En un pequeño teatro, nombrado San Garlino, hacía 
gala de su ingenio y buen liuinor el famoso Pulchinela, 
delicia del pueblo napolitano y también de las clases más 

cullas, pues no era raro que las señoras de la mejor sorie 
<la<l se dieran < ■ i i ; i allí para reir un rato. El nombre de Tul 

chinela viene de pulcino , que significa pollnelo, animal 



282 

que es tenido por el menos animoso del mundo, y sin duda 
ha sido dado á aquel tipo cómico para indicar su poco va- 
lor y hacerle así más divertido. Porque de todas las pasio- 
nes humanas es el miedo la que más se presta al ridículo, 
y el cobarde es en todas partes el personaje que más en- 
tretiene al público. 

Tiene, sin embargo, Pulchinela una antiquísima pro- 
sapia, pues si no se engañan los eruditos, es sucesor en lí- 
nea recta de aquellos cómicos que recitaban en la napoli- 
tana Átela las fábulas llamadas por eso atelanas, las cua- 
les fueron las primeras composiciones dramáticas de que 
hay memoria en Italia; y de Átela pasaron á Roma, donde 
compitieron con otras farsas venidas de Etruria, durando 
con mucha boga aun después que floreció allí el teatro 
más culto de Plauto y Terencio. Y la descendencia de Pul- 
chinela es igualmente notable, porque de él proceden el 
francés Polichinela y el inglés Punch (contracción de 
su nombre), personajes bastante populares, á pesar de 
que viven en angostos cajones y que notablemente dege- 
nerados, tienen ambos famosas jorobas, y usan chistes 
tan vulgares que son únicamente buenos para soldados, 
criadas y muchachos. 

El tipo napolitano recita en un pequeño teatro y se 
acompaña con otros actores, usando todos del dialecto del 
país, que es el más pintoresco y gracioso de Italia. Sus 
parodias y sátiras tienen cierto mérito literario, y bien se 
puede decir de él lo que el poeta Santeuil dijo de la come- 
dia: castigat ritiendo mores. En aquel tiempo ridiculizaba 
con gracia la Medea y excitaba mucho la risa cuando, figu- 
rando con dos almohadas los hijos de aquella maga, se po- 
nía de rodillas á los pies de su amante. Burlábase también 
con donaire de los anglomanos de Ñapóles, donde desde 



28;5 

la época de la Reina Carolina han sido siempre muy par- 
tidarios de las modas británicas. Retrataba Pulchinela á 
un caballero de aquel país conocido por su exageración 
de esa manía y por sus enormes y puntiagudos cuellos de 
camisa, llamados foques, que le llegaban á las orejas. Era 
el Marqués de Nociglia, y de él se contaba que habiendo 
hecho un viaje á Londres, se encontró con la novedad de 
que aquellos insulares no usaban ya pantalones estrechos 
con trabillas y los mencionados foques, por cuya razón, 
casi afligido, le escribió á uno de sus amigos que los in- 
gleses no se vestían ya á la inglesa. 

El pueblo de Ñapóles gusta mucho del teatro y también 
de toda clase de diversiones. No se exceden en el comer 
y beber; es muy raro encontrar un borracho en las calles; 
pero siempre que pueden salen á pasear por ellas. Las fies 
tas religiosas les prestan buena ocasión para ello, empe 
zando por la famosa de la Virgen de Pie di Grotta, á la 
cual asistían entonces el Rey y toda la Corte, trasladándo- 
se en gran pompa desde el Palacio á la iglesia. Las tropas, 
vestidas de gala, cubrían la carrera y hacían luego un vis- 
toso desfile que divertía mucho al pueblo. Era notable tam 
bien la fiesta de Santa Lucía, de la cual son muy devotos 
los napolitanos por considerarla abogada contra los males 
de ojos, sumamente frecuentes en aquel país, á causa de la 
reverberación de su sol, que es tan bello como ardiente. 
San Roque y San Cayetano son asimismo muy festejados, 
por ser el uno abogado contra la peste y el otro fecundo en 
milagros, y el primero que estableció la devoción del jubi- 
leo de las cuarenta lleras. V entre !<>s nacionales, además 
de San Jenaro, que 68 el primero de todos, no olvidan a 

aquel Francisco <l«' Paula, que habitó en una caverna de la 
Calabria, y llamado á Francia por Luis XI, ya gravemen 



284 

te enfermo, le ayudó á morir cristianamente después de 
haber vivido como un Tiberio. 

Para aumentar sin duda la alegría de estas fiestas, acos- 
tumbran los napolitanos repicar las campanas durante 
todo el día. Como su nombre lo indica, son éstas origina- 
rias de la Campania, y autores hay que atribuyen su inven- 
ción á San Paulino de Ñola. Mas de todos modos, es un he- 
cho que en Ñapóles se usa y abusa de ellas de una manera 
deplorable. Quien viva cerca de algún campanario no me 
dejará mentir. Pues cuando llega la noche empieza otra 
clase de estrépito. En la plaza que hay generalmente de- 
lante de cada iglesia, se quema un magnífico castillo de 
fuego, cuyos cohetes, centellas y disparos, llenan de gozo á 
aquel pueblo infantil y bullicioso. 

En cuanto á las funciones religiosas que se celebran en 
tales circunstancias, no hay duda de que son de gran lujo, 
con profusión de luces y flores y gran concurso de pueblo. 
Ni falta nunca el obligado panegírico del Santo, pronuncia- 
do en estilo sumamente poético y florido por algún predi- 
cador de fama, de los cuales había entonces en Ñapóles 
muchos y de todos géneros, desude el fraile capuchino, á 
quien llama con razón Lacordaire el Demóstenes del pue- 
blo, hasta el lindo y erudito abate, que busca los honores 
de la mitra por el camino de la elocuencia. En nuestra pa- 
rroquia teníamos un curita, nombrado Marinelli, que alcan- 
zaba gran fama y siempre que predicaba veía un público 
escogido y numeroso alrededor de su pulpito. Oíale con 
sumo gusto, y aunque él mismo confesaba que debía mu- 
cho á Cornelio a Lapide, rica mina de moral evangélica, 
poseía infinita gracia para vestir á la moderna las ideas ya 
un tanto anticuadas de aquel escritor. Y era también no- 
table en su género la actitud del público que le escuchaba. 



285 

No pueden los napolitanos permanecer quietos y callados, 
aunque estén en la iglesia, y las mujeres sobre todo suelen 
añadir comentarios á lo que el orador va diciendo. ¡Qué 
verdad es!, decía una; ¡qué razón tiene!, añadía la otra, y 
todo esto en una voz que pretende ser baja, pero que e& 
oída de la mayor parte del concurso. 

Como se ve, la vida en Ñapóles es muy variada y había 
allí para todos los gustos. Por nuestra parte, tanto mi mu- 
jer como yo, pasamos en aquella ciudad una de las tem- 
poradas más agradables de nuestra vida. Para colmo de 
bienestar, teníamos una casa muy cómoda en la calle de 
Santa Teresella, cerca de la ribera de Chiaia, con un gra- 
cioso jardín, que durante la bueña estación nos proporcio- 
naba sombra y recreo. Aunque salíamos á menudo de no- 
che, acostumbrábamos también quedarnos en casa y éra- 
mos visitados por algunos buenos amigos. Citaré los prin- 
cipales. En primer lugar, el Agregado de nuestra Legación 
Don Alvaro Ruiz, joven inteligente y distinguido, que dis- 
frutaba de muy buena posición en la sociedad de Ñapóles. 
Su único defecto, si así puede llamarse, era la manía sin- 
gular de querer conocer á todo el mundo. Cuando entraba 
en un salón no tenía paz hasta que había sido presentado 
á cuantas personas hallaba en él, y aun tengo para mí que 
no se marchaba á su casa sin haber averiguado el nombre 
de los criados y también el del portero. 

El Cónsul de España era asimismo de la tertulia. Nom- 
brábase Don Mariano de la Roca y era pariente del Mar- 
qués de Molins. Progresista de buena fe, tenía mucha ;ifi 
c¡('»n á lu política y armaba sobre ella grandes disputas oon 
Ruiz y conmigo. Pertenecía al género de los políticos saga 
ees y le ¿. r ustal>a explicar los SUCOSOS más potables 0011 
anécdotas no saliólas del público. Asi, por ejemplo, si Zu- 



malacarregui se hizo carlista, esto fué, según él, porque 
tenía una querida en Pamplona, de la cual no quería se- 
pararse; y si Napoleón III dio el golpe de Estado, esto de- 
be atribuirse á la necesidad en que se hallaba de pagar 
sus cuantiosas deudas; y otros disparates por este estilo. 
Por lo demás, era el hombre más honrado y más amable 
del mundo. 

Venían también á visitarnos Mr. Poggenpohl, Secreta- 
rio de Rusia, persona notable por su saber y juicio, y el 
caballero Frescobaldi, Encargado de negocios de Toscana 
y su amable señora, de quienes he hecho ,ya mención en 
otro capítulo. 

Cuando nadie venía á vernos, teníamos el recurso ha- 
bitual desde que nos casamos, del piano y la lectura. En 
la Legación recorría los periódicos del país y La Época de 
Madrid, diario bien informado y sensato, que no he dejado 
nunca de leer desde su establecimiento hasta el día. En 
casa teníamos El Diario de los Debates, compañero fiel asi- 
mismo de toda mi vida, porque si bien ha cambiado mucho 
de opiniones es siempre moderado y está redactado con ex- 
celente estilo, y la Revista de. Ambos Mundos, algo variable 
como los Debates, pero también muy bien escrita. Por últi- 
mo, leíamos también toda suerte de libros. 

Hay en Ñapóles mucha afición á la literatura jocosa y 
á mí se me pegó este gusto. Además de conocer allí muy 
bien á sus cuatro grandes poetas antiguos y al moderno 
Leopardi, gustan mucho de las poesías de Berni, Forte- 
guerri, Tassóni y Giusti. Recuerdo que fué el célebre Bon- 
ghi el primero que me alabó á Berni cuando le conocí en 
Roma. Sin embargo, las poesías jocosas de este autor tos- 
cano, llamadas de su nombre bernescas, no me han pareci- 
do nunca dignas de su gran fama, las considero bastante 



287 

inferiores á las de Quevedo. En general, no sólo son li- 
cenciosas, sino también obscenas, y sn estilo dista mu- 
cho de la corrección, rara vez interrumpida, del Tasso y 
Ariosto. 

Forteguerri, otro toscano, compuso también un poema 
burlesco, que es una continuación del Ariosto, una segun- 
da parte del Orlando, la cual, contra lo que sucede co- 
múnmente con esta clase de obras, resultó bastante buena. 
Los versos son fáciles y armoniosos. Algunas aventuras 
ofenden mucho el buen gusto; mas el autor las pinta con 
viveza y lindo estilo, y aunque sigue la propensión de su 
época á los cuentos licenciosos, no lo es tanto como el 
Ariosto. Sus personajes son casi los mismos de éste y efe 
Bayardo, sin omitir á Ferraguto, á quien pinta convertido 
y hecho fraile; pero con frecuentes recaídas de inconti- 
nencia, que no pueden menos de parecer muy jocosas. 

Tassoni es igualmente un autor predilecto de los ñapo 
litanos, y su Cubo robado, poema heroi cómico y satírico, 
tiene allí mucha aceptación. Voltaire le estimaba poco; 
mas es innegable que muestra grande imaginación y con 
tiene buenos chistes. Era este poeta modenés, y por haber 
sido Secretario del Duque de Saboya, enemigo ala sazón 
de España, hallábase animado de un odio muy vivo con- 
tra ésta. Débese á ello la composición desús Filípicas y de 
un libelo titulado Exequias </r ln Monarquía Española, que 
los contemporáneos le atribuyeron, aunque Id negó cons 
tantemente. 

Es en verdad cosa Datura! é inevitable que las grandes 

naciones, cuando Llegan al apogeo de su poder, exciten en 

f re los demás odio y envidia. Ninguna se ha visto libre <!•• 
ello, 3 la literatura europea abunda en sainas de todas 
especies contra la dominación délas más Fuertes. La Es 



288 

paña particularmente ha sido blanco muy á menudo de 
tales animadversiones. Ya Hernando del Pulgar decía que 
muchos pintaban á los españoles «en la guerra perezosos, 
en la paz escandalizosos». Más tarde en tiempo de la Liga, 
el vehemente Leroy escribió la Sátira Menipea y el burles- 
co Catholicon de España, denunciando y exagerando las 
intrigas y proyectos de Felipe II. 

Contra la tiranía democrática de Francia escribió asi- 
mismo con mucha vehemencia y con rima y estilo dan- 
tesco, el poeta Monti, en su poema titulado la Basvilliana, 
y Alfieri compuso contra aquella nación el Misogallo, en el 
cual dice que los franceses tutto sanno e milla sanno; tutto 
fiinno e milla fanno. Ni necesito recordar cuánto se ha es- 
crito para zaherir y denostar á la pérfida Albion, así en 
América como en Francia. No es, pues, maravilla, si Tasso- 
ni componía contra nosotros las sátiras de que se trata. El 
carácter de este escritor era muy extravagante. Criticó lo- 
camente á Homero y á Petrarca, concitando contra sí las 
iras de otros literatos. A su muerte dejó un legado de doce 
ducados de oro al cura de su parroquia, con la condición 
de que no le hiciese funerales de ninguna especie. 

Quédame por hablar de Giusti, poeta florentino que po- 
demos comparar con Beranger en facilidad, buen humor y 
audacia. Es chistosa su idea de que si se restablecieran en 
este siglo los gobiernos antiguos, podría el carbón de pie- 
dra ser muy útil para las chamusquinas del Santo Oficio. 
Su Re Travicello ó sea Rey Zoquete, trae involuntariamente 
á la memoria el Roi d' Ivetot. 

Se levant tard, se couchant tot 
Dormant fortbien sans gloire, 
Et conronné par Jeanneton 
¡)' un simple bounet de cotón. 



CAPITULO LVI 
Ñapóles, de 1855 á, 1858. 



Sucesos políticos de Ñapóles — Atentado de Milano contra el Rey, — Reacción "Hit- 
produjo. — I rus de Ma/./.ini. — Sus sectarios hacen volar un fucile y una fragata. 
Expedición de Pisacane. — Una profecía como la de Cazotte. — Napoleón se de- 
clara en favor de los italianos. — Derrota del Austria. — Levantamiento de la 
Italia Central. — Fallecimiento del Rey Fernando. — Campaña prodigiosa de 
(¡arilialdi.- — Víctor Manuel marcha á su socorro. — El Rey Francisco se retira 
áOacta, donde capitula con honra. — Situación también azarosa de los Uorlio- 

nesde España. — O'Donnell se sobre] • .i Espartero. — Vuelta de Narváez y 

tentativas de mayor reacción. — O'Donnell triunfa al fin y forma un nuevo Mi- 
nisterio. — Organiza asimismo la Unión liberal. — Soy nominado primer E 
tario en Londres. 



Mas hora es ya de referir los acontecimientos políticos 
que presencié durante mi residencia en Ñapóles. Fin'- el 
principal de filos la intervención de las grandes potencias 
occidentales para obtener que el Rey Fernando siguiese 
una política más conforme á las ideas Liberales adoptadas 
ya en toda Europa. Como lo lio dicho antes, rot ira ron aqué- 
llos sus Ministros, viendo que «'I Rey no quería absoluta 

mente introducir cambio alguno en su sistema di' gobier- 
no, V á consecuencia de esto quedó el Monarca napolitano 
en una posición muy peligrosa. 

Al primer aspecto nada parecía caminado; mas liien 

pronto fué advertido que los partidos extremos cobraban 

nuevo aliento, al ver al Rey sin más apoyo que el lejano é 

ineficaz que podían prestarle las potencias del Norte, ! 
T >mo 11 Ifl 



2í)0 

zini, quien corno el Viejo de la Montaña, mandaba en to- 
das direcciones sus fanáticos sectarios, excitó el celo de un 
cierto Agesilao Milano para que asesinase á Fernando. Era 
Milano natural de Cosenza, en Calabria, pero nacido de pa- 
dres albaneses, por manera que unía á la exaltación napo- 
litana la naturaleza medio salvaje de aquel pueblo. Solda- 
do raso en un regimiento de infantería, aprovechó la oca- 
sión de una revista á que asistía el Rey para llevar á cabo 
• su horrible designio. Cuando menos podía temerse, se sa- 
lió de las filas, y arrojándose contra el Monarca, que esta- 
ba á caballo, le asestó con increíble audacia dos bayoneta- 
zos. La muerte de Fernando hubiera sido inevitable, si el 
Coronel Conde de Latour, el cual se hallaba cercano, no 
hubiese interpuesto su espada. El Rey recibió á pesar de 
esto una pequeña contusión; pero mostró un valor y una 
sangre fría dignos de su noble estirpe, y todo pasó con 
tanta rapidez que la revista no fué interrumpida y pocas 
fueron las personas que en aquellos primeros momentos 
se enteraron de lo acaecido. 

Esparcida después la noticia de este suceso, causó una 
impresión grandísima y fué muy favorable al Re} r , pues 
no solamente el pueblo, sino todas las almas nobles, sin 
distinción de opiniones, vieron con justa indignación aquel 
criminal atentado. Corrieron todos á Palacio para expre- 
sar al Rey el horror que les inspiraba la conducta infa- 
me de Milano, y Fernando recibió á todos y acogió con 
paternal complacencia las muestras de afecto de sus sub- 
ditos. Su ánimo generoso sintió también la necesidad de 
dar una prueba pública de su reconocimiento y de hacer 
ver que prestaba entero crédito á tales protestas, por lo 
cual dispuso que se celebrase un gran baile en Palacio, 
cuyos salones estaban cerrados desde el año 48, y ordenó 



291 

que fuesen convidadas á él todas las personas que antes 
solían serlo á tales fiestas, sin excluir á ningún partido. 
Era general el regocijo. Disponíanse todos á asistir al 
anunciado baile y parecía que comenzaba para Ñapóles 
una nueva era de paz y concordia. Mas no convenía esto 
de modo alguno al partido de Mazziui, el cual, airado ya 
y lleno de despecho por el mal éxito del atentado de Mi- 
lano y su merecido suplicio, no podía soportar que cesase 
la agitación de aquel desventurado país, y con el fin de 
renovarla y aumentarla, decidió cometer nuevos críme- 
nes de una atrocidad inaudita. 

Empezó por hacer saltar un almacén de pólvora situa- 
do en un fortín cercano al puerto, La explosión fué terri- 
ble. Sintióse en toda la ciudad un estremecimiento que 
duró algunos segundos, y no quedó un cristal entero en 
ninguna de las casas situadas cerca de la marina. Querían 
algunos atribuirlo al acaso; negábanlo otros; cuando pasa- 
dos pocos días, resonó en la ciudad otro nuevo estampido 
no menos terrible, causado por la voladura de una fraga- 
ta de guerra tripulada por 200 hombres, que se hallaba en 
el puerto cargada de municiones y pronta á zarpar para 
Sicilia. Entonces ya no pudo caber duda alguna de que 
ambos hechos habían sido intencionales, y todos vieron 
en ellos la mano de Mazziui, del cual se supo también que 
había mandado por aquellos días un vaporcillo á la costa 
de Calabria, á fin de salvar á dos amigos y cómplices de 
Milano, que andaban por allí fugitivos. 

Kl Rey, desanimado y descontento, abandonó la idea de 

la liesta y se retiró nuevamente á (¡acta, en basca de una 
seguridad que no podía obtener en Ñapóles. Kl mismo par 
tido liberal, avergonzado sin duda de los desmanes come 
tidos por Mazzini, quiso engañarse á sí propio y engañar 



292 

á la posteridad, atribuyendo todo lo sucedido, ¿á qué 
creerá el lector? á la jettatura. Pretendía que entre las per- 
sonas convidadas estaba el Duque de Ventiguano, á quien 
tenían por jettatore, y que el mismo Duque de Ascoli, Su- 
miller de Corps, le manifestó á Fernando que era peligro- 
so invitarle, pues de seguro sería causa con su triste in- 
fluencia de que sucediese algo capaz de impedir la cele- 
bración de la fiesta. Y añadían que el Rey se burló de ello 
é insistió en que se invitase. Pero sucede en este caso como 
en el que he mencionado antes del espejo roto en casa de 
Torella, que lo único cierto es que Ventignano fué convida 
do, y lo demás han sido invenciones de los revolucionarios, 
creídas luego por aquel público, siempre propenso á pres- 
tar fe á esta clase de desatinos. Mas la posteridad dará á 
cada uno lo suyo y calificará tan duramente como lo mere- 
ce la conducta del partido republicano y de su jefe Mazzi- 
ni, que fué en aquella ocasión el único y verdadero jettatore. 
Tuvieron lugar estos deplorables acontecimientos á 
principios del año 57, y no había desaparecido enteramen- 
te la dolorosa impresión producida por ellos, cuando hubo 
que lamentar otro nuevo, culpable también, pero algo más 
noble, porque no se ejecutaba traidoramente, sino de una 
manera descubierta. Una pequeña expedición de revolucio 
narios, capitaneada por Pisacane, Nicotera y otros emigra- 
dos napolitanos, llegó en Junio de aquel mismo año á la 
rada de Ponza y desembarcó en el puerto de Sarpi. Era su 
proyecto internarse en el país; mas pronto se vio rodeada 
de las tropas realistas, y muerto Pisacane, rindieron todos 
las armas. Sometidos á un proceso, nueve de ellos fueron 
condenados á muerte. El Rey, sin embargo, usó la clemen- 
cia de perdonarles la vida, reduciéndolos sólo á prisión con 
los demás expedicionarios. Como todo esto empezó y acabó 



293 

en cortísimo tiempo, no dio h'.^ar á que se sintiese mucha 
alarma en Ñapóles. Preguntábanse todos si la empresa ha- 
bía sido mazziniana ó piamontesa, y considerando las cir- 
cunstancias que la acompañaron, decidieron que tenía algo 
de entrambas, toda vez que, si Pisacane obraba por impul- 
so de Mazzini, su expedición parecía protegida también 
por Cavour, quien reclamó al instante, como propiedad pia- 
montesa, la devolución del vapor CagUari, que había con- 
ducido á los revoltosos; y no sólo la reclamó, sino que aca- 
bó por obtenerla, merced al apo) 7 o de Inglaterra y Francia, 
faltando así todas estas tres Potencias á las más claras 
nociones del derecho de gentes. El Rey Fernando cedió en 
este asiento, pero protestó, diciendo que cedía á la fuerza. 

Después de este suceso volvió á reinar cierta paz en 
Ñapóles, y á mi salida de aquella ciudad, que fué á fines 
del año 57, nadie podía prever (pie dos años más tarde se- 
ría conmovido y alterado aquel país de la manera que lo 
vimos. Y como este lugar parece oportuno para ello, vo}' á 
hacer ahora una rápida reseña de los acontecimientos que 
sobrevinieron poco después de mi marcha, la cual podrá 
valer por una profecía parecida á la, que pone La Iíarpe en 
boca de Cazotte. 

Suspensa estaba la Europa, esperando de un momento 

á otro ana nueva guerra de Italia, en la cual '.abría de to- 
mar parte la Francia, sin poder adivinar uámlo u¡ cómo 
tendría lugar, cuando de repente MazCini tomó la iniciati- 
va de los sucesos de una manera ' icn trágica. En Muero 
del año 58, uno de sus partidario , llamado Orsini, impul- 
sado sin duda por él, trató de • sesinar á Napoleón, liaeien 

do para ello multitud de víc 7 iinaa inocentes; 3 aunque no 
le fué dado realizar su de ignio Inmediato 3 pagó su cri- 
men en w\) patíbulo, es '.upo-ihie negar que obtuvo indi- 



294 

rectamente el objeto final qne se proponía, puesto que el 
Emperador, aterrado y desprovisto de la firmeza de alma 
demostrada en circunstancias parecidas por otros Monar- 
cas de Europa y aun por el mismo Rey Fernando de Ñapó- 
les, en vez de despreciar las amenazas de los sectarios,, 
tomó la resolución de darles gusto. El Conde de Cavour 
fué llamado durante el verano á Plombieres, donde re- 
sidía Napoleón, y desde aquel momento fué este Sobera- 
no un mero instrumento en las manos del astuto sabo- 
yardo. 

Ofrecióle Cavour la Saboya y Niza, á fin de unir el inte- 
rés al miedo, y el Emperador le prometió á su vez que 
marcharía en socorro de Italia. Fuéle fácil á Cavour provo- 
car al Austria, y declarada por fin la guerra, acudieron 
efectivamente los franceses, mandados por el mismo Na- 
poleón y por el hábil cuanto afortunado Mac-Mahón, y uni- 
do á los sardos, capitaneados también por su Rey Víctor 
Manuel, derrotaron á los austríacos en Magenta y Sol- 
ferino. 

Hubiera querido Napoleón limitar las conquistas de su 
aliada, tanto por temor á una intervención de la Prusia, 
como por el deseo de hacerse amiga al Austria para sus 
planes de engrandecimiento por el lado del Rhin, y tam- 
bién porque es interés y tradición de la política francesa 
que no exista á su lado una Italia demasiado grande y po- 
derosa. Mas su empeño fué inútil. Firmóse una paz en Zu- 
rich y se trató asimismo de no sé qué confederación de 
Príncipes italianos; pero entre tanto surgían gobiernos pro- 
visionales en todas partes, y la Toscana, los Ducados y la 
Romana declaraban su deseo de formar parte del Reino de 
Italia. La teoría de las nacionalidades y de los plebiscitos, 
proclamada con otros fines por el mismo Napoleón, se vol- 



295 

vía contra él, resultan dolamas á propósito para realizar 
las aspiraciones de Italp. 

Han comparado algunos á Cavour con Cristóbal Colón, 
porque así como éste, buscando un paso para las Indias 
orientales, se encontró con la América, del mismo modo 
Cavour, buscando la independencia de Italia, se encontró 
con su unidad. Llegado á la mitad de su carrera, probó el 
Papa á detenerle; pero no fué más afortunado que Napo- 
león, el cual por su parte guardaba } r a una actitud por lo 
menos indiferente en razón á que no veía con gusto que en 
Roma se hubiese reunido por el fogoso Monseñor De Mero- 
de \in pequeño ejército de belgas y franceses, mandados 
por el General Lamoriciere y otros jefes más ó menos legi- 
timistas. El General piamontés Cialdini derrotó fácilmen- 
te aquellas tropas en Castelfidardo, y continuó después su 
marcha victoriosa, acudiendo al socorro de Garibaldi. 

La campaña de este condotiero fué uno de los episodios 
más curiosos de la historia de aquellos tiempos. Cavour le 
dejó salir de la ribera de Genova. Un almirante inglés, lle- 
gado á tiempo á Marsala y sin duda con instrucciones para 
ello de Lord Palmerston, impidió que los baques de guerra 
napolitanos lucieran fuego contra él con pretexto de que 
antes debían reembarcarse algunos marineros ingleses que 
habían bajado á tierra. Desembarcado así Garibaldi sin 
hallar el menor obstáculo, recibió voluntarios de toda Sici- 
lia, que estaban esperándole, y Con ellos emprendió una 
marcha que recuerda mucho la que hizo trece siglos antes 
el famoso Belisario cuando pasó con pocos soldados de 

África a Sicilia \ corrió do allí á Ñapóles y b'oma para «les 

truir el vacilante Reino ostrogodo. Nadie le opuso tampoco 

una seria resistencia al caudillo moderno. A y miáronle otra 
vez los ingleses á pasar á Calabria, \ esparciendo la 



290 

de que la Europa entera deseaba la caída de los Borbones, 
llegó al fin á la capital, tan poco combatido, que entró en 
ella solo y como si entrase en sus propios Estados. 

La situación de Ñapóles era á la verdad deplorable. Aca- 
baba de fallecer Fernando II con tanta oportunidad para 
las miras de los r-evolucionarios, que no faltó quien lo atri- 
buyese á veneno. Sin embargo, su enfermedad fué larga y 
conocida. Empeñado en trasladarse por tierra á Bari, afín 
de recibir en aquel puerto á la joven esposa de su hijo, que 
venía de Baviera por Trieste, atravesó en mitad del invier 
no las montañas de los Abruzos, cubiertas de nieve, y co- 
gió allí unas calenturas que le repitieron en Lecce y le pro- 
dujeron un tumor en el muslo. No quiso ó no pudo ser 
operado á tiempo, y esta tardanza le llevó al sepulcro. En- 
contróse entonces su desventurado hijo con tres políticas 
entre las-cuales debía escoger: la de resistencia á todo tran- 
ce, que había sido la de su padre y era recomendada por la 
Reina viuda María Teresa; la que le proponía el anciano ge- 
neral Filangieri, que consistía en una imitación del régimen 
francés y una alianza con Napoleón III; y por último, la po- 
lítica de los revolucionarios. No sintiéndose con fuerzas pa- 
ra realizar la primera, y desconfiando demasiado déla Fran- 
cia para adoptar la segunda, acabó por echarse en brazos 
de los revolucionarios, que fué lo mismo que echarse en un 
abismo. Subleváronse los suizos merced á manejos de Ca- 
vour en los cantones católicos; ocuparon el Ministerio los 
amigos secretos del Piamonte; perdió el ejército su espíritu 
realista, viendo la indecisión del Rey, que no se atrevía á 
pelear en ninguna parte, y entre tanto Garibaldi llegó sin 
oposición hasta las puertas de Capua. 

Con todo, una sola cosa no había conseguido Cavour, á 
pesar del oro q\ie esparcía y da las intrigas de Persano, Vi- 



297 

llatnarina y Visconti Yenosta, y fué que todo el ejército 
napolitano se pronunciase en favor de Víctor Manuel, corno 
se había pronunciado el de Tqscana. Hubo muchas defec- 
ciones; no todos permanecieron fieles; el descontento y ol 
desaliento cundieron mucho entre las filas realistas; mas 
el Rey conservó hasta el fin un núcleo de soldados sufi- 
cíente para que Víctor Manuel se viese precisado á arrojar 
al cabo la máscara, acudiendo con su ejército al socorro de 
Garibaldi, que estaba detenido delante de Capua. Unidos 
con éste pudieron los piamonteses tomar aquella plaza, y 
el ejército del Rey Francisco tuvo que abandonar la línea 
del Volturno y encerrarse en Gaeta, á donde se había tras- 
ladado ya por mar el joven Monarca. 

Como lo he dicho en otro capítulo, lo más heroico hu- 
biera sido que Francisco II, puesto al frente de sus tropas, 
cayese en campo abierto con las armas en la mano como 
Rodrigo, Haroldo, Manfredo, Constantino Paleólogo y tan- 
tos otros Príncipes ilustres. Mas no á todos les es dado 
morir como quieren, y nuestra época no parece muy á pro 
pósito para tan épicos desenlaces. Los dos Borbones de 
Francia, el legítimo y el usurpador, huyeron sin gran peli- 
gro de su vida, ante sus subditos rebeldes; y los dos Ñapo 
leones, el tío y el sobrino, entregaron ellos mismos su es 
pada V quedaron prisioneros de sus orgullosos vencedores. 
Kl último Borbón de Ñapóles tuvo al menos la gloria de ca 
pitular honrosamente con los suyos, peí irándose libremen- 
te á Roma, después de haber resistido bastante tiempo 
con sus propias tropas en ana fortaleza de su Reino, rodea 
do de algunos subditos fteles.yde los Ministros de Espa 
fia y Austria, 3 acompañado de su esposa, la linda Reina 

María Sofía, la cual era eapruliosa \ también fantásl ¡ca, co- 
mo casi toiios los Witelsbach, pero supo mostrar en aque. 



298 

líos supremos momentos un ánimo y una constancia dig- 
nos de mejor fortuna. 

Triste destino, sin embargo, el de los Borbones. ¡De ellos 
puede decirse, repitiendo un pensamiento de Bossuet, que 
la Divina Providencia les ha dado en este siglo grandes y 
terribles lecciones! Ya sólo quedaba en pie una de sus ra- 
mas, que érala de España, y aun ésta se veía agitada y 
combatida, como añosa palmera que los vientos enfureci- 
dos azotan á porfía. Reseñemos también brevemente nues- 
tra historia de aquella época. 

La Reina Doña Isabel II no se hallaba amenazada por 
ninguna potencia extranjera ni tenía subditos tan infieles 
como los Liborios Romanos y Nunciantes; mas estaba ro- 
deada de políticos ambiciosos, quienes con el pretexto de 
hacer la felicidad del país, se combatían con el mayor en- 
cono. La lucha entre Espartero y O'Donnell duraba toda- 
vía con varia fortuna, y Olózaga principalmente buscaba 
todos los medios posibles de derribar al segundo. Por otra 
parte, las masas revolucionarias incendiaban impunemente 
los campos de Castilla; Barcelona se agitaba y el Ministro 
Escosura, que era progresista, no podía ó no quería hacer 
nada para impedirlo. Exigió el general O'Donnell que sa- 
liese éste del gobierno, y Espartero sostuvo á su partidario 
y llegó á hacer dimisión de su alto puesto, creyendo que la 
Reina formaría un nuevo Ministerio sin O'Donnell. Sin em- 
bargo, la Augusta Señora, que ya se había recobrado de los 
pasados temores, llamó sin vacilar á O'Donnell. Sublevá- 
ronse las turbas progresistas, sublevóse la Milicia nacional; 
pero Espartero permaneció en actitud pasiva, y vencidas 
aquéllas en las calles mismas de Madrid en Junio de 1856, 
O'Donnell se apresuró á disolver la Milicia y las Cortes 
constituyentes, restableció la Constitución del 45 con un 



299 

acta adicional, que la hacía menos reaccionaria, y se dispu- 
so á gobernar con energía. 

Respiraba un poco el país después de esta peligrosa cri- 
sis; mas pronto tuvo que soportar otras nuevas. La situa- 
ción de O'Donuell era muy débil. Los progresistas no le 
perdonaban el combate de Madrid y la exclusión de Espar- 
tero. Los moderados no le perdonaban el pronunciamiento 
del año 54. Veíase sin apoyos. La reacción, que él mismo 
había iniciado, no se contentaba con menos que con volver 
al estado de cosas anterior á la última revolución. La Rei- 
na misma deseaba, por lo menos, impedir que fuese llevada 
á cabo la ya comenzada desamortización de los bienes del 
clero, y á esto no quería prestarse O'Donnell. Llegó en 
aquellos momentos á Madrid el General Narváez de vuelta 
de su destierro, y habiendo sido convidado á una fiesta de 
Palacio, la Reina bailó con él y le trató con tanto agasajo, 
que O'Donnell comprendió sus intenciones y se adelantó á 
dimitir. 

Mas si la situación de O'Donnell había sido precaria, do 
lo era menos la de Narváez. En primer lugar, no debía su 
posición ;í la mayoría de las Cámaras, sino á un acto de la 
Reina, como O'Donnell. En segundo, el partido llamado 
neo-católico, cuyo jefe, Nocedal, era tan reaccionario que 
acabó por hacerse carlista algo más adelanto, desraba me 
didas extremas, reforma del Senado, reglamento restrictí 
vo de las Cortes y otras novedades imitadas del régimen 
que Napoleón había dado á la Francia. Bate mismo Noce- 
dal, Ministro bajo Narváez, dio luego una ley de imprenta 

muy severa, que llevó su nombre y causo grande irritación 

entre los radicales, y Narváez también hizo algunas COnce 

Biones á los reaccionarios, suspendiendo la desamortización 

y suprimiendo el acta adicional de O'Donnell. Tero ni con 



300 

tentaba á sus amigos ni menos desarmaba á sus enemigos. 

Cansado pronto Narváez de aquella lucha continua, ce- 
dió ante tantos obstáculos y abandonó á su vez el poder. 
Probó todavía la Reina á formar otro Ministerio también 
reaccionario, pero más dócil á su voluntad, y se dirigió pri- 
mero á Bravo Murillo, el cual, o si sic omnes, no quiso acep- 
tar el encargo, por considerar peligrosa toda reacción; y 
después al General Armero, que duró poco, y en fin, á Is- 
túriz, que duró menos. Los moderados, sin Narváez, eran un 
cuerpo sin alma y un paladín sin espada. 

Pero la Reina no quería vivir bajo la tiranía de aquél ni 
renunciar tampoco á ninguno de sus caprichos, por cirya 
razón acabó por volver á llamar á O'Donnell, dejándole las 
manos libres para que realizase la desamortización, si po- 
día hacerlo con el beneplácito del Papa, y para que gober- 
nase como lo creyese más prudente. Entonces organizó por 
fin aquel General un nuevo Ministerio, compuesto de sus 
más íntimos amigos, á quienes llamaban la brigada irlan- 
desa por ser él originario de Irlanda, y apoyado por una 
coalición de los hombres más moderados de los otros parti- 
dos. Diéronle á esta coalición el nombre de Unión liberal, 
y filosóficamente considerada tenía razón de existir, toda 
vez que la revolución llevada á cabo por el mismo O'Don- 
nell en el año 54 había dividido al partido moderado y tam- 
bién al progresista. Nada más natural, sino que los políti- 
cos más juiciosos de uno y otro bando adoptasen un nue- 
vo término medio, renunciando cada cual á una parte de sus 
ideales. 

Sin embargo, la amalgama de hombres tan alejados an- 
tes entre sí, como Martínez de la Rosa y Cortina, Istúriz é 
Infante, Mon y Lujan, y la circunstancia de que unos y 
otros aceptaban luego cargos importantes del nuevo go- 



301 

bierno, le ciaban á aquella unión un aspecto bastante inte- 
resado. Por cnj-o motivo Don Antonio Alcalá Galiano, cuyo 
ingenio era amargo y cáustico, dijo en plena Cámara que 
aquello le recordaba lo que llaman en Londres ima familia 
feliz. Aludía, según cuidó de explicarlo, á la invención de 
ciertos charlatanes, que llevan en un carro una gran jaula 
dentro de la cual hay varios animales conocidos por el odio 
que generalmente se profesan, tales como perros, monos y 
gatos. Viven éstos, no obstante, en completa paz, y el se- 
creto de ello es que á todos les da el charlatán una buena 
comida. En el frente de la jaula hay un letrero que dice: 
Una familia ft liz. 

Mas por desdicha no estaban dentro de la jaula todos los 
partidos enemigos. Quedaban aun fuera de ella otros muy 
poderosos. Quedaban los carlistas y los neo-católicos; que- 
daban muchos moderados y la mayoría de los progresistas; 
quedaba, en fin, un nuevo partido, cuya importancia cre- 
cía á toda prisa, que era el democrático, capitaneado en- 
tonces por Don Nicolás Rivero, el cual defendía y propa- 
gaba sus doctrinas en un periódico bastante bien escrito, 
titulado La Discusión. Porque no es cierto, como decía por 
aquella época Mr. Mazado en la Revista <l< Ambos Miin<h>s, 
que la revolución de O'Donnell hubiese sido completamen- 
te inútil. Inútil ciertamente y aun perjudicial para l;i Mo- 
narquía; pero útil, útilísima para los revolucionarios, en ra- 
zón ;i que había producido dOB frutos muy importantes 
para ellos, á salier: la destrucción del antiguo partido mo- 
dera .lo 3 la formación del democrático. Oyóse entonces por 
primera vez en España el grito <lo mva la República, y todo 
loque perdió la Realeza lo ganaron sus enemigos. Con 

todo, la justicia obliga á reconocer qué por el momento fue 
aquel un período de tregua entre los partidos, durante el 



302 

cual tuvo O'Donuell el gran mérito de darle á España seis 
años de paz interior y algunos días de gloria. 

En uno de los gabinetes moderados que mediaron entre 
los de Narváez y O'Donnell, fué Ministro de Estado mi an- 
tiguo jefe 3' amigo el insigne Don Francisco Martínez de la 
Rosa, y al punto tuvo la bondad de acordarse de mí para 
trasladarme como primer Secretario á Londres, donde, si 
bien no ganaba en categoría, iba á conocer negocios más 
importantes que los generales de Ñapóles. Era Ministro en 
Londres otro amigo y favorecedor mío, el ilustre Don Luis 
González Bravo, y como se preparase á pasar con licencia 
á Madrid, me rogó que fuese allá sin pérdida de tiempo, á 
fin de encargarme de la Legación. Hícelo así efectivamen- 
te, y marché con la mayor precipitación posible, llegando á 
mi nuevo destino en pocos días. No necesito decir, que 
tanto mi mujer como } r o, sentimos mucho dejar á Ñapóles, 
donde habíamos pasado cerca de tres años felicísimos; mas 
los diplomáticos somos como los misioneros y los milita- 
res: hoy aquí, mañana allí; ahora al Sud, más tarde en las 
vecindades del Polo, según lo disponen nuestros jefes. Por 
dicha llevaba ya á todas partes la amable compañía de mi 
mujer y de mis hijos, y podía decir con verdad: omnia mea, 
mecum porto. 



• *>=«=<<- 



CAPITULO LVII 
Londres, de 1858 á 1805. 



Vuelvo á verá Don Luía González Bravo. — Hago el conocimiento del Vizconde del 
Pontón. — Magnificencia de Londres. — La Abadía de Westtninster. — Corona- 
ción de los Reyes. — Panteón de grandes hombrea. — Palacio del Parlamen- 
to. — Palacios de Buckingham y de Saint James. — Levees y Draicing Boom». 
Plaza de Trafalgar, — (lalería nacional y sus bellos cuadros. — El Musco Británi- 
co y las obras de Fidias. — Antigüedades egipcias y asirías. — El Strand. — Pala- 
cio de Somerset. — El Temple. — Un brindis de los legistas ingleses. — Catedral 
de San Pablo. — Helio canto que allí se ejecuta. 



Llegué ú Londres todavía á tiempo para tener el gusto 
de encontrar allí á mi querido amigo y favorecedor Don 
Luis González Bravo, á quien hallé poco diferente tanto 
en lo físico como en lo moral, de cuando le conocí en Ma- 
drid y Lisboa. Era siempre un hombre muy simpático, 
lleno de inteligencia y vivacidad, pero con más imagina 
ción que juicio, y con cierta propensión ingénita á lo exa- 
gerado y extremo. Dióme muy buenas instrucciones sobre 
los asuntos corrientes y se marchó luego ala Corle, á don 
de le llamaban SU ambición y sus intereses. Por mi parto 

me ocupé al instante do establecerme cómodamente en 
aquella capital, con cuyo objeto alquilé y amueblé una 
casamuj bonita en París Street, cerca de la plaza de Oros 

ve ñor y <l«'l famoso Ilyde Park, que vino á sor mi jardín y 

ol do mi familia durante los odio años (]<' mi permanencia 

on Londres. Mientras no estaba todo listo, me alojé en la 



304 

casa de la Legación, que se hallaba cerca de allí en Here- 
ford ¡Street. 

Tuve el placer de encontrar en Londres como segundo 
Secretario, á un joven que empezó su carrera en 1852; 
pero que por la nobleza de su nacimiento y figura y por su 
grande inteligencia y bello carácter estaba destinado á un 
brillante porvenir. Era éste Don Emilio Alcalá Galiano, so- 
brino del insigne orador de este apellido, y Vizconde en- 
tonces del Pontón. A la muerte de su madre heredó el 
título de Conde de Casa- Valencia, y ha sido sucesivamen- 
te Diputado á Cortes, Senador del Reino, Subsecretario y 
Ministro de Estado, Ministro plenipotenciario en Lisboa 
y Embajador en Londres. Es orador fácil y correcto, de un 
género sobrio y práctico, poco común entre nosotros, y 
también escritor elegante y castizo, como lo ha demostra- 
do especialmente en sus Lecciones sobre ('» libertad política 
en Inglaterra. Un mutuo aprecio y la similitud de opinio- 
nes y gustos establecieron pronto entre nosotros fina y 
durable amistad. 

Al referir en el capítulo XVI mi paso por Londres para 
ir á embarcarme en Southampton con destino á Méji- 
co, dije ya la impresión extraordinaria que me había, 
causado Inglaterra. Al volver á ella el año 48 no me la 
produjo menos grande, pues aunque venía de Italia, don- 
de los campos son tan hermosos y los monumentos tan 
bellos, todavía hallé mucho que admirar en aquella rica, 
feliz 3 T bien gobernada nación y en sú magnífica metró- 
poli. Por lo demás, pocas novedades encontré en ella fuera 
de estas dos: la una, que los ingleses ya no detestaban 
tanto á los franceses, y la otra que no sólo llevaban ya bi- 
gote, sino grandes y pobladas barbas. Ambas cosas eran 
consecuencia de la guerra de Crimea, en la cual habían 



305 

compartido franceses é ingleses los peligros y la gloria y 
tomado unos de otros más de una costumbre. Notábase, 
por otra parte, la influencia de la América y del espíritu 
democrático de la época en el vestido de los hombres, que 
era más durable que rico y más cómodo que elegante, por- 
que siempre hay relación entre las ideas y las modas. El 
Conde de Nociglia hubiera podido con razón decir que los 
ingleses no se vestían ya á la inglesa, sino á layankee. 

Luego que tuve tiempo para ello, me dediqué,- acompa- 
ñado de mi mujer, á ver los monumentos de aquella gran 
capital, y de ellos haré una rápida reseña. Empezando por 
la parte occidental, á la cual llaman «West End» y es hoy 
día la más elegante y como una ciudad aparte, donde resi- 
de la más rica y fasionable aristocracia, hablaré ante todo 
de la Abadía de Westminster, joya preciosa del arte góti- 
co. Fundóla Eduardo el Confesor, cuyo sepulcro se conser- 
va en ella; mas después ha sido agrandada y embellecida 
por otros varios Monarcas. Es sobremanera bella la capi- 
lla de Enrique VII, gótica también, aunque de un estilo 
más adornado y florido, que llaman de los Tudores. For- 
man su techo cien arcos, que cual ramos de altísimas pal- 
meras se cruzan y confunden, ocultando las piedras de la 
bóveda. En el centro está el mausoleo de aquel Rey, el cual 
ei ya del Renacimiento y se debe al cincel de aquel Torre 
giani, ilustre escultor que forma el lazo entre Donatello y 
Miguel Ángel; mas cuyo carácter era tan violento (pie en 

una ocasión le aplastó las narices de un puñetazo al diví 

uo Buonarroti. 

I. os monumentos de Isabel Tudory Marta Stuardo son 
también hermosos y de estilo italiano, aunque másmoder 

nos. Vcsc bien en ellos la diversa fisonomía de ainlias Kei 

ñas. VA perfil de Isaliel es el de un ave de rapiña; el de 

Tomo II 20 



306 

María muy correcto. Con todo, no parece allí tan hermosa 
como en su retrato, hecho al óleo, que se admira en la bi- 
blioteca bodleyana de Oxford, porque la escultura es menos 
aduladora que la pintura y deja notar que la curva de los 
labios no era enteramente perfecta. 

En la Abadía de Westminster tiene lugar la coronación 
de los Reyes de Inglaterra, con ceremonias parecidas á las 
que se usaban antiguamente en la de los Monarcas de 
Francia. 

Los ingleses tienen el buen gusto y el gran senti- 
do político de conservarlas, y la más vieja nobleza de aquel 
Reino juzga una extrema honra el desempeñar en tales so- 
lemnidades los diferentes oficios feudales, que fueron siem- 
pre privilegio de sus mayores. El pueblo lo aprueba tam- 
bién y todos consideran que con ello se acrecienta el pres- 
tigio del trono, sin el cual no es posible conservar esa forma 
perfecta de las sociedades humanas, que es el gobierno 
mixto. 

Aquella iglesia es también un panteón de grandes hom- 
bres. En ella yacen los ilustres guerreros que han dado tan- 
ta gloria á Inglaterra, y por eso Nelson, al entrar en com- 
bate, gritaba con entusiasmo: Victoria ó la Ahadia <Jf West- 
mdnster. Lo cual, sin embargo, no se realizó en su caso, pues 
no fué enterrado allí, sino en San Pablo, donde sin duda ha- 
bía más espacio para su sepulcro. 

En una parte de la iglesia, que ha recibido por esto el 
nombre de Rincón de los poetas, están los grandes vates 
que ha producido Inglaterra, desde el viejo Chaucer hasta 
Sheridan. En otra se ven los grandes estadistas, como Pitt, 
Fox, Grattan y Canning; los sabios eminentes como New- 
ton y Watt; el escultor Flaxman, el pintor Kneller, el com- 
positor Hándel, á pesar de que era alemán, y hasta el faino- 



307 

so actor Garrick, á quien fué debida la más hábil interpre- 
tación de los dramas de Shakespeare. 

Cerca de la Abadía se alza el gran edificio que los ingle- 
ses llaman la Casa del Parlamento, pues no dan el nombre 
de palacio más que á la mansión de los Reyes, y dicen, la 
Casa de Grosvenor, la de Dorchester, la de Holland,y así 
de todas las demás habitaciones de su opulenta nobleza. 
La Casa, pues, del Parlamento es gótica como la Abadía, y 
se debe al arquitecto Barry. Ya he dicho que uno de los 
rasgos característicos de este siglo, es que no tiene en las 
artes un estilo propio, limitándose á adoptar eclécticamen- 
te cualquiera de los conocidos. ¿Han acertado en preferir 
el gótico para su Parlamento? A mí no me lo parece, por- 
que este estilo, llamado con razón perpendicular, exige 
cierta elevación en las proporciones, y esto, que es natural 
y fácil en una iglesia, no lo es tanto en un edificio destina 
do á la celebración de grandes reuniones en salas de buena 
temperatura y buena acústica. El resultado es que han te- 
nido que limitar la elevación de la fábrica, de manera que 
exteriormente al menos resulta muy baja, y siendo muy 
grande, no tiene nada de grandiosa. Aumenta también 
esta impresión las dimensiones de sus tres torres, las cua- 
les parecen empeñadas en hacer resaltar la poca elevación 
del monumento que las circunda. 

Sin embargo, el interior es muy bello. El salón central 
.lamado de San Esteban, porque allí estaba antiguamente 
ana capilla de este nombre, donde celebraba sus reuniones 
el Parlamento, es muy hermoso, y desde él se pasaá las 

salas más principales. A derecha é izquierda, colocadas so- 
bre ricos pedestales de mármol, se hallan las estatuas de 

los oradores más notables que ha tenido Inglaterra, desde 
Ha ni de u hasta Burke, maestros todos de una viril elocuen 



308 

cia, émula á veces en la Edad Moderna de la que resplan- 
deció un día en Atenas y Roma. Las dos grandes aulas de 
Pares y Comunes ofrecen un aspecto suntuoso. La primera 
está adornada con las estatuas de los principales Barones, 
que arrancaron la Magna Carta al desdichado Juan Sin 
Tierra. Su vista despierta la memoria de aquellas primeras 
luchas reñidas para obtener la libertad, y parece recordar 
también á la burguesía y al pueblo que á los nobles es á 
quienes han debido el gobierno libre que hoy disfrutan. 
Y es por cierto notable que en el Palacio del Congreso de 
Madrid hayan colocado precisamente el hermoso cuadro de 
Gisbert, que representa el suplicio de los Comuneros, y re- 
cuerda del mismo modo á aquellas clases que poco valen 
sus esfuerzos si no son apoyados por los nobles. 

Acercándonos al centro de la ciudad encontraremos el 
Palacio de Buckingham, residencia de la Reina cuando se 
halla en Londres. Es de arquitectura italiana, pero modifi- 
cada por el gusto alemán, que era el de los Hanovers. Antes 
había allí un palacio del Duque de Buckingham, cuyo nom- 
bre conserva. Jorge III lo compró y habitó, y Jorge IV lo 
reedificó y amplió en la forma que hoy lo vemos. Tiene, sin 
duda, aspecto de gran palacio; mas no llama la atención por 
la belleza ú originalidad de su trazado. En el interior son 
notables el salón de baile y el del trono, y en sus galerías hay 
una colección de cuadros, que son todos de primer orden, 
tales como un paisaje de Rubens, varios retratos de Van 
Dyck, y la Adoración de los Magos, de Rembrandt. 

No lejos del Palacio Real de Buckingham se halla el de 
Saint James, pequeño 3" mezquino, que fué antiguamente 
la habitación de los Reyes, y ahora sirve únicamente para 
aquellas recepciones del Soberano que tienen lugar de día 
v que dicen: Lentes y Drawing Rooms. La palabra Levet es- 



309 

de origen francés y corrupción de Lever. Cuando los Reyes 
de Francia se levantaban por la mañana, solían entrar en 
su cámara á fin de darle los buenos días y asistir á su to- 
cador, los principales nobles del Reino, los cuales lo tenían 
á mucha honra. Luis XIV gustaba mucho de tales visitas 
y su alcoba se veía siempre llena hasta que iba á oir misa 
y almorzar. Llamaban á esto el Lever da Roi, y de ello viene 
^1 Levee. de los Monarcas ingleses, el cual poco á poco ha 
quedado reducido á una especie de besamanos, á que con- 
curren sólo caballeros. Drawing Room significa propiamen- 
te Sala ó Estrado, y es otro besamanos como el Levee, con 
la sola diferencia de que á él concurren también señoras. 

Más á la derecha de la ciudad se encuentran las grandes 
calles, que son como las arterias de aquella metrópoli; Pic- 
cadilly con sus casas semejantes á palacios, Pall Malí con 
sus clubs monumentales, la calle del Regeute con sus ricas 
tiendas. Conducen todas á la plaza de Trafalgar, que es 
casi el centro de Londres, y en ella se eleva una columna, 
imitada de la Trajana de Roma, sobre la cual han puesto 
la estatua de Nelson: honor merecido ciertamente por los 
grandes servicios que aquel célebre marino supo prestar á 
su patria. Al contemplar aquel monumento recordaba in- 
voluntariamente lo que decían los versos de la Sibila an- 
tes de Queronea: el vencido Uora y el vencedor ha muerto. 

En aquella misma plaza está la Galería Nacional, ó sea 
el Museo de pinturas; edificio á la verdad hajo y poco no- 
table, que no corresponde á la grandeza de Londres. En 
cnanto á los cuadros que contiene, en aquella ('-poca no 
eran muy numerosos ni de primer orden. Dignos son con 
todo de citarse el retrato de Julio II y una Santa Catalina, 
atribuidos á Rafael; la Venus con A</<>iu's deTicíano, cuadro 

Singular, porque el Adonis es el retrato de Kelipe II, (¡uieii 



310 

no fué nunca afeminado ni hermoso; la Resurrección de Lá- 
zaro, célebre composición de Sebastián del Piombo; un 
Cristo muerto, acompañado de dos bellísimos ángeles, obra 
muy inspirada del devoto Francia; una Fiesta de Aranjuez, 
y un retrato de Fernando de Médicis, atribuido á Veláz- 
quez; una Santa Familia del suave Murillo, y dos Bacanales 
del clásico Poussin. Del gran Rubens, émulo de Ticiano y 
de Velázquez, hay un Suena de hermoso color, y de su dis- 
cípulo Van Dyck el retrato del sabio Gevaers. El del céle- 
bre Milton por De Plaas es asimismo muy bello. Menciona- 
ré también algunos buenos cuadros de autores ingleses, ta- 
les como el Matrimonio d la moda fie Hogarth, la Gallina 
ciega, de su discípulo Wilkie, el retrato de Mrs. Siddon, fa- 
mosa actriz trágica, por Reynolds y el deKemble, en el 
vestido de Hamlet, por Lawrence. 

Después de mi salida de Londres ha recibido aquella 
galería muchas y muy buenas adiciones, gracias á los me- 
dios pecuniarios de que dispone. Un comisionado espe- 
cial suyo recorre todos los años aquellos países de Europa 
en que se conservan aun buenas pinturas en poder de 
particulares, y tienta la avaricia ó las necesidades de éstos 
con las ofertas más generosas. De este modo ha adquirido 
una Sacra Familia de Murillo, que poseía en Cádiz el Mar- 
qués de Pedroso; la Visita de Alejandro á la familia de Darío r 
del Veronés, que era del Marqués Pisani, de Venecia; una 
Adoración de los pastores, de Zurbarán, procedente déla Ga- 
lería de Luis Felipe, y otros de sobresaliente mérito. Y sa- 
be Dios si poco á poco no irán tomando el camino de In- 
glaterra otras obras maestras. ¡Pobres cuadros, condenados 
á vivir en las tinieblas de la Gran Bretaña! 

Al Norte de la Galería Nacional se halla el Museo Britá- 
nico, edificio de algo mejor arquitectura que aquélla, y ador- 



311 

nado con ana grandiosa columnata ele orden jónico. Es casi 
tan extenso como el Borbónico de Ñapóles, y revine tam- 
bién riquezas de primer orden. Una posee sobre todo que 
excita con razón la envidia de las demás naciones, y son los 
célebres mármoles del Partenon de Atenas, debidos al divi- 
no cincel deFidias, es decir, del Homero de la escultura. Las 
figuras que representan formaban las unas dos grandes gru- 
pos en los frontones de aquel templo, y adornaban las 
otras los metopes y el friso. Aunque casi todas están muti- 
ladas, conservan todavía mucha parte de sus peregrinas 
formas, y es lícito asegurar que son los objetos más hermo- 
sos que nos ha dejado el arte griego; más hermosos que 
el Apolo, más que el Fauno, más que todas las estatuas co- 
nocidas. Una sola me parece á mí superior, á causa de su 
admirable expresión, y es el grupo del Lacoonte. Delante 
de ellas me quedaba siempre absorto y sent'a que realmen- 
te la admiración de lo bello es un placer divino. 

Otra cosa notable del Museo de Londres son las anti- 
güedades asirias y egipcias, porque antes de los griegos 
hubo artes en el mundo y artes bastante bellas. Lo egip- 
ció es todo colosal y grandioso, y aun hay quien lo califica 
de sublime. Y con efecto, aquellas columnas enormes de 
Karnak y Denderah, cada una de las cuales puede compa- 
rarse con la de la plaza de Vendóme de París, no tienen 
rivales en los templos de ninguna otra nación y hacen pa 
recer meros juguetes lasque rodean al Partenon de Ate 
ñas; y también aquellas estatuas colosales de personajes 
graves é inmóviles tienen algo que subyuga. Posee el Mu- 
seo británico varias de estas. 

Las antigüedades asirías excitan igualmente una justa 

admiración. Aumpio Mr. Botta, Cónsul de Francia en Mu 
küI, fué el primero que li izo excavaciones en Xínive, la ylo 



312 

ria de haberlas continuado y completado pertenece, sin 
embargo, á Mr. Layard, quien obtuvo para ello el apoyo 
del célebre Sir Stratford Canning, Embajador de su país 
en Constantinopla. Tuvo además el mérito de descifrar la 
antiquísima escritura cuneiforme, sirviéndose para ello, 
como Champollion para los jeroglíficos, del descubrimiento 
de varias inscripciones trilingües, en asirio, persa y tárta- 
ro. La importancia de los objetos que envió al Museo es 
grande en sumo grado. En él están las enormes figuras con 
alas, que inspiraron quizás á Ezequiel, desterrado en Asi- 
ría, sus grandiosas visiones de ángeles y animales también 
alados. Allí hay figuras de reyes y guerreros, cuya fuerza 
debía ser muy grande, puesto que algunos de ellos tienen 
cogido bajo el brazo un formidable león, cual si fuese un 
perro faldero. En general son de piedra pintada y en todos 
se nota una constitución y unas formas mucho más robus- 
tas que las de sus rivales de Egipto. Están también más y 
mejor vestidos, sin duda por exigirlo así el clima frío de la 
Asiría. Son todos corpulentos, repletos y barbudos. Sus ca- 
bellos son negros y por Jenofonte sabemos que algunos 
llevaban peluca, como Luis XIV, y se teñían el pelo y las 
cejas con la tintura llamada kol. Pocos carecen de barba y 
éstos eran los eunucos, cuya existencia es muy antigua en 
Oriente. 

Sería tarea demasiado larga el dar cuenta de todo lo 
demás que contiene aquel Museo: biblioteca pública de 
grandes dimensiones, antigüedades, medallas, manuscri- 
tos, vasos campanios y etruscos, y hasta una vasta colec- 
ción de animales disecados. Estos últimos han sido al fin 
quitados de aquel local y puestos con niuy buen acuerdo 
en un Museo aparte, destinado exclusivamente á la Histo- 
ria Natural, en el barrio de Kensington. Y cerca de él hay 



313 

otro Museo, que se empezó en mi tiempo, el cual contiene 
objetos preciosos de la Edad Media y del Renacimiento y 
es un rival importante del antiguo ya descrito. 

Caminando ahora en dirección al Oriente hallaremos la 
inmensa calle dicha el Strand ó sea la playa, á causa de 
que antiguamente llegaban hasta allí las aguas del Tánie- 
sis. Hoy día están éstas encerradas mucho más á la dere- 
cha por un magnífico muelle, que se extiende desde el Par- 
lamento hasta San Pablo. Ha sido construido en la segun- 
da mitad de este siglo y ha costado dos millones de libras. 
Entre el Strand y este muelle se encuentran edificios muy 
importantes, como, por ejemplo, la casa ó palacio de aquel 
Duque de Somerset, que gobernó el Reino durante la me- 
nor edad de Eduardo VI y que, nuevo Timoleón, sacrificó 
ó dejó sacrificar á su propio hermano, muriendo al fin ól 
mismo en un patíbulo, como tantos otros personajes de 
aquella época sangrienta. 

Después de este palacio, que es más notable por su mag- 
nitud que por su trazado, hállanse varios edificios, los 
cuales pertenecieron á la antigua orden del Temple y fue- 
ron habitados un día por los compañeros de Reginaldo 
Front de Boeuf, émulos de los héroes de Homero en engu- 
llir grandes tajadas de carne y vaciar profundas copas de 
vino. Ahora viven en aquel recinto los abogados de Lon 
dres, quienes tienen allí sus cátedras, bibliotecas y apo- 
sentos, formando un mundo aparte, aislado del tráfico y 
bullicio de los vecinos barrios. La iglesia de los Templarios 
se conserva en buen estado y ofrece mucho interés, porque 
es uno de los más antiguos ejemplares del estilo norman 
do, y contiene los sepulcros del Conde de Pembroke y otros 
caballeros de la ( )rden. Notable es asimismo la extensa sala 
en (pie ge reúnen los legislas y donde celebran todos los 



314 

años una gran comida al empezar las vacaciones de escue- 
las y tribunales. Todo el mundo sabe que la Inglaterra no- 
quiso nunca adoptar la legislación romana por desconfiar 
de su espíritu autocrático, y que la suya es un cúmulo de 
Estatutos ó leyes de todas épocas y á veces contradictorias, 
como las que había en Roma antes de Justiniano, sin que 
los comentarios de Coke ni los de Blackstone hayan basta- 
do para enmendarlas. Y es asimismo notorio que si esto 
proporciona la ventaja de ciertas interpretaciones equita- 
tivas como las que emanaban del edicto del Pretor roma- 
no, tan admiradas por Mackeldey y Savigny, tiene por otra 
parte el inconveniente de hacer inseguro el derecho é in- 
terminables los pleitos. Por cuya razón, no es extraño que 
los legistas, interesados naturalmente en este estado de 
cosas, que si es malo para el público, es bueno para ellos, 
hagan todos los años en el banquete á que aludo, un brin- 
dis entusiasta á la gloriosa incertidumbre de las leyes in- 
glesas: (o (he glorío us uncertainty of (he cnglish laivs. 

Saliendo del Temple hallamos luego á San Pablo, cate- 
dral ciertamente magnífica y la tercera en longitud des- 
pués de la de Roma y Milán. Viene á ser una reducción de 
San Pedro, y si no la ennegreciese y afease el humo de 
Londres, sería un edificio muy bello. Fué trazado en el si- 
glo xvii por Sir Cristóbal Wren, quien adoptó definitiva- 
mente en sus construcciones el estilo del Renacimiento, 
introducido ya en Inglaterra por Iñigo Jones, que, en el 
siglo anterior, lo había aprendido en Venecia. Quiso Wren 
ser enterrado en aquel templo é hizo poner sobre su sepul- 
cro esta inscripción sencilla, pero algo pretenciosa: «si bus- 
cas mi monumento, mira alrededor tuyo» (si monumentum 
req a iris circ umspice). 

Las funciones religiosas que se celebran en aquella ca- 



315 

tedral son bastante notables, por lo numeroso del clero que 
toma parte en ellas y por la buena música con que se eje 
cutan. Tienen también cierta pompa, que se acerca mucho 
á la de nuestras iglesias, porque la religión anglicana es 
la que menos se aleja en ciertas cosas de la católica, como 
lo notó muy bien el gran poeta católico Dryden, diciendo 
que es la menos deformada, porque es la menos reformada. 

The least deformed, beca use reformed the least. 

En cierto día del mes de Junio, tiene allí lugar un canto 
religioso, que merece la admiración de todos los inteligen- 
tes y causa un efecto grandísimo en el ánimo de quienes 
lo escuchan. Más de cinco mil niños, de los establecimien- 
tos de caridad de Londres, cantan al unísono un himno sa- 
grado, lleno de la más tierna melodía. Mr. Fetis asegura 
que tanto Haydn como otros grandes músicos han confe- 
sado que nada de cuanto más bello habían oído antes se 
acercaba al efecto prodigioso de aquella reunión de voces 
infantiles. Personas sensibles hay que cuando las oyen no 
pueden contener las lágrimas. 



.^XfcS*- 



CAPITULO LVIII 
Londres, de 1858 á, 1865. 

La City y sus monumentos. — El Banco y la Bolsa. — Gran salón del Palacio munici- 
pal. — La Torre de Londres. — Horribles recuerdos que despierta.— Los Docks y 
sus riquezas. — El Hospital de Greenwich. — Los peces llamados white bait». — 
Alrededores de Londres. — Castillo de Windsory su salón de retratos. — Recuer- 
do de Falstaff. — El Palacio de Hampton Court. — Las obras de Holbein y los 
Cartones de Rafael.— La colina de Richmond y vista que desde ella se disfruta. 
Picho jactancioso de un Embajador de Ñapóles. — Palacio de Cristal. — Instructi- 
vas reproducciones que encierra. 

La Catedral de San Pablo está ya dentro de lo que lla- 
man la Ciudad, la City, que era el antiguo Londres, y allí 
tienen hoy día sus escritorios los más ricos negociantes de 
aquella metrópoli. En la calle nombrada de los Lombardos, 
porque antiguamente habitaban en ella los banqueros mi- 
laneses, están ahora los ingleses, los cuales dan el oro, to- 
mándolo con palas y pesándolo en vez de contarlo: tal es la 
igualdad de las relucientes libras esterlinas; y en aquellas 
oficinas se habla de millones como si se tratara de mara- 
vedises. En la City están la Bolsa, el Banco, la Casa de Mo- 
neda, el Correo central y la Mansión House ó sea la Mansión 
del Alcalde y Casa municipal. Todos estos edificios son 
bastante medianos, y si no lo parecen más es porque los 
ingleses los cubren con pórticos y columnatas jónicas y co- 
rintias, las cuales en algunos Ca808 Les sientan tan bien 
ionio un collar de linas perlas á la garganta de una Mari 

bornes. 



318 

En frente de la Bolsa está la estatua ecuestre de Lord 
Wellington, que libertó á la Inglaterra y á la Europa de la 
ambición de Bonaparte. Defendió sobre todo el honor y las 
riquezas de su país, y con razón han colocado su efigie 
donde estas últimas se encuentran. Por fin, no lejos de 
aquel sitio se hallan las oficinas del Times, que es, en su 
género, otro valiente paladín de los intereses de la City, y 
los representa mejor que ningún otro diario de Londres. 

En la Casa ó Palacio municipal hay un hermoso salón 
llamado de los Gremios Guildhall; cuya extensión es tal, 
que en él tienen lugar los banquetes de cerca de mil convi- 
dados con que celebra cada año su instalación el nuevo Al- 
calde ó Lord mayor. En general estos festines no son con- 
siderados muy elegantes y reina en ellos bastante confu- 
sión; pero excepcionalmente suelen tener importancia 
cuando, ora un Ministro inglés, ora un representante ex- 
tranjero, pronuncia en ellos algún discurso interesante so- 
bre los asuntos políticos del día. El estilo del salón es góti- 
co, y su techo de madera llama la atención por lo atrevido 
y elegante de su diseño. Las paredes están adornadas con 
las estatuas de los dos Pitt, Xelson y Wellington, notables 
todos por la terrible energía con que se opusieron á la am- 
bición de la Francia. 

Visitemos ahora la Torre de Londres, la cual ofrece mu- 
cho interés, á causa de su construcción; mas despierta te- 
rribles recuerdos. Hízola edificar Guillermo el Conquista- 
dor, aquel normando á quien, si no me equivoco, es deudo- 
ra Inglaterra de toda su grandeza, porque antes de él era 
aquella isla el juguete de la Fortuna, invadida, saqueada y 
oprimida; después de él no ha vuelto á ser hollada por nin- 
gún pie extranjero y no ha hecho más que ganar y crecer 
hasta llegar al apogeo de poder en que hoy la vemos. La 



319 

sangre de aquellos atrevidos hombres del Norte, guerreros 
y piratas, mezclada con la sana, aunque menos enérgica, 
de los sajones, ha producido el carácter tan terrible como 
astuto de los modernos ingleses, y gracias á esto ha cami- 
nado aquella nación, tanto en el interior como en el exte- 
rior, de ventaja en ventaja, de mejora en mejora. 

Posee la Torre de Londres dos capillas: una normanda 
V otra gótica. La primera presenta una solidez casi ex- 
cesiva, carácter distintivo de aquella arquitectura, la cual 
es un ramo de la románica, general entonces en Europa. 
Normandos son igualmente sus torreones y todo en ella 
ofrece un aspecto lúgubre y siniestro, y harto se ve que 
aunque sirvió en ocasiones de vivienda á los Reyes, era más 
bien destinada para cárcel. ¡Y cuántos personajes ilustres 
han sido decapitados en aquella funesta fortaleza y yacen 
en sus capillas! La lista de ellos es larguísima: Glocester,tío 
de Enrique VI; Clarence, hermano de Eduardo IV, que fué 
ahogado en un barril de malvasía; los hijos de Eduardo, á 
quienes ha hecho tan interesantes el pincel y la poesía; el 
sabio Cardenal Eisher y el virtuoso Tomás Moro, que no 
quisieron reconocer la supremacía religiosa de Enrique VIH; 
la herniosa Ana de Bolena, más ligera que culpable; Cata 
lina Howanl, á quien fué la vanidad tan funesta; el Duque 
de Somerset, tío de Eduardo VI; la joven y bella Juana 
( ¡ray, víctima de la ambición de su marido, y más intere 
san te todavía que María Estuardo, porque era más pura, y 
eu fin, el amante de Isabel, el orgulloso Conde de Bases. 
Horroriza tanta sangre, y con razón ha dicho Macaulay 
que le parecía aquel uno de los sitios ?n;is tristes de la 
tiorra. 

Volviendo ya la espalda al lado terrible <le la historia 

inglesa y á las pasiones de sus Reyes, sigamOS visitando lo 



320 

que nos da pruebas de las grandes cualidades de aquel 
pueblo en el seno de la paz. Precisamente, no lejos de la 
sombría Torre, están las dársenas ó Docks, que son los mo- 
numentos más notables de su genio comercial. Aquella isla 
á donde sólo iban antiguamente los fenicios para sacar de 
ella un poco de estaño, es hoy día el primer emporio del 
mundo. Nada falta en aquellos depósitos de cuanto produ- 
cen los diversos habitantes de la tierra, desde el ingenioso 
chino hasta el sesudo portugués. España tiene allí sus fru- 
tas y sus vinos, cuya importación en Inglaterra es tan an- 
tigua, que se hace ya mención de ella en los convenios ce- 
lebrados en tiempo de Don Juan II. La ludia, la Arabia, 
el Egipto, la Europa entera, la América y las islas del in- 
menso Océano, ostentan también allí sus productos. Y al 
contemplar la reunión de tantos y tan variados objetos, 
procedentes de países tan lejanos, se comprende el triun- 
fo de Cobden y los libre-cambistas, uno de cuyos principa- 
les argumentos era la necesidad que tenía la Inglaterra de 
importarlos, empezando por el coral con que les salen los 
dientes á los niños, y acabando por el mármol con que se 
cubren los sepulcros. Aquella nación exporta á su vez los 
productos de su poderosa industria y paga con ellos los 
que recibe del extranjero. Así crece de continuo su rique- 
za y reina también en su seno la abundancia y la bara- 
tura. 

Después de llenar con sus aguas aquellas dársenas, co- 
rre el Táraesis al mar, pero baña antes el hospital de 
Greenwich, asilo de marinos inválidos y escuela también 
de cadetes. Compónese de dos edificios, separados, pero 
iguales, ambos de estilo corintio, con pórticos y cúpulas. 
Empezólos Iñigo Jones; terminólos Cristóbal Wren, y ha- 
cen honor á entrambos arquitectos por su elegancia y ar« 



321 

znonía. El parque que los rodea es asimismo muy hermoso, 
como lo son en general todos los de Inglaterra, á causa de 
la frondosidad de sus árboles y de la verdura de su cés- 
ped. Por lo demás, en aquel país queda ya poco rastro 
del antiguo estilo de jardines inventado en tiempo de 
Luis XIV por el famoso Le Nótre y que correspondía á la 
magnificencia de aquella Corte, porque hasta en esto se ve 
el espíritu de cada siglo. Desde principios del décimoocta- 
vo los jardineros ingleses Bridgeman y Kent hicieron popu- 
lar la afición á la naturaleza despojada de todo adorno, in- 
troduciendo uu género de parques y jardines, en los cua- 
les no reinan las figuras geométricas ni hay árboles recor- 
tados, ni alamedas, rectilíneas. Algunos lo critican; á mí, 
como buen ecléctico, me parece que los dos estilos pueden 
ser agradables, y que si los jardines modernos de Inglate- 
rra son bellos, no lo son menos los antiguos de Versalles 
y la Granja, y los de las clásicas quintas de Italia. Los unos 
tienen más gracia, los otros más grandeza y más relación 
también con los edificios que circundan. 

Dentro del parque de Greenwich se halla el hermoso < >b 
servatorio, célebre por la perfección de sus instrumentos 
y por la exactitud de sus operaciones. Por allí hacen pasar 
los ingleses el meridiano que sirve de base á lodos sus 
cálculos astronómicos y á la construcción de sus mapas. 
Y refieren de cierto andaluz despreciativo, que visitando 
aquel establecimiento, dijo que todo le había gustado mu 
cho, pero que en cuanto al tal meridiano, no le había visto 
en ninguna parte. 

Kn el mismo Greenwich y no lejos del Observatorio hay 
un hotel (pie tiene la fama de guisar muy bien ciertos pe 
Cecilios, llamados en Kspaña ciento en /»«,/ y en faglate 

rra vohite baits, y es muy frecuente qne los habitantes de 

Tomo II ¿\ 



322 

Londres vayan allí á comerlos y á disfrutar al mismo tiem- 
po de la amenidad del parque y del aire del mar vecino. 
Istúriz llevaba allí todos los años á la Legación entera y á 
algunos compatriotas amigos suyos, y á todos les parecía 
delicioso aquel clásico plato. Yo, sin embargo, debo decir, 
con permiso de los anglomanos, que á causa del abuso que 
hacen siempre de la pimienta en aquella nación, lo encon- 
traba bastante malo. Pero los ingleses y los admiradores 
de todo lo inglés lo hallan, como digo, exquisito, y los 
miembros de la Cámara de los Comunes tienen de anti- 
guo la costumbre de celebrar un banquete en aquel hotel 
para comer los tales peces, después que han ejecutado lo 
que llaman la Degollación de los inocentes, ó sea la supre- 
sión ó aprobación atropellada de los últimos proyectos de 
ley, cuya discusión está aun pendiente, terminando de 
esta manera las sesiones de la Cánrara. 

Concluido nuestro paseo por Londres, réstame decir 
algo de sus alrededores y de los monumentos más intere- 
santes que en ellos se encuentran. El primero y principal 
es el antiguo castillo de Windsor, tan bello en su género 
como la Abadía de Westminster. Su antigüedad es grande. 
En tiempo de los Reyes sajones había allí ya uno, edifica- 
do por Egberto ó Alfredo. En cuanto ál que hoy existe, no 
hay más que ver sus macizos torreones para adivinar que 
debe su fundación á los conquistadores normandos. Vie- 
nen luego las adiciones góticas, y por último, hay en su in- 
terior muchas salas y galerías que son de épocas moder- 
nas. Aquella ha sido una de las moradas más favoritas de 
los Soberanos ingleses y sigue siéndolo todavía. Encierra 
muchas cosas curiosas ó notables. La capilla de San Jor- 
ge, perteneciente á los caballeros de la Jarretiéra, es gótica 
y elegante. Vénse en ella las armas de los caballeros de 



323 

todos tiempos, desde que instituyó la Orden Eduardo III 
para conmemorar su victoria de Crecy y dar al mismo 
tiempo una galante satisfacción, propia de aquella época 
ruda, pero poética, á la bella Condesa de Salisbury, cuya 
liga había recogido del suelo. 

En los corredores del castillo hay muchos y muy bue- 
nos cuadros de Canaletto, pintor veneciano, que residió 
muchos años en Londres y pintó con exacto y paciente 
pincel, ayudado de la cámara oscura, muj r bellas vistas de 
sus principales sitios y monumentos. Pero lo más intere- 
sante en mi concepto, es el salón, llamado de los Retratos. 
Son de varias épocas, más principalmente de la moderna, 
y obras de pintores de primer orden. No falta, como es na- 
tural, el de Carlos I por Van Dyck, pues este artista fué 
para aquel Rey lo que Velázquez para Felipe IV, por ma- 
nera que no hay Galería de Inglaterra, ni aun de Europa 
que no contenga algún retrato del desdichado Estuardo, 
hecho por el gran flamenco. Los que posee la sala de Wind- 
sor son muy bellos y realzan admirablemente su fisonomía 
noble y gallarda. Macaulay, en un paroxismo revoluciona- 
rio, se la toma casi con Van Dyck porque le ha prestado un 
aspecto muy simpático; mas la verdad es que realmente lo 
era, y que ha pasado á la posteridad como un Rey obceca- 
do, si se quiere, pero digno y valiente. Y no hay casi nadie 
que no vitupero la baja conducta de los soldados (pie leven 
dieron, ni que no admire el grande ánimo con (pie soportó 
su suplicio. 

Entre los retratos modernos parecen los mejores loa eje 
rutados por el inglés Lawrenee, CUJO estilo, mitad italia- 
no, mitad flamenco, se presta muy bien á esa clase de 

obras. Suyos son los de WellingtOn, Klüelier, M.-tternielí y 
pinchos otros insignes personajes de la épOCa ya casi le 



324 

gendaria del año quince; pero los más agradables son lo» 
de Walter Scott, Pío VII y el Cardenal Gonsalvi, lo cual 
no debe extrañarse en razón á que todos tres tenían una 
fisonomía que se prestaba mucho al embellecimiento. ¿Có- 
mo sacar partido, por ejemplo, de la cara de palo de un "We- 
llington ó de las facciones insignificantes de un Blücher? 
En vez de eso, ¡qué fácil no es idealizar los vivos ojos ne- 
gros y la grande expresión de un Gonsalvi! Oigamos si no 
lo que le escribía el mismo Lawrence á su amigo Faring- 
ton cuando estaba retratando al Cardenal en Roma: «Gon- 
salvi, dice, es uno de los objetos más hermosos para un 
cuadro que yo haya visto jamás. Posee un aspecto que in- 
dica una poderosa inteligencia y excita al mismo tiempo 
una gran simpatía. Sus ojos tienen una expresión fija y pe- 
netrante; pero la curva de sus labios es graciosa y suave». 

La Reina Isabel Tudor gustaba mucho de residir en 
Windsor, y es fama que era allí donde conversaba más fre- 
cuentemente con el gran Shakespeare y donde le manifestó 
el deseo de que compusiera una comedia en la cual pintase 
enamorado al caballero Falstaff, de quien había hecho ya 
una caricatura tan buena como miles gloriosus en el drama 
de Enrique IV. Por manera que á Isabel fué debida la 
linda comedia de Las alegran comadres de Windsor. Y tal es 
la magia que ejercen en el ánimo ciertas ficciones felices 
de los grandes talentos, que cuando se visita á Windsor y 
al bosque que le rodea, cuesta casi trabajo persuadirse de 
que no han existido uunca las tales comadres y sobre todo 
el embustero y vanidoso Falstaff. 

Hampton Court es otro sitio real, que un día fué tam- 
bién la residencia preferida de los reyes; pero que ya ha 
dejado de serlo. Edificólo el orgulloso Wolsey ó Bolseo, co- 
mo le llama Calderón, en la época de su mayor valimiento. 



325 

y han dejado fama los banquetes y aun los bailes de más 
cara, con que el enriquecido Cardenal obsequiaba en él á 
la nobleza de Inglaterra. Mas cuando vio en peligro su pri 
vanza, á causa de la pasión de Enrique por la hermosa Ana 
Bolena, apresuróse á regalárselo á aquél, á fin de conser 
var su favor, recibiendo en cambio otro más pequeño, si- 
tuado en Richmond. En Hampton Court habitó después 
Enrique con sus varias mujeres, y también su hijo Eduar- 
do VI. Allí pasaron más tarde la luna de miel, aunque de 
miel algo rancia, el joven Felipe II y la ya madura Reina 
María. Habitaron también en aquel palacio la altiva Reina 
Isabel, Carlos I Estuardo con la Reina Enriqueta, el odioso 
protector Cromwell, que tuvo allí el dolor de perder á su 
hija favorita Isabel Claypole, y por fin el usurpador Gui- 
llermo III, que gustaba también mucho de aquel sitio y lo 
hizo agrandar y embellecer por Cristóbal Wren, adornán- 
dolo con bellos jardines del estilo de Le Nótre, que son casi 
los únicos de su género que se conservan todavía en Ingla- 
terra. Hoy día sus grandes salones han sido convertidos en 
Museo y el resto del palacio se halla dividido en pequeñas 
habitaciones, que el Soberano tiene la generosidad de con 
ceder gratuitamente á las viudas de antiguos empleados 
de la Corte. 

Hampton Court no es un palacio comparable con Ver- 
salles ó Caserta: parécese más bien á Shónbrun ó Aran- 
juez, y tiene un aspecto muy risueño. Y como en Londres 
todo está cerrado durante los domingos, va mucha gente 
allí en esos días, para disfrutar del recreo de sus jardines 
y también de su Museo. Hacíalo yo así igualmente machas 
veces cuando el tiempo era bueno, trasladándome ;í aquel 
sitio por ferrocarril, con mi mujer y algunos de mis hijos 
mayores, y pasábamos en él varias horas de una manera 



326 

muy grata. Los jardines son amenos, y en el Museo hay 
cuadros bastante interesantes. Desde luego están allí los 
retratos de muchos Soberanos ingleses, empezando por lo» 
de Enrique VIII, debidos á Holbein, que fué el pintor favo- 
rito de aquel Rey, como hemos visto que Van Dyck lo fué 
después de Carlos I. Era aquel artista alemán é hijo de otro 
Holbein, cuyos cuadros son algo recortados y aun duros, 
y pecaba mucho él también del mismo defecto en sus pri- 
meras obras*; mas después mejoró bastante su estilo y ad- 
quirió un colorido agradable. Poco pudo idealizar, sin em- 
bargo, á su principal modelo, y si bien le representó con 
cierto aire imponente propio de los Tudores, no consiguió 
modificar la fisonomía sensual de aquel monarca, que emu- 
lando los vicios de Don Pedro de Castilla y de Iván de 
Moscovia, fué en mitad de la cultura cristiana, tan incon- 
tinente como el peor musulmán y tan cruel como el peor 
pagano. 

Debería citar también varios otros cuadros muy buenos 
de las escuelas de Italia y Flandes; pero me contentaré con 
hablar de la joya principal contenida en aquel palacio, y 
trasladada hoy al Museo de Kensington, la cual eran los 
famosos Cartones, pintados por Rafael, para que por ellos 
fuesen ejecutados en Flandes los tapices con que están 
adornadas algunas salas del Vaticano. Considéranse en la 
pintura lo que las obras de Fidias del Museo Británico en 
la escultura: unas grandes maravillas. Con todo, no puedo 
dar enteramente razón á Quatremere de Quincy y otros 
críticos, que los consideran como la coronación de toda la 
obra del divino Rafael. Por mi parte creo, como lo creía mi 
amigo y maestro Sola, que el mejor de sus cuadros es el 
Pasmo de Sicilia, modelo de expresión trágica y sublime, y 
el mejor de sus frescos la Escuda de Atenas, conjunto admi- 



327 

rabie de todo lo más bello y elegante que cabe en una pin- 
tura. Los cartones vienen después. 

El sitio de Richmond, con su pequeño palacio, dicho 
White Lodge ó Casa blanca, y su extenso parque, poblado 
de venados y corzos, es también un lugar de recreo muy 
frecuentado por los cockneys, que es como llaman á los bur- 
gueses de Londres. Antiguamente residía allí la Corte du- 
rante la primavera, y queda una memoria de ello en el nom- 
bre de la posada principal, que es Star and Garter, es decir, 
la Placa y la Jar reliara. Su cocina es buena y desde su te- 
rraza se contempla una vasta y verde llanura, en los días, 
á la verdad algo raros, en que no hay mucha neblina. Los 
ingleses se ufanan ínueho con aquel espectáculo, y cuentan 
que hallándose allí una vez el Rey Jorge III, le preguntó al 
Embajador de Ñapóles, qué tal le parecía la vista y el sol 
de que en aquel sitio se gozaba, á lo cual le respondió con 
excesiva jactancia el diplomático: «Señor, la vista, cuando 
se la puede ver, es ciertamente muy linda; pero la luna del 
Rey, mi amo, alumbra más que el sol de Vuestra Majestad». 
En las confiterías de Richmond se venden ciertos pasteli- 
llos de almendra que me atrevo á recomendar á los gastró- 
nomos. Llámanlos Maida of honor, que significa Doncellas 
de honor, lo cual parece indicar que las que seguían allí un 
día á la Corte eran de carácter muy dulce. 

Cerca también de Londres hállase el famoso Palacio de 
Cristal, construido con los materiales que sirvieron para el 
edificio de la primera Exposición universal de Londres, en el 
año do 1851. Paxton, jardinero del Duque de Devonshire, fué" 
«■1 arquitecto de ambos, y dio en filo muestras de (anta ha- 
bilidad, ((no la Reina le hizo Harón. Bs ana fábrica prodigio 

sa por mis dimensiones y |»or su elegancia, y retine cnanto 
puedo desearse para la instrucción J el recreo. En su género 



328 

es el único; es al siglo XX lo que las Termas al inundo an- 
tiguo; y ojalá que en cada capital de Europa se elevase un 
palacio semejante, destinado á divertir y educar al pueblo. 
De todo hay allí. Los jardines halagan con sus árboles, flo- 
res y fuentes, y contienen también pequeños lagos é islas, 
donde han puesto modelos de las diferentes capas geológi- 
cas y de los extraños y gigantescos animales que existieron 
en los tiempos primitivos, y han ido poco á poco desapare- 
ciendo de la haz de la tierra. 

Dentro del palacio hay diferentes secciones y departa- 
mentos dedicados á las diversas épocas del arte, empezan- 
do por la de los asirios y egipcios, y llegando hasta nues- 
tros días, con modelos de arquitectura y escultura suma- 
mente notables. Encuéntranse igualmente en aquel recinto 
vaciados de todas las principales estatuas conocidas, des- 
de las que representan á Ramsés y Tutmosis hasta el Abel 
de Dupré. Vense bustos de todos los grandes hombres, gue- 
rreros, políticos, filósofos, poetas y artistas, desde Homero 
hasta Walter Scott, desde Demóstenes hasta O'Connell. 

Un salón muy espacioso, que ocupa toda la anchura del 
edificio, está dedicado á la música, y en uno de sus extre- 
mos se alza un órgano gigantesco, cuya armoniosa trompe- 
tería llena los ámbitos de aquel recinto. Con razón se ha 
dicho, que el órgano es el más considerable, el más majes- 
tuoso, el más rico en efectos diversos, y el más hermoso de 
los instrumentos de viento. Bastaría para convencerse de 
ello, escuchar el de aquel palacio cuando es tocado por un 
buen artista. Danse allí á menudo conciertos vocales é ins- 
trumentales y ejecútase toda clase de música, con especia- 
lidad la clásica y grave, á la cual son muy aficionados los 
ingleses. 

Por de contado, no falta allí un excelente restauraut, 



329 

donde sirven todo género de manjares y bebidas en salas 
cómodas y aun lujosas y por precios relativamente mode- 
rados y al alcance de todos los bolsillos. Ni deja de haber 
tampoco una sala destinada á escribir, ni cajilla de correo, 
ni telégrafo, ni cuanto, en fin, es necesario ó conveniente 
para pasar agradablemente todo el día. Prodigios de una 
civilización que ha llegado á su apogeo y que sabe unir en 
todas las cosas lo ameno con lo útil. 



«HOH* 



CAPITULO LIX 
Londres, de 1858 á 1865. 



«¡aterías particulares de Londres.— Aptitud de los ingleses para las artes — Bellas 
catedrales góticas. — Edificios notables de estilos más modernos. — Iñigo Jones y 
Wren. — Renacimiento de la pintura en el siglo xvm.— Cuadros de Hogarth t 
Wilkie.— Retratos de Reynolds y Lawrence. — Países de Constable y Tnrner. 
Pintores de este siglo — Estatuas de Flaxinan y Gibson — Acuarela y grabado. 
Caricaturas de Cruikshank. — Mayor excelencia de los ingleses en las letras y 
las ciencias. —Enumeración de sus grandes ingenios. — Millón, Shakespeare, 
Byron, Bacon, Newton, Locke, Reid, Smith. — Influjo que han ejercido en la» 
otras naciones. 



Para completar la enumeración de las cosas notables 
de Londres, debo mencionar también las bellas galerías de 
cuadros, que poseen algunos ricos particulares. El Duque 
de \Ve8tminster, por ejemplo, tiene una sumamente nota- 
ble, con Ticianos, Andreas, Guidos y hasta un Rafael, pe 
queño, pero muy apreciado, que representa á San Lucas 
retratando á la Virgen. Contiene también buenos flamen- 
cos y holandeses, entre ellos un Ixion abrazando á la nube 
del ilustre Rubens, y varios asombrosos Rembrandts. Añá- 
dese á esto un pequeño cuadro de Velázquez, con el retra- 
to del Infante Don Baltasar, y un San .luán de Murillo, 
por extremo agradable. Hállase igualmente en aquel pala- 
cio el famoso Niño azul del inglés Gainsboroagh, coevo 

ejemplo de Un ropaje unicolor, y nueve países de Claudio, 
todos helios, todos admirables. 

En la del Duque de Sutlierlaud dominan los cuadros 



332 

españoles, muchos de los cuales f nerón tomados en Sevilla 
por el célebre Mariscal Soult y formaron parte de su colec- 
ción, que fué vendida á su muerte. Abraham visitado por 
los ángeles, es una página hermosa del suave Murillo, y es 
muy bella también una Sacra Familia de Zurbarán, que 
es, en mi sentir, el tercero entre nuestros grandes pinto- 
res. El Duque de Bridgewater posee una Virgeu.de Rafael, 
una Sacra Familia de Ticiano y otras obras preciadísimas. 
En fin, el colegio de Dulwich, situado en las inmediaciones 
de la capital, contiene una pequeña, pero bella galería, que 
cierto caballero inglés se divirtió en formar durante su 
vida y legó luego á aquel instituto, á fin de que no fuese 
nunca dispersa ni vendida. Recuerdo entre sus buenos cua- 
dros dos de Murillo, que representan pilludos sevillanos, 
tan naturales } r graciosos como los célebres de la Pinaco- 
teca de Munich. 

Ocurre ahora preguntar, en vista de los muchos obje- 
tos de indudable mérito, pertenecientes á las tres nobles 
artes, que se hallan en Inglaterra, si los ingleses tienen 
realmente aptitud para todas ellas. La respuesta no me 
parece dudosa, y por mi parte, la doy afirmativa. Cultivó- 
las con éxito aquel país durante la Edad Media, especial- 
mente la arquitectura, según lo prueba la multitud de 
hermosas catedrales } r abadías normandas y góticas que 
contiene, no habiendo casi una ciudad importante que no 
se ufane con la suya. Las de Peterborough y Waltham, 
con sus espesos pilares, son bellos ejemplares del estilo 
normando. Las de Salisbury, Winchester, Cantorbery, 
York, Westminster y otras muchas pertenecen á las di- 
versas épocas del gótico, imitado del de Francia pero con 
algunas variaciones características. Así, por ejemplo, lag 
naves son más largas que altas y muestran un sistema 



333 

más bien horizontal que vertical, desarrollando sus miem- 
bros en pisos sucesivos, sin las atrevidas alturas de otros 
templos del continente. La de Wells llama la atención por 
sus numerosas y bellas ventanas, que le han merecido el 
nombre pintoresco de la Linterna, y en todas abundan los 
adornos más caprichosos y los más delicados follajes. En 
tiempo de Enrique VII llegó á su mayor florecimiento este 
género de arquitectura, en la capilla de Westminster, que 
sirvió de panteón á aquel Monarca, por cuyo motivo sin 
duda liase dado al estilo de aquella época el nombre de 
Tudor. 

En el siglo XVI se introdujo en aquella nación el primer 
Renacimiento y el estilo que nosotros decimos plateresco, 
y por haber sucedido esto en el reinado de Isabel, llamá- 
ronle isabelino. Juan Thorpe fué el mejor arquitecto de 
aquella edad, y á él se debe la construcción de los bellos 
palacios de Longford y Woltaton y el todavía más notable 
de Lord Holland. Es un estilo algo pesado, pero rico. Vino 
después de Italia el hábil Iñigo Jones, y comenzó á cons- 
truir toda clase de edificios, conforme al hermoso estilo 
del segundo Renacimiento, que había visto y estudiado en 
Venecia y Vicenza, pudiendo ser considerado como el 
Juan de Herrera de Inglaterra. Obras suyas son el hospi- 
tal de Greenwicb y el magnífico salón de los banquetes, 
que es todo lo que se conserva del antiguo Palacio Real de 
Whitehall. Siguió su ejemplo el todavía más afamado Cris- 
tóbal Wren, á quien se debe, como liemos dicho, la Cate- 
dral de San Pablo y el grandioso hospital de Chelsea. 

En la época moderna han conservado siempre los in- 
gleses el gusto por la bella arquitectura y do han carecido 
de buenos artistas en este género, tales como Harry, autor 

del palacio gótico <i<-l Parlamento; Bcott, quien dejando es.- 



334 

estilo, ha usado el italiano en la construcción de los mag- 
níficos Ministerios de Negocios extranjeros y de la India, 
y Smirke, que ha hecho lo mismo en el nuevo teatro de Co- 
ventgarden. Son además muy notables los nuevos Clubs 
de Londres, cuyo aspecto es casi monumental, y los nume- 
rosos palacios de la aristocracia y sus cómodos y elegantes 
sitios de campo, los cuales pueden rivalizar con los casti- 
llos de Francia y las villas de Italia. 

La pintura y la escultura fueron también ejercidas allí 
durante la Edad Media, y algunos rastros quedan de ellas 
en las hermosas vidrieras de colores de las catedrales y en 
las estatuas que adornan sus pórticos. Por desgracia, al 
empezar la reforma religiosa, el martillo de los iconoclas- 
tas destruyó ó mutiló la mayor parte de las imágenes, y el 
fanatismo de las sectas fué causa de que la Inglaterra no 
tomase parte ninguna en el movimiento artístico, iniciado 
en las devotas Toscanay Flandes.y seguido luego en Ale- 
mania y Francia. El espíritu puritano que dominó enton- 
ces en aquella nación era enemigo declarado de la pintura 
y de la escultura, porque sabido es que estas dos artes her- 
manas nacen siempre á la sombra de los altares y en el re- 
cinto de los templos. 

Con todo, hay algunos géneros de pintura que pueden 
ser cultivados en los países protestantes, á saber: los cua- 
dros de género, el retrato y el paisaje; y estos lo fueron 
también al fin en Inglaterra. Ya desde el siglo xvi fué vi- 
sitado aquel país por varios grandes artistas, á quienes 
atraía la munificencia de sus Reyes. Holbein, Rubens y 
Van Dyck pasaron allí muchos años, pintando admirables 
cuadros y retratos. Un discípulo del último, Pedro Van der 
Faes, nacido en Westfalia, á quien los ingleses llaman 
Lely, y otro alemán, de nombre Kneller, el cual había es- 



335 

tudiado con Rembrandt, se fijaron en aquella nación y han 
dejado en ella muy buenas obras. Introdujeron estos pin- 
tores un estilo grandioso y bastante conforme al espíritu 
de la época. Sus retratos representan á sus personajes un 
tanto idealizados, en actitudes tales que parecen mirarse 
en un espejo, y en salones adornados con excesiva esplen- 
didez, por lo cual han sido llamados por burla retratos de 
columna y cortina; pero están bien pintados y tienen buen 
colorido. 

Al llegar el siglo XVIII imitaron á estos extranjeros al- 
gunos pintores ingleses, y aquel país tuvo al fin una es- 
cuela propia. Hogarth, quien por lo original y caprichoso 
de sus invenciones, fué una especie de Goya, pintó cuadros 
de género, los cuales resultaron graciosas sátiras, llenas de 
expresión cómica, tales como la Vida del Libertino, la de la 
Mujer perdida y el Matrimonio á I" moda. Reynolds, tan ( 3- 
timable por su talento como por su noble carácter, retrató 
á la mayor parte de sus contemporáneos y alcanzó casi la 
perfección en su género. Gozan de merecida fama el de la 
gran actriz Mr». Siddon, representada como la musa de la 
tragedia, el de Felipe Igualdad, Príncipe de noble aspecto, 
pero cuyas acciones fueron muy odiosas, cuadro excelente 
que se halla hoy día en el Palacio de San Telmo de Sevilla, 
y también los de varios niños. En los retratos de estos úl- 
timos han tenido mucho éxito casi todos los artistas ingle 
ses, á causa, sin duda, de la belleza de los modelos, pues a 
los adolescentes de la raza sajona se puedo aplicar siem- 
pre el dicho dol Papa San Gregorio, que non tunt anglited 

niirjrli. 

( tamsborough, de amable carácter y aficionado a la mti 
sica, como Leopardo y Giorgione, ha hecho asimismo ei 
oelentes retratos. Ya he citado su Niño </.:»/, de la galería 



336 

del Duque de "Westminster. No menos bellos me parecen 
los retratos de la Duquesa de Devonshire, con un sombre- 
ro airosísimo, y el de la hermosa Mrs. Graham, apoyada 
al pedestal de una columna. Hizo también muy lindos paí- 
ses, para lo cual muestran igualmente mucha aptitud los 
ingleses, siendo general en aquel país la afición á la bella 
naturaleza. Romney, pintor un día á la moda, fué autor de 
buenos cuadros. Muy dado á galanteos, se enamoré de la 
famosa Lady Hamilton y la pintó bajo mil figuras diferen- 
tes, como Hebe, como Bacante, como Sibila, y también, ¡idea 
singular! como Magdalena. Estaba tan ciego por ella como 
lo había estado Nelson, y cual éste, había abandonado por 
ella á su propia mujer y á sus hijos. 

Mayor mérito tuvo su contemporáneo Lawrence, faro- 
rito un día de la Reina Carolina. He citado antes sus her- 
mosos retratos de Pío VII y de Gonsalvi. Parécenme no 
menos bellos los de la Duquesa de Sutherland, con su hijo 
en la falda; el de Jorge IV, con el manto de la Jarretiera, y 
las hijas del caballero Calmady, cuadro conocido con el 
nombre de La pelinegra y la rubia, que es un encanto de 
belleza, gracia y buen colorido. Lawrence visitó la Italia, 
donde estudió los buenos maestros, y hubiera sido más 
perfecto si el deseo de enriquecerse no le hubiese hecho 
trabajar, como Guido y Jordán, con una rapidez excesiva. 
Años hubo que ejecutó más de cien retratos. 

West, nacido en América, pero educado en Londres, si- 
guió el estilo del francés David, y pintó, como él, grandes 
cuadros históricos. Tiene reputación su Muerte de Sócrates 
y su Cromwell disolviendo el Largo Parlamento, que ha sido 
grabado por Hall. Landseer pintó animales tan bien como 
Snyders y Potter. Constable y Turner fueron buenos pai- 
sajistas, aunque es mucha lástima que el segundo, cuyas 



337 

primeras obras le ponen casi al lado de Claudio, cayese 
después en las más increíbles extravagancias. Wilkie, imi- 
tador de Hogarth, brilló mucho en los cuadros de género, 
y su Gallina ciega y sus Políticos ele la aldea le colocan muy 
cerca de los buenos flamencos. 

En el siglo presente ha tenido también aquel país muy 
agradables pintores, tales como Muíais, que democratizó 
quizás demasiado los retratos, reemplazando la cortina y 
columna con fondos unicolores y tristes, pero que dibuja- 
ba muy bien; Leighton, que ha merecido ser presidente do 
la Academia; Rosetti y Burne Jones, los cuales han sido 
para Inglaterra lo que Overbech para Alemania, es decir, 
entusiastas admiradores de los pintores prerrafaelistas, es- 
pecialmente de Botticelli, y por fin, Alma Tadema, Dick- 
see, Watts y otros varios que viven todavía y obtienen mu- 
cho aplauso. 

En la escultura cuenta asimismo Inglaterra artistas de 
mucho mérito. Elaxman, sin ser un genio, se mostró siem- 
pre correcto, y ejecutó con general aprobación los sepul- 
cros de Nelson y del poeta Collins. Compañero de estudio 
de Fhorwaldsen, fué el elegante Gibson, que imitó, como 
él, las estatuas antiguas. Su Cupido de Londres y su gru- 
po de Las tres gracia», que está en Roma, en el palacio de 
Torlonia, le acreditan de rara excelencia. Westmacott, dis 
< ¡pulo de Canova, fué hábil igualmente en la ejecución de 
asuntos mitológicos, y finalmente, Chantre}' hizo bustos de 
sus contemporáneos, notables por su naturalidad y pare 
cido, singularmente el del famoso Waltei Scott, que está 
en el Museo de Edimburgo. 

Grande es también la disposición que muestran los 
ingleses para la pintara á la acuarela y para el grabado. 

Kn la acuarela lian tomado el primer lugar, pues no hay 
Tomo II 22 



338 

nadie en los otros países que muestre en ella tanto vigor 
de colorido. Llega esto á tal punto, que rivaliza con el pas- 
tel y aun con el óleo. En el grabado son asimismo excelen- 
tes. Recordaré en prueba de ello á un Strange, exacto re- 
productor de los cuadros italianos; un Voollett, cuya es- 
tampa de la Muerte del general Wolf, es tan apreciada por 
los coleccionistas; Smith, que grabó los retratos ejecutados 
por los principales pintores ingleses; Hogarth, el admira- 
ble Hogartb, que grabó sus propios cuadros y de quien 
dijo Fielding que sus figuras no sólo respiran sino piensan, 
y finalmente, aquel Gruikshank, príncipe de los caricatu- 
ristas, cuyas estampas representando El hombre de la luna, 
El domingo en Londres, El zapatero político, y tantas otras, 
son las delicias de quien las mira. 

Y para no olvidar nada de cuanto al arte se refiere, 
aunque sea arte pequeño, debo recordar aquí la bella cerá- 
mica, fabricada en aquel país, desde el reinado de Isabel 
hasta nuestros días, desde Guillermo Simpson hasta Min- 
ton. Algunas porcelanas inglesas, como por ejemplo, las 
de Chelsea y Derby, pueden ser comparadas con las de Sa- 
jonia y Sévres, y las de Wedgwood, que tienen el fondo 
azul y están adornadas con relieves blancos, dibujados 
por el célebre Flaxman, son quizás las primeras en su gé- 
nero por su novedad y elegancia. 

En vista de tales ejemplos, ¿cómo no reconocer que los 
ingleses tienen aptitud para las artes? Es cierto que á cau- 
sa, primero de la guerra de las Dos Rosas, y luego de sus 
revoluciones religiosas y políticas, tardó aquel país mucho 
más que otros eu dedicarse á ellas; es cierto que por la se- 
gunda de estas razones no han cultivado después los in- 
gleses con mucho éxito ni la pintara religiosa ni la históri- 
ca;)- por últinio, es notorio que cierta falta de moderación 



339 

y de gusto, nacida de la misma independencia del carácter 
inglés, ha sido causa muchas veces de que sus artistas pe- 
quen en punto á armonía y buen colorido. Mas no obstan 
te todos estos motivos de inferioridad, es imposible negar 
que si los ingleses no ocupan en el arte un rango tan ele- 
vado como en los otros ramos déla humana cultura, lo tie- 
nen, sin embargo, bastante notable, principalmente en el 
retrato. Y si no son más conocidos en el continente, esto 
consiste en que tanto los mayorazgos como el espíritu de 
familia impiden que sus obras sean enajenadas y sacadas 
de aquel país. En Italia no hay más que algunos retratos 
de Lely en las Galerías de Florencia. En España no creo 
que exista más cuadro inglés que el retrato de Felipe de 
Orleans, hecho por Lawrence, á que antes he aludido. 

Pero si los ingleses tienen sólo un puesto secundario en 
las artes, pueden por otra parte vanagloriarse de ocuparlo 
muy principal en todas las demás manifestaciones del in- 
genio humano. Está su raza mezclada de sangre sajona y 
normanda de tal modo que, en mi sentir, no deberían de- 
cirse anglosajones, sino sajones-normandos. De los unos 
tienen la constancia, de los otros la altivez; de los unos la 
inteligencia, de los otros la imaginación. Prueba de lo pri 
mero es que han brillado en todas las ciencias y que hasta 
sus poetas tienen algo de filósofos. Prueba de lo segundo 
que, á pesar de ser aquella nación por extremo razonado 
ra, es al mismo tiempo tan fecunda en poetas como la ita- 
liana ó la española. Y no sólo ha producido aquel país bue 
nos poetas, sino que muy ;i infinido presta SO genio un CO 
lorído poético á las (.liras de sus prosadores. 

No pretenderé hacer aquí un extracto de la literatura 
de Inglaterra, tan conocida hoy \ ;i en el Continente. Per 

mítaseme, con todo, mencionar sus más célebres ingenios, 



340 

con el solo objeto de demostrar que, como digo, tienen los 
ingleses en las letras y las ciencias un lugar muy preemi- 
nente. Empezando por la poesía lírica, ¿quién no admira la 
perfección de Pope, el vuelo pindárico de Dryden y la ins- 
piración romántica dé Byron? En la épica, ¿qué otro poema 
moderno puede compararse con el de Milton, que principia 
con las luchas sublimes y terribles de los ángeles, y acaba 
conmoviendo nuestros corazones con la deliciosa pintura 
de Adán y Eva y su triste salida del Paraíso? En la dramá- 
tica, ¿cuál otro poema ha llegado á la altura de Shakespea- 
re? ¿quién ha pintado mejor que él las pasiones humanas, 
permaneciendo fiel á la verdad histórica? 

Pues si de las otras obras de imaginación se trata, prin- 
cipalmente de la novela, ¿dónde se han escrito en mayor 
número ni mejores que en Inglaterra? Imitaron allí al prin- 
cipio á los autores españoles, por manera que tanto Fiel- 
di ng como Smollet, tomaron mucho de Cervantes y Gue- 
vara; mas adquirieron enseguida una originalidad eviden- 
te. El número de ellas es infinito; y en vez de decaer, van 
progresando al compás que progresan los tiempos, de tal 
modo, que ha producido aquel solo país muchas más que 
todos los demás reunidos. Y si no todas son excelentes 
como las de Richardson, Goldsmith, Walter Scott ó Thac- 
keray, están todas bien escritas y son casi todas agrada- 
bles y decentes, mostrando en esta última circunstancia 
cuan sano está el corazón de aquel pueblo y cuan superior 
es en realidad su cultura á la superficial y emponzoñada 
de la Francia. 

Igual superioridad observaremos también en las cien- 
cias. Citaré sólo los colosos, los grandes astros. Bacon, fun- 
dador, en unión con Descartes, de la filosofía moderna y 
de la física; Newton, genio sublime, que descubriendo las 



.¡41 

leyes que rigen el movimiento de los cuerpos celestes, au- 
mentó, si era posible, la admiración de las obras de Dios, 
<jue tenían ya los mortales; Locke, incompleto en sus ideas 
pero creador principal de la moderna metafísica, y el esco- 
cés Reid, que combatió los errores de los sensualistas, res- 
tableciendo en la ciencia las nociones del sentido común. 

Notables son asimismo los historiadores y oradores in- 
gleses y sus escritores de Economía política, entre los cua- 
les brillan un Robertson y un Hume, comparables en bello 
-estilo, sagacidad y juicio, con los Dávilas y Guicciardinis; 
un Gibbon, de tendencia poco cristiana, pero tan eminen- 
te en su género, que Guizot no se desdeñó de traducirle; 
un Burke y un Pitt, que renovaron la elocuencia antigua, 
y en fin, un Adán Srnith, que sacando á la Economía polí- 
tica de los entresuelos de Versalles, donde balbuceaba sus 
primeros acentos, le dio forma de ciencia y la elevó á la al- 
tura en que hoy se admira. 

Y si no todos convienen en la excelencia de los escrito 
res ingleses, nadie podrá, sin embargo, cerrar los ojos á un 
hecho asimismo muy notable, cual es la influencia que han 
tenido en los otros países. Con efecto, Condillac y Rous- 
seau, copiaron á Locke; Voltaire, tomó mucho de Tindaly 
Bolingbroke; Mignet y Guizot, han imitado á Robertson; 
Gousin y Jouffroy, propagaron las ideas de Reid y Dugald 
Stewart, y Say popularizó las teorías de Smith. Podría 
añadir también, que Klopstock ha imitado á Milton; Víc- 
tor Hugo y Schiller á Shakespeare; Mussot, Espronceda y 
Leopardi á Hyron, y que en las novelas de todos países se 
nota el influjo de las de Scott y Diekens. Admirable litera 
tura, la cual lo sería todavía más si los ingleses hubieran 
poseído aquella mesura que tanto se admira en griegos y 

latinos, si su carácter demasiadamente original é indepeo 



:U2 

diente no les hubiese hecho á veces ofender el buen gusto,. 
y si por esta misma razón no fuesen á menudo exagerados, 
en sus ideas y extremados en sus juicios. 

Aduciré como prueba de esto último tres ó cuatro ejem- 
plos. Milton, el gran Milton, destruye casi el grandioso 
efecto de la lucha de los ángeles con la ridicula idea de 
pintarlos provistos de cañones. Nuestra imaginación no s» 
acomoda con tales disparates; bástale ya consentir en que 
estén armados de espadas y lanzas, cual los pintó con es- 
pantable energía el buril de Alberto Durero. Shakespeare, 
el incomparable Shakespeare, tiene también en ocasione» 
tan mal gusto, que amontona horrores innecesarios y hace 
que sus personajes manejen delante del público las cabe- 
zas de sus enemigos, cual si fuesen pelotas de goma elás- 
tica. Y peor que esto es la increíble y calumniosa parciali- 
dad con que trata en su Enrique VI á la heroína de Fran- 
cia, á la inmortal Juana de Arco. 

Y viniendo á autores más modernos y á las lumbreras 
de la ciencia, ¿qué diré del sabio Darwin, delicia de los 
materialistas más ó menos hipócritas, el cual sostuvo, en- 
tre otras paradojas, que la ballena procede de una raza de 
osos blancos, quienes á fuerza de selecciones se hincharon 
y agrandaron al punto de transformarse en aquel enorme 
cetáceo, desatino tan colosal, que él mismo se apresuró á 
suprimirlo en la segunda edición de su libro, viendo que le 
cubría de ridículo? Pudiera añadir otras excentricidades 
del mismo género; pero bastan estas que cito para justifi- 
car mi propósito, lamentando la falta de imparcialidad que 
se observa en los escritores ingleses, por su excesivo amor 
patrio. 



CAPITULO LX 
Londres, de 1858 á. 1865. 



Superioridad de los ingleses en la política. — Han realizado el gobierno mixto, que 
parecía una utopia á los antiguos. — Influencia que ha tenido en ello el carácter 
de su raza. — Condición feroz de los ipgleses. — Ejemplos de esto en su historia. 
Dureza de sus costumbres. — Vanidad que se les advierte. — Razones en que se 
funda. — A qué llaman snobismo. — Originalidad y extravagancia de los ingleses. 
Carácter corregible que á pesar de eso les distingue. — Reformas políticas que 
han llevado á cabo. — Odiosas costumbres que han abolido. 



Dejando ya las letras y las ciencias, más clara y evi- 
dente me parece todavía la superioridad de los ingleses 
cnando se trata de la forma de gobierno y de las institu- 
ciones políticas, pnes no sólo los constitucionales, sino 
también los partidarios del régimen monárquico absoluto 
y los del republicano deben reconocer, al menos en teoría, 
que ninguno otro ofrece la solidez y seguridad del régi- 
men inglés, ninguno es más conforme á la dignidad de 
los hombres, ninguno está menos expuesto á los peligros 
que amenazan á la libertad, ora por parte del pueblo, si el 
gobierno es monárquico, ora por parte de los que ejercen 
el poder, si es popular y democrático. 

Desde los tiempos más remotos fué reconocida la ezce 
lencia y superioridad del gobierno mixto.es decir, de un 
gobierno en que el Monarca, los proceres y el pueblo to. 
men parte en la política de tal modo que ninguno de ellos 
prepondere y que su recíproco influjo se halle equilibra 



344 

do de una manera completa y permanente. Teníase casi 
por una utopia. Cicerón lo alaba como un ideal poco me- 
nos que imposible. Tácito dice que es más fácil elogiarle 
que realizarle, y que, si por acaso se realiza, no puede du- 
rar mucho. Y sin embargo, en Inglaterra lo vemos realiza- 
do, perfeccionado, conservado y con apariencias de durar 
tanto, por lo menos, como cualquiera otro de los gobiernos 
monárquicos ó republicanos del mundo. 

¿De qué dimana esto? ¿Por cuál razón subsiste ese 
gobierno mixto en Inglaterra mientras que en unos países 
ha vencido la democracia, como en Francia y América, en 
otros la oligarquía, como en Suecia y Polonia, y en otros 
la monarquía absoluta, como en Rusia y hasta hace poco 
en todas las grandes naciones de Europa? ¡Ah! bien afor- 
tunado es aquel que de los sucesos humanos conoce todas 
las causas; felix qui potuit rer um cognoscere causas. Muchos 
eminentes escritores se han dedicado á estudiar los oríge- 
nes de la Constitución inglesa y han aducido varias razo- 
nes de esta singularidad tan notable. Y la verdad es que 
no sería dado atribuirlo á una sola causa, sino más bien á 
un conjunto feliz de tres ó cuatro, unidas á cierta disposi- 
ción natural de la raza normando-sajona, la cual ha hecho 
posible en aquella nación el influjo de ciertos hechos que 
en muchas han pasado sin dejar en pos de sí rastro al- 
guno. 

Pretenden varios autores que las instituciones inglesas 
arrancan de las antiguas asambleas sajonas, ó por lo me- 
nos de las que más tarde establecieron los Barones de 
Juan Sin Tierra; pero iguales ó parecidas existieron tam- 
bién en otros países y desaparecieron con el transcurso de 
los siglos. Dicen otros que por ser la Inglaterra una isla se- 
parada del continente, sus Reyes no tuvieron necesidad 



345 

para defenderse de mantener ejércitos numerosos, con los 
cuales pudieran luego oprimir á sus subditos. Mas si bien 
se considera, esta segunda circunstancia puede muy bien 
ser efecto y no causa, pues vemos que cuando prevaleció 
en aquella nación el poder absoluto de los Reyes, tuvo 
tantos ejércitos como otra cualquiera. 

Asegúrase también que las reformas políticas fueron 
allí una consecuencia natural de las reformas religiosas, 
y algo hay de verdad en este punto, pues notamos que, 
tanto en tiempo de Carlos I como en el de Jacobo II, es 
decir, en las dos mayores crisis de su historia constitucio- 
nal, fueron en la una los puritanos y eu la otra Guiller- 
mo III y los luteranos holandeses quienes restablecieron 
la libertad política, peleando contra ambos Monarcas. Mas 
al mismo tiempo es notorio que en otros países, tales como 
la Dinamarca y la Alemania, han tenido también lugar re- 
formas religiosas y no por eso ha habido en ellos revolu- 
ciones políticas ni han pensado sus subditos en levantarse 
contra sus Príncipes. Por consiguiente, aunque la cuestión 
religiosa ejerza mucho influjo en la política, esto tiene sus 
excepciones y no basta por sí solo para explicar lo que en 
Inglaterra acontece. 

Preciso es, pues, que además de estas causas que co- 
múnmente se aducen, haya habido otras más peculiares 
de aquella nación, las cuales hayan ayudado á las anterio 
res para producir el singular y extraordinario fenómeno 
de que se trata. En mi sentir, una muy principa] ha sido 
el clima, el cual, no pecando do ardiente ni tampoco de <'\ 
cesivamcnte frío, hace á los hombres robustos, activos, 
graves y moderados, amantes de todo orden y, por lo tan 
to, religiosos y justos. 

Pero es á mi pareeor indispensable ahondar todavía 



346 

más la cuestión, porque salta á la vista que otros pueblo** 
tienen también esas cualidades y no por eso han sido li- 
bres. Grave es el español, robusto el alemán, enérgico el 
francés, moderado el italiano, y muchos hay que aman el 
orden y son religiosos y justos, y sin embargo, no han 
conseguido hasta hace poco imitar las instituciones de In- 
glaterra. Probablemente esta diferencia consiste en que los 
ingleses poseen algunas de esas cualidades, y principal- 
mente la energía en el más alto grado. ¿Y por qué? Porque 
en aquella nación la raza germánica se unió en el siglo XI 
con otra, no solamente enérgica, sino feroz y casi bárbara, 
cual era la normanda, raza cruel, raza de marineros y pi- 
ratas. Y con efecto, desde aquel momento la isla de Breta- 
ña, la isla de los Santos, como era llamada antes, se con- 
vierte en la isla de las Furias, y más agitada que el Océano 
que la rodea, según la elocuente expresión de Bossuet, ofre- 
ce el espectáculo de los crímenes más horribles. Lo que en 
los demás países era una excepción, se hace allí una regla. 
Feroces son los Reyes, feroces los Príncipes, feroz el pueblo. 

El segundo Enrique, hace asesinar al pie mismo del al- 
tar, al Arzobispo de Cantorbery, Tomás Becket; Guillermo 
el Rojo depone á su hermano Roberto; Juan Sin Tierra 
mata por su propia mano á su sobrino Arturo, heredero le- 
gítimo del trono; Edmundo, hermano de Eduardo II, orde- 
na asesinar á éste con circunstancias tan horribles, que su 
sola idea hace erizar los cabellos; Enrique de Lancáster 
destrona y mata á su primo Ricardo II; el usurpador 
Eduardo IV manda quitar la vida á su propio tío el Duque 
de Clarence, y Ricardo III manda también matar á sus dos 
sobrinos, hijos de Eduardo IV. 

Pudiera aumentar todavía esta lúgubre lista; basta lo 
que he dicho para inferir, que donde los Reyes y Príncipes 



347 

«ran tan violentos, donde no había más que Pedros Crue- 
les, por necesidad había de acontecer que cada cual torna- 
se sus precauciones para no ser su víctima. Juntáronse, 
pues, los nobles á fin de poner un freno á la tiranía en la 
época del Rey Juan, y cuando esto no fué bastante, enton- 
ces el terrible Montfort, Conde de Leicester, en tiempo de 
Enrique III, llamó en su auxilio á los Comunes. De esta 
manera nobles y plebeyos unidos, opusieron una fuerte ha- 
n-era al poder del Monarca y de sus favoritos, y mientras 
en otros países la lenidad de los Príncipes desarmaba unas 
veces á los nobles, otras á los Comunes, de tal suerte, que 
se servían de los primeros para dominar á los segundos 
y de los segundos para contener á los primeros, en Ingla- 
terra, donde todos temían siempre al Rey, permanecieron 
también siempre unidas estas dos clases, é hicieron difícil 
la tiranía. Empezaron por obtener que cada cual fuese juz- 
gado por sus iguales, ó sea por el jurado, y no por los jue- 
ces del Rey. Consiguieron después que no se les exigiesen 
más impuestos que los que ellos hubiesen consentido y 
aprobado, y finalmente, intervinieron también en el gobier- 
no. Hubo interrupciones y eclipses en este hecho tan nota- 
ble; mas volvióse siempre á reproducir, quedando en las 
costumbres y formando, por decirlo así, el carácter nació 
nal de los ingleses. 

Por lo demás, y dejando ya la cuestión de sus institucio- 
nes, este carácter violento, egoísta y aun feroz de los ingle- 
ses, se ha perpetuado á travos de los siglos y asoma toda 
vía acá y allá en las acciones públicas y privadas de aquel 
pueblo, á pesar de los progresos de la moderna cultora. 
Omitiendo ejemplos de épocas más antiguas, ¿quién no re 
cuerda, para vituperarla, la ocupación de ( uWraltar á priuci 
pios del siglo XVIII, después «le babel Inglaterra asegura 



348 

do que no hacía la guerra á España sino á Don Felipe? 
¿Quién no califica severamente el bombardeo de Copenha- 
gue en 1807 y la presa de nuestras fragatas en 180á antes 
de ninguna declaración de guerra? ¿A quién no parece pi- 
ratería el acto de haber equipado en un puerto de Inglate- 
rra el corsario Alabama, que salió para apresar los buques 
mercantes de los Estados Unidos durante la guerra de se- 
paración? ¿Ni quién podrá tampoco aprobar que un Almi- 
rante inglés ayudase descaradamente al desembarco de 
Garibaldi en Marsala, no existiendo á la sazón guerra al- 
guna entre Inglaterra y Ñapóles? 

Es asimismo notorio que en muchas ocasiones relativa- 
mente recientes ha dado aquella nación muestras de una 
dureza y crueldad poco comunes. Cuando, porejemplo, hizo 
la guerra á la China, en unión con la Francia, no se con- 
tentó, como ésta, con vencer é imponer condiciones al ven- 
cido, sino que quiso absolutamente incendiar el suntuoso 
Palacio de Pekín, joya del arte asiático, á fin de imponer 
más terror á los chinos; acto digno más bien de un Gengis 
Khan que de una nación culta. Y cuando domó con las ar- 
mas la insurrección de la India, dio igualmente pruebas de 
una excesiva ferocidad, inventando un nuevo y horrible 
género de suplicio, el cual consistía, no en matar, sino más 
bien en destrozar á los indios rebeldes, poniéndolos á la 
boca de los cañones. ¡Y un General hubo que no contento 
con esto proponía que se los desollara vivos! Crueldad inau- 
dita que provocó una noble protesta de parte de Mr. Dis- 
raeli, quien, á pesar de ser cristiano nuevo é hijo de un ju- 
dío convertido, exclamó con indignación: «Deteneos ya en 
ese camino deplorable, porque de lo contrario, será menes- 
ter que quitemos de nuestros altares la imagen de Cristo 
y pongamos la de Moloch». 



349 

Esta misma dureza natural de los ingleses la hallamos 
en toda su historia, la hallamos en su legislación draconia- 
na, en la manera como han tratado á los católicos; con que 
han tratado á la Irlanda; la hallamos, en fin, en sus costum- 
bres. Véase, si no, cómo se conducen allí los padres con los 
hijos, los maridos con sus mujeres, y hasta los niños gran- 
des con los pequeños. No hay más que abrir cualquiera de 
sus novelas y raro será que no encontremos en ella algún 
padre desnaturalizado que por el error más excusable, des- 
hereda y abandona á sus hijos. En El molino del río Flox, 
David Copperfieldj El secreto de Lady Andley hay ejemplos 
de ese carácter implacable. Nelson, Byron, Romney, los 
cuales abandonaron con extraño desamor á sus mujeres, no 
son meras excepciones, sino ejemplos harto comunes en 
aquel país. Lo que llaman fagging, ó sea el hecho de que los 
colegiales más pequeños se hallen sometidos á la tiranía 
de los mayores hasta el extremo de limpiarles los vestidos 
y las botas y llevarles los libros, sirviéndoles como escla- 
vos, es un abuso general hasta en los colegios más aristo- 
cráticos. Un biógrafo de Lord Palmerston le elogia mucho, 
de que cuando estaba en el colegio de Harrow trataba con 
excepcional benignidad al pobre chiquitín que vivía suje- 
to á su tiranía. De lo cual se deduce que la regla general 
era todo lo contrario. 

Son igualmente acusados los ingleses de un gran exce- 
so de vanidad, y no un extranjero, sino un inglés, el céle- 
bre pintor Hoghart, le escribía una vez á Lord Bute: «La 
pasión dominante de los holandeses es el egoísmo; los in- 
gleses añaden á este mismo defecto una gran vanidad, y 
por eso sucede'que el único género de pintura (pie en In 
glaterra se estima es el retrato». Este sentimiento es na- 
tural en el hombre, y ya noté á propósito de los portugue 



350 

ses, á quienes también se atribuye, que no hay casi nación 
alguna que no lo tenga, especialmente cuando se trata, no 
ya de los individuos mismos, sino del país á que pertene- 
cen y del gobierno que los rige. Y si tal cosa sucede donde 
tienen que contentarse con antiguas glorias, no es extra- 
ño que se observe donde, como en Inglaterra, existen cada 
día nuevos motivos de satisfacción y ufanía. 

La grandeza y prosperidad de la nación inglesa son co- 
sas que saltan á la vista. Nada es, pues, más natural sino 
que los ingleses sientan vanidad por ello. Halágales sobre 
todo la idea de que son la primera potencia marítima del 
mundo, por cuya razón uno de sus mejores poetas, Thomp- 
son, el elegante autor de Las Estaciones, interpretó bien ese 
sentimiento en un himno que ha quedado como el más ge- 
nuinamente nacional de cuantos tienen, en el cual dice 
que cuando la Inglaterra salió, por orden de Dios, del seno 
azul de las ondas, sus ángeles custodios publicaron su des- 
tino, cantando replicadamente: 

Reina Bretaña, 
Reina en el mar, 
Nunca los bretones 

Esclavos serán. 

El Rule Britania, que es como llaman este himno, es 
cantado eu todas partes y electriza siempre á los ingleses, 
lo mismo á los nobles que á los plebeyos, á los hombres 
que á las mujeres, á los viejos que á los jóvenes. 

Sienten también vanidad por sus Monarcas, y tampoco 
en esto dejan de tener razón, pues aunque la Inglaterra no 
cuente en realidad una serie de ellos que valgan mucho 
más que los nuestros ó los franceses, ha tenido la fortuna 
de que bajo el gobierno de esos Monarcas, especialmente 



351 

los últimos, no haya hecho más que crecer y prosperar sin 
el menor síntoma de decadencia. Por consiguiente, natu- 
ral es que sientan amor hacia ellos y orgullo de haberlos 
tenido. 

Otro tanto debe decirse de sus dos Cámaras, especial- 
mente de la hereditaria. Si el inglés siente vanidad de po- 
seerla, sus motivos tiene para ello. La aristocracia que la 
compone no es un castillo cerrado, cual lo fueron las de Ve- 
necia, Polonia y Suecia, sino un recinto abierto, donde tie- 
nen entrada franca todas las eminencias de la nación. Y 
esos nobles fueron los que arrancaron al Rey Juan la Gran 
Carta, los que llamaron luego á los Comunes, los que hi 
cieron las dos revoluciones que han dado el gobierno mix- 
to á la Inglaterra, y esos son también ahora los que des- 
pués de haber puesto un freno á la tiranía de los Reyes, 
se oponen con energía á las innovaciones peligrosas in- 
tentadas por los Comunes. Por eso no sucede allí, como en 
Francia, que la pasión dominante sea la igualdad ó más 
bien la envidia de toda encumbración ajena, y lejos de 
pensar nadie seriamente en destruir los Lores, lo que cada 
cual desea es llegar á serlo. 

Tan general es esta manera de sentir, que ha producido 
allí una exageración bastante cómica, á la cual dan el 
nombre de snobismo. Consiste precisamente en admirar de 
tal modo la aristocracia y todo lo que con ella se relaciona, 
que se desdeña toda otra compañía. Es un deseo de pare 
cer lo que no se es, y una vulgaridad ridicula semejante a 
la del Burgués Hidalgo, de Moliere. El san/, no es feliz si m> 
trata con Lores y Ladyes, aunque sean quizás orgullosos ó 

estrambóticos, y es capaz de mil bajezas para ser convi 
dado á sus fiestas. Imita la manera de vestir de este <> 
aquel personaje, y no tiene en artes ni en literatura ni en 



352 

materia algunas otras opiniones que las que oye sostener 
á los grandes señores. 

Cuentan algunos entre los defectos de los ingleses cier- 
ta originalidad y extravagancia que advierten en sus ac- 
ciones y que probablemente es hija del ocio y del dinero 
y también del carácter independiente y enemigo de toda 
clase de trabas, que es propio de aquel pueblo. Nótase esto 
con mucha frecuencia en sus disposiciones testamentarias, 
siendo común que leguen sumas considerables para man- 
tener caballos ó perros, ó para cosas raras y ridiculas. Y es 
singular igualmente el desprecio que á veces demuestran 
del qué dirán y de la crítica ajena; como, por ejemplo, un 
cierto Lord Standish, quien, llegado á Sevilla, daba allí 
grandes comidas, y no teniendo á la mano refrescadores 
de plata para el champaña, usaba en su lugar y ponía en 
el aparador ciertas vasijas de barro vidriado que, con des- 
tino muy diferente, se fabrican en las alfarerías de Triana. 

Para completar este bosquejo del carácter inglés habla- 
ré ahora de una cosa que no es defecto sino antes bien cua- 
lidad, y cualidad que redime muchas faltas, á saber: que 
son un pueblo eminentemente corregible. Aduciré en prue- 
ba de ello las muchas reformas políticas que han efectuado 
en el presente siglo, sin necesidad de motines ni revolu- 
ciones, tales como la abolición de la esclavitud, en cuyo 
fomento fueron un día los mayores culpables; la emanci- 
pación de los católicos, á quienes trataron tan duramente 
por espacio de dos siglos; la reforma de la Iglesia protes- 
tante de Irlanda, que ha eximido á los católicos de la in- 
justa obligación de sostenerla; la supresión de las leyes 
de cereales, tan odiosas como absurdas, y las reformas elec- 
torales, especialmente las primeras, que han dado al fin á 
las clases medias la debida influencia en el gobierno. 



.353 

Extiéndese también este espíritu corregible á la conduc- 
ta misma del gobierno y á los usos y costumbres de la na- 
ción. Así vemos que aprovechando las lecciones recibidas 
en la desastrosa guerra que sostuvo Jorge III con los Esta- 
dos Unidos, no han vuelto á mostrar casi nunca la misma 
obstinación con ninguna otra colonia, sino que antes bien 
se han apresurado á conceder una autonomía más ó menos 
completa á cuantas han llegado ya á ese período de des- 
arrollo, en que no pueden soportar el gobierno directo de 
la metrópoli. 

Notable es igualmente que la Inglaterra sea la primera 
nación y ¡ay! la única hasta ahora que haya logrado supri- 
mir la funesta costumbre del desafío, ese resto de la barba- 
rie medioeval, que con pretexto de un falso punto de honra, 
se mantiene todavía en la cristiana y culta Europa, á pesar 
de que la religión y lafilosofía la condenan de consuno como 
injusta, cruel, absurda en todos casos y aun vil y cobarde 
en algunos, porque el más hábil en el manejo de las armas 
ofende y mata impunemente al que es menos diestro en 
ellas. No eran los ingleses antes de ahora menos duelistas 
que los otros pueblos, sino que por el contrario se mostra- 
ban muy inclinados á ello por su genio altivo y violento; y 
llenas están sus historias, llenas están sus novelas, espe- 
jos siempre de las costumbres, de desafíos de todo género, 
gozando muchos ingleses de una terrible reputación como 
afortunados espadachines. ¿Quién no recuerda aquel (api 
tan de esa Dación que mató en desafío al Conde de Rant- 
zan, para vengar las desgracias de la Reina Matilde de Di 
aaxnarca? ¿Quién n<> recuerda queá principios del pasudo 

siglo el piadoso O'Connell, el elocuente paladín de la católi- 
ca Irlanda, mato cu desafío ;i su antagonista |)' KstorroV 
Mas á pesar de esto, apenas se convencieron de que Beme 
Tomo II 2 i 



354 

jante costumbre era, sobre bárbara, absurda, la abandona- 
ron de común acuerdo, y no han vuelto más á incurrir en 
ella. La costumbre contraria es la que prevalece, y hoy día 
sería considerado allí tan ridículo un lance de esa especie 
entre personas bien educadas, como si en España saliesen 
dos sujetos cualesquiera á reñir en campo abierto, con ar- 
mas y caballos, como Don Quijote de la Mancha y el Caba- 
llero de la Blanca Luna. 

Han abolido asimismo otra costumbre odiosa en sumo 
grado é indigna de un pueblo culto, cual era el asistir, cual 
á una fiesta, á las ejecuciones capitales. Una decisión del 
Parlamento ha puesto fin á tan lamentable desorden, dis. 
poniendo que esas ejecuciones cesen de ser públicas y ten- 
gan lugar en el interior de las cárceles y á presencia sola 
mente de un juez y de un reducido número de testigos. 
Medida, en mi sentir, humana y admirable que ha sido ya 
imitada en España y debería serlo en todas partes, siendo 
ya evidente que los que asisten á tales espectáculos no re- 
ciben por ellos ninguna impresión ejemplar que sea capaz 
de justificar su presencia. 

Según afirman los periódicos de aquel país, han supri- 
mido ya también las repugnantes riñas de pugilato, llama- 
das boxing, que en mi tiempo duraban todavía, si bien se 
verificaban de una manera clandestina y vergonzante. De 
aplaudir sería que así fuese, y que hayan sido abolidas del 
todo y para siempre, pues aunque no tan sangrientas como 
las corridas de toros, son igualmente un espectáculo indig- 
no por todos conceptos de una nación civilizada y cris- 
tiana. 



CAPITULO LXI 
Londres, de 1858 á 1865. 



¿Soy presentado á la Keina Victoria — Descripción de los Besamanos, baile* y con- 
ciertos. — Trajes que en ellos se usan. — Cómo son armados los caballeros. — Im- 
presión que me causa la Reina. — Urandes cualidades que la adornaban. — Exa- 
geraban, sin embargo, su mérito. — Motivos que hay para esto. -Contraste que 
formaba con sus predecesores. — Su ejemplar conducta privada. — Su completa 
pasividad política. — Resistía, esto no obstante, á algunas pretensiones de sin Mi- 
nistros. — Obtuvo una absoluta libertad para ausentarse de Londres y aun de 
sus mismos Estados. — Acierto con que eligió marido. 



Según es costumbre en Inglaterra, tuve el honor de ser 
presentado á la Reina Victoria en uno de los Besamanos, 
que llaman Levees, y parecióme de un aspecto agradable, 
aunque no muy distinguida. Las ocasiones de verla eran 
entonces frecuentes, no sólo en los Besamanos, sino tam- 
bién en los bailes y conciertos de Palacio. A los conciertos 
no asisten más que los jefes de misión; pero como yo lo era 
entonces interinamente, recibí convite paradlos. Según lo 
he dicho antes, los Levees son exclusivamente para Caballé 
ros. Colocábase la Reina en pie debajo del dosel del trono, 
rodeada de su alta sorvidumhre y teniendo á un lado ú su 

marido y al otro al Dnqne de Cambridge, su primo, y to- 
dos los asistentes desfi lahan delante de ella. Marchaba á 

la cabeza el Cuerpo diplomático y cada jefe hacía las de 
bidas presentaciones. Yo, en ausencia del mío, fui presen- 
tado por Lord Palmera ton, j mi mujer lo fué en un Ora- 



350 

iving Boom por la decana del Cuerpo diplomático, que era 
la Condesa de Apponi. Dignábase la Reina dar la mano y 
dirigir á cada uno algunas palabras, y el Príncipe Alberto, 
á quien también eran todos presentados, hacía lo mismo, 
pero de un modo mucho más expresivo. 

Si algún subdito británico ha recibido cualquier conde- 
coración civil ó militar, la Reina misma le hace allí caba- 
llero con ceremonias parecidas á la que usó el ventero con 
Don Quijote de la Mancha, pues el agraciado hinca respe- 
tuosamente una rodilla y la Augusta Soberana, tomando 
una espada que le presenta el Mayordomo mayor, le da con 
ella un gentil espaldarazo. El nuevo caballero le besa luego 
la mano y alzándose con el posible donaire, vuelve á incor- 
porarse al desfile, que ha quedado interrumpido por aquel 
acto. Durante el Besamanos procuran algunos gentiles 
hombres que todos los concurrentes guarden el debido si- 
lencio, cuya costumbre es antiquísima en el mundo, pues 
sabemos que ya en Bizancio había con este mismo objeto 
unos empleados de Palacio, á quienes por eso sin duda da- 
ban el título de Silenciarios. 

Poco más ó menos que en el Levce suceden las cosas en¡ 
el Drawing Boom, sólo que éste es siempre mucho más nu- 
meroso, por asistir también á él las señoras. El desfile de 
éstas es algo complicado, en atención á que todas llevan 
cola y la etiqueta exige que pasen con ella arrastrando de- 
lante de la Reina y den luego la vuelta y completen el círcu- 
lo sin volver la espalda, para lo cual es necesario que 
despidan antes con gracia la cola en dirección contraria 
por medio de un puntapié muy disimulado; pantomima al- 
go difícil, que ensaya bien cada señora en su casa, delante 
de un espejo de cuerpo entero. Allí presentan las madres 
á sus hijas solteras y es costumbre que la Reina las bese 



357 

en la mejilla con muestras de cariño, y cuando hay Rej\ 
no omite él tampoco hacer otro tanto, y lo mismo hace el 
Virrey de Irlanda en los Besamanos, que también celebra 
en ciertos días solemnes del año. En cuanto al Príncipe 
Alberto no le eran permitidas tales niñerías, que de seguro 
habrían parecido muy mal á su enamorada y celosa con- 
sorte. 

Todos los hombres asisten á estas ceremonias de uní 
forme, y el que no lo tiene de sn clase ó carrera, viste uno 
de Corte, con casaca y espadín, que es bastante parecido 
al que se usaba hace un siglo. En los Levees se llevan pan- 
talones; mas en los Drauings Rooms y en los bailes y con- 
ciertos, calzón corto, media de seda y zapato con hebilla. 
Por lo que hace á las señoras, van todas descotadas y con 
joyas, poniendo á dura prueba la frescura de su tez en los 
Dratoings Rooms, porque tienen lugar á las dos de la tarde 
y con luz casi meridiana. Pero la generalidad de las ingle- 
sas son tan hermosas que no temen ser vistas en tal traje 
y á tales horas. En los bailes y conciertos visten las seño- 
. ras de etiqueta, pero sin cola. Los caballeros llevan en los 
conciertos frac, calzón corto y media de seda negros, parte 
por ser más de etiqueta y parte también porque así pue- 
den ponerse y lucir su jarretiera los caballeros de esta Or- 
den. Palmerston, Derby y Charendon estaban muy elegan- 
tes con ella, Otros no tanto, y la generalidad de los convi- 
dados no ostentaban muy buenas piernas. Recurrían algu- 
nos al ardid de ponerse panterrillas postizas; mas no les sa- 
lía siempre bien, y en una ocasión tuvimos mucho que reir 
con uno de nuestros colegas, el cual se vio obligado :i reti 
rarse más que de prisa de un baile de Palacio, porque la 
pantorrilla con que se pavoneaba, se le había colocado por 
delante y encima de la misma espinilla. 



358 

El espectáculo que ofrecen los bailes es particularmen- 
te magnífico, á causa de que no sólo ocupa la Reina el tro- 
no, sino que hay á su derecha é izquierda dos grandes tri- 
bunas, una para el Cuerpo diplomático, en general muy 
numeroso y brillante, y otra para las Paresas ó mujeres de 
los Pares, las cuales hacen gala en estas ocasiones de tan- 
tas ó más joyas que las que encierra el tesoro de Golcon- 
da. Eran también muchas de aquellas damas de una pe- 
regrina hermosura, y no pudiendo citarlas á todas, haré 
una excepción para la Duquesa de Wellington y para la 
de Manchester, en quienes no habría podido la más severa 
crítica descubrir defecto alguno ni en sus adornos ni en 
sus gentiles personas. Entre las señoras del Cuerpo diplo- 
mático brillaban la Condesa de Apponi por su elegancia 
y la de Persigny por su lindura. El concurso era inmenso, 
y cuando llegaba la hora del té íbamos los diplomáticos y 
las Paresas y también la misma Reina, escoltados y como 
presos por los guardias de Palacio, al salón donde se ser- 
vía, y cuyas puertas permanecían luego cerradas hasta 
que la Reina había concluido de tomar algún refresco, 
siendo aquel el momento en que conversaba más con las 
señoras del Cuerpo diplomático y otras notables del país. 

Como se ve tuve muchas ocasiones de observar de cer- 
ca á la Reina Victoria antes que su viudez, en el año 62, la 
alejara de todas las fiestas de la Corte, y mi impresión fué 
siempre de que, como ya lo he dicho, era una señora inte- 
ligente, amable, bondadosa y de aspecto á veces imponen- 
te, mas no muy distinguido. En cuanto á bonita, no lo fué 
más que en sus quince Abriles, cuando no hay casi ningu- 
na muchacha inglesa que no lo parezca. A los cuarenta, 
que contaba entonces, no tenía ya nada de linda, aunque 
tampoco era precisamente fea. Enamorada de su marido, 



359 

el Príncipe Alberto, fué siempre uua esposa modelo, si 
bien, como no ha}' cosa buena que no sea capaz de exage- 
rarse, el exceso de cariño la hizo á veces celosa, á pesar de 
que no tenía razón ninguna para ello, y por este motivo 
solía turbar la paz doméstica con quejas y altercados que 
daban bastante pábulo á las murmuraciones de los pala- 
ciegos. Y lo peor era que se veía siempre obligada á pedir 
perdón á su amable consorte, cuya dignidad no se desmen- 
tía nunca, Referían, entre otras cosas curiosas, que en una 
ocasión el Príncipe, algo ofendido por una escena de celos 
que le había hecho la Reina, se retiró á su aposento y se 
encerró por dentro. Vuelta de su arrebato, quiso ella re- 
conciliarse con él, y llegando á la puerta de su cuarto, lla- 
mó con cierto imperio, diciendo: «Abre, que soy la Reina». 
Mas el Príncipe no la respondió una palabra y permane- 
ció en silencio tanto tiempo, que al fin, vencida ella, volvió 
á llamar sin tanto ruido y le dijo con voz sumisa: «Abre, 
que soy tu mujer». Entonces la dejó entrar é hicieron 
pronto las paces. 

Aunque el aspecto de la Reina era bastante seco, no 
dejaba á veces de mostrarse afectuosa, y eran varias las 
personas á quienes manifestaba una verdadera amistad. 
Entre las damas de su corte, la blanca y rubia Marquesa 
de Ely era la que parecía su preferida, y entre las del 
Cuerpo diplomático, Madama de Van de We}^er, cuyo ma- 
rido, el Ministro de Bélgica, tenía asimismo una posición 
excepcional en Palacio. Ambos eran convidados á las re- 
uniones más íntimas de la Corte, lo cual se explica tam- 
bién por el respeto y cariño que la Reina profesaba á su 
tío el Rey de los belgas. Tachaban á la Reina de avara, 

pero este defecto no se le notaba entonces y fué sólo des- 
cubierto poco ;i poCO y ;i medida (pie aumento mucho la 



360 

Real Familia y tuvo la Augusta Señora que pensar en ha- 
cer economías para establecer y proveer á todos sus hijos. 

Es cosa tan notoria como innegable que la Reina goza- 
ba en su país y fuera de él de una reputación tal, que no 
hay otra persona de su rango que pueda serle comparada 
en este punto. ¿Es esto justo? ¿No hay exageración ningu- 
na en los elogios que le prodigan? A mí me parece que sí. 
Convengo, sin la menor dificultad, en que poseía, como mu- 
jer, las más sólidas virtudes; mas al mismo tiempo me pa- 
rece injusto hablar de esta circunstancia de tal modo que 
no parece sino que es ella la sola Reina virtuosa que ha 
habido y hay en el mundo. Por dicha, si en el siglo xix los. 
Reyes han dado lugar á censuras, en cambio las Reinas, 
con raras excepciones, han sido ejemplares en sus costum- 
bres. Baste citar á la patriarcal Luisa, la noble Baucis del 
anciano Filemón de Dinamarca, ala venerable Emperatriz 
Augusta, á la bella María Dagmar, Czarina de Rusia, y so- 
bre todo á nuestra actual Reina Regente, la segunda Cris- 
tina, viuda también como la Reina Victoria, y cuyas vir- 
tudes son tan conocidas. Así, pues, hay bastante exagera- 
ción en calificar de raras las virtudes de aquella Soberana 
y de coronarla por ello á esa sola, como á la Rosera de 
Nanterre. 

Alábanla asimismo sin medida por su conducta políti- 
ca, y ciertamente que su largo y feliz reinado será una de 
las páginas más brillantes de la historia de la Gran Bre- 
taña. Mas no fué todo mérito suyo, sino de los hombres de 
Estado que gobernaron en su nombre. En cuanto á ella, su 
pap^l fué enteramente pasivo, no recordándose apenas 
una sola ocasión en que tomase la más ligera iniciativa ni 
en que se opusiese á las medidas de sus Ministros, por pe- 
ligrosas que fuesen, inclusos los disparates de Gladstone. 



361 

Además, si la Inglaterra fué grande y gloriosa en el final 
del siglo, no lo es más ni quizás tanto como lo fué en su 
principio. Ocupaba ella entonces la primera posición en el 
mundo, después de haber libertado á España y Portugal 
del yugo de Bonaparte y de haber vencido á este tirano 
en Waterlóo, llevándole luego prisionero á Santa Elena. 
Entonces podía ufanarse de haber destruido enteramente 
las escuadras de todos los Estados marítimos de Europa 
y de haber desposeído á éstos de sus más ricas colonias; 
entonces era ella la sola que inundaba con los productos 
de su industria todos los mercados del Continente. El po- 
derío de que hoy disfruta es menos exclusivo y avasalla- 
dor. Otras naciones comparten con ella la grandeza. Hay 
una Rusia, que con instituciones, por cierto, no sólo dife- 
rentes, sino opuestas, domina desde el Báltico hasta el es- 
trecho de Behring y va acercándose á Constantinopla. Hay 
una Alemania, la cual, unida al fin y fuertemente goberna- 
da, ha podido hacer sin auxilio de nadie lo que sólo pudie- 
ron realizar reunidas en el año 15 las demás Potencias de 
fiuropa. Ni es hoy día la Inglaterra la única que tiene ma- 
rina y bellas colonias; ni son ya sólo los productos ingle- 
ses los que abastecen á las demás naciones. 

¿Por cuál razón, pues, es objeto la Reina Victoria de 
tan hiperbólicos encomiosa Si no me equivoco, la respuesta 
es muy obvia. Prescindiendo del orgullo nacional, que en 
Inglaterra, como en todas partes, se inclina á ensalzar todo 
aquello que al propio país se refiere, existen dos causas 
principales de tan evidentes exageraciones. En primer lu- 
gar, es preciso tener presento (pío la Reina Victoria, edn 
cada con mucho esmero por su madre la Dnqnesa «le Kent 
en el pequeño Palacio de Konsington, lejos de una corte 
licenciosa y corrompida, formaba en bu carácter y costnm 



362 

bres un notable contraste con los Reyes que la habían pre- 
cedido, excepción hecha de Jorge III, el cual fué, entre los 
Soberanos de aquel país, lo que Carlos III entre los nues- 
tros. Las Remas también no merecen todas muchas ala- 
banzas, pues aunque hubo algunas virtuosas, otras dieron 
bastante ocasión alas hablillas del vulgo. 

Para ver lo que eran los Reyes, no hay más que hojear 
el libro de Thackeray, sobre los cuatro Jorges. Allí vere- 
mos que Jorge I, después de haber hecho matar al aman- 
te de su mujer y de encerrar á ésta en Aniden, tuvo públi- 
camente varias queridas, dos de las cuales fueron ridicu- 
lamente célebres, pues á la una, por ser muy alta y flaca, 
la llamaban la Cucaña, y á la otra, por ser muy gorda, el 
Elefante. Jorge II fué siempre infiel á su mujer, y cuando 
ésta enfermó y ya moribunda le decía que pronto se vol- 
vería á casar, le respondió lloriqueando: «¡Oh! no lo creas, 
no tendré más que queridas». Y con efecto, las tuvo, y la 
principal de ellas, que fué Ladj- Jarmouth, vendía hasta 
los Obispados, como Doña Olimpia Pamphili. Jorge III fué, 
como he dicho, una excepción; pero Jorge IV se casó pri- 
mero con una señora católica, y después la abandonó. Se- 
dujo y abandonó también á algunas otras, y se mostró 
muy egoísta. Bebía y juraba como un carretero. Su mujer, 
Catalina de Brunswick, dio también mucho escándalo, y 
aunque los whigs la defendieron por espíritu de partido, 
murió al fin lejos del tálamo y del trono. 

Nada dice Thackeray de Guillermo IV, pero en las Me- 
morias de aquel tiempo se refiere que eran tales sus cos- 
tumbres, que una vez que la Reina, su mujer, quiso hacer 
un viaje á Alemania para visitar á sus parientes, sus mis- 
mas hijas le rogaron que no lo hiciese, por temor de que el 
Rey se aprovechase de su ausencia para perseguir á las 



363 

Doncellas de honor. Viniendo, pues, después de tan diso- 
lutos Monarcas, la gentil y virtuosa Victoria, debió pare- 
cerles á los ingleses una cosa rara, un ángel descendido del 
cielo. Con ella recobró la Corte la austeridad y el decoro 
de que carecía, y la Inglaterra vio sobre el trono un decha- 
do de esposas y de Reinas. 

La segunda circunstancia que explica las exageraciones 
de los ingleses y aun de los extranjeros, con especialidad 
de los liberales de todos países, es que la Reina Victoria 
inauguró también en Inglaterra una nueva política. Como 
dice con mal disimulado júbilo el liberal Mac Carthy al 
empezar su Historia Moderna Je Inglaterra, con la muer- 
te de Guillermo IV terminó en aquel país el gobierno per- 
sonal del Rey y comenzó por lo tanto lo que se llama pro- 
piamente gobierno parlamentario; es decir, un gobierno en 
que, de un modo ó de otro, quien gobierna no es el Rey, sino 
el Parlamento. Los Hanover, conociendo que ellos por ser 
protestantes, eran necesarios á la Inglaterra, quisieron y 
supieron mantener bastante alta la autoridad de la Coro- 
na durante el siglo XVIII. Al principio se apoyaron en los 
whigs, porque temían al partido de los Estuardos; mas lue- 
go que éste fué definitivamente vencido, protegieron des- 
caradamente á los torys y aun se puede decir que los sos- 
tuvieron hasta que el fogoso Castlereagh, el Metternich in- 
glés, se quitó la vida en el año 22 y fué sustituido por ( 'an- 
ning. El gobierno mixto, bosquejado desde el siglo XIV y 
perfeccionado después paulatinamente con el concurso de 
las circunstancias que he mencionado antes, se convertía, 
pues, eo gobierno parlamentario y Llegaba á su perfección 
ó quizás á su decadencia durante el reinado tic una Prin- 
cesa, dotada í\í' poca energía y propensa, por la educación 
que había recibido de su madre y por los consejos que le 



364 

prodigaba su tío el Rey de los belgas, á una política muy 
liberal. 

Esa Augusta Señora ha sido en el trono una figura sin 
valor, una especie de Dogaresa de la Gran República bri- 
tánica, y ofrece sin duda alguna el tipo más perfecto del 
Monarca constitucional, tal como lo desearon siempre los 
liberales de todas clases. Para colmo de ventura, era ella 
en Inglaterra algo parecido á lo que fué la niña Doña Isa- 
bel II en España, porque así como ésta libertó á los espa- 
ñoles de Don Carlos, del mismo modo ella libertó á los in- 
gleses del Duque de Cumberland, hermano del Rej' difun- 
to, que era el ídolo de los reaccionarios de su país, y que 
con pretexto de presidir á los llamados Orangistas de Ir- 
landa, se había formado un partido muy temible. He aquí 
explicada la principal razón de los elogios que le prodigan 
los liberales de Inglaterra y también los del Continente, 
de todos los cuales me atrevo á decir que, si en su mano 
estuviera, habían de añadir un nuevo artículo á todas las 
Constituciones conocidas, en el cual se dispusiese que el 
Soberano no ha de ser nunca Rey sino Reina, en imitación 
de lo que practican las solícitas abejas. 

Y sin embargo, todavía les parece por lo visto á muchos 
ingleses que tiene la suya demasiadas atribuciones, y no 
han dejado de hacer algunas tentativas para cercenarlas. 
Al principio casi de su reinado los torys, mentira parecería 
si no lo explicasen interés de partido, llegaron á alarmar- 
se porque entre las damas de la Corte había una, la Mar- 
quesa de Normanby, de carácter intrigante, y cuyo marido 
era whig, y temerosos de su influjo, se atrevieron á soste- 
ner que, al entrar ellos en el Ministerio, debía la Reina 
cambiar, no sólo la Camarera Mayor, según era antes cos- 
tumbre, sino todas las damas de su servidumbre. Mas 



365 

aunque Victoria era todavía muy joven, tuvo bastante en- 
tereza para rechazar tan exorbitante pretensión é impedir 
que se introdujese la menor novedad en un punto que 
interesaba directamente á su dignidad é independencia. 

Un poco más tarde, estando ya casada, empezaron á 
desentenderse de ella para algunos asuntos, y Lord Pal- 
merston, cuyo temperamento era esencialmente revolucio- 
nario, tuvo la osadía de comunicar al Embajador de Fran- 
cia su aprobación del golpe de estado de Napoleón III 
antes de consultarlo con la Reina, de lo cual se ofendieron, 
no solamente ella, sino también los demás Ministros, espe- 
cialmente Lord Russell, á quien no pareció prudente ni 
oportuno demostrar tanta facilidad y tanto apresuramien- 
to en un asunto de tal gravedad sin aguardar la resolución 
de otras Potencias. Por consejo, pues, del mismo Russell 
redactó entonces el Príncipe Alberto un sensato Memorán- 
dum, dirigido á Palmerston, en el cual se consignaba que 
los Ministros no deberían tomar en adelante resolución 
alguna sin dar antes cuenta de ella á la Reina. Y con efec- 
to, así han acostumbrado á hacerlo desde aquella época, y 
á más de las comunicaciones verbales á cada momento le 
dirigen pequeños billetes, escritos en forma impersonal, 
poniéndola al corriente de todo cuanto ocurre y resuelven, 
y añadiendo á veces una exposición de motivos para su 
más completo informe. 

Por último, hubo también en los comienzos de su reina- 
do algunas dificultades, con motivo de los viajes que 
gustaba de hacer la Reina en el Continente, á la manera 
que los habían hecho SUS predecesores, porque pretendían 
algunos que debía solicitar antes el permiso del Parlamen- 
to y dejar nombrada una Regencia, de 1<> cual había un 

ejemplo del tiempo de Jorge II, y opina lian otros lo contra* 



366 

rio, fundándose igualmente en varios ejemplos antiguos. 
Mas por fortuna avino que el Regente que debía ser nom- 
brado era el Duque de Cambridge, y como los whigs prin- 
cipalmente no gustan de habérselas con un varón, aunque 
sea por poco tiempo, acabaron todos por dejar á la Reina 
una entera independencia en esta materia; y desde enton- 
ces sucedió que iba y venía á donde quería, con la misma 
libertad que el Emperador de todas las Rusias. Últimamen- 
te estuvo varias veces tan lejos como Florencia y sin más 
acompañamiento que su fiel Secretario particular el Gene- 
ral Ponsonbj' y alguna dama de corte. Un correo de gabi- 
nete le llevaba de cuándo en cuándo los informes de los 
Ministros y los papeles que debía firmar, y si ocurría algún 
negocio grave ó que requería comunicaciones verbales, iba 
uno de aquéllos al lugar en que se hallaba, aunque tuviera 
que hacer con este objeto un viaje muy largo. 

Y si era tan libre cuando de viajes lejanos se trataba, 
mucho más aun lo era para ausentarse de Londres y mo- 
verse dentro de su propio reino. Años hubo en que no per- 
maneció en la capital más de una semana, y generalmente 
repartía su tiempo, según las estaciones, entre Balmoral, 
que está en la fresca Escocia y es ínuj^ á propósito para el 
verano, Osborne en la isla de Wight, sitio muy templado 
para el invierno, y Windsor, bueno para todas épocas y más 
que ningún otro agradable por su amplitud y comodidades. 
Allí recibía la Reina á los diplomáticos; allí los convidaba 
á pasar con ella dos ó tres días, y allí solía tener como hués- 
pedes, á algunos Príncipes de su familia. Y en verdad que no 
creo haya habido en Europa otro Soberano que fuese más 
independiente en este punto, formando su manera de vivir 
un contraste notable con la de muchos de ellos, principal- 
mente con la de los Reyes de España, quienes pudiendo 



367 

pasar el invierno deliciosamente en Sevilla, Barcelona ó 
Valencia, viven casi todo el año encerrados en el frío Ma- 
drid y en el Palacio de Oriente, en perpetua contemplación 
del monótono Guadarrama. 

Libre fué también la Reina Victoria en otra cosa mucho 
más importante, cual es la elección de esposo. No hubo 
para ella gabinetes egoístas y partidos sin entrañas que la 
obligaran, como á Isabel II, á unirse con un Príncipe, cuyo 
carácter no era conforme con el suyo. La joven Victoria 
tuvo en este punto entera libertad, é hizo uso de ella con 
mucho acierto, dando su mano al Príncipe Alberto de Co- 
burgo, su primo, ele quien estaba enamoradísima, y cuyas 
dotes físicas y morales le hacían digno de tal dicha. Porque 
es difícil hallar un joven más bello, más apuesto y distin- 
guido. Las mujeres inglesas, acostumbradas á ver tipos 
acabados de belleza varonil entre sus propios compatriotas, 
confesaban sin dificultad que ninguno de ellos llegaba á 
su noble gallardía. Un retrato de él que le representa con 
el vestido de Eduardo III, que llevó á uu baile de trajes, 
poco después de su matrimonio, puede dar una idea de lo 
que era su persona. Mas á esto hay que añadir la gracia y 
dignidad de su porte y la dulzura y amenidad de su carác- 
ter. Sin ser un erudito, brillaba asimismo por su sólida 
instrucción y por la elegancia de sus gustos. Cultivaba ron 
pasión la música, y en Florencia, donde estuvo durante un 
viaje de instrucción que hizo antes de casarse, recuerdan 
aun que solía pasar horas cuteras cu la iglesia llamada la 
Abadía, cercana á su hospedaje, tocando en el órgano, ;i 
puerta cerrada, |>¡ezas de música sagrada, á la cual era 
aficionadísimo, l'or último, y no lo menos importante, dis 

tingníase también por sus sentimientos religiosos y por 
.mis ejemplares costumbres. 



368 

Con un esposo dotado de tales prendas la Reina Victo- 
ria gozó durante más de veinte años de una felicidad sólo 
interunipida por algunos celos infundados, y aquella unión 
fué bendecida con un gran número de hijos, que colmaron 
su ventura. No faltaron, sin embargo, quienes se atrevieran 
á sentirlo, por la mezquina razón de los gastos que aca- 
rreaba al Erario el establecimiento de tantos Príncipes, y 
cual si esto pudiese imputársele al Príncipe Alberto como 
una falta, hubo también quien quiso ponerlo en ridículo. 
Referiré, como prueba de ello, que en tiempo de la Exposi- 
ción universal del año 51, el Punch, periódico satírico muy 
conocido, publicó una caricatura, en la cual se veía á aquél 
rodeado de varias macetas, las cuales contenían en vez de 
flores las cabecitas de los regios vastagos, y la leyenda de- 
cía: «El Príncipe Alberto exponiendo los productos de su 
industria». 



•••*!• 



CAPITULO LXI1 
Londres, de 1858 á 1 865. 



Influencia provechosa del Príncipe consorte. — Suprime el desafio. — Mea la pri- 
mera Exposición universal.— Da buenos consejos á la Reina. — Pesar que causa 
sn muerte. — Retiro de la Reina y exageraciones en que incurre. — Curiosas re- 
velaciones de sus Memorias. — Deja que el Príncipe de Gales la reemplace en 
las ceremonias de la Corte. — Defectos y cualidades de este Príncipe. — Mérito 
de la Princesa de Gales. — Casamiento de la Princesa Victoria con el Príncipe 
Federico de Prusia. — Bello carácter de éste y de su padre el futuro Emperador 
(¡nillerino.-El Duque de Cambridge y su hermana. — Altos cargos de la Corte. 
Recuerdo del Duque de Wellington. 



Aunque el Príncipe consorte era perfecto en su género 
y aunque todos le apreciaban y respetaban, no logró nun- 
ca ser popular en Inglaterra, por la sencilla razón de que no 
tenía ninguno de los defectos de los ingleses. No sólo no 
participaba de las aficiones un tanto groseras todavía de] 
pueblo, sino que tampoco se mostraba inclinado á las que 
eran aún permitidas á las clases elevadas. No bebía con 
exceso, no jugaba, no mostraba pasión desmedida por las 
carreras de caballos ni por las apuestas, no empleaba, cu 
fin, para hacerse grato aquella adulación refinada que con 
s¡8te en imitarlos defectos ajenos, sino que antes bien pa- 
recía reprenderlos con su conducta siempre ejemplar y dis 
tinguida. Cansaba ya á muchos tanta virtud, cumo cansó 
á los atenienses la que mostraba Arístides, 

Tratáronle desde el principio con marcada desconfian- 
za, no queriendo darle el título de Rey, y privándole com 

Tomo II a I 



370 

pletamente de toda intervención en el gobierno del Estado. 
Pero á todo se conformó con sn dignidad de costumbre, y 
lejos de demostrar el menor despecho, supo hacer uso de 
los pocos medios de influjo que aiín le quedaban para pro- 
curar reformas y mejoras que han hecho inolvidable su 
nombre. Al Príncipe se debe, por ejemplo, la supresión del 
desafío, porque, haciendo que fuese prohibido severamente 
en el ejército, llamó la atención general sobre su injusticia. 
Ayudóle luego la opinión, y gracias á esto ha sucedido que 
la Inglaterra sea, como ya lo he dicho, la sola nación de 
Europa que, obrando lógicamente, ha abandonado, no sólo 
el espadín de nuestros abuelos, sino también sus riñas lo- 
cas y sangrientas. Inició igualmente el Príncipe la idea de 
la Exposición universal, y á él se debió la de 1851, que fué 
la primera de su género, y también la de 1863, aunque no 
tuvo la satisfacción de verla, porque murió antes de que 
se abriera. 

Consejero natural de su Augusta esposa, fué el Prínci- 
pe quien, como queda dicho, redactó el Memorándum por 
el cual fué puesto un límite á las impertinencias de Pal- 
merston y quedó establecido como regla que no puedan los 
Ministros tomar resolución alguna sin consultarla antes 
con la Reina, ni introducir tampoco novedad alguna en 
aquello que se haj^a resuelto. Conocía el Príncipe muy bien 
la lengua inglesa: no era como los dos primeros Jorges, que 
nunca la aprendieron, ni como Francisco de Lorena, que á 
pesar de haberse casado con María Teresa, no pudo nunca 
usar en la Corte de Viena otra más que la francesa. Alberto 
hablaba el inglés con facilidad y perfección, y en ese idio- 
ma pronunció muchos discursos, que son modelos de sensa- 
tez y buen decir. Uno de ellos fué sobremanera notable, por- 
que contribuyó á calmar los ánimos alterados con motivo 



371 

de los defectos advertidos en la Administración militar du- 
rante la guerra de Crimea. Pronunciólo en un banquete 
público que tuvo lugar en Trinity House, y en él apeló á la 
concordia, vituperando los ataques exagerados y poco pa- 
trióticos de la oposición en momentos tan críticos para el 
país, y haciendo notar que el Gobierno constitucional esta- 
ba pasando por una dura prueba, á causa del contraste 
que ofrecía con el Gobierno despótico de la Rusia, en la 
manera de soportar los inconvenientes que aquella guerra 
traía consigo. 

Pero tan bello carácter estaba destinado á desaparecer 
pronto de la escena, y no había pasado apenas el Príncipe 
de los cuarenta años cuando unas calenturas contraídas 
en un viaje que hizo á Cambridge en estación algo avanza- 
da, le arrebataron al cariño de su esposa y de sus hijos y 
á la afección de Inglaterra. El pesar causado por este triste 
suceso fué universal en la nación, y del Príncipe puede 
decirse que fué más sentido en muerte que apreciado en 
vida. Comprendíase sobre todo que el dolor de la Reina 
sería sin límites, y todos simpatizaban con ella. Nadie pre 
veía, sin embargo, á qué extremos llegaría la aflicción de 
aquella Augusta Señora ni las demostraciones que haría á 
todas horas de su profundo desconsuelo. Desde luego des- 
ahogó su dolor, cual otra Artemisa, haciendo edificar dos 
sepulcros á su llorado Alberto, uno de honor on Windsor 
y otro verdadero en Frogmore, pequeño sitio real, próximo 
;'i aquel i istillo. Llaman al primero Albert Memorial 6 el Re- 
cuerdo de Alberto, y Consiste en una Capilla, que va antes 

existía, pero que ha sido restaurada y embellecida por el 
arquitecto Scott. El segundo} verdadero sepulcro de Frog 

more es todavía más suntuoso. Su estilo es italiano Y ofre 
ce un conjunto noble, rico y lleno de armonía. Pilastras 



372 

corintias sostienen el friso, y mármoles exquisitos revisten 
la bóveda y los muros. En el centro hay dos sarcófagos de 
granito gris, el uno ocupado por los restos mortales del 
Príncipe, el otro destinado á la Reina. Sobre el primero hay 
una hermosa estatua yacente de aquél, obra del italiano 
Marochetti. Sobre el segundo se pondrá la de la Reina. 
Cuatro ángeles de bronce, labrados por el mismo escultor^ 
ocupan los cuatro ángulos de los sepulcros, y colocados de 
rodillas y con las manos cruzadas, parece que elevan sus 
plegarias al Cielo por el descanso eterno de ambos di- 
funtos. 

Entre tanto la Reina se alejaba cada día más del mun- 
do. No abría nunca en persona el Parlamento; no celebra- 
ba besamanos; no daba fiestas de ninguna especie ni se la 
veía en parte alguna. Y esto no por dos ó tres años, sino 
por muchos; de tal modo que con verdad puede decirse que 
no la veían más que sus Ministros y que para el resto de 
sus subditos era un mito. Absorbida del todo por su pena, 
no hablaba casi de otra cosa y dio á veces muestras de un 
estado de ánimo poco común en personas de buen juicio. 
Así, verbi gracia, cuando falleció el Duque de Newcastle, 
á quien había profesado el Príncipe mucha amistad, fué la 
Reina á visitarle en su lecho de muerte, y le dijo con el 
aire más natural del mundo: «Verá Vd. pronto á mi queri- 
do Alberto; hágame el favor de decirle de mi parte las co- 
sas más afectuosas posibles». ¡Gran extravagancia! dijeron 
los más. ¡Gran fe! pensaron algunos. 

Vida tan retraída ofrecía pocas ocasiones de gastos, y 
unido esto á la necesidad que sentía la Reina de proveer á 
su numerosa familia, hizo que se desarrollara paulatina- 
mente en ella un sentimiento muy parecido á la avaricia. 
Poco cambiaba sus trajes; no gastaba más que lo absoluta- 



B1B 

mente preciso; ni regalaba como antes á las personas que 
tenían oportunidad de hacerla algún favor ó servicio. Lle- 
gó á ser casi un objeto de risa la frecuencia con que daba 
su fotografía en lugar de regalo, ó á lo más algún chai de 
la India, de los muchos que la regalaban á ella los poten- 
tados de aquel país. 

Había entre sus criados uno, nombrado Brown, de buen 
aspecto, y según decían, bastante parecido al Príncipe, el 
cual tenía asimismo un carácter muy leal y se desvivía 
por su servicio. Esto bastó para que le tratase con una 
bondad particular y le tuviese á su lado con más frecuen- 
cia quizás de lo que convenía, tratándose de un sirviente. 
El hecho llegó á ser tan notorio que excitó pronto la mali- 
cia del vulgo, y aunque nadie osaba dudar de la virtud de 
la Reina, todos lo calificaron de rareza. En los muros exte- 
riores del castillo de Wiudsor y aun en las calles de aquel 
pueblo, se leía escrito con tizar. ¿Quién es Brown'? ¿Dónde está 
Brown? Murió éste á los pocos años, y la Reina misma nos 
•dice en sus Memorias el gran pesar que su pérdida le pro- 
dujo. 

Sentía la Reina, á lo que parece, mucha afición á inane 
jar la pluma, y su primer ensayo en esto, fué ana traduc- 
ción de las Horas de devoción {Si mu len der Andacht), libro 
místico, compuesto en alemán por aquel mismo Zschokke, 
que fué sobre todo escritor de agradables novelas, las cua- 
les le valieron el nombre de Walter Scott de Alemania. 
Compuso después la Reina un libro enteramente original; 
el cual viene ;l ser unas Memorias con el título de Diario 
de muí riilu ni las montañas de Escocia t y siguió en esto una 
propensión muy común en su país, «leude son infinitos los 

que lian escrito y escriben SUS recuerdos, de modo que de 
jando los de otros siglosj tenemos en el presente. Diarios, 



:J74 

uo solo deWilberforce, Palnierston, Shaftersburg, Malnies- 
bury y Forster, sino de otras personas casi insignificantes- 
El Diario de la Reina Victoria es respecto de su política tan 
insignificante como su vida misma, pero se lee con placer 
y simpatía, porque hace conocer bien, si no á la Soberana,, 
por lo menos á la mujer. Vese en él cuánto amaba las apa- 
cibles soledades de la Naturaleza, y cómo se complacía en 
el ejercicio de modestas y amables virtudes. Ni deja dete- 
ner pasajes de algún interés. Es notable precisamente lo 
que escribe sobre el ya citado BroAvn, al referir su tempra- 
na muerte: «El fiel criado, dice, tantas veces mencionado 
en estas páginas, no está ya con aquella, á quien sirvió 
con tanta lealtad y celo. En el colmo de su salud y robus- 
tez fué arrebatado á su útil empleo, después de una enfer- 
medad de sólo tres días. Su pérdida, en una época en que 
me hallaba yo delicada de salud, fué para mí irreparable, 
porque merecía con razón mi entera confianza; y si digo 
que le echo menos cada día y aun cada hora, no es esto 
más que una débil expresión de la verdad, pues había sa- 
bido ganar mi eterna gratitud por sus esmeradas atencio- 
nes y continuos desvelos». 

Viviendo de esta manera fué la respetable Señora en- 
trando en años y le costaba mucho volver á la vida mun- 
dana, cuyo gusto había perdido enteramente, á pesar de 
que el tiempo había calmado bastante su pesadumbre. Por 
fortuna, hallábase ya rodeada de una numerosa familia, 
en la cual no faltaban Príncipes y Princesas, llenos de ju- 
ventud y deseosos de gozar de los placeres naturales en 
su estado. El Príncipe de Gales principalmente, casado ya 
y llegado á la mayor edad, nada anhelaba tanto como re- 
presentar un lucido papel, y á él dio la Reina el encargo 
de reemplazarla en todo lo que Se refiere á fiestas y cere- 



375 

monias; siendo común opinión de las personas más impar- 
ciales, que es imposible hacerlo con más cortesía, dignidad 
y elegancia. Sin embargo, no era todo oro lo que en su per- 
sona relucía, y sus costumbres privadas no correspondían 
en manera alguna á la nobleza y aun hermosura de su sem 
blante. El Príncipe, triste es deber decirlo, seguía en esto 
las huellas de la mayor parte de sus predecesores, siendo 
cosa conocida que desde los tiempos de Enrique IV los he- 
rederos del trono de Inglaterra han sido casi siempre des- 
ordenados. Imitábalos el actual Príncipe sin la menor 
cautela, siendo lo más censurable en su conducta, que no 
contento con ser infiel á su mujer, hacía públicamente 
alarde de sus extravíos. Rodeado de amigos, tan poco es- 
crupulosos como él, no hay capital de Europa donde no 
haya dejado el recuerdo de sus excesos. 

Por fortuna ha habido siempre en todas partes mucha 
indulgencia para juzgar los deslices de los Príncipes. Re- 
cuérdase que les rodean grandes tentaciones y que son 
muchas las mujeres hermosas que, movidas de la vanidad, 
se arrojan, por decirlo así, en sus brazos. Además, en el 
caso del Príncipe inglés, muchos ad\icían, como circuns- 
tancia atenuante de sus faltas, la vida ociosa que se veía 
obligado á llevar á causa del largo reinado de su madre. 
Díjose varias veces que ésta quería abdicar; pero nunca se 
realizó. Las dulzuras del trono son siempre muy grandes, 
y el abdicar es sólo propio de ánimos pusilánimes, como 
el quinto Felipe, ó de grandes caracteres, como Dioclecia- 
do y Garlos V. Uñase á esto que la Reina Victoria debía 
encontrar que su tarea no podía ser más fácil. Diversas 
veces atentaron ;'i su vida, pero resultó siempre que les 

que tal hacían eran imbéciles ó* dementes. Ninguna «lili 
cuitad seria interrumpió jamás la constante tranquilidad 



37<; 

de su reinado. ¿Por qué, pues, había de abdicar? Ni sus sub- 
ditos tampoco lo desearon nunca, porque si bien es cierto 
que su hijo tenía fama de moderado, les debía siempre 
parecer mejor una dama, acostumbrada ya de antiguo al 
papel de Dogaresa. El Príncipe por su parte dio siempre 
pruebas de que si su carácter era ligero, era también poco 
ambicioso y discreto. 

Cualidades mucho más raras y que no deslucía ningún 
defecto poseía la Princesa de Gales. Su prudencia era no- 
table, pues á pesar de que debía saber perfectamente los 
galanteos de su marido, se conducía siempre como si los 
ignorase. Nacida en Dinamarca de padres conocidos por 
sus patriarcales costumbres, ha ostentado en Inglaterra la 
sencillez y bondad de ellos aprendidas y ha vivido mu- 
chos años en las gradas del trono sin hacerse un enemigo. 
Hallábame yo todavía en aquel país cuando se efectuó su 
casamiento, y tuve el placer de asistir á su entrada en 
Londres, que fué uno de los espectáculos más lucidos que 
puedan imaginarse. Cúpome más tarde el honor de vol- 
verla á ver en su propio país, cuando fui allí Ministro, y 
habiéndola tratado entonces más de cerca, puedo dar tes- 
timonio de su carácter noble, amable y sencillo. Es quizás 
algo más delgada de lo justo y se ha quedado un poco 
coja de resultas de una flebite; pero esto último lo disimu- 
la muy bien, 3' tiene tan bellos ojos y tan buen talle, que 
sin pecar de adulador se la puede llamar hermosa. Talen- 
to no tiene mucho; pero no le falta aquel que es necesa- 
rio para conducirse con exquisito tacto en la posición tan 
difícil en que le ha colocado la fortuna. 

Formaba en esto contraste con su cuñada la Empera- 
triz Victoria, hija mayor de la Reina, á cuyo casamiento 
con el que era entonces el Príncipe Federico de Prusia, 



877 

tuve asimismo la honra de asistir, como Encargado de ne- 
gocios. Esta Princesa, de la cual se ha ocupado también 
mucho el público de Europa, no era en verdad muy her- 
mosa; pero su noble porte, su talento nada común y su 
conducta irreprensible la hacían digna de admiración y 
aprecio. Por desgracia sus ideas y sentimientos no eran 
tan simpáticos como su persona. Trasplantada á Alema- 
nia en edad todavía temprana y en una época en que te- 
nían allí mucha aceptación los escritos de Hegel y de 
Strauss, se dio, según se dice, á filosofar más de lo que 
•conviene á una mujer cualquiera, y mucho menos á una 
Princesa ¡Infortunada Señora! El destino le tenía reserva- 
da una desventura que no podía prever entonces la ima- 
ginación más pesimista. Su esposo el Príncipe Eederico, 
guerrero siempre feliz, tan instruido como valiente, debía 
sucumbir á una enfermedad cruel en la fuerza de su edad 
y cuando empezase á gozar de las dulzuras de un trono, á 
cuyo establecimiento había contribuido tanto con su pro- 
pio heroísmo. Tuve el placer de conocer á este Príncipe 
en la época de su casamiento y también á su ilustre padre 
el futuro Rey Guillermo de Prusia y después primer Em- 
perador de Alemania, y quedé prendado de uno y otro, 
pues acostumbrado á tratar hasta entonces con Príncipes 
que hablaban lo menos posible y siempre con palabras muy 
medidas, fué para mí una agradable sorpresa la manera 
franca, natural y afable con (pie fui acogido por entrambos. 
Los demás bijos de la Reina Victoria eran todavía muy 
niños y no aparecían :uin en las fiestas déla Corto. En 
cambio veíanse en ella á sus dos primos el Duque de ( !am 
bridge y su hermana. Kl primero era un Príncipe gallardo 
y agradable, á quien su conducta 6B Crimen le había gran- 
jeado la reputación de soldado inteligente y \ aloróse. Ocu 



378 

paba el puesto de Comandante en Jefe del ejército y te- 
nía con este motivo una grande influencia en todo el per- 
sonal de él, pudiendo decirse que desempeñaba las funcio- 
nes más esenciales de un Ministro en este ramo. Y era por 
lo mismo lástima que sil posición social no fuese igualmen- 
te brillante, en razón á que, habiendo contraído un matri- 
monio muy desigual con una linda actriz, á quien la Reina 
no quiso nunca admitir en la Corte ni las grandes Damas 
en sus salones, esto le obligaba á llevar una existencia re- 
traída y á no asistir más que á las reuniones oficiales. En 
cuanto á su hermana, la Duquesa María, no había fiesta 
grande ó chica á que no concurriese, siendo muy aficiona- 
da á bailar y divertirse. Su cara era hermosa, mas propen- 
día, como todos los Hanovers, á engrosar con exceso, y por 
este motivo no tenía muchos admiradores. Más adelante 
se casó esta Princesa con el Duque de Teck, en matrimo- 
nio desigual, porque éste era hijo morganático del Duque 
de Wurtemberg; mas como tenía muy bella presencia y 
muy buen carácter, han formado una pareja sumamente 
feliz. 

Tócame ahora hablar de los grandes cargos de la Cor- 
te; diré, sin embargo, poco de ellos, porque en general no 
tienen en Inglaterra la misma importancia que en otras 
partes. Donde los Reyes son absolutos ó poco menos, ha- 
cen mucho papel sus Mayordomos y Chambelanes; donde 
el poder reside verdaderamente en los Ministros, son éstos 
los que lo absorben todo. Además, en aquel país la manera 
de vivir adoptada por la Reina, quitaba todavía más pres- 
tigio á sus personales servidores. No iban de continuo 
como pegados á ella, á la manera que lo vemos, por ejem- 
plo, en España. Al contrario, nada era más frecuente como 
que la Reina viajase y residiese acá ó acullá, sin más com- 



370 

pañía que una Dama y un Gentilhombre. A los otros no los 
ociipaba ni los llamaba cerca de sí, más que en las grandes 
ocasiones. Añádase que no son allí permanentes como en 
otras Cortes, sino que cambian cou el Ministerio, viniendo 
á ser unos Ministros de segundo rango. 

Mudándose, pues, á la par que los gobiernos, muchos 
fueron los personajes que tuve ocasión de conocer en aque- 
llos puestos, tales como el Marqués de Breadalbane y el 
Vizconde de Sydney, que fueron sucesivamente Grandes 
Chambelanes; el Duque de Norfolk, que fué gran Maris- 
cal; el hijo de Wellington, Caballerizo Mayor; el Vizconde 
de Castlerose, irlandés y católico, Vicegran Chambelán, 
y el Conde de San Germans, Lord Steward ó sea Mayordo- 
mo Mayor, y otros que sería largo enumerar. Todos eran 
cumplidos y amables caballeros, estrellas brillantes de la 
aristocracia británica, y parecíame singularmente digno 
de estima el Conde de San Germans, porque fué quien, con 
el nombre de Elliot, fué enviado á España al principio del 
reinado de Doña Isabel II, y tuvo la satisfacción de obte- 
ner que isabelinos y cristinos hiciesen bajo sus auspicios 
un convenio, para darse mutuamente cuartel en aquella 
lucha fratricida, según lo he referido en otro lugar. 

La Camarera Mayor de la Reina es llamada Mistress of 
the Robes, ó sea Encargada de los vestidos, porque antigua- 
mente tenía bajo su dirección todo lo relativo á la ropa y to- 
cado de la Soberana; y de Lady Marlborough se cuenta que 
cuando la acusaban, después <!<• su caída, de haberse enri- 
quecido con sus cuentas galanas, respondió indignada, que 
ninguna otra Camarera Mayor le había hecho gastar me- 
nos á la Reina <■" trajes y adornos. Hoy es un cargo de 
puro honor. Tres lidias \ amables Duquesas ocuparon 
aquel puesto durante mí permanencia en Londres: la de 



380 

Sutherland, cuyo marido era tory, y las de Manchester y 
Wellington, amigas de los whigs. Brillaba la primera por 
su gracia señoril; la segunda, nacida en Alemania, por su 
hermosura escultural; la tercera, de pelo negro y ojos gar- 
zos y piadosos, por su belleza y cortesía. El nombre que 
llevaba esta última, la hacía asimismo muy simpática á 
los ojos de los españoles, pues el recuerdo de Wellington 
despierta siempre en nuestros pechos sentimientos de gra- 
titud. 

Seguramente aquel insigne General buscaba ante to- 
das cosas la utilidad de su país, y se alegraría mucho de 
hallar en España un campo muy adecuado para combatir 
á su enemigo; mas esto no impide que España, como Por- 
tugal y como Europa toda, le sean en gran parte deudores 
de su independencia. Y aunque no convendría quizás po- 
ner aquí juntas, cosas de muy diversa importancia, no pue- 
do menos de añadir que los que amamos las bellas artes y 
la gloria que procuran al país que las cultiva, tenemos el de- 
ber de estar también agradecidos del Duque, porque él fué 
quien hizo en Viena la propuesta de exigir de la Francia, 
como se le exigió efectivamente, la devolución de todos los 
cuadros célebres, arrebatados por Napoleón T á las princi- 
pales galerías de Europa. 

Los retratos que quedan de este famoso personaje, le 
representan con una fisonomía muy dura, y los ingleses 
mismos le llamaron el Duque de hierro; pero en realidad, 
poseía un corazón accesible á los más nobles sentimientos. 
Ni dejaba de tener á veces muy buenas ocurrencias, como 
lo prueba su respuesta á los denuestos del populacho, cuan- 
do votó el divorcio de la Reina Carolina. Las turbas, exci- 
tadas por los whigs, le rodearon al salir de la Cámara y 
querían obligarle á gritar: Viva la Reina Carolina. Enton- 



381 
ees el Duque, volviéndose á aquellos energúmenos, les dijo 
con mucha sangre fría: «Sí, Viva la Reina Carolina y que 
Dios le dé á cada uno de ustedes una mujer tan buena 
como ella». Después de lo cual, le dio de espuelas á su ca- 
ballo y se fué á pasear al Parque. 



«•**■ 



CAPITULO LXI1I 
Londres, de 1858 á. 1865. 

Los Ministros son unos verdaderos Reyes. — Influencia de las revoluciones de 
Francia. — Puja entre los partidos para extender el sufragio — Notable demo- 
cratización del país. — La Inglaterra procura mantener el equilibrio de Europa. 
Ministerio de Lord Palmerston. — Carácter y política de este Ministro. — Éxito 
que tuvo en la cuestión de liélgica y en la de Mehemet-Alí. — Se equivoca en la 
de los matrimonios españoles. — Tiene la manía de fomentar las ideas liberales. 
Únese, sin embargo, con Napoleón III. — Su excesivo temor do disgustar á éste, 
es causa de su caída. — Se retira á Brocket llousc. — Vida que allí se lleva. 

Tratemos ahora de los Ministros, los cuales, á ejemplo 
de los Eforos de Esparta, son, durante el tiempo de su man- 
do, unos verdaderos Reyes. A mitad del siglo pasado, que 
es la época en que llegué á Londres, había ya casi desapa- 
recido la generación de grandes estadistas que brillaron al 
principio de él. Había muerto Wellington, paladín ilustre 
del orden y de la realeza; habían muerto Grey y Canning, 
quienes después de la trágica muerte de Castlereagh, ha- 
bían dirigido en sentido más liberal la política de su pa- 
tria; y no existía ya Roberto Peel, á quien bendecirán eter- 
namente los que ganan su sustento con el sudor de su ros- 
tro. Dejaban escritas estos Ministros páginas memorables 
en la historia de su país, tales como la emancipación de 
los esclavos, la emancipación de los católicos y la abolición 
de las leyes de cereales. Guillermo IV había tenido la glo 

ría de llevar á cabo las primeras, como también la reforma 
electoral, fomentada por Lord K'nssell. 



384 

La Revolución de Francia de 1793 había hallado eco en 
Inglaterra, lo mismo que en el resto de Europa, sólo que 
esto pasó casi desapercibido durante la lucha de aquella 
nación contra Bonaparte, porque las cuestiones exteriores 
absorbían entonces toda la actividad dej país. Mas hecha 
al fin la paz y vueltas las cosas á su estado normal, luego 
al punto se notó que una nueva tendencia animaba á las 
clases medias. La revolución francesa del año 30 las agitó 
también profundamente, y al cabo el sentido práctico de 
los ingleses resumió sus aspiraciones en una que las com- 
prendía todas, y fué la reforma electoral. Lord John Rus- 
sell se hizo el campeón de esta idea, y aboliendo los llama- 
dos burgos podridos, y otorgando el derecho electoral á 
las ciudades comerciantes ó manufactureras que no le te- 
nían, dio bastante satisfacción á los legítimos deseos de 
los burgueses. 

Sucedía esto en tiempo de Guillermo IV; pero muerto 
éste y entrada á reinar su joven sobrina Victoria, no tardó 
en advertirse que el trono estaba casi vacante y que exci- 
tadas más y más las clases medias por la nueva revolu- 
ción francesa del año 48, habían dado forma á sus ambi- 
ciones, fundando el cartismo, ó sea un partido que que- 
ría una especie de constitucionalismo, parecido al que rei- 
naba ya en el Continente. Por otra parte, los bandos polí- 
ticos antiguos, ansiosos del poder, y no contando ya, como 
en tiempo de los Jorges, con el apoyo de la corona, esta- 
blecieron una especie de subasta para granjearse el favor 
público, ofreciéndole cada cual nuevas y más amplias con- 
cesiones. «Los partidos, dice en su Diario Lord Shafters- 
bury, se asemejan ahora á dos tigres hambrientos que se 
disputan un cadáver». Lord Russell creyó contentar á la 
burguesía extendiendo algo más el sufragio; pero los torys, 



385 

¡quién pudiera creerlo! llegaron al extremo de conceder el 
voto electoral, no sólo á los burgueses, sino á los simples 
obreros que pagasen un pequeño alquiler. El mismo Lord 
Derby exclamó entonces: «Hemos dado un salto en las ti- 
nieblas», pues salto y salto casi mortal era otorgar así tan- 
ta influencia á las clases bajas y poco educadas. 

Por el pronto no se han notado todas las consecuencias 
naturales de una innovación tan temeraria. Con todo, bien 
se advierte ya que el país se democratiza mucho y que la 
Cámara de los Comunes empieza ya á sufrir con pena la 
remora de los Lores, y quisiera hacer con ellos lo que ha 
hecho ya con la realeza. Al decir Tácito que el estableci- 
miento de un gobierno mixto de Monarca, proceres y pue- 
blo es siempre difícil, añade enseguida que, si por ventura 
llega á realizarse, no puede durar mucho (ni s¿ evenit, haúd 
diuturna esscpotesi). Sensible, pues, sería que los ingleses, 
después de haber al fin conseguido esa admirable forma 
de gobierno, no pudiesen mantenerla. Seguramente la 
transformación se va efectuando allí con más lentitud que 
en otras partes; pero de lo que no cabe duda, es de que se 
efectiía. Ha habido ya hasta quien, en vista sin duda del 
papel tan pasivo que hace la Corona, haya dicho que sería 
más económico establecer de una vez la República; y aun- 
que el elocuente Disraeli ha probado con cifras que la Mo- 
narquía inglesa es más barata, que la, República de los Es- 
tados Unidos, donde cuestan tanto los Congresos década 
Estado, este argumento no puede hacer mucha mella .mi 
los ambiciosos: primero, porque no es aplicable á una Re 
pública unitaria como la de Francia, y segundo, porque de 

todos modos han de preferir aquéllos que sea distribuido 

entre muchas personas lo que ahora se le da a una sola. 
En la política colonial hanse adoptado igualmente míe 
Tomo II 26 



386 

vas máximas. En la India, donde acababa de reprimirse 
con bastante trabajo una insurrección formidable, se abo- 
lía la antigua compañía y se adoptaba el sabio partido de 
que fuese gobernada directamente por la metrópoli, dan- 
do así cada día más importancia á unas posesiones que, 
según todas las probabilidades, están destinadas á desem- 
peñar un papel decisivo en las luchas del porvenir. En los 
demás dominios lejanos, adoptábase poco á poco el nuevo 
sistema de concederles una especie de autonomía, recono- 
ciendo, sin duda, que cuando las colonias alcanzan cierto 
grado de prosperidad y cultura, es natural que anhelen ser 
independientes ó por lo menos gobernarse por sí mismas. 
En la política extranjera creen también algunos adver- 
tir nuevos principios; pero es esto más aparente que real, 
porque, si bien los medios que emplea son á veces diferen- 
tes, el resultado que busca es el mismo. Sabido es que la 
política de Inglaterra tiene esto de particular: que casi des- 
de el siglo XV ha renunciado á toda posesión algo extensa 
en el Continente, limitándose á mantener el equilibrio de 
Europa, impidiendo que ninguna de las otras naciones ad- 
quiera una preponderancia exclusiva. A primera vista pare- 
ce esto una mera consecuencia de su configuración insular; 
mas puede afirmarse sin hipérbole ni paradoja que se lo 
debe principalmente á la célebre Juana de Arco, merced á 
cuyas victorias tuvo la Inglaterra que suspender, sus pro- 
yectos de conquistas. La guerra de las Dos Rosas no le per- 
mitió luego renovarlas, y al fin vino á encerrarse en sí 
misma, abandonando toda veleidad de engrandecimiento. 
Buscó entonces una expansión colonial, y para asegurarla 
y asegurar también su propio poderío, fué llevada por ins- 
tinto á impedir que ninguna otra nación llegase á ser do- 
minante en Europa. 



387 

Esta es la base de su política, esto es lo que procura, ya 
sea, con un método, ya con otro, ora con las armas, ora con 
la política y la intriga. Hase notado sobre todo esta reso- 
lución en la guerra que le hizo á la Francia en tiempo de 
Luis Xiy, en la que le movió á Napoleón á principios del 
siglo anterior, y en la que le ha suscitado y sigue suscitan- 
do á la Rusia siempre que ésta descubre su proyecto de 
acercarse á Constantinopla. En el siglo xix, cuando las 
circunstancias así lo exigían, ha echado mano de la guerra 
y de las alianzas, y cuando esto no era posible, ha hecho 
uso de otras artes, protegiendo y alentando á los revolto- 
sos. Canning fué el inventor de esta última política, que 
consiste en hostilizar á los gobiernos extranjeros por to- 
dos los medios posibles sin llegar á la guerra. Política poco 
leal, pero sumamente cómoda, la cual, imitada después 
por Palmerston, ha sido llamada una política extranjera 
animosa, spirited fóreign policy. 

En la época de mi llegada era justamente el Vizconde 
de Palmerston Presidente del Gobierno, y el Conde de 
Clarendon, Ministro de Negocios extranjeros. Este último, 
que había tenido reputación de buen mozo, era todavía de 
muy agradable aspecto, y desempeñaba su cargo con afa- 
bilidad y cortesía. Por desgracia, continuaba imbuido res- 
pecto de España de las ideas progresistas que adquirió 
cuando fué allí Embajador, y cuando, siendo rival de To- 
reno en galanteos, pues ambos estaban muy enamorados 
de la hermosa Marquesa de Villagarcía, fué también su 
adversario en política y contribuyó mucho á crear el anta 
gonismo con La Francia, que después tuvo resultados tan 
funestos. El odio de estos «los personajes recordaba el de 
Buckingham y Olivares. 

En cuanto :'i ralmerston ó l'ain, como Ir llamaban l*a 



388 

miliarmente, hallábase igualmente en edad algo avanza- 
da y, mártir de la gota, andaba ya con zapatones de paño. 
Sólo en sus ojos vivos y en su cabeza erguida se notaba 
que había sido, como Clarendon, un hombre gallardo y 
elegante, que mereció en sus verdes años el apodjo de Cu- 
pido, y fué luego el favorito de las damas, por lo cual dijo 
de él Disraeli en una famosa sátira: 

De los tocadores de Londres 
Lleva consigo el perfume. 

Aunque nacido en Inglaterra, el origen de su familia 
era irlandés, y bien se le conocía en la viveza y gracia de 
su ingenio, porque los irlandeses son los andaluces de 
aquellas islas. Descendía de un hermano de aquel caballe- 
ro Temple, negociador en el siglo xviii de la Triple Alian- 
za, cuya fama de hábil diplomático dura todavía en Ingla- 
terra, y había heredado su talento y travesura. No perte- 
necía propiamente á las grandes familias whigs, que han 
monopolizado el Gobierno desde los tiempos de Carlos I; 
pero vivía con ellas y tenía un temperamento, no sólo libe- 
ral, sino revolucionario. Frecuentó desde la salida de la 
Universidad la tertulia de Lord Grey, jefe de los whigs, é 
hizo luego la corte á Lady Cowper, hermana de Lord Mel- 
bourne, miembro del mismo partido, con la cual se casó 
apenas quedó viuda. Gustábanle mucho las hijas de Eva;, 
mas la política le absorbía enteramente y fué laborioso 
hasta su última vejez, á tal punto que, según me decía la 
misma Lady Palmerston, lamentándose de ello, hacía la 
vida de un galeote y los negocios no le dejaban tiempo ni 
aun para dormir. Donde echaba sus mejores sueños era en 
la Cámara de los Comunes, con los brazos cruzados y el 
sombrero encasquetado hasta las cejas. 



389 

Era orador fácil y brillaba por la claridad de sus con- 
ceptos y también por cierto gracejo que hacía de él un ver- 
dadero facetas Cónsul. Su especialidad era la política ex- 
tranjera, y en realidad le interesaban poco la reforma elec- 
toral y todo lo demás que apasionaba tanto á sus compa- 
ñeros. Divertía mucho á la Cámara, para la cual eran sus 
discursos un descanso, después de las frases graves de 
Gladstone y de las antítesis de Disraeli. Tomábalo todo 
con cierta ligereza, y había ocasiones en que no sólo se 
burlaba finamente de los torys, sino también de sus ami- 
gos los whigs. Aunque de trato cortés, sufría mucho de 
antipatías y solía calificar á los demás con notable injus- 
ticia. A Cea le llamaba posma, á Miraflores ingenio, á Kos- 
rew Bajá, bárbaro iliterato. Trató con sobrada altanería á 
Talleyrand y también á Guizot. Obstinábase en sus opinio- 
nes, aunque nadie más que él las sostuviese, cuyo defecto 
le hizo incurrir en equivocaciones muy notables, tales 
como la de haber atribuido demasiada importancia á los 
matrimonios españoles, y la de no dispensar buena acogi- 
da al proyecto de Lesseps para abrir el istmo de Suez. 

Cuando le asistía la razón y empleaba medios adecua- 
dos á sus fines, lograba un éxito completo. Hase alabado 
mucho su triunfo en la cuestión de Don Pacífico, aquel ju- 
dío de Gibraltar establecido en el Pireo, cuya casa fué sa- 
queada por el populacho griego, porque se había opuesto 
á que quemaran el Juilas en la Semana Santa, y dícese que 
el discurso que pronunció en aquella cuestión y que duró 
cinco horas, debe sor considerado como su obra maestra. 
Mas aunque el famoso ciris romanía $um, que es su idea 
culminante, halagó mucho oí amor propio <le los ingleses, 
todavía no resulta olaro que en el cas.» eonereto de aquel 

ciudadano inglés tuviese enteramente razón. Mucho más 



390 

notable fué su éxito en la cuestión de Bélgica, logrando- 
contener la ambición de Francia y también la de Prusia, la 
cual no hubiera desdeñado algún engrandecimiento por el 
lado del Luxemburgo. Hablando de la primera decía Pal- 
merston: «Si Luis Felipe se empeña en la candidatura de 
Nemours y quiere continuar así la política de Bonaparte, 
eso probará que la ambición de la Francia es como la pes- 
te pegada á las paredes del edificio, de modo que inficiona 
á todos los que lo habitan». Y oponiéndose asimismo á las 
veleidades de la Prusia, le escribía á Lord Grandville, Em- 
bajador en París: «Si esas grandes potencias empiezan á 
gustar la sangre, pronto no se contentarán con un solo bo- 
cado, sino que devorarán toda la víctima». 

Obtuvo igualmente un resultado muy lisonjero en la 
cuestión de Oriente cuando la Francia quiso proteger las 
usurpaciones de Mehemet-Alí. Entonces tuvo la gloria de 
salvar la integridad de la Turquía y de colocar aquel Im- 
perio en una posición relativamente digna y segura, pues 
en vez de ser un vasallo de la Rusia, cual lo era desde el 
Tratado de Unkiar Skelesi, se encontró bajo la protección 
de las principales potencias de Europa. Loco de contento 
por las victorias de Napier, dijo Palmerston en las Cáma- 
ras que los ejércitos tan alabados de Mehemet-Alí habían 
resultado manadas de carneros, como los que alanceó Don 
Quijote en las llanuras de la Mancha. 

En cambio fué víctima de erradísimos conceptos y de 
preocupaciones de otros tiempos en la cuestión de los ma- 
trimonios españoles. Es cierto que la Inglaterra tuvo un 
día razón para temer la unión de España con Francia y 
sus pactos de familia; pero ¿qué paridad había entre la dé- 
bil Isabel II y el poderoso Carlos III? Harto hacía la Espa- 
ña de este siglo con sostener el trono de su joven Reina 



391 

contra las asechanzas de revolucionarios y carlistas. Y 
si es cierto que la pretensión de Luis Felipe de que 
la Reina se casase con un Borbón merecía el calificativo 
de monstruosa que le daba Palmerston, y si era tam- 
bién monstruosa la pretensión de los moderados de que 
se había de unir con un Príncipe de sus ideas políticas, 
según lo he explicado en otro capítulo, no lo era menos la 
de Inglaterra al querer imponernos á Don Enrique, sólo 
porque era el candidato predilecto de Olózaga y los pro- 
gresistas; ni fué tampoco menos montruoso que cuando Is- 
túriz y la Reina Cristina de Borbón se decidieron á ele 
gir un Coburgo, con tal de que la Inglaterra los apoyase, 
no sólo se negó á ello el Gabinete británico, sino que de- 
nunció los proyectos de Cristina al mismo Luis Felipe. Una 
especie de vértigo ofuscaba sin duda la mente del famoso 
Ministro en aquella desgraciada cuestión y le hacía caer 
de error en error, al extremo de que ni aun después de rea- 
lizados los matrimonios regios abandonaba sus intrigas, 
encargándole á Bulwer que no cesase de minar la tranqui- 
lidad del país, repitiéndole en sus cartas: «Agite usted, 
agite usted» {agítate, agítate, agítate). Al cabo el exceso mis- 
mo de su furia le atrajo una lección memorable, porque 
convencido el gobierno español de que la presencia de 
Bulwer en España era peligrosa para el orden público le 
mandó sus pasaportes, como el Regente Orlónos á Celia 
mare. Enfurecióse Palmerston y amenazó con bombardeas 
nuestros puertos: mas tuvo al fin que devorar en silencio 
su despecho, porque sus mismos colegas de ministerio no 
quisieron seguirle 611 tal Camino, ni la opinión pública sé 

manifestó dispuesta á apoyarle. La revolución acaecida en 
Francia el año 18 había cambiado mucho las ideas de las 

altas clases, las cuales preferían un Narváez ;i un laiis 



392 

Blancy á un Ledra Rollin, cuyas doctrinas demasiado ra- 
dicales iban ya haciendo prosélitos en la misma Gran Bre- 
taña. 

Contribuía por otra parte á extraviar á Palmerston en 
la cuestión de España la especie de manía de que se ha- 
llaba poseído, á ejemplo igualmente de Canning, de prote- 
ger en todas partes las ideas liberales, creyéndolo el mejor 
medio de contrarrestar el influjo de la Santa Alianza. Esta 
eleuteromanía ó manía de la libertad era á veces tan poco 
racional que degeneraba en ridicula; por cuya razón otro 
hombre de Estado inglés, el célebre Disraeli, le dijo un día 
en la Cámara que no parecía sino que el gobierno de la 
Gran Bretaña era una especie de granja modelo, que todos 
los demás países tenían obligación de imitar. Y el Prínci- 
pe de Petrulla, diplomático napolitano, que conocía ínti- 
mamente á Palmerston, por haberse educado con él en el 
colegio de Harrow, le dijo á su vez con mayor acrimonia, 
que era un grcuulissimo imbroglionf- y que se parecía á cier- 
tas personas mal intencionadas, que cuando cogen alguna 
enfermedad vergonzosa, quisieran dársela á todos. 

Mas como quiera que esto fuese, es un hecho curioso 
que mientras Palmerston andaba así procurando la propa- 
gación del liberalismo, el Príncipe Napoleón establecía en 
París un régimen completamente contrario, y el liberal 
Palmerston, que necesitaba de un aliado en el Continente, 
se apresuró á aprobarle y hacer una alianza con él, á fin de 
oponerse á las miras ambiciosas de la Rusia. Y á decir la 
verdad, en aquellas circunstancias vio coronados sus es- 
fuerzos de un modo tan satisfactorio, que por algún tiem- 
po abandonó sus continuas aprensiones. Sólo que, extre- 
moso en todo, llevó su deseo de agradar á Napoleón á tal 
exceso, que por un momento olvidó, para mal suyo, las re- 



393 

glas de la prudencia. El atentado de Orsíni había sido fra- 
guado en Londres y las bombas que causaron tantas muer- 
tes en la calle Lepelletier, habían sido fabricadas en Bir 
minghan, por lo cual le sobraba razón á Napoleón y á su 
Ministro Waleski para quejarse de ello al gabinete de In 
glaterra, y Palmerston estaba justificado en atender aque- 
llas quejas y presentar al Parlamento una nueva ley sobre 
conspiraciones con objeto de impedir que los revoluciona- 
rios emigrados en Inglaterra, abusasen de la hospitalidad 
que en aquel país recibían para atentar á la vida de los So- 
beranos extranjeros. En nada de esto había motivo de cen- 
surar á Palmerston; mas sucedió que al mismo tiempo fue- 
ron conocidos tanto el despacho de Waleski, harto resenti- 
do y exigente, como las exposiciones sobrado altaneras y 
ofensivas á la Inglaterra, que algunos Coroneles franceses 
habían dirigido al Emperador, y como Palmerston no se 
apresurase á responder á la Francia, cual lo exigía el buen 
nombre y la dignidad de la nación inglesa, de aquí tomó 
pretexto el partido tory para atacar al gobierno. 

La discusión á que dio lugar este asunto fué por extre- 
mo agitada y tuve la curiosidad de asistir á ella. En gene 
ral no iba mucho á las Cámaras, no sólo porque no tengo 
paciencia para escuchar discursos muy largos, sino porque 
todo lo más interesante sucede allí á horas muy avanza 
das de la noche. Nada más común como que las sesiones 
se prolonguen hasta el día, y Los anales parlamentarios 
están llenos de casos en que han durado hasta las cuatro 
y las cinco de la mañana, especialmente en tiempo de 
Walpole y de Pitt, lo cual dio lugar á un dicho Baroástico 
del viejo Huskisson, cuando preguntado por qué razón no 
iba ya á la Cámara, respondió que do le gustaban las ma 
las compañías ni las horas tardas. En la cuestión de que 



394 

estoy hablando duró la sesión hasta las dos de la mañana, 
después de un largo y vehemente discurso de Lord Derby, 
con el cual dejó muy malparados á sus contrarios. El es- 
pectáculo que presentaba la Cámara era en verdad intere- 
sante. Hacían los torys coro á su jefe con altas voces y fu- 
riosos ademanes. Casi todos tenían los sombreros puestos 
y se levantaban en pie para gritar mejor y gesticular más 
libremente. Callaban los whigs y bien se veía que se con- 
sideraban vencidos. Al fin Derby tremoló en el aire á gui- 
sa de bandera, un papelote, que era una copia del despa- 
cho de Waleski, y entonces fué aquello el fin de Troya con 
sus dárdanos defensores. Imposible me es pintar la alegría 
de los torys y la ufanía con que, ciertos ya del triunfo, co- 
rrían de un lado al otro del salón, dándose mutuas enho- 
rabuenas. Todo eran risas, aplausos y aun abrazos. 

Por otra parte, el viejo Palmerston, con la cabeza caída 
sobre el pecho, parecía la imagen de la tristeza, y todos 
sus amigos, cuál más, cuál menos, mostraban el mayor 
abatimiento. Cayó el Ministerio, después de una votación 
que le fué muy desfavorable, y al día siguiente tuvimos 
otro nuevo y flamante presidido por Lord Derby y com- 
puesto de Disraeli, Malmesbury y otros torys de gran 
talla. Recibía Palmerston regularmente todas las semanas 
en una casa muy hermosa que ocupaba en Piccadilly, y que 
sin duda por haber pertenecido al Duque de Cambridge 
se llama Cambridge House, y pronto se notó en la escasez 
de la concurrencia, que su dueño no era ya Presidente del 
Ministerio. Corrían más bien todos á la residencia de 
Derby, quien, orgulloso de su triunfo, repartía sonrisas y 
apretones de manos á cuantos iban á visitarle. Fué nota- 
ble el mal efecto que le produjo á Palmerston esta repen- 
tina caída, cuando más contaba eon su permanencia en el 



395 

poder, á fin de realizar sus planes ulteriores, especialmen- 
te en Italia. Lady Palmerston, señora de edad ya algo ma- 
dura pero de mucho agrado y de mucha discreción, tomó 
el partido de llevárselo á Brocket House, propiedad de ella, 
heredada de su hermano Lord Melbourne, la cual está si- 
tuada en el campo, á poca distancia de Londres, y allí pa- 
saron los días, por decirlo así, de primer luto después de 
su ruidosa derrota. Muchos diplomáticos fueron convida- 
dos sucesivamente á aquella residencia, y yo, entre otros, 
tuve esa honra y vi así lo que es en Inglaterra la vida del 
campo. 

Brocket House no es una mansión muy grande; mas 
hállase colocada en un terreno pintoresco y rodeada de 
jardines y arboledas muy á propósito para el esparcimien- 
to del ánimo. Por lo demás, todo pasaba allí poco más ó 
menos como en la hacienda de Neri del Barrio en Temis- 
co y en la quinta de Piombino en Albano. Muchas horas 
de mesa, muchas de conversación, paseos á pie y á caballo 
ó en coche, música, juego de cartas ó billar, y algunas 
vueltas de wals cuando abundaba la gente joven. Lo más 
característico de la vida de campo inglesa es el continuo 
eambio de vestido y los innumerables lavatorios. Dice 
Liebig en sus cartas sobre la química, que se puede juzgar 
de la prosperidad y cultura de un Estado por la cantidad 
de jabón que consume, y siguiendo este criterio, debe po- 
nerse la Inglaterra á la cabeza de la lista. 

En Londres es indispensable lavarse á todas horas, á 
causa del humo de las chimeneas y de las neblinas «leí Ta- 
nteéis. 



CAPITULO LXIV 
Londres, de 1858 á, 1865. 



Carácter aristocrático de Lord Derby. — Cualidades de Lord Malmesbury. — Antece- 
dentes de Disraeli. — Brillante porvenir que le aguardaba. — Llegó á ser Conde 
de Beaconsfield y jefe de los torys. —Le reciben en triunfo al volver del Congre- 
so de Berlín y realizó asi el ideal de sus novelas. — Caída del Ministerio Derby 
en 1859. — Vuelta de Palmerston con Kussell y Orladstone. — Probado liberalismo 
de Russell. — Figura notable de Gladstone. — Circunstancias que le hicieron li- 
beral. — Exageraciones en'quc incurre. — Le llaman el Oran Anciano, pero s<» 
muestra más filósofo que hombre de Estado. 



La persona y el carácter de Lord Derby eran la imagen 
genuina de un aristócrata de puro origen. Alto, de noble 
porte, y vestido siempre con esa severidad elegante que, 
según la frase de un novelista inglés, aumenta la autoridad, 
obliga á la discreción y aleja las familiaridades del vulgo, 
bastaba verle entrar en un salón para adivinar que era un 
gran señor y un hombre de mucha importancia. Era como 
una reliquia de aquellos antiguos torys, que seguían ;i 
Bute y á North, y a quienes sentaban tan bien la chupa y 
el espadín. Mostrábase á ratos amable y aun chancero; 
pero su genio altivo y dominante Le bacía poco á propósito 
para ganar amigos. Dícese que por no someterse á l'eel, el 
cual salía de la clase media, se opuso en el año 46 á la abo- 
lición de las leyes de cereales y fué cansa de la caída, si 
bien pasajera, de aquel Ministro. Tenía mucho talento, \ 
educado con esmero en la Universidad de Oxford, publicó 



398 

al salir de ella varias traducciones de Homero y Virgilio, 
que le valieron la reputación de un distinguido humanista. 
Hablaba con facilidad y se moría por las luchas parlamen- 
tarias, á causa de las victorias que en ellas solía alcanzar 
de sus más notables adversarios, y que según aseguraban 
sus íntimos amigos, le eran tan agradables como las que 
obtenía en las carreras de caballos. Era, en fin, uno de esos 
grandes señores nacidos para dominar y brillar, los cuales 
quieren tener siempre el primer lugar y ser en todo no- 
tables. 

Sin embargo, en la época á que me refiero puede decirse 
que debía su triunfo, más que á su gran capacidad, al abu- 
so que había hecho de un falso patriotismo, excitando con- 
tra Palmerston las pasiones del vulgo. Y es que, como ya 
lo he dicho, los torys, privados del apoyo del trono desde 
el advenimiento de Victoria, tienen que recurrir ahora á 
toda clase de concesiones y aun adulaciones, á fin de con- 
seguir el favor del público. Hoy día son más dados á bus- 
car la popularidad que los mismos liberales. Como quiera, 
por el momento gozaban de gran boga y ya he referido 
cuan concurridas se vieron las primeras recepciones de 
Lord Derby. Aunque su casa era grande, no cabían en ella 
las gentes que se agolpaban para saludarle. Era Lady Der- 
by una señora ni fea ni bonita, pero sumamente bondado- 
sa, y es increíble lo apurada que se encontraba entonces 
para dispensar á sus huéspedes el debido agasajo. Recuer- 
do que una noche había allí tal concurso, que cuando al fin 
llegué á la sala donde se hallaba la Condesa, estaba ésta 
estrechada de tal modo por una multitud de damas y ca- 
balleros, que materialmente no podía revolverse y tuvimos 
que saludarnos en un espejo de grandes dimensiones, en 
el cual se retrataban nuestros semblantes. Estas reuniones 



399 

así concurridas, á que llaman routs, gustan mucho á los in- 
gleses y dicen luego para elogiarlas: ¡Había tal gentío! 
(such a crov)d). 

El Ministro de Negocios extranjeros, Lord Malmesbu- 
ry, era asimismo un tory de antigua raza y no menos doc- 
to que Derby. A él se le debe la publicación de las Memo- 
rias de su abuelo, que fué Embajador en Berlín y pintó 
con exactitud y gracia el estado de la Europa y en parti- 
cular de la Corte de Prusia en tiempo de la Revolución 
francesa. El nieto era inteligente y amable. 

Pero el miembro más notable de aquel nuevo Gabinete 
era el célebre Benjamín Disraeli, Canciller del Exchequer, 
es decir, Ministro de Hacienda. No han sido nunca raros 
en aquel país los hombres que, nacidos en la clase media y 
desprovistos del prestigio de la cuna y del rango, han lle- 
gado por su solo mérito á los más altos puestos del Estado, 
y en esto consiste precisamente la bondad de sus institu- 
ciones, que no le cierran á nadie la entrada de la aristocra- 
cia, como sucedía en Venecia y Suecia. Notables ejemplos 
de ello fueron Walpole, Pitt y Burke en el siglo XVIII y 
Peel y Broughan en el pasado. Pero en el caso de Disraeli 
fué esto todavía más notable, porque tenía en contra suya 
la circunstancia de ser hijo de un judío convertido. Ade 
más, es singular que, no sólo llegó auna grande altura, 
sino que se propuso y esperó llegar á ella desde su prime- 
ra juventud, al punto de haber brazado anticipadamente 
su misma historia en los héroes ele dos novelas que escri 
bió al empezar la vida, tituladas Vivían Ghreyy Conningsby. 

Fueron sus antepasados judíos expulsados de España 
cu el siglo xvii y refugiados en Venecia, donde cambiaron 
su nombre español por el «le D'Israeli, y pasados luego a 
Inglaterra, adquirieron allí algunos ilíones. El padre «le 



400 

Benjamín cultivó con éxito las letras y publicó un libro 
interesante sobre las Curiosidades de la literatura. Hízose al 
fin cristiano y dio cristiana educación á su hijo, el cual 
modificó de nuevo su apellido, escribiéndolo Disraeli. Una 
grande aplicación y la lectura de los libros que poseía su 
padre desarrollaron su inteligencia en edad relativamente 
temprana. Mandóle aquél á Londres con buenas recomen- 
daciones y no tardó en frecuentar la sociedad y hacer re- 
laciones con personas importantes. Era de bella presencia, 
pálido, romántico, con buenos ojos negros y cabellos ne- 
gros también y algo rizados, todo lo cual formaba un tipo 
que agradaba mucho á las inglesas por el contraste que 
ofrece con el de los hombres rubios, que son allí tan co- 
munes. 

Presentado á la Condesa de Blessington, viuda ligera, 
quien, según la crónica escandalosa, vivía maritalmente 
con el Conde de Orsay, príncipe de la elegancia en aquel 
tiempo, trabó amistad con éste y también con los poetas 
Rogers y Moore y con el célebre Lord Lyndhurst, gente 
toda algo equívoca, pero que le podía ser muy útil. No le 
faltaba dinero, porque su padre cuidaba de mandárselo, y 
gastaba mucho en adornarse, aunque no siempre con buen 
gusto, pues queda memoria jocosa de sus corbatas de todos 
colores, de sus chalecos de terciopelo, y de sus cadenas y 
dijes de tamaño extravagante. Viajó luego por Oriente y 
por Italia y compuso varias novelas, cuyo estilo peca de 
florido, pero civya lectura interesa, porque sus héroes son 
el retrato de su autor. Uno de ellos, Vivían Grey, dice que 
el mundo es una ostra, que él se proponía abrir con su es- 
pada. Conningsby llega á ser Ministro y asiste á los Con- 
gresos en que se decide la suerte de Europa, de la misma 
manera que lo hizo al fin el mismo Disraeli. 



401 

Quiso entrar pronto en la carrera política y empezó di- 
ciéndose liberal y aceptando el apoyo del radical Hume y 
del famoso O'Connell. Llega al lugar donde se hacían las 
elecciones en un coche abierto, echándole besos á las se- 
ñoras, como el charlatáu Dulcamara, y pronuncia después 
un discurso popular, jactándose de ser nacido del pueblo 
y de no tener ni una gota de sangre Plantagenet ó Tudor 
en sus venas. Mas á pesar de tantas adulaciones no le eli- 
gieron. Tales fueron los principios de Disraeli, á quien lla- 
maban entonces familiarmente Dizzy. Más adelante prue- 
ba otras dos veces ser elegido, y tampoco lo logra. Al fin lo 
fué por Maidstone, gracias al apoyo de los torys, cuyas 
ideas había adoptado poco á poco, exagerándolas después, 
hasta el punto de formar el partido dicho de la Joven Ingla- 
terra. Unióse para esto con Lord Manners, que era el Cha- 
teaubriand y el Donoso de aquel país, y cuyas opiniones 
eran ritualistas en religión, á la manera de Pusey, y tan 
excesivamente reaccionarias y aristocráticas en política, 
que en un poemita que publicó, pues era poeta, dijo, entre 
otras cosas, esta que parece un solemne dislate: 

Perezcan nuestras leyes 
Y nuestra gran riqueza; 
Perezcan el comercio, 
Las artes n las litros; 
Pero viva eternamente 
Nuestra antigua nobleza. 

Casó luego Disraeli con una viuda rica, de más edad 
que él, y se hizo hombre grave, morigerado, tranquilo y 
muy buen cristiano. Los puritanos le alababan mii-lio por 

que los domingos no asaba el coche, á fin de qne no braba 

jasen el cochero y «'1 lacayo. Más «le una wz (uve ocasión 

de hablarle y quedé prendado de la distinción «le sus tna 
Tomo II 26 



402 

ñeras y de su pintoresco lenguaje. Veíase que se hallaba 
en posesión de la felicidad, y parecía como nacido para el 
puesto que ocupaba. Pregnntéle un día cuál vida le había 
parecido más agradable, la de escritor ó la de hombre polí- 
tico, y me contestó que la segunda, porque cuando conipo 
nía libros la ansiedad de concluirlos hacía que los días ¡p 
pareciesen muy cortos. Su talento, su elocuencia, las pren- 
das que había dado de su torismo, y la amistad de Lord 
Bentinck, le facilitaron al fin el camino de los honores. Mo 
dificaba sus ideas según las circunstancias; fué unas veces 
proteccionista, otras librecambista; unas veces amigo de 
las reformas, otras su mayor enemigo. Unióse con Lord 
Bentinck para hacer la oposición á los peelistas, y á la 
muerte de aquél quedó siendo jefe de los torys en la Cá- 
mara de los Comunes. Criticó entonces la política embro- 
llona de Palmerston y llamó asesino á Mazzini y bandole- 
ro á Víctor Manuel. 

Entre tanto sube Derbv al poder y le nombra Canciller 
del Exchequer, y caminando así viento en popa, cae y sube 
con aquel ilustre Lord, y cuando la muerte le arrebata, co- 
mo á Bentinck, asume la dirección del partido. Apropiase 
entonces la política interior de Russell y se hace más re- 
formador que él, y cuando muere también Palmerston, le 
toma su política extranjera, no la embrollona, sino la pa- 
triótica, y lucha con éxito contra la Rusia. Logra detener 
á ésta en San Estéfano; asiste, como su héroe Connirigsby, 
al Congreso en que se decide la suerte de Europa, y á su 
vuelta de Berlín en 1879, es acogido en triunfo por las más 
nobles damas de Inglaterra, que le aguardan en la esta- 
ción del ferrocarril para ofrecerle ramos de flores. Recibió 
de la Reina el título de Conde de Beaconsfield, tomó asien- 
to entre los Pares, y apenas falleció, le erigieron sus admi- 



403 

radores una estatua de bronce en la plaza del Parlamento, 
^n la cual el hijo del judío Disraeli aparece vestido con el 
manto de la Jarretiera y adornado con los mismos armiños 
que heredan de sus antepasados los Howards, los Talbots, 
los Churchills y los Russells. 

Mas á pesar del talento de este Ministro y de sus demás 
colegas, el Gabinete del año 59 tuvo corta duración. Las 
■circunstancias de Europa requerían imperiosamente la 
vuelta de Palmerston, que era quien, por el momento, po- 
seía el prestigio y los medios necesarios para realizar una 
política revolucionaria y favorecer moral y aun material- 
mente á la Italia, en la lucha que había emprendido para 
obtener al fin su independencia. La caída del Vizconde en 
aquella coyuntura, había sido sólo una especie de castigo 
que le impusieron los whigs, por haberse demostrado harto 
deferente con Napoleón IÍI en la cuestión del asilo, que 
entonces apasionaba mucho á los ingleses. Hoy día las 
conspiraciones anárquicas, que los amenazan ya á ellos 
mismos, los han hecho más circunspectos en este punto; 
pero en aquella época tenían una especie de fruición en 
molestar á las demás naciones, dando alojamiento en Lei- 
cester Square y sus alrededores á todos los demagogos de 
Europa. Así, pues, satisfechos ya con la lección dada á Tal 
merston, no tardaron en derribar á Derby, quien les dio 
ocasión para (dio con cierto proyecto insuficiente de re- 
forma. 

Volvió, pues, el Vizconde de Palmerston, y esta satis 

facción de amor propio le rejúve ¡ió" de una manera visi 

ble. Parecía que con «'1 contacto de la tierra había re< obra 
do, cual Anteo, Duevo brío \ nue\ ;is Fuerzas para dirigir la 

política de BU patria. Aquella ve/ n<> tonn» á ('laremleii 

para les Negocios e.\t rao ¡eres, sino ;il célebre Lord John 



404 

Rnssell, cuyo conocimiento tuve mucho gusto en hacer, 
porque era á la sazón uno de los hombres más notables de 
la Gran Bretaña. Trátele bastante, á causa de que por aquel 
tiempo fui Encargado de negocios interino por ausencia de 
Istúriz. Era Lord John un whig de los más netos y califi- 
cados, una personalidad de mucho prestigio, tanto por la 
gloria heredada de sus abuelos, uno de los cuales fué már- 
tir en un cadalso de su amor á la libertad, como por la sin- 
ceridad y constancia con que él mismo había profesado 
toda su vida las mismas ideas y logrado á fuerza de talen- 
to y de constancia que fuese al fin reformada la ley electo- 
ral, y abolidos los grandes abusos que de antiguo reinaban 
en esta materia. Era sietemesino, y por eso sin duda tenía 
una estatura demasiado diminuta para un inglés. Sus fac- 
ciones eran duras; sus ojos expresivos pero pequeños; sus 
labios abultados; su aspecto común. Llamábanle por mofa 
Juanillo (h'ttle John). Vestía de un modo algo estrafalario, 
con un sombrero de alas grandes y un levitón largo, á la 
manera de los cuákeros, y era bastante descuidado en su 
persona. Pero su mucho ingenio y carácter franco, leal y 
seguro, le hacían muy estimable. Pocos Ministros he cono- 
cido con quienes fuese tan agradable tratar de toda clase 
de asuntos. 

Era hombre instruido y conocía tan bien el español, que 
recitaba con facilidad frases enteras del Quijote. Nuestras 
conferencias eran siempre interesantes, sólo que casi nun- 
ca estábamos solos, pues venía á pie al Ministerio, y como 
en Londres llueve tan á menudo, tenía que cambiar de bo- 
tas y ponía á secar las sucias delante de la chimenea, don- 
de parecían estar escuchando todo lo que se hablaba. Rea- 
lizábase entonces la expedición de Francia, Inglaterra y 
España á Méjico, y sobre ella discurrimos muchas veces, 



405 

y cuando le manifestaba alguna inquietud tocante á sn re- 
sultado, me decía, reclinándose en su sillón: «Pues por mi 
parte no me preocupo, en atención á que nuestros agentes 
tienen órdenes terminantes de retirarse apenas adviertan 
que la Francia quiere imponer allí por la fuerza alguna cla- 
se de gobierno, que no sea conforme á la voluntad general 
<le los mejicanos». Cuya manera de ser, correspondía bien 
al mote de sus armas, que dice: Che sarásará. Y tenía asi- 
mismo bastante de lo que los ingleses llaman humour, que 
•es una gracia sin hiél, acompañada de cierta seriedad. Así, 
por ejemplo, solía decir que el partido moderado español, 
llevaba ese nombre porque carecía enteramente de mode- 
ración, y el progresista había obtenido el suyo porque no 
hacía progresos de ninguna especie. 

Más notable todavía que Lord Russell era el nuevo Can- 
ciller del Exchequer, Mister Gladstone, cuya reputación iba 
entonces creciendo rápidamente. Conocíle á poco de llegar 
á Londres, porque en el primer concierto de Palacio, á que 
fui convidado, la casualidad hizo que me sentase al lado 
suyo, y pronto encontré quien me presentase á él. Hízome 
impresión su aspecto serio, su fisonomía regular, sus mo- 
dales reposados y su afición á la música. Aunque delante 
de la Reina no se aplaude, apenas podía contener el placer 
que le causaban las piezas escogidas que iban tocando los 
concertistas, y no cesaba de repetir en voz baja: Bello, l»- 
llísimo, bravo». Pero digamos algo de su historia. 

Pertenecía Gladstone, como su antagonista Disraeli, al 
estado llano, puesto que tuvo por padre á un negociante 
escocés, establecido en Liverpool, el cual traficaba en las 
colonias y poseyó un día en Demorara an buen uúmerode 
esclavos. Educóse el joven Gladstone, como rico, en el t';i 
inoso Colegio de Eaton, cantado por la musa elegante de 



. 406 

Gray, y tenía tan lindas facciones qne le llamaban el niño 
bonito (the pretil/ boy). Decíanle también bueno, religioso y 
casto, dotado de mucho talento y de una memoria prodi- 
giosa. Hizo allí amistad con Hallam, y habiendo pasado 
luego á Oxford, conoció en aquella Universidad al también 
célebre Manning. No bebía vino, asistía mucho á la iglesia 
y oía muchos sermones, y hubiérase dedicado á la carrera 
eclesiástica á no impedírselo su padre. Pero conservó siem- 
pre un aire algo místico, y Malmesbury dice de él en su Dia- 
rio, que parecía un cura católico. Viajó por Italia, y estable- 
cido al fin en Londres, hacía allí una vida elegante, mon- 
tando á caballo en el parque, cultivando la música y can- 
tando de tenor en los salones. Estudiaba mucho sin embar- 
go, y se dedicaba con pasión á la literatura clásica, espe- 
cialmente al divino Homero, sobre el cual publicó después 
un libro tan original como interesante. Al igual de Disrae- 
li, entró pronto en la vida pública; mas con esta diferenciar 
que en vez de empezar como liberal, se alistó al punto en- 
tre los torj's; y debió su elección al Duque de Newcastle, 
de cuyo hijo, Lord Lincoln, era compañero de colegio y ami- 
go. Y al contrario también de Disraeli, que de liberal se 
hizo reaccionario, Gladstone dejó poco á poco de ser tory 
para convertirse en liberal y aun revolucionario, lo cual es 
por lo común mucho más raro. ¿Cómo se verificó esta 
transformación? 

En primer lugar la índole de su ingenio le llevaba des- 
de su primera juventud á defender las causas justas y ge- 
nerosas, así es que en la cuestión del judío Don Pacífico 
se atrevió á criticar la conducta de Palmerston. Su auste- 
ra moralidad quería siempre lo justo, y al civis román xa 
tsum oponía los derechos de todo país civilizado. Era místi- 
co y tory por temperamento, pero tenía mucho de liberal 



407 

por generosidad de carácter y por reflexión, á la manera 
de Talloux y Montalembert. En segundo lngar, su amor 
propio ofendido le llevó á extremar estas opiniones, por- 
que habiéndose apercibido los torys de sus tendencias poco 
ortodoxas, empezaron á tratarle con desvío, y cuando fué 
encargado Lord Derby de formar el Ministerio en el año 
58, en vez de elegirle á él para Canciller del Exchequer, 
prefirió á Disraeli. hule irae. El cambiar de opiniones se- 
gún los intereses y las pasiones personales, es cosa natu- 
ral en el hombre, por lo cual vemos que quien se casa ó 
quien recibe una herencia, fácilmente se hace conserva- 
dor, y al contrario, el empleado conservador á quien su par- 
tido posterga, suele encontrarse de repente y sin saber 
cómo, con un criterio liberal. Como quiera, Gladstone, en 
lugar de dar un paso atrás, dio varios hacia adelante, y su 
rivalidad con Disraeli data de aquella época. 

Para colmo de resentimientos aconteció también que la 
Universidad de Oxford, noble alcázar del torismo más 
puro, dejó de elegir á Gladstone su representante. Había 
tratado Palmerston de impedirlo, diciéndoles á los electo- 
res que era un hombre mu}* peligroso, y que si le quitaban 
la mordaza que le imponía aquella representación, b;trí;t 
locuras y disparates. Pero la Universidad persistió en ex- 
cluirle, 3' aunque él debía esperarlo, á causa de los opnscu 
los que había publicado sobre la Iglesia anglicana, so irri- 
tó más y más con este nuevo desaire. Su mayor defec 
to era el orgullo, que, unido á la ambición, le lia hecho CO- 
meter grandes faltas. 

Entre tanto I'alnierstou, que COnocfa muy bien bpdo BU 
mérito, le hizo por fin Canciller ilel Exchequer, y desde 

entonces perteneció abiertamente al partido vrhigy aun le 
dejó atrás en liberalismo. 8a Babor, su elocuencia, la babi 



408 

lidad con que administraba la hacienda, contribuyendo 
así poderosamente á la duración de los gobiernos, y por 
último su carácter honrado y firme, le han dado una gran 
fama que la voz pública confirma, apellidándole el Gran 
Anciano. Su conducta, sin embargo, ofrece un conjunto de 
acciones de varios géneros, que no es posible calificar de 
una misma manera. Nadie habrá, por ejemplo, que no 
apruebe su proceder cuando enviado como Comisario regio 
á las islas Jónicas, procuró la anexión de éstas á la Grecia. 
Nadie dejará tampoco de aplaudirle cuando propugna la 
libertad de Italia y de otras naciones oprimidas, ni cuando 
suprime la Iglesia protestante de Irlanda y mejora al cabo 
de una manera positiva la condición de los arrendatarios 
de aquella isla. Mas por otra parte, ¿quién hallará bueno 
que, dando oídos á las calumnias de los emigrados napoli- 
tanos, insultase al Rey Fernando á la faz de toda Europa? 
¿Quién podrá aprobar que insultase también al gobierno 
de Austria, viéndose más tarde en la humillante situación 
de tener que dar satisfacciones por ello antes de entrar de 
nuevo en el Ministerio? ¿Ni á quién le parecerá bien que 
hiciese después cuanto de él dependía para romper los la- 
zos que unen á la Irlanda con la Inglaterra, yendo en la 
cuestión llamada del Home Rule más allá todavía que 
Bright, Chamberlain y los demás radicales? Aflige en ver- 
dad que un hombre de tanto talento incurriera en tales 
errores, y sea cualquiera el juicio que sobre él forme la 
posteridad, es lícito decir desde ahora que Gladstone ha 
sido más revolucionario que liberal y más filósofo que 
hombre de Estado. 



CAPITULO LXV 
Londres, de 1858 á. 1865. 



Numeroso Cuerpo diplomático. — Tor qué no penetra fácilmente en la alta sociedad. 
Talento de Persigny. — Excentricidades de su consorte. — Formas soldadescas de 
Malakoff. — Anécdotas del Barón Gros —Cortesía del Conde Apponi. — Genio 
alegre de la Condesa Bernsdorf. — Foca sinceridad de Brünnow. — Carácter ori- 
ginal de l8túriz. — Su reconciliación con el Cardenal AViseman. — Ingenuidades 
de Don Antonio González — Bellas prendas de Comyn y su señora. — El Conde 
de Lauradio y los demás plenipotenciarios. — Futuro destino de muchos Secreta- 
rios. 



Cuando yo era estudiante en Madrid había allí un anti- 
guo diplomático, el cual llamaba mucho la atención, porque 
era ya la única persona, fuera de los cocheros, que llevaba 
todavía un capote, dicho carrik, con una multitud de escla- 
vinas. Alto, delgado y viejo, recordaba mucho á Don Qui- 
jote. Por lo demás, á nadie causaba molestia. Llamábase 
Alvarado, y había sido durante muchos años Ministro de 
España en Stockolmo, donde le apreciaban generalmente. 
Con todo, tenía un carácter bastante raro y contaban de él 
cosas muy curiosas, y entre ellas ésta: que ni cuando lle- 
<í<'> á su destino ni después, en todo el tiempo que perma- 
neció en 61, quiso nunca conocer ni tener relaciones perso 
nales con el Ministro de Portugal, alegando para ello que 
consideraba á su Rey como un vasallo rebelde. Pues más 

de una vez recordé esta anécdota en Londres cuando mi- 
raba reunido todo el < iierpo diploma! ico. Pensaba yo ou,im 



410 

apurado se hubiera visto Alvarado, si hubiese sido nuestro 
Ministro en aquella Corte, en atención á que si considera- 
ba rebelde al Rey de Portugal, no habría considerado de 
otro modo á los de Bélgica y Holanda, y á los Presidentes 
de Méjico, Perú, Chile y todos los demás Estados de Amé- 
rica, que allí tenían representantes. Y en verdad, que es 
asunto digno de meditación el considerar cuántas nacio- 
nes han salido del seno de España, cuántos edificios se han 
formado con sus ruinas. No creo, sin embargo, que debamos 
afligirnos mucho por ello, porque una vez que desearon su 
independencia, no valía ya la pena de poseerlos. A los ame- 
ricanos principalmente les hemos dado religión, lengua y 
cultura. Bástenos esta gloria. 

Es aquel Cuerpo diplomático sumamente numeroso, y 
esta circunstancia explica que sus individuos no puedan 
tener allí la misma fácil entrada en la alta sociedad que 
tienen en otras partes. Entre jefes, secretarios, agregados 
y las señoras de los que estaban casados, que no eran po- 
cos, formábamos un total de más de cien personas. Claro 
está que se necesitaba un salón para solo nosotros, y por 
consiguiente, ninguna Lady, que daba una taza de té aun 
pequeño círculo de amigos, pensaba nunca en invitar á to- 
dos. Sólo algunos pocos tenían ese raro privilegio; los de- 
más eran considerados lo que llaman allí outsiders, ó gente 
fuera del círculo escogido, y no eran convidados más que 
en las grandes recepciones. Otra causa de exclusión era 
que por regla general todo aquel tropel de diplomáticos 
cambiaba con mucha frecuencia, pues aunque no tanto co- 
mo en España, hay también ahora en las otras naciones 
una gran inestabilidad en nuestra carrera, y la Erancia mis- 
ma, cuyo Emperador se permitió una vez echarnos en cara 
este defecto, tuvo cinco Embajadores en los ocho años que 



411 

yo estuve en aquel país; es decir, que cada uno duró poco 
más de año y medio. Ahora bien, en un círculo tan exten 
so como la aristocracia inglesa, no basta ese corto tiempo 
para ser conocido y apreciado. Decía con gracia el Con- 
de Apponi: «El primer año somos presentados, pero nadie 
nos conoce; en el segundo saben ya nuestro nombre; en el 
tercero se empieza al fin á hacer amistades?. Por eso suce- 
día que el Ministro de Portugal, el de Bélgica, el de Pia- 
monte, y algún otro que llevaban muchos años en Inglate- 
rra, gozaban de mejor posición social que los mismos Em- 
bajadores. 

Y no necesito decir el nocivo influjo que esto tiene 
en el éxito de ciertas negociaciones que exigen tiempo 
y prestigio. El jefe de misión recién llegado puede de- 
cirse que por mucho tiempo no conoce más que al Ministro 
de Negocios extranjeros y á sus colegas. 

Una buena manera de acortar el noviciado sería dar mu- 
chos banquetes y bailes; mas esto tampoco es allí fácil á 
causa de la carestía del país. Pocos son los jefes de misión 
cuyos sueldos son bastante crecidos para que puedan dar 
á menudo grandes fiestas. La mayor parte de ellos apenas 
le tienen para vivir con decoro, y los que le reciben más 
cuantioso piensan masen alionar que en dar lustre á su 
país y á su persona. Pasó ya el tiempo de los Embajadores 
suntuosos, que gastaban su propio patrimonio para brillar 
en las Cortes extranjeras, y si alguno hace un esfuerzo el 
primer año, cambia luego de paso, como la muía de alquiler. 
Además, la aristocracia inglesa es tan numerosa, tan rica 
y tan amiga del lujo, que do hay ningún diplomático que 
pueda competir con ella. Todos son pobres al lado de balea 

potentados, algunos délos cuales, COmO el Duque de West 
minster, tienen una renta de mil luirás esterlinas diarias, 



412 

por cuya razón nos miran casi con lástima y califican de 
mendigos (beggars, á todos los extranjeros. 

Pero digamos ya alguna cosa de los principales diplo- 
máticos que residían allí en aquel tiempo, empezando por 
los de Francia, que eran los más notables. A mi llegada 
era Embajador de aquel país el conocido Conde de Per- 
signy, inteligente y travieso aventurero, como su augusto 
amo, á quien había acompañado en Strasburgo y Boloña, 
y á cuyo golpe de Estado había contribuido mucho. Era 
pequeño de cuerpo, con ojos vivos é inquietos. Hablaba 
siempre de política y bien se le conocía que había empeza- 
do por conspirador y periodista. Sin embargo, servía bien 
á su país y era uno de los bonapartistas más sinceros y 
prudentes, siendo notable que la estrella de Napoleón III 
se fué eclipsando á medida que disminuía la influencia de 
aquel antiguo servidor y crecía la de la Emperatriz y otros 
Ministros. 

La Condesa de Persigny era nieta del Mariscal Ney, 
Príncipe de la Moskova, y no cabe exagerar su belleza; 
mas al propio tiempo era una niña mimada, con rasgos de 
extravagancia capaces de maravillar á los mismos ingle- 
ses. Citaré aquí dos de ellos. Convidada por Lady Malmes- 
bury á pasar unos días en su casa de campo, se puso á 
llorar amargamente, porque no le habían puesto más que 
dos velas en el tocador, en vez de cuatro, que, según ella, 
necesitaba. Un día que había gran comida en la Corte, 
volvió á su casa tan tarde del paseo, que el Conde su ma- 
rido se presentó solo en Palacio y trató de excusarla. Mas 
como en aquella época la Inglaterra tenía interés en de- 
mostrar mucha amistad á la Francia, la Reina tuvo la pa- 
ciencia de aguardar más de media hora. Al fin llegó la 
Condesa, y todas las excusas que dio fueron estas: «Per- 



413 

clone Vuestra Majestad que no haya sido más exacta, pero 
hoy es el día de la semana en que dan de comer á las ser- 
pientes boas en el Jardín zoológico, y tenía tanta curiosi- 
dad de verlo, que se me pasó la hora . 

Retirado Persigny después del incidente de los Corone- 
les, envió el Emperador al célebre Mariscal Pelissier, Du- 
que de Malakoff, esperando que sería bien recibido. Fuélo 
en efecto, pues estaba aún mu} r reciente el recuerdo de la 
guerra de Crimea y de los servicios prestados por aquel 
General á la causa común. Era un hombre pequeño y gor- 
do, con el pelo ya blanco, pero con facciones muy enérgi- 
cas. Hizo cuanto pudo por mostrarse amable; mas no dejó 
de descubrir de cuándo en cuándo su piel de viejo sol- 
dado. 

Desde luego empezó mal, porque el día en que entregó 
sus credenciales á la Reina, le preguntó ésta noticias de la 
salud del General Canrobert, á quien había conocido en su 
viaje á Francia, y Pelissier le dio esta respuesta: «¿Cómo 
quiere Vuestra Majestad que esté un hombre como él, que 
ya no es joven y va echando barriga, y á pesar de eso no 
hace más que correr tras de las mozuelas de los buleva- 
res?» Cualquiera que se represente el carácter pudibundo 
de la Reina Victoria, adivinará el efecto que le produjo tal 
lenguaje. Mas, como digo, en aquella época todo so le per- 
donaba á los franceses. 

Estaba casado Pelissier con una compatriota nuestra, 
la bella y amable Sofía Paniega, que fia mucho más jo- 
ven que él. Tenía aquella dama grande amistad y algún 
parentesco con la Emperatriz Eugenia, y fué ésta quien 
hizo su matrimonio, tanto porque de BUJO era muy c;is;i- 

mentera, como también por el deseo «le unir al Duque con 
la familia imperial por medio de i;in dulces lasos. Lo que 



414 

no sé yo es si la linda Duquesa fué siempre feliz con aquel 
oso nial domesticado. 

El tercer Embajador de Francia fué el viejo Conde de 
Flahaut, amante público que había sido de la Reina Hor- 
tensia y notable solamente por su exquisita cortesía. El 
cuarto se llamaba el Barón Gros, y era hombre de larga 
carrera. Había nacido en Barcelona, donde su padre era 
Cónsul de Francia, y hablaba el español como uno de nos- 
otros. Estuvo él mismo de Cónsul general de su país en 
Cádiz y conoció allí mucho á mi padre, por lo cual fuimos 
pronto buenos amigos. Gustaba, como todos los viejos di- 
plomáticos, de contar antiguas anécdotas, y diré aquí una 
de ellas que me pareció muy curiosa. Había estado el Ba- 
rón durante algún tiempo en la Comisión de límites con 
Francia, y refería que una vez el Plenipotenciario español, 
creyendo sin duda que con ello daría más fuerza á sus ar- 
gumentos, tuvo la ocurrencia de enviarle de regalo al Ple- 
nipotenciario francés un enorme esturión, dentro del cual 
había, no el anillo de Polícrates, sino un centenar de pelu- 
conas de oro. Añadía el Barón, como es natural, que esto 
los había hecho más amigos, pero no había cambiado en 
nada el estado de las negociaciones. Por fin, el Conde de 
Latour d'Auvergne, hombre también de carrera y á quien 
yo conocía mucho por haber sido mi colega en Roma, fué 
el quinto Embajador. Era uno de los diplomáticos más dis- 
tinguidos del segundo imperio y desplegó en su Embajada 
cierto boato aristocrático. 

Pasando de Francia á Austria, diré que el Conde de 
Apponi era el Embajador más cortés que había entonces 
en Londres. Decían todos los jóvenes diplomáticos que su 
acogida más fría era mucho más cordial que la de niugún 
otro jefe de misión. La Condesa, su esposa, tenía también 



415 

el mismo mérito. Además era muy elegante y sus faccio- 
nes, sin ser perfectas, formaban un conjunto embelesador. 
Había inspirado más de una pasión, y en aquel tiempo era 
muy admirada por el caballero Falbe, Secretario de Dina- 
marca. Su casa era nuestro gran recurso en la estación 
muerta, cuando se hallan cerrados casi todos los salones 
de Londres por residir sus dueños en el campo. 

El Conde de Bernsdorf, Embajador de Prusia y la Con- 
desa, su mujer, poseían asimismo una cordialidad rara. El 
carácter de él era sumamente franco, sin nada del mutis- 
mo y tiesura de otros diplomáticos; y en cuanto á ella, con- 
firmaba el dicho vulgar de que no hay mujer festiva que 
parezca fea. Alegre como unas castañuelas, no perdía nin- 
guna ocasión de reirse, y de mostrar al mismo tiempo 
unos dientes mu}' lindos. En aquel tiempo empezaron á 
usarse los retratos en fotografía, y se vendían en las tien- 
das de Londres, y la Condesa se regocijaba mucho, por- 
que según la habían asegurado, era el suyo uno de los que 
tenían más despacho. 

Del Barón Brünnow, Embajador de Rusia, diré solamen 
te que era un tipo del antiguo elegante con corbatín enor- 
me y picos de camisa formidables. Era casado y viejo; 
mas eso no obstante, tenía una querida joven, á la cual, 
según se supo, le enviaba diariamente el cocinero de la 
Embajada ana excelente comida. Había estado mucho 
tiempo en Londres, con el solo intervalo de la guerra de 
Crimea, y pasaba por un buen diplomático. Faltábale con 
todo sinceridad, como lo prueba este hecho. Cuando so re 
tiró de su puesto, al estallar la guerra, (ué á despedirse do 
bus colegas, y le dijo al Embajador de Prusia: Vengo de 
despedirme de ese cochino de Waleskl , y añadió luego 
otras lindezas por <•! mismo estilo sobre su colega de Pran 



416 

cia. Mas el prusiano supo después con admiración, que no 
sólo se había despedido muy cordialmente de aquél, sino 
que al separarse en la antecámara le había dado un estre- 
cho abrazo. 

Musurus Bey, el Embajador de Turquía, era un griego 
muy fino y muy ladino, que había hecho su carrera gracias 
á su gran talento y á su matrimonio con una Princesa Vo- 
gorides, tan rica y linajuda como gorda. Era, sin embargo, 
bastante modesto, y cuando llegó el Mariscal Pelissier, le 
preocupó mucho la idea de tener que tomarle el paso, como 
más antiguo, en las ceremonias de la Corte. Tuvo la ocu- 
rrencia de ofrecerle por ello excusas; pero el Mariscal le 
respondió con mucha agudeza: «Vaya usted delante, ami- 
go mío, que yo iré detrás para sostenerle». 

Mas vengamos ya á los Plenipotenciarios, de los cuales 
el más notable por sus antecedentes era mi nuevo jefe 
Don Javier de Istúriz, nombrado en lugar de González Bra- 
vo. Ya he dicho bastante sobre él en otros capítulos. Aquí 
añadiré que empezaba ya á decaer, porque se acercaba á 
los ochenta y no tenía, á la verdad, la actividad que se ne- 
cesita para un puesto como el de Londres. Además, no fué 
nunca la diplomacia su grande afición: era ante todo un 
hombre político. Dejaba para mí el trabajo de la Legación, 
como hacía Pastor Díaz, y pasaba su tiempo leyendo perió- 
dicos y escribiendo á sus amigos de Madrid, á fin de que le 
tuviesen al corriente de lo que allí sucedía. Conocía muy 
bien el francés, y leía corrientemente el inglés, pero no ha- 
blaba este idioma como aquél, y manifestándole yo un día 
mi extrañeza por ello, en atención á que había estado emi- 
grado en aquel país cercade diez años, me contestó una cosa 
muy filosófica y muy notable: «Querido mío, me dijo, es un 
error pensar que yo estuve aquí emigrado diez años; la ver- 



417 

dad es que no lo estuve más que ocho días, porque cada 
semana esperaba una revolución en Madrid, y vivía, por 
decirlo así, con la maleta hecha para marcharme á España». 

Otra grande afición suya era la comida y la bebida, y 
aunque tenía en casa buen cocinero, solía comer en el Club 
de los extranjeros (Traveller's Club), donde tenían entrada 
libre los diplomáticos, y cuyo químico, como él decía, era 
de primer orden. Convidábame alo-unas veces y me dejaba 
escoger los platos, encargándome, sin embargo, que no hu- 
biese muchas aves, de modo que saliésemos volando, sino 
cosas más sólidas. No comía pan, y decía que ésto era un 
alimento muy indigesto, inventado por los tiranos para lle- 
narle la barriga á la piche Salía poco de «'asa, y los domin- 
gos por la tarde recibía á la colonia española, de la cual era 
muy respetado y querido, como también de la sociedad in- 
glesa. 

La única persona notable con quien no corría bien, era 
el famoso Cardenal Wiseman, á causa de que éste no que- 
ría devolvernos sin condiciones el patronato que de anti- 
guo poseíamos en la iglesia de Santiago de aquella capital, 
y que habíamos perdido durante la época revolucionaria 
por no haber pagado la asignación que también de antiguo 
daba España á aquella iglesia. Pretendía el Cardenal, no 

sin apariencias de razón, (pie vol viéramos ;i darla, é fstú- 
rix se empefiaba en DO hacerlo, sosteniendo (pie no existía 

relación alguna enl re ambas cosas. Entre lauto era de muy 
mal efecto y casi escandaloso para los católicos, que el ( ';ir 
denal y el Ministro de España llO se conocieran ni visita 
sen; por lo cual, hice yo todo lo posihle ;i lin de reconciliar 

los y establecer enl re ellos un modas viví ndi decoroso, y al 

Cabo lo Conseguí, no sin sufrir antes muchos ludidos y ne- 
gativas «le Istúri/. Acompañóle á la primera visita que le 
Tomo II 21 



418 

hizo al Cardenal, y me causó mucha risa que cuando vio, 
al subir la escalera, que estaba puesta la mesa en el come- 
dor del piso bajo, recitó estos versos del Facistol de Boi- 
leau: 

La discorde en entrant qui voit la talle mise, 
Admire un si hel ordre et reconnai V Eglise. 

Después de aquel día hubo entre ambos personajes, si 
no una amistad verdadera, al menos unas apariencias 
muy satisfactorias. Porque Istúriz era escéptico, incli- 
narlo á las dudas de la segunda academia; pero no im- 
pío ni clerófobo, y anticipando algo los hechos, diré que al 
fin tuvo la fortuna de morir como buen cristiano, pues 
cuando se agravó en su última enfermedad, un caballero 
amigo suyo, de nombre Barrio Ayuso, le preguntó si no de- 
seaba recibir los Santos Sacramentos: «Dejémoslo para ma- 
ñana», dijo Istúriz. «íSV manemequcesieris, non suhsistam»,\e 
respondió Ayuso. «Pues hágase cuando usted quiera 1 , repli- 
có el enfermo. Hízose al instante, y fué tan á tiempo, que 
aquella misma noche entregó su alma al Creador. 

Nombrado IstiVriz Presidente del Consejo de Estado, 
vino á reemplazarle Don Antonio González, quien ya ha- 
bía desempeñado aquel puesto en tiempo de Espartero, lo 
cual quiere decir que era un progresista de antiguo cuño, 
aunque por entonces formaba parte, como Istúriz, de la 
Unión liberal. Y no podían darse dos personas de aspectos 
y caracteres más contrarios. Istúriz, una flor de pulcritud, 
de distinción y cortesanía; González, una imagen viva de 
nuestro burgués poco educado y liberal. Istúriz decía de él 
que no era más que un mísero leguleyo. Sabía, con todo, 
bastantes leyes para ser un buen abogado en España, y 
mucho más en el Perú, donde pasó los años de la emigra- 



419 

ción. Volvió de allí con dinero y con ideas muy liberales, 
aprendidas en aquella república, y ayudado de cierto aire 
misterioso é importante, obtuvo al instante un buen lugar 
entre los progresistas, ansiosos de contar en sus filas hom- 
bres ricos é independientes. Desempeñó carteras y ocupó 
puestos elevados durante la regencia de Espartero, y en- 
tonces le enviaba O'Donnell á Londres para premiar la 
cooperación que prestaba á su partido. Era de genio bon- 
dadoso y modesto, por lo cual daba más pena el verle co- 
meter á cada paso ingenuidades de toda especie, no por 
falta de talento, sino porque no era hombre de mundo ni 
estaba acostumbrado á la vida del extranjero. Al igual de 
Vargas, Ugarte, Castillo, el mismo Mon y tantos otros del 
antiguo y nuevo régimen, era un pez fuera del agua, un 
.tutor ultra crcpiJam. 

De él se podía decir lo que decía Madama Montespan 
del Marqués de Dangeau: que era imposible no quererle, é 
imposible también no reírse de sus cosas. A poco de llegar 
dio nn banquete diplomático y no hubo forma de que se 
vistiese de frac hasta que, viendo que todos sus convida 
dos lo traían, fué de prisa á ponérselo. Con todo, conservó 
encasquetado todo el tiempo de la comida un gorro griego 
de terciopelo colorado, con borla de oro, que no se quitaba 
nunca por temor de resfriarse, y á los postres tuvo la ocu- 
rrencia de hacer venir á un criado español, para que voci- 
ferase algunas canciones andaluzas muy ordinarias al son- 
són de una guitarra, que D.0 era la cítara de Orfeo. Una n<> 
che (pie comía cu el ('lul> con el Secretario Sorela, le hizo 

notar éste que es ana mesa inmediata había comido 1 Lord 
Clarendon. «Por vida del chápiro, exclamó González, ¿por 

qué no me lo ha dichoVd. antes, y hubiera pagado poní? 

Señor Don Antonio, le respondió Sorela, Clarendon lo ha 



4 -Jo 

hiera llevado muy á mal, porque aquí no existe esa cos- 
tumbre».— «Vamos, vamos, le replicó él; desengáñese Vd., 
que á nadie le disgusta que le paguen la comida». 

No duró mucho aquel Ministro en su destino, y fué sus- 
tituido por Don Juan Comyn, persona digna por todos es- 
tilos de ocuparle, pues á más de ser diplomático de carrera, 
había estado antes en Inglaterra como Secretario, y era 
allí muy estimado. Ya he dicho en otra ocasión que éramos 
amigos desde la primera juventud y que á él le debí en 
parte mi entrada en la carrera. Su señora, una Crook de 
Málaga, era muy bella y muy graciosa, y ambos tuvieron 
una acogida excelente en la sociedad de Londres. 

De España pasemos á Portugal. El Conde de Lauradio, 
su Ministro, era un viejecito muy inteligente y muy ama- 
ble, con quien manteníamos todos los españoles las rela- 
ciones más íntimas posibles; de tal suerte, que se le trataba 
como si fuese un compatriota. Me parece que le estoy 
viendo delante de mí con su fisonomía llena de viveza y 
sus modales de cortesano. Sufría mucho del frío y había 
contraído por ello la costumbre de restregarse siempre las 
manos, aun en mitad del verano. La Condesa, su mujer, 
era fea, pero bondadosa, y tenía mucha entrada con las 
grandes damas del país, las cuales la apreciaban por noble 
y por portuguesa, siendo cosa sabida que han tenido allí 
siempre preferencias por los diplomáticos de aquella nación. 

El Marqués de Azeglio, Ministro del Piamonte, era un 
gallardo hombre, algo afeminado, pero distinguido y agra- 
dable. Sobrino del célebre literato y estadista del mismo 
nombre, llevaba este peso sin desaliento ni orgullo, y aun- 
que tenía pocas letras, sabía mu}' bien su oficio y gozaba 
de una posición social envidiable, A pesar de que ya no era 
joven, hacía todavía la corte á las damas. El de Bélgica, 



4-21 

Van de Weyer, tenía también una posición excepcional, en 
atención á que la Reina le distinguía por ser el represen- 
tante de su Augusto tío el Rey Leopoldo. El Conde Witz 
thurn, Ministro de Sajonia, era buen mozo y entendido y 
hubiera sido más apreciado, si no fuese porque hacía tan- 
tas* preguntas. Clarendon, á quien perseguía con ellas, le 
llamaba el tirabuzón. El americano Adams pasaba por muy 
hábil, y en fin, casi todos eran personas de distinción y ta- 
lento. 

Los Secretarios de Legación eran asimismo jóvenes de 
muchas esperanzas y formaban un lucido plantel de futu- 
ros personajes; y con efecto, muchos de ellos han ascendi- 
do á Ministros Plenipotenciarios, tales como Chotek, Falbe, 
Solvyns, Paumgarten, y yo mismo; otros han llegado á ser 
Embajadores, como el Conde de Corti, el de Casa-Valencia, 
Merry del Val, Karoli y Kalnoky, y en fin, algunos han 
sido nada menos que Ministros de Negocios extranjeros, 
como el mismo Casa- Valencia, Kalnoky y Tricoupi. Todos 
ellos demostraron sus privilegiadas dotes para el ejercicio 
de la carrera diplomática. 



•••*•• 



CAPITULO LXVI 
Londres, de 1858 á. 1865. 

La alta sociedad <le Londres. — Numerosa aristocracia. — Puede ser comparada con 
la antigua de Roma. — Paseo en los parques —El té de las cinco. — Recepciones 
oficiali s y privadas. — Railes de la Duquesa de Inverness. — Reuniones de caballe- 
ros. —Fiestas del Barón Rotschild. — Bailes nacionales. — Comidas de la Duquesa 
de Soroerset. — Lady Clementina Villiers y otras lindas damas. — La Belleza de 
la Estación. — Buen influjo del ejunplo de la Reina en las costumbres de aque- 
lla época. — La sociedad católica. — Lord y Lady Petre — Familias españolas. — 
Carácter del Cardenal Wiseman.— Tuvo la gloria de dejar firmemente restable- 
cida la Iglesia católica de Inglaterra. 

La alta sociedad de Londres sería la primera de Europa 
por su buen tono y por sus hermosas mujeres, si las casas 
no fuesen tan pequeñas y la concurrencia tan grande. 
Compónela casi exclusivamente la clase noble y la alta 
burguesía, que llaman gentri; pero ambas son tan numero- 
sas y sobre todo tan ricas y tan amigas de recreos, que todo 
lo invaden, todo lo llenan, convirtiendo en tropeles las más 
elegantes reuniones. Llegan del campo, cansados de la vida 
tranquila que allí llevan y del círculo estrecho de amigos 
y vecinos, y traen banibre de divertirse, no cesando en tan 
fútil tarca desde por la mañana hasta la noehe. I, a familia 
Benoíton, tal como la pinta Sardón en su ehistosa comedía, 
es en punto al bullebulle el retrato de casi todas las de ln 
glaterra durante lo <pie llaman la estación (aeason), ó sea los 
meses del año <JU€ suden pasaren Londres. 

Pretenden algunos (pie aquella aristoeraeia es en reali 



424 

dad inferior á otras muchas del Continente; mas en esto 
hay, á mi ver, grande exageración. Es posible que no haya 
allí linajes de tanta antigüedad como los de Levis y Rohan 
en Francia, Máximos y Colonnas en Italia, Salm y Erbach en 
Alemania, Albas y Osunas en España; pero me parece que 
la de los Howard, Chanclos, Talbots y Gordons es bastante 
respetable. Además, si de méritos militares se trata, pocos 
nobles los tienen mayores que los ingleses, vencedores por 
mar y por tierra en tantas y tan decisivas batallas. En fin, 
es muy notable en ella un carácter eminentemente político, 
que la asemeja, cual otra ninguna, á la nobleza de la anti- 
giia Roma. Los Señores ingleses no han cifrado su princi- 
pal orgullo en servir en la Corte, como los de Alemania y 
España y también los de Francia, algunos de los cuales te- 
nían á grande honra el asistir al tocador del Monarca, sino 
que han influido activamente en la política de su país, li- 
mitando el poder de los Reyes. 

Cuando aquella turba rica y desocupada llega á Londres 
en mitad del invierno, no piensa, como digo, en otra cosa 
que en inventar pasatiempos. Empiezan por ir todas las 
mañanas á los Parques, principalmente al más magnífico 
de ellos, llamado Hyde Park, unos en coche, otros á caba- 
llo, otros á pie. La cantidad y elegancia de los carruajes, 
de sus tiros y libreas, es sorprendente, pues en este punto 
merecen los ingleses la palma. El número de amazonas es 
también muy grande, y los caballos que montan son en 
general de la más pura raza. Van acompañadas de muchos 
caballeros y llevan ellas y ellos caballerizos con su librea, 
los cuales los siguen cual si fueran sus rabos, según lo dice 
Sancho de los que había visto hacer lo mismo en Madrid. 

Hay muchas casas donde tienen convidados para el se- 
gundo almuerzo (luncheon), el cual es, en realidad, una co- 



4'25 

mida, y en otras se da el té á las cinco y se renne con este 
motivo una sociedad escogida, principalmente de señoras, 
que consumen además del té, muchas tortas y tostadas. 
Llega luego la comida, que es á las ocho, y admira el apetito 
con que aquellas damas devoran de todos los platos á pesar 
de haberse llenado ya antes por dos veces de varias clases 
de manjares. Por último, después de comer vienen el teatro 
y las sociedades. Del teatro hablaré en otro capítulo; de 
las sociedades diré aquí que se dividen, como es natural, 
en oficiales }' privadas. Contaré algo de unas 3' otras. 

La Duquesa de Inverness, viuda del Duque de Snssex, 
hermano del líltimo Rey, daba muy buenos bailes en su 
palacio de Kensington, rivalizando casi con los de la Corte. 
El matrimonio de esta señora no había sido nunca recono- 
cido oficialmente; pero como ella era muy amable y sus 
fiestas muy brillantes, no faltaba gente en sus salones. 
Lady Palmerston recibía semanalmente y le ayudaba á ha- 
cer los honores la bella Lady Shaftesbury, hija de su pri- 
mer matrimonio, la cual se conservaba aun de muy buen 
parecer, aunque empezaba á ser jamona. Era entonces su 
principal admirador el apuesto Marqués de Azeglio. Su 
marido, Lord Shaftesbury, mezcla singular de misticismo 
y espíritu moderno, gastaba mucho en promoverlas misio- 
nes protestantes y también en propagar la afición á la mú- 
sica clásica y sagrada. Un rasgo suyo me le hacía singular 
mente simpático, y ora que á su iniciativa Cae debida una 
ley, en virtud de la cual quedó prohibido el trabajo tMi las 
minas á bis mujeres y niños, los cuales eran t ratados antes 
en ellas como verdaderos esclavos. 

Lady Derby, Lady Stanley de áJderley , Lady Salisbury 
y otras esposas de Ministros presentes 6 pasados, recibían 
también con frecuencia. Lad\ Balisbury era muy agraoia 



426 

da y tenía un trato muy llano. Sn casa era una ele las más 
espaciosas de Londres y recordaba los palacios de Italia. 
A veces sucedía que había tres ó cuatro grandes routs en 
la misma noche y era difícil cumplir con tantos compromi- 
sos. Mas el Conde Corti, viejo ya en aquella capital, me 
enseñó la manera de verificarlo, la cual consistía simple- 
mente en hacerse bien notar en la entrada por un emplea- 
do del Morning Post, que conocía á todo el mundo, y situa- 
do al pie de la escalera apuntaba en su cartera á cuantos 
llegaban; asomarse luego á los salones y saludar, si era po- 
sible, á la señora de la casa, 3^ volverse á salir á los pocos 
instantes para repetir lo mismo en otras hasta llegar á la 
que más agradaba. Haciendo esto era seguro que al día si- 
guiente los dueños de cada una de ellas leerían en el men- 
cionado periódico fasionable el nombre de mi mujer y el 
mío, lo cual era lo bastante, yjues apenas podían hacer me- 
moria de toda la gente que salía y entraba en sus salas. 

A más de las recerjeiones de damas y caballeros, había 
otra de éstos solos. El Ministro de la Guerra y el de Mari- 
na, por ejemplo, recibían de cuándo en cuándo á los oficia- 
les de su dependencia y también á los Ministros extranje- 
ros y á muchos miembros de las Cámaras, costumbre que 
creen mu}' á propósito para que se conozcan todos y hagan 
relaciones personales. Por regla general, los ingleses odian 
las visitas durante el día y no tienen tiempo para ellas; 
son las señoras quienes llevan y distribuyen las tarjetas 
de los maridos cuando salen á pasear en coche. Pero de 
noche salen también los hombres con mucho gusto, y aun- 
que vayan antes al Club, suelen vestirse de sociedad allí 
mismo, donde hay para ello baños y toda clase de como- 
didades. Visten muy atildados, y aunque no tienen tanta 
afición como los franceses á veneras y cintas, no dejan de 



427 

lucirlas en las graneles ocasiones. La primera condecora- 
ción inglesa es, como se sabe, la Jarretiera, y después de 
esta aprecian mucho la del Baño, nombre asimismo singu- 
lar, pero que recuerda bien su origen. Instituyóla el ambi- 
cioso y astuto Enrique IV para afirmar su usurpación, y la 
dio á aquellos caballeros que le demostraban más amistad 
y que, conforme á la usanza feudal y caballeresca, habían 
tomado un baño al mismo tiempo que él, después de ha- 
ber pasado en vela toda la noche que precedió á su coro- 
nación. 

Entre los particulares que daban bellas fiestas debo ci- 
tar á los Barones de Rotschild, personas tan opulentas 
como afables, cuya casa era una de las más concurridas, 
pues entonces no existía aún ninguna preocupación anti- 
semítica. Esta especie de manía es cosa muy moderna, y 
en mi sentir, procede del odio al capital, fomentado por 
los socialistas, siendo por eso deplorable que muchos cris- 
tianos los imiten, creyendo que el sentimiento religioso 
entra por algo en ese delirio. Como quiera, en aquel tiem- 
po los judíos eran, no sólo estimados, sino casi personas 
de moda, gracias á la novela de Disraeli, titulada Con- 
ui/if/shi/, en la cual trata de probar la excelencia de esa ra- 
za, enumerando multitud de personajes hábiles é ilustres 
pertenecientes á ella, no sólo en los siglos pasados, sino 
también en la Edad Moderna, talos como Soul y Massena 
en Francia, Mendizábal en España, Meyerboor y Mondel- 
sohn en Alemania, Rossini y la Grisi en Italia. 

Tienen los ingleses macha afición al baile y poseen al- 
gunos nacionales, que no dejan do ser graciosos. Desde 
luego pretenden haber sido los inventores de La contra- 
danza (country dance), pero es más genuino inglés ano a 
que lian dado el nombre de Sir Rog< er de Voverh //, que ei el 



i'28 

tipo de un Barón campesino, creado á principios del si- 
glo xvín por Steele, en su célebre Espectador. No acaba 
ningún baile en Inglaterra sin que tenga lugar éste, que es 
siempre nuevo, siempre agradable para aquellos buenos 
insulares, apegados por carácter á todo lo que es nacional 
y antiguo. Pero todavía más arcaico y singular es otro al 
cual llaman reel ó ril, y que se usa más particularmente en 
Escocia, aunque también lo conocen en Inglaterra é Irlan- 
da y aun en Dinamarca, cuyos pueblos sin duda le apren- 
dieron durante sus invasiones en la Gran Bretaña. Su an- 
tigüedad es grande y probablemente será de origen celta. 
Los caballeros escoceses le tienen tanta afición que lo bai- 
lan hasta en las fiestas de la Corte, y he visto muchas ve- 
ces á los Campbells, Douglas y Hamilton bailarlo delante 
de la Reina, dando saltos y volteretas, á pesar de hallarse 
vestidos con el uniforme de su rango. Viene esto á ser 
como si los Ayerbes, Villahermosas y Fuentes, vestidos de 
uniforme, bailaran la jota aragonesa delante del Rey de 
España. 

Pero digamos ya algo de las comidas. En primer lugar 
son tan numerosas que es preciso evitar muchas de ellas, 
especialmente si son de personas que poco se conocen, 
usando la fórmula consagrada que es alegar un convite 
anterior (previous engagement). Eran excelentes las de los 
varios Embajadores, en especial los de Francia y Austria. 
En cuanto á las inglesas, ya he referido en otro capítulo 
cómo eran en la época de mi primera visita á aquel país. 
En mi segunda y más larga permanencia noté que había 
en esto mucho progreso, habiéndose introducido paulati- 
namente el modo de servir- ruso y la cocina francesa. Rots- 
child precisamente las daba muy buenas, y también Pal- 
merston y Derby. La Duquesa de Somerset, señora ya de 



429 

cierta edad, pero muy amiga de ver gente, las tenía tam- 
bién espléndidas. Era grande amiga de Istúriz y no menos 
de Van Dockum, Ministro de Dinamarca, y llevaba su ama- 
bilidad con ellos hasta el extremo de cambiar en honor 
suyo los nombres de los platos, de suerte que cuando con- 
vidaba por ejemplo al primero teníamos en el menú costi- 
llas á la Istúriz y chícharos á la andaluza, y cuando con- 
vidaba al segundo se llamaban aquéllas á la Van Dockum 
y éstos á la dinamarquesa. Y es notable en los banquetes 
ingleses el brillante escenamiento, el lujo de los acceso- 
rios, los ricos recipientes de plata y los criados altos y ele- 
gantes, grandia vasa, gran les «erras, como en la antigua Ro- 
ma. Bebían los ingleses siempre copiosamente, mas no 
tanto como veinte años antes, ni era ya tan largo el tiem- 
po que se quedaban solos después que se retiraban las 
damas. También en esto se han corregido de una manera 
notable. 

He ponderado ya, á propósito de las fiestas de Palacio, 
la hermosura de las señoras de Londres, citando algunas 
de ellas. Ahora añadiré los nombres de otras, empezando 
por Lady Clementina Villiers, cuya madre, la ( londeea « 1 « * 
Jersey, era una de las señoras que más recibían. A aquella 
casa íbamos siempre todos con gran gusto, sólo por ver de 
cerca á tan interesante joven, la cual, sobro ser bonita como 
una miniatura, era también muy discreta. VA Duque Don 
Mariano de Osuna, hermano y heredero de aquel bello Don 
Pedro, á quien conocí en Madrid, pretendió hacerla su es- 
posa; poro olla ni. lo ijuiso, alegando (pío ora mu\ pesado; 
y no la faltaba razón, pnea lo hacia visitas de dos y tros 
lioraH sin decir nada divertido. Al fin se casó aquel Duque 

con una Princesa de Salín y fue Embajador en San Peten 
bnrgO, donde tanto él COmO su mujer si' dieron tan buena 



430 

maña que en poco tiempo disiparon todo su caudal, que 
era uno de los mayores de Europa, é hicieron que aquella 
casa fuese de las que terminan en punta, segúu la expre- 
sión de Don Quijote. Otras señoras muy bellas eran Lady 
Duncan, á quien había conocido en Italia, y Lady Jocelyn, 
dama de la Reina. La Condesa de Clarendon, aunque fría 
como una estatua de mármol, era buena moza. Y en fin, 
cada ailo venía á la capital algún nuevo astro, alguna nue- 
va señora ó señorita, digna del premio de la hermosura, el 
cual consistía en ser declarada por todos la Belleza de la 
Estación. En mi tiempo lo fueron la elegante Ladj- María 
Craven, la linda Marquesita de Chanclos, la graciosa Lady 
Cecilia Molyneux, cuya rubia cabellera podía ser compa- 
rada con la misma de Berenice, y otras varias que no re- 
cuerdo. 

Dice en sus Crónicas el francés Froissard que les ungíais 
s'amusent moult tristement. Sin embargo, en sus bailes y sa- 
raos reina tanta alegría, si no más que en los del resto de 
Europa, y lo mismo se observa en las reuniones del pueblo. 
Lo que sí había en aquel tiempo era mucha moralidad, al 
menos aparente, en los altos círculos sociales, ya sea por 
una reacción natural contra los excesos del siglo anterior, 
como sucedía también en Italia, ó ya naciese esto del buen 
ejemplo dado por la Reina y su esposo, pues, como dice 
bien el poeta Claudia no, el mundo se conduce á ejemplo 
de los Reyes: compomtur <»■}»'* Regís ad exemplum. Por lo de- 
más, había allí, más ó menos encubierto, lo que no falta 
nunca en las grandes sociedades: hombres amartelados y 
mujeres sensibles. Y bien nos lo hubiera podido decir una 
cierta Lady Mary Ailesbury, señora fea pero inteligente y 
amable, la cual se hallaba en todas partes y tenía una ha- 
bilidad particular para saber las vidas ajenas. Mas sin ne- 



431 

cesidad de su auxilio cualquiera podía notar que la Duque 
sa de Manchester, por ejemplo, no era indiferente á los ob- 
sequios de sus adoradores, principalmente del futuro Du 
que de Devonshire, con quien al fin se casó á la muerte de 
su primer marido. Y lo hacía con tanto arte y tanta suer- 
te que nadie murmuraba de ella como de otras, y la Reina 
misma, tan severa con esta clase de deslices, cerraba mu- 
cho los ojos cuando se trataba de ella, primero porque era 
Duquesa, y después porque era alemana, pues la Augusta 
Señora no olvidaba nunca el origen de su familia y tenía 
una simpatía manifiesta hacia las personas y cosas de 
aquella nación. 

Es tal la magnitud de Londres que toda esta sociedad, 
con ser tan numerosa, cabe en la parte occidental (West 
End); pero existen además otras varias que viven al Norte 
de Oxford Street, y en los alrededores de Russell Squa- 
re, compuestas principalmente de banqueros, negociantes, 
abogados y artistas. Sólo por excepción penetré alguna vez 
en aquellos círculos, porque los del West End no dejan 
tiempo para otros. A donde sí íbamos mucho, principal- 
mente los diplomáticos españoles, era á otra sociedad, que 
se podía llamar católica y apostólica, en razón de (pie se 
componía casi exclusivamente de familias de esa creencia. 
El Duque deNorfok, el Conde de Schrewslunv y Lord Kon 
Miare eran los principales señores católicos; pero éstos vi- 
vían en los centros de la Corte y del West End y pocas ve 
ees eran vistos fuera de ellos. En la sociedad de que estoy 

liahlando ocupaba el primer puesto Lord Petre, pertene- 
ciente á una familia católica, cuyo nombre está unido en 

la historia literaria de aquel país COD el del célebre poeta 

Pope, que compuso bu delicioso poemita del Rizo robado 
fundándolo en el hecho verdadero de que un Petre, ena 



432 

morado de Arabela Fernior, le cortó y robó uno de sus be- 
llos rizos. Lad}~ Petre era una dama tan agraciada como 
piadosa. Venía luego el Almirante Manners, hombre de 
varia instrucción, cuya mujer era una Condesa de Noé, de 
nación francesa. Mistress Washington Hibbert, dama rica 
y devota, cuyas hijas eran muy bonitas, pertenecía asi- 
mismo á tan noble compañía. Era algo extravagante y ri- 
valizaba con Lady Ailesbury en los enormes tirabuzones 
y en el continuo bullebulle. Lady Georgina Fullerton era 
todavía más notable, á causa de su gran talento. Escribía 
esta señora con mucha gracia y ha publicado varias nove- 
las por extremo interesantes. 

Uníanse también á estas familias inglesas algunas es- 
pañolas. Mencionaré las más conspicuas. Don Pedro Zu- 
lueta, Conde de Torre Díaz, rico gaditano, establecido allí 
de antiguo, 3' casado con una señora inglesa bella y ama- 
ble, tenía casa abierta y ejercía la hospitalidad del modo 
más espléndido. Sus hijas eran 111113' lindas. Era grande 
amigo de Istúriz y nos dispensaba á todos los españoles 
una acogida eordialísima, de suerte que era aquella casa 
uno de los mayores recursos de nuestra Legación en Lon- 
dres, como la de Bivona en Ñapóles y la de Lasquetty en 
Méjico. 

Mariquita Mora, hermana del opulento propietario Don 
José Moreno de Mora, de Cádiz, tenía todos los domingos 
una comida de españoles, convidando por turno á toda la 
colonia. 8a marido, Mr. Gassiot, era inglés, pero educado en 
España 3^ amigo de nuestras costumbres, franco, amable 3 r 
generoso. Don Guillermo Balleras, representante del famo- 
so banquero Salamanca, tenía asimismo los domingos mesa 
de españoles. Estaba casado con una sevillana, prima her- 
mana mía, la bella Paca Lerdo de Tejada. Don Cristóbal de 



433 

Murrieta era también uno ele nuestros ricos hombres. Aña- 
diré á Goyeneche, otro banquero muy respetable, y Casta- 
ñeda, fiel tertuliano de Istúriz, antiguo emigrado del año 20, 
que había vivido siempre en Londres con varias comisio- 
nes del Ministerio de Hacienda. 

ídolo de casi todas estas excelentes personas, era en 
aquella época el célebre Cardenal Wiseman, sobre el cual 
debo detenerme un poco. Era este prelado una persona no- 
table por todos conceptos, y parecía formarlo adrede por la 
Providencia para desempeñar el alto puesto que ocupaba 
en Londres. Su padre era inglés, su madre irlandesa, de 
manera que representaba bien á los dos pueblos, de razas 
y creencias tan diferentes. Conocía perfectamente las preo- 
cupaciones del uno y las necesidades del otro, y les inspi- 
raba á entrambos tanta estimación como confianza. Nació 
en España y tomó allí algo de nuestra constancia; educóse 
en Roma y en ella recibió el molde intelectual indispensa- 
ble para ser el apóstol de la Santa Sede, <>1 depositario de 
sus deseos y de sus máximas. 

Su ingenio era grande, su erudición poco común. Buen 
teólogo, buen lingüista y orador fácil y elocuente, tenía 
aptitudes para toda clase de estudios. Compuso de todo. 
Una Historia dé los cuntid últimas /'aj,rts t juiciosa y exac 
ta. Unas Lecciones sobre la conexión que existe entre la cien 
da moderna pía religión revelada, en las cuales demuestra 
el origen común de las lenguas \ de las razas, \- el desarro- 
llo progresivo de loe reinos vegeta] y animal. Una novela 

titulada Fabiola, donde hay bastantes recuerdos del Ultimo 
<h'.t ili Pompeya de Bnlwer, mas cuya lectora es tan amena 

y edificante, que hoy día es el primer libro de mi clase qne 

pone en mano de sus lujas una madre crist ¡ana. Y un Esta 

<l¡t) acerca délas ceremonias religiosas il< lu Semana Santa < u 

Tomo II 2fi 



434 

Roma y de la músico sagrada, que es asimismo muy bello. 
Tanto talento y tanto saber le granjeaba el aprecio de los 
mismos protestantes, mientras que su celo y su piedad le 
atraían la admiración y el cariño de los católicos. 

Su aspecto no era precisamente el de un santo. Alto, 
grueso, con cara muy redonda y inuy colorada, amigo de 
la sociedad, como buen prelado romano, aficionado á comer 
y beber, como buen inglés, apacible, si no jovial, nada ha- 
bía en su persona que le hiciese temible por lo austero ni 
criticable por lo mundano. Sus costumbres eran irrepren- 
sibles, su piedad exenta de exageraciones. En la iglesia era 
un gran misionero, en los salones un conversador uiuy 
agradable. Adorábanle las señoras y algunas lo demostra- 
ban con exceso, tratándole como á un pequeño Papa. Iba 
mucho á casa de Lady Petre y del Conde de Torre Díaz, y 
era de ver cuando allí entraba, ¡cómo se conmovían las da- 
mas presentes, qué reverencias tan profundas le hacían, 
cuánto besuqueaban su anillo! Poco más hubieran hecho 
por el mismo Santo Padre. Acompañábale siempre su fiel é 
inteligente Secretario, Monseñor Searle, regordete, regoci- 
jado y hombre de mucho mundo, el cual, á pesar de ser 
muy buen eclesiástico, pasaba parte de su tiempo leyendo 
novelas, con pretexto de que debía dar conocimiento de 
ellas á Su Eminencia. 

Murió Wiseman en edad relativamente temprana; mas 
tuvo la gloria de dejar firmemente restablecida la Iglesia 
católica de Inglaterra, y de verla aumentada con millares 
de conversiones de personas de todas clases. En su tiempo 
fué edificada la bella Catedral gótica de San Jorge, obra 
del arquitecto Pugin, y situada á la derecha del Támesis, 
en la parte meridional de Londres, y varias grandes y her- 
mosas iglesias en los mejores barrios de aquella capital, 



435 

tales como el Oratorio de Brorupton, de arquitectura italia- 
na y adornada de ricos mármoles, y la de los jesuítas de 
Farm Street, de estilo gótico florido, en el centro de May- 
fair, á las cuales concurrían las señoras más elegantes de 
la comunión católica. Asistí con verdadera pesadumbre á 
sus exequias en la Catedral de San Jorge, y conocí aquel 
día por primera vez al ya célebre también Monseñor Man- 
níng, que pronunció la oración fúnebre, y fué al fin su su- 
cesor como Cardenal Arzobispo de Westminster. Era tam- 
bién hombre sabio y elocuente, pero de otro aspecto y de 
otro carácter que Wisemam. Místico, frío y retraído, inspi- 
raba más respeto que cariño, y era tan demacrado y maci- 
lento, que parecía alimentado de cigarrones, cual otro San 
Juan Bautista, 



••■»■•• 



CAPITULO LXVII 
Londres, de 1858 á 1865. 

Fiestas de jardín. — Carreras de caballos. — Juego inmoral que ocasionan. — Vida de 
los ingleses en el campo. — Yo también hacía algunas veces como ellos. — Buen 
influjo que tiene esta costumbre en la cultura del país. — Grau consumo de no- 
velas y su mérito. — El invierno en Londres. — Los teatros de prosa — Drury 
Lañe y la Princesa. — Entusiasmo duradero por el gran Shakespeare. — Aptitud 
de los ingleses para la tragedia. — La comedia eu Hay Market.— Inferioridad de 
los ingleses en este género. — Pantomimas en Navidad. — La épsra en el teatro 
de 8. M. y en Covent Garden. — Poco mérito de la música inglesa. — Causas i 
que puede atribuirse. 

Apenas se acercaba el verano, empezaba en Londres un 
nuevo recreo, que consistía en las llamadas fiestas de jar 
din (garden parties), interrumpidas muchas veces por algún 
aguacero ó por los vientos de primavera, allí muy frecuen- 
tes; pero tan concurridas como los routs. Y si lindas esta- 
ban las inglesas con el vestido de sociedad, no lo parecían 
menos con los ligeros trajes de paseo. El jardín de Lord 
Dudley, situado cerca de Hyde Park, era uno de los más 
á propósito para esta clase de reuniones, que entonces 
eran peculiares de Londres, pero que después se han in- 
troducido en todas las grandes capitales. 

Comenzaban igualmente con <'l tiempo templado las Ca- 
rnosas carreras de caballos, imitadas también hoy día en 
todo el Continente y hasta en Los Estados unidos, Méjico 
y Buenos Aires. Mas en ninguna otra parte tienen ni ten 

drán probablemente jamás el carácter nacional y popular 



438 

de las inglesas, por ser una costumbre tan antigua en 
aquel país que, según algunos, existía ya en tiempo de los 
sajones, y es cosa cierta que el mismo Cromwell, á pesar 
de ser puritano, tenía caballos de carrera, uno de los cua- 
les, llamado el Turco blanco, era célebre por sus triunfos 
en el hipódromo. Además todo el mundo toma interés en 
ellas, no sólo por la afición á los caballos, tan general allí 
como entre nosotros la de los toros, sino porque han dege- 
nerado en una especie de juego de azar tan inmoral y tan 
malo como el de la lotería ó el de Monte Cario, pero que 
agrada mucho al pueblo. Referiré, como prueba de ello, que 
no sólo el mayordomo y el portero de la Legación, sino 
hasta los criados de librea {flunkeys), tenían su libro de 
apuestas. 

Como quiera, las carreras inglesas presentan un espec- 
táculo sorprendente por el número y hermosura de los ca- 
ballos, por la multitud de los espectadores y por la anima- 
ción que en ellas reina. La emoción que se experimenta 
cuando los caballos vencedores llegan con la diferencia" de 
solo media cabeza en sus relativas distancias, es grande y 
agradable, principalmente para los que ganan. Todo Lon- 
dres asiste á ellas, y la ciudad se queda silenciosa y vacía. 
La más aristocrática y lujosa es la de Ascott, á la cual en- 
tonces asistía la Reina, y hacía una impresión magnífica 
el verla llegar del cercano castillo de "Windsor, en una ca- 
rroza tirada por seis caballos ricamente enjaezados y se- 
guida de otras en que venía toda su corte. Las tualets de 
las damas eran también espléndidas, y como los ingleses 
no pueden estar mucho tiempo sin comer ni beber, cada 
carruaje se convertía pronto en una mesa abierta donde 
menudeaban los tapones del Champaña. 

La llamada Derby, que tiene lugar en Junio, es más po- 



439 

pular y hay en ella mucha mezcla de burguesía y pueblo. 
Froissard mismo, si la viera, tendría que modificar sus opi- 
niones sobre el carácter de los ingleses, pues la abundan- 
cia de las libaciones, en especial de cerveza, no sólo alegra 
sino emborracha y enloquece al populacho, de tal suerte 
que cuando se vuelve á Londres á la caída de la tarde, hay 
que tener mucho cuidado para no recibir en la cabeza al- 
gún naranjazo ú otra caricia todavía más ofensiva. 

Luego que aumenta el calor, aunque nunca es muy gran- 
de, abandonan á Londres todas las familias pudientes y 
vuelven á dispersarse, llegando algunas hasta la última 
Tule y las apartadas montañas de Escocia. Antiguamente 
iba también mucha gente á Bath, donde lucieron sus ele- 
gantes personas el bello Nash, el fatuo Brummel y otros 
petrimetres de la pasada centuria. Ahora es Hamburgo, 
en Alemania, el lugar de recreo más fasionable durante el 
verano, y Brighton, en Inglaterra, durante el invierno, 
como también la isla de "Wight, á la cual ha puesto de 
moda la presencia en Osborne de la Reina Victoria. Pero 
la gran mayoría no abandona los verdes y amenos campos 
de la feliz Inglaterra, de los cuales dijo Washington Irving 
que nada hay más bello en su género, pues no sólo son <1 ¡li- 
nos de admiración las suntuosas moradas y los frondosos 
parques de los nobles, sino que las casas modestas de los 
burgueses y hasta las habitaciones más humildes y rodea 
das sólo de un diminuto jardín, se convierten, en las ma 
nos de un inglés de buen .misto, cu un pequeño paraíso. 
Auíidasc á esto que <'l aspecto de aquellas pintor* 
mansiones está asociado á las ideas (lo orden, <1<' branqui 
lidad y de antiguas y venerandas costumbres. 

[mitando ;'i los demás y deseando que mi familia cano 
itiaso do aires, tomaba y<> también todos Los años una ca 



440 

sita de campo fuera del recinto de Londres, en un sitio lla- 
mado Child's Hill, el cual tenía la ventaja de hallarse cer- 
cano á la colina de Hampstead, que es uno de los puntos 
más lindos de aquella campiña. El segundo Secretario, 
Conde de Casa-Valencia, había dejado ya la Legación con 
objeto de dedicarse á la vida política como Diputado á 
Cortes, para lo. cual tenía todas las condiciones necesarias; 
pero su sucesor Merry del Val era también un joven inte- 
ligente y laborioso, á quien podía fiar los quehaceres de la 
Secretaría durante mi ausencia, permitiéndolo así nuestro 
jefe común, y de esta manera pude pasar en mi retiro cam- 
pestre temporadas de felicidad doméstica, cuyo recuerdo 
me es todavía muy grato. Mi mujer amaba mucho el cam- 
po yjuiis hijos no cabían en sí de contento cuando corrían 
por aquellos amenos prados sobre unas borriquillas de al- 
quiler muy vivarachas, una de las cuales se llamaba Nor- 
ma y la otra Jewny Lind. 

La costumbre que tienen los ingleses de vivir muchos 
meses del año en el campo, produce indudablemente gran- 
des ventajas. Desde luego es buena para la salud, por el 
cambio de aire y por el ejercicio que allí se hace de con- 
tinuo. Los hombres van á la caza, los unos con escopeta, en 
busca sobre todo, de ciertas gallinetas que dicen grouses; 
los otros con caballos y perros, en persecución de las zo- 
rras, y es muy pintoresco ver cómo atraviesa el campo un 
tropel de cazadores, cuyas casacas coloradas resaltan so- 
bre el verdor de los llanos. Y mientras que los hombres 
cazan, las señoras pasean mucho á pie, y están tan acos- 
tumbradas al mal clima, que lo hacen hasta cuando llueve, 
armándose de chanclos y paraguas. Dedícanse también al 
crochet (laica tennis) y otros juegos violentos que las man- 
tienen sanas y robustas. 



Es buena asimismo esta residencia en el campo para la 
•cultura y mejor gobierno del país, porque la presencia de 
los propietarios aumenta su prestigio, hace más cordiales 
sus relaciones con los cultivadores, mejora las ideas } r 
hasta las costumbres de los campesinos y contribuye po- 
derosamente al progreso de la agricultura. Y por fin, tiene 
esa costumbre otro excelente resultado, si bien indirecto, 
que es el fomento de las buenas letras. No siempre es posi- 
ble cazar, ni jugar; los días son cortos, las noches largas, las 
visitas entre vecinos no son siempre posibles ni divertidas; 
preciso es, pues, que aquella multitud de gente ociosa y 
culta dedique muchas horas á la lectura, y no sólo las se- 
mi-literatas, llamadas medias azules, porque este nombre fué 
dado á su primer modelo Miss Stillingfleet, la cual las usa- 
ba siempre de ese color, sino también todas las señoras y 
señoritas de Inglaterra. Y verificándose también en esto la 
ley económica del aumento de la oferta en proporción de 
la demanda, la consecuencia es que se publican una infini- 
dad de libros de todas clases, unos serios, que sirven de 
alimento á los hombres, otros de pasatiempo, como viajes, 
poesías, y sobre todo novelas, muy á propósito para las 
damas. 

Para convencerse de ello no hay más que echar una 
ojeada al catálogo de la edición de Tauchnitz y se verá 
que saben ya á miles las que han visto la luz <>n nuestro 
siglo, ora históricas, como Rienzi y Richelú u, ora políticas, 
como Vivían Grey; unas satíricas, comí' la Feria de Vani- 
dad, otras con pinturas de costumbres, como Madre» é I/i 
jas, ó de intriga y sensación, cuales La mujer vestida </< 
hliuiioy El secreto de Lady Audley, ó cu fin, puramente hu 
morísticas, como Ln* papeles del Clubde Pickwick. Esoríben 
las grandes ingenios, escríbenlas medianos y hasta seno 



442 

ras y señoritas, y no tres ó cuatro de éstas, corno en otros 
países, sino más de treinta, entre quienes se cuentan una 
Mariana Evans (Jorge Eliot); una Ouida y una Miss Brad- 
don, cuyas elegantes plumas compiten con las de los escri- 
tores más ilustres, y dando el ejemplo de la moralidad y 
del buen gusto, contribuyen á que los hombres hagan lo 
mismo, y que así como en Francia la regla general es que 
las novelas sean poco decentes, al punto de que hoy día 
en las casas donde hay señoritas jóvenes no puede dejarse 
sobre las mesas ni aun la Revista de Ambos Mundos, en In- 
glaterra la regla general es que sean decentes y honestas, 
según lo he indicado ya en otro capítulo. 

Seguía mi mujer en esto la costumbre de todas las de- 
más señoras, y aunque yo me dedicaba también á otras 
lecturas más serias, encontraba siempre tiempo para leerla 
bastantes novelas, como lo había hecho en Turín y Ñapó- 
les, especialmente en las largas noches de invierno, cuan- 
do las distancias y el clima no permiten muchas visitas. 
Presentes están en mi memoria las horas tranquilas que 
ocupábamos de esa manera, al amor de la chimenea, y á 
la luz de una lámpara, cuya pantalla color de rosa daba 
esta poética tinta á toda nuestz*a salita. 

Pero mis vacaciones del campo terminaban siempre en 
Octubre y volvíamos luego á la vida de Londres, á sus lú- 
gubres neblinas y á sus tristes días y á sus todavía más 
tristes noches. Teníamos, sin embargo, en aquella tempo- 
rada otra gran distracción además de las lecturas y de los 
saraos del Conde Apponi, únicos, como ya he dicho, que 
había en invierno, y eran los teatros, á los cuales íbamos 
tan á menudo como nuestros medios nos lo permitían. El 
principal de todos para la prosa era siempre Drury Lane y 
donde de antiguo se ha representado con gran esmero, 



443 

donde brillaron los talentos de Garrick, Kembel y Kean. 
Entonces era Mac Cready el actor de más fama, y no me 
pareció inferior á ella. Pero casi tanto como él me agrada- 
ba el joven Kean, sobrino del gran trágico de este nombre, 
el cual recitaba en un pequeño teatro llamado de la Prin- 
cesa. Ayudábanle su mujer y otros buenos actores, y á 
fuerza de repetir casi siempre las mismas obras, habían 
conseguido todos una gran perfección en ellas. 

Tienen los ingleses mucha aptitud para representar, 
con especialidad los dos extremos de la tragedia y de la 
farsa, y sólo puede tachárseles de cierta exageración, por- 
que en la tragedia singularmente, gritan y se agitan como 
energúmenos. Mas, á pesar de esto, el efecto que producen 
es á veces muy notable. Cuando Kean, en el papel de Mac- 
beto, volvía después de haber asesinado á Duncan, se sen- 
tía no sólo emoción, sino terror; }' cuando, haciendo de 
Rey Ricardo, pedía á gritos un caballo para salvarse, se 
habría querido tener allí uno para dárselo. 

Shakespeare continúa reinando sin rival en la escena de 
Inglaterra, y el entusiasmo que excita es real y duradero. 
Aquel poeta es allí lo que Cervantes en España, lo que 
Dante en Italia. Hállansc en él lecciones y textos para todo; 
todos le leen y le saben de memoria. Tienen, sin embargo, 
que suprimir algunos pormenores casi bárbaros, como la 
escena en que le sacan los ojos al Rey Lear, y no es posi 
ble tampoco aceptar tollas las hipérboles do sus encomia- 
dores. Buckle, por ejemplo, llega á decir que es el mayor 
ingenio conocido, de lo cual hay que rebajar bastante, [mes 
en primer Lugar, por lo (pie hace á la invención, la haj 
harto mayor en Dante, Boyardo, A.riosto, y sobre todoen 
Cervantes. Shakespeare lia tomado casi todos los asuntos 

de sus (Iranias \ comedias de la historia de su patria, de 



Plutarco ó de novelas italianas, y su mérito consiste en 
haber sacado partido de ellas, idealizándolas de una ma- 
nera admirable. Esto le coloca ciertamente á la cabeza de 
los autores dramáticos, como sostiene Schlegel, mas no á la 
de toda la literatura, cual lo pretende Buckle. 

Como quiera, de ese talento moralizador está lleno su 
teatro y pondré aquí dos ejemplos de ello muy notables. 
El asunto de Julieta y Romeo está sacado de una novela de 
Bandello; mas éste cuenta que el matrimonio de los dos 
amantes llegó á consumarse, mientras que Shakespeare en 
su drama no lo dice claramente; lo cual, si es menos hu- 
mano, es mucho más poético. La fábula de Ótelo está to- 
mada del Ecatonmiti de Giraldi, pero con esta diferencia: 
que según el autor italiano, quien mató á Desdémona fué 
el Alférez (Yago) por orden del moro, en vez de que el poeta 
inglés hace que le mate el mismo moro; cuya acción es así 
más noble, más terrible y más dramática. 

Otra superioridad de Shakespeare consiste en su elo- 
cuencia, no existiendo otro autor dramático que la posea 
en tan alto grado. La arenga de Antonio en los funerales 
de César, las quejas del judío Sylock, los lamentos de la 
Princesa Constanza por la muerte de su hijo Arturo, y el 
monólogo de Hamlet, pueden compararse con los trozos 
más bellos de Cicerón y Demóstenes. Schlegel los admira 
y Taine dice que su estilo es un compuesto de expresiones 
tan vehementes, que no parece que habla sino que grita. 
Y en fin, es Shakespeare, cuando es necesario, tan gracioso 
como Plauto ó Moliere, y de ello puede convencerse quien 
lea sus Comadres de WvncUor, Mucho ruido para nada, ó cual- 
quiera otra de sus comedias. 

Para éstas en general y para los dramas burgueses, ha- 
bía el antiguo teatro de Hay Market, en el cual recitaban 



445 

actores tan excelentes como Matews y Buckstone. lOste úl- 
timo era de aquel género adorado del público, cuyo gracejo 
era tal, que bastaba que se presentase en las tablas para 
que todos se rieran, como sucedía con Guzmán y Cuba en 
la época de mi residencia en Madrid. Por desgracia, el re- 
pertorio moderno no era ni muy abiuidante ni muy diver- 
tido, y á menudo degeneraba en farsa, pues en punto á co- 
medias y dramas no tienen ahora los ingleses la misma 
aptitud ni la misma fecundidad que muestran, por ejem- 
plo, en las novelas, y son en ese género inferiores á los 
franceses. Probablemente nace esto de que las fábulas pin- 
tadas en las novelas están destinadas para un público 
escogido, al paso que las comedias se escriben también 
para el pueblo, que es allí muy aficionado á lo grotesco. 
Otra causa de ello puede ser que la moralidad exigida hoy 
por el público inglés no permite las piezas fundadas en la 
«educción ó el adulterio, que es el recurso principal de los 
dramaturgos de Francia. En fin, tienen los ingleses cierta 
gracia llamada hv/mour, mas no la sal ática de Aristófanes y 
Planto, ni el chiste fino de los escritores franceses, ni tam- 
poco la habilidad que poseen éstos para enredar y desenre- 
dar la trama. Shakespeare entre los antiguos y Sheridan 
entro los modernos, brillan como únicos en su clase y no 
han tenido imitadores. 

Cuando llegaban las Navidades, cesaban todas las re- 
presentaciones dramáticas y en su lugar habla pantomi- 
mas en lodos los teatros de Londres. Las mejores eran las 

de Drury Lañe; pero también las demás eran buenas. Aun- 
que no á todoa agrada esta (lase de espectáculo, no hay 
duda que tiene bastante atractivo. 8a antigüedad es muy 
grande. En Grecia tuvo al principio (anta sencillez, que las 
ejecutaban dos solos actores acompañados <le otro que les 



44i ; 

marcaba el ritmo con la flauta. Crecieron después en im- 
portancia y al fin en Roma rivalizaron con las tragedias y 
comedias. Batilo, favorito de Mecenas, y Pilades, rival 
suyo, lian dejado fama como consumados en este arte. En 
Italia le tienen mucha afición, y en todos los bailes teatra- 
les ocupa la pantomima muchas escenas. Las de Londres 
son de dos clases: representan las unas algún cuento de 
hadas, los cuales gustan en Inglaterra casi tanto como en 
España las leyendas de moros y cristianos, según lo prue- 
ba el hecho de que el mejor poema que poseen después del 
Paraíso p, rdido es la Reina de leu hadas, de Spencer; y 
Shakespeare pone hadas, duendes y espíritus aéreos en mu- 
chas de sus obras. Las otras son revistas de sucesos actua- 
les y caricaturas políticas, género también mu3 r favorito 
de los ingleses. Había actores que remedaban á Gladsto- 
ne, Disraeli y Palrnerston, de un modo sorprendente. En 
todas era el escenamiento magnífico, los trajes suntuosos 
é innumerable la cantidad de mujeres bonitas que figura- 
ban como mimas y comparsas. 

El solo defecto de estas pantomimas es que duran 
demasiado, pues no cesan de darlas hasta la mitad de 
Enero. Mas reanúdanse después los espectáculos de siem- 
pre, y cuando se abre el Parlamento y empieza á volver 
del campo la gente elegante, se abren los teatros de mú- 
sica y acude á ellos la flor de la nobleza y de la gerítry. 
Eran entonces dos, el de Su Majestad y Covent Garden, y 
ambos muy buenos. Desde principios del siglo anterior se 
introdujo en ellos la ópera italiana y han rivalizado des- 
jmés con los mejores de Italia y Erancia. Allí cantaron un 
día la Pasta y la Malibran, la Alboni y Jenny Lind, Rubi- 
ni y Tamburini, y allí cantaban entonces la Grisi, que aca- 
baba su brillante carrera, siendo siempre una Norma in- 



447 

imitable y la Patti, que empezaba la suya con el Fausto. 
Los cantores eran asimismo de primer orden, y los ingle- 
ses preferían sobre todos á Mario, Marqués de Candía, pues 
aunque había perdido mucha parte de su voz, era hombre 
tan arrogante y se veía tan bien en toda su persona que 
era bien nacido, fino y elegante, que esto bastaba para en- 
cantar al público de Inglaterra. Además Mario reemplaza- 
ba con su buen gusto la falta de otros medios. Daban en- 
tonces el Fausto, en cu3 r a ópera se mostró el francés Gou- 
nod á la altura de los grandes maestros y rivalizó con 
Berlioz, Donizetti y Verdi en la expresión apasionada y 
en la bella melodía, y Mario interpretaba muy bien su di- 
fícil parte. 

El público que acudía á estos teatros era muy numero- 
so, porque los ingleses tienen grande afición á la música, 
y no sólo á la dramática sino á la instrumental y sinfóni- 
ca, y también á la que es de un carácter religioso, y hay 
allí varios salones, llamados Halls, adornados con mucha 
riqueza, en los cuales se dan buenos conciertos y se ejecu- 
tan la Creación y Las Estaciones de Haydn, el Metías y el Ju- 
do» Macabro de Handel, y otros célebres Oratorios. Ni ca- 
recen tampoco de gusto para las melodías nacionales, es- 
pecialmente en Irlanda, siendo notorio que durante algún 
tiempo tuvo en toda Inglaterra mucha fama el poeta Moo- 
re, quien compuso la letra para muchas de días y las can 
taba al piano en las principales casas de Londres. Una de 
esas melodías, ululada I, a última rusa </</ verano, ha serví 
do á Klotou para el aria más bella de su Marta. 

Y sin embarco, no parece que pescan en realidad gran- 
des aptitudes para ese arte divino, especialmente para el 
canto. Desde luego es notable que no hayan tenido grandes 
compositores, citan á un Purcell, que escribió la música 



448 

para La Tempestad y otros dramas de Shakespeare, mas no 
ha obtenido mucho renombre. Handel, único gran maestro 
de que se ufanan, era alemán. Después no han descollado 
otros más que Balfe y Sullivan, cuyas óperas, aplaudidas 
en luglaterrra, no han logrado mucho éxito fuera de aquel 
país. Además llama la atención la mala cualidad de la mú- 
sica popular y callejera. Diríase que la raza inglesa carece 
por completo de oído, según lo que desentonan las perso- 
nas que no han recibido alguna educación musical. En fin, 
otro obstáculo para el canto es la lengua inglesa misma, 
cuya pronunciación exige precisamente que se cierre la 
boca y aun los dientes, de suerte que el inglés que canta 
hace un esfuerzo doble del que emplea un español ó un 
italiano. 

Pero lo más curioso es cuando cantan piezas españolas, 
á las cuales son aficionadísimos, y no faltan allí quienes se 
las acompañen con la guitarra. El oirles las seguidillas y 
otras canciones nuestras, y ver cómo tratan de imitar la 
sal andaluza, es cosa en su género muy divertida. Y no lo 
es menos escuchar una pieza bufa italiana traducida al 
inglés. Recuerdo haber oído en un concierto de aficiona- 
dos á cierto caballero de aquel país, que con bastante me- 
diana voz cantaba el aria de Fígaro y decía con gran des- 
parpajo y aire picaresco: 

Fígaro here, Figuro there, 
What a funny feUotc Yam. 



• >^r«=^- 



CAPITULO LXVIII 
Londres, de 1858 á 1865. 



Tres grandes plagas de la Inglaterra. — La embriaguez, la pobreza y la prostitu- 
ción.— Cómo las combaten. — Medios materiales. — Medios morales. — Espirita 
religioso de los ingleses. — Exacta observación riel domingo.— Devoción de los 
rielas. — Afición á los sermones y á la lectura de la Biblia. — Por qué la Inglate- 
rra se hizo protestante. — Pasiones de Enrique VIII. — Avaricia de los nobles. — 
Orgullo de los ingleses. — Por qué persiguieron tanto ó los católicos. — Parte que 
en ello tuvo la hostilidad de otros países. — Causa de la tolerancia moderna. — 
Espíritu filosófico. — Talento de O'Connell. — Prudencia de Peel y de Wcllington. 
Cordura de Wiseman. — Numerosas conversiones al catolicismo. — Límites que 
han tenido. 



Brillante sobre toda ponderación es sin duda alguna el 
espectáculo que ofrece la capital de Inglaterra cuando 
acude á ella toda la nobleza y hace muestras de sus rique- 
zas en fiestas, teatros y paseos. Ocurre, sin embargo, invo- 
luntariamente al pensamiento, que al lado de aquella ex- 
trema esplendidez hay un vicio extremado y una extrema- 
da miseria. La Roma moderna tiene también su suburra, 
como la antigua, y si no hay en ella esclavos, hay sí milla- 
res de seres, cuya existencia es peor aun que la de los que 
conoció el paganismo. I>;i Inglaterra puede ser comparada 

á una de esas bellas medallas griegas, en cuyo anverso se 
ve una hermosa Minerva y en su reverso una serpiente 
Tres son las principales plagas con las cuales se halla 

afligida y afeada aquella nación altanera: la embriagues, la 

pobreza y la prostitución. Prodúcenlas, entre otras causa-. 

Tomo II ■ 29 



450 

el clima, la carestía y las crisis industriales, y auméntalas 
en muchos casos la dureza de los caracteres. Aunque la ge- 
nerosidad es mucha, la caridad es poca: el que cae no se 
levanta; al que peca, difícilmente se le perdona. Además, 
todas tres son á la vez causa y efecto. La embriaguez pro- 
duce la pobreza y la prostitución, y éstas traeu luego con- 
sigo la embriaguez y la pobreza. 

Es la embriaguez un vicio general entre los pueblos del 
Norte, á causa del frío que en ellos reina. Rara vez se ha- 
lla un borracho en Italia ó en España, mientras que en In- 
glaterra son vistos á cada paso; y no sólo hombres sino 
también mujeres, lo cual es mucho más repugnante. Ni pa- 
rece que esto cause allí la misma repulsión que entre nos- 
otros, antes bien excita la envidia, como lo decía muy bien 
una vez el Punch, en una chistosa caricatura. 

La pobreza es también muy grande, y si no se nota más 
es porque vive encerrada en ciertos barrios apartados. Los 
ingleses que van á España y á Italia suelen extrañar, con 
razón, el gran número de pobres que, con libertad allí secu- 
lar, invaden las calles principales y hasta las mismas igle- 
sias. Pero ¡ay! que si en Londres no estuviera prohibido el 
mendigar, no sería materialmente posible moverse. Y el as- 
pecto de los pocos que allí se veu, cuando pueden burlar la 
vigilancia de la policía, es mucho más lastimoso que el de los 
que existen en los países del Mediodía. Sus cuerpos dema- 
crados, sus rostros cadavéricos y los harapos que los cu- 
bren forman un contraste tan grande con el lujo y lozanía 
de los demás ingleses, que esto dobla la compasión de quien 
los mira. 

La prostitución es asimismo grande y lastimosa. Existe 
ciertamente en otros países, mas no tanta ni tan desver- 
gonzada como la que se nota en Inglaterra. Unida á la em- 



451 

briaguez causa una verdadera repugnancia, y siempre re- 
cuerdo con horror que, al salir una noche del Club con el 
Secretario de Holanda, tuvimos que defendernos con los 
paraguas de dos modernas bacantes, que querían llevarnos 
por fuerza á su casa. Hay algunas, sin embargo, con una 
fisonomía tan candorosa, que parecen ángeles caídos, y en 
lugar de excitar temor ó malos deseos, causan una compa- 
sión infinita. 

Apresuróme á decir que tanto el gobierno como los par- 
ticulares hacen los mayores esfuerzos para corregir estas 
plagas tan horribles. Emplean para ello toda suerte de me- 
dios materiales. Casas de trabajo, que dicen Working /mu- 
ses, asilos, hospitales; los unos costeados con la contribu- 
ción de pobres, los otros con suscripciones voluntarias; de 
todo hay allí con profusión, porque la generosidad de los 
ingleses es inagotable. Sólo faltan hospitales de expósitos, 
contra los cuales tienen ciertas preocupaciones nacidas del 
odio á todo aquello que ha sido instituido por la Iglesia 
católica. Pero hacen mal en esto, como lo prueba la canti- 
dad increíble de infanticidios que allí se cometen y el nú- 
mero de criaturas recién nacidas que se encuentran á cada 
momento tiradas en las plazas públicas, como si fueran 
pequeños gatos. 

Usan también medios morales, y la misma Duquesa de 
•Sutherland, que es una de las damas más ricas y encope- 
tadas de aquel país, se ha puesto á la cabeza de una B0CÍ6- 
dad destinada á propagar la templanza y el uso del té, 
cu vez de licores, á cuyos adeptos llaman per eso teatofalen. 
101 clero ayuda igualmente á ello con sus continuas exhor- 
taciones, y hay multitud de señoras que contribuyen al 
mismo efecto por medio de conferencias y colceias. Lo Úni- 
co que no hacen las damas inglesas, tanto las protestan 



45-2 

tes como las católicas, es visitar á los pobres. Contábame 
la Condesa de Lauradio, cuya principal ocupación eran las 
obras de misericordia, que cuando se trataba de dinero no 
había ninguna que lo rehusase y aun se mostraban en ge- 
neral por extremo dadivosas, dando, no pocos chelines,. 
sino muchas libras esterlinas. Mas eran sumamente pocas 
las que querían entrar en las habitaciones de los pobres y 
poner sus pulcros vestidos en contacto con los harapos. 

Tantos y tan laudables esfuerzos no son sin duda inú- 
tiles, mas no han bastado hasta ahora para disminuir de 
un modo apreciable tales desgracias. La humanidad sufre- 
de verlas y son particularmente sensibles al espíritu cris- 
tiano de los mismos ingleses, porque el carácter de éstos,, 
justo es decirlo, es generalmente muy religioso, según lo 
prueba su respeto del día festivo y la devoción que los fie- 
les demuestran durante el culto divino. La manera como 
observan el domingo llama sobre todo la atención de los 
extranjeros, no existiendo una cosa igual en ningún otro 
país del mundo. Y es que el inglés, igual en todo, no ad- 
mite en este punto término medio, sino que cumple lo que 
cree su deber de la manera más estricta. Cesa allí en aquel 
día todo trabajo y toda diversión, y hasta los niños que 
van á pasear á los parques se abstienen de llevar sus ju- 
guetes de costumbre. Cesa el correo, redúcense los trenes 
del ferrocarril á lo estrictamente necesario, y el cierre de- 
las tiendas es tan completo, que la ciudad parece abando- 
nada y resuena en las calles el ruido de los pasos. 

En esto más que en otra cosa alguna se advierte la in- 
fluencia puritana y el espíritu, no tanto de Lutero como de 
Calvino, transmitido á Escocia y después á Inglaterra por 
los discípulos de aquel austero heresiarca. Esa severidad 
ha llegado á formar parte del carácter nacional y es nota- 



da á cada paso en la historia política de aquella nación y 
aun en la artística 3' literaria. El célebre Doctor Johnson, 
por ejemplo, con todo de ser un escritor tan despreocupa- 
do, le decía al morir á su íntimo amigo el pintor Reynolds: 
<Dos cosas solas te recomiendo: que leas más á menudo la 
Biblia y que no coja» los pinceles el domingo». Critican al- 
gunos extranjeros esta buena costumbre, por exagerada y 
por nociva, Mas, si ha de haber exageración, mejor es que 
la haya en este sentido que en el contrario, como sucede 
en tantas ciudades del Continente. Algunas ha}' donde, 
según la sabia observación de Lacordaire, se cubre con el 
manto dorado de la libertad de conciencia una verdadera 
tiranía. La observancia del domingo es la emancipación 
del obrero, y si alguien quisiere sostener que puede ser 
perjudicial para el desarrollo de la riqueza pública, sírva- 
le de respuesta el ejemplo de Inglaterra, á la cual no im- 
pide esa observancia que sea la primera nación del mun- 
do en el comercio y la industria. 

Notable es igualmente la concurrencia á las iglesias de 
un público muy numeroso, y la devoción con que el clero 
celebra los oficios divinos y asisten á ellos los fieles Quien 
no lo haya visto no puede apenas creerlo. En las iglesias 
católicas usan, como en el Continente, luces y flores, y to 
das las de ambos cultos se embellecen en la Pascua de Na- 
vidad con guirnaldas del clásico holyhock, especie de laurel 
rizado, cuyas hojas lustrosas y frutas de un rojo muy viví) 
alegran mucho la vista. Y no sólo las iglesias sino taui 
bien las casas particulares hacen uso de ese adorno, unién- 
dolo á veces con otro que consiste en una planta de llores 
v i'rutillos blancos llamada múthtoe, la cual ere.' en el 
tronco de las encinas y se cree es el gui, <|iie cortaban los 

druidas en el solsticio de invierno, de donde viene nuestro 



454 

vocablo aguinaldo. En cuanto al árbol de Navidad, aun- 
que es asimismo de origen celta y escandinavo, puede ser 
considerado allí cual un símbolo religioso, toda vez que se 
asocia á los recuerdos de aquella Pascua. Y cuando llega 
esta fiesta popular no hay casa, por modesta que sea, don- 
de no se coma para celebrarla el clásico plumpudding. 

Son los ingleses muy aficionados á los sermones, y del 
Rey Jacobo I se cuenta que preguntado qué le gustaba 
más, el sermón ó las preces, respondió que el primero, por- 
que cuando rezaba era él quien hablaba á Dios, en vez de 
que en el sermón era Dios quien le hablaba á él. A los clé- 
rigos que no predican les llaman los protestantes perros 
mudos (dumb dogs) y no conciben función alguna religiosa 
sin ese requisito. No han tenido ningún predicador tan 
eminente como Bossuet ó Bourdaloue, mas no carecen de 
algunos buenos, así antiguos como modernos. Fillotson, 
uno de ellos, es alabado por el mismo abate Andrés, y 
también merecen elogios Brown, Blair y Pusey. En las 
iglesias católicas sucede otro tanto que en las protestan- 
tes y hay siempre plática ó sermón en la misa mayor y en 
las vísperas. En la de Santiago, doude oíamos á menudo 
la misa mayor, se distinguía el cura Huut, y en la de los Je- 
suítas predicaban con mucha unción los Padres Galway y 
Eyre. Y en las católicas se ha adoptado además una cos- 
tumbre que me parece excelente y quisiera ver imitada en 
todas partes, la cual consiste en que el sacerdote que ce- 
lebra, además de leer el Evangelio en latín, lo lee también 
vuelto al público, en inglés, ó sea en lengua vulgar, en to- 
das las misas rezadas del domingo. 

Buena y aun magnífica á veces es la música que se eje- 
cuta en todos los templos. Ya he mencionado los estupen- 
dos coros de niños de San Pablo. Bellos son también los 



455 

cantos corales de otras iglesias anglicanas y sobre todo los 
órganos. En las católicas hay igualmente buenas capillas, 
distinguiéndose entre otras las de Baviera, el Oratorio y 
los Jesuítas. En esta última había un cierto Padre Mayer, 
que tenía mucha habilidad y mucho gusto para elegir y di- 
rigir la música sagrada. Íbamos también mucho mi mujer 
y yo á esta iglesia, y recuerdo el placer que experimenta- 
ba oyendo las misas del repertorio clásico y también al- 
gunos himnos famosos, como, por ejemplo, el Lauda Sion 
de Mendelsohn, que es una joya en su género, por la ad- 
mirable conformidad del canto con las palabras. Un solo 
defecto le hallo yo en general á estas por lo demás admi- 
rables composiciones, y es que son demasiado largas, como 
ya lo he observado hablando del canto de la Sixtina. Atién- 
dese más en ellas á las notas que al texto. 

Sabido es que los protestantes son grandes lectores de 
la Biblia, y no sólo del Nuevo Testamento, sino también 
del Antiguo, de lo cual no puede criticárseles. Los Vedas 
contienen algunas cosas bellas, pero mezcladas con mu- 
chas extravagantes; el Alcorán es, según la frase de un 
gran predicador, un plagio de nuestras Sagradas Escritu- 
ras hecho por un buen escolar de la Meca: sólo la Biblia es 
bella por el fondo y por la forma, por su origen y por su 
doctrina, y como dice con razón Herder, dejando aparte 
su carácter inspirado, es el primer libro religioso del mun- 
do á causa de su elevación y dignidad, y también df la 
adoración, sumisión y gratitud que respiran en todas sus 
páginas. Es, sin embargo, reparable que la dejen leer á bo 

dos sin distinción de edad ni de sexo. San Jerónimo dice 
en una de sus cartas (pie los misinos hebreos no lo perini 
lían sino observando ciertos grad08, de manera (pie nadó- 
la podía leer cutera antes de halier cumplido treinta anos. 



45(5 

Por último, poseen también los protestantes algunos li- 
bros místicos y de mera deroción, que hacen las delicias 
de las personas piadosas, que las hay por fortuna entre 
ellos; mas no admiten esas obras comparación con Grana- 
da y Santa Teresa, ni mucho menos con la Imitación ó la 
Filotea. Con todo, la Santa vida y santa muerte de Taylor 
tiene bastante mérito, y el Viaje del Peregrino, escrito por 
el metodista Bunyan, es original y ameno. Consiste en 
una historia alegórica, que imita los romances de caballe- 
ría, con sus castillos, gigantes, leones y hasta doncellas que 
sirven á los caminantes, y figuran en ella personificados el 
espíritu mundano, la obstinación, la paciencia y varios vi- 
cios y virtudes. 

Después de enumerar todas estas cosas, que prueban el 
carácter religioso de los ingleses, ocurre preguntar: ¿cómo 
fué que, dejando de ser católicos, se hicieron protestantes? 
r ;cómo fué que aquella isla donde florecieron un San Eduar- 
do, comparable con los Fernandos y Luises, un venerable 
Beda, que fué por su piedad y erudición otro San Isidoro 
de_Sevilla, un Columba, fundador de la abadía de Joña y 
apóstol de la Escocia, y tantos otros santos, cómo fué, 
digo, que vino á hacerse protestante?, y ¿cómo fué que se 
hizo además tan cruel y perseguidora?; y ¿por qué, en fin, 
sucede que cuando ha dejado ahora de serlo se advierte 
todavía que las conversiones al catolicismo no pasan de 
un cierto límite? 

El cambio de religión de Inglaterra es atribuido en ge- 
neral á las pasiones de Enrique VIII, y ciertamente que 
mucho contribuyeron á ello, como contribuyeron al mismo 
resultado en Alemania las de Felipe de Hesse, que no titu- 
beó en hacerse bigamo, y las del mismo Lutero, el cual se 
casó sacrilegamente con la monja Catalina Bora, haciendo 



457 

decir al agudo Erasmo que el protestantismo había acaba- 
do, como las comedias, en casamiento. 

Mas como quiera que esto sea, las pasiones de Enrique 
ayudaron al establecimiento del protestantismo, pero no 
fueron su causa principal. Hubo varias otras además de 
esta. Desde luego entró en ello por mucho la excesiva ri- 
queza de la Iglesia católica, que excitó la avaricia de los 
nobles. 

Esta misma tendencia acabamos de verla hasta en 
los países católicos, donde la revolución se ha apresurado 
á protestantizarse en este punto, despojando al clero y á 
los frailes y poniendo en venta sus bienes. Los reformado- 
res del siglo decimosexto hicieron esto en otra forma, tanto 
en Alemania como en Inglaterra. Los soberanos mismos se 
apoderaron de una parte de sus propiedades y repartieron 
las demás entre sus partidarios, y hasta los nombres de 
ciertas posesiones de los nobles ingleses recuerdan toda- 
vía este hecho histórico tan importante. Un sitio de campo 
del Duque de Cleveland se llama siempre Battle Abbci/; Bol- 
fon. Abbey es una quinta del Duque de Devonshire; Ranton 
Abbey es del Conde de Liechfield, y pudiera citar muchas 
otras. 

Pero las causas más principales de aquella revolución 
fueron dos: el orgullo nacional y el orgullo filosófico. El 
amor propio nacional inglés se sometía con repugnancia á 
una autoridad que consideraba como extranjera, y no ^us 
taba tampoco de una liturgia en lengua latina, que aquel 
pueblo no la entiende como la entiende el nuesl ro, y apro 
vechó con apresuramiento la ocasión de emanciparse. Ni 
este hecho lia sido exclusivo de Inglaterra; ha sido casi 
general en Europa, y por eso vemos que el < ¡ristianismo lia 
quedado al fin poco á poco dividido en tantas Iglesias di 



468 

fereutes como las nacionalidades y lenguas. Una latina, 
que es la sola verdadera, por estar sometida al Santo Pon- 
tífice de Roma, sucesor de San Pedro; dos griegas, que obe- 
decen á sus respectivos Patriarcas; una eslava, cuyo Papa 
es el Emperador de Rusia; la alemaua y la escandinava, 
del todo independientes, y la anglicana, cuyo Papa es el 
Rey de Inglaterra. El Austria y algunos otros países de 
diversas lenguas han continuado siendo católicos, á causa 
de su proximidad á Italia y de antiguas tradiciones, tanto 
religiosas como políticas. 

Unióse con este orgullo nacional el orgullo filosófico, 
porque la propagación de los clásicos antiguos y el rena- 
cimiento de las letras trajo consigo el espíritu de libre exa- 
men, y ya antes de Calvino y Lutero había habido here- 
siarcas que pretendían interpretar á su manera las Sagra- 
das Escrituras y no querían obedecer al Papa, tales co- 
mo Occam y Wiclef en Inglaterra y Juan Huss en Ale- 
mania. 

Los ingleses, á quienes conviene enteramente el retrato 
que hace Milton en su poema de los ángeles rebeldes, 
adoptaron pronto estas nuevas doctrinas, y aunque lo ad- 
surdo de ellas era evidente, su deseo de independencia no 
les permitió advertirlo. 

Una vez establecida la Iglesia anglicana, hubo varios 
hechos que la hicieron fanática y perseguidora. Lutero, el 
cual fué favorecido por los Príncipes alemanes, profesó en 
política opiniones moderadas; pero Calvino, perseguido 
por los Reyes de Francia y refugiado en la libre Ginebra, 
adoptó las republicanas, y de Calvino las tomaron los pu- 
ritanos de Escocia y de Inglaterra. Por otro lado, los Reyes 
de estos dos países quisieron poner límites á la Reforma; y, 
lo que es más importante, tanto la España como la Fran- 



459 

cia se empeñaron, cada uno á su vez, en oponerse al pro- 
testantismo y proteger allí á los Monarcas católicos. Feli- 
pe II provocó las iras de Isabel, y Luis XIV las de Guiller- 
mo. Para comprender toda la temeridad de semejante po- 
lítica basta figurarse lo que hubiera acontecido si, por el 
contrario, la Inglaterra ó cualquiera otra nación se hu- 
biera empeñado en introducir en España el protestan- 
tismo. 

Para colmo de desventura, la época era sangrienta, por 
que la Europa salía apenas de la barbarie de la Edad Me- 
dia. Católicos y protestantes, y aun los protestantes entre 
sí, como Calvino y Serveto, se mataban y quemaban cual 
si fueran animales dañinos. De la historia de aquellos 
tiempos se puede decir, como se ha dicho de los revolucio- 
narios franceses, que no es la historia de hombres, sino de 
demonios. La Irlanda especialmente era tratada con una 
tiranía inaudita, y de buena gana hubieran los ingleses ex- 
pulsado de ella á todos los católicos, como hizo Felipe III 
con los judíos y moriscos, y Luis XIV con los hugonotes, á 
no habérselo impedido su gran número. Oprimiéronlos, 
sin embargo, en todo el reino con conñscaciones, despojos, 
prisiones y multas, y exigiéndoles un absurdo juramento, 
les privaron de los derechos civiles y políticos. 

Y era tan grande el odio producido por aquellas luchas, 
que aun después que estuvo al fin asegurada en Inglate- 
rra la dinastía protestante y el Gobierno quiso favorecer 
un poco á los católicos en tiempo de Jorge III, el popula 
cho de Londres se amotinó locamente gritando fuera el 
papismo ni, Popery), y capitaneado por un cierto Lord 
Gordon, fué durante algunos días el dueño absoluto «le 
aquella capital, quemando y saqueando á su placer, hasta 
que al fin el Rey mismo tuvo que tomar sohre sí la respoii 



460 

«abilidad de permitir á las tropas que hiciesen fuego sobre 
los revoltosos. Mas vinieron luego los escritos de los filóso- 
fos franceses; vino la revolución del año 89, que á vuelta 
de otras cosas malas propagaba el sabio principio de la 
tolerancia religiosa, y los ingleses comenzaron á mostrarse 
más humanos con los católicos. Resistíanse, con todo, á 
concederles una emancipación política completa; mas la 
fuerza de la opinión pública, las agitaciones perpetuas de 
Irlanda y la elocuencia de O'Connell, la hicieron indis- 
pensable. El célebre Roberto Peel y el Duque de "Welling- 
ton, tan esforzado en la guerra como prudente en la paz» 
realizaron al cabo esa gran medida. 

Respiraron por fin los católicos y aumentaron pronto 
de tal modo, que el Papa Pío IX creyó conveniente resta- 
blecer allí la jerarquía eclesiástica, nombrando un cierto 
número de Obispos, á cuya cabeza colocó al Cardenal Wi- 
seman. Quisieron oponerse á ello algunos fanáticos, pero 
cedieron después gracias á la cordura de aquel ilustre pre- 
lado y de los mismos católicos, y ya hoy día no hay nadie 
que piense en cambiar el nuevo estado de cosas. Ni hay 
tampoco ningún anglicano que de buena fe se alarme por 
sus resultados; porque si bien es verdad que las conversio- 
nes al catolicismo son numerosas, no lo son tanto que con 
ellas corra peligro la Iglesia anglicana. Su base es absur 
da, como lo demuestra el número de sectas en qiie el pro- 
testantismo se subdivide; para convencerse de sus errores 
no hay necesidad de recurrir á Bossuet, ni á Perronne, ni 
á Hurter; basta consultar los escritos más sencillos de 
Franco y Segur ó el libro casi familiar de Mary Monica, ti- 
tulado Conversaciones de la cabana (Cottage conversations) que 
ha convertido á tantos; basta casi el simple sentido común. 
Mas no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor 



4Ct 

sordo que el que no quiere oir, y aquella Iglesia está tan 
identificada con las instituciones políticas de los ingleses 
y conviene tanto á su carácter independiente, que esto 
basta para que se sostenga. El orgullo la fundó: el orgullo 
la mantiene. 



.-)$3>»^. 



CAPITULO LXIX 
Londres, de 1858 á, 1865. 



Sucesos de España. — El carácter batallador de los españoles sobrevive á sus des- 
gracias. — O'Donnell en menos de cinco años emprende cinco guerras inútiles. — 
Cuestión de Marruecos. — Entusiasmo de la nación. — Éxito feliz de la campaña. 
La Inglaterra, temiendo por la seguridad de Gibraltar, se opuso á la ocupación 
de Tánger. — O'Donnell tuvo la cordura de detenerse y de concluir la paz. — Poi- 
qué no debemos sentir aquella oposición. — Dificultades de la conquista de Ma- 
rruecos. — Dudas que esto sugiere sobre la utilidad de nuestros presidios — Cuan 
conveniente sería cambiarlos por Gibraltar. — Anexión de Santo Domingo. — ■ 
Guerra que de ella resulta. — Abandono final de aquella isla. 



Demos ahora un salto de la religión á la política y de 
Inglaterra á España. Veamos qué sucede en este último 
país después que el General O'Donnell ha conseguido or- 
ganizar un gobierno algo estable con el apoyo de la llama- 
da Unión liberal. Es, por desgracia, una regla sin excepción 
que las naciones, lo mismo que los individuos, no mudan de 
carácter. La historia de España en aquel tiempo es una 
nueva prueba de ello. Cualquiera pensaría que una nación 
tan combatida por continuas revoluciones, tan ai rasada y 
empobrecida como ella, aprovecharía el respiro que le i>n> 
porcionaba el gobierno ilustrado y conciliador de O'Donnell 

para restañar sus heridas y dediearse á la amortización <l«' 
su deuda, á la construcción de caminos y canales y al des 

arrollo de su riqueza. Parecía también natural que un país 

que había sufrido tanto por las continuas guerras cinpren 
didas con poca cordura por sus antiguos Reyes absolutos, 



4t;t 

se apresuraría á cambiar de sistema cuando era al fin due- 
ño de sus destinos. Sucedió, sin embargo, todo lo contrario. 
El carácter español sobrevivía á todas nuestras desgracias. 

Como si cada cual no tuviese más empeño que emular 
las imprudencias de los Carlos, las locuras de los Felipes y 
los desaciertos de los Olivares y Arandas, empujaron todos 
al General O'Donnell para que saliese sin demora á campa- 
ña. Hízolo así éste de muy buena gana, porque si bien de 
origen irlandés, era tan pendenciero y batallador como la 
mayoría de los españoles, y para acallar mejor la voz de su 
conciencia, pretendió que era necesario calmar los ánimos 
alterados, dándoles la distracción de la guerra y de la glo- 
ria, como lo hacía Napoleón en Francia. Abrigó, además, la 
idea muy acariciada también por Don Alejandro Mon y 
otros megalómanos de aquella época, de hacer que España 
fuese declarada Potencia de primer orden; ocurrencia sin- 
gular, que equivale, en mi concepto, á pretender que un po- 
bre sea declarado rico, ó que un chico de cuerpo sea decla- 
rado gigante. Por último, animaba mucho á O'Donnell 
para tales proyectos la circunstancia de hallarse por el mo- 
mento abundante de recursos con el producto de la última, 
desamortización eclesiástica, que fué para la Unión libe- 
ral una verdadera gallina de los huevos de oro. 

Para realizar luego tan bellos planes, el General O'Don- 
nell echó mano de cuantas ocasiones de pendencia se le 
presentaron, y se dio tan buena maña, que en menos de 
cinco años acometió cinco guerras, una á la verdad bastan- 
te gloriosa; pero todas inútiles, costosas y por lo tanto, de- 
plorables. La primera cuestión fué con Marruecos, donde, 
según se imaginaban muchos, dando crédito á las excentri- 
cidades de Donoso Cortés, estaba el porvenir de España, y 
ofrecían ocasión de guerra algunas tropelías cometidas 



4G5 

contra nuestros presidios por los moros de la frontera. El 
caso no era nuevo, y el arreglo de la contienda era posible 
sin necesidad de recurrir á las armas. Además, tanto la 
Inglaterra como la Francia, nos ofrecieron su mediación 
para orillarla. Mas no sólo no quiso nuestro gobierno admi- 
tir esto, sino que, según lo observan acertadamente tanto 
Mr. Mazade como los continuadores de la Historia de Espa- 
ña de Lafuente, á medida que los marroquíes cedían á las 
exigencias de nuestro gobierno, inventaba éste otras nue- 
vas, que envenenaban y prolongaban el conflicto. 

Al fin se decidió la guerra, y es necesario reconocer que 
fué popular, enérgica y gloriosa. Es el odio una pasión que 
sobrevive al miedo, y el que profesan los españoles contra 
los moros no ha terminado con la expulsión de éstos de 
nuestro territorio. Ni es extraño que así sea, pues los cris- 
tianos todos participan todavía más ó menos de este mis- 
mo sentimiento. En España todos, desde la Reina hasta el 
último labriego, se sentían poseídos del más ardiente en- 
tusiasmo nacional y religioso, y cada cual en su esfera se 
prestó á toda clase de sacrificios. Por otra parte, creo yo 
que todo nuestro ejército, y principalmente sus Generales, 
se alegraron mucho de tener al fin una ocasión de batirse 
sin derramar, como en nuestras guerras civiles, la sangre 
de sus hermanos. 

Batiéronse, pues, con mucho denuedo, y las operaciones 
de la campaña fueron dirigidas con una habilidad notable. 
O'Donnell, Prim, Zavala y RosdeOlano, rivalizaron en va 
lory pericia, y no hubo que deplorar la más pequeña falta. 
Precisamente era entonces Pelissier, Duque de Malakoff, 
el Embajador de Francia en Londres, y do cesaba <1<' feli 

Citar :'i Isliiri/ por la manera l;m prudente \ entendida con 

<|iie O'Donnell conducía aquella campaña, y le decia siena- 

Tomo II 30 



46tí 

pre que le escribiese de su parte á nuestro General que ca- 
minara con pies de piorno y no se fiase nunca de los moros. 
Pero lejos de dejarse engañar ó sorprender, el valiente Ge- 
neral español tuvo la gloria de tomar la ciudad de Tetuán 
y de batir repetidas veces á los moros, principalmente en 
el campo de Wad-Ras, donde habían juntado un ejército 
numeroso, establecido en fuertes posiciones y mandado 
por Mnley Abbas, hermano de su Emperador. Y prepará- 
base ya O'Donnell á marchar sobre Tánger, objetivo prin- 
cipal de la campaña, cuando una nota muy enérgica del 
Gabinete británico le obligó á detenerse. 

Considera la Inglaterra que su posesión de Gibraltar 
sería insostenible desde el momento en que otra potencia 
europea, ocupando el litoral de Marruecos, situado en fren- 
te de aquella plaza, pudiese impedir á su arbitrio que reci- 
biera de allí sus medios de subsistencia. Por lo cual trató 
de buena fe de arreglar las diferencias sobrevenidas entre 
España y Marruecos, y viendo que no admitíamos su me- 
diación ni tampoco la de Francia, recurrió á un medio in- 
directo de detenernos ó por lo menos embarazarnos, re- 
cordándonos una deuda antigua, el pago de cuarenta y 
nueve millones de reales, que era el importe de los sumi- 
nistros que nos había hecho durante la guerra civil. Seme- 
jante deuda, preciso es decirlo, debía ser sagrada para los 
liberales, porque todos los objetos que la motivaban ha- 
bían sido necesitados para combatir á Don Carlos y asegu- 
rar el trono constitucional de Isabel II. Bien enterado es- 
taba yo de esto, pues el gobierno, antes de pagar, encargó 
á nuestra Legación que buscase en su archivo los recibos 
de todos aquellos suministros, de modo que tuve así opor- 
tunidad de convencerme de su importancia, y que no sólo 
se trataba de fusiles y cañones, sino de toda clase de per- 



4(17 

trechos, desde un pequeño vapor hasta las monturas y las 
pistolas para la caballería; de todo lo cual no había enton- 
•ces repuesto alguno en España. Y sin embargo, el Go- 
bierno y la opinión pública tomaron muy á mal que la In- 
glaterra nos reclamase en aquel momento semejante deu- 
da, y como el Marqués de la comedia, la acusaron por ello 
de mezquina y malévola, sin pensar ni lo más mínimo que 
lo mejor hubiera sido satisfacerla espontáneamente. 

Mas no bastó esto tampoco para cortarle las alas á 
O'Donnell, porque teniendo, como ya he dicho, el dinero 
fresco de la desamortización eclesiástica, pagó sin dificul- 
tad al Gobierno británico y persistió en llevar adelante su 
empresa. Entonces fué cuando la Inglaterra, arrostrando 
todos los inconvenientes que para ello se le ofrecían, le di- 
rigió á nuestro Gobiérnela nota á que me refiero. Algunos 
políticos de entonces proponían que no se hiciese caso de 
ella, y sostenían que debíamos continuar nuestra marcha 
sobre Tánger, en atención á que era casi seguro que, en 
caso de un conflicto, no nos faltaría el apoyo decidido de 
la Francia. Pero el General O'Donnell, que tenía la respon- 
sabilidad de lo que sucediese, era demasiado cuerdo para 
empeñarse en una dificultad tan grave, sin otro dato que 
una simple opinión ó una vaga promesa. ¿Llegó Napoleón 
;'t asegurarnos que sacaría la espada en nuestra defensa? 
Nadie se atreverá á sostenerlo. Lo que tal vez quería era 
empeñarnos en la lucha para sacar ventaja de ella, bí la 
Inglaterra cedía á causa de su apoyo moral, y en caso con- 
trario, restablecer luego la paz, ligándonos por medio del 

reconocimiento. Mas como quiera que esto fuese, el (íene- 

ral español tuvo por más prudente suspender la campaña 
y escuchar las proposiciones iie arreglo que por dos vi 
le haiiían hecho ya los marroquíes. Concluyóse, pues, la 



4*38 

paz, obteniendo una indemnización bastante considerable, 
pero pagada en plazos tan dilatados, que amenguaban mu- 
cho su eficacia. Aumentóse también nuestro prestigio en- 
tre los moros, mas no ha cesado por eso la malevolencia 
de las kábilas: escasas fueron, pues, las ventajas, en cam- 
bio de tantos sacrificios. 

Episodio contemporáneo de aquella campaña fué la 
odiosa intentona carlista de San Carlos de la Eápita, que 
he referido ya en otro capítulo, la cual terminó con la trá- 
gica muerte del General Ortega y con la prisión del pre- 
tendiente y de su hermano, á quienes perdonó generosa- 
mente la siempre generosa Doña Isabel II. El Marqués de 
Miraflores hizo con razón el elogio de esta Augusta Seño- 
ra en un opúsculo que los chuscos de aquel tiempo llama- 
ron el folleto de Lucrecia Borgia; porque decía que nuestra 
Reina no se deleitaba, como la famosa Duquesa de Ferra- 
ra, con la rnuerte de sus enemigos. Y una vez hecha la paz, 
volvió el ejército á España, y fué recibido en triunfo en 
todas las ciudades que atravesaba, porque si bien la na- 
ción esperó al principio otros resultados más brillantes, le 
bastaba al menos aquella gallarda y gloriosa muestra de 
su renaciente poderío. Los Generales todos recibieron gran- 
des premios, viéndose de la noche á la mañana con títulos 
de Marqueses y Condes, y O'Donnell fué creado Duque de 
Tetuán y se halló al fin al igual de Espartero y Narváez, 
sin tener nada que envidiar á nadie en su patria, al me- 
nos en los honores. 

Antes de pasar adelante, conviene preguntarse si la 
oposición que hizo Inglaterra á nuestras conquistas en Ma- 
rruecos debe deplorarse como una desgracia. Muchos lo 
creyeron así, principalmente Don Alejandro Mon, según 
me dijo él mismo cuando le vi poco después en París. Es- 



469 

taba tan irritado con la conducta de O'DonnelJ, que la ca- 
lificaba de pusilánime y repetía con el fabulista: 

Reveses de fortuna 
Llamáis á las miserias, 

, /Por qué, si son efectos 

De la conducta necia? 

Otros, sin embargo, lo tenían por una ventura Entre 
ellos me cuento yo, y he aquí las razones en que me fundo. 
Cuando, realizada la unidad de España, sintió ésta, como 
otras grandes naciones de Europa, la tendencia natural de 
extender sus dominios, eran dos los territorios que pare- 
cían indicados para ello, á saber: Portugal y Marruecos. 
Portugal fué incorporado por algún tiempo; pero no se tras- 
ladó á Lisboa la Corte como debía haberse hecho, siguien- 
do en materia de conquistas los preceptos de Maquiavelo, 
y como hicieron sabiamente en un caso igual el ruso Pedro 
el Grande, que dejó á Moscow por San Petersburgo, y el tur- 
co Mahomet, que cambió á Andrinópolis por Constantino- 
pla; y distraída luego España en otras empresas, que no 
vacilo en calificar de locuras, perdimos miserablemente 
aquel reino. En Marruecos no hicimos más (pie asomarnos, 
y no siempre con éxito ni con un proyecto serio de conquis- 
ta. Aunque el deseo del desquite y el interés de la religión 
debían impelirnos á ello, preferimos esgrimir las armas en 
Italia, Elandes y Alemania. La musa patriótica del Ariosto 
nos reprochaba entonces esta conducta en aquellos versos 
de su Orlando, «pie dicen con noble amargura: 

.Xoit hai tu, Spagna, I África vicina 

Che /' ha piii </i questa I/alia <//'/ 

Eppur per dar travaglio olla mtschina, 
Ijusii la prima 'na si bella impresa. 



470 

Mas la verdad es que, además de las guerras á que nos 
arrastraba la pesada y á mi parecer funesta herencia de 
Carlos V, había otra causa más grave todavía y más per- 
manente que nos impedía pensar en Marruecos, y era la 
gran dificultad de conquistar aquel país. Es preciso tener 
presente que entre los Estados musulmanes no hay ningu- 
no quizás que ofrezca la resistencia que aquél. En vez de 
estar abierto, como el Egipto, hallábase entonces resguar- 
dado por dos regencias ricas y belicosas, contra las cuales 
fué vano todo el poder del gran Emperador. De sus puertos, 
decía por donaire Andrés Doria, que no tenía más que dos 
buenos, que eran Julio y Agosto. En su constitución física 
tiene bastante semejanza con España; es todo montes. El 
Atlas, elevándose desde Túnez en escalones sucesivos, au- 
menta allí su grandeza, y con razón fingía la fábula que 
era un desmesurado gigante, condenado á sostener el Cielo 
sobre sus hombros. Añádase que por todas partes le rodean 
playas inhospitalarias, áridas sierras, y detrás de éstas el 
aire abrasador del desierto. Su carácter moral es también 
muy extraño. Después de la misma Arabia no hay país más 
supersticioso ni más fanático que aquél. Allí nacieron mil 
sectas que han producido luego grandes trastornos; allí no 
se da un paso sin encontrar la Knba ó sepulcro de algún 
santón islamita; de allí salieron las terribles dinastías de 
los almorávides, almohades y merinitas, que asolaron y se- 
ñorearon el Mediodía de España. En el siglo xvi extendía- 
se su dominación por un lado hasta Tremecen y por el otro 
hasta Tombuctú, y cultivábanse allí las letras y las artes, 
como en los países más cultos de aquella época. 

Razón, pues, tuvieron nuestros Monarcas en no pensar 
en su conquista, especialmente después de la derrota del 
temerario Don Sebastián en los campos de Alcázar Kebir. 



471 

Dirase quizás que todo esto es historia antigua; que el 
Marruecos de hoy no es el mismo de Mulej r Moluk ó de 
Muley Ismael, y que todo anuncia su decadencia, cual lo 
prueban las relaciones de todos los viajeros modernos, des- 
de Alí Bey ó sea el español Badía, hasta el italiano De 
Amicis, llegando á decir uno de ellos, el francés Campou, 
que es aquel un imperio que se derrumba. Pero aun con- 
cediendo que esto sea verdad, todavía ofrece la conquista 
de aquel país dificultades y peligros. En la parte más abier- 
ta y menos montuosa de lo que llama el geógrafo Ritter el 
África menor, que es la Argelia, ha hallado la Francia obs- 
táculos tan grandes, que ha necesitado emplear muchos 
años y muchos millones para hacerse al fin dueña de ella. 
Por dos veces estuvo á punto de abandonar la empresa, y 
si al fin la continuó, esto se debe á la tenacidad del Rey 
Luis Felipe, de quien dijo con disimulado mal humor el 
Conde de Mole, que era Argel su gran distracción, su palco 
en la ópera. Y si eso ha sucedido en aquella región relati- 
vamente fácil de dominar, ¿qué no sucedería en el monta 
ñoso é inhospitalario Marruecos, donde á pesar de su de- 
cadencia se conserva aun tanto fanatismo y tanta fuerza 
defensiva? Posible es que al cabo se conquistase; pero 
¡cuánta sangre, cuántos tesoros y cuánto tiempo no se ne- 
cesitarían para ello! Probablemente costaría mucho más de 
lo que luego podría valer para nosotros, y como no sería 
posible extirpar tantos millones de aquellas hordas tan poro 

cultas, á quienes conviene perfectamente el dictado roma 
no de barbari barbarorum, pronto se renovarían las rebelio- 
nes v sería aquello para España un semillero de guerras V 
de gastos. 

Por fortuna, pues, en mi sentir, no permitió Inglaterra 
que comenzásemos allí una guerra de conquistas, \ por for 



472 

tima también ha sucedido después que la dificultad de la 
empresa por una parte y los mutuos celos de todas las Po- 
tencias vecinas por otra, han aconsejado á todos que ha- 
gan allí, como dice también Campou, el papel del perro del 
hortelano; es decir, que ninguna permite que las otras ex- 
tiendan sus dominios en aquel imperio. Proclaman en vez 
de esto la integridad de Marruecos, á la manera que se pro- 
clama la de Turquía, y limitan al menos por ahora sus as- 
piraciones á hacer que se reforme y civilice. Humano y 
sensato proyecto, más conforme con el espíritu liberal de 
nuestro siglo que las anticuadas ideas de opresión y con- 
quista. 

Pero siendo este el estado de las cosas, ocurre natural- 
mente otra pregunta. Desde, el momento en que no debe- 
mos pensar en la conquista de aquel país, ¿qué utilidad nos 
proporciona la posesión de los famosos presidios, tan estre- 
chados por el lado de la tierra, tan poco aptos para esta- 
ciones marítimas y tan expuestos á los insultos de los ma- 
rroquíes? Esto podrá ser muy cómodo para Inglaterra, 
porque así impedimos que los posean los franceses; lo po- 
drá ser también para la Francia, porque con ello estorba- 
mos que los ocupen los ingleses; pero ¿qué recibimos en 
cambio? La ilusión de poseer cierta influencia en aquel Im- 
perio; lo cual quiere decir que hacemos sin apercibirnos de 
ello lo que se llama un métier de dupe\ ó sea un papel de 
simples. 

De tal modo salta esto á la vista, que el mismo General 
O'Donnell no dejó de advertirlo á poco de haber concluido 
la paz con Marruecos, y tuvo la feliz idea de ensayar si era 
posible que la Inglaterra quisiese aceptar algunos de aque- 
llos presidios en cambio de Gibraltar, dándole el encargo 
á Don Antonio González de tantear el terreno en ese sen- 



473 

tido de una manera muy reservada. Hízolo, sin embargo, 
en unos términos que no podían obtener buen resultado. 
O'Donnell, temeroso del clamor de la opinión de España, 
donde duraban aún por desgracia las quimeras inspiradas 
por Donoso Cortés y otros políticos de gran imaginación, 
pero de escaso sentido práctico, no ofreció más que Ceuta, 
la cual no puede ser puesta en la balanza como equivalen- 
te á Gibraltar. Según lo indicó, á lo que parece, el Gobier- 
no inglés de aquel tiempo, la Inglaterra hubiera necesita- 
do adquirir, no uno solo, sino todos nuestros presidios, in- 
clusas las Chafarinas, que pueden dar una posición defen- 
siva hacia el río Maluía, frontera oriental del imperio, á 
fin de justificar á los ojos de la opinión de su país la cesión 
de la célebre fortaleza. O'Donnell, tímido, obcecado y vaci- 
lante, quiso hacer las cosas á medias y no se atrevió á 
abandonar del todo la fantasmagoría de Marruecos. La ne- 
gociación no pudo, pues, pasar más adelante. 

Y van siete, dirá algún día la Historia, cuando se ocupe 
de nuestra política respecto á Gibraltar. En tiempo de Fe- 
lipe V no quisimos por tres veces recobrarlo pacíficamente 
en cambio de nuestras pretensiones en Italia; cu tiempos 
de Carlos IV no lo quisimos igualmente en cambio, prime- 
ro, de la Florida, y después de Santo Domingo y Puerto 
Rico, y en tiempo de Isabel II no lo hemos querido tampo- 
co en cambio de nuestras posesiones en África, faene! 

capítulo XXXI de estos RECUERDOS he expuesto á propó- 
sito de mi visita á Gibraltar, las tristes reflexiones (pie este 

estado de cosas tan deplorable me sugiere. No las repetiré 

ahora. Limitáronle á decir que si se quisiera buscar una 
explicación de ello, sería quizás fácil hallarla en el carác- 
ter de los españoles, el cual ha sido siempre más ambicio 
SO (pie activo, más propenso á la vanidad (pie al OrgUÜO. 



474 

Por vanidad estiman más lo que brilla, lo que ofusca, lo 
que halaga. No sienten como deberían lo largo y lo ancho, 
lo profundo y lo triste, lo peligroso y lo humillante de te- 
ner á los ingleses en una plaza nuestra, como los tienen las 
Potencias bárbaras de África y de Asia. No sienten como 
deberían que los ingleses falten al Tratado de Utrecht, ex- 
tendiéndose por la parte de tierra y estableciendo allí hi- 
pódromos y cuarteles, y que no nos permitan la recons- 
trucción del castillo de San Felipe, y que, en fin, cuando 
reclamamos contra todo esto nos respondan con insolen- 
cia que ya Canning fijó, por su propia autoridad, los lími- 
tes actuales y no hay que volver á hablar más sobre ello. 
¡Divinos Cielos! ¿Cómo puede haber un español que por li- 
bertarse de tanta ignominia vacile en darles en cambio no 
sólo todos los presidios de África sino también Fernando 
Póo por añadidura? ¡Nos repugna tenerlos en la costa de 
enfrente y no nos repugna tenerlos en la nuestra! ¡Soña- 
mos con ser dueños del litoral. africano y no lo somos ni 
aun siquiera del nuestro! 

Pero dejemos ya este tristísimo tema y veamos qué 
otras guerras emprendió luego el General O'Donnell, de 
quien decía con oportunidad Istúriz que después de su 
campaña de África se parecía á Don Quijote de la Mancha 
después de su batalla con el vizcaíno: á todo se atrevía; 
nada le parecía difícil. Empezó por reincorporar á España 
la parte española de la isla de Santo Domingo, donde can- 
sados por el momento sus habitantes de sus continuas lu- 
chas civiles, pensaron en volver al dominio de la antigua 
metrópoli. Parece imposible que un hombre como él, que 
había residido tanto tiempo en América, con el alto cargo 
de Capitán General de Cuba, no conociese el carácter lige- 
ro y mudable de aquellos insulares, sus costumbres co- 



475 

rrompidas, su odio á los españoles. Todos, sin embargo, lo 
sabían y no hubo Gabinete que no extrañase la conducta 
del nuestro. Y cuando Istúriz habló de ello con Lord John 
Russell, le dijo éste con gracia que se admiraba mucho de 
la determinación de O'Donnell, y que en su lugar, le hubie- 
ra respondido á los dominicauos lo que le respondió Luis 
Onceno á los genoveses una vez que quisieron pasar al do- 
minio de aquel Rey por libertarse del Duque de Milán: 
«¿Queréis daros á mí?, pues yo os doy al diablo». 

Pero la vanidad de nuestro gobierno le hizo desoir to- 
dos los consejos de la prudencia, y no sólo abrigó en su 
seno á aquellos antiguos colonos, que fué lo mismo que 
abrigar á una serpiente, sino que habiéndose rebelado bien 
pronto mucha parte de ellos, gastó mucha sangre y mucho 
dinero para someterlos, hasta que al fin el General Nar- 
váez, que era más hombre de Estado que O'Donnell, pensó 
en pouer término á semejante desacierto, apenas subió 
otra vez al poder, tomando la sabia providencia de hacer 
anular por las Cortes el decreto de incorporación de aque- 
lla isla. Retiráronse nuestras tropas, y los inquietos domi- 
nicanos quedaron de nuevo abandonados á su triste des- 
tino. El error de adoptarlos había sido grande, pero Nar- 
váez pensó, sin duda, que en materia de locuras son las 
mejores las más cortas, y con gran prudencia, siguió el 
consejo de Juvenal: si tu sanaris, brevü esto. 



••■«■!• 



CAPITULO LXX 
Londres, de 1858 á. 1865. 



Guerra con el Perú — Empréndese sin prudencia y se termina con poca gloria 
Guerra en Coehinchina para complacer á la Francia. — Concluye pronto sin mu- 
cha ventaja. — Expedición de España, Prancia é Inglaterra á Méjico á fin de re- 
damar por deudas y agravios. — Proyecto francés 'le establecer allí un imperio 
para el Archiduque Maximiliano, ;'i pesar de la doctrina de Monroc— Relación 
desús motivos. — Proyecto semejante de España.— Disidencia entre los Pleni- 
potenciarios de las tres naciones aliadas. — Los ingleses se retiran. — El General 
Prini hace lo mismo — La Reina y la opinión le aplauden. — Pasa por Londres 
á su regreso. — Su fisonomía y carácter. 



La tercera guerra emprendida por O'Donnell fué con 
la República del Perú en 1K<;:¡. Causa ó pretexto para ella 
fueron los atropellos de que habían sido víctimas algunos 
subditos españoles en el pueblo de Talambo. Como esta 
clase de agravios era entonces muy común en aquellos 
países, cuya situación interior se hallaba aun tan insegu- 
ra y precaria, todo el mundo se maravilló de que el gobier- 
no español hiciese;! causa de ello los gastos de una expe* 
«lición marítima, exponiéndose «•mi poca prudencia á los 
riesgos de ana campaña tan lejana, [stúriz, sin embargo, 
lo babía predicho desde que empezaron á construirse en 
Inglaterra algunos buques para nuestra marina de guerra, 

y le decía á sus íntimos amigos: Va verán ustedes como 

apenas estén concluidos, los emplearemos en alguna loen 

ra .Contrastaba nuestra conducta con la de otras nació 
nes más poderosas, y era tan desproporcionada á nuestras 



478 

quejas, que la opinión general, especialmente en América, 
creyó descubrir bajo aquellas apariencias algún proyecto 
de reconquista. 

Aumentó esta sospecha el lenguaje y la actitud del Al- 
mirante y del Plenipotenciario españoles, los cuales pare- 
cían escogidos adrede para inspirar á los peruanos el rece- 
lo y la desconfianza. Era Pinzón un buen oficial de marina, 
pero desvergonzado y pendenciero; y en cuanto á Salazar, 
todos le tenían por un hombre sumamente ligero. Apenas 
llegados tomaron un aire amenazador, y Salazar usó en 
mal hora en una de sus comunicaciones de la palabra rei- 
vindicación. Viéndose poco atendidos, se apoderaron de 
las islas Chinchas, de las cuales saca aquel país su mejor 
renta y que estaban ya pignoradas para el pago de su deu- 
da extranjera, y consiguieron por este medio que el Presi- 
dente Pezet les diera cierta satisfacción. Pero habiendo 
querido exigir lo mismo de Chile, nación pequeña, pero 
más belicosa que el Perú, de cuya conducta estábamos 
también quejosos, cundió luego la irritación por todo aquel 
Continente, cayó el moderado Pezet, reemplazándole Pra- 
do, grande enemigo de España, y nos encontrarnos 1 en 
guerra con tres de aquellas repúblicas. Entre tanto no te- 
níamos allí ni base de operaciones ni puertos amigos, y 
para mantener nuestra escuadra era necesario que le fue- 
sen enviados los víveres desde España ó Inglaterra. 

Méndez Núñez, quien había sucedido en el mando á 
Pinzón, tuvo al fin que dar por terminada aquella empre- 
sa, contentándose con ejecutar la heroica temeridad de 
bombardear con sus buques de madera las baterías blin- 
dadas del Callao. Temeridad que no pudo halagar mucho 
nuestro amor propio, porque al fin tuvimos que retirarnos 
de aquel puerto con poca gloria, puesto que no obtuvimos 



479 

satisfacción de ninguna especie por los agravios recibidos. 
Añádase que, contra nuestros intereses verdaderos y per- 
manentes, nos enajenamos por mucho tiempo los ánimos 
de aquellos hijos nuestros, con quienes hubiéramos debi- 
do mostrarnos más tolerantes, y que se han necesitado 
más de veinte años para que nuestras relaciones con ellos 
hayan recobrado la cordialidad deseable. Una sola perso- 
na ganó con esta guerra tan inútil, y fué el contratista qne 
enviaba los víveres desde Londres. Disimulóse este fraea 
so cuanto fue posible; pero no dejó de ser notado fuera de 
España, y estoy seguro de que cada cual tenía ganas de 
decirnos, como el personaje de Moliere: ¿Qué halléis ido á 
hacer en esa galera? 

Otra guerra, que era la cuarta de aquel tiempo, fué he- 
cha en Cochinchina, con objeto de tomar satisfacción de 
la muerte dada por aquellos pueblos semibárbaros á alga- 
ños misioneros católicos. Y aquella vez no lo hicimos solos, 
sino en compañía de la Francia. La campaña fué fácil, 
nuestro papel bastante Incido; pero las verdaderas venta 
jas fueron para nuestro aliado, el cual echó allí entonces 
los primeros cimientos de una hermosa colonia, qne se ex- 
tiende hoy día hasta las puertas de la China. Bu cuanto á 
nuestro gobierno, su sueño era, como he dicho, conseguir 
que la Francia nos hiciese declarar Potencia de primer or- 
den, y á esta, que bien s- puede llamar niñería, sacrificaba 
las demás consideraciones. De esta manera, después de 
haber criticado con razón á los Minisi ros de < 'míos i v por 

haber enviado tropas españolas a Tosca na \ á Dinamarca, 

para agradar al primer Napoleón, hacían en lo posible otro 
tanto los Ministros de Isabel II para agradar al tercero, 

dejándose también atar al carro de la Francia. Y no ad 

vertían que era una contradicción palmaria el querer ser 



480 

considerados como Potencia de primer orden, cuando 
huían al mismo tiempo y no sin motivo de tomar parte en 
las grandes cuestiones europeas, limitándose á tomarla en 
estas pequeñas. Ni reflexionaban que precisamente por ser 
la Francia quien nos apadrinaba 3' recomendaba, esta cir- 
cunstancia nos enajenaba el favor de las otras potencias, 
porque les debía parecer muy probable que si llegábamos 
á tomar asiento en el concierto europeo con ayuda de aque- 
lla nación, esto sería para hacer el papel de un auxiliar 
suyo y reforzar su voto con el nuestro. 

Por fin, la quinta guerra emprendida en tiempo de 
O'Donnell, si guerra puede llamarse una contienda en que 
nuestros soldados no llegaron á disparar un tiro, fué la ex- 
pedición enviada á Méjico en compañía de la Francia y la 
Inglaterra, con el objeto de vengar diversos agravios. Su 
historia podría ser motivo de mucha risa si no hubiese aca- 
bado al fin trágicamente con la muerte del infeliz Maximi- 
liano, porque no se ha visto jamás una en que las naciones 
que la emprendían luchasen más que en aquella para en- 
gañarse mutuamente, quedando al cabo todas completa- 
mente burladas. Su objeto principal y ostensible era ven- 
gar las ofensas que Méjico había inferido á las tres Poten- 
cias, insultando á sus agentes, vejando y maltratando á 
sus subditos, y negándose á pagar las deudas contraídas 
con ellos. 

Los acreedores de Méjico eran, no sólo numerosos, sino 
importantes. El banquero suizo Yecker, por ejemplo, que 
había concluido con aquel gobierno un gran empréstito 
oneroso y usurario, había tenido la fortuna de interesaren 
favor suyo nada menos que al célebre Duque de Morny, 
Ministro favorito del Emperador Napoleón y persona de 
mucha influencia por ser hijo de la Reina Hortensia y del 



I, SI 

Conde de Flahaut, y por lo tanto hermano adulterino de 
aquel Monarca, al cual ayudó muy eficazmente para llevar 
á cabo el famoso golpe de Estado que le dio la corona. El 
novelista Daudet le ha retratado bien en su Nabab, bajo el 
nombre de Duque de Mora, y su carácter, que era una mez- 
cla de elegancia y de corrupción, propia de aquellos tiem- 
pos, hace muy creíble la intervención que Delord y otros 
historiadores le atribuyen en este asunto. 

Estas reclamaciones pecuniarias, juntas alas satisfaccio- 
nes é indemnizaciones necesitadas por varios asesinados y 
atropellos de subditos franceses y de otras Daciones fueron, 
como digo, las solas causas que se adujeron para empren- 
der aquella expedición. Había, sin embargo, otro objeto del 
cual no se decía nada oficialmente, pero se hablaba mucho 
en público, de manera que venía á ser un secreto á voces. 
Aludo al proyecto de aprovechar la ocasión de aquella gue- 
rra para establecer una Monarquía en Méjico. La Francia 
fué la primera en concebirlo; la España se apresuró á imi- 
tarla. Sólo la Inglaterra se abstuvo de tales quimeras y no 
parecía tener otro fin que el de reclamar de Méjico las re- 
paraciones necesarias, y mandó sus tropas con el firme 
propósito, BegÚIl me lo dijo más de una vez Lord John 
Russell, de retirarlas inmediatamente, si las otras Poten 

CÍas se mezclaban lo más mínimo en los asuntos interiores 

de aquella República. 

La idea de establecer una Monarquía en Méjico, era muy 
antigua, conforme lo lie explicad/) en el capítulo XXI, y pu 
recia al principio tan natural como deseable. Mas por una 
razón ó por otra no se realizó en la época en «pie hubiera 
sido más oportuna, 3 transcurridos luego los años \ crea 

dos .11 iMpiel país intereses y opiniones i n 1 1 \ CODtraJ 
ella, se fué haciendo más difícil. Y desde luego era indis 
Tomo 11 81 



482 

pensable que en el caso de realizarse, se hiciera por el voto 
mismo de la mayoría de los mejicanos libremente expresa- 
do, y no por imposición y con la presencia de un ejército 
extranjero. Pensándolo así el prudente Bermúdez de Cas- 
tro trabajó en su tiempo, como lo he referido, á fin de que se 
reuniese en Méjico con entera libertad una asamblea cons- 
tituyente para tal objeto; mas aunque mucho consiguió en 
este sentido, no fué tanto como hubiera sido deseable, y al 
fin, derribado Paredes, que fué quien se atrevió á tomar la 
iniciativa en aquella empresa, recobraron las cosas el esta- 
do que antes tenían y nadie volvió á hablar más del asunto. 

¿Qué razón hubo, pues, para que se suscitase de nuevo 
la misma idea en el año 60? En mi sentir hubo varias. Pri- 
mero, la muerte de Santana, que dejando al clero y al par- 
tido reaccionario sin el único hombre que, á pesar de sus 
defectos, servía para poner coto á las exageraciones de los 
radicales, les hizo desear á aquéllos un auxilio cualquiera, 
aunque viniese del extranjero. La iniciativa procedía del 
clero, porque la desamortización eclesiástica llevada ya á 
cabo por Comonfor, requería con urgencia un remedio. El 
Arzobispo de Méjico, Labastida, fué el alma de aquel mo- 
vimiento. Ayudábanle varios Obispos y un Padre Miranda 
y después un Padre Fischer, que fué el agente más activo 
del partido clerical cerca del Emperador Maximiliano. Va- 
rios propietarios de mucho arraigo en el país intrigaban 
asimismo en Europa. Pero ninguno tanto como un tal Gu- 
tiérrez de Estrada, hombre de talento, acaudalado y docto, 
quien desde muchos años se hallaba establecido en Italia 
y hacía frecuentes viajes por Alemania y Francia, escri- 
biendo folletos y haciendo la propaganda monárquica. 

Conocíle mucho en Roma. Era un personaje original y 
• asi cómico por su verbosidad j T por la exageración de su ca- 



483 

rácter. Adoraba al Austria, en cuyo imperio veía cifrado an- 
tes del año 48 el ideal de una Monarquía cristiana. Tertulia- 
no y comensal del Conde Lutzow, Embajador de aquella Po- 
tencia, se casó con una hija de éste, poco bonita, pero pre- 
ciosa para él, puesto que le proporcionaba la dicha de ser 
yerno de un austríaco. Padecía Gutiérrez del hígado, como 
se advertía en el color verdoso de su rostro, y con objeto de 
restablecerse, iba todos los años á Carlsbad, y á la vuelta 
se detenía en Viena para visitar al famoso Príncipe de Met- 
ternich, que entonces era el ídolo de los retrógrados. Con 
su corbata blanca de un palmo de altura y una placa muy 
visible en el lado izquierdo del frac, formaba Gutiérrez el 
verdadero tipo de lo que se llamaba entonces salón Met- 
ternich, y hubiera dado la mitad de sus posesiones de Mé- 
jico por una sonrisa de aquel Ministro. En Roma era ya 
tan conocido como el capitán Comedias, de quien he habla- 
do en otro capítulo, por la costumbre que tenía de pasear 
muy deprisa por el Pincio, leyendo siempre periódicos, de 
los cuales llevaba llena la levita, á guisa de un gabinete de 
lectura ambulante. Cuando encontraba á algún amigo, lue- 
go le proponía cualquier discusión política, y era chistoso 
ver cómo reforzaba sus argumentos, sacando primero del 
bolsillo del pecho el Univers, y luego del bolsillo de un fal- 
dón la Unidad Católica, y del mismo modo otros y otros 
papelotes. 

El General A.1 monte, Ministro de Méjico en París, le 
ajudabaen su propaganda, aunque por otros medios. Era 

lili indio mu\ lino, hijo de aquel CUra Mondos, que fué uno 

de los primeros adalides de la independencia; y cuentan 
que cuando venía a las manos con las tropas españolas, 

ponía al hijo en s.ilvo, diciéndole á sus parí idarios: El niño 
al monte ; de lo cual tomo su nombre. X<> poseía la exalta 



484 

ción de Gutiérrez de Estrada. Su carácter era dulce y más 
bien insinuante que discutidor. Uniéronse á estos otros 
muchos caballeros mejicanos, tales como el opulento Sán- 
chez Navarro, el adamado Arroyo, el simpático Hidalgo, á 
quien también había yo conocido mucho en Roma, como Se- 
cretario de la Legación de su país, y que, amigo de la Con- 
desa del Montijo y de la misma Emperatriz, fué uno de los 
diplomáticos más activos de Maximiliano. Había, en fin,, 
varias señoras ricas y retrógradas que, establecidas en Pa- 
rís por huir de los desórdenes de Méjico, conspiraban tam- 
bién á su manera. Recuerdo á la bella Errazu, muy admi- 

1 
rada por el Emperador, la Guibacoa, la Uribarren, y otras 

de quienes dice un cronista de aquella época que ilumina- 
ban los salones del Elíseo con el brillo de sus ojos y el res- 
plandor de sus joyas. 

La segunda causa de que se adoptase aquel proyecto 
fueron las ventajas que de su realización esperaba Napo- 
león. Desde luego es vicio inherente á la dictadura la ne- 
cesidad de mantener su prestigio por medio de acciones 
aparatosas, á semejanza de los empresarios de teatro, que 
tienen que inventar de continuo espectáculos de grande 
efecto. Proponíase además aquel Soberano varias cosas 
muy importantes, á saber: fundar un Imperio americano, 
el cual fuese como feudatario de la Francia; reorganizar 3^ 
dirigir la raza latina en aquel Continente; detener la mar- 
cha de los Estados Unidos y oponerse á su influencia ava- 
salladora; y por último, conseguir para sus proyectos sobre 
el Rhin la amistad del Austria, dando á uno de sus Archi- 
duques un trono que compensase la pérdida de la Lombar- 
día. En este proyecto le animaba mucho la Emperatriz 
Eugenia, novelesca como mujer, vanidosa y amiga del cle- 
ro, como española, y propensa por los sucesos extraordina- 



185 

tíos que habían dado el trono á su marido y á ella misma, 
:á lo violento, á lo autoritario y á lo maravilloso. Sonreía 
mucho á aquella Augusta dama conferir un trono á un 
Príncipe austríaco y á una Princesa belga, restaurar en 
Méjico la autoridad y el orden y dar á su clero y á sus cla- 
ses elevadas el prestigio que tienen en Europa. 

Todos estos motivos militaban también por parte de la 
España, porque el General O'Donnell hacía igualmente á 
su manera el papel de un dictador, como Napoleón, y de- 
seaba realizar cosas ruidosas; y según se dijo entonces, te- 
nía asimismo su protegido español para aquel trono. Pero 
nunca llegó á saberse quién era, por lo cual sospecho yo 
que se hallaba en una posición parecida á la de Bermúdez 
en el año 46; es decir, que no se atrevía á confesar su can- 
didato por temor de que no fuese acepto á los mejicanos, 
sobre todo en comparación del ilustrado y brillante Maxi- 
miliano. Y aun pudiera ser que en realidad no tuviese 
O'Donnell candidato ninguno, sino que fingiese tenerlo á 
fin de que no se creyese que caminaba á remolque de la 
Francia para poner á un Príncipe extranjero en el trono de 
una tierra española. Hablaron algunos de Montpensier, 
otros de Don Juan de Borbón, que había reconocido á la 
Reina, ambos poco probables, reinando un Bonaparte en 
Francia. De Don Enrique nadie hizo mención, sin duda par 
ser progresista. 

Pero falta todavía referir una ruaría y no poco notable 
circunstancia que contribuyó mucho á la realización de 
aquella empresa, la cual fué la guerra que había estallado 

entonces éntrelos listados americanos del Sud y los del 
Norte, á causa de la abolición de la esclavitud. Creyó la 

Francia y creyó en verdad «asi toda Europa que aquella 

lucha duraría muchos años y terminaría con la división de 



486 

la gran República en dos naciones diferentes y separadas,, 
y le parecía aquella ocasión muy oportuna para mezclarse 
en los negocios de Méjico, sin que lo estorbase el gabinete 
de Washington, invocando la doctrina de Monroe. Reali" 
zábase la fábula conocida del gato dormido y los ratones. 
Y ya que he mentado esa famosa doctrina, debo decir mi 
opinión acerca de ella. En general, suelen exagerarla lo» 
políticos de aquel país; pero circunscrita á ciertos límites, 
me parece bastante fundada. No puede ser agradable para 
los americanos ni les puede tampoco parecer compatible 
con sus intereses ni con su decoro que vaya ningún go- 
bierno europeo á prestar su auxilio á los monárquicos de 
América. Para ver esto más claro no hay más sino invertir 
los términos de la cuestión y pensar lo que harían las Mo- 
narquías de Europa si los Estados Unidos se mezclasen en 
los asuntos de nuestro Continente. Nadie creerá, por ejem- 
plo, que la Alemania podría consentir que desembarcasen 
tropas americanas en Holanda ó Dinamarca para fundar 
allí una república. Ni España tampoco miraría impasible 
que viniesen á hacer lo mismo en el vecino Portugal. Con- 
cedo que la doctrina de Monroe tiene en sí algo de arrogan- 
te y ofensivo; mas si bien se considera, no es después de 
todo tan ambiciosa como la que invoca ia Rusia para pro- 
teger á los cristianos de Oriente y acercarse por este medio- 
á Constantinopla. Ni es tan insolente como la pretensión 
francesa de que la España no ha de ser libre en la elección 
de sus Reyes. Ni es, en fin, tan egoísta como la pretensión 
inglesa de que nadie debe ocupar á Tánger porque esto le 
impediría sacar de allí libremente los víveres que necesita 
para la plaza de Gibraltar. 

Mas volviendo á la cuestión de Méjico, veamos ya cuá- 
les fueron sus progresos. Lo primero de todo fué concluir 



187 

un convenio, de cuya redacción se encargó Lord Russell, 
y que debía ser firmado en Londres. Fundábase únicamen- 
te en la necesidad de obtener satisfacción por los intolera- 
bles agravios y repetidas transgresiones del derecho de 
gentes, cometidas por el gobierno mejicano, y exigir el pago 
de las deudas que éste había contraído con los subditos de 
las tres naciones. Excluía por completo toda intervención 
en los negocios interiores de Méjico; pero esta cláusula fué 
luego suprimida á petición de nuestro Ministro de Estado, 
Calderón Collantes, el cual, creyendo, sin duda, obrar con 
mucha travesura, facilitaba así, sin quererlo, los planes de 
la Francia. 

Contrarió mucho á Istúriz la conclusión de aquel con- 
venio y mostró tan mala voluntad para terminarlo, que 
tuvieron necesidad de mandarle á última hora un recado 
del Ministerio de Negocios extranjeros, avisándole que 
Lord Russell y el Conde de Flahaut le esperaban ya para 
firmar. Marchó al fin Istúriz; pero al despedirse de mí, cal- 
zándose ya los guantes, me habló de esta manera: Amigo 
mío, no puede usted figurarse con qué repugnancia voy á 
firmar este papelote. Mi situación se parece á la de cierto 
Virrey de Méjico, á quien nuestro gobierno mandó una 
vez que hiciese una cosa que á él le parecía un gran di 8 
párate. Decidióse con todo á cumplirlo; pero puso al mar- 
gen de la Real orden este chistoso decreto: Puesto que el 
diablo lo quiere, Dios lo permite, y el Rey lo manda, que 
se haga». 

Y no tardó miiclio en notarse que en efecto er:i el dia- 
blo quien había inspirado aquel convenio, pues ;i poro de 
llegar á Méjico laa tropas de las tres Daciones se convirtió 

su reunión en un pequeño <;ini|>o de Arruinante. I. o min- 
ino Prim que Sir Charlea Wike, Ministro de Inglaterra, s< 



488 

apresuraron á reconocer á Juárez como Presidente de Mé- 
jico y á tratar con él en la Soledad y en Orizaba; pero el 
francés Loréncez, aconsejado por Almonte, el cual llegó á 
la sazón de París con las últimas instrucciones del Empe- 
rador, pensaba de diferente manera y quería que ante to- 
das cosas se juntase un Congreso nacional, es decir, que 
fuese abierto allí un período constituyente á la sombra de 
las bayonetas extranjeras. Opúsose á ello Wike y otro tan- 
to hizo Prim, cuyos celos supo excitar el astuto Doblado, 
pariente de su mujer, que era Ministro de Relaciones exte- 
riores de Juárez, haciéndole ver ya claro el designio de la 
Francia y el papel deslucido que iban á desempeñar tanto 
él como la España. Adoptó Wike la resolución de marchar- 
se con las tropas de su país, y Prim tomó sobre sí la de 
ejecutar lo mismo sin consultar al gobierno ni aguardar 
nuevas instrucciones. Quedó sola la Francia, la cual se 
apresuró á mandar grandes refuerzos, y después de ven- 
cer alguna resistencia, especialmente en Puebla, llegó 
triunfante á Méjico y convocó allí una Junta de Notables, 
que opinaron por el establecimiento de la monarquía y 
ofrecieron la corona á Maximiliano. Aceptóla luego éste, y 
por algún tiempo todo parecía sonreír á aquel improvisado 
Imperio; mas no apenas cesó la guerra civil en los Estados 
Unidos y volvieron éstos de su letargo, protestaron contra 
la intervención de la Francia, y el Emperador Napoleón, 
abandonado por la opinión de su país, que no aprobaba 
aquella empresa, y temeroso también de nuevas complica- 
ciones en Europa, se apresuró á retirar sus tropas, cayendo 
acto continuo aquel efímero edificio, como un castillo de 
naipes. 

A sn tiempo referiré el fin de aquella aventura y la 
muerte lamentable del desdichado Maximiliano, víctima 



489 

de su propia ambición y del egoísmo de la Francia. Ahora 
debo decir cuál fué la impresión causada en España pol- 
la conducta de Prim. Aquellos que habían aprobado la ex- 
pedición pusieron el grito en el cielo, acusándole de haber 
faltado á la disciplina, y O'Donnell mismo se disponía 
quizás á castigarle. Pero la actitud de la Reina Isabel le 
hizo cambiar de designio. Díjose entonces que aquella Au- 
gusta Señora, con el instinto propio de su estirpe y de su 
rango, no veía con gusto que hubiéramos ido á Méjico para 
poner allí á un Príncipe que no fuese español; por lo cual 
no desaprobaba la resolución de Prim, y cuando O'Donnell 
entró á hablarle después de haber recibido la noticia do 
aquel suceso, la Reina fué luego á su encuentro y sin de 
jarle abrir la boca le dijo: «¡Ay, cuánto me alegro de lo 
que ha hecho Prim! ¡cuánto me alegro de que no se haya 
dejado engañar por los franceses!» Y la opinión de la Rei 
na fué pronto la de las personas más sensatas, de tal suer- 
te que O'Donnell no tuvo valor para desaprobar oficial- 
mente los actos de su subordinado. 

Ni necesito decir cuánto se alegró también de lo ocurri- 
do mi jefe Istúriz. Apenas podía contener su gozo, y con 
placer exclamaba: {Félix culpa! ¡pulpa feliz!» Precisamen 
te á las pocas semanas llegó á Londres el mismo Prim de 
paso para Madrid, y de su boca supimos todos los porme- 
nores de lo acaecido. Debo decir, sin embargo, que no me 
hizo su persona una impresión muy favorable. Era un 
hombre pequeño y de fisonomía inteligente, pero común. 
No tenía el aire marcial de Narváez y Espartero, ni la dis 
tinción de O'Donnell y Serrano. Parecía un médico «le re 
gimiento ó un abogado de pueblo. El pintor Regnaull le 
ha retratado en un magnífico cuadro, colocado boy en el 
Louvre, y lia querido darle en aquella pintura un exterior 



400 

imponente; mas á pesar de sus deseos, lo tínico que allí 
parece grande es el caballo. Con todo, aquel aspecto era 
engañador, pues desgraciadamente tenía cualidades y de- 
fectos qne le hicieron muy temible. 

Era Prim un valiente y atrevido militar, que sabía ha- 
cerse amar de sus soldados, y á quien sus antecedentes 
democráticos hacían también el ídolo del pueblo. Conside- 
rábase ya como un sucesor de Espartero. Mezclado en la 
política desde su primera juventud, tenía en ella muchos 
amigos y partidarios, que le ayudaban á elevarse. Su am- 
bición era inmensa, y aunque había obtenido ya mucho, 
no se hallaba todavía satisfecho. Estaba casado con una 
mejicana muy fea pero muy rica, lo cual le daba indepen- 
dencia. En cuanto á sus convicciones, aunque casi siempre 
liberales, variaron á veces al compás de su interés. Cuan- 
do se cubrió como Grande de España pronunció un dis- 
curso en el cual hacía ostentación casi hiperbólica, de su 
fe monárquica, y pocos años después sacó la espada con- 
tra su Reina. Acusáronle los franceses de haber aspirado 
él mismo al trono de Méjico, mas por mi parte no puedo 
creerlo, porque las opiniones radicales de Prim no podían 
ser muy agradables al clero ni á las clases elevadas de Mé- 
jico. En cambio, es innegable que el General Prim fué el 
alma de la revolución de 1868, que arrancó de las sienes 
de Doña Isabel II, la diadema real de España. 



^z^-^er— 



CAPITULO LXXI 
Londres, de 1858 á 1865. 

Venida :i Londres de los Duques de Montpcnsier. — Voy á recibirlos en Plymouth. — 
Contraste de la Duquesa con la Reina BU hermana.— Carácter del Duque. — Su- 
plicio de Tántalo que sufrió toda su vida. — Viene también á Londres la Keiua 
Cristina de Borbón. — Encanto de su trato. — Mis visitas á ClaremOnt. — .Inicio 
sobre la familia de Orleans. — Viaje que emprendo por Inglaterra é Irlanda, 
acompañando á Istúriz. — El Castillo de Warwick. — Palacio de lilenheim y sus 
cuadros de Rubens. — Oxford y sus Colegios — Sensatez de los ingleses. — Espí- 
ritu conservador de aquella Universidad. 

Después de la visita del General Prim, tuvimos otras de 
personajes todavía más ilustres, cuales fueron la Reina 
Cristina de Borbón y los Duques de Montpensier. Como en 
aquella época no podía la primera ir á España, porque el 
General O'Donnell temía su influencia, ni podían tampoco 
los Duques ir á visitarla en París, donde residía, porque 
imperaba allí un lionaparte, diéronsecita en Londres. Lle- 
garon primero los Duques y fui yo, por encargo de Istúriz, 

á recibirlos cu Plymouth, que fué el puerto á donde los tra 
jo un buque de guerra español. Encontróme allí dos días 

antes; mas pasé muy bien el tiempo viendo la ciudad y sus 
lindos alrededores. Es aquella la costa más occidental de 
la (¡ran Bretaña y la primera que encuentran las naves 
procedentes del ( )céano; por lo Cual fué á donde divisaron 
antes (pie en otra alguna los ciento treinta buques de la 
famosa armada Invencible de Felipe II, quedando todavía 
«Mitre aquellos habitantes l;i tradición de l:i alarma que 



192 

produjo su número al parecer inacabable, cuando en el ho- 
rizonte fueron vistos. Mas por fortuna para los ingleses no 
aprodaron allí como lo proponía el bravo Recalde, y pronto 
tuvieron que alejarse para buscar un refugio en las costas 
de Francia. 

El capitán Fernández Duro, en un libro que ha sido 
dado á conocer en Europa por el inglés Froude, y cuya lec- 
tura entristece á todo buen español, ha referido con mucha 
exactitud la historia de aquella expedición y las causas de 
su fracaso; no sabiendo el lector qué admirar más, si la lo- 
cura del Rey Felipe II al proponerse derribar con ella á la 
Reina Isabel, ó la poca previsión que demostró en prepa- 
rarla, dándole su mando á un hombre como el Duque de 
Medina Sidonia, que reconocía él mismo su absoluta inca- 
pacidad para una empresa marítima, y desoyendo los con- 
sejos del Duque de Parrna, que le recomendaba la necesi- 
dad de asegurarse ante todas cosas un puerto de refugio y 
una base de operaciones en la costa de Flandes. 

Pero volviendo á los Duques diré que, llegados al fin á 
Plymouth, tuve el honor de ofrecerles mis respetos y de 
acompañarlos en su viaje á Londres, donde gocé después 
por algunas semanas del placer de su trato. Parecióme la 
Duquesa una señora bella, aunque tal vez algo demasiado 
morena para mi gusto, de carácter muy dulce y de una dis- 
creción notable. Formaba un completo contraste con su 
hermana la Reina Isabel, la cual es todo fuego, todo vive- 
za, todo audacia. La Infanta parecía más bien tímida, re- 
servada y tranquila. Era además sinceramente pía y mode- 
lo de madres y esposas. Soportaba con mucha paciencia los 
defectos de su ilustre marido, el cual pecaba de tiranuelo 
doméstico por lo exacto, metódico y pedante. Mostraba en- 
tonces la Duquesa los sentimientos más leales hacia su 



498 

hermana; pero, según nos lo asegura el General Córdoba 
en sus Memorias, no dejó de prestarse en el año 68 á las 
intrigas del Duque. Con pesar me he enterado de ello y lo 
atribuiría exclusivamente á la mala influencia de aquél, si 
la experiencia no me hubiera enseñado que la ambición 
sabe penetrar lo mismo en el pecho de los Príncipes que en 
el de cualquiera plebeyo, lo mismo en el alma de los devo- 
tos que en la de los descreídos. 

El Duque tenía también muy buena presencia y se pa- 
recía mucho á su padre el Rey Luis Felipe, y, como él, es- 
taba asimismo dotado de bastante talento. Era gran lector, 
y apenas desembarcado, quiso comprar los libros que esta- 
ban á la sazón de moda., como La mujer del vestido blanco de 
Wilkie Colline, y El origen de fox especies de Darwin. Habla- 
ba corrientemente el español, sin más defecto que la pro- 
nunciación de las erres. Su amabilidad era grande y hacía 
cuanto le era posible para ganar voluntades; mas no podía 
conseguirlo, y en general fué siempre desgraciado. Desde 
muchacho era tan gastador, que su padre le llamaba M<>u 
dépemier, en vez de Montpensier, 3* sin embargo, cobro 
fama di' avaro, porque le gustaba tener arreglo en su casa 
y saber, como Carlómagno, cuántos huevos ponían sus ga 
Dinas. Era naturalmente valiente, según lo probó en la 
guerra «le Argel y en su desafío con Don Enrique, y á pe- 
sar de eso nadie creía que lo fuese, sólo porque la desgra- 
cia quiso que se viese separado de su esposa el día de !:i 
revolución de París del año 18, y que la Infanta Fuese Bal 
\ ada por personas exl rañas. 

Era de opiniones liberales, pero moderadas, lo cual, en 

una ('poca en que todo se exageraba, le hacía poco acepto 

á tirios y troy anos. Padeció toda BU vida el suplicio de Tan 
talo. < lasóse COtJ la Infanta á la par que el Infante I). Fran 



494 

cisco con la Reina, y tenía cierta esperanza de que su mu- 
jer llegaría á subir al trono, si su hermana no tenía suce- 
sión. Y no era esto enteramente una idea vana, puesto que 
por temor de que así sucediese, había la Inglaterra exigido 
de Luis Felipe que el matrimonio del Duque no se verifi- 
case hasta que la Reina tuviera algún hijo, y se enojó vi- 
vamente cuando aquel Rey faltó después á su promesa 
con los más ligeros pretextos. Mas de todas maneras, la 
Reina tuvo hijos y las esperanzas de Montpensier no lle- 
garon á realizarse. 

Privado de esta perspectiva, púsose á conspirar encu- 
biertamente y con la excusa, porque siempre la ambición 
encuentra alguna, de que si la Reina perdía el trono por 
sus errores, no era justo que lo perdiesen también la In- 
fanta y sus hijos. Cuando progresistas y unionistas deci- 
dieron destronar á la Reina en el año (38 fué Montpensier 
quien facilitó el dinero para aquel movimiento revolucio- 
nario, y si en vez de ser moderado hubiese sido progresis- 
ta, es muy probable que le hubieran hecho Rey. Pero Prim 
se opuso á ello terminantemente y Serrano no se atrevió á 
contradecirle. Reconciliado luego con la Reina Isabel du- 
rante el destierro de ambos, tuvo la fortuna de que el Rey 
Don Alfonso se enamorara perdidamente de su linda hija 
Mercedes y que se casara con ella apenas recobró el trono. 
Mas tampoco le duró mucho esta dicha, que por lo menos 
podía dar la Corona á su descendencia, porque aquella- 
desventurada Princesa, cuja salud era muy delicada, fa 
lleció poco después, sin dejar hijo alguno. Perdió también 
casi todas sus demás hijas, á excepción de dos, la Infanta 
Isabel, que casó con su primo el Conde de París, y el In- 
fante Don Antonio. La primera se parece mucho á su abue- 
la la Reina Amalia en su físico, pero no en su carácter, 



496 

porque tiene toda la inquietud y el bullebulle del Duque: 
el segundo es de agradable presencia, pero no ha hereda- 
do más que los defectos de sn familia. 

La Reina Cristina vino de París por Calais y fué á re- 
cibirla en Dover el mismo Istúriz, el cual le profesaba una 
especie de culto. Y no era él solo en esto, pues fué pecu- 
liar de aquella Augusta Señora, y hace el elogio de su ca- 
rácter, que tuvo y conservó siempre muy buenos amigos. 
Istúriz, pues, salió á su encuentro y la alojó en su misma 
casa de Heresford Street, obsequiándola con esplendidez. 
Venía acompañada del Duque de Rianzares, su marido, 
quien conservaba todavía una arrogante figura, y traía 
además consigo una dama, la Condesa de Quinto, un Se- 
cretario, de nombre Rubio, un Médico y un Capellán. Con- 
vidado casi siempre á la mesa de Istúriz, tuve ocasión de 
ver á menudo á aquella ilustre Soberana, y aunque era ya 
de edad algo madura, pude todavía notar que había sido 
muy hermosa, y más que hermosa agraciada, como la re- 
trató el pintor López. Tenía además muy claro talento y 
un carácter encantador, de tal suerte que era imposible 
tratarla sin cobrarle cariño. 

Durante mi larga permanencia en Londres tuve nueva- 
mente ocasión de ver á los Duques de Montpeusier, por- 
que volvieron el año 64 para el matrimonio de su hija <«>u 
el Conde de París, á que tuve el honor de asistir. Bramos 
también convidados con frecuencia mi mujer y yo al pala- 
cio de Claremont, situado ;i dos lunas de Londres, donde 

vivía la Reina Amalia, y á Orleans House, residencia del 
Duque de Aumale, y conocimos muy bien á toda aquella 
ilustre familia. La gloria de olla era sin duda la Reina 
Amalia, viuda de Luis Felipe, señora en quien reunió el 
Cielo las cualidades más distinguidas. Alta, delgada, de 



496 

noble y señoril aspecto, era tan Reina en el destierro como 
en el trono. Su piedad sincera, su caridad con los pobres, 
el silencio y resignación con que sobrellevaba sus desgra- 
cias, la amabilidad y benevolencia de su trato la hacían 
amada y respetada de cuantos tenían la fortuna de cono- 
cerla. Rodeábala siempre su numerosa familia y era nota- 
ble el cariño y respeto que inspiraba á toda ella. 

Allí estaba Nemours, el mejor mozo de sus hijos y mny 
parecido á Enrique IV en su. fisonomía, aunque no en el 
carácter, pues era más bien frío y reservado; estaba An- 
uíale, pequeño y algo cojo, pero de grande ingenio y dis- 
cípulo brillante de Cuvillier Fleury, del cual se ha dicho 
que su obra mejor era aquel Duque; estaba Joinville, alto, 
flaco, de genio alegre y franco, como buen marino, pero 
sordo como una tapia, lo cual acostumbraba á todos á gri- 
tar de continuo, á pesar de que la Reina repetía de cuándo 
en cuándo: Por Dios, no me griten así, que 3-0 no soy sor- 
da». Nemours era viudo, pero Aumale y Joinville estaban 
casados, el uno con una Princesa de Ñapóles y el otro con 
una del Brasil, ambas bastante feas, pero muy amables. 

Mirando aquella familia tan noble, tan patriarcal, y 
aquellos Príncipes tan ilustrados y distinguidos, pregun- 
tábame yo muchas veces por qué, contra el dicho de Táci- 
to, han sido tan poco populares, á pesar de que siempre 
han temido y adulado al pueblo. Nace esto, probablemente, 
de varias causas. En primer lugar del carácter voluble de 
los franceses, que de todo se cansan y son I103- día en Eu- 
ropa lo que ha sido siempre Ñapóles entre los Estados de 
Italia. Buscan un ideal imposible, cual es un gobierno muy 
democrático en el interior, el cual sea al mismo tiempo 
muy temido en el extranjero, y no advierten que lo uno es 
casi incompatible con lo otro, sobre todo hallándose la 



497 

Francia rodeada de grandes naciones militares. En segun- 
do lugar nace este desprestigio de los Orleans de sus pro- 
pios antecedentes. El Regente fué impío, Felipe Igualdad 
regicida, su hijo Luis Felipe usurpador. El clero y la no- 
bleza no le pueden perdonar tales faltas. Perjudícales tam- 
bién la manera con que se han conducido en sus empresas 
ambiciosas, porque no las han llevado á cabo con la espa- 
da en mano, como tantos otros conspiradores, empezando 
por Hugo Capeto y acabando por Guillermo de Orange, 
sino por medio de revoluciones, en las cuales no han to- 
mado ellos parte activa ni han expuesto su persona. Felipe 
Igualdad se limitó á excitar y pagar á las turbas que sitia- 
ron al Rey en París y Versalles; Luis Felipe aguardó en su 
Palacio que otros le ganaran la corona en las barricadas; 
Montpensier esperó en el extranjero que Serrano y Topete 
destronaran á la Reina. Por último, aumenta su descrédito 
la impotencia en que todos estos antecedentes los colocan 
para reprimir á su vez nuevas revoluciones. Y el resultado 
de todo esto es que se lian enajenado las simpatías de los 
buenos sin poder conservar las «le los malos, y (pie de nadie 
son apreciados. Las antiguas dinastías los miran con rece- 
lo, las clases altas no los aman y el pueblo no se tía de ellos. 
A poco de marcharse la Reina Cristina y los Duques 
quiso [stúriz realizar el proyecto que tenía de antiguo, de 
visitar el centro de Inglaterra y la Irlanda, y me rogóle 
acompañara. Man'', pues, brevemente una relación de nues- 
tro viaje. Fuimos primero al castillo de Warwiek, (pie está 
cerca de Londres, y nos agradó mucho por su Inicua arqui- 
tectura y por una colección que contiene «le retratos «le 
Van Dyck, todos de primer orden. Nótase en una de mis 
salas [a armadura del famoso Conde de Warwick, la cual 
es casi tan grande como la de nuestro Marqués de i 

Tomo II 81 



498 

nés, conservada en la Armería de Turín, de qne he hecho 
mención en otro capítulo. Fué aquel Conde el representan- 
te más genuino de los señores feudales de Inglaterra du- 
rante la guerra civil de las Dos Rosas, y semejante al bár- 
baro Ricimer, hacía y deshacía Monarcas, elevándolos y 
destronándolos, conforme convenía á sus intereses, por lo 
cual le ha quedado el nombre de Hacedor de Reyes (Kings 

maker). 
> 

Vimos luego el Palacio de Blenheim, edificado en el si- 
glo xviii por orden del Parlamento, para el célebre Duque 
de Marlborough, después que hubo ganado la batalla de 
aquel nombre. Este Duque fué asimismo otro personaje 
por el estilo de Warwick, terrible para los Reyes. En varios 
sitios del Palacio se ven sus armas con una divisa, en espa- 
ñol por cierto, que dice: fiel pzro desdichado, lo cual, en ver- 
dad, no le convenía mucho al famoso Marlborough, pues no 
fué nunca ni una cosa ni otra, al menos en política. Es 
aquel edificio de estilo italiano y fué construido por un 
hombre de un talento universal, llamado Vambrugh y ori- 
ginario de Gante, el cual era á la vez artista y poeta, y tan 
pronto erigía bellos monumentos como componía comedias 
licenciosas, cual todas las de aquella época. 

Hay en aquel palacio una hermosa colección de cuadros, 
no sólo de Van Dyck, como en Warwick, sino de varias es- 
cuelas, además de la flamenca. No puedo recordar ahora 
todos, pero tengo sí muy bien presente una Virgen de Ra- 
fael y un cuadro bellísimo de Rubens, que es un retrato 
suyo con su segunda mujer Elena Fourment y un niño de 
pocos meses. 

Después de Blenheim quiso Istúriz ver á Oxford, á don- 
de llegamos de noche y fuimos agradablemente sorprendi- 
dos á la mañana siguiente, viendo salir de la oscuridad, no 



4*jy 

una ciudad como otra cualquiera, sino una amalgama de 
{üolegios, á cuál más lindo, á cuál más pintoresco. Allí se 
ve bien qué grande es la sensatez de los ingleses. Sus pen- 
sadores escriben mucbas cosas exageradas, singularmente 
sobre filosofía y economía política, pero todas son, por de- 
cirlo así, sólo para uso externo, como los ungüentos vene- 
nosos. Ellos han criticado mucho, verbi gracia, toda clase 
de amortización, y sin embargo, se guardan bien de supri 
mirla en su país. Todos aquellos Colegios conservan sus po- 
sesiones y sus rentas, y en el de Cristo, donde está la Uni- 
versidad, la alma Mater, se ven aún en todas partes las ar- 
mas y el capelo de su fundador, el Cardenal Bolseo, y tam- 
bién en la vajilla de porcelana, usada por maestros y esco- 
lares, que renuevan siempre con el mismo dibujo. 

La mayor parte de los colegios son de estilo gótico ó 
isabelino, á excepción de la Universidad, que es del Rena- 
cimiento. Todos tienen capillas, bibliotecas y también jar- 
dines y parques. 

Como es natural, no se encuentran por las calles de Ox- 
ford casi más que profesores y estudiantes de todas eda- 
des y tamaños, vestidos todos con una beca negra y con 
una gorra muy original, cuya forma es parecida al morrión 
de los lanceros polacos. Llevaba Istúriz una carta para un 
felluw del Colegio de la Magdalena, y éste nos hizo los ho- 
nores de la ciudad, llevándonos á los principales colegios 
y á la librería Bodleyana, fundada por el diplomático J 
erudito Bodley, en la cual vimos muy bellas ediciones an- 
tiguas y modernas. Hay también en ella un retrato de Ma 

ría Estuardo, que es quizás el más auténtico qi siste de 

aquella desgraciada Reina, y la representa muy hermosa. 

Asistimos una noche á una velada musical en uno de 

los colegios, y oímos cantar por l«>s estudiantes [a Famosa 



500 

oda de Dr}den, titulada la Fiesta de Alejandro, puesta en 
música por Handel. Toda ella es de mucho efecto, con es~ 
pecialidad el coro que dice: 

Sólo el valiente, 
Sólo el valiente, 
Sólo el valiente la hermosa merece. 

Acabó la función con el inevitable himno Dios salve á la 
Reina, á que tienen tanta afición los leales ingleses y cuya 
música, según ellos, es asimismo de Handel; mas, según 
otros, se debe al florentino Lulli, que la compuso en honor 
de los Soberanos de Inglaterra cuando estaban desterrados 
en Saint Germain. Como quiera, aquel himno es muy bello 
y ha sido el modelo que han imitado después, en su noble 
y solemne estilo, todos los que han compuesto himnos y 
marchas reales en los demás Estados de Europa. Repre- 
sentan también algunas veces los estudiantes comedias la- 
tinas de Planto y Terencio, pero dudo bastante que pudié- 
ramos nosotros entenderlas bien, ni gustar mucho de ellas, 
á causa sobre todo de la manera como pronuncian aquel 
idioma los ingleses. 

Los recuerdos históricos de Oxford son todos muy mo- 
nárquicos. Allí hizo su más larga resistencia el infortuna- 
do Carlos I; allí ha reinado siempre el torysrno y el espíri- 
tu conservador más puros. No gustan en aquella noble aca- 
demia las novedades de ningún género, ora se trate de las 
absurdas paradojas de Darwin ó de las impías conjeturas 
de Renán, ó de las tristes dudas de Colenso. La escuela 
positivista y los que se intitulan puros psicológicos, tam- 
poco tienen allí muchos adeptos. A pesar del talento de un 
Mili, de un Bain y de un Spencer, no agrada en Oxford una 
filosofía que tiene más orgullo que mérito, y que, diciendo 



501 

■que no es materialista, conduce por necesidad á ese des- 
acreditado sistema. 

En religión es Oxford grandemente anglicana, y aunque 
allí escribió y enseñó Pusey y de allí partió el movimiento 
que ha favorecido la propaganda del catolicismo y la secta 
ritualista, aquel centro de enseñanza ha seguido siendo lo 
que era de muy antiguo. Contradicción singular, porque si 
bien es verdad que la Iglesia anglicana es, según la expre- 
sión de Drydeu, la menos deformada entre las protestan- 
tes, por ser la menos reformada, todavía salta á los ojos 
que carece de todos los ideales que forman la perfección y 
la belleza de la católica. La secta llamada High ( 'kurch ha 
tomado algunos de ellos; mas le falta lo principal, que es 
la sumisión al Vicario de Jesucristo. 



•!•*!• 



CAPITULO LXXII 
Londres, de 1858 á 1865. 



Llegada á Dnblín— Sus bellos edificios. — La Catedral de San Patricio. — El Virrey 
y el Capitán General nos convidan á su mesa. — Lago de Kilarny.— Limerick y 
Gallway. — Verdor de la Irlanda — Miseria de sus habitantes. — Son, sin embargo, 
robustos, inteligentes y alegres.— Su firme adhesión al catolicismo — Defectos 
que se les observan. — Manera cruel con que los han tratado los ingleses. — Tar- 
día justicia que al fin les hacen. — Nuestro regreso á Inglaterra y marcha de 
Istúriz. — Le reemplaza Don Antonio González. — Exposición universal de 18K2. 
Carácter democrático de la industria moderna. — Canción de la CaraUa. 



El vapor que conduce de Inglaterra á Irlanda sale dia- 
riamente de un puerto de la isla de Anglesey, nombrado 
Holy Head, en el cual pasamos la noche, y antes de embar- 
carnos al día siguiente fuimos á ver el puente tubular de 
hierro, llamado de Maina, que une aquella isla con el país 
de Gales y es una de las maravillas del mundo, tanto por 
su longitud como por su altura. Buques de alto bordo pa- 
san por debajo de él sin calar sus mástiles, y apenas se 
comprende cómo se sostiene ni cómo sufre el peso de los 
trenes que pasan por encima de él, cual si fuera de sólidas 
piedras. El siglo \ix no ha levantado grandes catedrales 
ni suntuosos palacios como los siglos anteriores de fe roli 
giosa y monárquica; pero en cambio ha edificado muchas 

obras públicas como este puente de Maina, cuya grandeza 
\ utilidad merecen la admiración de los contemporáneos 
3' darán eterna fama á la edad <|iie ha saludo realizarla^ 



504 

Cuatro horas no más se tarda en llegar á Dublín, atra- 
vesando el canal de San Jorge, y como los vapores son 
grandes, no se sufre tanto en ellos del mareo como en los 
más pequeños que van de Calais á Douvres. Parecióme Du- 
blín una ciudad bastante hermosa, cuja parte moderna 
puede competir con cualquiera otra de Inglaterra en la 
amplitud de sus calles y plazas y en la grandeza de sus 
edificios. El Palacio del Virrey, la Aduana y la Universidad 
son de bella construcción, y la Catedral, dedicada á San Pa- 
tricio, es digna de visitarse. Edificóla Juan Comyn, pri- 
mer Arzobispo de aquella ciudad, y es de un estilo mez- 
clado de normando y gótico. En ella está el sepulcro del fa- 
moso Dean Swift, de chistosa memoria, y también el de la 
bella Stella, cuj^a hermosura alabó aquél tanto en sus ver- 
sos. Fué San Patricio un fraile de la Bretaña francesa, 
quien, enviado para predicar la fe cristiana en Irlanda, lo- 
gró convertir y civilizar á los irlandeses, fundó allí iglesias 
y monasterios, y es considerado por esta razón como el 
apóstol de aquella isla. En el patio de la Catedral hay un 
pozo ó fuente que dicen fué hecha brotar por el Santo, y 
es notable que cuantas personas pasan por aquel sitio mo- 
jan en ella el bastón ó el paraguas, y aunque no sean cató 
lieos, besan luego el agua con respeto y como si fuese cosa 
santa. 

Era entonces Lord Lugarteniente ó Virrey de la isla el 
ilustrado Conde de Carlisle. Fuimos luego á ofrecerle nues- 
tros respetos y nos convidó al punto á comer en su quinta 
de Phoenix Park. Era un caballero sumamente cortés, y 
que por ser alto y delgado y tener ojos saltones me recor- 
daba mucho á Martínez de la Rosa. Su corte era, en eti- 
queta y lujo, un remedo de la de Londres, y todo pasaba 
en ella con mucha cordialidad, mas no sin cierta ceremo- 



505 

nia. La quinta es 111113' liúda, y en ella reside el Virrey la 
mayor parte del año, no yendo al Palacio de Dublín más 
que en los meses de invierno, para dar algunas recepcio- 
nes y aun bailes, en los cuales se hacen presentaciones del 
mismo modo que en las fiestas de la Reina. El Parque, lla- 
mado del Fénix, es muy hermoso y ha adquirido última- 
mente una triste celebridad después que en él fué asesina- 
do en 1882 Lord Federico Cavendish, primer Secretario de 
Irlanda, y su Subsecretario Mr. Burke, víctimas ambos de 
los fanáticos parnelistas. 

Fuimos también á visitar al Comandante en jefe ó Ca- 
pitán General, que era á la sazón Sir Jorge Brown, militar 
muy conocido desde la guerra de Crimea, donde se distin- 
guió por su valor y pericia. Lady Brown, su esposa, nacida 
Macdonell, era hermana de padre de la mía; por lo cual 
recibimos de entrambos la acogida más halagüeña. Convi- 
dáronnos también á comer, como el Virrey, y en su casa 
tuvo lugar una escena que prueba el prestigio adquirido 
por O'Donnell en la guerra de África y el carácter entu- 
siasta de los irlandeses. Supieron los criados que quien iba 
á comer allí aquel día era el Ministro de España en Lon- 
dres, y de ellos pasó la noticia al Hospital de Inválidos 
que está inmediato á la Capitanía General. Alborotáronse 
luego los viejos soldados y decidieron esperarnos á la en 
Irada. Y con efecto, nos aguardaron á la misma puerta, y 
atronaron luego el aire con hurras y vivas á España y al 
l>ravo O'Donnell, honor do Irlanda. Confieso que tanto Is- 
timz como yo nos sentimos muy conmovidos por aquella 
demostración de afecto, tan sincera como espontánea. 

Tiene Dublín, como he dicho, muy hermosas calles, es 

pocialmento la que llaman de Sackville, r también plazas 

grandiosas y adornadas con estatuas de Guillermo III, 



506 

Jorge III, Welliugton y Nelson. La Bolsa, de estilo corin- 
tio, es el mejor edificio de todos, y en ella admiramos una 
buena estatua del célebre orador Enrique Grattan, en cuyo 
pedestal se lee esta noble inscripción: Filio óptimo carissi- 
mo patria non ingrata. Son asimismo notables los teatros y 
algunas iglesias. El cielo de Dublín es alegre y no hay en 
aquella ciudad nada que revele la miseria general de Ir- 
landa. 

De Dublín fuimos á Kilarny, célebre por el lago del 
mismo nombre, á cuya orilla se encuentra. Es con razón 
uno de los más famosos de Europa, por el bello color de 
sus aguas y por el aspecto encantador de las colinas que 
lo circundan. Aunque Istúriz no era mu} 1 aficionado al 
campo y decía que los árboles no le decían nada, no dejó 
de disfrutar mucho, recorriendo aquel lago en una barqui- 
lla y visitando las ruinas del castillo de Ross, la cascada 
de Torc y otros sitios pintorescos de que abundan sus ori- 
llas. Aguó, sin embargo, nuestro contento el pueblo mismo 
de Kilarny, donde vimos ya de cerca la miseria de los ha- 
bitantes, de los pobres Paddys, como allí les llaman. Nada 
más sucio ni más asqueroso que las casucas en que moran, 
y Istúriz, que había visitado pocos años antes la Polonia, 
al ir á la Embajada de Rusia, me aseguró que no hay nada 
en aquel también desventurado país que sea peor que lo 
que allí presenciábamos. Hombres, mujeres y niños viven 
y duermen juntos, con patos, gallinas, perros y cerdos, y 
el hedor que aquellas habitaciones despiden es casi inso- 
portable. 

De Kilarny nos trasladamos á Limerick, ciudad impor- 
tante, situada á orillas del río Shanon, célebre por sus bue- 
nas truchas y por sus claras aguas. Hay allí un castillo 
normando construido por Juan Sin Tierra, cuyas macizas 



507 

torres cubiertas de hiedra muy verde son por extremo pin- 
torescas. Y todo es verde en la verde Erin; tan verde que, 
cuando se vuelve á Inglaterra, parece ésta amarilla. Y no 
proviene esto sólo de la abundante grama, sino también 
de una planta de tres hojas llamada trébol (Shamrock), de 
la cual están cubiertos todos sus campos. Aquel pueblo la 
ha escogido por símbolo, y el poeta Moore, al celebrar, á 
principios del siglo pasado, la alianza de Irlanda con nues- 
tro país, compara siempre este trébol con la clásica oliva 
de España. 

The Shamrock of Erin 
And the Olive of Spai'n, 

Después de ver á Limerick quiso Istúriz visitar á Gall- 
way, porque tenía la idea deque en aquella ciudad, la cual 
un día mantuvo un comercio muy activo con España, es- 
pecialmente con Galicia, se conservaban aún casas que re- 
cordaban las nuestras y algunos usos españoles. Mas la 
verdad es que sólo vimos dos de ellas que tuvieran patios 
abiertos, y algunas pocas mujeres con zagalejos colorados, 
los cuales le parecieron á Istúriz de origen gallego, guar- 
dándome yo bien de contradecirle, por no quitarle una 
ilusión tan grata, Lo que sí es indudable es que aquella 
costa fué siempre muy visitada por los españoles. 

Desde Gallway nos volvimos á Dnblín para regresar á 
Inglaterra. Por todas partes habíamos encontrado oxee 
lentes hoteles y buenos ferrocarriles; mas las intermina- 
bles llanuras que atravesábamos parecían casi desiertas. 
Las ciudades eran limpias, pero los pueblecillos parecían 
de otro país mucho más atrasado, como Kilarny. Sus casas 
son inmundas, y la apariencia de los payos (pie las habi- 
tan es tan miserable como curiosa. TodoH van descalzos. \ 
casi ninguno usa nunca vestido nuevo, sino casacas muy 



508 

usadas. El frac ó levita que desechan los caballeros ingle- 
ses y que del criado pasa á un ropavejero, es al fin llevado 
á Irlanda, donde aquella pobre gente lo compra por poco 
precio. Lo misino sucede con los sombreros, que son de 
copa alta, pero raídos, abollados y apenas reconocibles. 
Con esta ridicula vestimenta atienden á las faenas del 
campo, y cuando van de camino suelen llevar en brazos 
un lechoncito, y si alguno se ríe de esto, le dicen ellos con 
buen humor, que aquel animalito merece mucha conside- 
ración, porque es el caballero que les paga luego el im- 
puesto. 

Llueve mucho en Irlanda. De los quince días que pasa- 
mos allí nos llovió la mitad, y todos nos decían que había- 
mos tenido fortuna. Esto produce un clima relativamente 
templado y explica el verdor de los campos y también la 
robustez que, no obstante su miseria, tienen los habitan- 
tes. Las mujeres, hermosas por lo común, tienen todas una 
tez muy fresca y no están tan expuestas á la tisis como 
las de la Gran Bretaña, porque la Irlanda se halla más 
resguardada que aquélla del viento del Este. A causa de 
esta robustez son siempre escogidas en Inglaterra las ir- 
landesas para nodrizas y los irlandeses para los trabajos 
más duros. De raza inteligente y fuerte, son también bue- 
nos soldados y excelentes capitanes; y bien lo sabe Espa- 
ña, donde no se olvida que en Velletri, por ejemplo, fué 
debido el éxito de la batalla á la brigada irlandesa. Y mu- 
chos soldados de aquel país tenía también Wellington en 
Ciudad Rodrigo y en Waterlóo; é irlandés era él mismo, 
é irlandeses eran los O'Neil, O'Reilly, O'Farril y otros bue- 
nos Generales que ha tenido nuestro país, y de irlandeses 
descendían Mac-Mahón, en Francia, y O'Donnell, en Es- 
paña. 



509 

Son sobre todo los irlandeses más vivos y alegres que 
los ingleses. Su raza es pura céltica y se parece mucho á 
las meridionales. En los mismos colegios de Inglaterra es 
muy común que los muchachos irlandeses se lleven los pri- 
meros premios, y tienen pintados en la cara el buen humor 
y la alegría. Muestran aptitud y han sobresalido en todos 
los ramos del saber humano, con excepción de la filosofía. 
En la elocuencia son los primeros, como lo atestiguan los 
nombres de Burke, Sheridan, Grattan y el gran O'Connell, 
el Demóstenes moderno, el Mirabeau de una causa santa. 
Son maestros en la sátira, según lo prueban Swift, autor 
de Guliver, Steele y su Espectador, Sterne y su admirable 
Viaje sentimental. En la novela han tenido á Goklsmith, au- 
tor del delicioso Vicario </r Wakefiéld, y en la lírica á Moore, 
émulo de tfyron. Y. casi todos sus escritores tienen algo de 
original que inspira mucha simpatía. El tipo de ellos es 
Goklsmith, que recorre á pie la Europa sin más capital que 
su flauta; es Steele, que acaba una vida desordenada, ha- 
ciéndose mantener por sus acreedores; es Moore, que com- 
pone versos dulcísimos y los canta él mismo en los salones 
de Londres, acompañándose al piano. 

Pero lo que más distingue al irlandés es su firme, su ro. 
mántica adhesión á la religión y á la Iglesia católicas. De- 
cía Tertuliano, que todo hombre era naturalmente cristia 
no, y del mismo modo se puede decir también que todo ir- 
landés es naturalmente católico. Sabido es el número de 
santos que ha producido aquel país, y que al lado de San 
Patricio está Santa Brígida, á quien apellidaron sus con 

temporáneos Altera María] está San < lolumban, apóstol de 
la Escocia. Vense por doquiera en Irlanda cruces de piedra 

de Corma muy Original, con un Circulo cu el centlO, \ raro 

es qne no se encuentre algún devoto ó devota que re/a al 



510 

pie de ellas. Las iglesias están siempre llenas y resuenan 
y tiemblan materialmente cuando el pueblo responde á las 
letanías. El respeto que muestran á sus clérigos es casi su- 
persticioso, reverenciándolos poco menos que Abraham á 
los ángeles, y no creo que baya otro país donde tengan los 
curas más influencia. En fin, la fe de los irlandeses es ver- 
daderamente admirable. Resignados con su pobreza, no se 
quejan nunca de su suerte, y según Maguire, es común oír 
aun á los más desvalidos y miserables, dar gracias á Dios 
á la hora de su muerte, de no haberlos abandonado nunca. 
Por mi parte estoy persuadido de que, si por un imposible 
desapareciera el catolicismo del resto de la Europa, toda- 
vía se le hallaría en las pobres cabanas de Irlanda. 

Es común, sin embargo, burlarse de aquellas buenas 
gentes, echándoles en cara sus defectos, principalmente su 
ligereza y su falta de sinceridad, y repitiendo sobre ellos 
muchas historias de mentiras y engaños parecidos á los 
de aquel gitano andaluz, el cual confesaba solamente que 
había robado una cuerda, y luego resultaba que á la cuer- 
da venía atado un asno y sobre el asno dos sacos de hari- 
na. Pero no es justo generalizar demasiado estos hechos 
ni tampoco dar crédito á ciertas descripciones de costum- 
bres y caracteres irlandeses, trazadas por Lever en su Fa- 
milia Dodd, ó por Trollop en su Fineas Fina, las cuales son 
verdaderas caricaturas. 

Irlanda hizo del catolicismo la condición de su naciona- 
lidad y el símbolo de su independencia. Apegados á él no 
quisieron después seguir á la Inglaterra en su rebelión 
contra Roma, y aquella nación los trató entonces con una 
crueldad inaudita. 

Han llamado los protestantes á Felipe II el Demonio del 
Mediodía; pero con más razón pudieran los católicos llamar 



511 

á Cromwell el Demonio del Norte. Más de tres siglos ha du- 
rado ese estado de cosas, y sólo en el pasado ha comenza- 
do la Inglaterra á hacerles una tardía justicia. Y no es ex- 
traño que, como celtas de pura raza, sean ligeros é ingo- 
bernables, y como pueblo oprimido traten de sustraerse al 
yugo, ora emigrando al Nuevo Mundo, ora empleando la 
violencia. No es tampoco extraño que se muestren disimu- 
lados, desconfiados, descontentos y turbulentos. Lo natu- 
ral es que así sea, y se han de necesitar quizás otros dos 
siglos de buen trato por parte de Inglaterra para que res- 
ponda á la sinceridad con la sinceridad y al afecto con el 
afecto. 

A poco de haber regresado á Londres, fué nombrado 
Istúriz Presidente del Consejo de Estado, y tuvo que mar- 
charse á Madrid. Retirábanle de aquel puesto para dárselo 
á Don Antonio González, y Istúriz comprendió muy bien 
que aunque salía de allí por la puerta dorada del Consejo, 
en realidad hacían con él lo que llaman con gracia los in- 
gleses echar á uno por las escaleras arriba. Sintiólo mucho 
el amable anciano, y también lo sentí } r o porque le respe- 
taba como á iib padre y le quería como á un amigo. De 
González he hablado ya en otro lugar. Tratóme siempre 
eon bondad y nuestras relaciones fueron cordiales; pero 
no teníamos las mismas opiniones ni los mismos gustos. 
Con todo, la Legación se animó bastante en sn tiempo con 
motivo de la Exposición Universal del año 62, no solo por 
ella misma, sino por el número considerable «le españoles 
ipie vinieron á visitarla y á los cuales obsequió González 
eon varias comidas. 

En general, vino más gente docta 6 tlCA <pie lin.i jmi.i. 

Maestra aristocracia do «naja en general más que para ir ;i 
París ó Biarritz, y \ ;■ es esto mucho en comparación «le l<. 



512 

que sucedía antiguamente, pues todas sus expediciones 
eran, como las que atribuía por burla D. Carlos á su padre 
Felipe II, dé Madrid á Aranjuez y del Escorial á Madrid. 
Y, sin embargo, valía entonces la pena de llegar hasta 
Londres para ver las maravillas acumuladas en el Palacio 
de la Exposición. La imaginación más apática se sentía 
dispuesta á prorrumpir en hiperbólicos ditirambos ante la 
contemplación de tantos prodigios, de tantos adelantos, 
de tantas cosas bellas, admirables ó útiles. Convengo en 
que hay exageración en decir que el siglo xix ha eclipsa- 
do en esto á todos los anteriores, porque la verdad es que 
hay muchas industrias en las cuales es inferior á ellos. 
Así, por ejemplo, en los muebles de lujo no llegan los mo- 
dernos á la belleza y elegancia de los de otros tiempos; en 
punto á telas, no consiguen hacerlas tan hermosas como 
las que se conservan en los Museos y en algunas casas an- 
tiguas. Ni los tapices de ahora son mejores que los de an- 
taño, ni la porcelana y el cristal son de tanto gusto como 
los productos antiguos de Dresde y Capodimonte, de Pra- 
ga y Murano. Ni hay actualmente quien haga un violín 
tan armonioso como los de Stradivario, ni una espada tan 
bella como las de Andrea Ferrara. 

Mas prescindiendo de esta inferioridad relativa, preci- 
so es reconocer por otra parte que el pasado siglo aventaja 
mucho á los anteriores en la comodidad, baratura y utili- 
dad de toda clase de manufacturas. La democracia, que do- 
mina ya en casi todas las naciones, ha traído consigo una 
industria democrática, es decir, al alcance de todas las 
fortunas. Así sucede, que ni Nerón con todo su lujo, ni Pe- 
ricles, ni Sardanápalo, tuvieron jamás muebles tan cómo- 
dos y tan baratos como los puede tener I103- día cualquier 
caballero de Europa. Débese sin duda este resultado á los 



513 

adelantos de la mecánica y de la química y á la aplicación 
del vapor á la maquinaria; pero no ha contribuido poco á 
ello la formación de una rica burguesía, la cual ha multi- 
plicado en todas partes el número de consumidores, pu- 
diéndose decir con verdad, que si lo primero ha causado lo 
segundo, lo segundo á su vez ha influido bastante en lo 
primero. 

El economista Sismondi, fijándose sólo en un lado de 
la cuestión, no parece aprobar el prodigioso desarrollo de 
las máquinas, y tal vez no le falte razón bajo cierto punto 
de vista, porque éstas destruyen las industrias domésticas 
y traen consigo el aumento á veces excesivo de la clase 
obrera; mas en cambio de esto, producen un bienestar tan 
general y tan manifiesto, que no hay ánimo i m parcial que 
pueda deplorarlo. Y la verdad es que en este caso los ma- 
les superan á los bienes, y que gracias á las máquinas, no 
sólo han ganado mucho los consumidores á causa de la 
baratura de los productos, sino que se ha aliviado también 
en muchos casos la suerte de los mismos trabajadores, los 
cuales, como lo observa muy bien el sensato Blanqui en 
su Historia >/<■ ln Economía política, tienen ahora comodida- 
des y goces en que no podían soñar hace pocos años, y se 
ven además libres de las penalidades anejas á muchos 

ofioios. Pudiera aducir de ello varios ejemplos; pero limi 
fcándome á uno solo, citaré la máquina de coser, ¡mentada 
por el americano Singer, y que, en mi concepto, fué una 
de las glorias de la Exposición de (pie esto)- hablando. Para 

hacerse una idea de sus ventajas y do bis males que supri 
me, basta recordar Cuál era la condición de las infelices 
costureras do Londres y otras grandes poblaciones ante- 
de su invención; basta recordar la famosa Canción dt la 
Camisa, del poeta 11 1, de la cual, para que se vea que 

Tomo II 38 



514 

no exagero, copiaré aquí traducidas las primeras es- 
trofas: 

Cose, cose, cose, cose, 
Desde que canta el gallo 
Hasta que brillan losastros; 
Valí más ser siervo, mora 

Y exponer quizás su alma 
Que costurera cristiana. 

Hombres que tenéis esposas 

Y también madres y hermano.-, 
La ropa que lleváis puesta 

Es sangre de las esclavas, 
Que cuando las camisas cosen, 
Cosen también su mortaja. 



•jsamss&r- 



CAPITULO LXXIII 
Londres, de 1858 á, 1865. 



"Voy á España en 1SI¡:5. — Visito en París al Embajador Mrni. — Veo en la Opera á 
los Emperadores, que estaban en el apogeo de su grandeza. — Me paro en Bur- 
gos. — Hermosura de su catedral. — Novedades de Madrid. — Situación embara- 
zosa de O'Donnell. — Mis amigos se dedican mucho á la política, — Yo DO sien- 
to vocación á ella. — Calderón Collantes y sus errores en francés. — Cambio que 
observo en Istúiiz.— Encuentro ciega á la Condesa del Montijo. — Olózaga con- 
sombrero redondo. — Santana y La Correspondencia.— El lauto por ciento de 
Avala — Novelas de Fernández y González.— La Guardia civil. — Corta visita 
á Sevilla.— Larga permanencia en Cádiz. — Señoras y Canónigo» que juegan á 
la Bolsa. — Buenos sermonee de Herreros. 



En el año (!.'} obtuve una licencia para ir á España, á 
donde no había estado desde el año 50. Fui solo, porque 
mi familia era ya demasiado numerosa para llevarla con- 
migo, y mi mujer no quería alejarse de nuestros hijos. Ni 
me detuve fuera de Londres más de tres meses. Páreme 
primero en París, donde visité al instante á nuestro Em- 
bajador, que era Don Alejandro Mon, persona inteligente, 
pero que á pesar de haber sido un Ministro de Hacienda 

.muy notable, no parecía del todo á propósito para los pues 

tos diplomáticos, porque le faltaban las buenas formas, en 
ellos tan requeridas. Por lo demás, era un caballero ama 

ble y campechano, y por mi parte le merecí una excelente 

acogida, no obstante que Babia que ñus opiniones no eran 
conformes á las suj-as, ni en la euest ion de Marruecos ni 
en la de Méjico. MI era todo francés. ( 'envidóme á comer \ 



r»i<; 

después me llevó á un nuevo teatro, cuyo nombre era Los- 
Bufos, en el cual se cantaban las llamadas operetas, que 
son á las óperas cómicas lo que las piezas de Labiche á las- 
comedias de Scribe. Eran un género nuevo y alegre, cuya 
creación confirmaba la decadencia del romanticismo. El 
público no quería ya llorar, sino reirse. Y estaban destina- 
das á un gran porvenir, porque son más fáciles de compo- 
ner y representar que las óperas serias y ofrecen más oca- 
siones de poner en escena toda clase de divertidos dispara- 
tes. No exigen por otra parte tantos gastos y se contentan 
con actrices medianas, siempre que sean bonitas. Meilhac 
y Halevy fueron los poetas que las compusieron más chis- 
tosas, y Offenbach les puso una música muy linda. Poco 
á poco fué adoptada esta novedad en todos los teatros de 
Europa. 

Fui otra noche al de la Opera, y allí tuve el gusto de ver 
en su palco á los Emperadores. Hallé á la entonces afortu- 
nada Eugenia cada día más hermosa, advirtiéndose en 
toda su persona una gracia, una distinción y una majes- 
tad extraordinarias. Mucho brillaban sus joyas, pero más 
brillaban sus bellos ojos y sus cabellos de oro. Parecía una 
nueva Ester; no me cansaba de mirarla. En cuanto al Em- 
perador, me pareció de fisonomía inteligente y distingui- 
da, mas sin rasgo alguno que recordase á los Bonapartes, 
como los tenían su tío Jerónimo y sus sobrinos. Según voz 
general, su verdadero padre había sido el General Conde 
de Flahaut, amante conocido de su madre la Reina Hor- 
tensia, y su cara confirmaba mucho estas sospechas. Esta- 
ba á la sazón en el apogeo de su grandeza, conservándose 
aún la supremacía que había dado á la Francia la guerra 
de Crimea y la campaña de Italia. 

Hin embargo, las personas bien enteradas del estado de 



517 

la política, notaban ya algunos síntomas de decadencia. 
Y desde luego la guerra de Italia le había hecho perder el 
íipoyo del clero, á quien disgustaba por extremo que Napo- 
león no se hubiera opuesto al despojo de los Estados del 
Papa, realizado por el Piamonte, aumentándose después 
•este desabrimiento cuando fué prohibida en Francia la pu- 
blicación del famoso Syllabus, á que he hecho alusión en 
otro capítulo. El resultado de todo esto fué que el Empe- 
rador tuvo que hacer algunas concesiones al partido libe- 
ral, á fin de obtener su apoyo, modificando con ellas el sis- 
tema autoritario que había sostenido hasta entonces. Su 
último acto más notable había sido el Tratado de Comer- 
cio con la Inglaterra, en el cual fueron adoptadas por pri- 
mera vez las doctrinas del libre cambio, propagadas por 
Cobden en su país y por Bastiat y Chevalier en Francia. 
Algunos lo tacharon de prematuro y excesivo, y es indu- 
dable que dio pronto lugar á una reacción también exce- 
siva por parte del partido proteccionista. Queda, esto no 
obstante, como precedente memorable, y algunas de sus 
concesiones liberales subsisten todavía, á pesar del egoís- 
mo de los productores. 

Fui también al Palais Ro3'al para reirme con sus chis- 
tosas piececitas, y á los otros teatros de prosa, especial- 
mente al Francés. Oí las nuevas producciones del día, que 
eran la Dama de las Camelias, de Damas, />" Gabriela y El 

Yerno de Mr. Poirier, de Angier. En la primera, que es una 
Marión de Lorme prosaica, su veía una deplorable tendeo 
cia á disculpar el vicio, haciendo interesantes á las pees 
doras. Las Begundas, más morales, me parecieron una ene 

na continuación de la comedia de cosí amores y de intriga, 
en que fué maestro Bcríbe. Todas estaban representadas 

de un modo admirable. ¡Qué actores los de l'arís, qué na 



518 

turalidad, qué distinción!; ¡y qué actrices tau lindas! Y di- 
cho se está que di asimismo una recorrida al Museo del 
Louvre, donde volví á contemplar mis cuadros favoritos 
con el mismo placer con que se vuelve á ver á una antigua 
amiga, y una amiga que no se pone nunca vieja ni toma 
arrugas. 

Antes de continuar mi viaje fui á visitar á mi amable 
cuñada la Marquesa de las Marismas, que estaba en el cam- 
po, y pasé con ella dos días muy agradables. Allí vi por 
primera vez un nuevo juego de cartas, que después se ha 
extendido por todas partes. Llámase bestgue, y según dicen 
fué inventado en el Poitou. Adoptado en París, háse exten- 
dido por toda Europa y todos lo juegan ya con furor, aban- 
donando por él el ecarte y otros más antiguos. 

Siguiendo mi viaje tomé el ferrocarril, que ya entonces 
existía en todas direcciones, y sin detenerme en parte al- 
guna, llegué á Burgos, cuya Catedral deseaba visitar. Co- 
nocíala ya por las hermosas estampas de las obras de Vi- 
llaamil y de Street; pero hallé el original muy superior á 
las copias. Según mi costumbre, cuando de iglesias se tra- 
ta, la vi varias veces y á varias horas, oí en ella una misa 
cantada y unas vísperas, la contemplé llena de gente y 
también solitaria y silenciosa, y siempre me pareció her- 
mosísima. Fáltale sólo tener el bello recinto de que disfru- 
ta la de Sevilla. Empezóla San Fernando, y por influencia 
de los monjes de Cluny y Citeaux, fué empleado en ella el 
nuevo estilo de arquitectura nacido entonces, y que si bien 
recibió el nombre de gótico para contraponerlo al románico 
antes reinante, era en realidad francés y producto de la 
exaltación religiosa que dominaba en aquella edad en todas 
partes, y muy principalmente en la patria de San Luis. En 
Burgos ostentó ya sus maravillas aquel nuevo estilo, eclip- 



519 

sando los templos románicos de Santiago, León y otras 
ciudades de Castilla. 

Llegado á Madrid admiré, como siempre, su cielo alegre 
y la cortesía de sus moradores. Así como en Berlín ó Bru- 
selas choca la rudeza de sus habitantes, así en Madrid lla- 
ma la atención su cultura. Son tan amables que, si les pre- 
guntaba por alguna calle para mí desconocida, no sólo me 
la indicaban, sino que á veces me acompañaban hasta ella. 
Encontré la ciudad más y más agrandada, con otro barrio 
nuevo, llamado de Arguelles, y varios Palacios de buen as- 
pecto, los cuales le iban dando la apariencia de una hermo- 
s:i capital. No pude ver al General O'Donnell, á causa de 
sus muchas ocupaciones; pero supe que tenía siempre su 
tertulia, como en la Habana, y que en ella presidía la ama- 
ble Doña Manuela, la cual compartía con él la popularidad 
y el prestigio. Según me fué contado, el General se recogía 
muy temprano porque le gustaba madrugar; mas ella se 
quedaba reinando en la sala hasta la media noche. Su hija, 
la linda Zenobia, se había casado en segundas nupcias con 
el entonces joven y brillante Marqués de la Vega de Ar- 
mijo. 

La estrella de O'Donnell brillaba todavía bastante; mas 
no tanto como solía. Sus costosas é inútiles expediciones 
habían absorbido casi por completo los productos de la 
desamortización, y á pesar del talento del Ministro de Ha- 
cienda, se sentía ya ese malestar que trae OOnsigO la exa 

geración de les gastos, [base al mismo tiempo olvidando la 

gloriosa campaña de Marruecos, sin que hubiera otras míe- 
vas que halagasen al público. En fin, el partido democráti 

CO arreciaba en sus ataques, y q] radical Uivero, secundado 
\ a por Castelar, excitaba la Opinión contra la Reina y con 
Ira O'Donnell y predicaba sin rebo/u la república en un 



520 

periódico intitulado La Discusión. La situación de O'Don 
nell comenzaba ya á semejarse á la que había tenido anti- 
guamente Narváez. Por fortuna las Cortes estaban cerra- 
das, lo cual en los países constitucionales concede una es- 
pecie de tregua á las pasiones políticas, pudiendo aplicarse 
á aquéllas lo que le decía la gallina á la zorra de la fábula: 

Muy mal me va, señora, en este instante 
Muy bien si usted se quita de delante. 

Mas no cesaba por eso enteramente cierta alteración de 
los ánimos. En el Ateneo, donde pasaba algunas veces la 
prima noche; en el Casino, donde comía á menudo, } r en to- 
dos los sitios en que hallaba á Roberts, Casal, Moreno y 
otros amigos diputados ó periodistas, noté siempre una 
grande agitación. ¡Qué disputas tan acaloradas; qué pro- 
nósticos tan graves! Y con todo, parecían gozar mucho con 
aquella existencia tan inquieta, A mí, sin embargo, no me 
inspiraba ninguna envidia, Reconozco que es necesario que 
haya personas que se dediquen á la política, como lo es que 
haya quienes se dediquen á la milicia, á la iglesia y al foro; 
mas por mi parte, no he sentido nunca la menor afición á 
ella. 

En primer lugar, no he tenido nunca opiniones exclusi- 
vas, y unas veces apruebo lo que hacen los moderados y 
otras lo que hacen los progresistas. Decir á todo amén, como 
lo exige la disciplina de un partido, me sería muy difícil. En 
segundo lugar, no tengo la paciencia ni las posaderas de 
bronce necesarias para permanecer sentado horas y horas 
en los escaños del Congreso, oyendo discursos elocuentes, 
si se quiere, pero de dimensiones inverosímiles. Y por últi- 
mo, no es para mi genio el estar hecho un corresponsal y 
mandatario de los electores, para obtenerles cruces, em- 



521 

pieos, favores de toda especie y hasta, si es menester, man- 
darles de la Corte una aya ó un cocinero. 

Era á la sazón Ministro de Estado Don Saturnino Cal- 
derón Collantes, personaje hinchado y vanidoso, quien me 
recibió con urbanidad, pero con una prosopopeya algo ri- 
dicula. Era un hombre honrado, inteligente, instruido y la- 
borioso, que no dejaba de brillar en los debates parlamen- 
tarios. Abusaba, sin embargo, de las metonimias, llaman- 
do siempre á Cervantes el manco de Lepanto, y á Voltaire 
el filósofo de Ferney, y posponía de continuo los pronom- 
bres, á la manera portuguesa y gallega, lo cual hace la 
prosa pesadísima. Escogía también vocablos poco familia- 
res, diciendo, por ejemplo, duelo en vez de desafío; son- 
riente en vez de risueño, é indumentaria en lugar de ro- 
paje. Y con esto y con recalcar mucho algunas palabras, 
se creía otro Demóstenes. Pero su principal defecto para 
el puesto que ocupaba era que no sabía bien el francés, lo 
cual dio origen una vez á una seria dificultad diplomática 
con el Embajador de Francia, porque, en lugar de decirle 
que no podía contestar sobre cierta cuestión, le dijo: je ne 
conteste pas, lo cual fué interpretado por el francés como si 
asintiese á lo que él sostenía. Hubiera hecho un excelente 
Ministro de la Gobernación ó de la Justicia, pero estaba 
en Estado como fuera de su elemento. 

Por de contado visité luego á mi respetable amigo Is- 
túriz, á quien hallé más y más cambiado. No era ya su ter- 
tulia el murmuradero de otros tiempos, y él mismo habla 
ba poco de política, con especialidad de la «iil día. Contá- 
banse entonces mil historias exageradas sobre <'l carácter 
incomprensible de La Reina, mezcla Bingolar dt> devoción 
y galanteos, y quise que me dijese su parecer. Pero ii«'l 
siempre á la dinastía y monárquico á toda prueba, me 



522 

rogó que no le tocara este punto, asegurándome que él 
mismo no quería saber nada sobre él y repitiéndome con 
el poeta Gray: 

Donde el igríorar es ventura, 
El saber es gran locura. 

He referido anticipadamente en otro capítulo cuan cris- 
tiana fué su muerte, acaecida pocos años después, y ya 
entonces se notaba»que habían cesado de satisfacerle las 
audacias del escepticismo. Viendo sobre su mesa la Vida 
de Je.sils, por Renán, le pregunté qué pensaba sobre ella. 
Me la ha prestado un amigo, me respondió; pero la he de- 
jado á las pocas páginas y no pienso continuarla: no me 
gustan las novelas. 

Duraba siempre en Madrid la tertulia de la Condesa 
del Montijo, y fui también á ella. Mas aunque me agradó 
mucho volver á ver á aquella distinguida señora, recibí 
una impresión muy triste al notar que se había quedado 
enteramente ciega. Conocía á todos por la voz, como la 
Marquesa du Deffant, y conservaba su viveza y ameno 
trato; mas era imposible no condolerse al pensar que la 
madre de una Emperatriz, la dama que por tantos años 
había sido una de las estrellas del gran mundo de París y 
Madrid, no podía ver ya, ni á su propia hija, ni el esplen- 
dor en que vivía. ¡Tan varia y caprichosa es la fortuna en 
las vicisitudes que reserva á cada uno! 

Además de la Montijo había por aquel tiempo otras da- 
mas que recibían mucho en Madrid, tales como la joven 
Duquesa de Medinaceli, tan hermosa como discreta; la de 
Híjar, elegante y graciosa; la de Alba, hermana de la Em- 
peratriz, que era una Venus peqiieñita, á quien hacía mu- 
cho la corte el joven Marqués de Alcañices, y la de Fernán 



523 

Núñez, fea, pero amable. Recibían asimismo la respetable 
Marquesa de Santa Cruz y mis antiguas amigas las seño- 
ras de Albear, en cuya casa hallé muchas noches al des- 
pués célebre D. Antonio Cánovas del Castillo, al cual ha- 
bía conocido en Roma. Era entonces Subsecretario de Go- 
bernación y tenía delante de sí un brillante porvenir. 

Alojábame en un hotel, que tenía el pomposo nombre 
de los Embajadores, pero cuyas comodidades no corres- 
pondían á las pretensiones del título. Según mi costumbre, 
siempre que he ido á Madrid, empezaba mi día oyendo 
misa en las Calatravas, donde tenía una prima monja, de 
apellido Santa María. Había sido aquella iglesia muy bien 
restaurada á expensas del Rey Don Francisco, y hay en 
ella sillas á la francesa y un servicio divino muy puntual 
y decoroso. Allí tenía el placer de ver á mis devotas espa- 
ñolas, con la mantilla que tanto realza sus atractivos, en 
vez del sombrerito traído de París. Iba después al Museo 
del Prado ó á la Academia de Nobles Artes, para extasiar- 
me delante de las maravillas que encierran; almorzaba y 
hacía visitas. Por la tarde al Prado ó á la Castellana, que 
entonces estaba de moda. Cuando no estaba convidado 
comía en el Restaurant de Lhardy 6 en el Casino, y en 
fin, hacía de nuevo visitas ó iba á algún teatro. Termina- 
ba la noche tomando chocolate en un establecimiento es- 
pecial llamado de Doña Mariquita, |>or ser éste el nombro 
de su fundadora. E] chocolate es exquisito, y lo sirven con 

ciertos bizcoehos, qne llaman mojicones, precisamente 
porque son muy delicados y suaves. 

Acompañábanme casi siempre al paseo mis amigos 
Hadrazo y Paje, y tne ponían al corriente de quiénes cían 
las nuevas bellezas de la Corte 3 de las iatriguillas amo 
rosas (le aquel tiempo. Veíamos también allí ¿algunos 



524 

hombres notables en las Letras ó en la Política, como Aya- 
la, Tamayo, Alarcón, Navarretey Olózaga. Este iiltimo fué 
el primero que empezó á usar el sombrero redondo moder- 
no, que con audacia democrática quería ja supeditar al 
antiguo de copa alta, pero que no lo ha conseguido aún 
del todo, á pesar de cuarenta años de lucha. Porque el 
sombrero es la parte del vestido que más resiste á las ve- 
leidades de la moda; dígalo si no el de tres picos, que sirve 
todavía para el uniforme de todos los empleados y para 
gendarmes y cocheros. Contaban entonces que la Reina 
Isabel, cuyo genio era niuy chusco, se rió mucho cuando 
vio á Olózaga en paseo con aquel curioso sombrero, y dijo 
graciosamente, que con él y con su levitón largo se parecía 
mucho al Noé de los juguetes. 

Andaba también por el paseo un tal Santana, antiguo 
condiscípulo nuestro, cuya historia es interesante, porque 
tuvo la feliz idea de fundar un periódico muy barato, inti- 
tulado La Correspondencia, compuesto exclusivamente de 
noticias, y logró hacer con él tina considerable fortuna. 
Conocía bien la vanidad y curiosidad del público, y tenía 
tan buena traza para averiguar lo que hacía todo el mun- 
do, las idas y venidas, los nombramientos seguros ó pro- 
bables, las esperanzas y vicisitudes, y mil sucesos de to- 
dos géneros, que poco á poco se hizo su periódico poco me- 
nos que indispensable, y el gobierno mismo acabó por con- 
fiarle ciertas noticias políticas que le convenía hacer públi- 
cas por aquel oficioso conducto. La redacción dejaba que 
desear, mas esto no obstante creció su boga de tal modo 
que vino á ser el gorro de dormir de todos los españoles, y 
nadie se acostaba entonces ni se acuesta ahora en Madrid 
y en todas las provincias sin haberlo leído. 

En los teatros hallé poco más ó menos el mismo reper- 



525 

torio que en el año 50. Las obras de Bretón, Zorrilla, Rubí, 
Tamayo y Ventura de la Vega, unidas á muchas traduc- 
ciones francesas. Era con todo original y muy buena El 
tanto por cimto, de Ayala, en la cual criticaba la sed de dine- 
ro y la pasión de los negocios que, á imitación de lo que 
sucedía en Francia, se había apoderado de todos en nues- 
tro país. 

Si ya no jugaban á la Bolsa los Ministros, jugaban 
de seguro toda díase de persouas y andaban ocupados en 
especulaciones é intrigas. Una expresión del protagonista 
de Ayala, negocio redondo, era la divisa de aquel tiempo. 
Negocio redondo, decía el que se casaba con una mujer rica; 
negocio redondo, exclamaba el que obtenía una exagerada 
indemnización por un terreno expropiado; y así en otros 
parecidos casos. 

En la novela había Escrich, quien continuaba con ta- 
lento la obra de Fernán Caballero y de Trueba, y un cierto 
Fernández 3- González, el cual, si hubiese escrito con más 
cuidado y no de prisa y de pune lucrando en el folletín de 
un periódico, habría sido el primer novelista de su época 
en España, Su producción más notable fué, en mi sen- 
tir, El Cocinero de Su Majestad, pues aunque en ella hay 
mucho tomado de Víctor Hugo, Pumas, Lesage y Walter 
Bcott, forma todo olio un conjunto muy divertido y agra- 
dable. 

En punto á óperas daban igualmente bis mismas que 
en Londres y París, siendo novedades el Fausto áeQoxmoñ 
v la Africana de Meyerbeer. Faltaba aun la opereta; mas 

no tardi'i mucho en traspasarlos Pirineos, traída por un 

cómico, de nombre Arderlos, quien aplicándoles el título 

español de zarzuelas, las dio con mucho aplauso en un pe 
qnefiO teatrQ de Madrid, al cual llamó de los Pufos, como 



826 

el de París. Los festivos poetas Blasco y Carrióu compusie- 
ron los primeros libretos, y el maestro Arrieta les puso una 
alegre música. 

Antes de continuar el relato de mi viaje debo hacer 
mención de una gran novedad que hallé aquella vez en 
Madrid y en toda España, y fué la Guardia civil, imitada 
de la Gendarmería francesa y tan útil como ella. Organi- 
zóla admirablemente el General Marqués de Ahumada, y 
en mi concepto es un instituto cuyos beneficios son com- 
parables con los que produjo en su tiempo la famosa San- 
ta Hermandad, establecida por los Reyes Católicos. Gra- 
cias á ella hay ya más seguridad en los caminos y calles, 
y tiene también el gobierno á su disposición una fuerza 
pública que se distingue por su valor, lealtad y disciplina. 
Menos expuesta que el ejército al influjo de nuestros Ma- 
rios y Catilinas, ha sido en muchos casos el más firme ba- 
luarte del trono y del orden público. 

De Madrid pasé á Sevilla, donde permanecí sólo el 
tiempo necesario para visitar á mi familia y amigos, y 
echar una mirada á las iglesias y museos y al incompara- 
ble alcázar, de cuyos amenos jardines no podía arrancar- 
me, al punto que un guarda tuvo que recordarme por dos 
veces que iban á cerrar sus puertas. ¡Qué impresión tan 
deliciosa hacen en el ánimo los recuerdos que despierta 
aquel encantado recinto! ¡Qué suavidad hay en aquel aire! 
¡Cuánta poesía allí como en todo Sevilla! 

Llegado por fin á Cádiz y á mi casa, me quedé en ella 
cuanto tiempo pude, gozando de la amable compañía de 
mi familia y amigos. Encontré allí pocos cambios y me pa- 
reció aquella ciudad, en ciertas cosas, un pequeño Madrid. 
Las mismas óperas, las mismas comedias, las mismas 
modas. 



527 

Y también se buscaba allí el negocio redondo y se ju- 
gaba á la Bolsa. Hacíanlo hasta las mujeres, como en París 
y Madrid, y hasta los clérigos. Una noche que paseaba en 
la plaza de San Antonio con un amigo mío, que era corre 
dor, se alejó éste de mí para hablar con una señora muy 
tapada. 

Creí que se tratase de algún galanteo; pero él me 
contó después que la dama misteriosa había venido sim- 
plemente á encargarle la compra de algunos títulos, y que 
no era ella la sola que especulaba. Y por lo que hace á los 
clérigos, fuéme referido que algunos individuos del Cabil 
do catedral habían comprado juntos un millón de fondos 
públicos y jugaban á la alza y á la baja con este capital 
común. Los hombres de negocios lo llamaban sin rebozo el 
millón de los canónigos. 

Pero fuera de esta excepción, el clero de Cádiz era siem- 
pre un modelo de buenas costumbres y también de talen 
to y saber. Precisamente por aquel tiempo brillaba allí en 
el pulpito otro de mis condiscípulos, el distinguido orato- 
riano Don Sebastián Herreros, que ocupa en la actualidad 
la ilustre Silla arzobispal de Valencia. Había sido gran es- 
tudiante y más que mediano poeta, y según las comadres 
de aquella época, fueron unos amores contrariados la can 
sa por que se hizo clérigo. Como quiera, era un sacerdote 
piadoso y ejemplar, á qniei) la Naturaleza había dado todo 
lo necesario para ser elocuente. 

Para terminar esto capítulo COn un toma menos aust • 

ro, diré que la tertulia más concurrida de Cádiz, era siem 
pro la de la amable Carinoii Verges, y que allí j en los pa 
saos pude admirar las nuevas beldades i\>- aquel tiempo, 
éntrelas cuales so distinguían por lo graciosas Matilde 
(ruilloto 3 Rosa Barthout, 3 por lo buenas mozas Manqui 



528 

ta Hore, mi cuñada Dolores Caballero, y dos hermanas de 
mi amigo Juan Aramburu, casadas, la una, Micaela, con el 
opulento y benéfico Don José de Mora, y la otra, María, con 
el simpático Pepe Gómez. Porque siempre ha habido en 
aquel dichoso país abundancia, de mujeres bonitas. 



♦!•«••' 



CAPITULO LXXIV 
Londres, de 1858 á, 1865. 



Represo :í Londres. —Cuatro cuestiones que preocupaban entonces los ánimos. — 
Guerra de Secesión en los Estados Unidos á causa de la esclavitud. — Varios 
Gobiernos de Europa simpatizan con el Sud. — A'encedor al fin el Norte, da 1» 
libertad á los esclavos y se venga de Francia é Inglaterra. — Guerra y anexio- 
nes en Italia. — La Francia se opone á la ocupación do liorna.— Venida de (!a- 
ribaldi á Londres para obtener el apoyo de Inglaterra. — Le despiden como á 
Don Basilio. — Insurrección de Polonia.— La Francia no se atreve á socorrerla. 
La Kusia somete á los rebeldes. — Cuestión de lúa Ducados alemanes de Dina- 
marca. — La Prusia y el Austria se apoderan de ellos. — Primera revelación del 
genio político de Rismarck. 



Al restituirme á Londres no me detuve en ninguna par- 
te y llegué con la rapidez de una carta. Tardábame volver 
á ver á mi familia de allí después de haberme separado de 
la de Cádiz. Y es esta una de las espinas de nuestra carre- 
ra, la de vivir siempre con el corazón repartido y con una 
sorda nostalgia. Engólfeme Luego en los negocios corrien 
tes y en la lectura de torios los despachos atrasados en el 
libro donde se copian en todas las Legaciones desdo que 

así lo dispuso COn muy buen acuerdo mi primer jefe GrOn 

záloz Bravo, cuando fm'' Ministro de Estado. 

Y no faltaban en aquel tiempo cuestiones gravee éin 
tei-esanies, de divo estado tpiería ponerme al corriente. 
Cuatro eran por lo menos las «pie preocupaban los ánimos 
en Inglaterra y también con más 6 menos intensidad en 
las demás naciones de Europa. Era la primera la guerra de 

'Pomo II 84 



530 

Secesión de los Estados Unidos, prevista hacía bastante 
tiempo y nacida de la fuerza moral y material que habían 
adquirido los Estados del Norte, merced á la emigración 
europea, y del deseo que ya tenían de poner término á la 
preponderancia exclusiva que habían ejercido hasta en- 
tonces los Estados del Sud, á causa de su riqueza. Forma- 
ban éstos una especie de aristocracia, que algún escritor 
ha comparado con la romana, pero que por su desgracia se 
fundaba como aquélla en un hecho, que no podía ya sub- 
sistir en el seno de un pueblo cristiano, el cual era la es- 
clavitud. El librito de Rousseau, el evangelio político del 
mundo moderno, estaba contra ella. Elegido al fin Presi- 
dente un hombre del Norte, cual era Abraham Lincoln, y 
habiendo manifestado éste su resolución de abolir la escla- 
vitud, subleváronse los Estados del Sud, eligiendo su pro- 
pio Presidente para formar una nación separada, y estalló 
luego entre unos y otros una guerra civil larga y san- 
grienta. 

Mejor preparados los del Sud, obtuvieron al principio 
grandes ventajas, y esto dio lugar á que varios Estados de 
Europa dejasen ver sus simpatías hacia ellos, y que creyen- 
do ya muerto el moro se atreviesen á darle algunas lanza- 
das. La Francia concibió y llevó á cabo la expedición de 
Méjico, á pesar de ser contraria á la doctrina de Monroe; 
la Inglaterra favoreció cuanto pudo á los insurrectos, per- 
mitiendo que en sus puertos fuesen alistados el Alabama 
y otros buques corsarios, que causaron mucho daño al co- 
mercio de los Estados del Norte, y España, en fin, llevó á 
cabo la reincorporación de Santo Domingo. Y si no hubo 
quien declarase abiertamente la guerra al Norte ni auxi- 
liara más directamente al Sud, esto fué simplemente por- 
que la opinión pública de todos los países no compartía 



531 

las pasiones de los Gobiernos y antes bien sentía más sim- 
patía hacia la cansa del Norte, por ser éste el paladín de- 
clarado de la abolición de la esclavitud. 

Istúriz, quien á pesar de su moderno moderantismo era 
•en esto fiel á sus antiguas ideas filosóficas, se admiraba 
mucho de ver que hombres tan ilustrados y liberales como 
Palmerston y Gladstone, mostrasen una notoria inclina- 
ción hacia los esclavistas del Sud, y me repetía siempre 
esta frase expresiva y enérgica de cierto convencional 
francés: «El defensor de la esclavitud no merece más que 
el desprecio por parte del filósofo y una puñalada por par- 
te del esclavo». Pero muy pocos había que opinasen como 
él, y era tan común entre los hombres políticos de Europa 
el odio á los Estados del Norte, que los más prudentes 
y sagaces se engañaron de todo en todo en sus pronos 
ticos. 

Entre tanto la guerra separatista, que había durado por 
espacio de cuatro años con terribles alternativas, se decla- 
ró al fin en favor del Norte. Sus Generales Grant y Sher- 
nian consiguieron una serie de victorias decisivas que oca- 
sionaron la sumisión de los rebeldes, y la entrada délos 
ejércitos del Norte en Richmond, que era la capital del 
Sud, señaló el término de aquella lucha fratricida. Y fué 
verdaderamente epigramática y graciosa la manera eon 
que un periódico de Richmond anunció este suceso tan 
importante. En la parte destinada á las noticias del Man- 
ilo Elegante, decía con grandes letras en un parraflto apar 
te: Llegadas fasionablee: el General Grant y el ejército 
del Potomac ■ A.cto seguido, el Presidente Lincoln He. 
«alio la abolición de la esclavitud, y aunque perdió Luego 
la vida asesinado por un fanático del Sud, su gloria no toé 

por eso menos grande V su memoria será eternamente lien 



532 

decida por los descendientes de los esclavos y por todas 
las almas nobles. 

Fenecida así la guerra y vueltos los americanos de aquel 
pasajero desmayo, no tardaron en notarse las consecuen- 
cias de su restablecido poderío. El Emperador Napoleón 
recibió pronto de ellos una especie de conminación contra 
la ocupación de Méjico, tan cortés en la forma como ter- 
minante en el sentido, y no hallándose aquel Soberano 
apoyado por la opinión ni contando con fuerzas suficien- 
tes para atender al mismo tiempo á América y á Europa, 
donde también se preparaban asuntos importantes, tomó 
el prudente partido de retirar de Méjico sus tropas, sin 
cuidarse del desventurado Maximiliano. Abandonado éste 
por su egoísta protector, probó á sostenerse aún con sus 
propias fuerzas; pero no tardó en sucumbir, cuando el an- 
tiguo Presidente de la República, Juárez, reforzado con 
muchos oficiales y soldados americanos, volvió de nuevo 
á la lucha. Para Napoleón significó aquel retiro el princi- 
pio de su decadencia; para Maximiliano fué una sentencia 
de muerte. 

Volviéronse luego los Estados Unidos contra Inglaterra, 
y recordándole la mala fe con que había procedido en el 
caso del Alabama, permitiendo su alistamiento á pesar de 
las reclamaciones de Mr. Adams, que era el Plenipotencia- 
rio norteamericano en Londres, le pidieron una indemni- 
zación de más de tres millones de libras esterlinas, Recor- 
daban muchos entonces el dicho de Talleyrand, quien 
cuando Napoleón I se quejaba una vez de la conducta de 
los norteamericanos y los llamaba cerdos, le dijo con mu- 
cho chiste: «.Qvásire, les americaim sont dejiers cochons; muís 
des cochons jiers». E insistieron de tal modo en sus exigen- 
cias y tenían tanta razón y tanta fuerza, que la Inglaterra 



533 

reconoció al fin la deuda y la pagó sin más tardanza. 
En cuanto á España, no sólo tuvo que renunciar á San- 
to Domingo, porque los americanos alentaban á los rebel- 
des de aquella isla, sino que vio también agitada la misma 
Cuba, cuya posesión deseaban cada día con más ardor los 
hombres políticos de América. Porque tranquilos ya los 
Estados Unidos en su interior y recibiendo de continuo 
una numerosa inmigración europea, crecían y crecían visi- 
blemente y querían extender su dominio á semejanza de 
un río caudaloso, que recibe las aguas de muchos afluentes 
y no cabiendo en su lecho, tiende á inundar cuantos terre- 
nos le circundan. Aumentaba también allí la riqueza pri- 
vada, y muchos especuladores activos, inteligentes y poco 
•escrupulosos en los medios de acrecentar su fortuna, acu- 
mulaban ya capitales tan cuantiosos como los más celebra- 
dos de Europa. Los depósitos de oro y de petróleo, la cons- 
trucción de caminos de hierro y mil industrias fomentadas 
por la misma guerra separatista, enriquecían á una multi- 
tud de personas. Atónita la Europa vio entonces llegar á 
sus puertos una nueva clase de viajeros, que oran los ricos 
americanos, los cuales rivalizaban en sus gastos con los 
más opulentos rusos é ingleses. Algunos se prestaban al 
epigrama, y ya se contaba que viajando dos de ellos en un 
mismo vagón, se reconocieron por la traza vulgar y por la 
pronunciación, gangosa, y el más atrevido le preguntó al 
otro: «¿Uniformes?» A lo cual contestó el Interpelado: «No, 
carne salada». «Pues yo petróleo , dijo entonces el prime 
n), y se hicieron muy amigos! Pero ya dijo.Juvenal que el 
dinero no tiene olor, por lo cual los tales americanos han 
obtenido en nuestro Continente la más lisonjera acogida, 
y muchos de ellos ban logrado colocar á sus hijas en las 

familias m;is ilustres del Viejo Mundo. ¿Lquellos rabiosos 



534 

republicanos no desprecian los títulos y pergaminos, y los 
altivos nobles de Europa no se desdeñan tampoco de bene- 
ficiar sus tierras con el dinero democrático, tanto más cuan- 
to que las mujeres norteamericanas son generalmente muy 
bellas y muy superiores á sus padres y hermanos en edu- 
cación, maneras y gustos. Son numerosos los casos de ta- 
les alianzas y vienen á mi memoria entre otros, los de Rus- 
poli y Lante en Roma, Gherardesca en Florencia, Talley 
rand y Castellane en Francia, y el Duque de Marlborough 
en Inglaterra. 

Después de la cuestión de América seguía en importan- 
cia la de Italia. Cavour continuaba allí su política de con- 
quistas, y el Emperador Napoleón, á quien compararon con 
Pilato, no hacía grandes esfuerzos para impedírselo, acep- 
tando á su vez la anexión de Saboya y Niza á la Francia 
como compensación de sus sacrificios por la causa de Ita- 
lia. Causó este último hecho una alarma general en Euro- 
pa, y la Inglaterra misma no se creyó enteramente segura, 
temiendo se renovasen los días del primer imperio; por 
cuya razón fué luego organizado en todo aquel reino un 
numeroso ejército de voluntarios, compuesto en su mayor 
parte, de la rica burguesía. Mas por lo que hace al Piamon- 
te, su carrera prodigiosa tuvo al fin un límite, que fué la 
ocupación de Roma, á la cual opuso su veto más terminan- 
te el mismo Emperador Napoleón, precisado á ello por la 
necesidad que tenía de no descontentar más aún de lo que 
ya lo estaba al partido católico francés, que era uno de sus 
principales apoyos. 

Los revolucionarios italianos realizaron entonces es- 
fuerzos increíbles para obligar al Rey Víctor Manuel á se- 
guir adelante, á pesar de esta oposición de la Francia, y el 
atrevido Garibaldi tentó el vado á la dificultad en el año 



535 

de 1862, acercándose á Roma con sus voluntarios. Pero fué 
batido y aun herido en Aspromonte por las tropas del 
Rey, y tuvo que renunciar á su proyecto. No se dio con 
todo por vencido, y repuesto de su herida, cometió dos 
años después la insensatez de emprender una visita á Lon- 
dres con la quimérica esperanza de inducir á los ingleses 
á prestar un apoyo directo á la Italia, á fin de que ésta pu- 
diera apoderarse de Roma. La idea no fué tanto suya como 
de Mazzini, quien engañado sobre el carácter de los ingle 
ses, se imaginó que sus medios de seducción y agitación 
tendrían en aquel país la misma fuerza que en Italia. 

La acogida qué hicieron á Garibaldi fué sin duda mag- 
nífica y más entusiasta aun que las que habían hecho en 
su día á Espartero y á Kossuth, y acababan de hacer á las 
tropas que volvían de Crimea y á la misma Princesa de 
Gales. Fué alojado en el Palacio de la Duquesa de Suther- 
land, y contaban que pasaba allí muchos ratos sentado en 
un sofá, teniendo á un lado á aquella noble dama y al otro 
á su amiga la Duquesa de Manchester, las cuales parecían 
adorarle, como las doncellas de antaño á los caballeros an- 
dantes. Convidáronle :i comer los Ministros y los Clubs; 
visitóle el Príncipe de ('ales; luciéronle ovaciones en el 
Teatro de la Opera, y la Municipalidad misma le envió un 
mensaje muy expresivo. Pero !>i<m pronto empezaron todos 
á notar que «'1 entusiasmo que causaba ü>a tomando an ca- 
rácter demasiado democrático. Disguste') su visita á Mazzi- 
ni y los discursos en ella pronunciados, mezclando la cues 

tión de Polonia con la de Italia; disguntaron los meetinga 

populares en que Be aclamaba á la revolución en toda Euro 
pa, y fué visto por fin claramente que lo que el condotiero 
italiano buscaba, ora excitarla opinión del pueblo bajo de 

Londres en favor de sus planes. 



536 

Semejante conducta le hizo pronto un huésped muy 
enojoso para la mayoría sensata de los ingleses y para el 
mismo gobierno, el cual se holgaba mucho de que la Italia 
hubiese adquirido su unidad y su independencia, y había 
contribuido á ello en cuanto le había sido posible, mas no 
quería exponerse á un conflicto con la Francia para ayu- 
darle á ocupar á Roma. La política animosa de Palmers- 
ton consistía precisamente en emplear todos los medios 
imaginables para revolucionar el Continente, con exclusión 
de la guerra. Por consiguiente, apenas comprendieron que 
Oaribaldi tiraba á comprometerlos, se dieron prisa á des- 
hacerse de él de la manera más donosa del mundo. Todos, 
y hasta el mismo Gladstone, que era su mayor amigo, le 
aconsejaron que se marchase. Buen pretexto para ello fue- 
ron unos diviesos que le salieron al héroe italiano y que el 
doctor Fergusson, médico de la Reina, declaró peligrosos, 
recomendándole dieta y descanso. luciéronle, pues, la des- 
pedida de Don Basilio, diciéndole cortésmente: 

Che brutta cera; 
Presto, presto ándate al letto, 
Presto ándate á riposar. 

Y así acabó este cómico incidente, en el cual mostraron 
los ingleses que cuando el caso lo requiere, saben ser bue- 
nos diplomáticos y burladores de primer orden. En cuanto 
al gobierno italiano, probablemente hubiera aplaudido y 
apoyado á Garibaldi, en caso de buen suceso; pero viendo 
que fracasaba, le desaprobó enfáticamente y concluyó 
poco después una Convención con la Francia, en virtud de 
la cual fué trasladada la capital de Italia de Turín á Flo- 
rencia y el gobierno italiano se obligó á impedir que los 
revolucionarios atacasen á Roma, obteniendo en cambio de 



537 

todo esto que el Emperador Napoleón retirase de allí sus 
tropas. 

La tercera cuestión de aquel tiempo era la insurrección 
de Polonia, la cual tuvo en realidad poca importancia, por- 
que esta infeliz Nación no contaba con ningún poderoso 
protector ni tenía ella misma las condiciones necesarias 
para libertarse del yugo á que un triste destino la ha so- 
metido. Es aquel país una Irlanda del Continente, sin mon- 
tes también, sin fortalezas, sin nada que temple el carác- 
ter de sus moradores, sármatas de origen y tan exclusiva- 
mente aristocráticos y privados de sensatez, que con razón 
ha dicho Broglie, en su Historia de Muría Teresa, que la 
constitución política de aquel Reino, con un Rey electivo 
y una Cámara de Magnates, en que se exigía siempre la 
unanimidad de votos, parecía una verdadera apuesta con- 
tra el sentido común. Tuvieron con todo algunos días de 
gloria en su lucha contra rusos y turcos, y no sólo el Im- 
perio austríaco sino la civilización misma de Europa les 
debe eterno reconocimiento porque, capitaneados por su 
heroico Rey Sobieski, detuvieron á los turcos á las puertas 
de Viena. 

Mas por desgracia este esplendor duró poco y no supie- 
ron nunca organizar un gobierno estable. Además, estre- 
chados en un círculo de hierro por tres grandes naciones, 
cuyas armas y cuyas intrigas minaban de continuo su exia 
tencia, fueron víctimas al cabo de un odioso reparto. Han 
conservado, sin embargo, como los irlandeses, un apego 
admirable á su religión, que es la católica, y también á su 

Lengua, la cual es quizás la mas armoniosa úv las eslaxas, 
\ han hecho de cuándo en cuándo algunos esfuerzos para 
recobrar su libertad, no queriendo considerarse como deli 
altivamente vencidos. Kl último fué justamente en L861, 



538 

siendo inducidos á realizarlo por el buen éxito de la revo- 
lución de Italia, y por la esperanza de que Napoleón III los 
socorrería también á ellos como á los italianos, sin advertir 
que ni el Príncipe Zartorisky, á quien pensaban proclamar 
Rey, era otro Víctor Manuel, ni tenía la Polonia provincias 
que ofrecer á la Francia en cambio de su socorro. Y fué tal 
]a infatuación de los polacos, que en lugar de aceptar las 
reformas que les ofrecía la Rusia, no quisieron contentarse 
con menos que con la completa independencia. 

Pero sus cálculos quedaron tan burlados aquella vez 
como las anteriores. Francia, Inglaterra y Austria, se limi- 
taron á dirigirle á la Rusia comunicaciones diplomáticas 
en favor de aquel desgraciado país, las cuales no produje- 
ron efecto alguuo. Hubiera deseado la Francia hacer algo 
más; pero no podía obrar sola, y la Inglaterra no quiso se- 
cundarla, primero porque la Prusia se había unido en aque- 
lla cuestión con la Rusia y esto les daba á entrambas mu- 
cha fuerza, y segundo, porque temía, y no sin razón, que el 
Monarca francés se aprovechase de aquella guerra para re- 
dondearse por el lado del Rhin á expensas de la Prusia y de 
la Bélgica. 

Abandonada así la Polonia, apresuróse la Rusia á so- 
focar su rebelión con una mano de hierro, y en Lituania 
sobre todo, queda y quedará eternamente memoria del 
terrible General ruso Muravief, cuyas inauditas violencias 
dejaron atrás las de Cromwell en Irlanda y Alba en los 
Países Bajos. Volvió á caer sobre el sepulcro de aquella in- 
feliz nación la losa que lo cubría, y yace al fin olvidada de 
todos, hasta de la misma Francia, la cual, vencida á su vez 
por la Alemania, ha acabado por contraer una estrecha 
alianza con el mayor verdugo de la Polonia. 

Queda en fin la cuestión de los Duca dos alemanes de 



539 

Dinamarca, la cual era tan complicada que, según decían 
los diplomáticos, no había más que uno de ellos que la co- 
nociese completamente y era cierto Mr. Dotezac, que había 
sido durante más de veinte años Ministro de Francia en 
Copenhague. Trataré, esto no obstante, de dar una idea de 
ella en pocas palabras. Sabido es que la Alemania, si bien 
confederada, no tenía antes de ahora aquella fuerza que le 
correspondía por su extensión, por su riqueza y por las 
grandes cualidades de sus habitantes. Sus divisiones la 
enflaquecían. Y no era esto un vicio moderno: }*a en tiempo 
de Tácito se hallaba dividida en cuarenta y dos pueblos 
diferentes. Anhelo y necesidad de las modernas generacio- 
nes, en vista sobre todo del engrandecimiento de la Fran- 
cia y de la Rusia, era, pues, conseguir una fuerte unión de 
todos ellos. 

Carecía igualmente la Alemania de costas á propósito 
para la creación de una marina de guerra, y por este 
motivo codiciaba también extender su dominación en 
los Ducados alemanes de Schlesvig y Holstein, situado- 
sobre el río Elba, y dotados del magnífico puerto de Kiel \ 
otros no menos importantes. Eran estos Ducados aloma 
nes, pero no dependían de la Alemania, sino que se halla 
han de antiguo en poder de la Dinamarca, la cual los ha- 
bía adquirido en el siglo decimoquinto por voluntad de los 
mismos habitantes, cuando quedó extinguida allí la anti- 
gua familia de Los Nrhauonhurgos. 

Dispuso, sin embargo, el destino que á mitad del pasa 
do siglo el Rey Federico VII de Dinamarca Be hallase sin 
sucesión masculina, lo cual do cambiaba nada en la Dina 

marea propia, |mr ser en ella admitida la femenina; pero 

dalia lugar á grandes controversias en los dos Ducados, 

porque en (dios ora esta cm luida, y Le correspondía de de 



540 

recho al Príncipe alemán Cristian de Augustenburgo. 
Exaltáronse con este motivo los ánimos de los alemanes, á 
los cuales parecía aquella circunstancia en sumo grado 
propicia para realizar sus designios. Encontrábase justa- 
mente la Alemania de aquel tiempo en una fermentación 
extraordinaria á consecuencia de la revolución francesa 
del año 48 y de las otras que la siguieron en Berlín y Vie- 
na; y el Parlamento, reunido en Francfort, quiso al instante 
resolver por su propia autoridad la cuestión de aquellos 
Ducados, arrancándoselos por la fuerza á Dinamarca, sin 
aguardar la muerte de Federico. 

Mas no era tan fácil como parecía el llevar á cabo este 
despojo, porque aquel Reino, si bien muy pequeño, no de- 
jaba de tener ese legítimo orgullo, propio de las naciones 
cuyo pasado es glorioso. De allí salieron un díalos terribles 
piratas que asolaron la Inglaterra, y establecieron en ella 
una dinastía. Allí fundó después Margarita de Valdemar, 
llamada la Semíramis del Norte, un glorioso Estado, que 
comprendía también la Noruega y la Suecia. El valor de 
los Vasas le privó pronto de esta última; pero conservó la 
primera por espacio de cinco siglos, hasta que al fin le fué 
injustamente quitada por el Congreso de Viena, que quiso 
premiar la deserción del francés Bernadotte, dando á su 
Reino la Noruega, y castigar con ello al Rey de Dinamarca, 
que había sido fiel á la alianza francesa. Y siempre y en to- 
das circunstancias había dado pruebas aquel Reino de un 
valor indomable, y acababa de darlas en este siglo, cuando 
resistió heroicamente á la escuadra de Nelson. Homero le 
hubiera comparado con la abeja, que á pesar de ser tan pe- 
queña, se revuelve contra quién la toca y le clava su agui- 
jón, aunque le cueste la vida. 

Hallaron, pues, los alemanes una gran resistencia por 



541 

parte de aquel valeroso país, y habiéndose interpuesto al 
fin la Inglaterra, la Francia y la Rusia, que deseaban man- 
tener la integridad de Dinamarca, fué suspendida la gue- 
rra, y las Potencias interesadas concluyeron en Londres el 
año 5¿, un famoso protocolo, por el cual se disponía que al 
fallecimiento de Federico, pasaría la sucesión tanto de Di- 
namarca como de los Ducados al Duque Cristian de Glücks- 
burgo, marido de una sobrina de aquel Monarca y nieta de 
Cristian VIII. 

Encontrábanse así las cosas, cuando murió inopinada- 
mente el Rey Federico en 1868, y llegó el caso de poner en 
práctica el citado protocolo; en cuya virtud subió al trono 
el Duque de Glücksburgo, tomando el título de Cristian IX. 

Al principio todo parecía caminar tranquilamente. No 
tardó, sin embargo, en turbarse la paz, porque el parti- 
do liberal de Copenhague cometió la grave falta de apro- 
vecharse de la débil situación del nuevo Soberano para 
exigir de él que otorgase una nueva Constitución polí- 
tica, que fuese común á la Dinamarca y al Ducado de 
Schlesvig, lo cual era contrario al protocolo de Londres, 
cuyo tenor exigía (pie tanto el Schlesvig como el Bolstein, 
debían conservar sus Asambleas provinciales y un régimen 
separado. < 'edió ;tl iin el Rey, temeroso de perder su popu- 
laridad, y esto fué la causa de su ruina. Inde trae. \'o se no 
cesitaba más para volver á encender la guerra. 

El desgraciado \lry de Dinamarca había cedido a las 

turbas de su capital, y el R t -y de Prusia y el Emperador de 
Austria, tuvieron 'pie ceder al sentimiento nnánime de 

Alemania. 

Este sentimiento era menos intenso cu Austria «pie 

'•n Prusia; pero la primera no juzgó prudente dejar sola 
ala segunda, tratándose de un asunto en que era apo- 



&42 

yada por la opinión pública y que podía darle ocasión de 
un exclusivo engrandecimiento. Ni tenían ambas nada que 
temer de la Rusia, porque ésta se hallaba agradecida á la 
Prusia, á causa de su actitud tan benévola durante la in- 
surrección de Polonia, y no veía aun bien asegurada la paz 
en sus propios dominios; } T por lo que hace á Inglaterra y á 
la Francia, sus intereses no estaban de acuerdo. La Ingla- 
terra deseaba sinceramente la integridad de la Monarquía 
danesa, á cuja dinastía acababa de ligarse la suya por el 
matrimonio del Príncipe de Gales con una hija del nuevo 
Rej' Cristian IX, la linda Princesa Alejandra, y hubo mo- 
mentos en que parecía tan inminente su intervención, que 
fueron dadas las órdenes necesarias á la Guardia Real para 
que estuviese pronta á partir. Pero la Francia no tenía los 
mismos deseos; antes bien hallaba su conveniencia en mos- 
trarse neutral. Ni le desagradaba á Napoleón hacerle ver á 
Inglaterra que estaba muy resentido porque ésta no había 
querido apoyarle en la cuestión de Polonia, y que poco po- 
día ella sin la Francia. 

Declarada al fin la guerra, no desmayaron los dinamar- 
queses por verse tan solos y se defendieron con el valor 
propio de aquel pueblo. Todo, sin embargo, fué inútil. Ata- 
cados por fuerzas muy superiores, perdieron pronto las lí- 
neas de Düppel y vieron todo su territorio invadido por las 
tropas enemigas, sin más excepción que la pequeña isla de 
Seelandia, donde está la capital. Diéronse, pues, por venci- 
dos y concluyeron en Viena una paz honrosa, pero que los 
privaba para siempre de los Ducados alemanes, los cuales 
quedaron por el momento adminisstrados en común por la 
Prusia y el Austria, y fueron manzana de discordia entre 
estas dos Potencias, que dio lugar poco después á una nue- 
va guerra. 



54:j 



Esta cuestión de los Ducados fué la primera ocasión en 
que se reveló al mundo el genio político del Barón Otón de 
Bismarck, el cual llegó después á ser Conde, Príncipe, Can- 
ciller del Imperio alemán, y uno de los hombres políticos 
más famosos del siglo fenecido. 



•••&•!* 



CAPITULO LXXV 
Londres, de 1858 á 1865. 



Vuelta de Narváez. al poder. — Me nombran Ministro Residente en Copenhague. — 
Hago antes una excursión ;i Escocia. — Los poetas laguistas. — Recuerdos de 
Ostial] y de Macbeto.— .Situación pintoresca de Edimburgo. — Palacio de Holy 
Kood. — Recuerdo de María Ettuardo. — Causas de sus desventuras. — Su carác- 
ter ligero.— Ferocidad de los escoceses. — Su fanatismo calvinista. — Han mostra- 
do con todo en ocasiones un espíritu caballeresco. — Han tenido también gran- 
des escritores. — Regreso á Londres — Emprendo mi viaje á Dinamarca. — Sim- 
patía que me inspiran los belgas y holandeses. — Colonia y su Catedral. — Cues- 
tión del Rhin. — Fisonomía de los alemanes. — Llegada á Copenhague. 



La cuestión de Dinamarca, sobre la cual acabo de ha- 
blar, tuvo pronto para mí un interés especial, á causa de 
que fui enviado á aquel país con el carácter de Ministro 
Residente. Debióse esto á un nuevo cambio de política 
acaecido por aquella época en España. El General O'Don- 
nell había hecho todo lo posible para establecer un gobier- 
no durable, ya contentando á la Reina en todos sus deseos, 
basta el punto de que algunos le censurasen por haber 
dado dinero á la célebre Sor Patrocinio para fundar niir 

vos convenios, ya complaciendo á los radicales por medio 

de una gran libertad de propaganda. Mas todo esto había 

sido en «rano. La marea revolucionaria subíaen toda Kuro- 

pa, y el partido progresista español deseaba el poder á fin 
de realizar su programa. 

Ki reconocimiento del nuevo Reino de Italia era uno de 
Tomo i i 86 



546 

sus temas favoritos, porque implicaba el reconocimiento 
del derecho moderno, del derecho revolucionario. Pero la 
Reina Isabel sentía, como era natural, una extrema repug- 
nancia á dar este paso, que, si ahora nos parece lógico y 
natural, era considerado entonces por los amantes del altar 
y del trono como un verdadero escándalo. Ni es de maravi- 
llar que así pensase la Reina, pues lo mismo le sucedía á 
otros eminentes personajes, y entre ellos á la noble Empe- 
ratriz de los franceses, á fuer de española y de católica, 
como lo prueba lo que de ella refiere Mr. Fhouvenel, en su 
Secreto del Emperador. Asegura este escritor, que cuando se 
decidió al fin en un Consejo de Ministros de Francia, á que 
asistían muchos Soberanos, el reconocimiento del Reino de 
Italia, aquella Augusta Señora se levantó en ademán in- 
dignado y se retiró á sus aposentos con los ojos bañados 
en lágrimas. 

Cansado, pues, O'Donnell de aquella lucha, decidió reti- 
rarse del gobierno y, según entonces se dijo, le aconsejó él 
mismo á la Reina que llamase á los moderados. Hízolo así 
Doña Isabel, pero no nombró desde luego al General Nar- 
váez, sino al más complaciente de ellos, que era el Marqués 
de Miraflores, y después á otros, hasta que al cabo, teme- 
rosa de la revolución, tuvo que sucumbir y recurrió á aquel 
hombre político, odioso para ella, porque traía consigo la 
vuelta de la Reina Cristina y una disminución de su liber- 
tad. Era uno de los Ministros de aquel nuevo gabinete, mi 
antiguo amigo el ilustre Alcalá Galiano, y por medio de él 
me fué fácil obtener el puesto de Ministro Residente en 
Copenhague, que estaba vacante por dimisión de su titu- 
lar, mi colega Gutiérrez de Terán, á cuya complexión no 
convenía el temple de aquel país. Y era para mí un ascen- 
so natural después de veinte años de carrera y de haber 



547 

sido varias veces Encargado interino de negocios, tanto en 
Ñapóles como en Londres. 

Dispuesto yo á partir, me vino un gran deseo de hacer 
antes una excursión á Escocia, á cuyo país me sentía na- 
turalmente atraído por mil recuerdos históricos y literarios 
y también por mi casamiento con una escocesa. Hice, pues, 
aquel viaje, y tomé para ello el camino de Poniente, atra- 
vesando el Ducado de Cumberland y viendo sus fértiles 
colinas y risueños lagos, en cuyas orillas vivieron un día 
Coleridge, Southey y el amable Wordsworth, á quienes lla- 
man por eso poetas laguistas, y cuyas armoniosas baladas 
recuerdan mucho las de Schiller, Uhland y otros famosos 
alemanes. A principios del siglo tuvieron gran boga Byron, 
Moore y Shelly. Después les disputaron la palma estos la- 
guistas y la habían conservado hasta que al fin empezó á 
ser aplaudido el fecundo y pintoresco Tennyson, poeta lau- 
reado, cuyos Idilios del Rey, llenos de originalidad y melo- 
día, eran por aquel tiempo la lectura favorita de la Reina, 
y de todas las Damas de Inglaterra. 

Penetrando luego en Escocia, quiso mi escasa suerte 
que el tiempo se pusiese detestable. Es frecuente la lluvia 
en aquellos parajes; pero entonces lo fué como nunca, por 
lo cual vi con el paraguas abierto y con fatídica luz el lago 
de Lomond, los Trosacks y las montañas que los circundan; 
país bastante pintoresco, pero muy á propósito, á causa de 
sus frecuentes neblinas, para que la imaginación los pue- 
ble de hadas, fantasmas y brujas. Allí se comprenden las 
invenciones do Ossian y las leyendas de Macbeto; allí se 
comprende que los escoceses sean supersticiosos, tristes y 
rudos. 

Respiré con más placer cuando, llegado a Edimburgo, 
vislumbré un poco de sol y me hallé en una ciudad culta. 



548 

Su situación es en extremo pintoresca. Edificada sobre 
tres colinas, en una de las cuales se alza un viejo castillo, 
señorea la campiña y también el mar cercano. La parte 
más alta y más antigua, donde hay casas que tienen diez 
pisos, es estrecha y poco limpia, y al lado de la calle prin- 
cipal, dicha High Street, hay otras tan miserables como 
las que había visto en algunos pueblos de Irlanda. 

En el castillo hallé á los famosos soldados escoceses, 
vestidos con nagüetas del clásico tartán, ó sea una tela de 
varios colores, formando cuadros, cuya invención es pecu- 
liar de aquel país. Cada clan ó familia tiene el suyo, y aun- 
que son muy numerosos, no hay ninguno feo. En otro tiem- 
po era de uso general, ahora va desapareciendo poco á poco, 
como tantos otros trajes populares de Europa; en todo 
Edimburgo no lo vi más que en aquellos soldados del cas- 
tillo. 

La parte baja y nueva de la ciudad es muy espaciosa y 
semeja un pequeño Londres, y á su extremo meridional se 
encuentra el Palacio de la Santa Cruz (Holy Rood), que es 
de estilo del Renacimiento, y las ruinas de su capilla, que 
era gótica. En una de las cámaras de aquella regia man- 
sión tuvo lugar el asesinato del italiano David Rizzio, Se- 
cretario y cantor de María Estuardo. Cenaba allí esta Rei- 
na en compañía de él y de algunas damas, cuaudo su ma- 
rido Darnley, que estaba celoso de Rizzio, á pesar de que 
era feo, entró con la espada desnuda y sin decir casi una 
palabra, la envainó en el pecho del infeliz italiano. El apo- 
sento es tan pequeño que no se concibe cómo cabían en él 
tantas personas, y la imaginación se pinta luego con ho- 
rror la escena espantosa que debió tener lugar en aquel re- 
ducido recinto, donde ni Rizzio podía huir ni la Reina y 
sus damas apartarse; de modo que aquel desgraciado de- 



549 

bió caer muerto á los pies mismos de María y salpicarla 
con su sangre. 

La desventurada Soberana estaba destinada á presen- 
ciar y ser al fin víctima de muchas violencias de la misma 
especie, propias del país y de la época en que vivía. Y pre- 
saga de ellas se despidió con lágrimas de la Francia y no 
deseó nunca reinar sobre los sombríos escoceses, como lo 
expresa muy bien el gran lírico Beranger, en una bella can- 
ción que compuso sobre este interesante asunto y que em- 
pieza: 

Adíen, charmant pays de France 
Que je dois tant chetir! 
Berceau de mon heureuse en/ance, 
Adieu! te, qititter c est mourir. 

¿De dónde tanta ira de los hombres? ¿De dónde tantas 
desventuras? En primer lugar, del carácter de la Reina; en 
segundo, de su rara hermosura. Educada en una corte ele- 
gante y voluptuosa, había contraído hábitos de ligereza 
que la exponía á grandes tentaciones. Admirada y corteja- 
da por los hombres, no sabía resistir á sus halagos. Por otra 
parte, los cortesanos que la rodeaban eran rudos y feroces, 
porque los escoceses lo son tanto ó más que los ingleses, 
como lo probaré citando los rasgos principales de su his- 
toria. 

Fué. aquel país habitado, como la Irlanda, por un pue- 
blo primitivo y tan salvaje, (pío una parte t\v él andaba 
desnuda y pintada como los indios de América, y por esto 
los llamaron Pidos. Con todo, tenían Lo que do tiene la Ir 

lauda: montes elevados y fragosos, gracias á los males QO 

sólo gozaron los escoceses do su independencia, sino que 

se hicieron temibles á los mismos romanos, hasta el punto 
de que éstOS tuvieron que construir dos murallas para Ir 



550 

bertarse de sus excursiones, como los chinos de las de los 
tártaros. Llegada la época de la invasión de los bárbaros, 
conservaron también su libertad y atravesaron los siglos 
medios casi puros de todo elemento extranjero. Tuvieron 
asimismo la fortuna de gobernarse mejor que los irlande- 
ses, porque establecieron una unidad nacional bajo un solo 
Rey hereditario y una aristocracia muy fuerte. 

Por desgracia, no supieron, como los ingleses, juntar al 
pueblo con la nobleza, realizando el gobierno mixto, por 
cuya razón fué allí más sangrienta la lucha entre el Rey y 
los proceres. Hemos visto que en Inglaterra perecieron cin- 
co Reyes de muerte violenta; en Escocia fueron siete. Y eran 
unos y otros tan atroces, que Jacobo II mató por su propia 
mano al Conde de Douglas, llamándole con engaño á su 
Palacio y dándole de puñaladas. La Inglaterra quiso varias 
veces conquistarlos y casi lo consiguió en tiempo del pri- 
mer Eduardo; pero el valor de los escoceses y la constancia 
de Roberto Bruce aseguraron nuevamente su independen- 
cia. Al fin fueron unidos á la Inglaterra; mas esto fué cuan- 
do faltó en esta última la dinastía de Tudor y fué llamada 
legítimamente á suceder la délos Estuardos, descendientes 
de una hija de Enrique VII, que se había casado con Jaco- 
bo IV; de modo que vino á ser la Escocia la que se anexio- 
nó á la Inglaterra, dándole su dinastía. Y es bastante cu- 
rioso que esa dinastía de los Estuardos procedía de aquel 
Banquo, asesinado por Macbeto, y á quien, según la leyen- 
da y las viejas crónicas, predijeron las brujas que sus des- 
cendientes serían Reyes. 

Y no sólo han sido los escoceses feroces, sino también 
supersticiosos, y la suerte quiso que cuando abandonaron 
el catolicismo por las mismas causas que los ingleses, el 
fanático que introdujo eu aquel país la reforma fuese un 



' 551 

cierto Knox, discípulo de Calvino, con quien había vivido 
en Ginebra, el cual propagó en Escocia, no el protestantis- 
mo monárquico de Lutero, sino el presbiteriano y republica- 
no de aquel otro heresiarca. Educada María Estuardo en la 
más ferviente fe católica, como sobrina de los Guisas, no 
quiso renunciar á ella, y esto fué lo que más contribuyó á 
todas sus desdichas. Si ella se hubiese hecho protestante, 
como su prima Isabel, es bien seguro que la hubieran sopor- 
tado y aun ensalzado, aunque hubiera tenido más amantes 
que Catalina de Rusia. Pero sus subditos calvinistas la odia- 
ban de muerte porque era católica, y el feroz Knox la trató 
peor que Nathan á David y que los Patriarcas bizantinos 
á Eudoxia, Teofano ó Zoé. Escribió ya contra su predeceso- 
ra la Reina Regente un violento opúsculo intitulado: Primer 
toque de trompeta contra el gobierno nionstruoso de las hembras, y 
cuando entró á reinar María, penetró una vez en su aposen- 
to y le reprochó sus ligerezas y sus amores con tanta inso- 
lencia, que la ultrajada Soberana estuvo á punto de desma 
yarse. Ella por su parte, preciso es confesarlo, daba lugar 
con su conducta á la animadversión de los nobles y del cle- 
ro, y cuando al fin cometió la inconcebible locura de unirse 
en matrimonio con Boswell, el asesino mismo de su según 
do marido Darnley, su propio hermano natural, el Conde de 
Muirá}- se levantó para disputarle el trono. Muyó enton» 
ees María; pero huyó tarde, y fué á entregarse aturdida- 
mente á Isaliel de Inglaterra, que era su mayor enemiga. 

Pero dejemos ya esta triste historia y digamos algo 
más sobre el carácter de los escoceses. Son éstos acusados 

de codicia, y se dice que por ella entregaron al Rey Car 
los I, pero en cambio lian sido después notables por su r<> 

mántica y caballeresca adhesión a la causa de l"s lidiar 
dos, en defensa de la cual lian derramado varias veces su 



sangre. Son también acusados de astutos y pendencieros, 
yes fama que tienen tanta afición á los pleitos, que hay más 
abogados en Edimburgo que en ninguna otra ciudad de 
Europa. Mas por otra parte ¿quién puede negar la agude- 
za é inteligencia de aquel pueblo? Tienen, sin duda, menos 
imaginación que los irlandeses, pero son más profundos. 
Allí nacieron Roberston y Hume, quienes á principios de 
este siglo no tenían rivales entre los historiadores. Escocés 
era Blair, cuya retórica fué por mucho tiempo el texto pre- 
ferido de nuestras escuelas; escocés Adán Sinith, maestro 
de cuantos estudian la Economía política; y Waltér Scott, 
que dio á la novela el interés de la historia, y Reid y Du- 
gald Stewart, martillos del sensualismo, á cuyos golpes 
cayó Locke, cayó el abate Condillac con toda la caterva de 
sus exagerados imitadores. Por fin, allí se publica una Re- 
vista que es para las ideas liberales lo que la Quarterfy de 
Londres para las conservadoras, y cuyos redactores, uni- 
dos á los escritores ya mencionados, justifican la fama que 
goza Edimburgo de ser una Atenas moderna. 

' Pocos días pude detenerme en ella, mas vi lo bastante 
para confirmar mi opinión favorable á aquel país, á pesar 
de sus defectos. Visité sus edificios y su pequeño Museo, 
compuesto casi exclusivamente de cuadros modernos. Vi 
en sus calles y paseos mujeres muy lindas y más graciosas 
que las inglesas, y noté que tanto entre ellas como entre 
los hombres hay muchos tipos de cabello oscuro y aun ne- 
gro, lo cual hace evidente el parentesco que tienen con los - 
celtas. Las costumbres son parecidas á las inglesas, sólo 
que el puritanismo es allí todavía mayor. En Ja posada en 
que me alojé, que era una de las mejores, había en cada 
cuarto y sobre cada mesa un ejemplar de la Biblia, y cuan- 
do llegó el domingo no podía pasear cinco minutos sin que 



se me acercase un celoso protestante y me diese gratis uno 
de esos cortos opúsculos, llamados tracto, que llevan por tí- 
tulo: «¿Quieres salvarte?» «Piensa en la muerte», y otros no 
menos espeluznantes. Para huir de ellos tuve que subir á 
la colina nombrada Arthur Seat, desde la cual se divisa el 
mar y donde han levantado un precioso monumento al 
poeta Burns, poco conocido en el extranjero á causa quizás 
de que usa demasiado del dialecto escocés, pero muy po- 
pular en su país por su ternura, elegancia y sencillez. Es 
muy bonita la canción en que se despide de su amada y 
que principia: 

Dame, niña, un tierno beso 
Que para siempre me alejo. 

Y para siempre también me marché } r o pronto de aquel 
romántico país, muy contento de haberle visitado. De re- 
greso á Londres hallé mis muebles vendidos y á mi mujer 
pronta para partir; y, después de despedirnos de mis ama- 
bles jefes los Comyn y de nuestros buenos amigos, em- 
prendimos luego nuestro viaje, dejando aquella capital con 
bastante pesar, porque allí habíamos pasado siete años 
muy felices. Con todo, teníamos para consolarnos la espe- 
ranza de ver más á menudo el sol en Copenhague y el pla- 
cer que naturalmente produce el llegar al fin á sor jefe de 
misión de una corte agradable. 

Aconsejábanme algunos que hiciese el viaje por mar. 
Preferí, sin embargo, trasladarme á Calais y atravesar lúe 
_!;<> la Bélgica y la Alemania para embarcarme <'n Lubeck, 
De esta manera pude ver algo de Bruselas y Amberesy 
también déla famosa Colonia. La Blandea \ su reciña la 

Holanda son países muy interesantes, en <'s| tal para los 

españoles, porque allí recogieron nuestros antepasados 



554 

muchos laureles y derramaron mucha sangre. ¡Lástima es 
solo que no los dejásemos á tiempo, cuando no era ya ne- 
cesaria en ellos nuestra presencia para proteger á los ca- 
tólicos y corría peligro nuestra posesión de Portugal! Como 
quiera, ellos supieron hacerse libres y grandes, sobre todo 
la Holanda, la cual llegó á verse temida, tanto por la In- 
glaterra, como por la Francia. Conservaron al mismo tiem- 
po sus antiguas libertades, sin dejar por eso de ser monár- 
quicos, pues aunque la Holanda adoptó la Reforma lutera- 
na y se constituyó durante algún tiempo en República, 
volvió luego á dar el Principado á los Oranges, cuando sin- 
tió la necesidad de tener un gobierno fuerte para hacer 
frente á sus enemigos. Y no sólo supo procurarse para sí 
\m buen gobierno monárquico y liberal, sino que contribu- 
yó poderosamente á asegurárselo á la Inglaterra, donde el 
Rey Jacobo II quería establecer una autoridad arbitraria. 
Con soldados holandeses restableció allí la libertad el am- 
bicioso Guillermo y se apoderó de aquel trono. 

¡Qué simpatía se siente por aquellos dos países, por 
aquellas dos viñas de Naboth, codiciadas por los Acabs 
de Oriente y de Poniente! Quisiera disponer de más espa- 
cio para enumerar los títulos que tienen á la estimación de 
los hombres. Flandes, sometida á la influencia intelectual 
de la Francia, no ha tenido literatura propia, mas en cam- 
bio ha producido una infinidad de artistas eminentes, em- 
pezando por Van Eych y Memling, y acabando por Van 
Dyck y Rubens. La Holanda, más independiente en su len- 
gua, ha producido poetas tan enérgicos como Vondel, eru- 
ditos tan elegantes como Erasmo y pensadores tan pro- 
fundos como Grocio, el cual fué el creador del Derecho de 
gentes y el maestro de Vattel, Martens, Garden y cuantos 
han escrito después sobre la misma materia. Y aunque 



555 

por ser su religión protestante no ha llegado aquel país en 
la pintura religiosa á la altura de Flandes, ha cultivado 
con mucho éxito el retrato y el paisaje, produciendo los 
genios admirables de Rembrandt y Ruysdael. La Flandes 
es hoy día uno de los baluartes más decididos del catoli- 
cismo liberal; la Holanda es siempre protestante, pero se 
distingue por una tolerancia ilustrada. 

Llegamos luego á Colonia, la gran Colonia, patria del 
alquimista Agripa, quien, al contrario de Knox, escribió un 
libro sobre la nobleza y excelencia del sexo femenino, y 
asilo de Alberto el Grande, maestro de Santo Tomás, y el 
primero quizás de los filósofos escolásticos. Allí admira- 
mos la Catedral, que nos pareció muy hermosa, aunque no 
tan elegante como la de París ni tan original y grandiosa 
como la de Sevilla. Domina Colonia el Rhin, y asomado 
yo al balcón del hotel, veía correr sus azuladas aguas, y 
recordaba las dos famosas canciones que sobre la posesión 
de aquel río se han compuesto, la una por el alemán Bec 
keí, en que dice: 

¿Vb tendrán, »<>, 
El libre Rhin alemán, 
Aunque cual cuervo» rapaces, 
Griten por él sin cesar. 

Y La otra por el francés Alfredo Musaet, en que le con 
testa indignado: 

Non* lavóos eu votre Rhin allemand, 
II a i ni a dans imt rr verre, 
I 'a couplet i/n mi s en ni chantani 
Effact i-il lu trun altibre, 
¡)u pied ¡ti niis chevaux, marqué dans vdtrt santft 

¿Quién vencerá al cabo en esta porfía? Por el pronto, la 
dueña del Rhin es la Alemania, \ ha) en mi Cavorlacir- 



55H 

cunstancia de que todas las principales ciudades bañadas 
por aquel río, Basilea, Strasburgo, Spira, "Worms, Magun- 
cia, Colonia, son alemanas, y alemanes son sus monumen" 
tos y alemanas su lengua y sus tradiciones. 

Desde Colonia empecé á notar la nueva fisonomía del 
pueblo que visitaba. Pareciéronme los alemanes mucho 
más altos y robustos que los franceses y belgas, pero tam- 
bién algo más rudos. La amabilidad va decreciendo desde 
París hasta Rusia. Los belgas son ya menos afables que 
los franceses; los prusianos no lo son nada. Los rusos 
vuelven á serlo, porque la raza eslava es naturalmente 
cortés y zalamera. Con todo, tienen los alemanes, á pesar 
de su rudeza, un aspecto bondadoso. Heine, que era más 
francés que alemán, dice de ellos por burla: 

De la invención de la pólvora 
Se jacta nuestra nación; 
Mas ningún alemán tiene cara 
De haber sido el inventor. 

Pero á mí me parece que se equivoca. Si les falta el aire 
alegre y la viveza de los franceses, tienen en cambio una 
fisonomía inteligente. Nótaseles sólo algunas particulari- 
dades que son pasajeras y no nacen del carácter. El uso 
de los lentes, por ejemplo, les da á muchos un aire pedan- 
te. Dicen que esto es una consecuencia del exceso de es- 
tudio y de la letra gótica y pequeña, y puede ser que así 
sea; mas el hecho es que abundan ya en aquel país los 
hombres de vista corta, y que al paso que esto lleva, al 
cabo de otro siglo, serán una nación de miopes. Otra cosa 
que me pareció, no sólo extraña sino ridicula, es la canti- 
dad de jóvenes que llevan en la cara cicatrices de sable, 
recibidas en desafío. Dijéronme que eran estudiantes y 
que lo tienen á gala. A mí, sin embargo, me parece que 



557 

semejante costumbre es un resto de barbarie medioeval, 
como los toros de España y el pugilato de Inglaterra, y 
demuestra que aquel país, á pesar de sus progresos en 
todo género, tiene también todavía una cultura imperfecta. 

Las mujeres alemanas son blancas y rubias, como las 
inglesas; mas no tienen tanta distinción. El pueblo bajo 
es más bien feo, y de ello se resienten las vírgenes de Du- 
rero y Kranac. Las mujeres más agraciadas pertenecen 
al tipo de la criada bonita. En general, son sentimentales, 
mas esto no les impide recibir en casa á sus amantes, 
como la Margarita de Goethe. En el vestir usan de colores 
vivos, y no muestran tanto gusto como las francesas y 
rusas. Hallé siempre buenas posadas, pero la cocina me 
pareció bastante inferior, no sólo á la francesa, sino á la 
inglesa. El pueblo, que tiene muy buen apetito, prefiere 
la cantidad á la calidad, y se alimenta principalmente de 
salchichas y cerveza. Fuman los hombres á todas horas y 
en todas partes, más aun que los españoles, y no sólo ci- 
garros, sino pipas. Hácenlo hasta en las mesas de los ho- 
teles, sin aguardar á que termine la comida; de lo cual 
resulta que las señoras mismas tienen siempre cierto olor 
á tabaco. 

La travesía de Lubeck á Korsor, en la isla de Seelan- 
dia, se verifica en una noche, de modo que nos dormimos 
en el puerto alemán y QOB despertamos en Dinamarca. Un 
ferrocarril une á Korsor con Copenhague, a donde llega 
mos con toda felicidad al anochecer de un hermoso día 
d<- Mayo, iniciándose una nueva época de mi vida. 



SEP 2 8 W72 



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